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    Cine Europeo 2011
    Cine Europeo 2011
    La mujer del quinto | La femme du vème (The Woman in the Fifth), de Pawel Pawlikowski

    El desangelado aprendiz de Polanski

    crítica de La mujer del quinto | La femme du vème (The Woman in the Fifth), de Pawel Pawlikowski, 2011

    A remolque de la calurosa acogida recibida por su último trabajo, Ida (2013) –ganadora del Premio FIPRESCI en Toronto, entre otras muchas distinciones–, llega a las carteleras españolas, con tres años de retraso, el anterior trabajo del director polaco Pawel Pawlikowski, La mujer del quinto (2011). Se trata de la adaptación de la obra La mujer del quinto distrito, escrita por el dramaturgo estadounidense Douglas Kennedy, que también se ocupó del guión de la película a cuatro manos con Pawlikowski. A simple vista, la cinta tiene todos los ingredientes para resultar una interesante cita cinematográfica, esto es, una historia de amor apasionado y peligroso, unas buenas dosis de misterio (con algún toque fantástico, incluso) y una muy atractiva pareja protagonista formada por Ethan Hawke y Kristin Scott Thomas, intérpretes de comprobada solvencia a los que no se les suele resistir ningún personaje. Pero, por encima de todo, la firma de su director, responsable también de títulos tan destacados como Last Resort (2000) o Mi verano de amor (2004), era lo que hacía de La mujer del quinto una cita bastante apetecible para los amantes del buen cine europeo. Por desgracia, cualquier expectativa de encontrarnos ante una gran película queda disipada a los pocos minutos de metraje.

    por José Martín León
    abril 20, 2014

    Crítica | La mujer del quinto

    por José Martín León | abril 20, 2014
    Declaración de guerra

    La trinchera de los días

    crítica de Declaración de guerra | La guerre est déclarée, de Valérie Donzelli, 2011

    Cuando un tal Romeo conoce fortuitamente a una tal Julieta en una oscura discoteca francesa, y entre ellos surge un amor inevitable a golpe de música post-punk, ambos desconocen las trampas que el futuro oculta bajo su manga. El “destino terrible al que se verán abocados”, al igual que los protagonistas de la más famosa tragedia de Shakespeare, distará de huir de un final inexorable para enfrentarse a la guerra más dura de sus vidas; una lucha que ocupa este filme enternecedor y brillante que lleva por titulo La guerre est déclarée, (o en idioma patrio, Declaración de guerra). El enemigo de tan ardua batalla es la atípica enfermedad que aqueja a su pequeño hijo de cuatro años Adam, un tumor en la fosa superior derecha que acarrea asimetría facial, llantos, fiebres, vomitonas y muchas noches sin dormir para sus progenitores. Antes de enumerar el puñado de motivos que han hecho de esta cinta, representante oficial de Francia en los Óscar de 2011, una de las rara avis imprescindible de los últimos tiempos, es importante hablar de las raíces autobiográficas que impulsaron a su valiente y perspicaz directora, Valérie Donzelli, a deconstruir sus vivencias mediante el objetivo de una cámara. La historia que ésta retro y colorista, triste pero luminosa, sencilla pero ambiciosa, tan lúcida como conmovedora, Declaración de guerra, tiene su base en la propia vida de su autora, que encarna a Julieta; mientras que el padre de su hijo, Jérémie Elkaïm, se pone en la piel de Romeo y comparte además con Valérie la elaboración del guión. A raíz de estos factores surge un metraje capaz de preservar su sinceridad y la integridad de sus emociones junto a una galería de recursos cinematográficos libres, exuberantes y novedosos; una pequeña historia particular convertida en obra universal para todos los gustos, lejos del melodramatismo sintético de producciones taquilleras referentes al cáncer, como Patch Adams, La decisión de Anne, o la taquillera Un paseo para recordar, todas ellas encorsetadas por el mismo modelo lacrimógeno.

    El mismo día en que ingresan al pequeño Adam en el hospital, la guerra de Irak estalla, invadiendo las pantallas de los televisores y llenando de titulares las imprentas de los periódicos, una de las pocas referencias a la actualidad de su momento que hace la película. Entre visitas a hospitales, analíticas, biopsias y otras pruebas médicas, Romeo y Julieta comienzan su propia odisea personal, bajo las pinceladas de una estética retro a lo sixtie que la convierte en una digna y exquisita heredera de la nouvelle vague, aumentando la cota del nivel narrativo con una banda sonora brillantemente concebida, que salpica de ritmo y notas de humor este pulso a doble mano con la muerte. La voz en off dual, compartida por una voz femenina y otra masculina, tiene aquí una función de anclaje narrativo, haciendo del tono intimista pero a veces burlesco, vital y optimista de los dos enamorados uno de los mejores hallazgos de la película; como un diario cronológico en tercera persona de sus dos héroes cotidianos para escapar de la tristeza y aferrarse con ahínco a la esperanza. Esta profusión de recursos musicales y estéticos de gran amplitud y nostalgia sesentera coquetea con el humor sin rozar jamás el cinismo ni perder de vista el grave trasfondo de la enfermedad, ya que es la alegría de vivir de sus protagonistas el único remedio posible para salvarse de su propia guerra. Mientras en la otra punta del mundo Bagdad se tiñe de estallidos de bombas y en París los cirujanos pelean por la vida de Adam, Romeo y Julieta luchan por sortear las granadas de su desolación particular, y eludir el pesimismo cantando, distrayéndose, asistiendo a alguna fiesta y ocultando la realidad a sus familiares y conocidos. Son estos momentos de exagerado anticlímax, de aparente frivolización de la tragedia (“Tengo miedo de que se quede ciego, sordo, mudo, enano, negro, marica y que vote al Frente Nacional”, bromea Romeo una noche de nerviosismo y espera en el hospital) los que traslucen la verdadera humanidad de sus dos protagonistas. Pues sin la esperanza contenida tras su causa, sin la felicidad que destilan dos enamorados abrazados en tiempos de miseria, la parte desgarradora, el miedo, la soledad y la flaqueza de la salud de su hijo acabaría por derrotarlos antes de tiempo. Es también ésta la historia musical de un amor entre dos jóvenes vitales y llenos de nobleza y un tributo al sistema sanitario público (logro social que conviene recordar, alabar y subrayar también desde el apartado cinematográfico en los tiempos que corren).

    Parece increíble ser capaz de disfrutar y sonreír con ciertos pasajes de una narración, por momentos, tan insoportablemente triste, pero el punto de vista arriesgado, natural y ajeno a la sobreactuación dramática y al efectismo barato al que suelen recurrir otros filmes de temática análoga, consigue que Declaración de guerra pueda acongojarnos, enternecernos, vaciarnos, pero también llenarnos de ilusión y hacernos reír a carcajadas, formando parte así de una especie de corriente inédita a su tiempo. Las excelentes interpretaciones de Valérie Donzelli y Jérémie Elkaïm (reinterpretando de nuevo sus propias vivencias) sumadas a un guión inteligente salpicado de secuencias memorables y dulces condimentos musicales hacen de este filme una auténtica maravilla, un ejercicio de soberbia narrativa y personajes entrañables. Un canto a la vida capaz de torturar, conmover y enamorar a ti, a mí, y a cualquier espectador. | ★★★ |

    Andrea Núñez-Torrón Stock
    redacción Santiago de Compostela

    Francia, 2011, La guerre est déclarée (Declaración de guerra). Director: Valérie Donzelli. Guión: Valérie Donzelli, Jérémie Elkaïm. Productora: Wild Bunch Distribution / Rectangle Productions. Fotografía: Sébastien Buchmann. Música: Pascal Mayer. Reparto: Valérie Donzelli, Jérémie Elkaïm, Gabriel Elkaïm, César Desseix, Brigitte Sy, Elina Löwensohn, Michèle Moretti, Phillipe Laudenbach, Bastien Bouillon, Béatrice de Staël, Anne Le Ny, Frédéric Pierrot Presentación oficial: 2011: Premios Cesar: 6 nominaciones, incluyendo mejor película y director y Festival de Gijón: Mejor película (ex-aequo), actriz (Donzelli) y actor (Elkaïm).

    por Anónimo
    abril 05, 2014

    Crítica | Declaración de guerra

    por Anónimo | abril 05, 2014
    Fausto, de Aleksandr Sokurov

    Retrato de la locura

    crítica de Fausto | de Aleksandr Sokúrov, Faust, 2011

    En la breve historia del cinematógrafo se pueden encontrar grandes hitos que han traducido en imágenes algunos de los mitos literarios más trascendentales para la Historia (esta ya con mayúsculas en tanto que universal) y el imaginario colectivo de las sociedades. Todos los filmes del expresionismo alemán - desde la primera película del movimiento, El gabinete del Doctor Caligari (1920) hasta la ya normalizada por los estudios Nosferatu (1922) - supieron no solo llevar al celuloide una vanguardia artística anterior, sino reflejar el inconsciente alemán, viciado y atormentado en vísperas de la II Guerra Mundial, a partir de figuras como Fausto que ya existían en la literatura. Como este personaje cuando vende su alma al diablo para conseguir a Margarita, el pueblo germano debería cumplir con las cláusulas de un acuerdo que le había tachado como único responsable de la anterior guerra. El espíritu ario, devastado por el conflicto, entraría, al igual que Fausto, en una espiral de desolación y sentimiento de culpa, pero también de odio y ambición, el caldo perfecto para la proliferación de una paranoia difusa pero implacable que terminaría dando lugar al III Reich. Pero ¿cómo transmitir el punto de vista perturbado de un loco, de ese antihéroe salido de la pluma de Goethe en el que muchos vieron la semilla del Nazismo? Aleksandr Sokúrov ha intentando indagar en los abismos a los que conduce la ambición del hombre en lo que los críticos han acertado en llamar su "tetralogía del poder". Desde Moloch (1999), pasando por Taurus (2001) y The Sun (2005) hasta llegar a Fausto (2011), el cineasta ruso ha filmado las dudas de Hitler poco antes de ser vencido, los desvaríos de un Lenin senil en vísperas de su muerte y la obstinación delirante del emperador japonés Hirohito previa a reconocer su derrota ante los Estados Unidos. En todas ellas, la obsesión con el poder deriva en una distorsión de la realidad por parte de los protagonistas que el director pone en imágenes para reflexionar sobre la Historia y a la que ahora con Fausto se acerca nuevamente desde los márgenes del relato sobrenatural del escritor teutón.

    por EAM
    febrero 02, 2014

    Crítica | Fausto, de Aleksandr Sokúrov

    por EAM | febrero 02, 2014
    Oslo, 31 de agosto, de Joachim Trier

    El vacío

    crítica de Oslo, 31 de agosto (Oslo, 31. august, Joachim Trier, 2011)

    Te has quedado fuera de la vida, fuera del discurrir normal del mundo y de todas las cosas y ahora debes volver a integrarte, a ser uno más, a reencontrarte con lo que dejaste atrás y no sabes si deseas hacerlo o no. Tu existencia se ha vaciado y volver a llenarla cuando sientes que no hay razones para ello se torna una tarea imposible. Así encontramos a Anders al principio de Oslo, 31 de agosto (Oslo, 31. august), la película dirigida por Joachim Trier en 2011 y que ahora se estrena en las pantallas españolas. Anders está ingresado en un centro de desintoxicación y por primera vez desde que llegara allí tendrá la oportunidad de salir. Debe viajar a Oslo porque ha tenido una oferta de trabajo y se enfrentará a su primer día de “libertad.” Volver a ver a su hermana, a los viejos amigos, tomar contacto con lo que fue su día a día cotidiano con la sombra de la heroína supone encontrar una razón poderosa que te impulse a luchar cuando el primer paso está dado, pero aún quedan muchos más para que en tu corazón la vida te anime a seguir. Porque una vez que estás fuera tu primer impulso al tener un poco de dinero en el bolsillo y pasear por las calles de antaño es comprar un cuarto. Porque eso era lo cotidiano entonces y se ha convertido ya en un acto atávico contra el que hay que luchar a cada segundo de tu nueva existencia. Y sabes que es un deseo que estará ahí siempre, acompañándote, aferrándose a ti, obligándote a mantenerte lejos del mundo que llegaste a conocer porque si vuelves te llamará a gritos. Esa es la maldición: debes volver a la vida, pero la vida te empuja a la autodestrucción. Hay que tener una gran fuerza interior para luchar y vencer día a día la llamada del abismo.

    por José Luis Forte
    enero 22, 2014

    Crítica (II) | Oslo, 31 de agosto

    por José Luis Forte | enero 22, 2014

    La ciudad de la carne

    crítica de Love and Bruises | de Lou Ye, 2011

    El París que recorre la joven Hua (Corinne Yam), como el que en Simon Killer (Antonio Campos, 2012) transitaba el personaje de Simon, aparece despojado de su utópico romanticismo. La voluntad manifiesta de romper con esa idea aparece muy tempranamente en los primeros diálogos de Love and Bruises, penúltima película de Lou Ye, donde la protagonista, recién llegada de Pekín, se enfrenta a un desengaño amoroso. Con todo, el (des)encuentro con un antiguo amante no servirá tanto para subvertir ese rol comúnmente atribuido a la capital francesa, como por vislumbrar la metamorfosis de ese mismo concepto (el amor) que se bosqueja en el apresurado ofrecimiento del propio cuerpo como método para reconquistar un hombre que la rehúye. La decisión de abrir la película con un primer plano muy cerrado sobre el rostro de la protagonista revela, además, otra realidad: el espacio interior (el rostro, el cuerpo, el deseo latente) va a sobreponerse sobre ese otro espacio exterior, el de una ciudad desprovista de referentes icónicos. En la pesimista visión que Lou Ye arroja sobre las relaciones humanas, sin embargo, existe todavía una posibilidad para el encuentro. Pero tal y como anuncia el propio título del filme, la violencia física (y psicológica) va a estar implícita en ese nuevo vínculo afectivo marcado por una autodestructiva relación de dependencia a través de la carne. En la primera toma de contacto entre Hua —quien deambula absorta por un entorno ajeno y extraño después de ser rechazada — y Matthieu (Tahar Rahim), —que transporta unas barras de metal con las que la joven se golpeará la cabeza —, es la violencia (inconsciente) la que dará pie al acercamiento. Y será la violencia (consciente) la que termine de perfilar, a través de la consumación de una violación tras la primera cita entre ambos personajes, el dibujo de dos almas torturadas que encuentran en el sexo la vía con la que enmascarar sus respectivos abismos existenciales.

    En un primer vistazo, la relación de dependencia a través del sexo que presenta Love and Bruises podría verse como un reflejo de aquella otra relación entre Alí y Stéphanie en De óxido y hueso (De rouille et d'os, Jacques Audiard, 2012). Pero si en aquella, el sexo devolvía la vida a una mutilada Stéphanie, para la Hua de la propuesta de Lou Ye, el coito es tanto el mecanismo de sumisión como, en última instancia, su sustento vital. Además, si Audiard terminaba apostando por un luminoso (y empalagoso) humanismo en su resolución; Ye se decanta por sembrar de oscuros interrogantes el destino final de sus herméticos personajes. Si la cámara, inquieta y nerviosa, busca pegarse al rostro y el cuerpo de los personajes no es más que para dar respuesta a la misma fisicidad que se desprende de un discurso donde el anhelo y el afecto pasa por una necesidad de impacto físico. Por estas mismas razones todavía acaba resultando más doloroso que el gusto por el tremendismo expuesto por Lou Ye termine emparentando su obra con la peor versión del cine de Alejandro González Iñárritu, llevando al director a forzar conflictos dramáticos y giros tan infames, extremos y artificiosos como la culminante secuencia entre Hua y el despreciable amigo macarra de Matthieu. E incluso lo creíble en la supuesta visceralidad de su planteamiento puede acabar siendo puesto en duda. Como si con una ciudad del amor convertida en ciudad de la carne y unos personajes encarcelados en sus pulsiones internas, no hubiera suficiente para armar un retrato mucho más sincero sobre estas dos tambaleantes almas en pena que vagan sin rumbo entre este mundo que nos ha tocado vivir. | ★★★★

    Daniel Jiménez Pulido
    redacción Barcelona

    Francia, 2011, Love and Bruises. Dirección: Lou Ye. Guion: Lou Ye, Catherine Paille, Liu Jie Falin. Productora: Dream Factory / Les Films du Lendemain / Why Not Films. Fotografía: Nelson Yu Lik-wai. Reparto: Tahar Rahim, Jalil Lespert, Lika Minamoto, Corinne Yam, Sifan Shao.

    por Anónimo
    enero 06, 2014

    Crítica | Love and Bruises

    por Anónimo | enero 06, 2014
    Tim Robinson: Connemara

    La mágica Irlanda rural

    crítica de Tim Robinson: Connemara | Pat Collins, 2011

    Ya decía Oscar Wilde que Connemara es un lugar “de belleza salvaje”. Paisajes accidentados y agrestes, ventisca gaélica, montañas verdosas y lagos brillantes componen el escenario de un lugar lleno de vida y espiritualidad, una zona inspiradora de cuentos, leyendas y canciones (como Les lacs de Connemara, una oda a la naturaleza del lugar, compuesta por el francés Michel Shardu). El escritor inglés Tim Robinson lleva toda la vida dedicado a la producción de mapas, que más tarde son publicados con formato de paisaje plegable, y la salvaje Connemara ha sido durante estos años el objeto de estudio de sus última trilogía: Escuchando el viento, Un poco gaélico Unido, y El último de la piscina de la oscuridad. La avanzada edad de Robinson, que ya sobrepasa la barrera de los 70 años, no ha sido un impedimento para que se haya apretado los cordones de las botas y aventurado a descubrir los paraísos vegetales de sus bosques, el esplendor de las costas atlánticas y sus precipicios o el esplendor azulado de las lagunas. Y a esta experiencia de carácter casi meta-artístico se ha querido sumar el director irlandés Pat Collins, para reflejar en formato documental las peripecias de Robinson en su ahínco por retratar el corazón de Connemara y sus lugares emblemáticos.

    Tim Robinson: Connemara es el nombre de este trabajo audiovisual, que en algo menos de una hora traslada al espectador a Connemara, intercalando imágenes de sus diferentes zonas con fragmentos de entrevista; es la grave voz en off de Robinson la que va desvelándonos curiosidades, personajes y misterios sobre este enigmático rincón de la Irlanda rural. Los travellings y las panorámicas abundan a lo largo de la grabación, haciendo de la alta calidad de imagen lo más destacado de este trabajo, que por momentos es lento y tedioso, pero que merecerá la pena para los amantes de los parajes hermosos, el turismo en zonas anteriormente desconocidas o los interesados en la cultura popular irlandesa. Algunos planos son de una insólita belleza, la fotografía es brillante, y las tierras de Connemara dan, sin lugar a dudas, ganas al espectador de subirse a un avión y aterrizar en su tierra poblada de viento, secretos y magia. | ★★★

    Irlanda, 2011, Tim Robinson: Connemara. Director: Pat Collins. Guión: Tim Robinson. Reparto: Tim Robinson. Productora: Harvest Films.

    por Anónimo
    enero 06, 2014

    Cine irlandés | «Tim Robinson: Connemara» y «Silence»

    por Anónimo | enero 06, 2014
    Anfang 80

    Cuando Rosa encontró a Bruno

    crítica de Anfang 80 (Coming of Age) | de Sabine Hiebler y Gerhard Ertl, 2011

    Un gato muerto y un diagnóstico médico poco esperanzador pueden ser los primeros posos de un fabuloso romance: Bruno y Rosa son dos ancianos que viven una vejez anodina. La de él, sin sobresaltos, transcurre en su domicilio familiar junto a su aséptica y aburrida esposa, mientras que la de ella da un giro claustrofóbico cuando su doctor le comunica que le quedan seis meses de vida a causa de un agresivo cáncer. De estas situaciones parte Anfang 80, una dulce fábula austríaca sobre el amor, una pequeña reivindicación que parece proclamar al mundo: “Hey! Aquí estamos vivos, somos importantes, llenos de recuerdos y con mucho por hacer y por decir”. Sin meterse en el saco de esos largometrajes lastimeros y lacrimógenos sobre enfermedades terminales con moraleja de carpe diem que tanto abundan en los últimos años, Coming of age equilibra perfectamente la comicidad con la tragedia, la adversidad con la vitalidad y la ternura con la carcajada.

    Rosa es privada de su domicilio habitual y relegada en contra de su voluntad a una residencia de la tercera edad para recibir cuidados médicos, se siente presa de la angustia y sin salida cuando conoce al genuino y perspicaz Bruno en el autobús de un viaje para personas mayores, y ambos deciden lanzarse a la aventura de emprender un romance con todas las de la ley, en el que tienen cabida fuertes oposiciones familiares, deliciosas conquistas domésticas, maravillosas relaciones sexuales, y hasta algún cigarrito de la risa. Un amor no exento de pena, lucha e inconformismo ante la enfermedad. Ambos protagonistas son adorables y ricos en matices, en absoluto tópicos, sino llenos de vida, particularidades, manías y frustraciones como todo buen personaje requiere. De su mano comprobaremos, a lo largo de todo el filme, que a los 80 años uno no debe conformarse con la gratitud doméstica, el cariño vacuo ni las ventajas de una rutina sin sal ni pimienta, sino que puede aspirar a un amor tan inmenso, divertido y conmovedor como el de dos amantes adolescentes con la vida por delante. Probablemente, Coming of age no se convertirá en una las películas favoritas del año del público, pero sí erizará su piel con un cóctel de emociones, y le inyectará en las venas una gran dosis de ganas de vivir. ★★★★★

    Austria, 2011, Anfang 80. Director: Sabine Hiebler, Gerhard Ertl. Guión: Sabine Hiebler, Gerhard Ertl. Productora: Nikolaus Geyrhalter Filmproduktion. Reparto: Christine Ostermayer, Karl Merkatz, Erni Mangold, Branko Samarovski, Susi Stach. Música: Milos Todorovski, Wolfgang Schloegl. Fotografía: Wolfgang Thaler. Presentación oficial: Sección Oficial Largometrajes Festival de Zurich.

    por Anónimo
    diciembre 16, 2013

    Cine austríaco | Críticas: «Anfang 80» & «Mama Illegal»

    por Anónimo | diciembre 16, 2013
    All that Remains

    Que el sur cicatrice mi herida

    crítica de All that Remains | de Pierre-Adrian Irle & Valentin Rotelli, 2012

    Dicen que una vez has tocado fondo, lo único que puedes hacer es levantarte, y volver a encontrarte a ti mismo. El viaje físico pero también simbólico es el leitmotiv común de All that remains, un bello filme suizo estrenado el año pasado y presente en las Secciones Oficiales de festivales como Raindance, Munich o Nueva York, que Streams rescata con la premisa de sumergirnos en la pérdida y revolución personal de sus cuatro protagonistas. Ellen, una joven que debe someterse a tratamiento para curar su cáncer sube al coche de Nakata, un hombre japonés que regresa a Tokio, y que inmortaliza momentos a través del objetivo de su Nikon, mientras el autostop que Sara hace para visitar a su marido condenado a una década de cárcel, encuentra auxilio en el automóvil del misterioso y reservado Ben. Todos ellos parecen enseñarnos que no hay nadie que camine sin cargar con su lastre.

    All that remains es una historia hermosa, delicada y bien contada, una fábula sobre el viaje y la superación, la redención que hallamos en los lugares mágicos, y la gestión humana del propio dolor, que nos mete de lleno en un momento clave de estos cuatro personajes asfixiados por el pasado, la infancia o el desamor. Mediante el hilo conductor de la carretera como vía de huida y recuperación, el tratamiento documental que hace que la película asemeje un de diario audiovisual de sus vivencias. Guiados por una exquisita y banda sonora de pop, rock y folk, Ben, Sara, Ellen y Nakata emprenden su odisea personal, no exenta de traumas, furia y tristezas arraigadas en el alma de cada uno. Una canción de la radio, bailes y lugares que resucitan las ganas de vivir o el popular libro de un escritor maldito estadounidense son elementos que nos ayudarán a llegar al fondo de los integrantes y cuestionarnos a nosotros mismos el verdadero valor de las cosas. En definitiva, una obra que personifica la pena, el amor y la catarsis. No dejen de verla. ★★★★

    Andrea Núñez-Torrón Stock
    redacción Santiago de Compostela

    Suiza, 2012, All that Remains. Director: Pierre-Adrian Irle, Valentin Rotelli. Guión: Pierre-Adrian Irle, Valentin Rotelli. Productora: Reparto: Isabelle Caillat, Travis Shakespeare, Toshi Toda, Olga Rosin. Presentación oficial: 2012, Sección oficial Festival de Raindance. Sección oficial Festival de Munich, Sección oficial New York Film Festival

    por Anónimo
    diciembre 14, 2013

    Cine suizo | Críticas: «All that remains» y «Mary & Johnny»

    por Anónimo | diciembre 14, 2013

    Patología depresiva

    crítica de Oslo 31 de agosto | Oslo, 31. August, de Joachim Trier, 2011

    La soledad de la droga. Posterior a su socialización. El paso de la erótica de la desinhibición, al ostracismo del estigma. De la iniciación colectiva a la orfandad posmoderna. Sustancias que permiten el acceso a una realidad subjetiva y que conducen a una destrucción objetiva. Un bucle con incierta escapatoria. El mono les atosiga, les acosa, les hostiga. La sociedad les da la espalda. Se individualiza el problema. Se castiga. Maldita droga. El vicio del adicto. Un sujeto que, en el imaginario colectivo, se identifica con los yonkis despojados de sí mismos. Con chándal noventero, de fuma bases. Una persona capaz de inyectarse hasta la resina de los árboles. Ese que empieza fumando porros a los catorce. Sin embargo, los datos del Observatorio de Proyecto Hombre no niegan la mayor, pero sí hablan de otro nuevo perfil: “Hombre, de 35 años, que vive en la ciudad y tiene trabajo, consume cocaína”. Detrás de esta silueta se encuentra Anders, protagonista de la segunda película de Joachim Trier, Oslo, 31 de agosto (2011). Título que hace referencia al fin y al comienzo. Crepúsculo estival. Inicio del invierno. Consumación de la rehabilitación. Estreno de una vida normal –lo que quiera que signifique eso–.

    El realizador noruego filma “el día”. El 31 de agosto de Anders. Recorre su infelicidad. Pasea por la soledad del desamparo. Después de diez meses en un centro de desintoxicación obtiene, tan sólo, el consuelo de la abstinencia. A cambio, la deriva existencial. El suicidio como alternativa. Intento fallido y vuelta a empezar. Las primeras oportunidades: reencontrarse con los suyos, una entrevista de trabajo y una fiesta. Otra chance para aferrarse a eso que llaman la vida. La losa de los años perdidos y el pesar de la decepción ajena empujan a este noruego, en el ecuador de la treintena, al abismo. Oslo, 31 de agosto juega con la dicotomía del verano y su ocaso, el día y la noche, la vida y la muerte. Y cómo no, con la reinserción o el destierro. En ese flirteo, con ambas direcciones de una bifurcación, es donde la historia seduce y absorbe. El suspense de la recaída como exaltación. La oscilación temporal como metáfora. El reloj entendido como el marco de la realidad más atroz. El espacio transitorio en el que un (ex)adicto debe lidiar con las cicatrices pretéritas y con un proceso de autoflagelación. En esas divergencias uno no sabe a qué atenerse y navega en esa incertidumbre existencial. Hasta la escena del café. El punto de inflexión. Anders, después de una desafortunada entrevista de trabajo y antes de un encuentro malogrado con su hermana, decide ir a una cafetería. Desde la barra, escoltado por una clientela ávida de cafeína, escucha las conversaciones que le rodean. Acompañado por la desconocida multitud reafirma su percepción situacional. La soledad como estado inamovible. Momento en el que pasar página deja de ser una opción. Punto en el que nuestro antihéroe se abona a la autocompasión como escenario ineludible.

    por Anónimo
    diciembre 04, 2013

    Crítica | Oslo, 31 de agosto

    por Anónimo | diciembre 04, 2013
    Schlafkrankheit

    Epidemias invisibles

    crítica de La enfermedad del sueño | Schlafkrankheit, de Ulrich Köhler, 2011

    Una se pregunta cuál fue el propósito que impulsó a Ulrich Köhler a crear y dirigir esta impronunciable Schlafkrankheit, presentada hace un par de años en la Sección oficial de largometrajes del popular Festival de Berlín. ¿El interés por mostrarle al mundo las condiciones sanitarias, precarias en la mayoría de ocasiones, de Yaondé, una comunidad de expatriados, situada en el continente africano asolada por enfermedades, a través de un prisma cercano al docudrama? ¿Una crítica encubierta a la gestión de recursos económicos para este tipo de proyectos de ayuda por parte de Europa? ¿Las trabas y ángulos muertos de un sistema burocrático proclive al fraude y que desaprovecha las posibilidades de desarrollo? O tal vez, ¿la paradójica historia de un hombre que decide separarse de su familia para “salvar vidas” y se encuentra con una serie de dilemas éticos que resolver? Sea cual fuere el enfoque que justifique la razón del filme, o el fin último que Köhler se propuso para rellenar las páginas de su guión, se quedó a medio camino, obteniendo como resultado esta desangelada historia, que trastabilla entre un drama sin profundidad psicológica y un documental que no acierta a ahondar en sus principales diatribas.

    La enfermedad del sueño, título que a mi parecer anticipa quizás otra clase de película o está dotado de un cierto magnetismo para ocupar butaca y llenar un plato de palomitas, comienza con una cuestión de índole familiar. El matrimonio formado por Ebbo y Vera lleva viviendo en diversos países africanos durante las últimas dos décadas, puesto que el dirige un programa sanitario dedicado a la erradicación de la enfermedad del sueño, considerada una importante y peligrosa epidemia desde los organismos del Viejo Continente. Mientras tanto, Helen, su hija adolescente, está como interna e un colegio alemán, y Vera se siente oprimida e incómoda en una comunidad que no es la suya y pretende regresar a Alemania, sumiendo a Ebbo en un dilema. Tres años más tarde, desde los organismos de los que emergen las partidas presupuestarias para los proyectos destinados a acabar con las malarias, envían a un supervisor para que realice una evaluación del proyecto comenzado por Ebbo y emita así un informe.

    por Anónimo
    noviembre 20, 2013

    Crítica | La enfermedad del sueño

    por Anónimo | noviembre 20, 2013
    Un cerdo en Gaza

    El cerdo que surgió del mar

    crítica de Un cerdo en Gaza | Le cochon de Gaza, de Sylvain Estibal, 2011

    Tocar temas espinosos, tales como enfermedades o conflictos bélicos, desde una óptica cómica suele ser una opción controvertida y que se presta a numerosos debates. Hay quienes piensan que no se debería hacer comedia con según qué temas y quienes defienden que es otra manera legítima de acercar problemáticas a un mayor número de espectadores. Tirando de videoteca podremos darnos cuenta de que, si existe un buen guión detrás, el mensaje de una comedia puede llegar al espectador con la misma fuerza y contundencia que si se tratara de una obra dramática. Ahí están los Óscar a mejor película de habla no inglesa de películas como En tierra de nadie (2001) –con la convivencia entre un bosnio musulmán y un serbobosnio en una trinchera abandonada en pleno conflicto bélico– o La vida es bella (1997) –inolvidable parábola de Roberto Benigni enmarcada en el genocidio judío perpetrado por los nazis– para dar fe de ello. Eso sí, para que la ecuación funcione sin herir demasiadas sensibilidades, se necesita la mano firme de un director que sepa dosificar el humor sin caer en lo obsceno. Con Un cerdo en Gaza, el escritor y fotógrafo de prensa Sylvain Estibal debuta en la dirección, atreviéndose a tocar el conflicto israelí-palestino desde una perspectiva humorística. El germen de esta película tuvo lugar en 2004, cuando Estibal viajó a Hebrón (Cisjordania) en un trabajo para la agencia Francia Presse, donde prestó unas cámaras a una familia palestina y a otra israelí, separadas por la valla, para que retrataran su día a día, descubriendo que tenían vidas mucho más parecidas de lo que ellos creían. El Premio César a la Mejor ópera prima testifica que estamos ante un interesante realizador con muchas cosas que decir en el futuro.

    por José Martín León
    noviembre 09, 2013

    Crítica | Un cerdo en Gaza

    por José Martín León | noviembre 09, 2013
    El niño de la bicicleta, de Jean-Pierre y Luc Dardenne

    REALISMO DE HADAS

    crítica de El niño de la bicicleta | Le gamin au vélo | Jean-Pierre y Luc Dardenne, 2011

    Cuando se habla de cine combativo, comprometido y reivindicativo salen a la palestra una plétora de autores (no sólo) europeos que a lo largo de su filmografía abordaron distintos conflictos sociales. Ken Loach, Robert Guédiguian, Constantin Costa-Gavras, Fernando León de Aranoa y, cómo no, los hermanos Jean-Pierre y Luc Dardenne son algunos de ellos. Cada uno con su estilo, cada uno centrado en sus parcelas de interés. Unos comprometidos con las condiciones de vida de los trabajadores, con los sectores más marginales de la sociedad y otros con los avatares políticos. Los hermanos Dardenne, que son los que nos ocupan, han desarrollado más de dos décadas de cine social, sin ánimo alguno de encasillarlos con etiquetas. Una filmografía reconocible. Con denominación de origen. Sus películas son retratos enérgicos, repletos de personajes, preferiblemente jóvenes, marginales y excluidos. Con un estilo formal y narrativo muy diáfanos. Filmes en los que forma y fondo van de la mano. Un universo cinematográfico que ha contado con el reconocimiento de una Espiga de Oro como Mejor película en la Seminci de Valladolid –La promesa (1996) con la que obtuvieron, por primera vez, el beneplácito de la crítica internacional y consolidaron un estilo propio–, dos Palmas de Oro en Cannes –Rosetta (1999) y El niño (2005)– y un Gran premio del jurado, también en el Festival de Cannes –El niño de la bicicleta (2011)–.

    Con ésta última los hermanos Dardenne, continuistas en esencia, rompieron con algunas de las premisas de su cine para contar, citando sus propias palabras, "un cuento de hadas". El protagonista es un crío, Cyril, que se encuentra en un hogar de acogida. Su padre lo abandonó con la promesa de regresar pasado un tiempo. Su mayor fijación es recuperar su bicicleta negra y emprender la búsqueda de su progenitor. En medio de esa pesquisa, en pos de su pequeño tesoro de dos ruedas, conoce por casualidad a Samantha, una peluquera del barrio. Ella, en un acto de altruismo bellísimo, decide acogerlo durante los fines de semana. Este es el punto de partida de la historia más conmovedora, que no sentimentalista, de la filmografía de los belgas. No sé si su mejor película, pero posiblemente la más brillante, en todos los sentidos. Adolece de ciertos recursos manidos, faltos de originalidad. Más bien redundantes a lo largo de su obra –como esos padres desmesuradamente fríos y distantes, capaces de abandonar a sus hijos por un futuro mejor o un puñado de euros, sin derramar una mísera lágrima–. También hay alguna que otro disyuntiva desatinadamente previsible y maniquea. Incluso un joven camello excesivamente caricaturesco y parodiable, en el que Cyril busca un sucedáneo paternal. Hasta aquí, lo más negativo.

    por Anónimo
    octubre 04, 2013

    Crítica | El niño de la bicicleta

    por Anónimo | octubre 04, 2013
    Romeos, de Sabine Bernardi

    ROMEO Y ROMEO

    crítica de Romeos | Sabine Bernardi, 2011

    Dentro del cine de temática gay, uno de los conflictos que han sido tratados más tímidamente ha sido el de la transexualidad. En la mayoría de los casos, las películas que han osado acercarse al tema lo han hecho desde el punto de vista del transexual femenino, es decir, una persona que ha nacido con órganos genitales masculinos pero que se siente mujer. Títulos como Juego de lágrimas (1992) o Transamérica (2006) pueden considerarse algunos de los más representativos. Sin embargo, el caso inverso, el de la transexualidad masculina, ha tenido menos oportunidades de ser plasmado en el cine, pese a contar con una cinta tan popular y emblemática como Boys Don´t Cry (1999), de Kimberly Peirce, como máxima representante. Basada en unos escalofriantes hechos reales, narraba la historia de Brandon Teena, que se sentía y vestía como un chico y fue brutalmente violado y asesinado por sus propios amigos cuando descubrían que tenía genitales femeninos. Hilary Swank logró un merecidísimo Oscar por aquella conmovedora actuación. En el caso de Romeos, curiosamente también dirigida por una mujer, Sabine Bernardi, la propuesta va un paso más allá en cuanto a veracidad de la temática tratada, al contar con un verdadero transexual masculino como protagonista. Rick Okon se encontraba en pleno proceso de reasignación de sexo cuando intervino en esta película, mostrando con toda naturalidad unos senos aún de mujer que contrastaban con un físico masculino.

    Okon da vida a Lukas, nacido mujer pero que se encuentra en la fase intermedia de su cambio de género. Tan solo su familia y su mejor amiga conocen su condición, ya que su actitud y apariencia son las propias de cualquier chico. Los conflictos surgirán cuando Lukas conozca a Fabio, un gay con fama de promiscuo y que de cara a su familia es heterosexual. En un principio envidia la perfección física del muchacho, con una musculatura bien definida que es la que aspira conseguir para sí mismo. Pero esta admiración da paso a una atracción irrefrenable que será correspondida por Fabio. El miedo a que éste descubra su transexualidad, hace que Lukas viva este romance de una manera tan complicada como tormentosa. A este conflicto romántico se unen las difíciles circunstancias laborales en las que se encuentra a causa de los injustos trámites burocráticos. En su nuevo trabajo para el servicio comunitario, Lukas es asentado en el ala de la residencia destinada a las mujeres, por lo que se ve obligado a emprender una particular lucha por ser admitido junto al resto de los compañeros masculinos.

    por Emilio M. Luna
    agosto 02, 2013

    Crítica | Romeos

    por Emilio M. Luna | agosto 02, 2013
    Cumbres borrascosas

    SALVAJES EN LOS PÁRAMOS DE YORKSHIRE

    crítica de Cumbres borrascosas | Wuthering Heights, Andrea Arnold, 2011

    En la Mostra de Venecia de 2011, en competición, se encontraba la enésima adaptación de la única novela de Emily Brontë: Cumbres borrascosas. Toda una osadía si nos atenemos a la escasa capacidad de sorpresa que, a priori, puede tener una historia mil veces contada. Y mil veces trasladada a pantalla, destacando la conversión del romance de Heathcliff y Catherine por parte del maestro Luis Buñuel, titulada Abismos de Pasión (1954). Wuthering Heights (2011), de la directora británica Andrea Arnold, al igual que la versión del de Calanda, es una adaptación libre de la obra literaria. Para los que desconozcan los entresijos argumentales, se trata de una historia de amor imposible, destructiva y feroz, que tiene lugar en los páramos del centro de Inglaterra, concretamente en Yorkshire. Remito la localización geográfica porque tiene especial relevancia. Me atrevería a decir que es un protagonista más. Uno de los vértices de un triángulo amoroso. Que el medio natural donde se vive es un condicionante es una obviedad fácilmente comprobable. No es lo mismo vivir en el desierto, que en la montaña o en la costa. Las sociedades y sus costumbres cambian según el clima, la flora y la fauna. Las pautas y ritmos de los países nórdicos difieren de los usos y hábitos de los mediterráneos o los caribeños. La realizadora británica lo sabe, es consciente de la influencia del paisaje en el amor bestial –en el sentido animal– de dos salvajes, de la fusión de la pareja con la bravura de esos montes, húmedos, fríos, que calan. De ahí su concepción como una película capaz de estimular los sentidos, con primerísimos planos de hojas, bichos y barro. Cuya banda sonora no puede ser otra que —a excepción del temazo “The Enemy”, del grupo Mumford & Sons, casi en los créditos finales— el ruido del viento, el azote de los árboles y el estrepitoso silencio de la soledad que evocan los amplios horizontes. Sin nada antinatural, ni tan siquiera música extradiegética.

    por Anónimo
    julio 09, 2013

    Crítica | Cumbres borrascosas

    por Anónimo | julio 09, 2013
    Casa de tolerancia, de Bertrand Bonello

    BURDEL: BELLEZA DECADENTE

    crítica de Casa de tolerancia | L'apollonide (Souvenirs de la maison close), Bertrand Bonello, 2011

    Las maison closes de finales del XIX y principios del XX han sido ampliamente difundidas por la literatura y el arte en general. El cine también ha sido partícipe, eso sí, más centrado en retratar la forma que el fondo. Muchos artistas e intelectuales visitaron, con cierta asiduidad, los burdeles de las capitales europeas de la época, sin que ello supusiese un estigma social; véanse Proust o Boudelaire. Aún con todo, la prostitución está lejos de ser un arte. Es una práctica que tiene mucho de repugnante y poco de encomiable, por mucho que a algunos se les llene la boca hablando de las geishas y de ciertos salones de según qué ciudad y de según qué época. Pero hubo un tiempo en el que el burdel era un lugar con atributos que difieren en su totalidad de la farándula del meretricio vigente. Hasta la liberación de la mujer –me refiero al mal llamado primer mundo–, el burdel era parada obligada en los ritos de iniciación de cualquier joven varón de la aristocracia y la burguesía. La calle era más frecuentada por la hidalguía y el proletariado. Muchas esposas hastiadas de su vida conyugal vieron colmadas, en los burdeles, sus ansias de retraimiento de una vida sexual para la que no habían sido preparadas, víctimas de la frígida moralina de las clases dominantes. También es cierto que no pocas tenían que lidiar con los vicios de la infidelidad, mejor aceptada que hoy pues la mujer no era soberana de su vida amorosa. Hasta bien entrado el siglo XX el burdel tuvo un papel no despreciable como institución, de cariz no tan distinto al casino o los ateneos, ya que era allí donde muchos hombres hacían tertulia y no pocos artistas encontraban sus musas. De hecho, por aquel entonces, hubo una cierta "legalización" del oficio más antiguo del mundo, no como resultado de una profunda reflexión moral sino por influencia de las doctrinas higienistas, cuyas principales preocupaciones versaban sobre problemas de salud. Estas casas de lenocinio plagadas de mujeres presumiendo –por obligación– de muslos, anchas caderas y lozanía carnal fueron retratadas, mejor que nadie, por el pintor parisino Edgar Degas. Artista de presunta misoginia y cuya obra gira alrededor del mundo femenino. Paradoja.

    por Anónimo
    junio 30, 2013

    Crítica | Casa de tolerancia

    por Anónimo | junio 30, 2013
    Michael, de Markus Schleinzer

    UN INVENTARIO ORDINARIAMENTE NORMAL

    crítica de Michael | Markus Schleinzer, 2011

    El austríaco Markus Schleinzer, habitual colaborador de Michael Haneke, presentó su ópera prima, Michael, en la sección oficial de la 64ª edición de Cannes, en 2011. El hecho de haber sido el director de casting de Haneke, podría no ser más que un dato irrelevante, si acaso para situarlo en el mapa del cine europeo. Un breve apunte que da cuenta de sus referencias profesionales, en este caso prestigiosas. No obstante, no se cita en vano el nombre del autor de Funny Games (1997). Las razones son simples, ya que no solo existe una ligazón profesional entre ambos, sino también un vínculo estético y temático entre la pieza del alumno y las distintas obras del maestro. Un estilo calcado con resultados distintos. Amour (2012) fue aclamada y se alzó con la Palma de Oro a mejor película. Michael pasó con más pena que gloria y con menos estruendo del que se temía. Trata sobre el escabroso tema de la pederastia. Se cuenta una historia de secuestro, reclusión y abuso de un niño, de unos ocho años, por parte de un hombre superficialmente “normal”. El director austríaco hace constante hincapié en la “normalidad” del protagonista, en su cotidianeidad, en sus relaciones, en su trabajo.

    por Anónimo
    junio 29, 2013

    Crítica | Michael

    por Anónimo | junio 29, 2013
    Costa Esperanza

    ESPERANZA DENTRO, DESENGAÑO FUERA

    crítica de Costa Esperanza | Wir wollten aufs Meer, Toke Constantin Hebbeln, 2012

    15º Festival de Cine Alemán.

    Hace unos meses, con motivo del estreno en nuestro país de Bárbara (Christian Petzold, 2012), destacábamos el juego que la Guerra Fría ha dado en el cine alemán reciente. Pues bien, el mismo año que aquella se ha estrenado en su país otra película que bucea en esa época, en las tensiones entre los dos bandos sociales enfrentados, y que centra incluso su protagonismo en un personaje que de nuevo quiere pasar al otro lado del muro. La presencia, aparte, del actor Ronald Zehrfeld es otro de los paralelismos entre ambos filmes, aunque en el que ahora analizamos, Costa Esperanza (Wir wollten aufs Meer, 2012), su rol es casi opuesto. El motivo de la comparación por tanto radicaría simplemente en señalar la idoneidad de que sea esta última película, segundo largometraje del joven Toke Constantin Hebbeln, la que inaugure la decimoquinta edición del festival de cine alemán de Madrid: en el mismo se trata en efecto de mostrarnos las últimas tendencias del cine germano. Además, con ello ya adelantamos bastante información sobre el contexto y las relaciones personales que podemos hallar en esta película, la cual tiene por lo demás poco que envidiarle a la del experimentado Petzold.

    por Ignacio Navarro
    junio 11, 2013

    Crítica | Costa Esperanza

    por Ignacio Navarro | junio 11, 2013
    Maternity Blues

    MADRES SIN DERECHO A SERLO

    crítica de Maternity Blues | Fabrizio Cattani, 2011

    Por lo general la maternidad se enfoca con ilusión, como un regalo o una experiencia vital fundamental, un sacrificio ciertamente, pero de constante y eterna recompensa. Sin embargo, en una de las mejores películas estrenadas en nuestro país en las últimas semanas, Stoker (Park Chan-wook, 2013), una madre le dice a su hija que muchas veces se ha preguntado por qué las personas tienen hijos, y pasa luego a argumentar una posible justificación. Para ella ser madre es visiblemente un calvario, y no solo por el dolor del parto sino por el agobio y las penurias que vienen después… y por no sentirse capaz de entender y de cuidar de su hija. Casualidad o no, esta semana se estrena otra película que nos muestra ese lado oscuro de la maternidad, aunque no ya centrada en la problemática relación materno-filial, sino directamente en unas mujeres que han perdido toda empatía hacia sus retoños, que, como dice uno de los personajes de esta película, carecen de instinto maternal. Sus hijos no significan pues nada para ellas, más allá de un ahogo existencial insostenible, y por ello finalmente se ven obligadas a quitarles la vida. Es una premisa polémica y provocadora que aventura un drama desgarrador en toda regla.

    por Ignacio Navarro
    mayo 23, 2013

    Crítica | Maternity Blues

    por Ignacio Navarro | mayo 23, 2013
    El ejercicio del poder

    EL DESEO MÁS PERVERSO

    crítica de El ejercicio del poder | L’exercice de l’État, Pierre Schöller, 2011

    “El poder es el afrodisíaco más fuerte”.
    Friedrich Nietzsche.

    Unos seres enmascarados, con caretas negras y puntiagudas, van y vienen en el decorado de un piso vacío. Suenan unos acordes agudos, inquietantes. Poco a poco van amueblando el lugar, dirigiendo nuestra atención hacia un pulcro bureau, que estos sirvientes anónimos atrezzan en pocos jump cuts. Una vez dispuesta la mesa, hace su entrada una mujer completamente desnuda, escoltada por los que han decidido organizarse este carnaval privado, mientras la música sigue, ominosa... No, no son minutos inéditos del contenido extra de un DVD de Eyes Wide Shut (Stanley Kubrick, 1999), aunque ello ya de por sí sería una bendición para cinéfilos y no cinéfilos. Los tiros no van exactamente por ahí, porque a continuación la mujer se pone de rodillas y se encara con un cocodrilo, que también ha hecho repentino acto de presencia en el amplio bureau. Entonces el animal abre la boca y la elegante dama se introduce tranquilamente en su interior. Desafortunadamente no sabremos nunca cómo se resuelve este trance, porque la cámara corta al dormitorio ensombrecido de una pareja durmiendo apaciblemente, y queda confirmado, por si había algún despistado, que se trata de un sueño. Un sueño que, ahora sí, parece directamente extraído de los minutos adicionales de una copia de El fantasma de la libertad (Luis Buñuel, 1974), o realmente de cualquier otra película dirigida por el maestro aragonés.

    por Ignacio Navarro
    mayo 07, 2013

    Crítica | El ejercicio del poder

    por Ignacio Navarro | mayo 07, 2013
    Alois Nebel
    crítica de Alois Nebel | Tomáš Lunák, República Checa, 2011.
    premio a la mejor película de animación en los European Film Awards 2012.

    El cine de animación checo tiene una enorme tradición. Una industria que tuvo su mayor auge tras la Segunda Guerra Mundial, cuando en varios países europeos —sobre todo en los del bloque soviético —, dieron grandes incentivos para el desarrollo de la animación. Estos alicientes, más la libertad creativa otorgada, tuvieron como efecto la aparición de una nueva generación de autores como Jiri Trnka y Karel Zeman, ambos considerados los padres del cine checoslovaco de animación. Trnka y Zeman eran escenógrafos, ilustradores, directores que iniciaron su carrera en la década de los 40, experimentando a lo largo de esta con distintas técnicas, entre ellas en el stop motion. Los cortometrajes y largometrajes animados de estos cineastas se distinguían, en gran parte, por estar dirigidas a un público adulto y en ocasiones para plasmar críticas y denuncias sociales, alejándose un poco de la etiqueta del cine animado exclusivo del público infantil, lo que sin dudas marcaría una identidad clara en el cine de animación checo, que aun perdura en nuestros días. Ya en los años 60, aparecería otro de los animadores checos más reconocidos, como fue Jan Svankmajer, quien captó la esencia de sus antecesores y siguió forjando esa nueva identidad nacida en la posguerra.

    por Anónimo
    abril 29, 2013

    Crítica | Alois Nebel, de Tomás Lunák

    por Anónimo | abril 29, 2013

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