Introduce tu búsqueda

Guardián
FICX Imatge Permanent
  • Cine Alemán Siglo XXI
    Mostrando entradas con la etiqueta Cannes 2011. Mostrar todas las entradas
    Cannes 2011
    Cannes 2011
    Corpo celeste

    Catecismo posmoderno, respuestas vetustas

    crítica a Corpo celeste (Alice Rohrwacher, 2011).

    Por motivos históricos y geopolíticos, Italia ha estado ligada, más que cualquier otro país católico, al influjo del papado, incluso (hasta 1870) a su poder temporal en la zona centro. Por ende lo ha estado a la tradición católica. Al igual que España y Latinoamérica. En la actualidad el proceso de secularización avanza con más parsimonia de la que parecen exigir los tiempos. Debates como la presencia de la religión en las aulas deberían haberse superado, como tarde, con la llegada del nuevo milenio. Hay quienes apuntan que parecemos estar viviendo una contrarreforma (en España) que pretende frenar lo que algunos sociólogos han llamado la tercera oleada de secularización. Es inevitable que en el país de la bota, en cuyas entrañas se encuentra el Vaticano, donde Democracia Cristiana gobernó durante gran parte del siglo XX, la Iglesia haya mantenido una presencia comunitaria pública. También parece inseparable de la tradición española la omnipresencia de las instituciones católicas y la supremacía de su moral. Sin embargo, hubo un tiempo en el que España parecía coger derroteros anticlericales, cuyo clímax se fecha con la victoria del Frente Popular en 1936. Al que siguieron cuarenta primaveras de “nacionalcatolicismo”. Estos apuntes superficiales no justifican, ni explican, pero son acertados para poner en contexto Corpo celeste (2011), ópera prima de Alice Rohrwacher. En ella la realizadora transalpina nos invita a seguir a una adolescente –Martha– que asume que se encuentra en una etapa de cambio, en la que los ritos de paso son un peaje vital. Y lo hará como recién llegada a una comunidad donde las rutinas derivadas de la fe tienen una relevancia activa. Tras una infancia en Suiza se muda a Reggio Calabria con su madre y su hermana. Tímida, cuasi muda dará palos de ciego en una ciudad áspera y ajena mientras se prepara para la confirmación.

    Será la perspectiva de la directora, sobre la burocracia de la fe, la visión más interesante, lúcida y novedosa que encontraremos en los poco más de noventa minutos de metraje. Si hablamos de pasos de neófitos a iniciados, de iniciados a miembros, la Iglesia, como institución, tiene su trámite. Del que se ocupan sus feligreses más dedicados. Ese afán parroquial por recuperar a los más jóvenes está representado por una catequista –Santa– con un toque posmoderno en sus métodos pedagógicos. Sus enseñanzas de trinchera llevan un envoltorio kitsch que esconde los dogmas (atávicos en el discurso religioso) que lo resuelven todo, menos los interrogantes de Martha. El crucifijo de neón, las coreografías de vírgenes o los cánticos horteras ponen de manifiesto un desesperado intento de seducir a una mocedad dejada de la mano de dios (nunca mejor dicho) por la Institución. Realidad que se ilustra en el hecho de que las inquietudes de Santa difieren de las del párroco don Mario; más cómodo en vicisitudes caciquiles tales como cobrar el alquiler de los pisos en su haber, hacer carrera y, principalmente, garantizar que los votos de los feligreses vayan para el candidato que ratifique las convicciones que se supone que deben imperar. En medio de esta vorágine, bajo la presión de una hermana intransigente y una madre sobre protectora, Martha lidia con entresijos existenciales en una azotea decrépita mientras vigila su decadente barrio y anhela la desconocida libertad de los chicos que juegan en los descampados, entre desechos. El pulso tembloroso de la cámara acentúa la fragilidad de una mirada escrutadora y desconfiada que irá descubriendo, con pesar, los engranajes y pequeñas miserias que se ocultan detrás del ser humano.

    por Anónimo
    marzo 16, 2015

    Crítica | Corpo celeste

    por Anónimo | marzo 16, 2015
    Declaración de guerra

    La trinchera de los días

    crítica de Declaración de guerra | La guerre est déclarée, de Valérie Donzelli, 2011

    Cuando un tal Romeo conoce fortuitamente a una tal Julieta en una oscura discoteca francesa, y entre ellos surge un amor inevitable a golpe de música post-punk, ambos desconocen las trampas que el futuro oculta bajo su manga. El “destino terrible al que se verán abocados”, al igual que los protagonistas de la más famosa tragedia de Shakespeare, distará de huir de un final inexorable para enfrentarse a la guerra más dura de sus vidas; una lucha que ocupa este filme enternecedor y brillante que lleva por titulo La guerre est déclarée, (o en idioma patrio, Declaración de guerra). El enemigo de tan ardua batalla es la atípica enfermedad que aqueja a su pequeño hijo de cuatro años Adam, un tumor en la fosa superior derecha que acarrea asimetría facial, llantos, fiebres, vomitonas y muchas noches sin dormir para sus progenitores. Antes de enumerar el puñado de motivos que han hecho de esta cinta, representante oficial de Francia en los Óscar de 2011, una de las rara avis imprescindible de los últimos tiempos, es importante hablar de las raíces autobiográficas que impulsaron a su valiente y perspicaz directora, Valérie Donzelli, a deconstruir sus vivencias mediante el objetivo de una cámara. La historia que ésta retro y colorista, triste pero luminosa, sencilla pero ambiciosa, tan lúcida como conmovedora, Declaración de guerra, tiene su base en la propia vida de su autora, que encarna a Julieta; mientras que el padre de su hijo, Jérémie Elkaïm, se pone en la piel de Romeo y comparte además con Valérie la elaboración del guión. A raíz de estos factores surge un metraje capaz de preservar su sinceridad y la integridad de sus emociones junto a una galería de recursos cinematográficos libres, exuberantes y novedosos; una pequeña historia particular convertida en obra universal para todos los gustos, lejos del melodramatismo sintético de producciones taquilleras referentes al cáncer, como Patch Adams, La decisión de Anne, o la taquillera Un paseo para recordar, todas ellas encorsetadas por el mismo modelo lacrimógeno.

    El mismo día en que ingresan al pequeño Adam en el hospital, la guerra de Irak estalla, invadiendo las pantallas de los televisores y llenando de titulares las imprentas de los periódicos, una de las pocas referencias a la actualidad de su momento que hace la película. Entre visitas a hospitales, analíticas, biopsias y otras pruebas médicas, Romeo y Julieta comienzan su propia odisea personal, bajo las pinceladas de una estética retro a lo sixtie que la convierte en una digna y exquisita heredera de la nouvelle vague, aumentando la cota del nivel narrativo con una banda sonora brillantemente concebida, que salpica de ritmo y notas de humor este pulso a doble mano con la muerte. La voz en off dual, compartida por una voz femenina y otra masculina, tiene aquí una función de anclaje narrativo, haciendo del tono intimista pero a veces burlesco, vital y optimista de los dos enamorados uno de los mejores hallazgos de la película; como un diario cronológico en tercera persona de sus dos héroes cotidianos para escapar de la tristeza y aferrarse con ahínco a la esperanza. Esta profusión de recursos musicales y estéticos de gran amplitud y nostalgia sesentera coquetea con el humor sin rozar jamás el cinismo ni perder de vista el grave trasfondo de la enfermedad, ya que es la alegría de vivir de sus protagonistas el único remedio posible para salvarse de su propia guerra. Mientras en la otra punta del mundo Bagdad se tiñe de estallidos de bombas y en París los cirujanos pelean por la vida de Adam, Romeo y Julieta luchan por sortear las granadas de su desolación particular, y eludir el pesimismo cantando, distrayéndose, asistiendo a alguna fiesta y ocultando la realidad a sus familiares y conocidos. Son estos momentos de exagerado anticlímax, de aparente frivolización de la tragedia (“Tengo miedo de que se quede ciego, sordo, mudo, enano, negro, marica y que vote al Frente Nacional”, bromea Romeo una noche de nerviosismo y espera en el hospital) los que traslucen la verdadera humanidad de sus dos protagonistas. Pues sin la esperanza contenida tras su causa, sin la felicidad que destilan dos enamorados abrazados en tiempos de miseria, la parte desgarradora, el miedo, la soledad y la flaqueza de la salud de su hijo acabaría por derrotarlos antes de tiempo. Es también ésta la historia musical de un amor entre dos jóvenes vitales y llenos de nobleza y un tributo al sistema sanitario público (logro social que conviene recordar, alabar y subrayar también desde el apartado cinematográfico en los tiempos que corren).

    Parece increíble ser capaz de disfrutar y sonreír con ciertos pasajes de una narración, por momentos, tan insoportablemente triste, pero el punto de vista arriesgado, natural y ajeno a la sobreactuación dramática y al efectismo barato al que suelen recurrir otros filmes de temática análoga, consigue que Declaración de guerra pueda acongojarnos, enternecernos, vaciarnos, pero también llenarnos de ilusión y hacernos reír a carcajadas, formando parte así de una especie de corriente inédita a su tiempo. Las excelentes interpretaciones de Valérie Donzelli y Jérémie Elkaïm (reinterpretando de nuevo sus propias vivencias) sumadas a un guión inteligente salpicado de secuencias memorables y dulces condimentos musicales hacen de este filme una auténtica maravilla, un ejercicio de soberbia narrativa y personajes entrañables. Un canto a la vida capaz de torturar, conmover y enamorar a ti, a mí, y a cualquier espectador. | ★★★ |

    Andrea Núñez-Torrón Stock
    redacción Santiago de Compostela

    Francia, 2011, La guerre est déclarée (Declaración de guerra). Director: Valérie Donzelli. Guión: Valérie Donzelli, Jérémie Elkaïm. Productora: Wild Bunch Distribution / Rectangle Productions. Fotografía: Sébastien Buchmann. Música: Pascal Mayer. Reparto: Valérie Donzelli, Jérémie Elkaïm, Gabriel Elkaïm, César Desseix, Brigitte Sy, Elina Löwensohn, Michèle Moretti, Phillipe Laudenbach, Bastien Bouillon, Béatrice de Staël, Anne Le Ny, Frédéric Pierrot Presentación oficial: 2011: Premios Cesar: 6 nominaciones, incluyendo mejor película y director y Festival de Gijón: Mejor película (ex-aequo), actriz (Donzelli) y actor (Elkaïm).

    por Anónimo
    abril 05, 2014

    Crítica | Declaración de guerra

    por Anónimo | abril 05, 2014
    Oslo, 31 de agosto, de Joachim Trier

    El vacío

    crítica de Oslo, 31 de agosto (Oslo, 31. august, Joachim Trier, 2011)

    Te has quedado fuera de la vida, fuera del discurrir normal del mundo y de todas las cosas y ahora debes volver a integrarte, a ser uno más, a reencontrarte con lo que dejaste atrás y no sabes si deseas hacerlo o no. Tu existencia se ha vaciado y volver a llenarla cuando sientes que no hay razones para ello se torna una tarea imposible. Así encontramos a Anders al principio de Oslo, 31 de agosto (Oslo, 31. august), la película dirigida por Joachim Trier en 2011 y que ahora se estrena en las pantallas españolas. Anders está ingresado en un centro de desintoxicación y por primera vez desde que llegara allí tendrá la oportunidad de salir. Debe viajar a Oslo porque ha tenido una oferta de trabajo y se enfrentará a su primer día de “libertad.” Volver a ver a su hermana, a los viejos amigos, tomar contacto con lo que fue su día a día cotidiano con la sombra de la heroína supone encontrar una razón poderosa que te impulse a luchar cuando el primer paso está dado, pero aún quedan muchos más para que en tu corazón la vida te anime a seguir. Porque una vez que estás fuera tu primer impulso al tener un poco de dinero en el bolsillo y pasear por las calles de antaño es comprar un cuarto. Porque eso era lo cotidiano entonces y se ha convertido ya en un acto atávico contra el que hay que luchar a cada segundo de tu nueva existencia. Y sabes que es un deseo que estará ahí siempre, acompañándote, aferrándose a ti, obligándote a mantenerte lejos del mundo que llegaste a conocer porque si vuelves te llamará a gritos. Esa es la maldición: debes volver a la vida, pero la vida te empuja a la autodestrucción. Hay que tener una gran fuerza interior para luchar y vencer día a día la llamada del abismo.

    por José Luis Forte
    enero 22, 2014

    Crítica (II) | Oslo, 31 de agosto

    por José Luis Forte | enero 22, 2014

    Patología depresiva

    crítica de Oslo 31 de agosto | Oslo, 31. August, de Joachim Trier, 2011

    La soledad de la droga. Posterior a su socialización. El paso de la erótica de la desinhibición, al ostracismo del estigma. De la iniciación colectiva a la orfandad posmoderna. Sustancias que permiten el acceso a una realidad subjetiva y que conducen a una destrucción objetiva. Un bucle con incierta escapatoria. El mono les atosiga, les acosa, les hostiga. La sociedad les da la espalda. Se individualiza el problema. Se castiga. Maldita droga. El vicio del adicto. Un sujeto que, en el imaginario colectivo, se identifica con los yonkis despojados de sí mismos. Con chándal noventero, de fuma bases. Una persona capaz de inyectarse hasta la resina de los árboles. Ese que empieza fumando porros a los catorce. Sin embargo, los datos del Observatorio de Proyecto Hombre no niegan la mayor, pero sí hablan de otro nuevo perfil: “Hombre, de 35 años, que vive en la ciudad y tiene trabajo, consume cocaína”. Detrás de esta silueta se encuentra Anders, protagonista de la segunda película de Joachim Trier, Oslo, 31 de agosto (2011). Título que hace referencia al fin y al comienzo. Crepúsculo estival. Inicio del invierno. Consumación de la rehabilitación. Estreno de una vida normal –lo que quiera que signifique eso–.

    El realizador noruego filma “el día”. El 31 de agosto de Anders. Recorre su infelicidad. Pasea por la soledad del desamparo. Después de diez meses en un centro de desintoxicación obtiene, tan sólo, el consuelo de la abstinencia. A cambio, la deriva existencial. El suicidio como alternativa. Intento fallido y vuelta a empezar. Las primeras oportunidades: reencontrarse con los suyos, una entrevista de trabajo y una fiesta. Otra chance para aferrarse a eso que llaman la vida. La losa de los años perdidos y el pesar de la decepción ajena empujan a este noruego, en el ecuador de la treintena, al abismo. Oslo, 31 de agosto juega con la dicotomía del verano y su ocaso, el día y la noche, la vida y la muerte. Y cómo no, con la reinserción o el destierro. En ese flirteo, con ambas direcciones de una bifurcación, es donde la historia seduce y absorbe. El suspense de la recaída como exaltación. La oscilación temporal como metáfora. El reloj entendido como el marco de la realidad más atroz. El espacio transitorio en el que un (ex)adicto debe lidiar con las cicatrices pretéritas y con un proceso de autoflagelación. En esas divergencias uno no sabe a qué atenerse y navega en esa incertidumbre existencial. Hasta la escena del café. El punto de inflexión. Anders, después de una desafortunada entrevista de trabajo y antes de un encuentro malogrado con su hermana, decide ir a una cafetería. Desde la barra, escoltado por una clientela ávida de cafeína, escucha las conversaciones que le rodean. Acompañado por la desconocida multitud reafirma su percepción situacional. La soledad como estado inamovible. Momento en el que pasar página deja de ser una opción. Punto en el que nuestro antihéroe se abona a la autocompasión como escenario ineludible.

    por Anónimo
    diciembre 04, 2013

    Crítica | Oslo, 31 de agosto

    por Anónimo | diciembre 04, 2013
    Pie de página (Footnote), de Joseph Cedar

    Todo queda en familia

    crítica de Pie de página (Footnote) | Hearat Shulayim (Footnote), Joseph Cedar, 2011

    El segundo largometraje del director Joseph Cedar, de origen estadounidense pero con nacionalidad israelí, ha conseguido una gran aceptación por parte de la crítica. Pie de página se ha situado como uno de los estrenos en cartelera más apetecibles para todos aquellos amantes de un cine reposado, inteligente y estéticamente impecable. Película nominada a los Oscar 2012 como Mejor película de habla no inglesa, galardón que finalmente le fue arrebatado por la iraní Nader y Simin, una separación; sí alcanzaó el éxito en el festival de Cannes haciéndose con el premio al Mejor Guión. Y es que precisamente de todo esto trata esta película: de éxito, de competencia, del camino agotador por lograr el reconocimiento de los otros; esos otros que nos observan, nos juzgan y a los que tanto cuesta arrancar aplausos sinceros. La trama se centra en dos personajes, padre e hijo, ambos dedicados en cuerpo y alma al estudio del Talmud, el compendio cultural básico del judaísmo, pero desde perspectivas muy diversas. Por paradójico que parezca, esta vocación común y pasión por un mismo objeto de investigación les convertirá no en aliados sino en enemigos; rivalidad que solo abandonará el hijo cuando, por equivocación, el Premio Israel sea otorgado a su padre en su lugar y no se atreva a revelar dicho error.

    Pie de página se encuentra dividida en una serie de capítulos, como si se tratase de un libro, que nos irán guiando a través de la historia y que, de forma inevitable, nos harán acordarnos de Amelie por el uso que este filme ya hizo de la narración fragmentada para presentarnos los gustos y las rutinas de su protagonista. De forma similar, en esta película conoceremos las manías y vivencias de ambos personajes a través de intertítulos o pies de página que mostrarán el contraste entre ambas personalidades: el hijo apreciado dentro del círculo de intelectuales, sociable y nada purista; el padre rechazado por las altas esferas, osco y de la vieja escuela en cuanto a su forma de entender la investigación del Talmud. La película tiene un inicio lento, al que cuesta engancharse, pero de gran relevancia pues ya adelanta la feroz competencia existente entre padre e hijo e incluso, la confusión de personalidades que constituirá su punto de choque. Desde el principio, la cámara juega a confundirnos y a hacernos creer que los elogios que oímos como voz en off se refieren al trabajo científico de Eliezer Shkolnik (padre) cuando en realidad está hablando del trabajo de su hijo, Uriel Shkolnik. A continuación, Uriel se dispone a dar un discurso de agradecimiento y el plano fijo en el rostro molesto de su padre enfatiza esta confrontación.

    por Unknown
    octubre 13, 2013

    Crítica | Pie de página (Footnote)

    por Unknown | octubre 13, 2013
    El niño de la bicicleta, de Jean-Pierre y Luc Dardenne

    REALISMO DE HADAS

    crítica de El niño de la bicicleta | Le gamin au vélo | Jean-Pierre y Luc Dardenne, 2011

    Cuando se habla de cine combativo, comprometido y reivindicativo salen a la palestra una plétora de autores (no sólo) europeos que a lo largo de su filmografía abordaron distintos conflictos sociales. Ken Loach, Robert Guédiguian, Constantin Costa-Gavras, Fernando León de Aranoa y, cómo no, los hermanos Jean-Pierre y Luc Dardenne son algunos de ellos. Cada uno con su estilo, cada uno centrado en sus parcelas de interés. Unos comprometidos con las condiciones de vida de los trabajadores, con los sectores más marginales de la sociedad y otros con los avatares políticos. Los hermanos Dardenne, que son los que nos ocupan, han desarrollado más de dos décadas de cine social, sin ánimo alguno de encasillarlos con etiquetas. Una filmografía reconocible. Con denominación de origen. Sus películas son retratos enérgicos, repletos de personajes, preferiblemente jóvenes, marginales y excluidos. Con un estilo formal y narrativo muy diáfanos. Filmes en los que forma y fondo van de la mano. Un universo cinematográfico que ha contado con el reconocimiento de una Espiga de Oro como Mejor película en la Seminci de Valladolid –La promesa (1996) con la que obtuvieron, por primera vez, el beneplácito de la crítica internacional y consolidaron un estilo propio–, dos Palmas de Oro en Cannes –Rosetta (1999) y El niño (2005)– y un Gran premio del jurado, también en el Festival de Cannes –El niño de la bicicleta (2011)–.

    Con ésta última los hermanos Dardenne, continuistas en esencia, rompieron con algunas de las premisas de su cine para contar, citando sus propias palabras, "un cuento de hadas". El protagonista es un crío, Cyril, que se encuentra en un hogar de acogida. Su padre lo abandonó con la promesa de regresar pasado un tiempo. Su mayor fijación es recuperar su bicicleta negra y emprender la búsqueda de su progenitor. En medio de esa pesquisa, en pos de su pequeño tesoro de dos ruedas, conoce por casualidad a Samantha, una peluquera del barrio. Ella, en un acto de altruismo bellísimo, decide acogerlo durante los fines de semana. Este es el punto de partida de la historia más conmovedora, que no sentimentalista, de la filmografía de los belgas. No sé si su mejor película, pero posiblemente la más brillante, en todos los sentidos. Adolece de ciertos recursos manidos, faltos de originalidad. Más bien redundantes a lo largo de su obra –como esos padres desmesuradamente fríos y distantes, capaces de abandonar a sus hijos por un futuro mejor o un puñado de euros, sin derramar una mísera lágrima–. También hay alguna que otro disyuntiva desatinadamente previsible y maniquea. Incluso un joven camello excesivamente caricaturesco y parodiable, en el que Cyril busca un sucedáneo paternal. Hasta aquí, lo más negativo.

    por Anónimo
    octubre 04, 2013

    Crítica | El niño de la bicicleta

    por Anónimo | octubre 04, 2013
    Take Shelter

    UN APOCALIPSIS DEMENCIAL

    crítica de Take Shelter | Jeff Nichols, 2011

    El fin del mundo es algo que apasiona. Desata el morbo. Genera una perturbadora curiosidad. Sin duda lo que más fascina al ser humano es aquello que parece imposible y titánico. Por ello el advenimiento de una catástrofe provoca un magnetismo malsano que la literatura y el cine, a lo largo del tiempo, han aprovechado. Sobre todo tras el disparate mediático desatado con la supuesta predicción del fin del mundo, para diciembre de 2012, por parte de los mayas. El halo místico y religioso que se asocia al fin de la humanidad ha sido reformulado en favor de mundos posapocalípticos, distópicos en el que un puñado de supervivientes luchan contra las consecuencias de la hecatombe. Esta concepción tan "comercial", tan fantástica, tan inverosímil se me antoja atractiva y evasiva a partes iguales. Evasiva en tanto en cuanto los apocalipsis, relativizando su condición destructiva hasta la extinción, se han dado y se dan a lo largo de la historia. Existen los cataclismo personales y de determinados grupos sociales. Y también se han contado en películas y libros. Una simbiosis de ambas concepciones del ocaso, aderezadas con una muy personal, es la que nos encontramos en Take Shelter (2011), fenomenal película de Jeff Nichols. Un drama, mixturado con otros géneros como el thriller psicológico o, incluso, el cine de terror. Una cinta alegórica. De lo sobrenatural a lo cotidiano. De lo personal a lo comunitario.

    Tras su espléndida –e incomprensiblemente inédita en España– opera prima, Shotguns Stories (2007), y antes de su recién estrenada y también brillante Mud (2012), Jeff Nichols escribió y dirigió otra joya ambientada en la América más profunda y rural. El director nacido en Arkansas nos cuenta la historia de un obrero, llamado Curtis, que vive tranquilamente con su familia -su mujer y su hija sorda- hasta que una suerte de pesadillas premonitorias –principalmente sobre tormentas y tornados– empiezan a estropearlo todo y lo conducen hasta la obsesiva necesidad de construir un refugio como protección ante lo que supuestamente se avecina. Para llevarlo a cabo se empeña económicamente y su estabilidad familiar y mental comienzan a derrumbarse. La metáfora para muchos está clara, para aquellos que no la acaben de ver el propio director afirmó en distintas entrevistas promocionales que tuvo muy presente la crisis económica actual a la hora de confeccionar el guion. Sin duda las catástrofes naturales son la equivalencia de las calamidades económicas que asolan a Occidente. Usa lo sobrenatural para hablar de lo mundano. Es un relato en clave de ficción de algo tan real como la vida misma. Nichols quiere hacernos ver que Curtis podría ser cualquier padre de familia, naufragando en la enajenación de dilapidarlo todo. El espectador es testigo del descenso al infierno de la precariedad de la economía familiar. Por culpa de fenómenos aparentemente indomables, uno presencia las trágicas consecuencias de la solicitud de un crédito en condiciones desfavorables, un despido y la consabida pérdida del seguro médico. Todo ello al borde de una operación para que su hija recupere la audición. Un drama diario.

    por Anónimo
    septiembre 10, 2013

    Crítica | Take Shelter

    por Anónimo | septiembre 10, 2013
    Casa de tolerancia, de Bertrand Bonello

    BURDEL: BELLEZA DECADENTE

    crítica de Casa de tolerancia | L'apollonide (Souvenirs de la maison close), Bertrand Bonello, 2011

    Las maison closes de finales del XIX y principios del XX han sido ampliamente difundidas por la literatura y el arte en general. El cine también ha sido partícipe, eso sí, más centrado en retratar la forma que el fondo. Muchos artistas e intelectuales visitaron, con cierta asiduidad, los burdeles de las capitales europeas de la época, sin que ello supusiese un estigma social; véanse Proust o Boudelaire. Aún con todo, la prostitución está lejos de ser un arte. Es una práctica que tiene mucho de repugnante y poco de encomiable, por mucho que a algunos se les llene la boca hablando de las geishas y de ciertos salones de según qué ciudad y de según qué época. Pero hubo un tiempo en el que el burdel era un lugar con atributos que difieren en su totalidad de la farándula del meretricio vigente. Hasta la liberación de la mujer –me refiero al mal llamado primer mundo–, el burdel era parada obligada en los ritos de iniciación de cualquier joven varón de la aristocracia y la burguesía. La calle era más frecuentada por la hidalguía y el proletariado. Muchas esposas hastiadas de su vida conyugal vieron colmadas, en los burdeles, sus ansias de retraimiento de una vida sexual para la que no habían sido preparadas, víctimas de la frígida moralina de las clases dominantes. También es cierto que no pocas tenían que lidiar con los vicios de la infidelidad, mejor aceptada que hoy pues la mujer no era soberana de su vida amorosa. Hasta bien entrado el siglo XX el burdel tuvo un papel no despreciable como institución, de cariz no tan distinto al casino o los ateneos, ya que era allí donde muchos hombres hacían tertulia y no pocos artistas encontraban sus musas. De hecho, por aquel entonces, hubo una cierta "legalización" del oficio más antiguo del mundo, no como resultado de una profunda reflexión moral sino por influencia de las doctrinas higienistas, cuyas principales preocupaciones versaban sobre problemas de salud. Estas casas de lenocinio plagadas de mujeres presumiendo –por obligación– de muslos, anchas caderas y lozanía carnal fueron retratadas, mejor que nadie, por el pintor parisino Edgar Degas. Artista de presunta misoginia y cuya obra gira alrededor del mundo femenino. Paradoja.

    por Anónimo
    junio 30, 2013

    Crítica | Casa de tolerancia

    por Anónimo | junio 30, 2013
    Sleeping Beauty, de Julia Leigh

    LA ERÓTICA DEL ABURRIMIENTO

    crítica de Sleeping Beauty | Julia Leigh, 2011

    Los clásicos literarios estimulan –a diferencia de los credos– modernizadas y múltiples reinterpretaciones, y se engrandecen con ellas. El séptimo arte recrea una y otra vez los clásicos notables, desde los tiempos de Méliès. El cine, como arte recién surgida, se apoyó en otras formas de expresión, de cariz artístico, en la búsqueda de la conformación de una identidad propia apoyada en los códigos que ya le eran familiares al gran público. Le cogió el gustillo, y a ello sigue. Es evidente que existen riesgos en estas revisiones, pero releer a Dickens, a los Hermanos Grimm, a Julio Verne, Zola o Kafka es dar visos de contemporaneidad a referentes del pasado desde nuestro contexto histórico, entenderlo al socaire de otro prisma distinto del que fueron concebidos. Es una actualización del mito. Una visión o concepción personal. Una exégesis con voluntad renovadora que enriquece, normalmente, a la obra original y da lustre a la neófita. Se me vienen a la memoria Blancanieves (2012) de Pablo Berger, o la revisión del mito de Prometeo de Ridley Scott –Blade Runner (1982) –. Ejemplos reseñables de cómo hacer buen cine apoyándose en la literatura. Reescribiendo. Sleeping Beauty –ópera prima de la escritora australiana Julia Leigh– es una versión contemporánea del cuento de los Hermanos Grimm Dornröschen (La bella durmiente). Renueva el cuento con un inquietante retrato del mundo de la prostitución, a través de una joven universitaria que se sumerge en un meretricio de erótica marcadamente gerontológica. Su “vagina es un templo”, así que no sufrirá penetración alguna, pero será víctima de un somnífero que impedirá tener conocimiento de lo que hacen con su cuerpo.

    por Anónimo
    junio 30, 2013

    Crítica | Sleeping Beauty

    por Anónimo | junio 30, 2013
    Michael, de Markus Schleinzer

    UN INVENTARIO ORDINARIAMENTE NORMAL

    crítica de Michael | Markus Schleinzer, 2011

    El austríaco Markus Schleinzer, habitual colaborador de Michael Haneke, presentó su ópera prima, Michael, en la sección oficial de la 64ª edición de Cannes, en 2011. El hecho de haber sido el director de casting de Haneke, podría no ser más que un dato irrelevante, si acaso para situarlo en el mapa del cine europeo. Un breve apunte que da cuenta de sus referencias profesionales, en este caso prestigiosas. No obstante, no se cita en vano el nombre del autor de Funny Games (1997). Las razones son simples, ya que no solo existe una ligazón profesional entre ambos, sino también un vínculo estético y temático entre la pieza del alumno y las distintas obras del maestro. Un estilo calcado con resultados distintos. Amour (2012) fue aclamada y se alzó con la Palma de Oro a mejor película. Michael pasó con más pena que gloria y con menos estruendo del que se temía. Trata sobre el escabroso tema de la pederastia. Se cuenta una historia de secuestro, reclusión y abuso de un niño, de unos ocho años, por parte de un hombre superficialmente “normal”. El director austríaco hace constante hincapié en la “normalidad” del protagonista, en su cotidianeidad, en sus relaciones, en su trabajo.

    por Anónimo
    junio 29, 2013

    Crítica | Michael

    por Anónimo | junio 29, 2013
    Tatsumi
    crítica de Tatsumi | Eric Khoo, Singapur, 2011.
    premio a la mejor película de animación en Festival de Sitges 2011
    Selección Oficial a concurso en el Festival de Cannes 2011 en la sección “Un certain regard”

    Con el regusto aun reciente de la edición del Festival de Cannes 2013, quería nutrir esta sección de Animatic, dedicada al cine de animación de autor, con algún filme protagonista en la Croisette. Los primeros títulos que se me vinieron a la cabeza fueron grandes candidatas a la Palma de Oro en ediciones de la pasada década como “Vals con Bashir” (2008), de Ari Folman, —que compitió en la edición 2013 con “The Congress” en la Quincena de Realizadores— y, por supuesto, la inolvidable “Persépolis”, que consiguió el Premio del Jurado en 2007. Pero fue buscando en entregas recientes donde tropecé un título que despertó enormemente mi interés. En la magnífica programación de Cannes 2011, en la sección de “Una Cierta Mirada”, se presentó un largometraje de animación dirigido por Eric Khoo, un director de Singapur que inició su carrera desde muy joven haciendo cortometrajes y que, posteriormente, rodaría trabajos para la televisión y videos musicales en su país, lo que le iría abriendo camino poco a poco a la pantalla grande. Con aproximadamente cinco largometrajes hasta la fecha Khoo se ha caracterizado por manejar en sus historias temas comunes, como la esquizofrenia urbana (que trataría en su segundo largometraje “Twelve Storeys”), la crítica, la nostalgia, el dolor, las heridas del pasado, todas ellas ambientadas en su misma vida en su país natal. Muestra de ello son las luminosas y dolorosas “Be with me” (2005) y “My Magic”, una obra inspirada en la novela “The Road”, del conocido escritor norteamericano Cormac McCarthy, que le brindó al cineasta asiático la oportunidad de luchar por la Palma de Oro en 2008.

    por Anónimo
    junio 11, 2013

    Crítica | Tatsumi, de Eric Khoo

    por Anónimo | junio 11, 2013
    Hara-Kiri: Muerte de un samurái

    LA SANGRE DE UN GUERRERO

    crítica de Hara-kiri: Muerte de un samurái | Ichimei (Hara-kiri: Death of a Samurai), Takeshi Miike, 2011

    Está arrodillado en el centro del patio de la casa. Un grupo de samuráis lo escolta a su alrededor. Tiene la mirada en la tierra, se apresta a hacer el sacrificio, pero antes pide que se le conceda su última petición. Al principio de todo, Hanshiro, un samurái del que desconocemos su pasado ha sido persuadido para que no cometa el “seppuku” o “hara-kiri”, un ritual suicida entre guerreros de su clase. A éste se le cuenta la historia de otro joven que con las mismas intenciones llegó a aquella residencia pidiendo se le concediera hacer el ritual, y el resultado no fue el mejor de todos. Desde tiempos milenarios existía como una práctica común entre los samuráis el acabar con su vida de una manera honrosa y honorable rechazando cualquier tipo de muerte natural ya sea por un delito o alguna falta. El hara-kiri podía darse por dos motivos principales, como una especie de recurso final para no caer en manos del enemigo, o como una forma de expiarse por la falta al código de honor. Este principio ha sido presentado perfectamente y llevado a la gran pantalla en 1962 con el filme Harakiri, de Masaki Kobayashi, un clásico japonés y de la cultura asiática en general que se convirtió en uno de los precursores del subgénero samurái. Casi cincuenta años después, Takashi Miike (13 asesinos, Llamada perdida), uno de los más prolíficos directores asiáticos, conocido por atreverse a explorar distintos géneros marcando pauta y estilo en cada uno de ellos, trae el remake “necesario” para las generaciones actuales.

    por Unknown
    junio 04, 2013

    Crítica | Hara-kiri: Muerte de un samurái, de Takeshi Miike

    por Unknown | junio 04, 2013
    El ejercicio del poder

    EL DESEO MÁS PERVERSO

    crítica de El ejercicio del poder | L’exercice de l’État, Pierre Schöller, 2011

    “El poder es el afrodisíaco más fuerte”.
    Friedrich Nietzsche.

    Unos seres enmascarados, con caretas negras y puntiagudas, van y vienen en el decorado de un piso vacío. Suenan unos acordes agudos, inquietantes. Poco a poco van amueblando el lugar, dirigiendo nuestra atención hacia un pulcro bureau, que estos sirvientes anónimos atrezzan en pocos jump cuts. Una vez dispuesta la mesa, hace su entrada una mujer completamente desnuda, escoltada por los que han decidido organizarse este carnaval privado, mientras la música sigue, ominosa... No, no son minutos inéditos del contenido extra de un DVD de Eyes Wide Shut (Stanley Kubrick, 1999), aunque ello ya de por sí sería una bendición para cinéfilos y no cinéfilos. Los tiros no van exactamente por ahí, porque a continuación la mujer se pone de rodillas y se encara con un cocodrilo, que también ha hecho repentino acto de presencia en el amplio bureau. Entonces el animal abre la boca y la elegante dama se introduce tranquilamente en su interior. Desafortunadamente no sabremos nunca cómo se resuelve este trance, porque la cámara corta al dormitorio ensombrecido de una pareja durmiendo apaciblemente, y queda confirmado, por si había algún despistado, que se trata de un sueño. Un sueño que, ahora sí, parece directamente extraído de los minutos adicionales de una copia de El fantasma de la libertad (Luis Buñuel, 1974), o realmente de cualquier otra película dirigida por el maestro aragonés.

    por Ignacio Navarro
    mayo 07, 2013

    Crítica | El ejercicio del poder

    por Ignacio Navarro | mayo 07, 2013
    Volcano - Eldfjall

    representante de Islandia en los Oscar 2011
    crítica de Volcano | Eldfjall, Rúnar Rúnarsson, 2011

        Islandia es el país en el cual el gran Jules Verne imaginó la entrada de su Viaje al centro de la Tierra (1864). La chimenea central del volcán Sneffels fue el camino que siguieron Otto Lidenbrock y los suyos para acceder al corazón de nuestro planeta, una esfera cuyo interior ocultaba maravillas y prodigios dignos de la gran aventura que Verne nos ofreció en una de sus mejores novelas. Una tierra helada partida por la furia del fuego que surge incontenible de sus entrañas es también lo que podemos ver en las primeras imágenes de Eldfjall (Rúnar Rúnarsson, 2011), escenas documentales que muestran un desastre real. Una erupción volcánica que desarraigó de sus hogares a familias como la que protagoniza esta película, debiendo iniciar una nueva vida en la ciudad.

    por José Luis Forte
    marzo 27, 2013

    CRÍTICA | VOLCANO

    por José Luis Forte | marzo 27, 2013
    Polisse
    CANCIÓN TRISTE PARISINA
    crítica de Polisse | Maïwenn Le Besco, 2011

        Bien es sabido que el séptimo arte no se ha conformado nunca con ser arte, dirigiéndose, de manera consciente, por parajes más agrestes como los de la dura realidad presente. De ahí el gusto de neorrealistas y sus herederos del free cinema por plasmar lo que el ojo humano ve a su alrededor, la simple monitorización de lo cotidiano, sin intención alguna de presentar una épica o un discurso subjetivo. En la actualidad, el “savoir-faire” de ciertos cineastas continuadores de aquellos se ha decantado por representar la lucha por los derechos humanos, por desentrañar las injusticias, por incitar al espectador, por remover algo en él. El máximo exponente de esta suerte de cine en Francia, Bertrand Tavernier, muy probablemente el referente de muchos directores compatriotas como Laurent Cantet o Maïwenn Le Besco, ya nos habló en su cinta Ley 627, cine policíaco (que no noir) y de denuncia social a modo de documental, de las vicisitudes del día a día de una unidad de estupefacientes de una comisaría de París. Le Besco parece querer añadir algo más a esa historia para complementarla, porque quizá considera aún no se ha contado todo acerca de los cuerpos de seguridad del estado galo, porque merece la pena contar más. De ahí que la directora de El baile de las actrices (2009) quiera trazar la rutina de un departamento en la capital francesa especializado en menores y en todo lo que esto implica: abusos, explotación, maltrato, violaciones y un sinfín de miserias humanas que pasan cada día por las oficinas de la policía. Sin embargo, no permite que estas desgracias inunden todo el metraje. De esta forma, evita caer en melodramas o en violencia explícita que pretendan impresionar profundamente por la dureza de lo representado, si bien ésta sigue intacta, solo aliviada por momentos gracias a ciertos instantes de comicidad que amainan las turbulencias de la tormenta.

    por Anónimo
    marzo 16, 2013

    CRÍTICA | POLISSE

    por Anónimo | marzo 16, 2013
    Habemus Papam
    LOS PAPAS DEBEN ESTAR LOCOS
    crítica de Habemus Papam | Nanni Moretti, 2011

         La actualidad manda y, ante la sorpresiva dimisión de Joseph Ratzinger (Benedicto XVI) como jefe supremo de la Iglesia católica y el reciente nombramiento del nuevo Papa Francisco I, me parece un buen momento para recuperar esta película italiana de Nanni Moretti, vista en Cannes 2011 y ganadora de 3 Premios David di Donatello, de un total de 15 nominaciones. El personal director (e intérprete) de la Caro Diario Diario (1993), Abril (1998) y La habitación del hijo (2001) –su obra maestra, un drama desgarrador sobre la pérdida de un hijo–, filma una comedia bastante menor en su filmografía, una sátira que comienza con la fumata blanca que indica que un nuevo Papa ha sido recién elegido en el Cónclave por los cardenales para representar a la Iglesia, tras la muerte de Juan Pablo II. El problema surgirá cuando el pobre hombre sufra un ataque de pánico ante tal responsabilidad, que hará que se niegue a salir al balcón para saludar a los miles de fieles que esperan en la Plaza de San Pedro. Los cardenales, desconcertados y superados por la anómala situación, recurrirán a los servicios del mejor psicoanalista del país para que ayude a Melville, que así se llama el aterrorizado nuevo Papa. Mientras dure esta recuperación de su crisis de ansiedad (y de fe), cardenales y doctor deberán permanecer encerrados entre las cuatro paredes de la Basílica, incomunicados con un mundo exterior que no se explica la falta de noticias sobre su nuevo jefe de la Iglesia.

    por José Martín León
    marzo 15, 2013

    CRÍTICA | HABEMUS PAPAM

    por José Martín León | marzo 15, 2013
    Érase una vez en Anatolia
    DESTRIPANDO LA NATURALEZA HUMANA
    crítica de Érase una vez en Anatolia | Bir Zamanlar Anadolu'da, Nuri Bilge Ceylan, 2011)

        De vez en cuando surgen películas con vocación de obras totales, aunque a menudo su distribución se vea limitada al circuito festivalero y a las pantallas alternativas. Hace un par de años se produjeron algunos ejemplos de este tipo de obras, siendo el más reconocible el de El árbol de la vida (Terrence Malick, 2011), ganadora de una tan discutida como merecida y lógica Palma de Oro en el festival de Cannes correspondiente. Pero esa edición de la Croisette acogió y premió otra película de altas pretensiones y profundo calado, aunque disimulados bajo una apariencia más sobria e intimista. Hablamos de Érase una vez en Anatolia (Bir Zamanlar Anadolu'da, 2011), un largometraje de dos horas y media de duración cuyo propio título invita a la prosopopeya fabulesca, y con el que el reconocido cineasta turco Nuri Bilge Ceylan se hizo con el Gran Premio del Jurado, quizás un premio paradójicamente pequeño si prestamos oídos a los que vaticinaban que Ceylan se podía llevar el premio gordo, aunque solo fuese por insistencia (pues ésta era su cuarta participación en la sección oficial de Cannes, sin irse nunca de vacío).

    por Ignacio Navarro
    marzo 09, 2013

    CRÍTICA | ÉRASE UNA VEZ EN ANATOLIA

    por Ignacio Navarro | marzo 09, 2013
    Les neiges du Kilimandjaro
    Vuelta a la Costa Azul francesa en Les neiges du Kilimandjaro de Robert Guédiguian.
    LAS NIEVES DEL KILIMANJARO
    (Les neiges du Kilimandjaro, Robert Guédiguian, Francia, 2011) – El Periódico Extremadura

    LA HONRADEZ PROLETARIA


    Equiparable al británico Ken Loach, Guédiguian derrocha elegancia, sutileza y, sobre todo, mucho corazón en esta fábula sobre un honrado sindicalista de ideal vida familiar que varía su perspectiva tras un desagradable incidente. Una historia que conmueve de inicio porque resulta tan fidedigna y creíble para el espectador que éste sentirá que todo pudiera estar pasando dos manzanas más abajo de su domicilio. Las formidables interpretaciones de Jean-Pierre Darroussin y Ariane Ascaride – amigos y habituales del cineasta marsellés – rebosan sinceridad y aplomo, alejándose del cliché habitual del cine proletario. Ellos representan el alma de un largometraje destinado a convertirse en un referente del género.

    por Emilio M. Luna
    junio 09, 2012

    LAS NIEVES DEL KILIMANJARO (R.GUÉDIGUIAN, 2011)

    por Emilio M. Luna | junio 09, 2012

    MISS BALA (GERARDO NARANJO, 2011)

    por Emilio M. Luna | junio 08, 2012
    We Need to talk about Kevin posterANATOMÍA DEL MAL

    Cuentan los estudiosos de la psicología que existen dos tipos de encarnación del mal: la adquirida y la congénita. Esta segunda comprende a todos aquellos que desprecian la vida, que desean un dolor lento y agudo a sus semejantes, o sea al conjunto de la humanidad. Para los primeros hay posibilidad de reinserción, ya que ese sufrimiento que han inflingido de manera casual, fruto de una situación extrema generada por la tensión y los problemas que arrastran, está reflejado en la –suponemos– infinita lista de pecados que abraza el paraguas de la redención. El problema, obviamente, reside en saber identificar el Mal (con mayúsculas, ese del que siempre han hablado los artistas más profundos y geniales, voces autorizadas para teorizar sobre lo divino y humano). No debería haber margen de error cuando se trata de poner freno a una enfermedad que no hace desgraciado al enfermo, sino todo lo contrario: exalta unos valores enraizados desde el útero, donde esa futura personita se hará lo suficientemente grande como para sobrevivir a las inclemencias de la jungla, con dos roles a interpretar: presa o depredador. Básicamente, esta es la premisa de Tenemos que hablar de Kevin (We Need to Talk About Kevin, Lynne Ramsey, 2011), un filme que cuenta la historia de una familia cuyo hijo martiriza permanentemente a su madre, focalizando su ira en ella, despreciándola sin descanso, cosa que no hace con su padre, al que ofrece un trato cariñoso que contrasta con las miradas de odio que le dedica a la mujer que le ha parido.

    Adaptación de la novela homónima de Lionel Shriver, la cinta es un muestrario visual que se apoya en la aridez de un guión que arranca con pesar y lentitud, sin generar demasiado interés, e incluso llegando a irritar por su minimalismo escénico. Y es que, Lynne Ramsay, una cineasta con cierto talento a la hora de radiografiar la psique, presenta –mediante un implacable uso del montaje formal, es decir, uniendo planos cuya forma, sonido y color son parecidos, para crear un sentido dramático– su relato y sus personajes con frialdad y (demasiada) distancia: Tilda Swinton (la madre) es una estatua a merced del paso del tiempo, desde que aparece en mitad de una tomatina (sí, esa tradición consistente en desperdiciar toneladas de tomates mientras te bañas en su jugo como un cerdo en sus excrementos) para traer una metáfora pretendidamente sanguinolenta, hasta que cruza esa cortina blanca que nos enseñan nada más empezar y que reaparecerá más tarde. Los primeros veinte minutos de película son tediosos, pero afortunadamente Tenemos que hablar de Kevin (gracias a la estimable mano de Ramsay) revela muchos estratos distinguibles: el principal sitúa a ese demonio -interpretado por Ezra Miller- como distorsión de una realidad desoladora, que engulle a sus habitantes, que los devora porque sí, porque no hay esperanza. Al fin y al cabo, el odio –y la confusión– que proyecta con el injustificado enfoque y desenfoque de la imagen, es una patología común.

    Tilda Swinton, We Need to Talk About Kevin
    Tilda Swinton en Necesitamos hablar de Kevin (We Need to Talk about Kevin, Lynne Ramsay, 2011)
    El ambiente abyecto que se respira no ayuda a empatizar con los personajes (ni siquiera el padre, un John C.Reilly acostumbrado a brillar con luz propia). No hay contrastes y, por tanto, cualquier pulsión violenta impacta menos de lo que debiera: sabemos que debe de ser muy duro recibir un maltrato incesante por parte de la persona que más quieres, pero si antes de que ésta llegara no había luz en tu vida, ¿cómo pretendes que me compadezca de tu desgracia? Afortunadamente, el trabajo de Tilda Swinton es soberbio y casi logra que me sienta comprometido con lo que me cuentan. Pero su forma es pretenciosa, encuentros desagradables (en el peor sentido), muchos planos, cuando ese Damien adolescente mastica con fuerza en plano detalle; también cuando subrayan la sangre a través de la simbología del rojo, un leitmotiv que cansa. Seguro que la directora lo encuentra muy potente y justificado y perturbador. A mí no me transmite inquietud. Sólo encuentro plausible otro plano detalle en el que la pupila del chaval refleja una diana y la cámara se acerca lentamente para que desaparezca la pupila y la diana nos diga, probablemente, que el fin está cerca, que habrá matanza.

    Ezra Miller and Tilda Swinton
    Ezra Miller & Tilda Swinton en We Need to Talk about Kevin (Lynne Ramsay, Reino Unido, 2011)
    Los espectadores pronto intuirán que para ella lo de tener hijos es una carga. Se queja (o no, porque parece muda), pero no transmite credibilidad. Su hijo, con apenas siete años, se ríe de su trabajo, le dice que “es ridículo” (en la sinopsis hacen referencia a que trabaja escribiendo guías de viaje. Y digo en la sinopsis porque durante el filme no me queda claro si trabaja en la industria editorial, o si acaba de salir de un centro de desintoxicación), y se caga en el pañal y ella se lo cambia. A continuación, él esboza una sonrisa maquiavélica y se provoca un segundo apretón. Pega sándwiches de mermelada en la mesa y colecciona virus. Cosas así. Entretanto, el padre hace uso del cliché del thriller psicológico más ramplón: “Es sólo un niño (…) Creo que necesitas ayuda”. O sea, convendría que visitaras a un especialista. Así con todo, tienen otra hija. Y el niño, con sus pintas de emo o tonto a secas, no la quiere. Es muy malo. Se masturba. Y, sin embargo, conviene analizar el reverso de esta película, pues se trata de un joven psicópata, maligno, peligroso, imprevisible, cínico, narcisista, quizá superdotado, asocial, manipulador, indolente, sombrío. Como decía antes, Tenemos que hablar de Kevin posee varios niveles de interpretación. Lo malo es que oscila constantemente entre lo notable y lo inverosímil.

    Separador
    Imdb We Need to Talk About KevinPor Juan José Ontiveros

    Leo, escribo, a veces pienso.
    El cine es totalmente subjetivo.
    Decía Hitchcock que "son 400 butacas que llenar".
    En esas butacas, además, puedes ver clásicos como Johnny Guitar.

    Edición por Emilio Luna
    Special Message from Johnny Lang

    Separador
    por Anónimo
    marzo 18, 2012

    WE NEED TO TALK ABOUT KEVIN (LYNNE RAMSAY, 2011)

    por Anónimo | marzo 18, 2012

    Estrenos

    Lady Nazca

    Circuito

    la residencia
    PUBLICIDAD
    FestivalScope
    PUBLICIDAD

    Streaming

    Suscripción