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    Joachim Trier
    Joachim Trier
    || Críticas | ★★★★★ |
    Valor sentimental
    Joachim Trier
    Recordarás mientras atraviesas la tristeza


    Aarón Rodríguez Serrano
    Castellón |

    ficha técnica:
    Noruega, Francia, Alemania, Dinamarca, Suecia, Reino Unido, 2025. Título original: «Affeksjonsverdi». Título internacional: Valor sentimental (Sentimental Value). Dirección y guion: Joachim Trier y Eskil Vogt. Compañías: Mer Film, Eye Eye Pictures, MK Productions, BBC Film, Lumen Production, Komplizen Film, Zentropa, Zentropa Sweden, Film i Väst, Alaz Film. Festival de presentación: Festival de Cannes (Competición Oficial). Distribución en España: Elástica Films (estreno 5 de diciembre de 2025). Fotografía: Kasper Tuxen. Montaje: Olivier Bugge Coutté. Música: Hania Rani. Reparto: Renate Reinsve, Stellan Skarsgård, Inga Ibsdotter Lilleaas, Elle Fanning, Cory Michael Smith, Jesper Christensen, Lena Endre. Duración: 133 minutos.

    «When the dog bites
    When the bee stings
    When I´m feeling sad…»


    I.

    En los primeros planos se presenta una casa. Sería demasiado complicar cifrar si es un hogar, pero por el momento baste con señalar que a veces está habitada y otras veces guarda un silencio reverencial. Hay un territorio —el de la infancia— que apenas se esboza con unas breves pinceladas de extrema belleza. Dos niñas que huyen entre carcajadas, un rostro improvisado tras los cristales, y de pronto, una grieta.

    La casa podría ser el centro compositivo de la película, si no fuera porque luego la película se marchará corriendo, huirá, como lo hace el padre protagonista, hacia otras localizaciones: una playa en Francia, un escenario teatral, un pequeño apartamento grisáceo bajo el sol ausente y todavía más grisáceo de Noruega. Y sin embargo, la casa —intuímos— ya reverbera desde ese arranque como una suerte de espacio fantasmal que persigue, que atormenta, que acuna todo lo que ocurre después. La primera paradoja de Valor sentimental —la que ya haría, en cierto modo, que la película fuera una obra maestra— es que la casa encantada no aprisiona a sus moradores, sino que les deja marchar y, al revés, es ella misma la que se aparece en sus pesadillas y la que no les permite escapar de su embrujo. La casa puede ser amable o inocua, pero resulta imposible de vencer así que hay que conquistarla.

    Quien dice la casa dice el pasado, claro.

    II.

    A primera vista, la película parece que tiene una estructura deslavazada. Está salpicada de extraños fragmentos conectados por una leve tensión causal, separados entre sí por unos bruscos cortes a negro que parecen despejar cualquier tentación de continuidad. El tiempo es abrupto, las elipsis son generosas. Parece que accedemos a pedazos del relato que recogemos del suelo tras una explosión. A veces entre fragmento y fragmento han pasado décadas, a veces meses, a veces unas pocas horas. La película impone su propio tiempo a partir de esa discontinuidad del montaje, y gracias a él se permite el lujo de cambiar de tono y de registro visual como mejor le viene. Pronto nos damos cuenta de que lo que vemos no es tanto una historia o un conjunto de historias, sino el ejercicio mismo de la memoria en marcha, y no cualquier memoria: quizá la de la propia casa, quizá la del propio enunciador de la película, quizá una memoria imposible que es la propia memoria europea, una memoria plagada de torturas, campos de concentración, festivales de cine, padres que se marchan, terapia, baile, teatro. Quizá Trier está trazando en algo aparentemente pequeño un fresco gigantesco de vivencias y posibilidades, como lo hacían esos artesanos —entre lo ridículo y lo sublime— que eran capaces de tallar el Padre Nuestro en un grano de arroz y alimentaban así los gabinetes de curiosidades. La película es el grano de arroz, aunque dure dos horas y cuarto que se pasan en un suspiro, y la punta del cincel que escribe la oración es la memoria europea, esa cosa que hoy no interesa ya a casi nadie de lo envejecida y gastada que está, pero que a unos pocos todavía nos calienta en las largas noches del invierno posmoderno.

    De ahí dicen que la cinta remite a Bergman. Quizá, pero no de una manera muy diferente a la que Perfect Days remite a la obra de Yasujiiro Ozu, pongamos por caso. Decía hace un momento que la película parece desmañada estructuralmente, como si hubiera surgido de una explosión, y puede que esa explosión sea la del cine europeo tras las bombas de relojería de los ochenta y los noventa. Claro que hay ciertos ecos en la composición de plano de Gritos y susurros —las dos hermanas vestidas de negro, frente a frente, reflejándose la una en la otra—, o de Persona —el juego de rostros evanescentes que se fusionan en la mirada directa a cámara—, por no hablar de toda la referencia a hogares rotos, creadores atormentados, el poder de la oración o el silencio de Dios. Tomar cada uno de esos elementos para generar complejos juegos intertextuales sería divertido, pero probablemente no nos permitiría llegar muy lejos. Lo relevante es que pone de manifiesto que los espectros del cine vuelven insistiendo sobre ciertos temas que no están resueltos y que siguen encontrando formulaciones siempre frescas, urgentes: Europa, contra todo pronóstico, insiste.

    III.

    La pregunta por Europa ha sido, al menos en los últimos doscientos años, la pregunta por el padre que abandona a sus hijos. Hay un eco salvaje en el hecho mismo de que una de las protagonistas de la película se llame Nora que va mucho más allá y mucho más acá del personaje de Ibsen o de la cita a la cultura nórdica. A la Nora de Ibsen se la ha reivindicado mucho como adalid de un cierto autodescubrimiento y una cierta apuesta radical por la autonomía que, curiosamente, no siempre se ha aplicado con el mismo rigor a las figuras paternas. Aquí Trier pega un volantazo salvaje y se permite el extraño lujo de no juzgar a nadie. Las cosas están rotas y llenas de dolor, y todo el mundo está infectado por una tristeza irresoluble y sin embargo son capaces de hacer películas, de intentar hablar, de jugar entre sí, de amarse, de confiar en el futuro. La apuesta de Trier es desquiciada en su humanismo: Padre e hija están completamente arrasados y, sin embargo, ambos quieren lo mejor para el más pequeño de la familia. Ese «querer mejor», cuidado, no escapa del mecanismo de sus propios traumas ni esconde que el niño puede ser algo más o algo menos que un peón en el juego de poder que se juega en toda familia. Y repito, sin embargo son capaces de moverse en un territorio muy parecido al amor.

    Luego está el problema de los vínculos, claro, de ese interminable rompecabezas de cada sujeto contemporáneo —quien lo sufrió lo sabe— que se pregunta constantemente cuánto hay de amor y cuánto de egoísmo en las cosas que crea, que comparte, que escribe o que lega. Habrá quien señale que el «Borg», apellido familiar del padre que atraviesa toda la trama, no es sino un eco, un nuevo intertexto del protagonista de Fresas salvajes. Empero, no es así. El Isak Borg de Bergman era un hombre seco y huraño, atrapado por su pasado y completamente gélido que únicamente al final de su viaje abrazaba in extremis la posibilidad misma del amor. El Borg, los Borg de Trier son personajes capaces de reír y de hacer reír, por mucho que a menudo lloren entre ellos y por mucho que se decepcionen sistemáticamente. La segunda paradoja que atraviesa la película —y que haría, en cierto modo, que la película fuera de nuevo una obra maestra— es su manera de mostrar cómo una familia completamente rota, pulverizada, compuesta por cuerpos tan frágiles y tan heridos puede ser, de una manera extraña pero increíblemente realista, una familia feliz.

    Porque no todas las familias felices son iguales. Cada una es feliz a su modo.

    IV.

    Se puede ser feliz en una pequeña isla rodeada por la tristeza. Tardé muchos años en comprenderlo, tardé muchos años en comprender aquel hermoso monólogo con el que el personaje interpretado por Victor Sjöström —en efecto, el Isak Borg de Fresas salvajes— despedía la monumental e infravalorada Hacia la alegría del propio Bergman:

    «Se trata de una alegría que no se puede expresar en la felicidad, ni en el hecho de que afirmes Estoy contento. A lo que me refiero es a esa alegría tan grande, tan especial, que se hunde bajo el dolor y la desesperación sin límite. Es una alegría más allá de toda posible comprensión».


    Creo que Trier ha sido uno de los pocos directores contemporáneos capaces de moverse, de entender esa alegría subterránea, esa que puede emerger de las brechas de las casas, de la imposibilidad del reencuentro, de la inagotable sorpresa que nos confirma cada mañana como seres humanos. Una alegría imposible, desquiciada, paradójica, que queda consignada en ese monumental, sobrecogedor final en el que finalmente se nos ofrece un plano secuencia prometido… pero también una coda, una ampliación, un más allá de lo que la película misma podría decir. Si lo piensan, el final de Valor sentimental se apoya en tres gestos fílmicos: hay un plano secuencia (la historia que se cierra, que se cura de alguna manera mediante su recreación), hay un plano-contraplano (que cura a su vez a dos personajes de la cinta que, torciendo el final de Saraband, podríamos decir que por primera vez se miran con una comprensión absoluta), y finalmente un plano general en altura que apunta a una mirada diferente, una mirada teológica, una mirada de la que emerge la comprensión hacia los personajes. Podría ser simplemente una mirada humana que se fascina con la capacidad catártica, sanadora del séptimo arte. Podría ser también, quién sabe, una mirada espiritual que intenta garantizar de una manera que no podemos explicar la posibilidad misma del perdón o de la reconciliación. Podría no ser ninguna de esas dos cosas y tratarse simplemente de un manierismo, pero cuidado, no me negarán que el hecho mismo de que Trier cierre su obra con esos tres lugares comunes del lenguaje cinematográfico no hace un extraño esfuerzo por resignificarlo de alguna manera. Y por eso, supongo, la película ya podría ser de nuevo una obra maestra.


    V.

    Ahora que termina el año y miro mi (inevitable) lista de las mejores películas del año, me doy cuenta de que casi todas —Lou Ye, Alauda Ruiz de Azúa, Gerard Oms, Zhangke— giran en torno a la misma paradoja que el mundo parece no poder permitirse: no bajar la guardia, no caer en el cinismo, no permitirse flaquear ante un mundo que se revela/rebela como inhabitable. Ciertamente, hay algunas excepciones que mayormente vienen del área norteamericana —Bigelow, Aster—, pero quizá porque allí ya andan hundidos y arrasados por un apocalipsis simbólico que permite poca vuelta de hoja. Y con todo y con eso, hemos tenido un Paul Thomas Anderson que con buenos motivos ha sido el banderín de enganche de muchos críticos y críticas que siguen defendiendo la posibilidad de la utopía, del humor, la posibilidad misma de hacer algo con las cenizas del cine clásico.

    La película de Trier pertenece a la primera categoría, por mucho que a veces imposte su cinismo. Cuando uno de los protagonistas le regala a su nieto por su cumpleaños las películas de Haneke y de Gaspar Noé, además de proponer uno de los mejores chistes de la temporada, está impostando una mueca burlona que no se mantiene en la lectura atenta de su propio film. Ni Borg padre cae en la tentación de la desesperación rodando, ni Trier asfixia demoledoramente a sus criaturas. Hay que avanzar —¡Motore! que grita Moretti en Abril y en El sol del futuro—, hay que avanzar como sea, hay que conquistar el mismo avance.

    La tristeza, me dirán, es inevitable. Trier también lo dice. La brecha. Pero siempre queda algo en el fondo de la brecha para recordar mientras se atraviesa. Una película, por ejemplo. Esta película, por ejemplo. ♦


    por Aarón Rodríguez
    diciembre 11, 2025

    Crítica | Valor sentimental

    por Aarón Rodríguez | diciembre 11, 2025

    The Burnout Society

    Crítica ★★★★☆ de «La peor persona del mundo», de Joachim Trier.

    Noruega, Francia, Dinamarca, 2021. Título original: «Verdens verste menneske». Dirección: Joachim Trier. Guion: Joachim Trier, Eskil Vogt. Compañías productoras: Oslo Pictures, Snowglobe Films, arte France Cinéma. Distribuidora en España: Elástica Films. Presentación oficial: Competición del Festival de Cannes (premio a la mejor actriz). Dirección de fotografía: Kasper Tuxen. Música: Ola Fløttum. Montaje: Olivier Bugge Coutté. Producción: Andrea Berentsen Ottmar, Thomas Robsahm. Intérpretes: Renate Reinsve, Anders Danielsen Lie, Herbert Nordrum, Silje Storstein, Maria Grazia Di Meo, Hans Olav Brenner, Marianne Krogh, Vidar Sandem, Sofia Schandy Bloch, Anna Dworak, Eia Skjønsberg, Thea Stabell, Mina Elise Friesl-Stavdal, August Wilhelm Méd Brenner, Lasse Gretland, Deniz Kaya, Karla Nitteberg Aspelin, Savannah Schei, Tumi Løvik Jakobson, Helene Bjørnebye, Karen Røise Kielland. Duración: 121 minutos.

    Me prometiste que siempre me querrías. En el suelo de una habitación oscura, un hombre abatido se defiende de una ruptura amorosa. Sus argumentos son frases dichas hace demasiado tiempo, promesas que solo tienen validez una noche pero, en su desesperación, ese hombre las utilizará en un lamentable esfuerzo de evitar el que cree el fin de su existencia. Es un superviviente. Todavía con el juicio nublado, piensa esperanzado que aquella promesa tendrá un efecto vinculante in aeternum, todo tiene sentido en ese estado de enajenación transitoria conocido como el síndrome del corazón roto. La protagonista de La peor persona del mundo sufre una experiencia similar cuando siente que la brecha generacional que la separa de su novio, aquella que un día prometió que nunca sería un problema, comienza a ensancharse y a manifestarse cada día como el punzante recuerdo de una mala decisión que se ha ido postergando demasiado tiempo. Antes de llegar a ese punto, Julie era una joven indecisa, una de las víctimas de esa prometedora promoción de millennials que sí, son expertos en televisión, cine, música… pero su adaptación al presente tecnológico ha quedado en evidencia frente a la Generación Z, quienes han sabido darle la vuelta a la escena sociopolítica mundial hasta el punto de hacer de los youtubers los nuevos ídolos de masas.

    La película nos guía por medio de la clásica omnisciencia narrativa a través de los impulsivos actos de Julie, quien cambia sus estudios de medicina por los de fotografía, pasando por psicología, sin más motivo que la presencia de diferentes figuras masculinas hacia las que siente una atracción sexual. Esta postura inicial, que podría malinterpretarse sin mucho esfuerzo, dejará paso a un mensaje mucho menos conservador de lo que parece sobre la posibilidad de reponerse a una o varias malas decisiones –laborales o sentimentales. Será en una de esas aparentes malas determinaciones cuando conozcamos a Aksel, la nueva conquista amorosa de Julie, cuyas primeras palabras en el filme conforman un egoísta discurso sobre su incompatibilidad y la necesidad de no volver a verse nunca más. Esta escena nos proporciona una idea clara del oportunismo machista, pues Aksel parece que solo es capaz de llegar a esa conclusión reveladora sobre su incompatibilidad con Julie y sobre su futuro instantes después de haberse acostado con ella.

    Joachim Trier es consciente de que en el mundo moderno no existen las posturas intermedias, y mucho menos en asuntos tan activos como el machismo, donde es necesaria una constante lucha explícita para evitar caer en las grandes lacras sociales representadas por el conformismo o el costumbrismo. Lo que sí hace muy bien el director es evitar los extremos, a causa de esto, no sabría identificar muy bien la postura ideológica de esta película, lo cual me deja una sensación de parcialidad que quizá podría haberse matizado con un poco más de atrevimiento a la hora de presentar ciertos juicios. Pero Trier prefiere hacer transitar su metraje por esa medianía de la sutileza, tratando de no herir la sensibilidad de nadie y aportando a su obra una intencionada dosis de ligereza. En Ideology, Genre, Auteur (1976), Robin Woods menciona que al realizar una película desde un marco ideológico corremos el riesgo de empatizar con los preceptos más opuestos a nuestras propias convicciones. Puede que, por ello, el director haya decidido mantenerse al margen de comentarios demasiado controvertidos. Aunque es el propio Wood quien también menciona que «incluso en un filme que no es explícitamente político, estas tensiones ideológicas nos ayudarán a encontrar expresión e identidad». Solo hay una escena en toda la película en la que Trier podría dejar ver claramente su punto de vista respecto a la lucha feminista, una entrevista entre dos presentadoras de un programa de televisión y Aksel. Lo que prometía ser un modo de publicidad de la última novela gráfica del dibujante, termina siendo un ataque directo contra la misoginia presente en algunas de sus viñetas. Esta escena muestra, no obstante, aquellos extremos de los que hablábamos y, ambos bandos, pese a comenzar dando argumentos muy válidos, parecen tomar en cierto momento posturas demasiado radicales, desacreditando cualquier opinión que pueda tener su oponente sin llegar a escucharse mutuamente, y alcanzando así el mayor grado de ineficiencia comunicativa posible.

    por Alberto Sáez Villarino
    marzo 08, 2022

    Crítica | La peor persona del mundo

    por Alberto Sáez Villarino | marzo 08, 2022

    Cannes 2021 (#2)

    Segunda crónica de la 74ª edición del Festival de Cannes.

    Ayer comentábamos en nuestros perfiles de redes sociales que era, la tercera, una jornada especial en el Festival de Cannes debido a que se presentaban ante la prensa los últimos trabajos de dos autores ligados esencialmente a esta cabecera: Joachim Trier y Kogonada. El primero, con cinco largometrajes en su haber, es ya todo un veterano, que ha sabido labrarse una filmografía con personalidad propia saltándose todos los prejuicios y los tópicos inherentes a su apellido –los grados de separación consanguíneos con Lars von Trier son mínimos—, logrando hacerse hueco en la élite con una narrativa que, grosso modo, alude a la crisis personal de una generación. Su quinta película, The Worst Person in the World, es una dramedia que sigue la estela de sus trabajos rodados y ambientados en la capital noruega, Oslo: Reprise (2006) y Oslo, 31 de agosto (2010), focalizando en los pasos de una treintañera a la deriva. Un argumento que engarza con los planteamientos iniciales de sus dos primeros filmes pero apostando por un tono menos grávido y más ligero. Su excelente acogida en Cannes remarca que el cineasta oslense está preparado para cotas mayores.

    Más divisoria en cambio ha resultado la opinión general de la segunda película de Kogonada. El realizador de origen surcoreano nos enamoró hace cuatro años con la excelente Columbus (2017), un filme, también, sobre derivas identitarias y vitales contextualizado en uno de los núcleos arquitecturales de Estados Unidos que da título a la cinta. Un trabajo elegante y emotivo narrado con sutileza que introdujo en el circuito autoral a este afamado videoensayista de Criterion. After Yang, que narra el intento desesperado de rescatar una figura robótica por parte de una familia integrante de un futuro no demasiado lejano, ha sido bendecida por la crítica estadounidense –que la tildan de categoricismos como masterpiece— y recibida con algo más de distancia por la prensa europea. En las críticas que pueden leer a continuación, a cargo de Miguel Muñoz Garnica y Mariona Borrull Zapata, encontrarán un punto intermedio para ambas propuestas.

    ▼ Críticas
    «The Worst Person in the World», Joachim Trier.
    «After Yang», Kogonada.
    «Libertad», Clara Roquet.
    «The Souvenir. Part II», Joanna Hogg.
    «Lingui», Mahamat-Saleh Haroun.
    «Great Freedom», Sebastian Meise.

    por VV. AA.
    julio 09, 2021

    Cannes 2021 (#2) | Críticas: «The Worst Person in the World», «After Yang», «The Souvenir. Part II», «Libertad», «Lingui» & «Great Freedom»

    por VV. AA. | julio 09, 2021

    We need to talk about Thelma

    Crítica ★★★★ de Thelma (Joachim Trier, Noruega, 2017).

    La justificación moral de un acto, por terrible que éste sea, puede llevar a las grandes civilizaciones de la tierra a una sutil exoneración del pesado sentimiento de culpabilidad, derivado en una ausencia de arrepentimiento o, cuando menos, una comprensión benevolente del desagradable asunto. De este modo, el sacrificio de un hijo, uno de los actos más atroces que podríamos imaginar, sufrió una paradójica modificación asimilativa a consecuencia de las lecturas bíblicas sobre Abraham e Isaac. El cristiano entendió dicho conato de infanticidio como una demostración de devoción, y nunca como un acto de crueldad injustificable. Este episodio es visto por la sociedad occidental desde la ritualidad tenebrosa ofrecida por pintores como Rembrandt o Pedro de Orrente, donde la armonía ceremoniosa de la escena actuaba como cortina de humo mitigadora de la atrocidad real del momento, algo que sólo el creador del tenebrismo, Caravaggio, se atrevería a evidenciar cuando, en el segundo cuadro dedicado a este tema (El sacrificio de Isaac, 1603), decidió con osadía mostrar a Isaac, por primera vez, como un joven aterrorizado que no acepta con la humilde resignación vista hasta la fecha su muerte, sino que se resiste y lucha por su vida en un gesto desgarrador. La primera escena de Thelma recrea este capítulo bíblico con una potencia escénica que ya vale el precio de la entrada: una niña y su padre se adentran en un inhóspito bosque, alegórico del profético monte Moriá, en lo que se intuye como una jornada de caza. Desde el comienzo notamos que algo no va bien, la niña, todavía desconocida, camina frente a su padre mientras éste carga la escopeta, la inocencia infantil, representada con temerosas miradas de soslayo y la delicadeza con la que la joven avanza a cada paso, como preocupada por el daño que sus pisadas puedan causar en el suelo, revela la exploración de un entorno que, pese a conocerlo muy bien –asumimos, por la ausencia de vehículo, que son las inmediaciones de su casa–, se le presenta como ajeno, como un escenario violento y abrumador. Con la aparición de un ciervo, el padre aprovechará la hipnótica conexión visual entre bestia y niña para, con total decisión, apuntar el cañón de su escopeta a la cabeza de su hija. Justo en el instante álgido de la tensión, el hombre, con idéntica determinación, bajará el arma. No hay derrota en sus facciones, ni nerviosismo, ha sido un movimiento maquinal, como si, justo antes de apretar el gatillo, un ángel hubiera descendido para sujetar ese dedo y decirle al oído: enhorabuena, has superado la prueba.

    A pesar de que el filme se centra en la figura de Thelma en su práctica totalidad, la joven será, como lo fue Isaac en el Génesis, una figura secundaria sobre cuyas acciones decidirán las ortodoxas enseñanzas de sus padres. Todo el entramado argumental de la cinta, así como los sucesos de gran hermetismo sufridos por la protagonista, son consecuencia de su educación religiosa y, por supuesto, de los designios de Dios. Ese sacrificio frustrado representa en cierto modo la divinización de Trond (el padre) ya que, desde el momento en el que permitió a su hija seguir con vida, demostró que de su voluntad depende su existencia. Sin intención de trasladar una idea equivocada de etnocentrismo sociológico de primer orden, Joachim Trier busca la representación de una toma de conciencia con los valores reaccionarios judeocristianos todavía vigentes dentro del postureo descarado de la alta sociedad. La insinuación de este acto de plena perversidad es llevada a cabo mediante un planteamiento drástico, mostrando al objeto de sacrificio como una niña de apariencia frágil e inocente que alberga en su interior una oscura sombra de la maldad y el pecado que habrá de ser erradicada con un concienzudo control exhaustivo de sus acciones y sus devociones. Para alcanzar este propósito, Trond nunca permitirá que Thelma conozca sus intenciones, preservará su imagen de padre protector para ganarse la confianza y el respeto de su hija, y así establecer una relación de sinceridad que le posibilite intervenir al menor síntoma de debilidad –o devil(idad)–. La protagonista es educada en una creencia religiosa que la rechazará de forma taxativa y la obligará a vivir desgraciada en su propio engaño o, en su defecto, a no vivir en absoluto. Esa semilla del diablo popularizada por Roman Polanski en 1968, se transforma ahora en un germen obsceno y pecaminoso que perseguirá a la joven y a toda su familia como un recordatorio constante de su deformación espiritual: la homosexualidad.

    «Con un uso muy discreto y moderado de las teorías sobrenaturales, el entramado narrativo termina por conciliar sin asperezas la urdimbre metafórica y la real mediante un giro de los acontecimientos tan violento y, al mismo tiempo, tan perspicaz, como la indicada represión requería».


    Trier muestra cómo la vertiente más conservadora de la religión entiende el erotismo y la sexualidad como la nueva manifestación pública de paganismo. Sin embargo, pese a retratar con gran precisión esta teoría, el realizador no puede posicionarse en un extremo de mayor oposición con esta metafórica interpretación sobrenatural de los ataques paroxísticos que la protagonista sufre cada vez que pretende refrenar sus impulsos naturales. La fuerza religiosa y la biológica entran en conflicto en el interior del cuerpo de Thelma, lo que la conducen a una desesperada situación de arrepentimiento, duda e introspección que desatará una serie de presagios catastróficos y malos augurios, manifestaciones del poder oculto de la adolescente. La mayor derrota del hombre, decía Pessoa, es aceptar como errónea una obra creada. Si trasladamos esta teoría a la concepción de un hijo, el sentimiento puede llegar a ser insoportable. Darse por vencido, asumir el fallo de un sistema imperfecto como la capitulación de toda una vida es lo que persigue a Trond hasta el borde del abismo. Este sufrimiento paterno será explicado mediante una serie de flashbacks esclarecedores de la dramática infancia de Thelma. Gracias a estas analepsis, el director nos permite crear un juicio de valor individual para identificar a la protagonista como un personaje culpable o inocente, entendiendo estos dos términos dentro de un ámbito de intencionalidad en los extraños y funestos sucesos que acontecen a su familia.

    «Trier recurre en su último trabajo a lo más inquietante del thriller de misterio y lo alimenta con un sarcasmo ominoso e inteligente que encontrará en la fotografía de Jakob Ihre a su mejor aliado en la búsqueda de una desasosegante armonía entre lo erótico y lo prohibido».


    Kirkegaard, tras un período de entusiasmo artístico juvenil, dedicó su obra a establecer con vehemencia la oposición a la forma estética existencialista, algo que consideraba íntimamente ligado al erotismo y, por ende, a la exaltación del deseo mundano. La pasión del escritor por la pureza de la fe lo condujo a la supresión de cualquier afinidad hacia el gusto artístico y a posicionarse dentro de una sobria erudición que marcaría su obra; la vida, consideraba, sólo puede ser asumida de forma ética o estética, lo que nos lleva al pensamiento cinematográfico de Thelma sobre la necesaria elección entre placer y sufrimiento. Semejante perspectiva dicotómica será perceptible cuando se produzca el primer encuentro con una chica de la universidad, Anja, la protagonista advertirá entonces cierta curiosidad no experimentada antes; sin embargo, en justo castigo kirkergaardiano por su incontrolable procacidad, Thelma sufrirá un ataque convulsivo. Vemos que en este episodio, la joven pierde completamente el control de su cuerpo, algo que la llevará a orinarse en los pantalones, una respuesta fisiológica de lo más común que, dentro de un contexto universitario, es asumida con humillación y vergüenza. En ese proceso de cambio de la niñez a la madurez, la protagonista es degradada a consecuencia de lo que, en su mundo de marcada ortodoxia, sólo es asociado a la absurda curiosidad infantil o a un sucio pecado. Siguiendo esta misma tónica de escarmiento vejatorio, apreciaremos una escena similar en la que Thelma, poseída por un delirio erótico y en un acceso de pérdida de la conciencia, se masturbará públicamente sin tener ningún control sobre sus acciones. Esta escena, que se realiza de forma figurativa, siempre insinuando la acción desde un plano subjetivo y un punto de vista interno, viene a representar el castigo del pecador que, poseído por la lujuria, será ajusticiado con un acto de afrenta pública. El director toma la decisión final de un esclarecimiento absoluto de la trama; cierra por completo y deshace la incógnita inicial. Con un uso muy discreto y moderado de las teorías sobrenaturales, el entramado narrativo termina por conciliar sin asperezas la urdimbre metafórica y la real mediante un giro de los acontecimientos tan violento y, al mismo tiempo, tan perspicaz, como la indicada represión requería. Trier recurre en su último trabajo a lo más inquietante del thriller de misterio y lo alimenta con un sarcasmo ominoso e inteligente que encontrará en la fotografía de Jakob Ihre a su mejor aliado en la búsqueda de una desasosegante armonía entre lo erótico y lo prohibido. | ★★★★ |


    Alberto Sáez Villarino
    © Revista EAM / Dublín


    Ficha técnica
    Noruega, Francia, Dinamarca, Suecia, 2017. Título original: «Thelma». Director: Joachim Trier. Guion: Eskil Vogt y Joachim Trier. Duración: 116 minutos. Fotografía: Jakob Ihre. Música: Ola Fløttum. Productora: Motlys, Eurimages, Film I Väst, Le Pacte, Nordic Film och TV Fund, Norwegian Film Institute y Snowglobe Films. Distribuida por Surtsey Films. Edición: Olivier Bugge Coutté. Diseño de vestuario: Ellen Dæhli Ystehede. Director de la segunda unidad: Thomas Robsahm. Diseño de producción: Roger Rosenberg. Intérpretes: Eili Harboe (Thelma), Kaya Wilkins (Anja), Henrik Rafaelsen (Trond), Ellen Dorrit Petersen (Unni), Grete Eltervåg (Thelma con seis años), Marte Magnusdotter Solem (Neurólogo). Presentación oficial: Festival de Haugesund, 2017.


    por Alberto Sáez Villarino
    diciembre 18, 2017

    Crítica | Thelma

    por Alberto Sáez Villarino | diciembre 18, 2017
    Louder than bombs

    Guilty pleasures

    crítica de El amor es más fuerte que las bombas (Louder than bombs, Joachim Trier, Noruega, 2015).

    Lánguidamente avanza la vida del inadaptado, turbado por la incomprensión social que despiertan sus acciones; esperando paciente a sus felices momentos de soledad, disfrutando de su verdadero yo alejado de miradas juiciosas, esquivas, jocosas, de reproches a media voz, de sentir vergüenza por ser el causante de tantas, a su vez, vergüenzas ajenas, conocedor de que su fallo no lo es tanto, de que su inadaptación no es tal, sino una profunda y reprochable lacra del sistema educativo; ese que nos obliga a aceptar sumisos un modelo de vida, un patrón, una camisa, de algún modo opresiva y limitante, que impide al sujeto expresarse libremente y se adhiere a él inflexiblemente, con un exceso de almidón —siguiendo con la metáfora textil—, mientras su cuerpo pugna con fiereza por desembarazarse de ese lastre que le obliga a estar estático cuando quiere moverse, o a estar en silencio cuando necesita gritar. Así se origina, por sacudidas incontroladas de ira e inconformismo, lo que comúnmente se conoce como mal temperamento, rebeldía o inmadurez, a fuerza de impulsos espasmódicos y erráticos cuyo origen radica primordialmente en la propia fuente de su corrección. La severidad y la mano dura son la principal causa de que adolescentes como Conrad Reed, que se niegan rotundamente a permanecer inmóviles en su fase de modelación, sean llamados inadaptados sociales o “misfits” herméticos para los que la sociedad no tiene tiempo. Jonah, hermano de Conrad, es el ejemplo opuesto; desde joven ha aceptado las reglas según le eran planteadas, obteniendo así una proyección muy alentadora y, al mismo tiempo, entendible, en función del inmaculado sistema de enseñanza americano; logrando con sacrificio y esfuerzo los tres fundamentos básicos del ciudadano modélico: carrera, familia y empleo. Pero Louder Than Bombs evita desde el comienzo mostrarse clara en sus intenciones, por lo que la apología del conservadurismo institucional no parece que vaya a durar mucho tiempo.

    Gracias a las diferentes narraciones y a su perspectiva múltiple, la película nos ofrece un sorprendente mapa difuso de las apariencias y la necesidad de encontrar recompensas a todas nuestras acciones. La narración nos confundirá, no sólo por los mencionados trucos de (mala)interpretación, sino también por ocultar aspectos fundamentales de la trama que saldrán a relucir con posterioridad para evidenciar lo vago e impreciso de las percepciones cuando éstas son tomadas a primera vista y en base a las apariencias. Gracias al fantástico uso de las analepsis y las escenas oníricas, el realizador nos introduce en su juego de segundas intenciones. Joachim Trier es un poeta melancólico que responde con sutil naturalidad y despiadada honestidad a la falsedad espiritual que abunda en nuestra sociedad. Doctorado, gracias a sus dos obras anteriores: Reprise (2006) y Oslo, 31 de agosto (2011), en la composición de esquemas individuales de fuerte tendencia abstracta, consigue con su última película un acertado nivel de sensibilidad al expandir esos retratos a la pluralidad de un planteamiento coral, donde el protagonismo no queda tan bien definido como en esos anteriores trabajos. Pese a ello, no renuncia a definir la alienación de sus personajes a consecuencia de su incapacidad para conectar con la belleza de la vida, originando una irreversible decepción frente al mundo, incapaz de hacer frente a sus diferencias genuinas. Esta situación promueve la constante humillación personal, lo que insta a los perjudicados a cerrarse interiormente y levantar un sistema defensivo a prueba de preguntas indiscretas. Mentiras piadosas que se convierten en secretos indómitos. Trier retoma nuevamente el tema del suicidio como uno de los desasosiegos imperantes de su cine, un cine visceral de magnetismo hipnótico y sentimientos a flor de piel.

    por Alberto Sáez Villarino
    enero 23, 2016

    Crítica | El amor es más fuerte que las bombas

    por Alberto Sáez Villarino | enero 23, 2016
    Rooney Mara, protagonista del día

    Apuntes en piedra

    crónica de la quinta jornada de la 68ª edición del Festival de Cannes

    Empezaba la jornada con la directora francesa Maïwenn, lanzando un potente mensaje feminista con fuerte dosis de humor decadente. Posteriormente, entrábamos en la última película del prolífico Kiyoshi Kurosawa, un apacible retrato del universo y las consecuencias de nuestros actos. Las temperaturas seguían subiendo en La Croisette y eso dificultaba las esperas en las colas al aire libre, pero hoy tocaba aguantar para lograr sentarnos en frente de la última cinta del noruego Joachim Trier, quien trenza un gran trabajo de dirección aunquese le ha notado una cierta ausencia de personalidad por la comercial producción estadounidense. Seguimos en la brecha.

    Rooney Mara, protagonista del domingo en Cannes, se postula como aspirante al premio interpretativo femenino y ya suena para el Óscar por su labor en Carol. | «Un relato apasionado y lleno de fuerza que se apoya en dos pilares básicos: Cate Blanchett, dando vida al personaje epónimo del filme, una exitosa mujer muy decidida, segura de sí misma, atractiva y lo suficientemente poderosa como para no pestañear a la hora de coger lo que cree que le pertenece por pleno derecho, y Rooney Mara, representando a Therese Belivet en una de las interpretaciones más extraordinarias de su carrera. Ambas lograrán a partes iguales, una total empatía y convicción, y una actuación sublimemente atractiva con cierto aire a las heroínas clásicas —con una Mara hepburiana—. Dos actrices que se complementan de maravilla gracias a la fantástica labor de un director capaz de dar vida a un género tan empalagoso como el melodrama, que se vio rejuvenecido con la mencionada Lejos del cielo, gracias a la eliminación de la demagogia barata y diálogos interminables y vacíos». Crítica de Carol.

    por Alberto Sáez Villarino
    mayo 18, 2015

    Cannes 2015 | Día 5. Críticas: Louder than bombs / Mon roi / Journey to the shore (Kishibe no tabi)

    por Alberto Sáez Villarino | mayo 18, 2015
    Reprise, de Joachim Trier

    La soledad del autor

    crítica de Reprise | de Joachim Trier, 2006

    Los sueños y fabulaciones varían con la edad: si en la tierna adolescencia anhelamos crecer y obtener la independencia adulta y entrados los cuarenta solo pensamos en rejuvenecer y añoramos los felices veinte, parece que solo en la edad intermedia es cuando nuestra imaginación es más libre e idealista. Es en ese momento cuando surgen las aspiraciones creativas y el ansia por dejar huella en este mundo; luego ya vienen las obligaciones y la vista se nos empieza a nublar. Reprise no es más que un análisis de esta etapa de sueños a partir de los anhelos de un par de aspirantes a escritores: dos jóvenes ansiosos por crear, que necesitan un rumbo en la vida y que canalizan sus deseos a través de la literatura. Tomando la creación literaria como telón de fondo, Joachim Trier nos presenta una película con verdadera vocación retórica: la cinta empieza con Philip y Erik ante un buzón con sendos sobres, listos para enviar a una editorial y probar suerte con su manuscrito. Tras introducirlos en el buzón, una secuencia en blanco y negro a modo de prefacio nos muestra la inocencia de los anhelos de la juventud: el deseo de lo que queremos ser, las cortas alas de la imaginación. Pero esta secuencia no es más que eso, ensoñaciones; es hora de dejar de soñar y de volver a la realidad, al momento antes de introducir el sobre en el buzón, un simple gesto llamado a cambiarnos la vida: «Ahora empieza todo», exclama Philip justo antes de dejar caer el sobre por la ranura. Y es entonces cuando la verdad de la ficción empieza, cuando se inicia el bis, el reprise al que hace referencia el título original. De este modo, la película se autoproclama como la relectura de nuestros sueños adolescentes, la difícil tarea de poner los pies en la tierra y descubrir lo que realmente somos. Este viaje hacia la madurez dirigido por el empeño creativo constituye el verdadero motor de la cinta, que además se establece como meta radiografiar a una generación.

    Pero volvamos a la ambición literaria del filme (en paralelo con la de los propios protagonistas). La voz en off y los diálogos se utilizan con la intención de asimilarse a una obra escrita y Trier juega con los recursos cinematográficos para reflejar la estructura literaria: lo que en cualquier libro serían párrafos explicativos contextualizantes se convierten aquí en flashbacks y reflexiones subjetivas. Los diálogos, en cambio, están tratados con suma delicadeza, con planos detalle intercalados en los momentos más íntimos a modo de explicación interior de los personajes, como las acotaciones entre guiones presentes en los diálogos de una novela. Trier evita el error común en muchos directores noveles: la necesidad por demostrar la destreza y el control de diversas técnicas puede tener como resultado un cine vacío, de la forma por la forma, sin fondo. Sin embargo, Trier logra tamizar sus recursos y consigue crear un estilo cincelado a golpe de montaje vivo, en ocasiones podríamos decir que hasta frenético, que evita la linealidad temporal para lograr que el espectador consiga ver entre fotogramas, al igual que podemos leer entre líneas en un buen libro. En su caja de herramientas encontramos una estética que podríamos definir como nórdica-pop, con un gran juego de texturas y discursos (desde el tratamiento de la luz con un tono videoclipero pasando por una textura cercana al video casero hasta llegar al blanco y negro de muchos flashbacks o del prefacio que comentábamos anteriormente) y con una cuidada selección musical con múltiples referencias al rock y al indie noruego de los años 80 y 90. Los rasgos literarios, unidos con la estética apuntada anteriormente, confieren un toque poético a la cinta que entronca perfectamente con su historia. Y es que el cine pocas veces ha aunado la creación literaria y la frustración juvenil, y el director noruego se acerca a este choque de trenes con un tono crítico, con algunas puntadas de alegría y positivismo, pero sobre todo con tono desencantado. Trier no deja pasar ni uno solo de los temas capitales del paso a la madurez: el amor, la amistad, la competencia y, sobre todo, la locura y la frustración de quien se siente perdido. En definitiva, Reprise supone el debut fresco e interesante de un director que parece tener las cosas muy claras desde el principio, sabiendo qué quiere decir y cómo decirlo. Esa relación entre forma y fondo, entre historia, trama, estructura y textura se atisba como un todo capaz de crear una puesta en escena sólida y nos proporciona una mirada diferente y moderna de la juventud creadora actual. | ★★★ |

    Víctor Blanes Picó
    redacción Barcelona

    Noruega, 2006, Reprise. Director: Joachim Trier. Guion: Joachim Trier, Eskil Vogt. Productora: Spillefilmkompaniet 4 1/2 / FilmLance International AB. Fotografía: Jakob Ihre. Música: Ola Fløttum, Knut Schreiner. Intérpretes: Espen Klouman-Høiner, Anders Danielsen Lie, Viktoria Winge, Henrik Elvestad, Christian Rubeck, Odd Magnus Williamson, Rebekka Karijord, Henrik Mestad, Pål Stokka. Nominada al Premio del público en los European Film Awards 2007.

    por EAM
    abril 09, 2014

    Crítica | Reprise, de Joachim Trier

    por EAM | abril 09, 2014
    Oslo, 31 de agosto, de Joachim Trier

    El vacío

    crítica de Oslo, 31 de agosto (Oslo, 31. august, Joachim Trier, 2011)

    Te has quedado fuera de la vida, fuera del discurrir normal del mundo y de todas las cosas y ahora debes volver a integrarte, a ser uno más, a reencontrarte con lo que dejaste atrás y no sabes si deseas hacerlo o no. Tu existencia se ha vaciado y volver a llenarla cuando sientes que no hay razones para ello se torna una tarea imposible. Así encontramos a Anders al principio de Oslo, 31 de agosto (Oslo, 31. august), la película dirigida por Joachim Trier en 2011 y que ahora se estrena en las pantallas españolas. Anders está ingresado en un centro de desintoxicación y por primera vez desde que llegara allí tendrá la oportunidad de salir. Debe viajar a Oslo porque ha tenido una oferta de trabajo y se enfrentará a su primer día de “libertad.” Volver a ver a su hermana, a los viejos amigos, tomar contacto con lo que fue su día a día cotidiano con la sombra de la heroína supone encontrar una razón poderosa que te impulse a luchar cuando el primer paso está dado, pero aún quedan muchos más para que en tu corazón la vida te anime a seguir. Porque una vez que estás fuera tu primer impulso al tener un poco de dinero en el bolsillo y pasear por las calles de antaño es comprar un cuarto. Porque eso era lo cotidiano entonces y se ha convertido ya en un acto atávico contra el que hay que luchar a cada segundo de tu nueva existencia. Y sabes que es un deseo que estará ahí siempre, acompañándote, aferrándose a ti, obligándote a mantenerte lejos del mundo que llegaste a conocer porque si vuelves te llamará a gritos. Esa es la maldición: debes volver a la vida, pero la vida te empuja a la autodestrucción. Hay que tener una gran fuerza interior para luchar y vencer día a día la llamada del abismo.

    por José Luis Forte
    enero 22, 2014

    Crítica (II) | Oslo, 31 de agosto

    por José Luis Forte | enero 22, 2014
    Joachim Trier, director de «Oslo, 31 de agosto»

    preguntas| Emilio Luna
    entrevista y traducción| Gonzalo Hernández
    lugar| Hotel de las Letras, Madrid, martes 14 de enero.

    Tras entusiasmar al público y la crítica de Cannes con Oslo, 31 de agosto, Joachim Trier se convirtió en una de las grandes promesas del nuevo cine europeo. Un impacto tal, que su segunda creación fue considerada una de las mejores películas del 2011/2012 para numerosas publicaciones internacionales. Cine de autor, de factura técnica impecable y concepción humanista. Estamos ante uno de los futuros clásicos del cine del viejo continente, sin duda. Con motivo del estreno de Oslo, 31 de agosto en España hablamos con él de su pasado, presente y futuro. Un hombre cercano, como su cine.



    Ante todo Sr. Trier, enhorabuena por Oslo, 31 de agosto, un filme fantástico que gracias a Abordar-Casa de Películas veremos en España en pantalla grande. Algo no muy habitual ya que llega poco cine nórdico a las salas de nuestro país.

    — Ciertamente no. ¿Recuerdas alguna? Porque no es muy usual ver películas escandinavas estrenándose en España.

    Lars von Trier, Lukas Moodysson...

    — Eso quiere decir que es un honor estar estrenando aquí. [ríe]

    Segunda película, seleccionada en Un certain regard (Una cierta mirada) de Cannes; premios en el Festival de Estocolmo; elegida por numerosas publicaciones como una de las mejores obras de 2011/2012… Un éxito silencioso pero sólido. ¿Cómo vivió su presentación en Cannes?

    — Fue increíble. Soy un fan del cine. Cuando era adolescente, con 18 o 19 años, iba a la filmoteca de Oslo, donde exhibían películas antiguas. De las grandes producciones a películas de arte y ensayo. Siempre veía películas, así que Cannes para mi era un gran reto. Cuando te dabas cuenta que un filme había salido de Cannes, pensabas “posiblemente será una obra interesante” porque tienen una gran selección. Así que cuando me seleccionaron me sentí muy halagado. Fue divertido. Pero también en mi familia, mi abuelo fue director de cine. Su nombre era Erik Lochen y en 1959 su primera película, titulada The Hunt, fue seleccionada para la competición oficial en la edición de Cannes del 59. Así que desde niño, en mi familia escuchaba historias acerca de cómo una vez mi abuelo había tenido esta película en este gran festival. Fue realmente divertido por tanto, tener la posibilidad de estrenar en él, y también desde una perspectiva práctica. Uno de los retos principales del momento es que en Europa no vemos demasiado las películas de los demás países, así que Cannes es un gran lugar para estrenar, para captar atención, para conseguir distribución

    Uno de los aspectos más importantes de Oslo 31 de agosto es su actor principal, Anders Danielsen Lie. La composición que hace del taciturno y anónimamente desesperado protagonista es sensacional. ¿Cómo afrontaron ambos la creación de ese personaje? Ni que decir tiene que nos gustaría verlos juntos en una tercera producción ¿Será la siguiente?

    — Buena pregunta. Una parte del personaje vino del libro. Esa clase de tío cool que conoce a mucha gente y sale de fiesta, pero que se encuentra perdido en su vida. Eso viene del libro. Sabía que quería hacer una película sobre lo moderno... algo así como hipster, como ese tío divertido, pero que había estado muy perdido y drogado. Pensé en personas que conocía en Oslo, que se adecuarían a gente como él. Esa es otra parte del personaje. De cómo lo escribimos. La tercera y más importante es Anders, el actor. Le elegí antes de escribir el guión y le dije “Ok, ¿Quieres hacer esta película?” Sí, quería hacerla, estaba ansioso. “De acuerdo, asegurémonos de que lo escribimos alrededor de él (Anders)”, porque cualquier abstracción que imagines en el cine... puedes crearte una idea del personaje, pero la persona de la pantalla será el personaje. Como decía Godard: Cada día en el set, es sólo esa persona frente a una cámara. Eso también forma parte de él. Todo este conjunto creó al personaje final.

    por Emilio M. Luna
    enero 17, 2014

    Entrevista | Joachim Trier, director de «Oslo, 31 de agosto»

    por Emilio M. Luna | enero 17, 2014

    Patología depresiva

    crítica de Oslo 31 de agosto | Oslo, 31. August, de Joachim Trier, 2011

    La soledad de la droga. Posterior a su socialización. El paso de la erótica de la desinhibición, al ostracismo del estigma. De la iniciación colectiva a la orfandad posmoderna. Sustancias que permiten el acceso a una realidad subjetiva y que conducen a una destrucción objetiva. Un bucle con incierta escapatoria. El mono les atosiga, les acosa, les hostiga. La sociedad les da la espalda. Se individualiza el problema. Se castiga. Maldita droga. El vicio del adicto. Un sujeto que, en el imaginario colectivo, se identifica con los yonkis despojados de sí mismos. Con chándal noventero, de fuma bases. Una persona capaz de inyectarse hasta la resina de los árboles. Ese que empieza fumando porros a los catorce. Sin embargo, los datos del Observatorio de Proyecto Hombre no niegan la mayor, pero sí hablan de otro nuevo perfil: “Hombre, de 35 años, que vive en la ciudad y tiene trabajo, consume cocaína”. Detrás de esta silueta se encuentra Anders, protagonista de la segunda película de Joachim Trier, Oslo, 31 de agosto (2011). Título que hace referencia al fin y al comienzo. Crepúsculo estival. Inicio del invierno. Consumación de la rehabilitación. Estreno de una vida normal –lo que quiera que signifique eso–.

    El realizador noruego filma “el día”. El 31 de agosto de Anders. Recorre su infelicidad. Pasea por la soledad del desamparo. Después de diez meses en un centro de desintoxicación obtiene, tan sólo, el consuelo de la abstinencia. A cambio, la deriva existencial. El suicidio como alternativa. Intento fallido y vuelta a empezar. Las primeras oportunidades: reencontrarse con los suyos, una entrevista de trabajo y una fiesta. Otra chance para aferrarse a eso que llaman la vida. La losa de los años perdidos y el pesar de la decepción ajena empujan a este noruego, en el ecuador de la treintena, al abismo. Oslo, 31 de agosto juega con la dicotomía del verano y su ocaso, el día y la noche, la vida y la muerte. Y cómo no, con la reinserción o el destierro. En ese flirteo, con ambas direcciones de una bifurcación, es donde la historia seduce y absorbe. El suspense de la recaída como exaltación. La oscilación temporal como metáfora. El reloj entendido como el marco de la realidad más atroz. El espacio transitorio en el que un (ex)adicto debe lidiar con las cicatrices pretéritas y con un proceso de autoflagelación. En esas divergencias uno no sabe a qué atenerse y navega en esa incertidumbre existencial. Hasta la escena del café. El punto de inflexión. Anders, después de una desafortunada entrevista de trabajo y antes de un encuentro malogrado con su hermana, decide ir a una cafetería. Desde la barra, escoltado por una clientela ávida de cafeína, escucha las conversaciones que le rodean. Acompañado por la desconocida multitud reafirma su percepción situacional. La soledad como estado inamovible. Momento en el que pasar página deja de ser una opción. Punto en el que nuestro antihéroe se abona a la autocompasión como escenario ineludible.

    por Anónimo
    diciembre 04, 2013

    Crítica | Oslo, 31 de agosto

    por Anónimo | diciembre 04, 2013

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