Soldados sin fusil
Crónica de la segunda y tercera jornada del 53º Festival de Gijón.
¿En qué pensamos cuando lo hacemos en un soldado? Animamos al lector a que le dé alguna vuelta a la pregunta. Dada la naturaleza del medio en el que se publican estas líneas, aventuramos que la palabra “soldado” le habrá impulsado a recurrir a la memoria cinéfila. Desde esta perspectiva, el soldado puede erigirse como imagen de héroe o un villano según lo filtre la cámara. El soldado tiende a ser un ser enardecido por una causa que le trasciende (o que él considera que le trasciende). Pero esa causa puede ser el germen tanto de los actos más valientes y generosos como de los más rastreros y crueles. O bien, un soldado puede estar marcado por el desengaño con la causa. Teniendo en cuenta estas consideraciones, proponemos en un ejercicio de sustracción. Aislar al soldado de su contexto habitual, la guerra y los campos de batalla. Porque precisamente de esta premisa parten tres de las películas que hemos podido ver durante el segundo y el tercer día del festival de Gijón, que son objeto de esta crónica. Cemetery of Splendour, la última obra del reputado Apichatpong Weerasethakul (a quien el festival está dedicando una retrospectiva completa), se ambienta en un hospital en un pueblecito rural tailandés, donde reposa uno grupo de soldados afectados por la enfermedad del sueño. La danesa Land of Mine cuenta el desempeño de un grupo de combatientes adolescentes alemanes que, finalizada la Segunda Guerra Mundial, son obligados a desempeñar la peligrosa labor de desactivar las minas de las que se han sembrado las playas de Dinamarca. Mientras que la protagonista de la francesa Je suis un soldat no lleva uniforme ni pertenece al Ejército, sino que se dedica al tráfico ilegal de perros de raza. Pero su actitud de disciplina autómata, competitividad agresiva y adaptación sin cuestionamiento a las reglas de la batalla la convierte en ese soldado evocado por el título de la cinta.
Los tres, por tanto, son productos que persiguen sus propios fines estéticos a partir de la descontextualización del soldado. En Cemetery of Splendour, la condición durmiente de sus militares le permite vaciarlos de sus connotaciones habituales y volverlos a llenar de nuevos significados. Un soldado puede ser un ánima incorpórea que batalla para un rey muerto en un plano distinto de la realidad mientras la cámara lo filma entregado a su sueño perpetuo y en apariencia tranquilo, o puede tomar el cuerpo de una mujer y convertirse en guía, amigo y consuelo que lame (literalmente, en una de sus escenas más bellas) las heridas de una mujer con sensibilidad espiritual. En Land of Mine, la condición casi infantil de sus soldados y la ausencia de un conflicto convencional se utiliza con fines denunciativos, permitiendo que los mecanismos de odio hacia el enemigo queden desnudos de justificación y desvelen toda su crueldad. Y en Je suis un soldat, la presencia del concepto “soldado” se utiliza como fórmula evocadora que impulsa a cuestionar el letargo moral en el que su protagonista femenina se encuentra inmersa. La idea, en fin, es que el cine puede utilizar la descontextualización de un concepto para (re)construir sentidos narrativos y estéticos. Por si no bastara, sirva también como ejemplo la mexicana La delgada línea amarilla, donde no hay soldados pero sí un puñado de personajes a los que se aísla de sus mundos habituales y se exploran sus relaciones en un escenario (una carretera perdida en regiones semidesérticas) caracterizado por el vacío. Si bien, como se verá al reseñar Much Loved y su retrato de la prostitución en Marruecos, puede suceder exactamente lo contrario. Que un contexto (el extrafílmico, en este caso) amplifique el alcance de la obra.