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    Crítica | Ötzi, el hombre del hielo

    Camino de vida y muerte

    Crítica ★★★ de «Ötzi, el hombre del hielo», de Felix Randau.

    Alemania, Italia y Austria, 2017. Título original: «Der Mann aus dem Eis (Iceman)». Dirección: Felix Randau. Guion: Felix Randau. Productoras: Port au Prince Film & Kultur Produktion / Echo Films / Lucky Bird Pictures / Amour Fou Filmproduktion Fotografía: Jakub Bejnarowicz. Montaje: Vessela Martschewski. Música: Beat Solèr. Diseño de producción: Juliane Frierich Vestuario: Cinzia Cioffi. Reparto: Jürgen Vogel, André Hennicke, Susanne Wuest, Sabin Tambrea, Martin Augustin Schneider, Anna F., Franco Nero. Presentación: Festival de Locarno. Duración: 96 minutos.

    En la road movie romántica 303 (2018) de Hans Weingartner, los protagonistas, dos jóvenes estudiantes universitarios, se enamoran al tiempo que van desgranando todo aquello que conocen y han aprendido sobre, entre otras cosas, el amor como creación social, basado básicamente en la evolución de las relaciones humanas a través de la atracción o el sexo. En un momento determinado, sus disertaciones les llevan, casi de manera orgánica e inevitable, a Ötzi, o el hombre de Simaliun, la momia natural más antigua de Europa, de un hombre fallecido por congelación en el 3.255 a.C., encontrada en 1991 en los Alpes de Ötzal (de ahí su nombre), entre Austria e Italia. Pese a que gracias a su aparición se han realizado grandes avances en el estudio de la Edad de Cobre, lo que realmente interesa de este fundamental hallazgo es conocer lo que le une y le separa de nosotros en la actualidad a nivel universal. «Lo que más preocupa a los expertos es saber quién era el «hombre de hielo», qué papel jugó en la sociedad y lo que le ocurrió en los últimos días de su vida». El inédito en nuestro país Felix Randau parece querer dar respuesta a estas cuestiones en su película Ötzi, el hombre del hielo, primer acercamiento en el ámbito de la ficción cinematográfica de este referente de la cultura alpina, basado en las teorías que se han llevado a cabo sobre su muerte a través de las pruebas científicas realizadas.

    Ötzi, aquí llamado Kelab, vive apaciblemente como patriarca y líder de su clan en una pequeña comunidad, sobre la que Randau se toma el tiempo necesario para mostrar con detallismo su día a día y su vida cotidiana. Siempre es arriesgado hacer películas de épocas prehistóricas sin caer en cierto sentido en lo irrisorio, pero el realizador germano salva el primer obstáculo utilizando exclusivamente para la comunicación entre los personajes una versión del idioma rético, lengua muerta de la región de Italia donde fue encontrado Ötzi, y de su misma época, sacada de las escasas inscripciones que se conservan de ella. Ello no impide el correcto seguimiento de la sencilla narración: las motivaciones de los distintos caracteres quedan claras, al igual que los sentimientos. El segundo problema al que se enfrenta el filme es el de otorgar el papel principal a un intérprete muy reconocible dentro del panorama audiovisual alemán como es Jürgen Vogel (en nuestro país es principalmente conocido por ser el protagonista de La Ola —2008— de Dennis Gansel), sacando del contexto naturalista y realista buscado (se podría pensar que hubiese sido más coherente emplear actores desconocidos o no profesionales). Sin embargo el descomunal trabajo de Vogel de interiorización y representación de Ötzi/Kelab, consigue que nos olvidemos de él y acabemos solo por ver a ese hombre cuya triste historia le lleva enfrentarse a sus enemigos, pero también a sus miedos y fantasmas.

    La abrumadora fotografía de Jakub Bejnarowicz (que ya había demostrado cómo trasladar el paisaje y el entorno al desarrollo de la historia en la tan exótica como peligrosa y desconocida África en El río que era un hombre —2011— de Jan Zabeil, o en la noche perpetua del invierno noruego en Gnade —2012—, de Matthias Glasner), y la ambiental banda sonora de Beat Solèr entran a ser protagonistas del conjunto cuando el argumento da un giro kubrickiano, expuesto a través de un virtuoso y elegante plano secuencia (como casi todos los movimientos estilizados de cámara que realiza Randau): mientras Kelab sale de caza, todos los miembros de su tribu son asesinados a manos de tres asaltantes, que bien podrían representar el paso siguiente de los primates de 2001. Una odisea del espacio (1968) utilizando los palos y los huesos como las armas que aquellos descubrían para defenderse. Randau sin embargo cuestiona la maldad innata del ser humano, entendiendo la violencia como otro motor que hace avanzar con más fuerza tras sufrir un retroceso. Como espectadores, solo asistiremos a la primera parte de este proceso, en el que Kelab pasará de un sedentarismo ya muy establecido a un trayecto nómada que le llevará a las heladas montañas buscando venganza. Es ese sentimiento el que sacará a la luz los instintos más primarios, dejando tras ella un vacío aún mayor. Pese a una última parte más solitaria y llena de riesgos, la película se encuentra en las antípodas del comercialismo del cine de aventuras o de la grandiosidad y la trascendencia de una epopeya épica. Si trabajos como El renacido (2015) de Alejandro González Iñárritu, potencian el animalismo del individuo, Ötzi, el hombre del hielo opta por el humanismo de un reflexivo estudio sobre la evolución y la espiritualidad: es la falta de contacto y de ayuda colectiva, así como finalmente de creencias, la que llevará al protagonista a perderlo todo antes de perderse también a sí mismo. | ★★★ |


    Sofía Pérez Delgado |
    © Revista EAM / Madrid


    Ötzi, el hombre del hielo se estrena el 25 de enero en España gracias a Festival Films.

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