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    Crítica | Michael

    Michael, de Markus Schleinzer

    UN INVENTARIO ORDINARIAMENTE NORMAL

    crítica de Michael | Markus Schleinzer, 2011

    El austríaco Markus Schleinzer, habitual colaborador de Michael Haneke, presentó su ópera prima, Michael, en la sección oficial de la 64ª edición de Cannes, en 2011. El hecho de haber sido el director de casting de Haneke, podría no ser más que un dato irrelevante, si acaso para situarlo en el mapa del cine europeo. Un breve apunte que da cuenta de sus referencias profesionales, en este caso prestigiosas. No obstante, no se cita en vano el nombre del autor de Funny Games (1997). Las razones son simples, ya que no solo existe una ligazón profesional entre ambos, sino también un vínculo estético y temático entre la pieza del alumno y las distintas obras del maestro. Un estilo calcado con resultados distintos. Amour (2012) fue aclamada y se alzó con la Palma de Oro a mejor película. Michael pasó con más pena que gloria y con menos estruendo del que se temía. Trata sobre el escabroso tema de la pederastia. Se cuenta una historia de secuestro, reclusión y abuso de un niño, de unos ocho años, por parte de un hombre superficialmente “normal”. El director austríaco hace constante hincapié en la “normalidad” del protagonista, en su cotidianeidad, en sus relaciones, en su trabajo.

    En la secuencia inicial, Michael llega a casa del trabajo. Calvo, entrado en la treintena, con gafas. Vestido con abrigo, jersey, camisa y corbata. Coloca la compra. Pone mesa para dos. A simple vista, lo que todos definiríamos en un cuestionario estándar, –debates psicológicos y terminológicos al margen- como un tipo normal. La mayoría de los psicópatas, asesinos, pedófilos, lucen como gente corriente. Inclusive suelen mantener una conducta educada. Después de que se haya cometido el crimen de turno, los telediarios, los más morbosos, suelen abrir con la típica vecina, entrada en años, ávida de parlamenta, apoyada en el marco del portal de su casa, que afirma que el autor de los hechos es una persona normal, simpática, que siempre tiene a bien saludar. Es así. Al menos para Schleinzer. La mayor parte de los psicópatas son gente corriente. Personas vulgares, que hacen una pausa en su condición, sin que luego sepan razonar su perturbación. Éste es el único mensaje que contiene la película: el hecho de que nuestro amigo, nuestro compañero de trabajo o nuestro vecino puede ser la persona más infame del mundo. No se trata de entender o repudiar, sino de ser conscientes de la maldad intrínseca en la vida secreta de las personas que nos rodean. Ahí termina toda reflexión. En Michael no se explican los porqués, las razones, los motivos de la enfermedad. No se justifica ni se sanciona. No se nos muestra al pedófilo como víctima - bien un entorno familiar desestructurado que marcó su infancia, o bien cuestiones deterministas que tienen que ver con ciertas predisposiciones genéticas que pesan más que las convenciones morales-. Tampoco se nos muestra el punto de vista del crío. Esto complica la identificación con los personajes y hace, ya de por sí lo es, más pasivo el papel del espectador, que no pasa de mero Gran Hermano, de observador de una retahíla de detalles ordinarios.

    Michael, de Markus Schleinzer

    La austeridad formal contribuye a generar este clima glacial, casi inhumano. Con escasez de movimientos de cámara, con planos largos y estáticos, con pocos diálogos, sumados a una economía de personajes que hacen de esta película un ejercicio bastante sobrio de cine minimalista. Fachada que no ayuda. Aspectos formales que constituyen la base de una película gélida hasta el escalofrío, que pretende evidenciar las miserias de una sociedad patética, víctima de la monotonía. Sin conseguirlo. La dirección tiene momentos de lustrosa corrección, y a pesar de la mediocridad del conjunto hay recursos narrativos utilizados de manera brillante y que denotan sutileza: las perspicaces elipsis que nos ahorran las violaciones, sin ocultarlas. De todas formas, el filme adolece de trechos absolutamente apáticos, irrelevantes, repetitivos si se quiere; y que no hacen más que evidenciar su condición de cortometraje alargado artificialmente. Lo que se cuenta en noventa minutos se puede contar en diez. Demasiado tiempo para una cinta carente de intensidad, sin sentido del suspense (aunque ese no sea su objetivo). Con escasas lecturas. Con un personaje odioso, no por su condición de enfermizo sodomita, que también, sino por su carácter anodino, su extraña propensión a los accidentes y su insólita vida familiar.

    Todo se me antoja innecesario en Michael. Incluso su propia existencia. Fracasa en su papel de agitadora de conciencias y cobra fuerza como un mero inventario de las relaciones y pormenores cotidianos de un degenerado. No emociona. No transmite. No funciona. Empieza a resultarme cansino este tipo de cine en manos de según qué directores. Cuando lo veo en Haneke me inspira genialidad, pero cuando lo veo en otros cineastas me resulta impostado. Da la sensación de que algunos temas responden a ciertas modas dentro del cine europeo, en alza dentro del circuito de festivales. No preocupa el calado o el poso que puedan tener. La originalidad parece ser un valor en decadencia en algunas filmografías, más obsesionadas por mostrarse asépticas que por hacer buen cine. No estaría de más películas con un carácter más pasional, habida cuenta de que el cine tiene mucho que ver con las emociones. ★★★★

    Andrés Tallón Castro.
    crítico de cine.

    Austria, 2011, Michael. Director: Markus Schleinzer. Guion: Markus Schleinzer. Productora: Nikolaus Geyrhalter Filmproduktion. Presentación: Cannes 2011. Fotografía: Gerald Kerkletz. Reparto: Michael Fuith, David Rauchenberger, Christine Kain, Ursula Strauss, Viktor Tremmel, Gisela Salcher.

    Michael, de Markus Schleinzer poster
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