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    Crítica | Casa de tolerancia

    Casa de tolerancia, de Bertrand Bonello

    BURDEL: BELLEZA DECADENTE

    crítica de Casa de tolerancia | L'apollonide (Souvenirs de la maison close), Bertrand Bonello, 2011

    Las maison closes de finales del XIX y principios del XX han sido ampliamente difundidas por la literatura y el arte en general. El cine también ha sido partícipe, eso sí, más centrado en retratar la forma que el fondo. Muchos artistas e intelectuales visitaron, con cierta asiduidad, los burdeles de las capitales europeas de la época, sin que ello supusiese un estigma social; véanse Proust o Boudelaire. Aún con todo, la prostitución está lejos de ser un arte. Es una práctica que tiene mucho de repugnante y poco de encomiable, por mucho que a algunos se les llene la boca hablando de las geishas y de ciertos salones de según qué ciudad y de según qué época. Pero hubo un tiempo en el que el burdel era un lugar con atributos que difieren en su totalidad de la farándula del meretricio vigente. Hasta la liberación de la mujer –me refiero al mal llamado primer mundo–, el burdel era parada obligada en los ritos de iniciación de cualquier joven varón de la aristocracia y la burguesía. La calle era más frecuentada por la hidalguía y el proletariado. Muchas esposas hastiadas de su vida conyugal vieron colmadas, en los burdeles, sus ansias de retraimiento de una vida sexual para la que no habían sido preparadas, víctimas de la frígida moralina de las clases dominantes. También es cierto que no pocas tenían que lidiar con los vicios de la infidelidad, mejor aceptada que hoy pues la mujer no era soberana de su vida amorosa. Hasta bien entrado el siglo XX el burdel tuvo un papel no despreciable como institución, de cariz no tan distinto al casino o los ateneos, ya que era allí donde muchos hombres hacían tertulia y no pocos artistas encontraban sus musas. De hecho, por aquel entonces, hubo una cierta "legalización" del oficio más antiguo del mundo, no como resultado de una profunda reflexión moral sino por influencia de las doctrinas higienistas, cuyas principales preocupaciones versaban sobre problemas de salud. Estas casas de lenocinio plagadas de mujeres presumiendo –por obligación– de muslos, anchas caderas y lozanía carnal fueron retratadas, mejor que nadie, por el pintor parisino Edgar Degas. Artista de presunta misoginia y cuya obra gira alrededor del mundo femenino. Paradoja.

    Casa de tolerancia, de Bertrand Bonello

    De Degas, cuyos encuadres le acercan a la fotografía, bebe Bertrand Bonello en su última película: Casa de tolerancia. En ella se refleja con asombrosa fidelidad la atmósfera de un burdel en el cambio de siglo. El director galo elabora un cuadro de protagonismo colectivo. Un film de época y de conjunto. Un estudio en clave de ficción sobre la mujer moderna. Lo atractivo del asunto es que lo hace con un relato de naturaleza pretérita. Un retrato sublime sobre la feminidad. Medalla que puede colgársele, porque a día de hoy cualquier representación artística que tenga que ver con lo femíneo parece corresponderle, en exclusividad, al susodicho colectivo. ¿Cómo es posible que un hombre aporte algo notable sobre el otro sexo? Esa es la pregunta, sin respuesta, que parece mantener a raya al sector masculino. Cuestión obsoleta parece decir el señor Bonello. A través de refinados travelling y un uso bastante provocativo de la pantalla partida se configura un alegato en favor de la belleza decadente. Con elegancia se elucubra una historia que confiere al burdel la calidad de templo donde tienen cabida la intelectualidad –debates sobre la novela ficción, sobre el affaire Dreyfus–, el romanticismo de paso, la cópula, la enfermedad, la higiene y el cuerpo femenino. No únicamente, el cuerpo femenino digo, como tema sino como eje narrativo, en torno al cual gira todo. O al menos, eso parecen decir los gestos de esos burgueses hechizados por los sexos abiertos de sus afroditas, a las cuales dicen querer pero que no son más que piezas, objetos al servicio de tus antojos. Una dialéctica de enfrentamiento, donde una de las partes se mantiene sumisamente pasiva; hasta el punto de ser marcadas como monstruos, sin derecho a réplica. La atmósfera marcadamente pictórica, asfixiante, claustrofóbica instruye sobre las rameras fin de siècle como productos y su proyección allende las décadas, lamentablemente, como género, como stock, a través no sólo de la prostitución; igualmente como mujeres florero. Reflexión que cobra fuerza con la torpe alegoría final, que rompe la armonía estética.

    Casa de tolerancia

    Con una ambientación perfecta, en perfecto aderezo con el rigor histórico y una belleza ornamental primorosa todo parece sublime en esta pesadilla, y no es así. La película en sí, es un largo bache del que parece que se va a salir en cualquier momento, y no. Su ritmo lento y pausado termina por antojarse cansino, con algo menos de metraje hubiese resultado más liviano, menos cargante y soporífero. Te agarra al asiento, para posteriormente invitarte a dormir. Va de más a menos. Es extrema esa obsesión por mostrarte que pasa de todo para que finalmente no termine de ocurrir nada. Termina por caer en el exhibicionismo fetichista. Como ven, una lista de excesos que concluyen con la chirriante banda sonora, plagada de anacronismos pop que no casan con el conjunto. En resumidas cuentas, una pieza de orfebrería mal trabajada. Oro al fin y al cabo. Una película coherente en la filmografía de Bertrand Bonello. Uno de los directores más sugerentes de la Francia actual, inédito en España hasta Casa de tolerancia, a pesar de contar con cintas que hubiesen justificado su paso por la cartelera nacional como Le pornographe (2001) y Tiresia (2003), ambas candidatas a la Palma de Oro en Cannes. ★★★★★

    Andrés Tallón Castro.
    crítico de cine.

    Francia, 2011, L'apollonide (Souvenirs de la maison close). Director: Bertrand Bonello. Guion: Bertrand Bonello. Música: Bertrand Bonello. Fotografía: Josée Deshaies. Productora: Les Films du Lendemain. Reparto: Hafsia Herzi, Jasmine Trinca, Adele Haenel, Noémie Lvovsky, Louis-Do de Lencquesaing, Céline Sallette, Iliana Zabeth, Alice Barnole, Xavier Beauvois. Presentación: Cannes 2011.

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