Qué duro es ser espectador
crítica a Qué difícil es ser un dios (Trudno byt bogom, Трудно быть богом, Aleksei German, 2013).
Es difícil concebir, para el hombre moderno, las condiciones higiénicas y ambientales que reinaban en la Edad Media y gran parte de la Edad Moderna. Sobre todo porque estamos habituados a ver, en las películas ambientadas en la época, a nobles apuestos de dentaduras inmaculadas y mujeres exquisitamente depiladas. La realidad era bien distinta. Por aquel entonces “(…) las calles apestaban a estiércol, los patios interiores apestaban a orina, los huecos de las escaleras apestaban a madera podrida y excrementos de rata (…); los aposentos sin ventilación apestaban a polvo enmohecido; los dormitorios, a sábanas grasientas (…) y al penetrante olor dulzón de los orinales. Las chimeneas apestaban a azufre, las curtidurías, a lejías cáusticas, los mataderos, a sangre coagulada. Hombres y mujeres apestaban (…) a tumores malignos. Apestaban los ríos, apestaban las plazas (…) y el hedor se respiraba por igual bajo los puentes y en los palacios”. La mugre, la falta de higiene y lo nauseabundo presidían aquellos tiempos, como bien recogieron Patrick Süskind en su novela El perfume primero; y Tom Tykwer en la película homónima después. No se había vuelto a ver una reproducción tan fehaciente de la atmósfera de aquellos siglos hasta que la nauseabunda, escatológica y desagradable Qué difícil es ser un dios (2013). Titánico proyecto de Aleksei German basado en la novela del mismo nombre de los hermanos Strugatski, escrita en 1964.
Tanto el libro como la cinta pertenecen a la ciencia ficción. Absténganse puristas del género, no hay androides, naves espaciales ni vainas. El filme es una adaptación libre y personal de la novela, pero ambas comparten el mismo contexto: un grupo de científicos llegan a un planeta muy similar a la Tierra, pero ancorado en la Edad Media; su misión no es otra que ayudarles a encontrar vías hacia el progreso. Una obra ciclópea, en todos los sentidos, que su creador no pudo ver terminada después de casi catorce años de trabajo (entre el rodaje y la post producción). De hecho fueron su hijo y su esposa quienes pusieron el broche final. Muy esperada por una parte de la crítica, sobre todo por su extenso proceso de gestación. Algo no del todo extraño en un director con tan solo seis filmes en más de cuatro décadas de carrera. No es la primera cinta basada en el libro, en 1990 Peter Fleischmann estrenaba El poder de un dios (1990), de corte más tradicional y condenada al olvido. Aleksei aspiraba a cotas más exquisitas, y lo consiguió en esta obra sin vocación académica.