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    Gijón 2015
    Gijón 2015
    El recuerdo de Marnie

    Hasta pronto, Ghibli

    crítica de El recuerdo de Marnie (思い出のマーニー, Omoide no Mānī, Hiromasa Yonebayashi, Japón, 2014).

    Nos aventuramos a decir que una de las relaciones personales más intensas que existen es la amistad adolescente femenina. El fenómeno de la mejor amiga a esas edades surge de una combinación explosiva de cambios hormonales, sobredimensionamiento de lo emocional, la reformulación brusca de los lazos familiares infantiles, una apremiante necesidad de aceptación ajena y, en general, la búsqueda de una intimidad compartida profunda que dé un sentido a la confusión que todo ello conlleva. Se da, por tanto, el caldo de cultivo perfecto para que la “amiga del alma”, en una relación insólita por su estrechez y lo que tiene de demandante, rellene todos los vacíos e incertidumbres y se convierta en el componente principal de la identidad personal (o el único en los casos más extremos: véase cómo, por ejemplo, Peter Jackson narró la vertiente más desquiciada de este fenómeno en Criaturas celestiales). El grado en el que ese componente eclipsa a todos los demás en la construcción de una identidad propia depende, en buena medida, de la fuerza de los apegos previos de la adolescente en cuestión, que por lo general son los familiares. Por mucho que la pubertad empuje a la rebelión contra los padres, esos lazos afectivos ya han echado raíces.

    Pues bien, de una situación de vacío personal creada por la ausencia de estos lazos familiares parte Anna, la adolescente protagonista de El recuerdo de Marnie. Su condición de huérfana y su carácter asocial e inseguro se unen a la situación que desata el conflicto argumental: Anna descubre que sus padres adoptivos cobran una pensión por mantenerla, lo que la hace concluir que realmente no la quieren, sino que se aprovechan de ella para obtener el dinero. Tras ello, Anna vive además un estado de cambio en su solitaria rutina: se marcha a un pueblecito costero en el Japón rural, a pasar el verano con sus tíos. Es decir, que los primeros compases de la cinta la ubican en el punto álgido de su vacío emocional. Lo que viene después es la progresiva aparición de Marnie, una chica del pueblo de apariencia delicada y aristocrática, que va a convertirse en esa amiga del alma que llene de sentido su vacío. En este punto, se da cuerpo a una llamativa fusión de géneros: el melodrama previo se filtra con toques de cine fantástico, a los que se recurre para la presentación de Marnie. La primera manifestación de esta enigmática figura se realiza desde la observación externa de la mansión en la que vive, de la que rápidamente llaman la atención dos aspectos: su aislamiento (literalmente: está situada en una isla a la que sólo se puede acceder en bote) y su deje fantasmagórico (los vecinos del pueblo cuentan que está abandonada y procuran no acercarse demasiado, a causa de un miedo indeterminado hacia el lugar).

    por Miguel Muñoz Garnica
    marzo 18, 2016

    Crítica | El recuerdo de Marnie

    por Miguel Muñoz Garnica | marzo 18, 2016
    Aferim!

    Cowboys en Valaquia

    crítica de Aferim! (Radu Jude, Rumanía, 2015).

    «Cada nación tiene su propósito. Los judíos, estafar. Los turcos, hacer daño. Nosotros, los rumanos, amar, honrar y sufrir como buenos cristianos. […] Los gitanos tienen que ser esclavos. Ham echó bosta de caballo sobre Noé, y Noé los maldijo, para que fueran esclavos y negros como la mierda».

    En una de las escenas más llamativas de Aferim!, los dos agentes de la ley protagonistas, Costadin e Ionita (padre e hijo), comparten un rato de conversación durante su viaje por los caminos recónditos de Valaquia con un monje, que pronuncia la cita que precede a estas líneas. Una conversación verborraica, muy literaria en su forma pero tremendamente vulgar en su fondo (aspecto extensible a toda la película), en la que el religioso cita teorías que combinan citas bíblicas con leyendas apócrifas para justificar por qué los judíos no pueden ser considerados humanos, o por qué los gitanos están destinados a la esclavitud. Costadin, por su parte, le responde con retazos de refranería popular mientras el imberbe Ionita escucha, respetuosamente silente ante las voces de la sabiduría anciana. La secuencia, una buena condensación de toda la película, está filmada en unos pocos y largos planos generales, donde las tres figuras humanas que avanzan sobre sus caballos apenas se distinguen en la inmensidad de un paisaje yermo, aderezado por vegetación desértica y surcado por montañas que no dejan ver el horizonte, fotografiado en blanco y negro.

    Punteada por esta forma tan panorámica de encuadrar sus personajes, la ambientación de Aferim! se sitúa en 1835, época en la que la Europa más cosmopolita se encuentra en plena efervescencia revolucionaria. La Ilustración, los avances científicos y la naciente democracia han derribado los otrora sólidos cimientos de un mundo donde una ensalada de religión y mitología popular sustentaba un estricto régimen feudal en el que el “cada uno donde le corresponde” se asumía sin discusión. Pero la ola renovadora no llegó a todas partes. En el mismo tiempo en el que La libertad guiando al pueblo expresa el ímpetu de una nueva Europa, Costadin e Ionita discuten, en torno al fuego de una hoguera, sobre si en algún lugar de la tierra existe una especie de barranco que marca el final del mundo. ¿Pero al final, qué más da —concluye Costadin— que la tierra sea redonda o plana, si ante su inmensidad ellos son como las pequeñas brasas de la hoguera que los calienta? Puntos minúsculos destinados a apagarse pronto, cuyo conocimiento del mundo se limita a poco más allá de las fronteras de su Valaquia natal, ese desierto inmenso tan poco propicio para nuevos florecimientos. Donde el poder del déspota feudal de turno apenas alcanza a castigar a siervos díscolos y cobrar de cuando en cuando sus tributos, mientras cada en cada aldea en mitad de la nada sus habitantes, solos contra los elementos, se buscan el pan como mejor pueden.

    por Miguel Muñoz Garnica
    febrero 27, 2016

    Crítica | Aferim!

    por Miguel Muñoz Garnica | febrero 27, 2016
    Nahid

    Rebelde con causa y moderación

    crítica de Nahid (ناهید, Ida Panahandeh, Irán, 2015).

    Como nos demuestra siempre el cine al cumplir con una de sus funciones más bienvenidas y pertinentes, ser mujer en Irán es complicado. En la cultura musulmana en general. No extraña nada que Ida Panahandeh haya decidido centrar su estupenda ópera prima en las dificultades de una madre divorciada que trata de mantener su pequeña parcela de independencia mientras vive una historia de amor. Nahid (magnífica Sareh Bayat) es una superviviente nata, que ha sufrido bastante en su corta vida y está empeñada en no volver a ese lugar, aunque para ello tenga que vivir cada día haciendo juegos malabares con múltiples asuntos. El mantenimiento de su vivienda, un trabajo para poder vivir, que su hijo tenga una educación, que su exmarido no regrese a su vida más allá de las visitas a Amir Reza, la enfermedad de su madre y la inesperada propuesta de su novio de formalizar su relación son todos los frentes que está mujer atiende, y lo hace con un aplomo digno de todo elogio. La mirada de la directora y su coguionista Arsalan Amiri está llena de comprensión pero no de mitificación. La mujer miente y toma decisiones cuestionables a lo largo del metraje, pero nunca se condena su conducta porque su interés último es mayor que cualquier estrago que deje por el camino. Es encomiable que se tome la decisión de no dulcificar posturas ni cargas las tintas en ninguna de las partes aquí reflejadas. Aunque está claro que la película sucede dónde sucede, ni el retrato del exmarido de Nahid y padre de su hijo cae en el tremendismo (y mira que tiene oportunidades para ello) ni la figura de su nuevo amor se refleja con los tópicos que podríamos esperar –el hombre es muy comprensivo hasta para los estándares occidentales–. Esto universaliza la experiencia sin restarle un solo ápice de potencia a su pertinente denuncia, y también permite entrar en la zona gris en la que todos los seres humanos nos movemos, fuera de los extremos que a veces refleja el cine iraní. Extremos que, por otra parte, se encuentran en la sociedad local con frecuencia en el mundo real, como se puede ver cada día en los informativos. Pero ese asunto no interesa tanto a Panahandeh, porque su crítica hila más fino. Con sutileza pero sin dejar de cargar contra lo injusto de las normas sociales, la cineasta cuenta una historia que toma muchos palos y lo hace sin subrayados, sin necesidad de repeticiones ni obviedades. Sus personajes son humanos, y así se comportan.

    A lo largo de casi dos horas de metraje que nunca pesan, veremos a Nahid navegar entre muchas aguas en busca de un poco de felicidad. Pero la sabiduría de la mirada de los responsables de la cinta recae en ampliar el foco más allá de su poderosa protagonista femenina, de manera que las acciones de su hijo o su exmarido también son de interés para nosotros, conformando un retrato poliédrico de unos hechos nada fáciles, y donde el público puede tratar de comprender en lugar de despreciar. Es muy fácil mirar con desdén lo que hacen estos personajes, juzgar con condescendencia, pero aquí se apunta a un contexto complicado y tumultuoso, con la lucha diaria de los supervivientes como núcleo central de la peripecia. La apuesta visual de la película añade más capas de sentido a esto, con la inmediatez de la cámara en mano y el juego con los espacios interiores usados como herramientas narrativas con conocimiento de causa. Los pocos momentos en que lo visual se apodera de lo narrativo, como esos ralentís que siguen a dos tremendas discusiones, son instantes que sacuden a los personajes, y que deben ralentizarse para que el efecto no se pierda por la habitual rapidez del desarrollo de las escenas.

    por Anónimo
    febrero 24, 2016

    Crítica | Nahid

    por Anónimo | febrero 24, 2016

    Las dos Europas

    crítica de Respira (Ein Atem, Christian Zübert, Alemania, 2015).

    No hay nada más expresivo acerca de lo que se ha dado en llamar el fenómeno de las «dos Europas» que la relación entre Alemania y Grecia. Rescatadora frente a rescatada, figura paternalista autoimbuida de sabiduría (entendida como inherente al poderío político-económico) frente a oveja descarriada que se resiste a que sus pasos de vuelta al redil sean dirigidos a distancia por la fría vara germana. La Europa rica, en fin, que saca pecho con condescendencia hacia la (pobrecita) Europa pobre que no ha sabido conducirse por sí misma. El escenario, tan de actualidad mediática, resulta idóneo para el principal fin que motivó la creación de Respira, según lo ha afirmado su propio director: plantear el diálogo entre las dos Europas mediante un ejercicio de sinécdoque, cuya representación del todo es la narración cruzada de dos peripecias femeninas. Tessa es una mujer alemana de clase acomodada, absorbida por su trabajo, madre primeriza de un bebé de pocos meses y en permanente estado de ansiedad. Elena, una chica griega que, harta de la falta de oportunidades en su país, deja atrás a su familia y su novio para probar suerte en Alemania. Ambas cruzan sus historias cuando Elena, justo al descubrir que está embarazada, comienza a trabajar de niñera para Tessa.

    En este punto de partida está uno de los mayores aciertos de Zübert, que para tender el puente entre las dos Europas confrontadas recurre a una conocida problemática común: la presión que ejerce sobre las dos mujeres una sociedad en la que la dictadura del éxito laboral se alía con los automatismos patriarcales. Así, Tessa viene a funcionar como personificación de los «problemas del primer mundo», como ella misma los define en una línea de guion. La imposibilidad de desconectar de las obligaciones de su trabajo. Esa típica neurosis de madre moderna obsesionada por controlar todo lo que sucede en y alrededor de su bebé. La coacción de una mentalidad tradicional (encarnada por la figura de la suegra malcarada) que la empuja a sentirse culpable por no pasar más tiempo con su hija, y cuya herencia es perceptible en un marido poco colaborador en las tareas domésticas. Mientras que sobre Elena pesa la precariedad de un mundo laboral que no le da ninguna facilidad para atender a su embarazo, ese empleo basura que la considera un engranaje más de la cadena de montaje que puede ser sustituido si empieza a dar problemas, y que despacha su crueldad con coletillas tipo «si no te gusta el trabajo, tengo veinte en la puerta que se darían de tortas por él». A lo que hay que sumar los reproches de su familia por no haberse quedado en su país con los suyos y los amagos de autoritarismo machista de su novio.

    por Miguel Muñoz Garnica
    enero 23, 2016

    Crítica | Respira

    por Miguel Muñoz Garnica | enero 23, 2016
    Right now, wrong then

    Presentes líquidos, pretéritos imperfectos

    crítica de Right now, wrong then (지금은맞고그때는틀리다, Jigeumeun matgo geuttaeneun tteullida, Hong Sang-soo, Corea del Sur, 2015).

    Una escena de Right Now, Wrong Then muestra a su protagonista, un director de cine llamado Ham, en una conversación con varias amigas de la chica a la que trata de cortejar. La susodicha, Yoon, que es pintora, comenta a sus amigas que Ham le ha dicho algo muy profundo al ver sus cuadros: «No has decidido todavía qué es es lo que buscas al pintar, pero estás sabiendo descubrir cosas por el camino». Ella se muestra impresionada por el comentario. No obstante, una de sus amigas es seguidora del cine de Ham, y le espeta: «Lo siento, director, pero… ¿Eso no es lo mismo que repite usted cada vez que habla de sus películas?». Lo que viene a desmontar, como veremos un poco más adelante, la imagen que hasta entonces Ham intentaba dar de sí mismo. Pero, además, este detalle se puede entender como una broma privada de Hong Sang-soo respecto a su propio cine. Que sus películas siempre hablan de lo mismo es la crítica más habitual que suele recibir. Y la nueva cinta del director surcoreano, por si había dudas, no es una excepción. Si uno conoce su obra previa, muchas de sus situaciones le resultarán familiares. La presencia de relaciones sentimentales fugaces, los intentos de seducción siempre torpes de un personaje masculino ensimismado, los largos diálogos bañados en soju (licor de arroz coreano), el esquema de variaciones entre las diferentes partes de la película, los personajes del mundo cinematográfico o artístico, el recurso obsesivo a planos fijos y el zoom casi como único movimiento de cámara… De hecho, hay quien ha querido ver en Right Now, Wrong Then una especie de compendio de las inquietudes, estéticas y temáticas, que pueblan toda su filmografía. Una cima creativa a la que solo puede seguir un giro en su carrera.

    El que escribe estas líneas, no obstante, se resiste a tal lectura. Porque Sang-soo no encaja en esa categoría de directores que en un momento dado encuentran en una película la plenitud expresiva de todo su universo personal. Al contrario, su cine, como sus personajes, está abocado al pretérito imperfecto. A encontrar poco más que verdades pasajeras, apenas verbalizables, en el gran tema alrededor del que orbitan sus dieciocho largometrajes: la inconsistencia de las relaciones humanas. La imposibilidad de alcanzar un conocimiento auténtico sobre el otro, y la fragilidad en los lazos afectivos que ello conlleva. La frase de Ham que se citaba al comienzo es perfectamente aplicable a la metodología del coreano. No tener una idea exacta de lo que busca, pero ir encontrando cosas por el camino. La ausencia de objetivo, eso sí, no implica que no exista una inquietud personal, que en el caso de Sang-soo es esta cuestión de las relaciones humanas. Implica que no se pretende aspirar a una lectura definitiva del tema. Por tanto, Right Now, Wrong Then no hace otra cosa que añadir un movimiento más a esa sinfonía de variaciones que compone la producción completa del surcoreano. Una sinfonía siempre abierta en la que sus nuevas partes se van construyendo sobre las anteriores, pero a la vez vuelven atrás para sugerir diálogos con ellas que amplifican sus resonancias.

    por Miguel Muñoz Garnica
    diciembre 14, 2015

    Crítica | Ahora sí, antes no

    por Miguel Muñoz Garnica | diciembre 14, 2015
    In the crosswind

    Cobertura 53FICX

    De sábanas y sueños
    Soldados sin fusil
    Estéticas del nomadismo
    La asfixia del mito
    Despertares sexuales
    Señoras que se indignan con Hong Sang-soo

    Miguel Muñoz Garnica, Eva Hernando González y Víctor Blanes Picó eligen las diez mejores películas de la 53ª edición del Festival de Gijón. Con nuestro habitual top, cerramos una cobertura de nueve días llena de títulos muy interesantes a los que deseamos una pronta vuelta a España de forma comercial. Concluimos no sin antes agradecer todo el apoyo de la organización del festival, todo un ejemplo. Muchas gracias. Hasta el próximo año.

    por EAM
    noviembre 29, 2015

    Las 10 mejores películas de la 53ª edición del Festival de Gijón

    por EAM | noviembre 29, 2015

    No ha habido dudas tanto para el jurado como para la prensa acreditada en el Festival de Gijón. Como sucediera en Locarno, Hong Sangsoo ha triunfado con su nuevo ejercicio metacinematográfico y autobiográfico Right now, wrong then. El maestro surcoreano ha sido el gran protagonista del certamen asturiano pese a que su película se proyectara el penúltimo día. Con Apichatpong Weerasethakul y Radu Jude (creador de la brillante Aferim!), el gran nombre propio de una edición algo descafeinada en cuanto a títulos relevantes: demasiado tono gris que ha dejado frío al respetable con la excepción de los tres cineastas nombrados. Echando un vistazo al palmarés, otro de los grandes vencedores de esta entrega es el mexicano Celso García y su filme La delgada línea amarilla, una interesante road movie que se ha llevado los entorchados al mejor guion y el Gran Premio del Jurado. El gran Arturo Ripstein, que precisamente este fin de semana ha estrenado La calle de la amargura en España, se ha llevado el premio a la mejor dirección; y los intérpretes Jung Jae-young y Loubna Abidar los laureles interpretativos. A continuación, el cuadro de honor del 53FICX.

    SECCIÓN OFICIAL


    El Jurado Internacional de la 53 edición del Festival Internacional de Cine de Gijón, integrado por Dña. Assumpta Serna, D. Klaus Eder, D. Álvaro Brechner, D. Giona A. Nazzaro, D. Luis Miñaro, D. Tom Davia y Dña. Vanessa Montfort ha concedido los siguientes premios a los largometrajes participantes en la Sección Oficial:

    PREMIO PRINCIPADO DE ASTURIAS AL MEJOR LARGOMETRAJE:

    RIGHT NOW, WRONG THEN, de HONG SANG-SOO
    (Corea del Sur, 2015)

    PREMIO AL MEJOR DIRECTOR:

    ARTURO RIPSTEIN, por LA CALLE DE LA AMARGURA
    (España, México, 2015)

    PREMIO AL MEJOR ACTOR:

    JUNG JAE-YOUNG, por RIGHT NOW, WRONG THEN
    (Corea del Sur, 2015)

    PREMIO A LA MEJOR ACTRIZ:

    LOUBNA ABIDAR, por MUCH LOVED
    (Marruecos, Francia, 2015)

    PREMIO AL MEJOR GUIÓN:

    CELSO GARCÍA, por LA DELGADA LÍNEA AMARILLA
    (México, 2015)

    PREMIO “GIL PARRONDO” A LA MEJOR DIRECCIÓN ARTÍSTICA, ex aequo:

    MARISA PECANINS por LA CALLE DE LA AMARGURA
    (México, 2015)

    JONAH MARKOWITZ por THE DIARY OF A TEENAGE GIRL
    (Estados Unidos, 2014)

    PREMIO ESPECIAL DEL JURADO:

    LA DELGADA LÍNEA AMARILLA, de CELSO GARCÍA
    (México, 2015)

    ANIMAFICX


    El Jurado Internacional de la sección ANIMAFICX de la 53 edición del Festival Internacional de Cine de Gijón, integrado por: Dña. María Lorenzo, D. Fernando Cortizo y D. Elio Quiroga, ha concedido el

    PREMIO ANIMAFICX:

    THE MAGIC MOUNTAIN (LA MONTAGNE MAGIQUE) de ANCA DAMIAN
    (Rumanía, Polonia, Francia, 2015)

    Y una mención especial a:
    ADAMA de SIMON ROUBY
    (Francia, 2015)

    THE BOY AND THE BEAST de MAMORU HOSODA
    (Japón, 2015)

    DOCUFICX


    El Jurado Internacional de la sección DOCUFICX de la 53 edición del Festival Internacional de Cine de Gijón, integrado por Dña. Sylvia Perel, D. Mauro Herce y D. Javier Trueba, ha concedido el
    PREMIO DOCUFICX a:

    THE WOODS DREAMS ARE MADE OF (LES BOIS DONT NOS RÊVES SONT FAIT) de CLAIRE SIMON
    (Francia, 2015)

    PREMIO FIPRESCI

    MUCH LOVED de NABIL AYOUCH
    (Marruecos, Francia, 2015)
    por Emilio M. Luna
    noviembre 29, 2015

    Palmarés del Festival de Gijón 2015

    por Emilio M. Luna | noviembre 29, 2015
    Right now, wrong then

    Señoras que se indignan con Hong Sang-soo

    Crónica de la séptima jornada del 53º Festival de Gijón.

    ¿Qué sería de un festival de cine sin su colección de estereotipos andantes? Sin esa fauna diversa que abarca desde el intento de crítico que destroza todo lo que ve con un par de tópicos vagos (o un tweet, que a menudo viene a ser lo mismo) hasta el “espectador medio” que se queja de tanta rareza, de que no puede ser tan difícil contar bien una historia. El primero soltará frases hechas despectivas, como “telefilme de sábado por la tarde” o “película mil veces vista”, que pretenden dar cuenta de la cantidad de conocimiento cinéfilo que atesora y de lo difícil que resulta sorprender a su endurecido criterio. Mientras que el segundo, más auténtico, se expresará con reflexiones del tipo “muy bien hecha, pero a mí es que no me ha dicho nada”. Aunque hay estereotipos todavía más específicos que tampoco faltan. Está el que, en los coloquios del director con el público (el Q&A, si prefieren la versión cool), interviene para lanzar una reflexión interminable sobre algún aspecto de la película (por lo general, irrelevante o sobreinterpretado) que tiene poco de pregunta y mucho de afán de lucimiento. O el pedante de turno que analiza la película sentando cátedra con expresiones altivas que no admiten réplica. Una colección, en fin, que pese a que a ratos pueda resultar irritante, sirve para dar colorido al festival entre proyección y proyección.

    El párrafo anterior, admitamos que un poco vitriólico, viene motivado por el visionado de la nueva cinta de Hong Sang-soo, Right Now, Wrong Then, que además de constituir ese hit magistral que le faltaba a la sección oficial de Gijón (sus virtudes se analizan unas líneas más abajo), ofrece algunos apuntes deliciosos precisamente sobre la fauna habitual que se puede encontrar en los mundillos de los festivales y los ciclos que tan bien debe conocer Sang-soo. El protagonista, un director de cine que asiste al coloquio tras la proyección de una de sus películas, se queja a la salida de un tipo que ha hecho una pregunta interminable y sin sentido (“Seguro que era para impresionar a las chicas de la sala”) o de que el moderador era un snob arrogante. Lo fascinante de la experiencia, además, es que mientras que esta conversación era mostrada en pantalla, el que suscribe la completaba con una escena real que sucedía justo a su lado. Un grupito de señoras de mediana edad (de esas que acuden a la sala más para cotorrear incansablemente sobre lo que ocurre en la película que para verla) se quejaba en voz alta de lo insufrible que les estaba resultando la cinta. “¡Tanto plano largo y tanto diálogo para que no pase nada!”, y demás. A lo que se sumó una cantidad importante de deserciones a mitad de película. La anécdota sirve para dar cuenta de lo sumamente contradictorio que puede llegar a ser un festival, poblado de extremos tan opuestos como los que se reseñaban al comienzo de este texto. Del moderno pedante de turno a la señora que se indigna con Hong Sang-soo. Una confluencia entre sensibilidades encontradas que no puede ser más expresiva de la cantidad de miradas que suscita esto del cine. En Right Now, Wrong Then, ese moderador del que se queja el director protagonista le pide que conteste, en pocas palabras, a una pregunta final: ¿qué es para él el cine? A lo que el director responde visiblemente enfadado, afirmando que se niega a soltar esas palabras vacías que el público espera que diga. ¿Qué sentido tiene ponerse a sentar cátedra con términos grandilocuentes sobre lo que es el cine? Pues eso.

    por EAM
    noviembre 29, 2015

    Festival de Gijón 2015 (VI) | Críticas: Right now, wrong then + Respira (Breath) + The Ardennes

    por EAM | noviembre 29, 2015
    Masaan

    Despertares sexuales

    Crónica de la sexta jornada del 53º Festival de Gijón.

    La potencial virtud de todo festival internacional, además de su capacidad de dar a conocer ese cine que por las vías más convencionales cuenta con escasos (o inexistentes) medios para llegar al público, reside en la manera en la que las apuestas de su programa crean diálogos entre ellas. Ya se sabe, los grandes temas son muy pocos. La perspectiva, la sensibilidad y el contexto desde el que se tratan es lo que aporta variaciones infinitas. Centrándonos en la sección oficial de Gijón de este año, dos de sus películas nos permiten divagar sobre una temática estrella. El despertar sexual en la adolescencia. Desde mundos tan alejados como Estados Unidos y la India. Las protagonistas de The Diary of a Teenage Girl y Masaan comparten condición de púberes que comienzan a explorar los placeres del eros. Ambas, además, lo hacen influidas por la sociedad que las rodea y los valores morales dominantes que entran en conflicto con sus propias inquietudes. Minnie, la teenage girl del título, trata de narrarse a sí misma mediante un diario en el que expresa sus vivencias sexuales a partir del affaire que mantiene con el novio de su madre. El tratamiento de The Diary of a Teenage Girl, por tanto, opta por sumergir al espectador en la expresión de intimidad más carente de pudor que puede existir: la de una chica que habla para sí misma, sin censuras. Exactamente en el extremo contrario de involucramiento en el que nos sitúa Masaan con respecto a Devi, su adolescente protagonista, a las que la policía india ha detenido por mantener relaciones sexuales prematrimoniales y amenaza con llevarla a la cárcel y convertirla en carne de escándalo sexual mediático. Devi está filmada desde un fuerte hermetismo, que apenas permite intuir sus motivaciones y los sentimientos que bullen en su interior. La cámara de Masaan se detiene a menudo en la indolencia que expresa su cuerpo, en el hastío que puede leerse en su mirada, en su silencio cargado de tedio existencial.

    Las dos aproximaciones tan opuestas a Minnie y Devi no son casuales, por supuesto. Ambas adolescentes atraviesan un despertar sexual problemático, pero las raíces son opuestas. Como señaló nuestro compañero Alberto Sáez en la crítica que este medio publicó de The Diary of a Teenage Girl, Minnie se ve condicionada por la transformación cultural que la rodea (la cinta se ambienta en 1976): justo ese momento en el que la revolución sexual de los sesenta empieza a fundirse con el nuevo paradigma de belleza corporal (la ultradelgadez, que entra en conflicto con el físico curvilíneo de Minnie). Es decir, cuando el hedonismo se mezcla con el consumismo, y su carácter de liberación muta en una especie de imposición. Disfrutar del sexo se convierte en un imperativo social a la vez que su carácter espontáneo se codifica en cánones. Se trata de una transición del “puedes ser...” al “tienes que ser...” que, bajo sus vestiduras de liberación sexual, camufla un afán totalizador. La insatisfacción de Minnie deriva de la pugna entre su deseo de ser querida de forma incondicional y la presión (primero impuesta desde fuera, como se aprecia en su relación con su madre, y luego autoimpuesta) de plegarse a una manera estandarizada de vivir el sexo y concebir la belleza. Minnie representa el lado oscuro de la revolución sexual. Mientras que Devi se sitúa, precisamente, en el estado de las cosas contra el que esa revolución quiso reaccionar. En una India represora, cuyas fuerzas oficiales se sienten imbuidas de plena autoridad moral (peor aún, la sociedad sustenta de forma tácita esa autoridad) para decidir de qué manera debe vivir cada mujer su sexualidad. Violencia e intimidación mediante. Mientras que Minnie es el producto de proclamar la emancipación sexual para luego homogeneizar sutilmente sus formas, Devi sufre una presión mucho más explícita. Por eso tiene tanto sentido que la primera narre su conflicto desde una verborrea que da cuenta de su confusión, mientras que la segunda opte por guardar silencio frente a una represión frontal que no admite más ambigüedades: sabe exactamente de qué es víctima. Algo muy parecido, por cierto a lo que les sucede a las cinco hermanas de otra cinta que se ha proyectado en Gijón fuera de concurso. La turca Mustang, de la, para seguir profundizando en estas cuestiones, también pueden leer la crítica publicada en este medio.

    por EAM
    noviembre 27, 2015

    Festival de Gijón 2015 (V) | Críticas: Masaan + Zurich + Lamb

    por EAM | noviembre 27, 2015

    La asfixia del mito

    Crónica de la sexta jornada del 53º Festival de Gijón.

    Durante su coloquio tras la proyección de Tío Boonmee recuerda sus vidas pasadas, Apichatpong Weerasethakul (que, debido a la retrospectiva que le está dedicando el festival, ha participado en numerosas actividades con el público) habló sobre sus creencias religiosas: «No creo en el karma, no es más que un mecanismo de control social». La crítica política de fondo está clara. Y aunque su cine no se oriente a la denuncia social, la sección oficial de Gijón cuenta con un ejemplo clarísimo que desarrolla la misma advertencia lanzada por el tailandés. La cinta india Masaan, un alegato contra la represión social y las prácticas abusivas de las autoridades en la India derivadas, entre otras cosas, de la incuestionabilidad de la que disfruta en ese país la creencia en el karma y la justificación que da al sistema de castas. De Masaan hablaremos en la próxima crónica. Pero Umrika, la otra cinta hindú del festival que reseñamos bajo estas líneas, tiene también algo que ver con las palabras de Apichatpong. Basta sustraer la idea del karma y sustituirla por cualquier creencia socialmente consolidada debido a la carga mitológica que conlleva.

    Umrika no entra en el asunto de las castas, las diferencias sociales o la represión en su país. Pero sí explora cómo las ideas religiosas pueden ser sustituidas por nuevas imágenes sacralizadas que cumplen exactamente la misma función. En este caso, se trata de la idealización de América como un lejano paraíso de bienestar y prosperidad. Que, curiosamente, tiene sobre los personajes de la cinta los mismos efectos que las creencias tradicionales del hinduismo: el condicionar sus relaciones, hacer que su posición social y su valoración personal sean medidas bajo el peso de esa creencia. La madre de la familia protagonista de Umrika, en lugar de basar su honorabilidad en su casta, lo hace en el hecho de que su hijo mayor esté viviendo en el paraíso americano, sin importar la verdad que esa emigración esconda. Si se repasan las crónicas anteriores publicadas sobre el festival en este medio, se verá que la marroquí Much Loved tiene también algo que ver con todo esto, como revelan aquellas escenas en las que los familiares de sus prostitutas protagonistas rompen sus lazos con ellas condicionados por la mancha al buen nombre que supone su oficio. Es decir, que las relaciones afectivas quedan anuladas por la carga social que tiene una creencia dogmática: la expresión pública de una moral intachable, independientemente de la hipocresía de fondo que hay en ella.

    por EAM
    noviembre 27, 2015

    Festival de Gijón 2015 (IV) | Transatlantique + Umrika + Black

    por EAM | noviembre 27, 2015

    Estéticas del nomadismo

    crónica de la cuarta y quinta jornada del 53º Festival de Gijón.

    Los dos agentes de la ley protagonistas de Aferim!, padre e hijo, son mostrados durante la mayor parte del metraje en planos amplios donde sus siluetas a caballo se empequeñecen insertas en el paisaje que el director Radu Jude descubre como el Monument Valley rumano: los bosques, montañas y ríos de la Valaquia del siglo XIX, un vestigio de feudalismo ajeno a las nuevas corrientes de una Europa en plena ebullición revolucionaria. De ese anclaje en lo medieval dan buena cuenta los diálogos de los personajes, sembrados de referencias a la tradición rumana como teoría de conocimiento del mundo: refranes, proverbios, viejas historietas folclóricas y creencias populares disparatadas sobre el origen de los judíos o los gitanos. De lo dicho hasta aquí resulta fácil inferir que la cinta rumana, una de las grandes sensaciones en lo que llevamos de festival, se nutre de una mezcla de géneros llamativa: la picaresca y el western, el primero como tributo a toda la carga cultural de la Rumanía en la que se ambienta y filma, y el segundo como modo de amplificar sus resonancias cinematográficas universales. Además, lo fascinante del maridaje es que picaresca y western tienen algo esencial en común. Su condición de géneros que a menudo narran peripecias sin rumbo fijo, con personajes errantes que recorren las realidades sociales más alejadas del universo de la ciudad y la ley. Realidades sociales donde los estratos más humildes viven en una suerte de anarquía interrumpida a ratos por los tics dictatoriales del cacique de turno (bandido, terrateniente o, en el caso de Aferim!, señor feudal). Pero el retrato de estos reductos se suele filtrar por su condición pasajera para los protagonistas que lo contemplan, ya que tanto el pícaro como el jinete errante no echan raíces en ninguna parte.

    Picaresca y western son, en fin, géneros con cierta estética del nomadismo que en Aferim! es fácilmente apreciable. Y, como se percibe en las cintas reseñadas en esta crónica del cuarto y quinto día del festival de Gijón, las variaciones del nomadismo funcionan muy bien como hilo conductor de algunas de sus apuestas. Neon Bull (de la que este medio ya ha publicado crítica), situada en el Brasil rural contemporáneo, da cuenta de una tendencia de especial relevancia en las nuevas voces cinematográficas (en este caso, la del prometedor director Gabriel Mascaro): el relato del extravío vital tan típico, por poner un ejemplo ilustre, de los personajes de Jim Jarmusch. De los trozos de vida de personajes sin una hazaña que contar, que deambulan de lugar en lugar sin un objetivo concreto. Los ganaderos que protagonizan Neon Bull se inscriben en esta narrativa tan típica del indie americano ochentero en la que todos los sitios de parada se parecen entre sí. En consecuencia, Mascaro basa su estilo en la ausencia de elementos estructurales clásicos (planteamiento, nudo y desenlace, puntos de giro, etc.) y en una captación pausada de los numerosos elementos connotadores de una vida sin arraigos: sus criaturas viven en el camión donde transportan los toros, y sus objetos de vida casera (hamacas para dormir, mangueras bajo el camión para ducharse) son muy expresivos en su transitoriedad. 

    «Mascaro nos vuelve a regalar otra de las mejores escenas de sexo del cine actual. Esta vez utiliza un escenario mucho más austero, pero el valor reside en el uso de la luz, que nos recuerda a las composiciones de Caravaggio, potenciando en plano fijo los reflejos y las sombras en los cuerpos desnudos».


    De hecho, la muy comentada escena de sexo que rueda Mascaro, además de por hermosa, llama la atención por la ausencia de lazos afectivos perennes que hay en la forma de presentarla. El ratito de intimidad está condenado a acabar con la vuelta a la carretera. Algo parecido a lo que le sucede al viejo condestable protagonista de Aferim!, que presume de tener una vagina a su disposición en cada pueblo del camino. Que su mujer espere en casa, como una Penélope desengañada cuyo Ulises siempre vuelve a partir, es lo de menos. Para quien quiera reivindicar las bondades del hogar, eso sí, Gijón también ha ofrecido el reverso del nomadismo. Brillante Mendoza cuenta en Taklub precisamente el apego por las raíces de una comunidad filipina que, pese a los efectos devastadores del tifón “Yolanda”, se empeña en reconstruir su lugar de nacimiento y crecimiento, pese a las inclemencias y las ausencias tan palpables de los muertos. Como si se buscara dar algo de luz esperanzadora al desengaño del nómada con una estética comprometida del sedentarismo.

    por EAM
    noviembre 25, 2015

    Festival de Gijón 2015 (III) | Taklub + Aferim!

    por EAM | noviembre 25, 2015

    Soldados sin fusil

    Crónica de la segunda y tercera jornada del 53º Festival de Gijón.

    ¿En qué pensamos cuando lo hacemos en un soldado? Animamos al lector a que le dé alguna vuelta a la pregunta. Dada la naturaleza del medio en el que se publican estas líneas, aventuramos que la palabra “soldado” le habrá impulsado a recurrir a la memoria cinéfila. Desde esta perspectiva, el soldado puede erigirse como imagen de héroe o un villano según lo filtre la cámara. El soldado tiende a ser un ser enardecido por una causa que le trasciende (o que él considera que le trasciende). Pero esa causa puede ser el germen tanto de los actos más valientes y generosos como de los más rastreros y crueles. O bien, un soldado puede estar marcado por el desengaño con la causa. Teniendo en cuenta estas consideraciones, proponemos en un ejercicio de sustracción. Aislar al soldado de su contexto habitual, la guerra y los campos de batalla. Porque precisamente de esta premisa parten tres de las películas que hemos podido ver durante el segundo y el tercer día del festival de Gijón, que son objeto de esta crónica. Cemetery of Splendour, la última obra del reputado Apichatpong Weerasethakul (a quien el festival está dedicando una retrospectiva completa), se ambienta en un hospital en un pueblecito rural tailandés, donde reposa uno grupo de soldados afectados por la enfermedad del sueño. La danesa Land of Mine cuenta el desempeño de un grupo de combatientes adolescentes alemanes que, finalizada la Segunda Guerra Mundial, son obligados a desempeñar la peligrosa labor de desactivar las minas de las que se han sembrado las playas de Dinamarca. Mientras que la protagonista de la francesa Je suis un soldat no lleva uniforme ni pertenece al Ejército, sino que se dedica al tráfico ilegal de perros de raza. Pero su actitud de disciplina autómata, competitividad agresiva y adaptación sin cuestionamiento a las reglas de la batalla la convierte en ese soldado evocado por el título de la cinta.

    Los tres, por tanto, son productos que persiguen sus propios fines estéticos a partir de la descontextualización del soldado. En Cemetery of Splendour, la condición durmiente de sus militares le permite vaciarlos de sus connotaciones habituales y volverlos a llenar de nuevos significados. Un soldado puede ser un ánima incorpórea que batalla para un rey muerto en un plano distinto de la realidad mientras la cámara lo filma entregado a su sueño perpetuo y en apariencia tranquilo, o puede tomar el cuerpo de una mujer y convertirse en guía, amigo y consuelo que lame (literalmente, en una de sus escenas más bellas) las heridas de una mujer con sensibilidad espiritual. En Land of Mine, la condición casi infantil de sus soldados y la ausencia de un conflicto convencional se utiliza con fines denunciativos, permitiendo que los mecanismos de odio hacia el enemigo queden desnudos de justificación y desvelen toda su crueldad. Y en Je suis un soldat, la presencia del concepto “soldado” se utiliza como fórmula evocadora que impulsa a cuestionar el letargo moral en el que su protagonista femenina se encuentra inmersa. La idea, en fin, es que el cine puede utilizar la descontextualización de un concepto para (re)construir sentidos narrativos y estéticos. Por si no bastara, sirva también como ejemplo la mexicana La delgada línea amarilla, donde no hay soldados pero sí un puñado de personajes a los que se aísla de sus mundos habituales y se exploran sus relaciones en un escenario (una carretera perdida en regiones semidesérticas) caracterizado por el vacío. Si bien, como se verá al reseñar Much Loved y su retrato de la prostitución en Marruecos, puede suceder exactamente lo contrario. Que un contexto (el extrafílmico, en este caso) amplifique el alcance de la obra.

    por EAM
    noviembre 24, 2015

    Festival de Gijón 2015 (II) | Críticas: La delgada línea amarilla + Much loved + Krisha + Land of mine + Je suis un soldat

    por EAM | noviembre 24, 2015
    Risttuules

    La memoria de la imagen

    crítica de Risttuules (Martti Helde, Estonia, 2015).

    La representación en imágenes de nuestro pasado más oscuro y el acercamiento a la tragedia humana han planteado, y lo siguen haciendo, un gran debate sobre cómo llevarlos a cabo. Cuando tras la Segunda Guerra Mundial las imágenes de la liberación de los campos de concentración empezaban a ver la luz, muchos cineastas pusieron el grito en el cielo: ¿dónde había estado el cine todo este tiempo? Todo se había acabado, aseveró Jean-Luc Godard. Pocos años después, Alain Resnais intentaba restituir la imagen de esta barbarie con la magnífica Noche y niebla. Desde el presente, combinando las imágenes de lo que antaño eran campos de concentración, ahora cubiertos por la maleza, con las montañas de huesos y cadáveres que se apilaban en las fosas comunes, el director francés nos devolvía la memoria, se acercaba a una historia huérfana de imágenes y restablecía el diálogo con ella. Esta restitución de la memoria histórica a través de la imagen sigue siendo un tema clave en la cinematografía actual. Sin ir más lejos, en el año 2014 el director Ramón Lluís Bande devolvía la voz a los maquis asturianos con Equí y n’otru tempo. Gran parte del grueso de la película consistía en la filmación en presente de los lugares donde fueron asesinados entre 1937 y 1952 diversos miembros de la Agrupación Guerrillera Asturiana. La cinta trata de construir un monumento cinematográfico a partir del documento. Los lugares del crimen, hoy en su gran mayoría casas abandonadas en el monte asturiano devoradas por el avance inexorable del bosque, se erigen como testigos silenciosos de los últimos alientos de vida de guerrilleros olvidados, de quienes Bande logra recomponer su memoria.

    La ópera prima del director estonio Martti Helde comparte con estas dos cintas el imperioso deber de volver nuestros ojos hacia el pasado olvidado desde una postura impregnada de sobriedad, despojada de cualquier impostura poética, pero con una puesta en escena totalmente comprometida. Risttuules se centra en la deportación masiva de ciudadanos de Estonia a Siberia por parte de la Unión Soviética en junio de 1941. La película trata de reconstruir la historia de estos campesinos obligados a abandonar sus tierras y enviados a trabajar en condiciones infrahumanas a las gélidas tierras siberianas; y lo hace partiendo de un documento histórico: las cartas que Erna enviaba a su marido con la esperanza de que las recibiese y pudieran reencontrarse para continuar con sus vidas. Mientras las dos obras citadas anteriormente prefieren el documental para construir su relato, el joven director basa su propuesta en la traslación a imágenes del testimonio de Erna. Para ello, analiza el instante desde el fragmento fotográfico, en blanco y negro y sin movimiento, en el que la cámara se desliza por los entresijos de esta especie de naturaleza muerta del dolor para potenciar la profundidad y, sobre todo, anular el tiempo. Tras un inicio con toques malickianos, la imagen se congela y pierde el movimiento para conseguir expandir el instante mientras, en voz en off, las palabras de Erna resuenan implacables. Todo se para, pero la cámara continúa lentamente indagando y expandiendo el momento retratado: el chispazo anterior al disparo, el sollozo anterior al llanto, la mirada anterior al abrazo, la caricia que precede al beso… De este modo, el relato de Erna se hace todavía más duro y poderoso, cobra una entidad superior para lograr que la palabra escrita en primera persona por la protagonista de ese instante se convierta en el verdadero eje vertebrador de la cinta y, por ende, de la memoria colectiva de un pueblo.

    por Anónimo
    noviembre 23, 2015

    Crítica | Risttuules (In the crosswind)

    por Anónimo | noviembre 23, 2015

    De sábanas y sueños

    Crónica de la primera jornada del 53 Festival de Gijón.

    De acuerdo con Carlos Areces, maestro de ceremonias de la gala inaugural de la 53 edición del Festival de Cine Internacional de Gijón, una gala es eso que hacen los del cine para regocijarse entre ellos mismos, para sentirse mejor, aplaudirse, verse… una especie de catarsis ególatra para encandilarse unos a otros. Algo de razón tiene. La crítica y la prensa huyen normalmente de este tipo de actos, a menos que el deber lo requiera. Tienen su fama merecida: suelen ser aburridas, llenas de chistes con gracia discutible, de tono blando, muy académicas, sin apenas riesgos. Pero el pasado viernes, cuando entramos en el maravilloso teatro Jovellanos con la mentalidad de intentar soportar como sea las dos horas de gala que se nos echaban encima, nos llevamos una grata sorpresa al descubrir que el tiempo se pasó volando y que, realmente, valió la pena por diversos motivos. En primer lugar, porque Areces es un monstruo de la comedia capaz de entretener y hacer reír hasta las piedras. En segundo lugar, porque Apichatpong Weerasethakul recibió de manos de Lluís Miñarro la butaca que entrega el festival como homenaje a toda una carrera. El maestro tailandés siempre nos regala sabias palabras. Así, en un discurso corto pero emotivo, nos emplazó a todos a compartir con él la misma ilusión que tenía cuando era niño y, escondido bajo las sábanas, jugaba con una linterna y con las sombras que se proyectaban. La sábana de ese juego infantil hoy se ha convertido en una pantalla de cine, y lo que eran sombras hoy son imágenes e historias que nos cobijan bajo el influjo del cine. Y en tercer y último lugar, José Sacristán recibió el Premio de Honor Nacho Martínez, y escuchar la profunda voz del madrileño es siempre una experiencia casi religiosa, ya esté recibiendo un galardón, recitando un poema o dando el parte del tiempo. Pero lo cierto es que la gala es solo el pistoletazo de salida, un acto publicitario más al que acuden políticos y personalidades para mostrar su «apoyo» a la cultura en general y al cine en particular. Pero, realmente, los verdaderos protagonistas del festival son los que, una vez terminó la gala, se quedaron a ver la película inaugural, La calle de la amargura, del mexicano Arturo Ripstein. Justo en ese momento empezó el festival: cuando la sala se vació de compromisos y se llenó de amantes del cine. Ellos son, o más bien somos, los que llenaremos estos días los Cines Centro, el teatro Jovellanos o el Antiguo Instituto para disfrutar de la cuidada selección que nos ofrece el FICX. Somos los afortunados que, como indicaba Weerasethakul, compartiremos esa sábana de sueños para descubrir de nuevo el cine y a nosotros mismos.

    Nasty Baby

    NASTY BABY

    Sebastián Silva, Estados Unidos, 2015 / Sección oficial.
    por Eva Hernando.

    Con el pase de prensa de la película de Sebastián Silva, arrancaba la Sección Oficial a Competición de Largometrajes de la 53 edición del Festival de Cine de Gijón. Estrenada en Sundance y exhibida en la sección Panorama del 65º Festival Internacional de cine de Berlín, donde se alzó con el Teddy Award, Silva ha querido dejar claro desde un primer momento que la discriminación sexual no es la temática principal del filme aunque sirva como punto de arranque o esté presente en las circunstancias adyacentes de la acción. Silva, además de director, es el guionista y actor principal de un filme rodado en su apartamento de Brooklyn y que cuenta con la colaboración en el reparto de su hermano y otros miembros del equipo, así como con la producción de Pablo y de Juan de Dios Larraín. Freddy (Sebastián Silva) y su novio Mo (Tunde Adebimpe) forman una pareja homosexual interracial perfectamente integrada en su entorno, en el citado barrio neoyorquino. Freddy desea ser padre y cuenta con el apoyo de su mejor amiga, Polly (Kristen Wiig), que les ofrece ser la gestante a la pareja. De este modo, comienza un complicado proceso, lleno de contratiempos, que sirve de inspiración a Freddy, artista conceptual, para la creación de un nuevo proyecto artístico al que llama Nasty Baby. Con la irrupción en el barrio de un vecino molesto y desequilibrado con tendencias homófobas, al que llaman el Obispo, se completan las líneas argumentales principales en las que Silva busca el esperado conflicto moral.

    La primera cuestión que aborda el largometraje es el concepto de paternidad en sí mismo. Freddy y todo su entorno de amigos representan la bonhomía de todos los valores morales modernos alejados de prejuicios y de discriminaciones, defendiendo por encima de todo la crianza en un entorno de cariño y amor. Tienen vidas acomodadas, un nivel cultural razonablemente alto y profesiones liberales. Pero también una baja tolerancia al fracaso y un concepto de la paternidad cimentado sobre ideas narcisistas y ególatras de perpetuación de uno mismo. La segunda cuestión es el conflicto directo entre Freddy y El Obispo. La guerra que se establece entre ambos deja más en evidencia al primero que al segundo, y genera cierta sensación de antipatía inexplicable, quizás intencionada, hacia quienes representan lo políticamente correcto, bien por una deficiente construcción del guion, en cuanto a los personajes y sus motivaciones se refiere (particularmente el caso de Polly), bien por un deseo de crítica explícito hacia lo que aparentan pero no tienen. El proyecto artístico personal que lleva a cabo Freddy funciona casi como una metáfora de su infantilismo y las tretas cuasi pueriles que usa en la confrontación con su vecino de forma ingenua. Y, quizás, por esa ingenuidad inicial, la comedia indie que cumplía todos los requisitos del género, sólo aderezado con el consabido y necesario toque de drama, sorprende cuando se adentra en el thriller. Lo hace con detalles de baja intensidad que siembran en el espectador una leve inquietud cuya detonación no parece inminente; con el uso de la música para reforzar el sentimiento de amenaza y con la noche y las luces urbanas como recurso sencillo para cambiar de esa luz natural cálida de producto amable a un escenario más amenazante. Con ello, se pierde parte de esa credibilidad que el manejo realista de la cámara, la fotografía y hasta el casting de los personajes confería a este proyecto de Silva. Hasta ese momento, la narración poseía cierta ligereza despreocupada que hacían de ella un entretenimiento cercano al notable por la valentía del cuestionamiento de los dogmas familiares y unas actuaciones simples pero eficientes. Una vez introducido el elemento sorpresa, llega la temida sobreactuación y un shock prefabricado e inmaduro. Un twist con sabor a fracaso. [55/100]

    por EAM
    noviembre 23, 2015

    Festival de Gijón 2015 (I) | Críticas: La calle de la amargura + Nasty Baby

    por EAM | noviembre 23, 2015
    Boi neon

    Brillante Mendoza, Hong Sangsoo y Gabriel Mascaro cabezas del cartel del 53 FICX


    Este mediodía se ha anunciado la line up de la 53ª edición del Festival de Gijón, el último gran evento cinematográfico en territorio español. Para esta entrega, el certamen dirigido por Nacho Carballo apuesta por una serie de propuestas atractivas que han pasado de puntillas por diversos festivales y que son fieles a la idiosincrasia del evento asturiano. Echando un rápido vistazo a su programación, los primeros títulos que destacan son los provenientes del otro lado del Atlántico: las estadounidenses The diary of a teenage girl –una de las sensaciones en Sundance— y Nasty Baby –nueva incursión en territorio norteamericano del chileno Sebastián Silva—; la mexicana La delgada línea amarilla –ganadora en Guadalajara y Montreal—; y la brasileña Neon Bull –dirigida por Gabriel Mascaro y presentada en Horizontes de la Mostra de Venecia—. Desde Asia, llegarán al FICX la ganadora del Leopardo de Oro de Locarno, Right now, wrong then, del siempre sugerente Hong Sangsoo; Taklub, de otro habitual, el filipino Brillante Mendoza; y las hindúes Masaan – dirigida por Neeraj Ghayman y proyectada en Un Certain Regard, donde ganó el FIPRESCI de la categoría— y Umrika –de Prashant Nair y exhibida en Sundance y Karlovy Vary con buenas opiniones—. La participación europea contiene obras tan interesantes como la danesa Land of mine, aclamada tras su paso por Tokio; la gala Je suis un soldat, de Laurent Larivière, centrada en la denuncia sobre el maltrato y el tráfico animal; la holandesa Zurich, de Sacha Polak, que regresa a Gijón tras su visita en 2012 a la sección Rellumes con Hemel; la fantástica película rumana Aferim!, de un Radu Jude que se pasa al gran formato con una blanquinegra mirada a los romaníes en el siglo XIX; y las belgas The Ardennes, ópera prima de Robin Pront que trata la relación fraternal de dos polos opuestos, y Black, de Adil El Arbi y Bilall Fallah, un retrato de la juventud de extrarradio bruselense. El Festival de Gijón se desarrollará del 20 al 28 de noviembre, y allí estarán nuestros compañeros Miguel Muñoz, Eva Hernando y Víctor Blanes para contarnos todo lo que acontezca.

    SECCIÓN OFICIAL / LARGOMETRAJES


    Masaan, de Neeraj Ghayman (India).
    Umrika, de Prashant Nair (India).
    Aferim!, de Radu Jude (Bulgaria, República Checa, Rumanía).
    Taklub, de Brillante Mendoza (Filipinas).
    Black, de Adil El Arbi y Bilall Fallah (Bélgica).
    The Ardennes, de Robin Pront (Bélgica).
    Je suis un soldat, de Laurent Larivière (Francia).
    Zurich, de Sacha Polak (Holanda, Alemania, Bélgica).
    La delgada línea amarilla, de Celso García (México).
    Nasty baby, de Sebastián Silva (USA).
    The diary of a Teenage Girl, de Marielle Heller (USA).
    Right now, wrong then, de Hong Sang-Soo (Corea del Sur).
    Neon Bull, de Gabriel Mascaro (Brasil, Uruguay, Holanda).
    Much Loved, de Nabil Ayouch (Marruecos, Francia).
    Land of Mine, de Martin Zandvliet (Dinamarca, Alemania).

    CLAUSURA


    One Breath, de Christian Zübert (Alemania).

    por Emilio M. Luna
    noviembre 09, 2015

    Programa de la 53 edición del Festival de Gijón

    por Emilio M. Luna | noviembre 09, 2015

    Es «el espacio abierto a las nuevas voces en la dirección y en la crítica». Así define el Festival de Gijón a la II edición de Convergencias, ese vano para el cine maldito y silente que nació el pasado año por iniciativa de los críticos Martín Cuesta (Cinemaadhoc) y Víctor Paz (A cuarta parede). Un hueco que permite al público asturiano acercarse a producciones alejadas de los márgenes del estereotipo que no tendrá, salvo sorpresa, la oportunidad de llegar a las salas comerciales. A cargo de la programación, seis redactores nacionales e internacionales con seis filmes bajo el brazo. Para su 53ª entrega, el FICX apuesta en Convergencias por una line up ecléctica, cuyo leitmotiv es «la capacidad creativa del sonido». De este modo, en Gijón se podrá ver la sensacional cinta estonia In the crosswind (Risttuules, 2014), crudo relato de la purga de los países bálticos por parte del régimen stalinista. La elección del crítico de Visual 404 David Tejero y nuestro compañero Víctor Blanes Picó es uno de los hitos anónimos del circuito europeo. La película de Martti Helde ha pasado con éxito por los festivales de Varsovia, Gotemburgo y Sarajevo.

    Con un palmarés de más enjundia, Gijón proyectará la ópera prima de Trey Edward Shults, Krisha (EE.UU., 2015), ganadora en el South by Southwest celebrado en marzo en Austin. Un drama familiar con toques de intriga situado en un Día de Acción de Gracias en un hogar norteamericano. La cinta, que llegó a Europa gracias a Cannes y Karlovy Vary, es la elección de nuestra también compañera Carlota Moseguí. El cartel de Convergencias lo completan Test (Aleksandr Kott, Rusia, 2015), ganadora de los Nika, los Premios de la Industria Rusa, propuesta por Pablo G. Taboada (Cinemanía); Os Olhos de André (António Borges Correia, Portugal, 2015), ganadora de tres premios en el IndieLisboa, seleccionada por el jovencísimo Jesús Choya Zataraín (La llave azul); Transatlantique (Félix Dufour-Laperrière, Canadá, 2014), filme candidato de la británica Rebecca Naughten (Nobody Knows Anybody); y, The Road (Rana Salem, Israel, 2015), premio FIPRESCI en el último Festival de Moscú, sugerida por el crítico Eduardo Guillot. Pueden consultar la nota de prensa del Festival de Gijón en el enlace. El 53 FICX se desarrollará del 20 al 28 de noviembre. Se lo contará EAM.

    por Emilio M. Luna
    octubre 08, 2015

    II edición de Convergencias del Festival de Gijón

    por Emilio M. Luna | octubre 08, 2015

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