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    Heartstone

    Nada dorado puede permanecer

    crítica ★★★★ de Heartstone (Hjartasteinn, Guðmundur Arnar Guðmundsson, Islandia, 2016).

    Nature's first green is gold,
    Her hardest hue to hold.
    Her early leaf's a flower;
    But only so an hour.
    Then the leaf subsides to leaf.
    So Eden sank to grief,
    So dawn goes down to day.
    Nothing gold can stay.

    Un servidor opina —temblor estremecedor mediante— que una de las historias de amistad adolescentes más hermosas de todos los tiempos es la que se da entre Ponyboy y Johnny en la película Rebeldes. Lo más interesante es que la autora de la novela en la que se basa apenas contaba con dieciocho años cuando fue publicada. Cuando intentamos comprender el alcance o la profundidad de los sentimientos que albergan al mundo adolescente, nada mejor que sentirlo cerca, en tiempo presente, incluso sin recurrir a ninguna nostalgia errónea o a la mitificación de recuerdos que alteren o sobre todo distancien la mirada del retrato. Esa historia terrible acerca de las emociones juveniles de un grupo de chicos de clases sociales desfavorecidas dolía más que ninguna otra principalmente por el marcado sufrimiento de sus personajes. El texto arriba citado corresponde al fragmento de un hermoso poema de Robert Frost que es recitado en uno de los más bellos instantes del metraje en boca de Ponyboy. El rostro del muchacho con la camisa algo abierta mirando perdido en el horizonte nos persigue desde entonces. La escena triste y desgarradora pero amueblada todavía de una esperanza abrumadora es filmada por Coppola y su director de fotografía en un romántico color dorado en homenaje a la paleta de colores usada en Lo que el viento se llevó. «Nada dorado puede permanecer», concluía; —podríamos perdernos en esa frase maravillosa— y, de esa forma, las palabras de Ponyboy resonaban intensas en la cabeza de su inseparable amigo Johnny.

    Sería absurdo equiparar, por una simple razón de contexto, origen o de tiempo, las cintas de temática adolescente de los ochenta, probablemente la edad dorada estadounidense del subgénero, con las últimas e interesantes historias de iniciación y despertar que hemos podido disfrutar, no solo desde Estados Unidos o Europa, sino especialmente desde lugares mucho más recónditos e inexplorados como Islandia. Heartstone, digamos de antemano que es una cinta más que soberbia sobre «el despertar», viene a continuar con la buena cosecha de esta cinematografía después de éxitos como Sparrows (Concha de Oro en Donostia Zinemaldia 2015). Valga de entrada que el territorio de referencias sustanciales a las que se enfrenta Heartstone solo pueden venir en primer término de la sensibilidad de cada espectador, y de las vivencias personales de cada uno de nosotros en relación directa con nuestra pubertad. Pocas, o quizás ninguna, traten de cerca temas tan reconocibles o naturales como lo hace Gudmundur Arnar Gudmundsson en su primer largometraje. El filme se centra en la historia de Thor y Christian, dos amigos que pasan su adolescencia en un pequeño pueblo pesquero islandés. La cotidianidad de sus vidas durante el verano nos va dibujando una difícil amistad, especialmente íntima y unida, que no es bien vista por los ojos de la cerrada e intolerante comunidad en la que habitan.

    por David Tejero Nogales
    noviembre 09, 2016

    Crítica | Heartstone

    por David Tejero Nogales | noviembre 09, 2016
    Sparrows

    Love will Tear Us Apart

    crítica de Sparrows (Þrestir, Rúnar Rúnarsson, Islandia, 2015).

    En la estética simetría con la que se describe la sintaxis fílmica del exordio de Sparrows, Rúnar Rúnarsson acierta a plasmar los perfiles decorativos de la bóveda de una iglesia como si fueran las líneas que nos guían hacia el punto de fuga de una composición pictórica, y que van a terminar en la cabeza del, todavía desconocido, protagonista: Ari, un adolescente con una voz prodigiosa que se sitúa en el centro de la imagen y de un coro eclesiástico. Armonía, proporción, pureza y fragilidad son las ideas que nos asaltan con este impecable arranque, términos que nos dan una pista del camino por el que discurrirá la película en su empeño de acercarse, introspectivamente, a la delicadeza de la mente en proceso madurativo cuando se rompe con esa simetría que pone orden a nuestra existencia. Una mudanza indeseada será el detonante que activará los mecanismos de mutabilidad del joven para convertirse en un adulto. Todavía sin ser consciente de ello, Ari se enfrenta con ese cambio residencial a un proceso de alienación mucho más profundo del que se imaginaba cuando su madre, con el aplomo de las grandes manipuladoras emocionales, le asegura que su vida, aunque comience a convivir con el borracho de su padre —por supuesto aquí son usados ciertos eufemismos tranquilizadores—, no sufrirá alteración alguna y, además, dispondrá de todo el verano para afrontar con tranquilidad el período de adaptación al nuevo entorno. Si la figura del padre recibe un serio golpe moral, al mostrar a un hombre alcoholizado incapaz de conectar con su hijo, o tan siquiera comprender el estrés al que se ve sometido, la imagen de la madre no corre mejor suerte pese a permanecer oculta en la casi la totalidad del filme. Su ausencia es precisamente la mayor de las críticas, pues ella se separó de ese dipsomaníaco incorregible con el afán de encontrar una vida mejor —nada reprochable ahí—, pero ahora condena a su propio hijo, antes de que pueda valerse por sí mismo, a esa miserable vida que ella tanto detestaba, por egoísmo, por amor, por una aventura peligrosa y excitante que esconde, en un conato altruista, el verdadero egocentrismo que prevalece de su acto humanitario, al sacrificar la comodidad y estabilidad de su vástago en pro de su realización personal. Una crítica que se verá más agravada cuando quede en el aire la posibilidad de que, la adicción a la bebida de Gunnar, puede ser la consecuencia, y no la causa, de ese divorcio.

    La tierra parece girar para todo el mundo menos para Ari quien, ya asentado en un pueblo rural del norte de Islandia, tiene que aceptar con estoicismo los desafortunados símiles esperanzadores, sobre la ausencia total de oscuridad, con los que todo el mundo parece querer disfrazar su afligida soledad. El guion nos sitúa en la celebración del solsticio de verano, donde una evocadora luz crepuscular, visible durante dos horas a partir de medianoche, será el único descanso que los habitantes islandeses obtengan de la plenitud lumínica del sol. Resulta evidente que el director aprovechará estas condiciones atmosféricas para filmar, con un claro protagonismo de la luz natural, los imponentes paisajes panorámicos del pintoresco país. Sin embargo, ni el más maravilloso de los enclaves rurales logrará mermar el anhelo de Ari por regresar a Reikiavik y, como era de esperar, sus nuevos amigos, no van a facilitar la aclimatación del adolescente a un entorno que cada vez le resulta más hostil. En este punto de completa desorientación, llega el punto primordial de su transformación y, ese mecanismo que se había activado previamente al inicio del filme, se verá espoleado por la intervención de una serie de factores que alterarán para siempre la percepción del protagonista y su visión de la vida. Como comentábamos, el primer paso se produjo por esa mudanza forzada, que suponía la ruptura con los lazos maternos, esa fase de desapego inevitable del seno protector bajo el que todos los animales se refugian hasta que la madre estima oportuno. Posteriormente llega la fase de duelo. Se produce una nueva ruptura, ahora con viejas ataduras y recuerdos del protagonista con su niño interior, creando un proceso de conmoción y dolor que será el desencadenante de nuevas reacciones emancipadoras como, por ejemplo, la ruptura del único vínculo familiar que le quedaba: la confrontación con su padre establece la aceptación del protagonista de su nuevo estatus social adulto, posición que se consolida gracias a una nueva pérdida, en este caso la de la inocencia virginal. El sexo es representado como un ritual iniciático en la vida del joven, una experiencia casi ceremonial con la que el protagonista se despide tácitamente de la etapa infantil. El hecho de ser tocado por una mujer, diferente a su propia madre, con lascivia, despierta, al mismo tiempo, una faceta de su personalidad que hasta entonces se encontraba dormida, o asustada. Ahora es capaz de plantar cara a otros machos de los que antes se escondía, más por ingenuidad infantil que por cobardía. Con una escena puramente felliniana, Rúnarsson culmina el ciclo adaptativo de su protagonista, ahora convertido en hombre, aunque todavía tendrá que hacer frente a la verdadera prueba de fuego: responsabilizarse de sus propias acciones.

    por Alberto Sáez Villarino
    septiembre 09, 2016

    Crítica | Sparrows

    por Alberto Sáez Villarino | septiembre 09, 2016
    Fúsi

    Anotaciones en torno a Corazón gigante (Fúsi, Dagur Kári, Islandia, 2015).

    La ola islandófila que ha desatado la Eurocopa nos ha dejado uno de los titulares más deliciosos del año en los tabloides británicos: Inglaterra, eliminada por el país que tiene más volcanes que futbolistas. O el doble de ovejas que de habitantes. Son carne de curiosidades exóticas, pero si se piensa en términos plásticos, se puede adivinar fácilmente una de las constantes estéticas del cine islandés: la querencia por el gran plano general de paisajes casi desérticos. Lo es, desde luego, en el puñado de películas islandesas de los últimos años que, con su éxito festivalero (ver anexo), han desatado un mini-boom de la filmografía más norteña de Europa. De caballos y de hombres (2013), Metalhead (2013), Paris of the North (2014) Rams (2015) y Sparrows (2015) no se resisten a los encuadres de parajes naturales que enmarcan a las casi imperceptibles marcas de presencia humana. Es más, la ambientación en ámbitos rurales y remotos que las cinco películas comparten incide en una llamativa peculiaridad: este cine islandés es una de las más claras apuestas actuales de la cinematografía europea por las historias de corte humanista desde una perspectiva intimista, pese a que su paisajismo sea el menos antropocéntrico de todo el viejo continente. En algunos casos, este contraste juega un papel argumental de primera línea: el entorno natural hostil como obstáculo para el avance de los protagonistas (De caballos y de hombres) o como una fuerza epifánica que interviene en sus vidas (como sucede en el desenlace de Rams). Pero en todas las cintas señaladas, además, la presencia de una naturaleza sin amansar opera como fuerza condicionante previa al relato que traslada el aislamiento geográfico de la propia Islandia a un aislamiento interior en sus personajes, a menudo fuente del conflicto dramático. De este modo, por ejemplo, las tramas de crecimiento adolescente (eje central de Metalhead y Sparrows) encajan muy bien en estas coordenadas, ya que al componente de introversión dolorida propio de estas edades se une el aislamiento paisajístico.

    Centrándonos ya en Fúsi (Corazón gigante, si prefieren el título más bien melindroso que le han añadido en España), existe en ella un primer elemento discordante respecto al resto de cintas reseñadas. Su ambientación urbana. La peripecia del gigantón Fúsi transcurre en una Reikiavik gélida y desangelada, cuyo tratamiento visual se nutre de las contraposiciones entre interiores y exteriores, entre los cuales median las ventanas congeladas de casas y coches. Con lo cual, el aislamiento queda igual de connotado que en las anteriores películas, si bien con recursos expresivos distintos a la omnipresencia de la naturaleza salvaje. Ya los dos primeros planos que abren Fúsi funcionan como cogollo de toda esta cuestión del aislamiento interno y externo. En el primero, nuestro protagonista (que trabaja en el aeropuerto) conduce su vehículo de carga en una disposición de evidente solipsismo: el exterior de las ventanas del vehículo está sobreexpuesto de modo que no se distinguen sus formas, y el propio Fúsi tiene puestos unos cascos en los oídos. Su capacidad sensorial para percibir lo que le rodea, pues, está anulada. El segundo es un gran plano general picado de la pista de aterrizaje vacía, surcada por el vehículo de Fúsi cuyo movimiento ocupa una mínima parte del encuadre. La imagen remite a esos planos descriptivos de las películas antes citadas, en las que un encuadre amplio de la naturaleza denota la pequeñez de lo humano. Pero en este caso, el escenario escogido es a priori antípoda. Se trata de un aeropuerto, el lugar más capacitado para transportar a las personas a cualquier parte del mundo. Precisamente el ejercicio de redefinición de este escenario que propone Dagur Kári es uno de los tropos más efectivos que encuentra la cinta: la adición a un significante connotativo de movimiento y apertura al exterior (el aeropuerto) de una serie de nuevos significados opuestos de origen tanto plástico (planos como los mencionados) como verbales (Fúsi comenta poco después que, pese a trabajar en el aeropuerto, no ha cogido un avión en su vida). Un ejercicio de redefinición que resulta además muy expresivo por lo que tiene de recurrente, dado que el motivo de los aviones intervendrá después en varios momentos clave de la película.

    por Miguel Muñoz Garnica
    julio 25, 2016

    «Islands in the stream». Fúsi y el nuevo cine islandés

    por Miguel Muñoz Garnica | julio 25, 2016

    El 2015 ha sido un gran año para el cine en Islandia. Premios en Cannes, Tribeca, Zúrich, Valladolid o San Sebastián certifican el gran momento que vive la otrora hermana menor del cine escandinavo. Con este panorama, sus premios anuales se presentaban muy atractivos; con un triple duelo entre Sparrows, Rams y Virgin Mountain, sus estandartes del ya cerrado curso cinematográfico. Finalmente, y con arrase, apenas hubo competición. El segundo filme de Grímur Hákonarson, Rams, se alzó como la gran triunfadora de la noche, dejando sin opciones ni galardones a las cintas de Rúnar Rúnarsson y Dagur Kári. Hasta 11 estatuillas se llevó esta historia ambientada en el noroeste del país y que se estrenó en España hace unos meses gracias a Karma Films. Precisamente, pendiente de estreno están las dos películas nombradas que tuvieron que conformarse con ser un convidado de piedra. Tanto Sparrows como Virgin Mountain llegarán a finales de la primavera a nuestra cartelera gracias a Surtsey Films.

    Mejor película: Rams de Grímur Hákonarson.
    Mejor director: Grímur Hákonarson por Rams.
    Mejor actor: Siðurdur Sigurjónsson por Rams.
    Mejor actor secundario: Theodór Júlíusson por Rams.
    Mejor actriz: Steinunn Ólína Thorsteinsdóttir por Case: Ritual of Abduction.
    Mejor actriz secundaria: Birna Rún Eiríksdóttir por Case: Ritual of Abduction.
    Mejor guion: Grímur Hákonarson por Rams.
    Mejor fotografía: Sturla Brandth Grøvlen por Rams.
    Mejor montaje: Kristján Loðmfjörð por Rams.
    Mejor música original: Jóhann Jóhannsson, Hildur Guðnadóttir & Rutger Hoedemækers por Trapped.
    Mejores efectos visuales: Sigurjón F Garðarsson, Daði Einarsson & RVX por Trapped.
    Mejor diseño de vestuario: Margrét Einarsdóttir & Ólöf Benediktsdóttir por Rams.
    Mejor maquillaje y peluquería: Kristín Júlla Kristjánsdóttir por Rams.
    Mejor diseño de sonido: Huldar Freyr Arnarson & Björn Viktorsson por Rams.
    Mejor diseño de producción: Bjarni Massi Sigurbjörnsson por Rams.
    Mejor documental: What’s So Remarkable About It? de Hakka Kristín Einarsdóttir.
    Mejor cortometraje: Rainbow Party de Eva Sigurdardóttir.
    Mejor ficción televisiva: Trapped de Baltasar Kormákur.
    Edda Honorífico: Ragna Fossberg (maquilladora).

    Listado de nominaciones.
    por Emilio M. Luna
    marzo 06, 2016

    'Rams, el valle de los carneros' ganadora de los Edda Awards, los premios del cine islandés

    por Emilio M. Luna | marzo 06, 2016
    Dagur Kári

    «Lo que es fascinante de Islandia es que si miras las estadísticas nada debería ser posible, pero a pesar de ello es un país en donde sientes que todo es posible. Hago música, cine… Hay esa especie de energía creativa que hace que la gente no se detenga ante nada, sino que hagan que ocurra. Y eso es algo especial de Islandia».


    Salvo que sean acérrimos cinéfilos lo más probable es que su nombre les resulte completamente desconocido y, sin embargo, este joven islandés (nacido en Paris) ha firmado la que está siendo, en su extenso y prestigioso recorrido, una de las revelaciones del año: Fúsi, Virgin Mountain, galardonada en la recién concluida Seminci con el premio a Mejor Actor. Una obra emocional, dulce y cuidada que confirma un talento por el que apostó Gijón en sus dos primeros filmes. Realizamos la entrevista en los sofás de la cafetería del hotel en el que se hospeda, como el personaje de su película en un primer momento se muestra algo tímido, pero extremadamente amable y receptivo. Una vez concluida esta, salimos afuera a tomar algunas fotos, y su curiosidad acerca de la ciudad, de la que poco más ha visto aparte de la sala de prensa y su habitación de hotel provoca que nos intercambiemos el rol de preguntador y fluya una conversación natural no tan anclada a los rigores y papeles que se crean en el momento en el que se enciende la grabadora.

    Me gustaría empezar felicitándote por la película, me parece muy emocionante y conmovedora, y con un humor muy inteligente, aunque algo negro algunas veces. Me gustaría saber cómo concebiste el tono de la película, ¿cuál era tu idea para fijarlo?

    Creo que eso es algo que he explorado en todos mis filmes, la relación entre humor y tragedia. Me fascina ese cóctel, porque normalmente las películas o son serias o son cómicas. Disfruto mucho de las comedias, pero cuando salgo del cine me siento algo vacío, siento que la vida no ha sido representada en su totalidad. Y eso mismo me pasa con los dramas, no me llegan si no tienen humor. He decidido tomar los dos elementos, ambos importantes. El humor es algo muy importante para mí, también creo que es fascinante y algo que es único del cine es que en una película de noventa minutos puedes tanto llorar como reír. Me gusta poner al público en un proceso que es tanto divertido como triste.

    Y, en ese sentido, cuando estás en el proceso de montaje, ¿no te parece complicado? A la hora de jugar con este tipo de humor a veces algo agresivo, ¿no es difícil que surjan dificultades y miedos de cruzar la línea del mal gusto?

    Cuando ves la película parece que no es difícil, pero es extremadamente complicado encontrar el balance correcto entre el humor y la tragedia. Porque, como dices, el humor tiene que parar cuando en teoría tienes que sentirte triste. Es como andar por una línea muy estrecha. Muy complicado, y siempre me lleva mucho tiempo editar debido a ese balance. Esta película me llevó dos años de edición, incluso volví a filmar algunas partes.

    ¿Y cuánto te llevó escribirlo?

    Unos dos años.

    por Unknown
    noviembre 02, 2015

    Entrevista | Dagur Kári, director de 'Virgin Mountain'

    por Unknown | noviembre 02, 2015

    Drama literal

    crítica de Life in a Fishbowl (Vonarstræti, Baldvin Zophoníasson, 2014).

    El Atlántida Film Fest, que cada año organiza la plataforma de cine online Filmin, constituye una cita casi obligada para los espectadores más cinéfilos, al reunir películas que no suelen estrenarse en nuestras fronteras pero que han pasado por varios festivales internacionales, dando así fe de su presumible calidad. Es una oportunidad casi única para ver otro tipo de cine, proveniente de industrias a menudo marginales y tratando de temas más bien oscuros o heterodoxos, permitiéndonos así extender nada menos que nuestra visión del séptimo arte. Un ejemplo a priori representativo en este marco sería el de Life in a Fishbowl, una de las cintas que compiten en la Sección Oficial del mencionado certamen, pues se trata de una producción íntegramente islandesa, país de cuya cinematografía poco o nada sabemos. La singularidad de la propuesta, sin embargo, no va mucho más allá en este caso, porque estamos ante un drama de historias cruzadas que, valga la coincidencia, recuerda en parte a una película que sí llegó hace poco a nuestra cartelera, aunque su paso en ella fue discreto: En tercera persona (Third Person, Paul Haggis, 2013). En ella un escritor proyectaba su depresión en su obra, experimentándola a través de otros personajes, y en concreto el trauma consistía en que su hijo se había ahogado hace un tiempo. El protagonista aparecía a la vez como narrador y artífice del relato, el cual se desdoblaba en tres focos de atención que iban alimentando progresivamente el conflicto principal.

    Pues bien, en la cinta de Zophoníasson que aquí reseñamos, también asistimos a un total de tres historias, una de las cuales vuelve a tener como protagonista a un escritor (Þorsteinn Bachmann) cuya hija ha muerto ahogada hace unos años. Y en lo que respecta a este personaje, de nuevo, puede interpretarse que es quien hila las otras dos tramas, pues en un momento temprano del metraje presenta un libro a su editor que lleva por título el de la propia película, anunciando así su tono autobiográfico. Con todo, en principio y por definición las otras dos partes aparecen desconectadas de la primera, centrada una en la convivencia de una joven madre soltera (Hera Hilmar) y su hija, y otra en los problemas matrimoniales y laborales de un banquero (Thor Kristjansson). El primer y segundo segmento enseguida se enlazan, pues en esa chica encuentra el novelista un apoyo moral y sentimental, intentando salir del pozo de alcoholismo y soledad en que se encuentra. Y, además, la mujer arrastra igualmente un trauma de infancia, por lo que el apoyo es recíproco. La tercera historia en cambio se une a las anteriores más tarde y de forma un tanto caprichosa, tanto por la relación puntual que se establece entre su protagonista y la madre como entre aquel y el escritor. En cualquier caso, el fresco es revelador del estado de impasse general en que se hallan sus respectivos personajes y, a través de ellos, un pueblo islandés de parcial deserción económica y alienación social. A tal efecto son idóneos la atmósfera gélida propiciada por el clima y la naturaleza y el enclave lánguido de la ciudad residencial para retratar, a través de una mirada fría pero también empática, ese estado de desánimo colectivo.

    por Ignacio Navarro
    junio 13, 2015

    Crítica | Life in a fishbowl

    por Ignacio Navarro | junio 13, 2015

    Canciones que drenan el alma

    crítica de Metalhead | Málmhaus, dirigida por Ragnar Bragason, 2014 | ★★★★ |

    Ad ganga med bok I maganum. En castellano, el significado de esta frase islandesa es: Todo el mundo da a luz a un libro. Y es que este país oscuro y magnético del noroeste europeo con una población de algo más de 300.000 habitantes ostenta el mérito de tener mayor número de escritores, obras publicadas y libros leídos per cápita que cualquier otra nación del planeta. Aunque el séptimo arte no tenga en sus fronteras tanta cabida como las historias contadas en formato papel, de vez en cuando nos encontramos de frente con alguna joya cinematográfica como Málmhaus (Metalhead). Esta obra, cuarto filme acuñado por Ragnar Bragason, nos arrastra con fuerza y sordidez a la vida de una joven chica de un complejo granjero a las afueras de Reikiavik. Hera Karlsdóttir vive desde su infancia cargando con la pesada losa de la muerte de su hermano Baldur, a causa de un trágico accidente de tractor cuando éste contaba sólo con doce años. Un hecho que ha trascendido en el círculo familiar instaurando silencios cortantes y una sensación de angustia perpetua cada vez que entran a la habitación del chaval, intacta desde su fallecimiento y repleta de posters de grupos heavymetaleros. Precisamente, en torno al nacimiento de Hera, surgía en 1970 Black Sabbath, una de las bandas que marcarían el gusto musical del joven Baldur, cuyos vinilos siguen sonando, todavía, una década más tarde en los altavoces de su hermana. La fiebre del rock and roll corre por las venas de Hera, que compone canciones desgarradoras e inyectadas de adrenalina, guerra y rabia, toca la guitarra eléctrica y vive permanentemente con los cascos puestos y el walkman subordinado al encanto de Judas Priest, Iron Maiden y el resto de grandes estrellas del heavy metal del momento. Nunca recuperada del trauma de la desaparición de su hermano, Hera sufre varios problemas de conducta y arrebatos de ira, no puede comprender su existencia sin música y tiene una relación distante y gélida con sus padres, dedicados de forma casi espartana a la producción ganadera.

    Las atmósfera espesa que determina todo el transcurso de Málmhaus desde su comienzo hasta su final es un reflejo fiel de los pensamientos que surcan la cabeza de su controvertida protagonista, una chica agotada capaz de agotar por momentos al propio espectador, puesto que en muchas ocasiones se siente demasiado incomprendida de puertas para afuera y de puertas para dentro de su cuerpo. Sensibilidad y rudeza, autodestrucción y autosuperación, riffs y lágrimas son los dos hemisferios que dominan el día a día de Hera, concentrada en componer, desgañitarse y evadirse, sin atreverse a emigrar a la ciudad en busca de algún trabajo decente, con desgana absoluta ante la socialización y escasas convicciones católicas. Hera siente que Dios le debe algo que no puede devolverle (dilemas que conducen a su amistad con el nuevo cura del pueblo), y el lastre de sus recuerdos de infancia es el causante de tantas cuentas pendientes con el pasado y esa incertidumbre pastosa y paralizante que parece experimentar hacia el futuro. También abundan los conflictos amorosos y la iniciación sexual pertinente de una adolescencia tardía, de por si más extraña que la del resto de jóvenes de su quinta. Para contarnos las secuelas de la pérdida de un ser querido, las fases de liberación paulatina del dolor, y la inadaptación de una rebelde que intenta combatir la muerte con rock, y sobrevivir con la cara pintarrajeada, como un payaso triste resistente a claudicar, Bragason apuesta por una actriz de interpretación convincente y carismática como Ingvar Effert, capaz de comunicar huida, agresividad, derrota y pasión. El contraste entre la banda sonora repleta de piezas archiconocidas del heavy metal clásico y los silencios envueltos en nieve blanca, parajes estáticos o interiores claustrofóbicos como la habitación de Baldur obtiene como resultado una estética densa, azulada e inquietante, parca en colores pero rica en expresividad.

    por Anónimo
    septiembre 13, 2014

    Crítica | Metalhead (Málmhaus)

    por Anónimo | septiembre 13, 2014
    The Deep

    Horror en un mar poco profundo

    crítica de The Deep (Lo profundo) | Djúpið, de Baltasar Kormákur, 2012

    La enésima producción sobre la supervivencia tiene origen islandés y se titula The deep, una obra sencilla sobre la batalla que un sujeto muy especial, víctima del hundimiento de su barco pesquero, libra contra las adversas condiciones meteorológicas y contra un mar helado y despiadado. El "cine de supervivientes" va ganando peso con el paso del tiempo y cuenta con un número de ejemplares que va acrecentándose año tras año. En la actualidad, es común que se proyecten simultáneamente dos producciones sobre hombres que se enfrentan al peligro contra su voluntad, por obra del destino y la fatalidad. También es común que prestigiosos directores, como Danny Boyle (para mencionar la popular 127 horas), lleven adelante proyectos de estas características. Es un tipo de producción que da al cine una nueva función: la de servir al espectador como una religión, como algo en lo que se puede creer o no. Cuando los personajes se enfrentan con la muerte, y sobre todas las cosas cuando consiguen esquivarla, burlarla o postergarla, los espectadores (testigos) comienzan a analizar el acontecimiento en función de lo que consideran o no real. Algunos se dejarán llevar por la fe, elogiarán una experiencia religiosa y determinarán que lo ocurrido es, en efecto, real. Otros escépticos, por el contrario, pensarán que hay en la leyenda una dosis bastante grande de exageración, propia de toda anécdota protagonizada por un hombre que se codea con los héroes por sus virtudes. Lo cierto, es que The deep da inicio a su propia historia con la advertencia de que ese personaje, en realidad, está inspirado en otro que ha existido. Por ello, la veracidad (o no) de lo que se narra adquiere cierto “protagonismo”, acaba volviéndose un punto de apoyo para el filme, y quizá el único.

    Pero si de sobrevivir se trata, más allá de toda discrepancia que la crítica pueda llegar a tener alrededor de numerosas cuestiones, es difícil que no esté de acuerdo en que una película no puede sostenerse únicamente como leyenda destinada a ser aceptada o rechazada por los espectadores. Sería tonto pensar que hay artistas que esbozan una obra con el propósito de dividir a la audiencia. Mucho más tonto es que los artistas efectivamente lo hagan. Toda obra de arte, desde el momento en que se hace pública, queda sujeta a la interpretación de quienes la contemplan. Y de esta interpretación se sobreentiende, claro, la negación y el rechazo producto de la falta de credibilidad, entre otras cosas. Pero esas obras de arte tienen, además, otro fin. No importa cual sea, pero sí importa que exista. La deliberada finalidad es la que puede convertir una expresión ininteligible en un gesto milagroso. Y aun cuando esa finalidad sea el mero entretenimiento, al modo que lo presenta la industria cinematográfica de países como Estados Unidos, basta para no enterrar al filme en tierra de nadie.

    por Anónimo
    diciembre 21, 2013

    Crítica | The Deep (Djúpið)

    por Anónimo | diciembre 21, 2013
    Xl, de Marteinn Thorsson

    CUANDO AL VICIO LE FALTA ADICCIÓN

    crítica de XL | Marteinn Thorsson, 2013

    48º Festival de Karlovy Vary

    Cabe pensar que casi todas las crisis a gran escala, aquellas que afectan a toda una estructura de producción o de conocimiento, parten del comportamiento irresponsable de un puñado de hombres, un grupo reducido inexplicablemente colocado en la cúspide del proceso de toma de decisiones. Lo inexplicable no es que sean tales individuos los que puedan chascar los dedos o apuntar con el pulgar hacia abajo y revertir de una forma tan gráfica y rápida el rumbo de toda una sociedad, pues resulta ingenuo y desafortunado dudar de sus competencias y poner en cuestión su formación. Además, aunque esto suene aún más ingenuo, son humanos y pueden equivocarse. Lo más extraño a primera vista es que sean unos pocos los que determinen la existencia de la más amplia mayoría, aunque el hecho de que sean pocos precisamente aumenta el riesgo de que se equivoquen y se critique su forma de hacer las cosas. Dejando de lado las cuestiones tanto teóricas como prácticas sobre las que se ha filosofeado durante siglos en temas de representación y crecimiento, en realidad su responsabilidad a menudo se puede generalizar. Unos cuantos gobernantes y directivos no son plenamente responsables de nuestras necesidades, sino que por definición, en una democracia liberal, nosotros también podemos elegir y hacerlo mejor o peor. Este discurso escandalosamente simplificado no pretende sino contextualizar la relevancia social y política que puede tener una película como XL, título que en principio no trata sobre ninguno de estos temas pero que al mismo tiempo proporciona un ejemplo patente de lo recién comentado.

    En efecto, la cinta de Martein Thorsson proviene del primer país democrático que entró en la actual recesión, Islandia, una tierra desconocida y aislada para muchos pero que en definitiva forma parte de la reputada Escandinavia, y que por tanto puede presumir de ciertos valores. Y, en concreto, la película trata sobre las peripecias fiesteras de un diputado parlamentario separado de su mujer y su hija, un alcohólico con sobrepeso que rechaza ser internado para desintoxicarse, pues es incapaz de abandonar sus desenfrenos sexuales y sustancialmente adictivos. Thorsson compone pues un alocado y frenético retrato de tales excesos, empleando un montaje alternado, intercalando planos brevísimos de tiempos y espacios distintos; y una fotografía a menudo en subjetivo, con planos desenfocados y cromáticamente filtrados: recursos ambos gracias a los cuales debemos compartir el mismo desequilibrio que sufre el protagonista. Con ello se quiere igualmente transmitir cierta idea de decadencia y de enardecimiento a la que le falta con todo un hilo más sugerente al que agarrarse. En efecto, pocos elementos del filme son atractivos y la sensación final es más de indiferencia o confusión que de morbo o perturbación, algo que va totalmente en contra de sus polémicos objetivos.

    por Ignacio Navarro
    julio 21, 2013

    Crítica | XL

    por Ignacio Navarro | julio 21, 2013
    Volcano - Eldfjall

    representante de Islandia en los Oscar 2011
    crítica de Volcano | Eldfjall, Rúnar Rúnarsson, 2011

        Islandia es el país en el cual el gran Jules Verne imaginó la entrada de su Viaje al centro de la Tierra (1864). La chimenea central del volcán Sneffels fue el camino que siguieron Otto Lidenbrock y los suyos para acceder al corazón de nuestro planeta, una esfera cuyo interior ocultaba maravillas y prodigios dignos de la gran aventura que Verne nos ofreció en una de sus mejores novelas. Una tierra helada partida por la furia del fuego que surge incontenible de sus entrañas es también lo que podemos ver en las primeras imágenes de Eldfjall (Rúnar Rúnarsson, 2011), escenas documentales que muestran un desastre real. Una erupción volcánica que desarraigó de sus hogares a familias como la que protagoniza esta película, debiendo iniciar una nueva vida en la ciudad.

    por José Luis Forte
    marzo 27, 2013

    CRÍTICA | VOLCANO

    por José Luis Forte | marzo 27, 2013
    Anna, Rúnar Rúnarsson (2009)
    “Se dice que las nuevas generaciones serán difíciles de gobernar. Así lo espero.”
    Émile-Auguste Chartier, Alain.

         Nuestros quehaceres diarios nos hacen visitar lugares comunes en bucle hasta que, de repente, abrimos la puerta incorrecta y descubrimos un mundo nuevo y sugerente. Es la mejor manera de definir lo que significa haber encontrado la obra de Rúnar Rúnarsson, un islandés con cara de no haber roto un plato en su vida pero con un estilo lleno de poderío y personalidad. Viendo su aun exigua filmografía, uno puede pensar que Rúnarsson no fue invitado a demasiadas fiestas en su adolescencia. Fiel a espíritu nórdico, diseña ambientes lúgubres y melancólicos que esconden daños y tormentos dibujados con sutileza. Una narrativa casi etérea que cala hasta la médula dejando siempre un poso agridulce. Basta visionar sus dos primeras piezas, “The Last Farm” (2004) y “Smáfuglar” (2008), para encontrar un talento inusual y también el leitmotiv de su cine: el dolor encubierto. Un aspecto que para este cineasta escandinavo no atiende a edades. Algo que demuestra su primer largo “Eldfjall” (Volcano), que visitó el festival de Cannes 2011 – en Una cierta mirada’ –, y el tercer cortometraje de su carrera “Anna” (2009). Este último valió como trabajo de fin de curso para la escuela nacional de cine de Dinamarca (Dan Danske Filmskole). Precisamente, por cortesía de esta institución les presentamos este mediometraje de corte más académico – y con cierto toque al cine de los hermanos Dardenne – con respecto a sus anteriores creaciones, pero igualmente atractivo. Si no lo habían hecho antes, apunten este nombre: Rúnar Rúnarsson.

    Anna, de Rúnar Rúnarsson | subtitulado al castellano (en las opciones del vídeo)


    Dinamarca, 2009. Duración: 36 min. Título original: “Anna”. Director: Rúnar Rúnarsson. Guión: Rúnar Rúnarsson. Productora: Den Danske Filmskole. Fotografía: Sophia Olsson. Montaje: Jacob Schulsinger. Intérpretes: Marie Hammer Boda, Petrine Agger, Leonora Nielsen, Henrik Noél Olesen, Daniel Stampe.

    por Emilio M. Luna
    febrero 01, 2013

    ANNA | RÚNAR RÚNARSSON, 2009

    por Emilio M. Luna | febrero 01, 2013
    Síðasti bærinn
    The Last Farm (Síðasti bærinn, 2004), primer cortometraje de Rúnar Rúnarsson
    Hace un par de semanas os presentábamos el segundo cortometraje del interesante cineasta islandés Rúnar Rúnarsson, Smáfuglar (Two Birds, 2008). Una maravilla de quince minutos profundamente dolorosa y bella. Ahora, turno para su primera creación, Síðasti bærinn (The Last Farm, 2004). Un viaje a la soledad enclavado en una remota cabaña donde un anciano esconde un sobrecogedor secreto.

    Mucho talento, de nuevo, en este joven director que sorprende por una primorosa puesta en escena. Síðasti bærinn estuvo nominado al Óscar 2005 como mejor cortometraje. Pronto en El antepenúltimo mohicano, Eldfjall (Volcano, 2011). A continuación, The Last Farm subtitulado al castellano.

    por Emilio M. Luna
    junio 21, 2012

    SÍÐASTI BÆRINN (RÚNAR RÚNARSSON, 2004)

    por Emilio M. Luna | junio 21, 2012
    Smáfuglar, de Rúnar Rúnarsson
         El joven cineasta Rúnar Rúnarsson es el actual abanderado de la exigua industria cinematográfica islandesa. Y lo es con tan sólo una película, Volcano (Eldfjall, 2011), representante de Islandia en la pasada edición de los Óscar y que tuvo un interesante papel en su paso por los festivales de Cannes (nominada a la Cámara de Oro) y Valladolid (donde obtuvo el premio a mejor realizador) durante el anterior curso. Una excelente ópera prima que retrataba el amor, la soledad y vejez con todo el estilo clásico escandinavo. Una película a reivindicar, una carrera a valorar.

        Antes de su anónima presentación, Rúnarsson se había dado a conocer en el circuito independiente continental con dos piezas muy interesantes: The Last Farm (Síðasti bærinn, 2004), y, el cortometraje que hoy nos ocupa, Smáfuglar (Two Birds, 2008). Una obra excelente, compendio en unos escuetos quince minutos de la melancolía y los primeros sentimientos adolescentes que conlleva el primer amor. Junto a la una realización excelente suena la música de Singapore Sling, ¿Qué más pueden pedir? A continuación el corto completo de Smáfuglar.

    por Emilio M. Luna
    junio 05, 2012

    Smáfuglar (Rúnar Rúnarsson, 2008)

    por Emilio M. Luna | junio 05, 2012

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