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    Cine Club | Frenesí (1972)

    Frenesí
    crítica de Frenesí | Frenzy, Alfred Hitchcock, 1972

    Tras el fracaso a todos los niveles de Topaz (1969) Hitchcock se pensó con cuidado cuál sería su siguiente película. Volvería a los orígenes, un rodaje en el Londres donde había crecido, con escenas en el Covent Garden Market en el que había trabajado su padre, con presupuesto modesto y sin las grandes estrellas hollywoodenses con las que ya estaba habituado a colaborar. Hitchcock estaba muy disgustado con Topaz. Por primera vez no había terminado una película a su gusto, había tenido que recurrir a trucos de montaje para salvar el final y temía haber llegado al término de su carrera como director. Adoro Topaz, permitidme decirlo, pero es cierto que entre los amantes más acérrimos de la obra de Hitchcock somos pocos los que pensamos y sentimos así. Con Frenesí (Frenzy, 1972) volvería a las temáticas que más lo habían definido, las que habían sacado lo mejor de él y que tanto éxito y reconocimiento de público, y ahora parecía que gracias a los cinéfilos europeos también de crítica, le habían proporcionado: el falso culpable y el asesino en serie. Pero con un deseo de ser explícito y brutal. Quería mostrar sin cortapisas toda la violencia de los crímenes. Y sin dejar de lado ese tercer factor común a muchas de sus películas: su exacerbado y formidable sentido del humor. Humor negro, se entiende, que en Frenesí se tornaría negrísimo sin perder su genialidad. La película fue un éxito rotundo desde su presentación en el festival de Cannes de 1972.

    Este sentido del humor ya está presente desde el inicio: el emblema de la ciudad de Londres sobreimpresionado en el margen superior derecho de un plano aéreo sobre el río Támesis con el Tower Bridge al fondo. No puede haber postal más típica. Hitchcock vuelve al hogar y todo parece un sentido homenaje. La ya mítica música de Ron Goodwin (Henry Mancini fue la primera opción, pero lo despidieron) acentúa esta impresión con sus tonos épicos, casi imperiales. El plano tomado desde un helicóptero se alarga hasta pasar entre las dos conocidas torres que sustentan el puente levadizo. Hay un corte y vemos la ribera del río. Un ministro da un discurso al aire libre allí mismo y diserta sobre la belleza del Támesis y cómo quieren limpiar sus aguas para que sean hoy como fueron en el ayer. Y justo en lo más álgido del discurso alguien grita. Todos se vuelven y ven cómo sobre esas aguas que quieren limpiar flota un cadáver. Se trata de otro asesinato del estrangulador de la corbata. Este magistral detalle ya lo dice todo del tono que va a definir la película, pero Hitchcock y el guionista Anthony Shaffer, contratado por el reciente éxito obtenido por su obra de teatro La huella (Sleuth, llevada al cine ese mismo año por Joseph L. Mankiewicz), van más allá. [Aviso de que, en vistas de poder comentar en detalle algunos de los aspectos narrativos y visuales de la película, desvelaré alguna sorpresa de la trama, hecho que no debería importaros mucho porque ya lo hacía el propio Hitchcock en el genial tráiler de la película, el cual está plagado de bromas macabras protagonizadas por él mismo. Solo baste comentar al respecto que dicho tráiler comienza con el propio director flotando sobre las aguas del Támesis como si fuera un cadáver.] Pues bien, dos de los espectadores que asistían al engolado y ahora ridículo discurso del político comentan: “Otro Jack el Destripador”, “No, él las descuartizaba.” Y en el plano siguiente contemplamos a Richard Ian Blaney (interpretado, diga lo que diga Truffaut, con acierto y convicción por Jon Finch), uno de los protagonistas de la película, anudándose frente al espejo una corbata idéntica a la que el cadáver del río llevaba al cuello. En apenas cinco minutos Hitchcock ya ha marcado el tono macabro y divertido y el ritmo perfecto para enlazar todos los hechos en una concatenación llena de casualidades que se nos antojan lógicas precisamente por eso, por cómo están mostradas, y ha lanzado tanto la trama principal, un asesino en serie que está aterrorizando Londres con sus crímenes, como la del falso culpable. Estoy sentado abducido ya por la película y noto cómo las babas resbalan por las comisuras de mis labios. La perfección es esto. La de la película, me refiero, no yo sentado babeando ante ella.

    Frenesí

    Hitchcock y Shaffer se esforzaron por mostrar un falso culpable que no gozara del favor inmediato del espectador: no nos lo iban a poner fácil. Blaney es así un tipo de carácter arisco y desabrido, con rasgos violentos y bastante amargado por su mala suerte. La verdad es que según avanza la película iremos viendo que lo suyo no es solo mala suerte, es que el pobre está siempre justo en el sitio en el que no debería estar. Pero ya desde el primer instante se nos marca, aunque aún no se haya visto de manera explícita, que Blaney es inocente: trabaja de camarero en un bar y el dueño le acusa en falso de beber y no abonar sus consumiciones. Blaney tiene razón en protestar, pero sus maneras son tan bruscas y agresivas que sigue sin caernos bien. Por el contrario, ahí tenemos a Robert Rusk (interpretado con toda la carga psicótica y divertida que cabía esperar de su personaje por un excelente Barry Foster), un amigo de Blaney que trabaja en el mercado y que es un tipo dicharachero y simpático con todos. Si hasta es encantador con su madre, un cielo. Así de nuevo Hitchcock incide en mostrarnos al criminal como un tipo normal, sociable, el vecino perfecto que todos tienen en alta consideración. ¡Es tan cordial que hasta habla con la policía del estrangulador de la corbata como si tal cosa! Aquí, el tipo raro al que todos odian es el inocente.

    La idea de la culpabilidad de Blaney se refuerza con una excelente escena en un bar: dos tipos hablan acodados en la barra del asesino y sus crímenes y en todo momento vemos a Blaney en el plano. Hay un momento en que nos distrae de la pareja de la barra, pero es para mostrar de nuevo su mal carácter con el camarero. Inevitablemente lo asociaremos al criminal. Todavía nadie lo ha acusado, nadie ha dicho una palabra sobre él, pero para el espectador Blaney es el estrangulador. Claro que sabemos que es una película de Hitchcock y solo está jugando con nosotros. Uno se deja arrastrar y aunque sabe que no, que Blaney es en el fondo un buen tipo, todo apunta a que él es el asesino. El placer estriba no en que Hitchcock sea capaz o no de engañarnos, sino en que está cerrando su acusación terrible sobre un hombre que todavía es inocente pero empezamos a juzgar como culpable. O peor, que deseamos que sea culpable. Para terminar de rematar su nefasta carencia del don de la oportunidad Blaney se cubrirá de gloria en la visita a su ex esposa, la que será la siguiente víctima del estrangulador de la corbata. Y todavía escritor y guionista se permiten un detalle en su juego del despiste: la forma en que, durante unos breves segundos, Blaney detiene su mirada en el cuello de la mujer. La actriz Barbara Leigh-Hunt sabe mostrar con perfección asombrosa todo el sentimiento de pesar y comprensión ante la actitud errónea de su ex marido. Brillará más magistral aún poco después, en la celebérrima secuencia siguiente, la del primer asesinato que veremos en pantalla. Y en ella descubriremos al verdadero asesino en acción. Solo por la manera en que Hitchcock posiciona al psicópata y a su víctima en el plano (él siempre de pie, dominante, ella sentada o de pie acorralada), sentimos toda la amenaza que emana de él y el temor creciente de ella. El crimen es brutal y despiadado: Hitchcock quería mostrarse salvaje y gráfico y no ahorra detalles al espectador. Asistimos aterrados a toda la perversión desatada de un asesino de mente enferma. Todo lo contrario que en el posterior asesinato, el cual nos será ocultado para que sea nuestra imaginación la que trabaje y haga el trabajo sucio. El detonante será una frase que dice el asesino justo antes de matar y que repetirá en este crimen posterior, haciendo que el espectador imagine, instado por ella, lo que va a suceder teniendo presente lo que ya conoce. En lugar de mostrarnos los sucesos al detalle, la cámara retrocederá en un travelling terrorífico en el que la nueva víctima se queda a solas con el asesino tras una puerta cerrada. Sin duda son estos dos momentos los más terribles de la película.

    Frenesí

    La película sin embargo sigue avanzando retomando el sentido del humor que en estos instantes comentados debía abandonar. Así sucede con el personaje del policía que investiga el caso del estrangulador. Protagoniza varias escenas expositivas con uno de sus subordinados y también con su esposa. Como debe resumir todo lo acontecido para que poco a poco vaya surgiendo la duda sobre la culpabilidad de Blaney, Shaffer y Hitchcock recurren al inteligente recurso de que estas sean endiabladamente divertidas. En especial las conversaciones que mantiene con su esposa, una aprendiz de cocina francesa que lo está matando literalmente de asco y hambre con sus platos, y que al tiempo con sus comentarios llenos de lógica iluminará a su marido en su investigación. Lo mismo acontece con otra de las secuencias más famosas, con razón, de Frenesí, una de las más duras y sin embargo divertidas de la película. El asesino debe buscar un alfiler con la inicial de su apellido, que lo delataría, el cual le ha sido arrebatado en el forcejeo producido mientras asesinaba a su última víctima. Ha ocultado el cadáver en un camión de patatas (justo antes hemos asistido a una conversación en un bar en la que Rusk hablaba con un comerciante sobre lo mal que está la venta del tubérculo, una introducción perfecta que hará que cuando llegue el momento de elegir dónde esconder el cadáver no nos resulte extraño que el asesino elija semejante lugar) y allí debe volver para recuperar su alfiler. Asistimos entonces a una de esas escenas en las que Hitchcock gustaba de enseñar cómo acciones que parecen sencillas se pueden torcer hasta convertirse en dignas de la peor pesadilla… pero también de la mejor comedia macabra.

    Frenesí es en todo momento sorprendente, chocante, tan extraña como cercana gracias a las excelentes escenas de humor que contiene. Hitchcock igual deja la cámara en mitad de la calle sosteniendo un plano en el que solo nos deja allí esperando a que suceda lo que nos ha dado a intuir, bien nos deja escuchar a través de una puerta entreabierta la resolución de un juicio que vemos desde el pasillo, o nos hace reír y hasta convierte en simpático a un tipo capaz de los crímenes más repugnantes… Había llegado a los años 70 tras cincuenta de carrera y estaba demostrando que él seguía en la vanguardia. Con un reparto y un equipo técnico felices de poder trabajar para una leyenda viva, el rodaje discurrió relajado y lleno de cordialidad. Además de los mencionados, hay que nombrar entre los intérpretes a la gran Anna Massey, tan desgarbada y adorable como siempre, en el papel de la novia del desgraciado Blaney, a Alen McCowen como el martirizado policía que investiga el caso y a Vivien Merchant como su esposa, su torturadora particular. En papeles pequeños pero importantes, Bernard Cribbins, al que hemos podido ver recientemente coprotagonizando varios episodios de la mítica serie televisiva Doctor Who en su nueva y magistral etapa, y a Elsie Randolph, una actriz que ya había trabajado con Hitchcock en el lejano 1931 en la película Lo mejor es lo malo conocido (Rich and Strange). Para el final, Frenesí nos reserva una última broma siniestra tan brillante como retorcida. El desenlace perfecto para una película oscura, sucia y brutal, pero también divertida, experimental y arriesgada. Una obra genial y sorprendente que dejaba claro que Alfred Hitchcock seguía siendo un gigante.

    José Luis Forte.
    escritor.

    Inglaterra, 1972. Título original: Frenzy. Director: Alfred Hitchcock. Guion: Anthony Shaffer, basado en la novela de Arthur La Bern. Productora: Universal Pictures. Productor: Alfred Hitchcock. Estreno: mayo de 1972. Fotografía: Gilbert Taylor y Leonard J. Smith. Música: Ron Goodwin. Montaje: John Jympson. Dirección artística: Robert W. Laing. Diseño de producción: Syd Cain. Intérpretes: John Finch, Alen McCowen, Barry Foster, Anna Massey, Billie Whitelaw, Barbara Leigh-Hunt, Bernard Cribbins, Vivien Merchant, Michael Bates, Jean Marsh, Elsie Randolph, Alfred Hitchcock.

    Frenesí poster
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