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    Karlovy Vary 2012
    Karlovy Vary 2012

    DESASOSIEGO EXISTENCIAL

    crítica de Oh Boy | Jan Ole Gerster, 2012

    Amanece en un dormitorio de Berlín. El joven se viste lentamente, sin hacer ruido. Tiene una media melena grasienta y ojos que trasuntan sopor. En la cama, junto a él, reposa el cuerpo de una chica que le sonríe y le ofrece una taza de café. Pero el chaval rehúsa tal ofrecimiento: tiene prisa, es muy tarde aun con los primeros rayos de sol. Basta el cruce de una mirada fugaz para que ella identifique el Quid, como si hubiera descifrado la realidad funesta del asunto. "Tengo que irme". Es un viaje de ida, suponemos, pues ese universitario —ya antiguo estudiante sin facultad— en busca de un no sé qué muy oblicuo sólo desea rastrear su futuro, quizá dejarse ir un poco más al tiempo que su boyante padre le ingresa con puntualidad británica y el día 1 mil euros para sufragar los gastos del alquiler y de sus estudios de Derecho que jamás finalizará porque ni quiere ni le apetece, o sí, aunque en cualquier caso él es un fantasma en la ciudad que gobierna el destino económico de Europa. Adiós a la aventura, adiós a la mentira, adiós a ese muro que construyó para aislarse del resto, restos del detritus social que nunca ha interpretado como propio, ni siquiera a la hora de reivindicar su mérito en el colapso de las relaciones, su dulce tartazo en la cara. Porque la rutina sigue, y hay que resignarse. Olvídense del juicio fácil, del vulgar estereotipo posmoderno que se intuye en el (mal) lector de Nietzsche, acaso otra lectura sobre el ni-ni (ojo con la palabra, el monumento a la frivolidad más estúpida) que ha matado a Dios con setenta chupitos de vodka. Entierren cualquier sospecha alrededor de Oh Boy.

    por Anónimo
    septiembre 11, 2013

    Crítica | Oh Boy

    por Anónimo | septiembre 11, 2013
    The Almost Man

    UN CRÍO DE TREINTA Y CINCO AÑOS

    crítica de The Almost Man | Mer eller mindre mann, Martin Lund, 2012

    Todos somos conscientes de que los galardones en el mundo del cine, hasta cierto punto y unos más que otros, son una patraña. Pero gustan. De todas formas, y al margen de lo irracional de colgar laureles de carácter competitivo, éstos tienen su razón de ser. Los reconocimientos y premios tienen una importancia capital para la industria cinematográfica, principalmente para aquellas películas de grafía más humilde y que no disponen de artillería mediática. Sirven de estímulo a los espectadores, son un cebo para que la gente vaya a las salas. Un distintivo de calidad, que permite incrementar los ingresos de la cinta de turno, e inclusive su reestreno. Es parte del espectáculo. Parte del juego. No obstante, otorgar reconocimientos de esta índole en el séptimo arte suele ser algo controvertido ¿Cómo estipular, cómo medir que una película es mejor que otra? ¿Cómo convenir el valor artístico de una cinta en función de sus competidoras? Lógicamente, por muchos criterios de evaluación que se estipulen, siempre se estará incurriendo en una injusticia. No llueve a gusto de todos. Aún así, hay casos más sangrantes que otros a tenor de las tendencias habituales, de las constantes exhibidas en otras ediciones de según qué premio o festival. Sólo así se explica la polémica desatada tras anunciarse el año pasado, en Karlovy Vary, a la noruega The Almost Man (2012) como ganadora del Globo de Cristal. Su carácter excesivamente convencional, su ausencia de innovación, fueron entendidas como una afrenta al espíritu del Festival. Lo cierto es que esta comedia dramática, opera prima del director Martin Lund, dista mucho de resultar significativa. Al margen de los gustos del consumidor de turno, las películas ganadoras de festivales suelen ser sorpresivas, impactantes. No son, al menos, tan intrascendentes y prescindibles como esta.

    El argumento nos cuenta la alergia a la madurez de un adulto de 35 años. Henrik, el protagonista, acaba de comprarse una nueva casa, ha conseguido un nuevo puesto de trabajo y mantiene una relación extravagantemente sana con su pareja. Todo parece ir sobre ruedas en su vida salvo por un motivo: se niega a aceptar su situación y prefiere comportarse como un crío. Sin razón aparente, al margen del tedio y los compromisos de la vida adulta, Henrik opta por actuar de forma infantil. A través de una retahíla de momentos a cada cual más esperpéntico que el anterior, el espectador será testigo del tambaleo de su estabilidad. Estamos ante el enésimo abordaje de la generación adultescente, formada por todos esos treintañeros que sufren el síndrome de Peter Pan. El caso del protagonista es distinto a los vistos normalmente en pantalla, habida cuenta no de su incapacidad para tomar decisiones adultas, sino para una vez que las toma no actuar en consecuencia. El contexto que le rodea también es significativo y altamente influenciable ya que su grupo de amigos adolece del mismo problema. Sus colegas terminan por ser un refugio para sus actitudes, una vía de escape ante ciertas incomodidades –como la fiesta con los compañeros de trabajo de su novia–. Henrik es la evidencia sintomática de una generación que sufre: cierta negación de la madurez, inseguridad en ambientes no distendidos, un egocentrismo rayano en lo estúpido, miedo al compromiso –en este caso el laboral–, una irresponsabilidad monumental, y una muy baja tolerancia a la frustración que les obliga a buscar vías de evasión –estúpidas–.

    por Anónimo
    agosto 27, 2013

    Crítica | The Almost Man

    por Anónimo | agosto 27, 2013
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