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    Zhang Yimou
    Zhang Yimou

    Nieve blanca, nieve roja

    Crítica ★★★☆☆ de «Cliff Walkers», de Zhang Yimou.

    China, 2021. Título original: «悬崖之上» Director: Zhang Yimou. Guion: Yongxian Quan. Producción: China Film Co, Emperor Motion Pictures [Hong Kong], Huaxia Film. Fotografía: Zhao Xiaoding.. Montaje: Yongyi Li. Música: Yeong-wook Jo. Reparto: Zhang Yi, Zhang Hanyu, Amanda Qin, Zhu Yawen, Yu Hewei, Li Naiwen, Yu Ailei.

    Si fuera un color, la nueva película del director chino Zhang Yimou (La linterna roja, Hero, Sombra) sin duda sería el blanco. En primera instancia, un blanco limpio, como el de la nieve que cubre todos los paisajes de ese Manchukuo conflictivo, el estado títere que cruzan los personajes. Pero a medida que avanza el filme, también un blanco que puede ser ruidoso y hostil, al son de esas diez mil partículas en movimiento que cortan el aire a toda velocidad, desordenadas e incomunicantes. Un blanco cambiante y versátil, ese que podemos ver tanto reposando en las calles nocturnas de Harbin, una ciudad tensa y expectante, como bajo las rodillas del prisionero que, atado y aterrado, lo intuye tomando tonalidades más rojizas a su alrededor en cuanto su cuerpo toca el suelo. En cualquiera de esas formas, el blanco se encuentra siempre dentro de plano, y el realizador no nos deja apartar la mirada de él. Incluso cuando se mancha de un rastro de sangre vertida que cala hondo en la nieve, ahora impura.

    Así, el enfrentamiento entre una China comunista resistente y un amenazante Japón Imperial post Primera Guerra Mundial está tratado desde una vertiente más bien estética, ese acercamiento que suele caracterizar el cine de Zhang Yimou. Con Cliff Walkers, el director pone imágenes a la historia escrita por Yongxian Quan sobre un grupo de espías del Partido Comunista Chino a los que, tras ser entrenados por la Unión Soviética, se les encomienda una misión vital para su país en el sino del conflicto entre las dos potencias asiáticas. El objetivo de Utrennya (amanecer en ruso, el nombre en clave de la encomienda) es hacer trascender información sobre los experimentos con armas biológicas efectuados en la región de Manchukuo, popularmente conocida como Manchuria. En una región bajo el amenazante control japonés, conseguir discretamente que el testimonio del único superviviente de los terroríficos campos de experimentación pueda llegar a oídos de la comunidad internacional. Para ello, el destacamento protagonista formado por cuatro agentes a los que dan vida Zhang Yi, Qin Hailu, Zhu Yawen y la joven Liu Haocun, se ve forzado a disgregarse justo al inicio del filme para asegurar el éxito de su cometido. Así, las parejas (también sentimentales) son separadas en dos grupos, creando unas tensiones dramáticas que, igual que el entramado de la propia encomienda, se desplegarán de forma paralela — que no simétrica —, durante toda la película.

    Se intuye en la trama una marcada intención politizante por parte de Yimou al anclarla a este contexto particular de la Historia de China y dibujar los activos en este conflicto de forma claramente polarizada. Está el bando “bueno” (por si no quedaba claro en el filme, existe una dedicatoria final nada titubeante) y sus antagonistas: simpatizantes japoneses. Por suerte, siempre nos quedan los conceptos más ambiguos de traidor o topo que, en boca constante de los personajes y en forma de giros de guion, añaden una ligera capa de complejidad moral. A pesar de ello, la perspectiva política se mantiene en un campo bastante obvio, aunque se podría argumentar que el enfoque que toma el director es más importante para él mismo que lo que acaba resultando para la película en sí. Al final, cuando se deja de lado toda la gravedad política de esa compleja realidad que quiere abordarse (la de principios de la década de los 30 en una zona de tenso enfrentamiento), Cliff Walkers no es ni más ni menos que una película de espías. Pura y llanamente. Y, como tal, es innegable que está ejecutada de forma impecable. Los códigos de género están todos presentes. La forma con la que el cineasta controla los tempi de la trama, mientras construye planos y escenas perfectamente orquestadas solo hace que confirmar lo que probablemente ya sabíamos: Yimou sabe hacer cine. Sus películas, incluso cuando no son obras maestras, tienen esa inconfundible aura de clásico.

    por Júlia Gaitano Mendizàbal
    noviembre 17, 2022

    Crítica | Cliff Walkers (悬崖之上)

    por Júlia Gaitano Mendizàbal | noviembre 17, 2022
    Gui lai

    Olvidar lo inolvidable

    crítica de Regreso a casa (Gui lai / 歸來, Zhang Yimou, China, 2014).

    Una de las características que diferencian a Oriente de Occidente es su relación con la Historia. Es cierto que en ambas partes del mundo ha habido reformas y revoluciones que han provocado una ruptura con el pasado, y en la actual globalización las disparidades se difuminan. Pero si observamos la vida cotidiana en Japón o China advertimos una cierta cronología ancestral, reflejada en el arte o las costumbres, más llamativa que la nuestra o la de nuestros vecinos occidentales. Es mayor el valor que impone la tradición, y por extensión lo es su respeto y su ilustración. En este sentido, en el cine asiático abundan las minuciosas recreaciones históricas, que se remontan a siglos o décadas atrás: tendencia en la que se enmarca entre otros el reconocido Zhang Yimou. Su trilogía extraoficial Hero (Ying xiong, 2002), La casa de las dagas voladoras (Shi mian mai fu, 2004) y La maldición de la flor dorada (Man cheng jin dai huang jin jia, 2006) estaba ambientada en la China feudal y durante la dinastía Tang, mientras que su ópera prima Sorgo rojo (Hong gao liang, 1987) y su penúltima película Las flores de la guerra (Jin ling shi san chai, 2011) volvían la vista hacia los años 30. Ésta además hacía gala de una espectacularidad de medios, tanto artísticos como técnicos, que a todas luces se supera en su próxima cinta, The Great Wall. Ambas compartirían asimismo un protagonismo de estrellato: en aquella Christian Bale, en esta Matt Damon. Entremedias Yimou se ha permitido sin embargo contarnos una historia más íntima y personal, a menor escala, aunque como discutiremos enseguida su alcance sea más amplio de lo que parece.

    Hablamos de Regreso a casa, oportuno título con varias acepciones, empezando con una metalingüística, ya que con ella su director recoge una de las experiencias que marcaron su juventud y la de muchos de sus compatriotas: la Revolución Cultural de Mao Zedong. Yimou llevaba un tiempo planteándose una o varias historias que transcurrieran en esa época, como ya hiciera Amor bajo el espino blanco (Shan zha shu zhi lian, 2010). Y en concreto la que nos ocupa es también un guiño a sus orígenes al reunirse con su musa Gong Li en el papel principal, el de Yu. Empero el verdadero regreso a casa es el de su marido en la ficción, Lu, a cargo del actor Chen Daoming. El mismo es arrestado y encarcelado por su presunta ideología, que no se explicita, lo cual trivializa el motivo de su condena, como fue el caso de incontables víctimas de la citada represión popular. Aunque tras una elipsis la narración se sitúa al fin de la revuelta, con la liberación de los disidentes y su vuelta al hogar, es entonces cuando surge el drama más profundo, y es que tras varios años sin verse y como consecuencia de una peculiar amnesia, su mujer ya no se acuerda de él y no lo identifica como su marido. Éste deberá recurrir pues a una serie de artimañas para convencerla de quién es, con la ayuda de su hija antes afín al partido, con la que él ahora se ha reconciliado, a diferencia de su madre que no le ha perdonado el rechazo anterior que profesó hacia su padre.

    por Ignacio Navarro
    agosto 05, 2016

    Crítica | Regreso a casa

    por Ignacio Navarro | agosto 05, 2016
    Las flores de la guerra
    EL TOQUE MAESTRO DE ZHANG YIMOU
    crítica de Las flores de la guerra | Jin Ling Shi San Chai (The Flowers of War), Zhang Yimou, 2011

        La guerra, una vez más. Bombas, sangre, jóvenes traducidos a estadísticas y el poder, en la sombra. Villanos, hombres y mujeres como objetivos gustosamente abatibles; infancia arrebatada y lo que nunca nos contarán. Forma parte de nuestra identidad histórica, esa reconstrucción o negación inquisitiva del pasado, que sólo ayuda a crear nuevos monstruos. La Historia ofrece voz a los que llegan al final para escribirla (no obstante, y hasta donde yo sé, ni muertos ni proscritos tienen credibilidad). Así, hay que ser un punto masoca para adentrarse en una película cuyo telón de fondo es la brutal invasión de Nanjing por parte de los japoneses. Más de dos horas rememorando aquel episodio infame que retrató Ciudad de vida y muerte, un devastador relato acerca del genocidio y las violaciones que sufrieron centenares de mujeres, y muchas otras que todavía no habían alcanzado tal consideración. El filtro del blanco y negro justificaba ahí su presencia, por ritmo y por atmósfera: no había en el Infierno lugar para los colores, que suelen asociarse —a pesar del caos— con cierta esperanza. Finalmente salías del cine con un nudo en el estómago, consciente de que por muchas lecturas que lleves a tus espaldas o por muy gráfico que sea un texto, no hay mayor golpe emocional que una imagen tan expresiva como disuasoria. Digamos que la propuesta de Lu Chuan nos había dejado sin ganas de Nanjing, Auschwitz y demás episodios. O no. Al menos, no si el relevo recae en Zhang Yimou, un director cuyas señas de identidad se antojan identificables, pero elásticas. Y es que, tras su etapa mística y de artes marciales (Hero, La casa de las dagas voladoras, La maldición de la flor dorada…), aparentemente más ligera que la del extraordinario retratista social de Amor bajo el espino blanco, Yimou reafirma su vuelta al gran cine, o quizá a un cine de amplio espectro, inconscientemente lírico y lleno de humanidad, con Las flores de la guerra.

    por Anónimo
    marzo 07, 2013

    CRÍTICA | LAS FLORES DE LA GUERRA

    por Anónimo | marzo 07, 2013
    Amor bajo el espino blanco
    AMAR EN TIEMPOS REVUELTOS
    crítica de Amor bajo el espino blanco | Shan Zha Shu Zhi Lian, Zhang Yimou, 2010

        Lejanos quedan los tiempos en que Zhang Yimou llegó a nuestras vidas con Sorgo rojo, ganadora del Oso de Oro en Berlín en 1988. Desde entonces, este cineasta chino ha recogido premios a mansalva en prácticamente todos los festivales importantes, con obras tan reconocidas como La linterna roja (1991) -León de Plata al mejor director en Venecia-, ¡Vivir! (1994) -Bafta a la mejor película de habla no inglesa-, Ni uno menos (1999) -León de Oro en Venecia- o El camino a casa (1999) -Oso de Plata en Berlín-. Cuando en 2000, Tigre y dragón, una espectacular cinta de aventuras y fantasía llegada de Taiwán bajo la dirección de Ang Lee, arrasó en las taquillas de todo el mundo, Yimou abandonó momentáneamente su cine intimista y sencillo para probar suerte con epopeyas más ambiciosas. A este período pertenecen obras tan estimables como Hero (2002), La casa de las dagas voladoras (2004) y La maldición de la flor dorada (2006). El cineasta demostró que era igualmente capaz de manejarse con presupuestos millonarios y grandes escenas de masas, que con sus pequeños dramas rurales. Tras un extraño western, no del todo comprendido –posiblemente, su trabajo más olvidable-, Una mujer, una pistola y una tienda de fideos chinos (2009), Yimou vuelve a sus orígenes con una de las sorpresas más agradables del panorama cinematográfico de 2010, Amor bajo el espino blanco, que le valió la reconciliación con un gran sector de la crítica que había empezado a darle la espalda.

    por José Martín León
    marzo 07, 2013

    CRÍTICA | AMOR BAJO EL ESPINO BLANCO

    por José Martín León | marzo 07, 2013

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