El pequeño Norman
crítica ★★★ de Norman: El hombre que lo conseguía todo (Norman: The Moderate Rise and Tragic Fall of a New York Fixer, Joseph Cedar, 2016).
Hoy en día las grandes ciudades dan para mucho, obviedad que se constata entre otras dimensiones y en lo que aquí nos interesa en las posibilidades laborales de sus habitantes. Lejos queda el ideal metropolitano que imaginaron pioneros de la sociología (para lo cual nos podemos remontar incluso a la
polis griega que querían estructurar Platón o Aristóteles) o de la ciencia ficción (en este sentido ya con clásico cinematográfico incluido en el
Metrópolis de Fritz Lang) donde cada ciudadano tendría una tarea predeterminada, en vistas a la consecución de un fin común. Ahora, sin olvidar el porcentaje de paro impuesto por la economía moderna, hay gente que subsiste con dedicaciones un tanto etéreas, con empleos ficticios o inmateriales, aprovechando las circunstancias que se le presentan y la gente de la que se rodea. Un caso extremo, no tanto por su desarrollo extravagante como por su escaso rendimiento, fue el que encarnó en nuestro país el apodado
pequeño Nicolás, un estudiante de Derecho con ínfulas de grandeza que llegó a codearse con la élite política nacional gracias a un estratagema urdido desde la contingencia, el fraude y la caradura. Un suceso
made in Spain que, al margen de sus múltiples derivaciones vecinas o lejanas, tendría su reflejo sofisticado y actualizado en el personaje que protagoniza la nueva película de Joseph Cedar,
Norman: El hombre que lo conseguía todo (Norman: The Moderate Rise and Tragic Fall of a New York Fixer), presentada el año pasado en el festival de Telluride y recién llegada a nuestra cartelera.
Obsérvese desde ya el engaño perpetrado por la traducción al español del subtítulo, coherente con la naturaleza a priori fraudulenta de la trama, pero no con las motivaciones y la evolución del tal Norman, mucho mejor identificado en el subtítulo original. En efecto, no estamos ante un ser omnipresente y todopoderoso, sino ante un peón anónimo a quien el destino tiene reservada la plasmación del subtipo de guion que se conoce como “ascenso y caída”, dividida para mayor concreción y agüero en cuatro capítulos con sus correspondientes rótulos. La narración adquiere pues desde su estructura el tono de una fábula, simbolizada en el regalo de unos zapatos que a duras penas este conseguidor judío le hace a un subsecretario israelí de visita en Nueva York, convertido en primer ministro tres años más tarde, cuando ambos vuelven a encontrarse para exteriorizar una supuesta amistad que sólo se comprende por la carencia de afectividad y lealtad de la que adolecen. Acompañamos entonces durante sus años de madurez a un héroe insospechado, sin más referencias familiares ni profesionales que el recuerdo de una hija quizá inexistente, una herencia mal administrada y la tarjeta que se apresura a entregar a todo el que pueda cogerla:
Oppenheimer Strategies – CEO & Founder. Es oportuna la redundancia del calificativo, acorde con el doble sentido que a su vez puede darse a esas “estrategias”. Y es que éstas, lejos de corresponderse con una oficina de consultoría, se improvisan literalmente en la calle en la que deambula este individuo, siempre ataviado de la misma forma, con chaqueta, mochila y gorra, hasta el accesorio de los auriculares en que registra incesantes llamadas a otros neoyorquinos de su presunto linaje. Lo cierto es que el inmudable vestuario y la falta de morada más allá su acogida a deshora en la iglesia de un rabino confirman que estamos ante un auténtico vagabundo, producto de la globalización y los desahucios.