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    Crítica | La favorita

    Emma Stone, La favorita

    Far-fetched

    Crítica ★★★★★ de «La favorita», de Yorgos Lanthimos.

    Reino Unido, 2018. Título original: «The Favourite». Director: Yorgos Lanthimos. Guion: Deborah Davis, Tony McNamara. Duración: 121 minutos. Edición: Yorgos Mavropsaridis. Fotografía: Robbie Ryan. Música: Varios Artistas. Diseño de producción: Fiona Crombie. Diseño de vestuario: Sandy Powell. Productora: Coproducción Reino Unido-Irlanda-Estados Unidos; Element Pictures / Scarlet Films / Film4 Productions / Waypoint Entertainment. Distribuida por Fox Searchlight. Intérpretes: Olivia Colman, Emma Stone, Rachel Weisz, Nicholas Hoult, Joe Alwyn, James Smith, Mark Gatiss, Jenny Rainsford, Tim Ingall, Basil Eidenbenz, Timothy Innes, Jack Veal, James Melville, Hannah Morley, John Locke. Presentación oficial: Venice Film Festival, 2018.

    A comienzos del siglo XVIII, una mujer se hace con el control de Inglaterra, Escocia e Irlanda. Se trata de Ana de Estuardo, la primera de las reinas de Gran Bretaña, pero menos célebre que las que ocuparon el cargo posteriormente. Puede que la causa de que la historia la haya relegado siempre a un segundo plano sea su inestabilidad mental, y es que su reinado estuvo protagonizado por excéntricas salidas de tono y sus más que numerosos escándalos. Al menos, así parece indicárnoslo Yorgos Lanthimos en su última película: La favorita, en la que nos presenta el retrato de esta monarca como una persona enferma, física y mentalmente, carente del juicio suficiente para elegir su propia ropa o maquillaje, por lo que huelga decir que los asuntos de estado, en un momento tan delicado como el de la guerra contra Francia, debían de ser tomados por alguien con un dictamen menos nublado. Aquí es donde entra en juego Sarah Churchill, consejera y concubina de la reina, quien logró ganarse la confianza de Ana para así, junto a su marido, el Duque de Marlborough, decidir el destino del país; la mujer en los despachos, y el hombre liderando la ofensiva británica en el capo de batalla, en una época tan convulsa como la que atravesó al formar alianza con España para derrotar a los franceses en la Guerra de Sucesión contra los Borbones. El trasfondo argumental presenta la división interna del gobierno acerca de cómo abordar esta guerra. Un conflicto armado que, como todos, requirió de una gran inversión de dinero, por lo tanto, Sarah, se vio obligada a idear la estrategia para poder afrontar esa sangría económica; una medida tan drástica, pues implicaría la subida de impuestos a todos los terratenientes, como valiente, al oponerse con firmeza a la propuesta por el sector más moderado, que buscaba la proclamación de un tratado de paz. En cualquier caso, toda esta subtrama será tratada apenas superficialmente, pues lo que de verdad interesa al director es la fragilidad e inestabilidad de la monarca, su relación con Sarah, quien ostenta el papel de favorita al comienzo de la película, y la evolución de esa relación cuando entre en escena Abigail, una joven noble caída en desgracia, que encuentra en la simplicidad de la reina una oportunidad irrepetible para recuperar su aristocrática posición.

    — ¿Estás aquí para tratar de seducirme o para violarme?
    — ¡Yo soy un caballero!
    — Violación, entonces.

    Lanthimos presenta un relato feminista desgarrador, que reproduce la primera ola, aquella que cuestionaba, bajo los textos de Olympe de Gouges, la propia identidad de la mujer antes de que sus derechos fueran incluidos en tribuna política o intelectual alguna, con la evidente característica de estar enfocada desde el punto de vista de la cuarta y actual ola. En su visión más superficial, podría parecer que ese feminismo se evapora por momentos, sobre todo al atender a la crueldad con la que las mujeres, aspirantes a favoritas, se enfrentan entre sí con argucias y planes maquiavélicos; no obstante, dejando de lado las falsas teorías preconcebidas –o injustamente infundadas– acerca de la salvaje codicia femenina (ambición rubia, la llamaron), y atendiendo en todo momento al frío pragmatismo, es de resaltar que bajo esa superficialidad mezquina y retorcida se esconde un único objetivo: la supervivencia. Mientras que el poder y la posición social de los hombres se daban por descontados, la mujer tendría que pelear por alcanzar un estatus que de haber nacido varón le sería otorgado sin cuestionamientos de ninguna clase; por este motivo, tanto Sarah como Abigail son conocedoras de que en la corte solo hay sitio, y con mucha suerte, para una de ellas, y la alternativa a la destrucción sin piedad de su adversaria es, casi con total seguridad, el exilio, la prostitución o la muerte. La potencia interpretativa con la que cada uno de los vértices de ese triángulo afronta su papel es de un dramatismo sobrecogedor, incluso en aquellos momentos –marca de la casa– de delirante provocación y cómica perversión, las actrices lograrán mantener una coherencia absoluta en la encarnación de su personaje: tanto la favorita original, con su firmeza y el estoicismo con el que manipula a la monarca para imponer su voluntad con la que espera beneficiar a su país, como la favorita aspirante, en esos momentos de simpático oportunismo con los que, poco a poco y jugando muy bien sus cartas, va urdiendo un complot infalible con el único propósito de lucrarse a sí misma. Todo ello, por supuesto, sin olvidarnos de esa gloriosa reina chiflada que esconde en la demencia de sus acciones una vida de sufrimiento y dolor que ha ido lastrando y mermando cada vestigio de sensatez que pudiera quedarle, como por ejemplo, el hecho de sustituir con 17 conejos, a los 17 hijos que ha visto morir sin poder conservar descendencia alguna.




    «Lanthimos presenta un relato feminista desgarrador, que reproduce la primera ola, aquella que cuestionaba, bajo los textos de Olympe de Gouges, la propia identidad de la mujer antes de que sus derechos fueran incluidos en tribuna política o intelectual alguna».


    En este punto conviene recordar, para obtener una perspectiva más amplia de la elaborada y característica dramaturgia de Lanthimos, que ya había abordado previamente el tema de la sustitución de un ser querido (Alps, 2011), y la transformación de personas en animales (Langosta, 2015), por lo que parece evidente que el griego continúa con su teoría animalizadora hasta sus últimas consecuencias. Además, siguiendo con ese aire hiperrealista que el director introduce en todas sus películas, La favorita, pese a estar vestida con un fastuoso traje de drama de época, sabe muy bien cómo desvincular al espectador de una completa adaptación a su escenografía. Para ello, Lanthimos utiliza recursos visuales denotativos con los que nos aleja del núcleo principal de la acción, como el uso del gran angular y el ojo de pez para tener la sensación de observar sin ser vistos, a través de una mirilla, como si la trama que está aconteciendo en palacio no fuera de nuestra competencia y nos situara allí como meros espectadores de los que no se espera participación de ningún tipo. A lo largo de los ocho capítulos en los que se divide el metraje, permaneceremos siempre en este plano secundario de incierta ambigüedad, atendiendo a los caprichos y excentricidades de una reina, y a la facilidad con la que su séquito la hacía cambiar de parecer.

    Otro de los recursos más destacados aparece en el ámbito narrativo, y parte de la subversión de la dicotomía tradicional establecida entre el amor divino y el terrenal, cuando el primero comienza a ser corrompido por el segundo. La llegada de Abigail rompe la monotonía protocolaria de las dos amantes aristócratas, y alimenta con su picardía y su aire popular las llamas casi extintas de la pasión burguesa. Además, para hacer esta técnica mucho más evidente, el realizador introducirá cada escena de índole amorosa mediante la naturaleza profundamente teatral de la reflexión; cada movimiento está estudiado con meticuloso detenimiento, y en todas las acciones que dan pie a un acercamiento romántico, se puede vislumbrar un esquema moral que se pone en entredicho. Ya con las dos amantes enfrentadas por capricho de la reina enamoradiza, se produce un evidente símil alusivo a la conciencia buena y la conciencia mala, cada una de ellas encarnada de manera alegórica por una joven mujer representante de todo un estrato social: la conciencia buena, personificada por Sarah, quien busca lo mejor para el país aunque con ello encuentre la enemistad del pueblo llano; y Abigail, en el papel de conciencia mala, que querrá, a base de mentiras y medias verdades, ganarse el favor de todo el mundo para obtener un beneficio a corto plazo. Oligarquía contra oportunismo, como ya hemos mencionado, ésta es una historia de supervivencia, aunque por los apuntes finales que el realizador nos permite extraer de ese aséptico desenlace, puede que todo el esfuerzo y la perseverancia invertidos en la lucha no resulten tan satisfactorios como se hubiera deseado. | ★★★★★ |


    Alberto Sáez Villarino
    © Revista EAM / Dublín


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