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    Nabil Ayouch
    Nabil Ayouch

    Cannes 2021 (#9)

    Novena crónica de la 74ª edición del Festival de Cannes.

    ▼ Críticas
    «In Front of your Face», Hong Sang-soo.
    «Emergency Declaration», Han Jae-rim.
    «Casablanca Beats», Nabil Ayouch.
    «France», Bruno Dumont.
    «Belle», Mamoru Hosoda.
    «Noche de fuego», Tatiana Huezo.

    Cercano el final, que tendrá un epílogo donde la polémica, salvo sorpresa, surgirá irremisiblemente –ya saben, los palmareses no llueven a gusto de todos—, las fuerzas flaquean y las palabras faltan. Un festival exige tanto a tus acreditados que se necesitará tiempo para desgranar con justicia todas las propuestas aquí presentadas. Mañana se entregará una nueva Palma de Oro; terminará un ciclo y comenzará otro. Primero, el de las películas presentes en la riviera gala que comenzarán un recorrido por otros festivales y por unas carteleras que esperan sobrevivir a la enésima ola pandémica. Porque cierto es, miramos hacia el horizonte con optimismo, pero la actualidad (y el propio evento) constata que algunas incógnitas no pueden ser despejadas; tenemos que vivir con esta realidad, la industria, ya readaptada, tendrá que seguir sufriendo la incertidumbre, solo falta saber en qué condiciones. Segundo, el del propio circuito, que ya mira a Locarno, Karlovy Vary y Venecia. Por suerte, la rueda no ceja ni cesa.

    La bianualidad de este Cannes, en el que convergen producciones de los dos últimos años, ha asegurado un excelente nivel en la competición. Augurar una posible Palma de Oro es un ejercicio complejo, que corresponderá a las motivaciones de un jurado que habitualmente se hermana con causas perdidas y con los retratos más oscuros/tristes/reivindicables de la contemporaneidad. Pero, dicho esto, este es el Cannes de la ilusión, por tanto no hay que descartar el triunfo de un Paul Verhoeven, de un Wes Anderson o de un Leos Carax, ya que sus películas han sido los acontecimientos de esta edición. ¿Nuestra favorita? La tenemos clara: Drive my Car, de Ryūsuke Hamaguchi. Ha llegado el momento del director japonés y es esta 74ª entrega de Cannes. Un filme que ya tiene distribución en España: Filmin & Elástica Films.

    por VV. AA.
    julio 16, 2021

    Cannes 2021 (#9) | Críticas: «In Front of your Face», «Casablanca Beats», «France», «Emergency Declaration», «Belle» & «Noche de fuego»

    por VV. AA. | julio 16, 2021

    Soldados sin fusil

    Crónica de la segunda y tercera jornada del 53º Festival de Gijón.

    ¿En qué pensamos cuando lo hacemos en un soldado? Animamos al lector a que le dé alguna vuelta a la pregunta. Dada la naturaleza del medio en el que se publican estas líneas, aventuramos que la palabra “soldado” le habrá impulsado a recurrir a la memoria cinéfila. Desde esta perspectiva, el soldado puede erigirse como imagen de héroe o un villano según lo filtre la cámara. El soldado tiende a ser un ser enardecido por una causa que le trasciende (o que él considera que le trasciende). Pero esa causa puede ser el germen tanto de los actos más valientes y generosos como de los más rastreros y crueles. O bien, un soldado puede estar marcado por el desengaño con la causa. Teniendo en cuenta estas consideraciones, proponemos en un ejercicio de sustracción. Aislar al soldado de su contexto habitual, la guerra y los campos de batalla. Porque precisamente de esta premisa parten tres de las películas que hemos podido ver durante el segundo y el tercer día del festival de Gijón, que son objeto de esta crónica. Cemetery of Splendour, la última obra del reputado Apichatpong Weerasethakul (a quien el festival está dedicando una retrospectiva completa), se ambienta en un hospital en un pueblecito rural tailandés, donde reposa uno grupo de soldados afectados por la enfermedad del sueño. La danesa Land of Mine cuenta el desempeño de un grupo de combatientes adolescentes alemanes que, finalizada la Segunda Guerra Mundial, son obligados a desempeñar la peligrosa labor de desactivar las minas de las que se han sembrado las playas de Dinamarca. Mientras que la protagonista de la francesa Je suis un soldat no lleva uniforme ni pertenece al Ejército, sino que se dedica al tráfico ilegal de perros de raza. Pero su actitud de disciplina autómata, competitividad agresiva y adaptación sin cuestionamiento a las reglas de la batalla la convierte en ese soldado evocado por el título de la cinta.

    Los tres, por tanto, son productos que persiguen sus propios fines estéticos a partir de la descontextualización del soldado. En Cemetery of Splendour, la condición durmiente de sus militares le permite vaciarlos de sus connotaciones habituales y volverlos a llenar de nuevos significados. Un soldado puede ser un ánima incorpórea que batalla para un rey muerto en un plano distinto de la realidad mientras la cámara lo filma entregado a su sueño perpetuo y en apariencia tranquilo, o puede tomar el cuerpo de una mujer y convertirse en guía, amigo y consuelo que lame (literalmente, en una de sus escenas más bellas) las heridas de una mujer con sensibilidad espiritual. En Land of Mine, la condición casi infantil de sus soldados y la ausencia de un conflicto convencional se utiliza con fines denunciativos, permitiendo que los mecanismos de odio hacia el enemigo queden desnudos de justificación y desvelen toda su crueldad. Y en Je suis un soldat, la presencia del concepto “soldado” se utiliza como fórmula evocadora que impulsa a cuestionar el letargo moral en el que su protagonista femenina se encuentra inmersa. La idea, en fin, es que el cine puede utilizar la descontextualización de un concepto para (re)construir sentidos narrativos y estéticos. Por si no bastara, sirva también como ejemplo la mexicana La delgada línea amarilla, donde no hay soldados pero sí un puñado de personajes a los que se aísla de sus mundos habituales y se exploran sus relaciones en un escenario (una carretera perdida en regiones semidesérticas) caracterizado por el vacío. Si bien, como se verá al reseñar Much Loved y su retrato de la prostitución en Marruecos, puede suceder exactamente lo contrario. Que un contexto (el extrafílmico, en este caso) amplifique el alcance de la obra.

    por EAM
    noviembre 24, 2015

    Festival de Gijón 2015 (II) | Críticas: La delgada línea amarilla + Much loved + Krisha + Land of mine + Je suis un soldat

    por EAM | noviembre 24, 2015
    Los caballos de Dios

    Determinismo maniqueo

    crítica de Los caballos de Dios | Les chevaux de Dieu, de Nabil Ayouch, 2012

    En el 2012 se alzaba con la Espiga de Oro de la quincuagésimo séptima edición de la Seminci Los caballos de Dios (2012). Película del realizador francés de origen marroquí Nabil Ayouch. Una coproducción (Francia, Marruecos y Bélgica) que sigue los pasos que van trazando dos hermanos desde su tierna infancia hasta su madurez. A pesar de una estructura agrietada por el abuso elíptico son evidentes las dos partes que configuran la cinta. De complementariedad maniquea. A ritmo de a rey muerto, rey puesto. Conectadas por el hilo contextual de la historia. La primera escoltando al dúo protagonista por el extrarradio de Casablanca y sus miserias. Concretamente por el barrio de Sidi Moumen. Un suburbio de uralita y polvo que recuerda a Cidade de Deus (2002), pero bajo el yugo de otras coordenadas culturales. Y una segunda al abordaje de los mecanismos del fundamentalismo islámico, con la base real de los atentados que sacudieron la capital marroquí allá por 2003 y que dejaron una treintena de muertos y un centenar de heridos.

    Los caballos de Dios echa a andar igual que la citada película de Meirelles. Un enjambre de aguilillas persiguiendo a su presa esférica sobre un terreno arenoso y polvoriento. Ayouch arranca con uno de esos partidos de final incierto, precedido de tangana. Uno de esos "partidos de mediodía, antes de comer. Partidos después de las clases, en cualquier callejón, hasta el anochecer (...) partidos que después solo se juegan en sueños" que diría Segurola. Lo dicho, tras discrepancias varias, pies en polvorosa. Una transición, no tan brillante como la que hubiese hecho el director brasileño, que nos adentra en las desventuras de un mundo donde la indigencia es el bastión de la realidad. Una ciudad dentro de otra ciudad. Una barriada que a mediados de la década pasada contaba con más de 250.000 personas. Un entorno insalubre debido a un crecimiento urbanístico improvisado por la necesidad. Una aglomeración demográfica fruto del éxodo rural masivo; provocado por una sobreexplotación de recursos y el empeoramiento de las condiciones de vida en el campo. Un nicho de violencia. El ¿microcosmos? donde viven ambos protagonistas. El hermano pequeño, Yachine, de vocación guardameta. Con La araña negra –Yashin– en el bolsillo. El mayor, Hamid, de vocación matarife. Con cadenas en las muñecas. Cabecilla del barrio, protector de su hermano en una encrucijada de pícaros y corrupción forjada de espaldas a Alá. Al menos hasta que lo encierran en la cárcel. Su regreso supondrá el inicio del siguiente acto. Marcado por su afiliación, incorporación o incluso alistamiento –como quieran decirlo– en una célula terrorista de Al Qaeda. La primera parte tiene sentido como atenuante, justificación más bien, de lo que ocurre en la segunda. Una relación de causa efecto un tanto torpe y predecible. Con un descarnado relato de la infancia el director cree dar respuesta a los interrogantes que acompañan a un atentado suicida. Así se forjan los mártires parece decir.

    por Anónimo
    enero 18, 2014

    Crítica | Los caballos de Dios

    por Anónimo | enero 18, 2014

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