Hasta pronto, Ghibli
crítica de El recuerdo de Marnie (思い出のマーニー, Omoide no Mānī, Hiromasa Yonebayashi, Japón, 2014).
Nos aventuramos a decir que una de las relaciones personales más intensas que existen es la amistad adolescente femenina. El fenómeno de la mejor amiga a esas edades surge de una combinación explosiva de cambios hormonales, sobredimensionamiento de lo emocional, la reformulación brusca de los lazos familiares infantiles, una apremiante necesidad de aceptación ajena y, en general, la búsqueda de una intimidad compartida profunda que dé un sentido a la confusión que todo ello conlleva. Se da, por tanto, el caldo de cultivo perfecto para que la “amiga del alma”, en una relación insólita por su estrechez y lo que tiene de demandante, rellene todos los vacíos e incertidumbres y se convierta en el componente principal de la identidad personal (o el único en los casos más extremos: véase cómo, por ejemplo, Peter Jackson narró la vertiente más desquiciada de este fenómeno en Criaturas celestiales). El grado en el que ese componente eclipsa a todos los demás en la construcción de una identidad propia depende, en buena medida, de la fuerza de los apegos previos de la adolescente en cuestión, que por lo general son los familiares. Por mucho que la pubertad empuje a la rebelión contra los padres, esos lazos afectivos ya han echado raíces.
Pues bien, de una situación de vacío personal creada por la ausencia de estos lazos familiares parte Anna, la adolescente protagonista de El recuerdo de Marnie. Su condición de huérfana y su carácter asocial e inseguro se unen a la situación que desata el conflicto argumental: Anna descubre que sus padres adoptivos cobran una pensión por mantenerla, lo que la hace concluir que realmente no la quieren, sino que se aprovechan de ella para obtener el dinero. Tras ello, Anna vive además un estado de cambio en su solitaria rutina: se marcha a un pueblecito costero en el Japón rural, a pasar el verano con sus tíos. Es decir, que los primeros compases de la cinta la ubican en el punto álgido de su vacío emocional. Lo que viene después es la progresiva aparición de Marnie, una chica del pueblo de apariencia delicada y aristocrática, que va a convertirse en esa amiga del alma que llene de sentido su vacío. En este punto, se da cuerpo a una llamativa fusión de géneros: el melodrama previo se filtra con toques de cine fantástico, a los que se recurre para la presentación de Marnie. La primera manifestación de esta enigmática figura se realiza desde la observación externa de la mansión en la que vive, de la que rápidamente llaman la atención dos aspectos: su aislamiento (literalmente: está situada en una isla a la que sólo se puede acceder en bote) y su deje fantasmagórico (los vecinos del pueblo cuentan que está abandonada y procuran no acercarse demasiado, a causa de un miedo indeterminado hacia el lugar).