LA SANGRE DE UN GUERRERO
crítica de Hara-kiri: Muerte de un samurái | Ichimei (Hara-kiri: Death of a Samurai), Takeshi Miike, 2011
Está arrodillado en el centro del patio de la casa. Un grupo de samuráis lo escolta a su alrededor. Tiene la mirada en la tierra, se apresta a hacer el sacrificio, pero antes pide que se le conceda su última petición. Al principio de todo, Hanshiro, un samurái del que desconocemos su pasado ha sido persuadido para que no cometa el “seppuku” o “hara-kiri”, un ritual suicida entre guerreros de su clase. A éste se le cuenta la historia de otro joven que con las mismas intenciones llegó a aquella residencia pidiendo se le concediera hacer el ritual, y el resultado no fue el mejor de todos. Desde tiempos milenarios existía como una práctica común entre los samuráis el acabar con su vida de una manera honrosa y honorable rechazando cualquier tipo de muerte natural ya sea por un delito o alguna falta. El hara-kiri podía darse por dos motivos principales, como una especie de recurso final para no caer en manos del enemigo, o como una forma de expiarse por la falta al código de honor. Este principio ha sido presentado perfectamente y llevado a la gran pantalla en 1962 con el filme Harakiri, de Masaki Kobayashi, un clásico japonés y de la cultura asiática en general que se convirtió en uno de los precursores del subgénero samurái. Casi cincuenta años después, Takashi Miike (13 asesinos, Llamada perdida), uno de los más prolíficos directores asiáticos, conocido por atreverse a explorar distintos géneros marcando pauta y estilo en cada uno de ellos, trae el remake “necesario” para las generaciones actuales.