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    Crítica | Perdidos en la nieve

    Perdidos en la nieve

    LA CABAÑA DE LA PAZ

    crítica de Perdidos en la nieve | Into the White, Petter Næss, 2012

    27 de abril de 1940. Durante la invasión alemana de Noruega en plena II Guerra Mundial, tres pilotos alemanes y dos británicos, cuyos respectivos aviones fueron derribados en combate aéreo, tuvieron que unir fuerzas para sobrevivir en las nevadas montañas escandinavas. El azar hizo que encontraran refugio en una cabaña perdida y, pese a la antipatía y desconfianza iniciales, supieron aparcar a un lado sus diferencias ideológicas para salir adelante, superando dificultades tales como la falta de comida, las bajísimas temperaturas y la propia convivencia. Durante aquella odisea, el educado capitán Charles Davenport y el ingobernable artillero Robert Smith descubrieron junto a sus improvisados compañeros de aventuras –el civilizado teniente Horst Schopis, el callado y corpulento Wolfgang Strunk y el joven y rebelde Josef Schawartz, gravemente herido en un brazo– la sinrazón de la guerra y que los “enemigos” eras más parecidos a ellos mismos de lo que se les había inculcado. Despojados de sus armas, al final quedaban cinco hombres a los que sus respectivas esposas y familias esperaban en sus casas y que, en la mayoría de los casos, habían encontrado en el frente una alternativa para no trabajar en algo que odiaran. Ante este panorama, inevitablemente, las tiranteces iniciales dieron lugar a conversaciones más distendidas sobre temas tan universales como el deporte o las chicas. De ahí nació un respeto entre soldados británicos y alemanes que desembocó en una amistad que raramente podría ser entendida y aceptada por sus superiores. Esta es la historia real que el noruego Petter Næss –director de la aclamada Elling (2001), candidata al Oscar a la mejor película de habla no inglesa– nos presenta en su última e interesante obra, Into The White, cuya traducción española de Perdidos en la nieve no invita precisamente a esperar algo tan bueno.

    Pese a lo que el título (y el cartel publicitario) pueda hacer creer al espectador que nos encontremos ante la enésima producción de aventuras, con el machacado tema de la supervivencia en condiciones hostiles como telón de fondo, lo cierto es que nos encontramos con una sorpresa bien distinta. No estamos ante El vuelo del Fénix (1965) o Infierno blanco (2011), pese a que posea algunos de los tópicos de la primera y unos escenarios nevados muy parecidos a los de la segunda. Petter Næss ha optado por dejar la acción fuera de plano –ni siquiera vemos la batalla aérea que provocó los accidentes–, para centrarse más en el aspecto humano de la narración. Por renunciar a efectismos que distraigan, ni siquiera los espectaculares paisajes naturales noruegos están explotados con fines estéticos, ya que la mayor parte del metraje transcurre entre las cuatro paredes de la cabaña. Las escasas salidas al exterior sirven únicamente para darle un poco de oxígeno a una propuesta de lo más teatral, centrada en el trabajo interpretativo de sus cinco actores y en la eficacia de sus diálogos y situaciones. En este sentido, todos los intérpretes están impecables –incluido Rupert Grint, la cara más popular del reparto gracias a su papel de Ron Weasley en la saga de Harry Potter– y el guión sabe compaginar los pasajes más angustiosos de la historia con unos agradecidos golpes de humor que en ningún momento parecen fuera de lugar o forzados. Resulta muy divertido en este sentido, la escena en que Robert y Strunk compiten por ver quién tarda más tiempo orinando. Una manera mucho más sana de decidir la superioridad de una nación que matándose los unos a los otros, sin duda, y un momento aparentemente trivial que define a la perfección el marcado mensaje antibelicista de la cinta. También hay espacio para la belleza en medio del horror. La estampa de estos hombres presenciando extasiados los bellos efectos de la aurora boreal, mientras Rupert Grint entona el Over The Rainbow de El Mago de Oz –todo un canto a la esperanza de un mundo mejor–, merece ser recordada como una de las más hermosas del cine de 2012. Un breve espacio de tiempo en el que la guerra parece hacerse detenido.

    Perdidos en la nieve

    Pese a que la acción brilla por su ausencia en Perdidos en la nieve y el heroísmo se demuestra de maneras mucho más sutiles de lo acostumbrado en el cine bélico, hay que resaltar que el director hace un magnífico trabajo para que el aburrimiento no haga acto de presencia en ningún momento. La empatía del espectador con estos supervivientes es total desde los primeros minutos, haciéndonos olvidar el terrible conflicto en el que estuvieron envueltos y los posibles prejuicios políticos o ideológicos, al igual que hacen los propios personajes. Gracias a ello, la relación de amistad que se establece entre los cinco personajes logra un gran calado emotivo en el público. Si se tiene un poco de sensibilidad, el demoledor tramo final es capaz de arrancar más de una lágrima e indignación. El mensaje pacifista que nos deja, tiene muchos paralelismos con aquella magnífica Infierno en el Pacífico (1968) en la que John Boorman nos mostró la relación de amistad que se establece entre un soldado norteamericano y otro japonés, obligados a convivir en una isla desierta del Océano Pacífico. También con la oscarizada En tierra de nadie (2001), con un soldado bosnio y otro serbio atrapados entre las líneas enemigas y condenados a entenderse.

    Perdidos en la nieve supone un soplo de aire fresco en el cine europeo. Pese a su buen empaque visual y técnico, propio de cualquier producción histórica de primer orden, la película da una auténtica lección de minimalismo, alejándose de los fuegos de artificio de cualquier superproducción bélica hollywoodiense. Se le pueden achacar algunos momentos de excesivo buen rollo, algún tópico imposible de esquivar –la lucha constante por salvar la vida del soldado herido, con un brazo al borde de la gangrena– y la decisión de su autor por no mostrar en toda su crudeza los estragos de la guerra, que dejan un poco la sensación de estar ante un producto tan bienintencionado como descafeinado. Aun así, se trata de una obra rodada con exquisito buen gusto y con un envidiable pulso narrativo, muy valiosa al realzar temas como la camaradería y la paz en unos tiempos donde el cine parece apostar por la sordidez y la ambigüedad moral. Hacen falta más historias como ésta para volver a confiar en la bondad del ser humano. ★★★

    José Antonio Martín.
    crítico de cine.

    Noruega. 2012. Título original: Into the White (Cross Of Honour). Director: Petter Næss. Guión: Ole Meldgaard, Dave Mango. Productora: Coproducción Noruega-Suecia; Zentropa International Norway/ Film i Väst/ Trollhättan Film AB. Fotografía: Daniel Voldheim. Música: Nils Petter Molvaerr. Montaje: Frida Eggum Michaelsen. Intérpretes: Florian Lukas, Rupert Grint, David Kross, Stig Henrik Hoff, Lachlan Nieboer. Presentación oficial: Filmfest de Oslo 2012.

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