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    Yorgos Lanthimos
    Yorgos Lanthimos
    || Críticas | Cannes 2024 | ★★★★☆
    Kinds of Kindness
    Yorgos Lanthimos
    La poética del extrañamiento


    Rubén Téllez Brotons
    Cannes |

    ficha técnica:
    Irlanda, 2024. Título original: Kinds of kindness. Duración: 165 min. Dirección: Yorgos Lanthimos Guion: Efthymis Filippou, Yorgos Lanthimos. Música: Thomas Newman. Fotografía: Robbie Ryan. Compañías: Coproducción Irlanda-Reino Unido-Estados Unidos; Element Pictures, Film4 Productions, Fox Searchlight. Distribuidora: Searchlight Pictures. Reparto: Emma Stone, Jesse Plemons, Willem Dafoe, Margaret Qualley y Hong Chau, Hunter Schafer, Joe Alwyn, Mamadou Athie, Susan Elle.

    Nueve meses después de alzarse con el León de Oro de Venecia gracias Pobres criaturas, Yorgos Lanthimos se presenta en la Sección Oficial de Cannes con una película que es, a la vez, compendio de todas sus obras y proyección de las mismas. Compuesta por tres historias en las que el sometimiento y el sadismo están a la orden del día, Kinds of kindness funciona como un nudo gordiano manchado de sangre y vísceras que se planta frente a la mirada del espectador para derribarla con la fuerza de una bola de demolición. El director levanta así un ejercicio de extrañeza que bucea en un océano mesmérico buscando retratar a unos personajes que, deformados por su habitual angular, dan vueltas sobre una jaula de oro casi transparente mientras intentan abrir unas alas que no tienen para poder echarse a volar. Cada palabra, cada mirada y cada paso que dan provoca que el diámetro del círculo en el que se encuentran se vaya estrechando poco a poco, que se vaya constriñendo el holograma de libertad en que tan cómodos se encuentran y que, por ende, el número de movimientos que puedan dar se vaya reduciendo drásticamente. En determinado momento, el decorado que ocultaba los barrotes se cae y los protagonistas, al constatar que no son más que animales enjaulados, se pierden en un abismo de locura sin fondo: cortes, disparos, mordiscos, sudoraciones extremas, canibalismo, violaciones, asesinatos y paranoias conforman un desfile grotesco patrocinado por un sistema capitalista y heteropatriarcal contra el que autor de La favorita realiza constantes embestidas.

    Lanthimos se reúne con Efthymis Filippou, su coguionista en Canino, Langosta y El sacrificio de un ciervo sagrado, para diseñar un tríptico de fábulas sin moraleja que caminan sobre el vacío de sus protagonistas y que convierten el desconcierto en un martillo con el que derribar tanto las expectativas del espectador como las certezas sobre las que levanta su día a día. Por un lado, un hombre mantiene una extravagante relación con su jefe, quien lleva dirigiendo su vida desde hace más de diez años (le dijo dónde vivir y con quién casarse, le negó la posibilidad de tener hijos y somete su rutina a un estricto control); por otro, un policía empieza a sospechar que su esposa, que había sobrevivido como naufraga en una isla desierta durante meses, es otra persona; y, para terminar, una mujer abandona a su familia para unirse a una secta que le encarga buscar a una persona con poderes sobrenaturales. Lanthimos rodea la película de una atmósfera por momentos abstracta, que contribuye a consolidar la rareza que predomina en cada secuencia. El universo en el que sucede la cinta, pese a regirse por unos códigos propios de raíz surrealista, es tan cercano a la actualidad que el sonido que hacen sus personajes al intentar romper la jaula en la que se encuentran se transforma en un eco que señala nuestra propia prisión. En ese mundo-no mundo en el que se desarrolla la película, Emma Stone, Jesse Plemons, Willem Dafoe, Margaret Qualley y Hong Chau, interpretan a todos los personajes de cada relato. El protagonismo vira de un actor a otro en cada historia, pero la dinámica de dominación se mantiene siempre intacta, con Stone colocada en el listón más bajo de la pirámide y Dafoe en la cúspide.

    Lanthimos desarrolla su habitual discurso sobre el carácter coercitivo que tiene la sociedad en general y el capitalismo en particular, haciendo gala de su vena satírica para reírse de, por ejemplo, ese pobre hombre interpretado por Plemons, que ha desarrollado un síndrome de Estocolmo con su jefe y que, a fuerza de estar secuestrado sin cadenas físicas durante diez años, se ha convencido a sí mismo de que ese es el único modo de conseguir la felicidad. Los personajes del griego son incapaces de amar sin reducir al ser amado a la condición de objeto, sin embalsar la infinidad de posibilidades que ofrece una relación a través de la negación del carácter cambiante de las personas —maravilloso ese policía (otra vez Plemons) que no reconoce a su esposa porque sus gustos culinarios han cambiado y la memoria le ha jugado una mala pasada—, sin quemarse en una hoguera de posesiones, sumisiones y dominaciones que termina deviniendo en incendio general. Es una gran noticia que Lanthimos demuestre que, por el bien del conjunto general de la cinta, sabe controlar ese expresionismo barroco que ha caracterizado sus últimas propuestas; y que, además, aproveche el inmenso talento de sus intérpretes y les dé la oportunidad de probar registros que vayan más allá del histrionismo. ♦


    por Rubén Téllez Brotons
    junio 28, 2024

    Crítica | Kinds of Kindness

    por Rubén Téllez Brotons | junio 28, 2024
    || Críticas | Mostra de Venecia 2023 | ★★★★★
    Pobres criaturas
    Yorgos Lanthimos
    Y Dios creó a la mujer


    Carlos Elorza
    Venecia (Italia) |

    ficha técnica:
    Irlanda, Reino Unido, Estados Unidos, 2023. Dirección: Yorgos Lanthimos. Guion: Tony McNamara basado en la novela de Alasdair Gray. Productores: Ed Guiney, Andrew Lowe, Yorgos Lanthimos, Emma Stone. Fotografía: Robbie Ryan. Montaje: Yorgos Mavropsaridis. Música: Jerskin Fendrix. Diseño de producción: James Price, Shona Heath. Vestuario: Holly Waddington. Reparto: Emma Stone, Willem Dafoe, Mark Ruffalo, Ramy Youssef, Christopher Abbott, Kathryn Hunter, Hanna Schygulla, Jerrod Carmichael, Margaret Qualley. Duración: 141 minutos.

    Es curiosa la evolución del griego Yorgos Lanthimos. Mientras que lo más habitual es que los directores de cine a medida que van avanzando en sus carreras vayan estilizando sus puestas en escena y depurando sus formas, cada película de Lanthimos resulta más excesiva, barroca y sobrecargada que la anterior. Desde el minimalismo formal de Canino (Kynodontas, 2009) y Alps (Alpeis, 2011), los filmes griegos con los que se dio a conocer, a la frialdad analítica de sus primeros proyectos internacionales, Langosta (Lobster, 2015) y El sacrificio de un ciervo sagrado (The Killing of a Sacred Deer, 2017), al exceso formal que supuso primero La favorita (The Favourite, 2018) que llega a su punto culminante, al menos de momento, con Pobres criaturas (Poor Creatures, 2023) con la que se llevó un merecido León de Oro en la última edición del Festival de Venecia.

    Curiosamente a medida que avanza el barroquismo en los aspectos formales de su cine, su mirada hacia la especie humana se vuelve menos inclemente y cruel. Sigue mostrando las miserias de nuestra especie, la maldad, la vanidad, el egoísmo, la codicia, el deseo de posesión o las ansias de venganza del ser humano, pero esta vez deja asomar también la bondad, la empatía y la solidaridad. Y lo hace de la mano de su protagonista, Bella Baxter, interpretada con entrega, audacia y valentía por Emma Stone, también productora de la película, asumiendo riesgos poco habituales en una estrella de Hollywood y logrando una de las mejores interpretaciones de su carrera. Una interpretación que obliga a Stone a inventarse una nueva forma de andar, una nueva forma de hablar, una nueva forma de actuar, un nuevo tipo de mujer. Y hacerla evolucionar, crecer y madurar. Sin caer en la caricatura y aunando el exceso y la sensibilidad. Una mujer adulta con el cerebro de una niña o una niña en el cuerpo de una mujer adulta que se cría sin atender a las reglas de la sociedad victoriana en la que vive, sin la obligación de tener que cumplir las normas que su entorno le impone. Una mujer sin pasado y sin pudor, que crece sin condicionantes, ni limitaciones, absorbiendo todo lo que le ofrece su entorno. Una mujer libre.

    Una mujer rescatada de una muerte segura mediante métodos frankensteinianos por un científico temerario, el doctor Godwin Baxter, interpretado por Willem Dafoe, y condenada a vivir sometida en un mundo en blanco y negro en la casa de su creador en la que todo, desde el cuerpo y el rostro del propio doctor a los animales domésticos que viven en ella, engendros creados como resultado de la combinación de dos o más especies, han sufrido de una u otra manera la pasión por la experimentación científica. Hasta que un buen día descubre el sexo, su sexo, lo que despertará en ella las ansias de saber todo lo que le puede ofrecer la vida y de conocer el mundo en el que vive. Un mundo a pleno color.

    Son estas ansias de conocer las que la llevan junto al abogado de la familia, un canalla interpretado por Mark Ruffalo, a escapar y viajar por medio mundo. Un recorrido quijotesco en el que a medida que Bella adquiere mayores conocimientos, empieza a entender el mundo en el que vive, aprende a comportarse de acuerdo con las normas de la sociedad y toma consciencia de sus derechos, el abogado se sentirá descolocado, perdido y sin capacidad de reacción al ver cómo pierde los privilegios que él entiende que le corresponden como hombre. Un viaje que llevará a Bella a descubrir la cultura y las artes, pero también la existencia de la pobreza y a conocer la prostitución y finalmente, a decidir tomar las riendas de su vida.

    En Pobres criaturas todo es desmedido. Narrativamente es arrolladora. Visualmente apabullante. Temáticamente pertinente y oportuna. Llena de un humor surrealista y absurdo. De sexo y de provocación. Su historia es fabulosa, las interpretaciones histriónicas, el vestuario recargado, los decorados un delirio de imaginación, en la fotografía vuelve a recurrir a los grandes angulares, los ojos de pez y los travellings que tanto llamaron la atención en La favorita, la música es bizarra y extraña. El mundo victoriano retrofuturista que crea es prodigioso y sugerente. Pero todo esa exageración y barroquismo en la puesta en escena, todo ese artificio e imaginación se ajustan perfectamente a lo que requiere la historia. Toda esa acumulación de elementos resulta coherente y plena de sentido. Pobres criaturas está repleta de ideas y de pasión por contar esa historia y lo hace de forma sorprendente, divertida e inteligente. En Pobres criaturas todo es desproporcionado y exagerado. Pero también pertinente. Y es que mientras uno ve Pobres criaturas cree que esa historia no se podría contar de otra manera.

    Pobres criaturas es un coming-of-age vertiginoso, una película de aprendizaje acelerado que empieza como una crítica a los límites de la experimentación en pos del progreso y el avance científico y se convierte en un poderoso alegato feminista. Un cuento de amor, de terror, de sexo, divertido y surrealista. Una mirada satírica a los hombres, a su forma de actuar, a su forma de ser y sobre todo, a su forma de relacionarse con las mujeres. Un cruce apasionado y arrebatador entre el Frankenstein de Mary Shelley y la historia de Adán y Eva de la Biblia de la que se hubiera quitado de en medio la figura de Adán y solo hubieran quedado el creador y la mujer.


    por Carlos Elorza
    enero 25, 2024

    Crítica | Pobres criaturas

    por Carlos Elorza | enero 25, 2024

    Far-fetched

    Crítica ★★★★★ de «La favorita», de Yorgos Lanthimos.

    Reino Unido, 2018. Título original: «The Favourite». Director: Yorgos Lanthimos. Guion: Deborah Davis, Tony McNamara. Duración: 121 minutos. Edición: Yorgos Mavropsaridis. Fotografía: Robbie Ryan. Música: Varios Artistas. Diseño de producción: Fiona Crombie. Diseño de vestuario: Sandy Powell. Productora: Coproducción Reino Unido-Irlanda-Estados Unidos; Element Pictures / Scarlet Films / Film4 Productions / Waypoint Entertainment. Distribuida por Fox Searchlight. Intérpretes: Olivia Colman, Emma Stone, Rachel Weisz, Nicholas Hoult, Joe Alwyn, James Smith, Mark Gatiss, Jenny Rainsford, Tim Ingall, Basil Eidenbenz, Timothy Innes, Jack Veal, James Melville, Hannah Morley, John Locke. Presentación oficial: Venice Film Festival, 2018.

    A comienzos del siglo XVIII, una mujer se hace con el control de Inglaterra, Escocia e Irlanda. Se trata de Ana de Estuardo, la primera de las reinas de Gran Bretaña, pero menos célebre que las que ocuparon el cargo posteriormente. Puede que la causa de que la historia la haya relegado siempre a un segundo plano sea su inestabilidad mental, y es que su reinado estuvo protagonizado por excéntricas salidas de tono y sus más que numerosos escándalos. Al menos, así parece indicárnoslo Yorgos Lanthimos en su última película: La favorita, en la que nos presenta el retrato de esta monarca como una persona enferma, física y mentalmente, carente del juicio suficiente para elegir su propia ropa o maquillaje, por lo que huelga decir que los asuntos de estado, en un momento tan delicado como el de la guerra contra Francia, debían de ser tomados por alguien con un dictamen menos nublado. Aquí es donde entra en juego Sarah Churchill, consejera y concubina de la reina, quien logró ganarse la confianza de Ana para así, junto a su marido, el Duque de Marlborough, decidir el destino del país; la mujer en los despachos, y el hombre liderando la ofensiva británica en el capo de batalla, en una época tan convulsa como la que atravesó al formar alianza con España para derrotar a los franceses en la Guerra de Sucesión contra los Borbones. El trasfondo argumental presenta la división interna del gobierno acerca de cómo abordar esta guerra. Un conflicto armado que, como todos, requirió de una gran inversión de dinero, por lo tanto, Sarah, se vio obligada a idear la estrategia para poder afrontar esa sangría económica; una medida tan drástica, pues implicaría la subida de impuestos a todos los terratenientes, como valiente, al oponerse con firmeza a la propuesta por el sector más moderado, que buscaba la proclamación de un tratado de paz. En cualquier caso, toda esta subtrama será tratada apenas superficialmente, pues lo que de verdad interesa al director es la fragilidad e inestabilidad de la monarca, su relación con Sarah, quien ostenta el papel de favorita al comienzo de la película, y la evolución de esa relación cuando entre en escena Abigail, una joven noble caída en desgracia, que encuentra en la simplicidad de la reina una oportunidad irrepetible para recuperar su aristocrática posición.

    — ¿Estás aquí para tratar de seducirme o para violarme?
    — ¡Yo soy un caballero!
    — Violación, entonces.

    Lanthimos presenta un relato feminista desgarrador, que reproduce la primera ola, aquella que cuestionaba, bajo los textos de Olympe de Gouges, la propia identidad de la mujer antes de que sus derechos fueran incluidos en tribuna política o intelectual alguna, con la evidente característica de estar enfocada desde el punto de vista de la cuarta y actual ola. En su visión más superficial, podría parecer que ese feminismo se evapora por momentos, sobre todo al atender a la crueldad con la que las mujeres, aspirantes a favoritas, se enfrentan entre sí con argucias y planes maquiavélicos; no obstante, dejando de lado las falsas teorías preconcebidas –o injustamente infundadas– acerca de la salvaje codicia femenina (ambición rubia, la llamaron), y atendiendo en todo momento al frío pragmatismo, es de resaltar que bajo esa superficialidad mezquina y retorcida se esconde un único objetivo: la supervivencia. Mientras que el poder y la posición social de los hombres se daban por descontados, la mujer tendría que pelear por alcanzar un estatus que de haber nacido varón le sería otorgado sin cuestionamientos de ninguna clase; por este motivo, tanto Sarah como Abigail son conocedoras de que en la corte solo hay sitio, y con mucha suerte, para una de ellas, y la alternativa a la destrucción sin piedad de su adversaria es, casi con total seguridad, el exilio, la prostitución o la muerte. La potencia interpretativa con la que cada uno de los vértices de ese triángulo afronta su papel es de un dramatismo sobrecogedor, incluso en aquellos momentos –marca de la casa– de delirante provocación y cómica perversión, las actrices lograrán mantener una coherencia absoluta en la encarnación de su personaje: tanto la favorita original, con su firmeza y el estoicismo con el que manipula a la monarca para imponer su voluntad con la que espera beneficiar a su país, como la favorita aspirante, en esos momentos de simpático oportunismo con los que, poco a poco y jugando muy bien sus cartas, va urdiendo un complot infalible con el único propósito de lucrarse a sí misma. Todo ello, por supuesto, sin olvidarnos de esa gloriosa reina chiflada que esconde en la demencia de sus acciones una vida de sufrimiento y dolor que ha ido lastrando y mermando cada vestigio de sensatez que pudiera quedarle, como por ejemplo, el hecho de sustituir con 17 conejos, a los 17 hijos que ha visto morir sin poder conservar descendencia alguna.

    por Alberto Sáez Villarino
    enero 23, 2019

    Crítica | La favorita

    por Alberto Sáez Villarino | enero 23, 2019

    Todo por una chapa

    Crónica IV del Festival de Gijón 2018.

    Decía Diego Llorente durante el coloquio de su humildísima Entrialgo que, tras explicar en una presentación que no había aspirado a reflexión alguna con ella, un miembro del público exclamó «¡pues nos vamos!». Y es que las expectativas de los asistentes de un festival de cine no son las mismas que las del público habitual de una sala comercial: de alguna forma, uno espera concluir la película sintiéndose diferente a cómo la empezó. Y si el propio realizador no cree haber ofrecido nada especial, ¿por qué molestarse? Sin embargo, parece ser que el mismo espectador que reaccionó con tanta naturalidad al inicio de la proyección se acercó al director al término de la misma para expresar su conmoción ante la sensibilidad con que había retratado la existencia rural en el pueblo que da título al filme. A eso aspiraba precisamente Llorente, una misión tan difícil de alcanzar como fácil de infravalorar: pocos regalos más especiales pueden presentarse a la prosperidad que un trocito de realidad. Además, ni los artistas son los mejores para vender su propio trabajo ni el receptor inmediato es necesariamente el mejor para juzgarlo, lo que convierte los coloquios en experiencias peculiares no siempre satisfactorias. Nathan Silver, director de The Great Pretender, se mostró visiblemente decepcionado con las preguntas del público gijonés durante el encuentro en el que también intervinieron dos de los intérpretes, los fantásticos Esther Garrel y Keith Poulson; pero ¿qué esperaba?: si todo cualquier mortal supiera plasmar sus dudas en palabras, no tendrían sentido las entrevistas de los periodistas. Al final, el Festival de Gijón ha decidido entregar chapas a quienes pregunten algo, independientemente de que ese “algo” realmente interese a alguien. Aun así, la conexión entre creadores y espectadores es una de las oportunidades más especiales de los festivales, aunque sólo sea para ver con los propios ojos a los habitualmente inalcanzables artífices del arte cinematográfico. De hecho, una de las intervenciones más comunes es la de algún aspirante a cineasta que, disfrazándolo de pregunta, dice algo así: «¿cómo de cool te sientes al pertenecer al mundo del cine y cómo diablos lo has conseguido?». Gijón no es Cannes, con lo que su poder de convocatoria es limitado, pero también gracias a ello se ha paseado por sus calles como uno más el francés Gaspard Ulliel, estrella de Les confins du monde a la que, quizá infravalorando el certamen, nadie esperaba.

    por Juan Roures
    noviembre 27, 2018

    Festival de Gijón 2018 (IV): La favorita, Tarde para morir joven, Alice T.

    por Juan Roures | noviembre 27, 2018

    Sacrificium Intellectus

    Crítica ★★★★ de El sacrificio de un ciervo sagrado (The Killing of a Sacred Deer, Yorgos Lanthimos, Grecia, 2017).

    La gravedad turbulenta y desestabilizante, que sólo lo inexplicable consigue generar como un sentimiento de impotente angustia, sacude la perfecta fachada de una familia norteamericana en cuyo seno descansan incontables generaciones de ciudadanos respetables y exitosos. Yorgos Lanthimos aplica con contundencia la voracidad de su estilo, esa inquietud desazonadora que se apodera de la pantalla y golpea, con fuerza y sin descanso, a los protagonistas, un impacto que de algún modo alcanza también al espectador, que se tambalea en su butaca, petrificado, sin tiempo para reaccionar, a la espera de que llegue el golpe de gracia y ponga fin a un sufrimiento inaguantable. Sin embargo, el realizador está muy interesado en hacernos comprender que nuestro nivel de tolerancia es mucho más alto de lo que pensábamos, por lo que se recrea en esa crueldad, en esos golpes que siguen cayendo pesados y sin descanso. El planteamiento dramático inicial consiste en un tratamiento explícito de la violencia como un acto desacralizante e indolente, la atrocidad que deshumaniza y enmascara cualquier sentimiento de afinidad o empatía hasta el punto de vulnerar, de mancillar aquello que se levantaba frente a nosotros como lo más puro y virtuoso de nuestro entorno: El sacrificio de un ciervo sagrado.

    La película comienza con solemnidad, mediante una escena que equipara la tarea del cirujano con la misma divinidad, gracias a esa pieza de Schubert que intensifica y dignifica la operación a corazón abierto que está realizando el doctor Stephen Murphy. Instantes después, vemos cómo Lanthimos se traslada al extremo ceremonioso opuesto y, con un cambio de plano, derriba al personaje, previamente deificado, a la más ridícula de las mundanidades con una absurda conversación sobre relojes de pulsera. Murphy, separado de su bisturí, es como Thor sin martillo, o Neptuno sin tridente, alguien que ha sido desprovisto de su instrumento de poder, y se ha visto obligado a descender a las esferas de lo común y lo mediocre, hasta el punto de ser accesible para las personas de a pie, quienes conformarán la mayor de sus amenazas. Así vemos cómo aparece en escena el personaje de Martin, un misterioso adolescente con un enigmático vínculo de tintes paterno-filiales con el protagonista. Lo que en un principio parecía una muestra de filantropía por parte del buen doctor, poco a poco va cobrando un aire de asfixiante coerción que nos mueve a pensar en que existe un pasado oscuro entre Martin y Steven; esta sospecha irá cobrando peso a medida que avance el metraje, y alcanzará el cénit de la incertidumbre con la llegada de un suceso paranormal que se apodera de la trama y destroza la aparente perfección de la familia Murphy.

    por Alberto Sáez Villarino
    diciembre 03, 2017

    Crítica | El sacrificio de un ciervo sagrado

    por Alberto Sáez Villarino | diciembre 03, 2017
    Nicole Kidman

    Un Munchausen extremo

    Crónica de la sexta jornada de la 70ª edición del Festival de Cannes.

    Cuando todavía nos estábamos intentando sobreponer del maestro Haneke, esta mañana era el turno de uno de sus discípulos más aventajados. Yorgos Lanthimos abría el día con The killing of a sacred deer, la más terrorífica de todas sus distopías, la más kubrickiana de todas sus perturbaciones. El realizador griego es un hueso duro de roer, y puede que por ello hayamos escuchado los primeros (aunque tímidos) abucheos tras un pase de prensa en el Grand Théatre Lumiére. Cierto es que los aplausos pesaban mucho más, pero este hecho viene a confirmar la disparidad de opiniones que crea y las discusiones sobre hasta dónde llegará la dirección macabra y desestabilizante que está adoptando desde hace unos años el cine que puebla los festivales. Por suerte, Hong Sangsoo iluminaba la tarde para destensar un poco el ambiente y, con sus juegos narrativos y temporales, aliviarnos de tanta sobrecarga y devolvernos al cine de la sencillez mágica y emotiva. Mientras, por la Quinzaine se ha paseado Sean Baker con The Florida Project, su mirada pueril sobre la infancia en un barrio marginal en la puerta trasera de Disneylandia. En Un Certain Regard, un Cantet menor por aun así certero y humanista, con otro gran guion firmado junto a Robin Campillo, regresaba a la Croisette con L’atelier; y el irregular debut del director eslovaco Györg Kristóf.

    por EAM
    mayo 23, 2017

    Festival de Cannes 2017 | Día 6. Críticas: The killing of a sacred deer / The day after / The Florida project / L'Atelier / Out

    por EAM | mayo 23, 2017

    La metamorfosis de Moro

    crítica de Langosta (The lobster, Yorgos Lanthimos, Grecia, 2015).

    La búsqueda del amor es una invención incorrecta, incoherente y vilmente manipulada por los estudios cinematográficos para que, cada 14 de febrero, la gente invierta cantidades ingentes de dinero y, lo que es peor, deposite toda su esperanza en encontrar a su media naranja; otro término absurdo que hace referencia a la falaz teoría de que en algún lugar del planeta existe una persona que reúne unos requisitos de compatibilidad absolutos con nosotros, y al primer contacto visual con ella sabremos —sabremos, y punto—, que "él/ella es el/la indicado/a, pausa-suspiro”. El resultado de esta búsqueda desesperada, para aquellos pobres pusilánimes que han estado influenciados por las rom-com de sobremesa hasta el punto del lavado de cerebro, suele ser tan catastrófico como la bancarrota absoluta o la depresión aguda e irreversible al comprobar, con una mezcla de espanto y ofensa, que esa media naranja a la que por fin han dado caza con total certeza, no cumple, una vez estudiado con proyección el venidero romance, los requisitos imprescindibles de idoneidad, ya sea por una discrepancia geográfica, un fallo de correspondencia o por tratarse el susodicho "semi-anaranjado", de un gato, un perro o una langosta (muchos han sido los casos de enamoramiento entre hombre y langosta, acabando casi todos ellos en desgraciados incidentes de canibalismo). Pese a que las relaciones entre humanos y animales son cada vez más frecuentes en nuestra sociedad (como también lo es la toxoplasmosis y, casualmente, —aunque quizá sin relación alguna—, la alergia al gluten), las explícitas reglas impuestas por Yorgos Lanthimos en su creación de un universo amorosamente distópico, establecen que las personas han de, llegada una edad, emparejarse con un par humano para poder continuar disfrutando de la bipedestación y (aunque quizá esto no sea tan necesario en la mencionada sociedad) el raciocinio. Así comienza The Lobster, el último desvarío sardónico del director de la revolucionaria Canino (Kynodontas, 2009).

    Y precisamente una langosta es el animal escogido por David para, en caso de no cumplir con la fecha límite establecida por la “residencia de esparcimiento” en su romántica empresa de encontrar pareja, pasar sus últimos días en la tierra de esa guisa: “crustaceiforme”. Esa es la premisa principal del nuevo experimento sociológico de Lanthimos, en el que presenta una humanidad exenta de soltería, donde las ciudades están pobladas por parejas “felices” y todos los desgraciados solitarios se ven obligados a confinarse en centros de emparejamiento preventivos o, si lo prefieren, huir hacia los despoblados suburbios de las ciudades y establecer comunas sediciosas de supervivencia, convirtiéndose así en un problema para el sistema y, por lo tanto, en un potencial objetivo a eliminar. “El delito mayor del hombre es haber nacido”, comentaba hace cerca de 400 años Calderón y, ¡cuánta razón tenía el aurisecular dramaturgo!, y ¡qué desazonadoramente actual resulta ese verso! El director griego utiliza la estricta premisa del emparejamiento preceptivo como ejemplo metafórico de la completa privación del libre albedrío. Para ello, la cinta seguirá los pasos del mencionado David, un timorato y medroso Colin Farrell, desde el momento en el que entra al centro de terapia y se le ofrece un período de gracia de 45 días —prorrogables según un sistema de recompensas por “buen comportamiento”— disfrutando de todo el lujo y el confort de su nueva residencia antes de ser animalizado. No tardará en darse cuenta de que, por mucho empeño y tiempo que dedique a su cometido, sus posibilidades de terminar en una pecera o en una cazuela son cada vez mayores, por lo que decidirá buscar una alternativa que comience con un plan de fuga. Así es como el protagonista conocerá a un grupo de rebeldes con quienes comparte una afinidad mucho mayor que con cualquiera de las mujeres a las que había conocido anteriormente, aceptando sin mucho miramiento las necesarias normas que este grupo exige para poder admitirlo como nuevo integrante de su comunidad.

    por Alberto Sáez Villarino
    diciembre 04, 2015

    Crítica | Langosta

    por Alberto Sáez Villarino | diciembre 04, 2015

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