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    Dominga Sotomayor
    Dominga Sotomayor
    || Críticas | Cannes 2026 | ★★☆☆☆ ½
    La perra
    Dominga Sotomayor
    Dos miradas abstractas


    Rubén Téllez Brotons
    Cannes (Francia) |

    ficha técnica:
    Chile-Brasil, 2026. Título original: La perra. Dirección: Dominga Sotomayor. Guion: Inés Bortagaray. Historia original: Pilar Quintana. Fotografía: Simone D’Arcangelo. Música: Clint Mansell. Compañías: Planta, RT Features. Reparto: Manuela Oyarzún, Selton Mello. Duración: 112 min.

    En una isla al sur de Chile, una perra se ahoga, dejando huérfanos a unos cuantos cachorros. Silvia adopta a uno. La energía del animal le insufla algo de movimiento interno a su rutina, a todas luces solitaria: trabaja recogiendo algas y dedica su tiempo libre a limpiar la casa en la que vivió durante su infancia: evitar su deterioro le ofrece la ilusión de que la posibilidad de acceder al pasado es real. Su pareja pasa mucho tiempo fuera y ella apenas tiene amistad con nadie del pueblo. El cachorro, de nombre Yuri, pasa a ser su único —e inconsciente— apoyo emocional. Sin embargo, desde el inicio la perra demuestra una clara vocación por la exploración: olfatea, muerde, juega, corre, se esconde y busca por una isla devenida parque de juegos. Dominga Sotomayor despliega aquí sus mejores ideas de puesta en escena. Los primeros planos del animal demuestran que no es un mero apéndice de la protagonista. De hecho, durante la primera parte de la cinta, Yuri tiene más presencia que Silvia. Cuando la perra corre por la playa o juega con la zapatilla de Silvia, la cámara se coloca a su altura para seguir sus movimientos o registrar sus expresiones faciales. La escala del plano se ajusta a la visión del animal y no al revés.

    El ímpetu explorador de la perra es incontrolable y el gran mérito de la directora radica en su habilidad para reproducirlo. Sin embargo, tras unos primeros minutos prometedores, el punto de vista de la cinta cambia. Sotomayor vuelve sobre el rostro de Silvia y su retrato del mundo humano nada tiene que ver con el del mundo animal. A su favor hay que decir que consigue capturar el estado de ánimo que impera en la isla, pero de forma muy general, sin precisar ni matizar nada. En las imágenes de La perra, el mar, siempre presente como telón que cubre un horizonte inalcanzable, es decir, como frontera para la imaginación, encuentra un sentido contradictorio: por un lado, es una amenaza constante, la expresión de un peligro potencial que apela al subconsciente de la protagonista y que condiciona su relación con Yuri; por otro lado, se convierte en un imán para la mirada, que se siente atraída por el vértigo que ofrece la enorme masa de agua. Por encima de estos dos sentidos más bien connotativos, hay uno objetivo que los aplasta. El mar como medio de vida: la mayoría de la población de la isla trabaja en la pesca o recogiendo algas. Los barcos viejos y oxidados, las redes de pesca y los pecios de naufragios son una constante en las playas; han pasado a formar parte del paisaje. Por ello, cuando Silvia las atraviesa, la cámara apenas se para en ellas.

    La imagen que la cinta ofrece del pueblo es abstracta. Sotomayor nunca llega a formular una visión articulada y específica de lo que allí sucede. Insinúa, sí, pero sin perfilar los contornos de una realidad que termina convertida en un objeto brumoso. Más allá de la soledad que acompaña a Silvia y de las dos pinceladas a través de las que esboza la dinámica social en el pueblo, la directora nunca consigue concretar un discurso. Algo parecido le sucede cuando rompe la linealidad temporal para volver al pasado de su personaje dispuesta a convertir un relato de eminente carácter realista —aunque, ya se ha dicho, no muy trabajado— en una suerte de fábula mística sobre la imposibilidad de dominar la naturaleza. Entonces, la relación que mantiene Silvia con Yuri y con la isla comienza a estar regida por una lógica metafísica: lo inevitable organiza los movimientos de la protagonista sin que sea consciente, permitiendo que una esencialista “naturaleza de las cosas” se despliegue. Yuri no deja de escaparse de casa, pero esto ya no es una expresión de su ímpetu y su nerviosismo; es un comportamiento que opera en un plano simbólico y que construye su sentido en relación con otras acciones cuya significación última también supera su propia realidad material.

    El animal deviene sinécdoque que expresa la sustancia de lo natural, mientras que Silvia hace lo propio con la esencia del ser humano. Teniendo en cuenta que lo mejor de la película estaba en la humildad de sus intenciones y la sencillez de sus resoluciones de puesta en escena, el desbordamiento de sus nuevos propósitos y la pretenciosidad ridícula de sus ideas lastran su devenir. Como el relato ya no versa sobre la relación de una mujer con su perra, sino sobre el intento del ser humano de dominar una naturaleza salvaje e incontrolable, la violencia se convierte en el único intento de resolución posible entre dos tensiones que, pese a todo, no van a dejar de existir. De esa concepción del mundo surge una escena final en la que Silvia utiliza una piedra para matar al perro. Si la película se salva es porque, al igual que sucedía durante su primera mitad, Sotomayor tampoco consigue concretar esa visión absurda y metafísica del mundo; únicamente la insinúa con resultados no demasiado satisfactorios. El resultado: La perra se queda en tierra de nadie, varada entre dos abstractas visiones del mundo a las que no les da forma. ♦


    por Rubén Téllez Brotons
    mayo 22, 2026

    Crítica [Cannes 2026] La perra

    por Rubén Téllez Brotons | mayo 22, 2026

    Querida nostalgia

    Crítica ★★★★☆ de «Tarde para morir joven», de Dominga Sotomayor.

    Chile, Brasil, Argentina, Noruega y Qatar, 2018. Título original: «Tarde para morir joven». Dirección: Dominga Sotomayor. Guion: Dominga Sotomayor. Productoras: Cinestación / RT Features / Ruda Cine / Circe Film. Fotografía: Inti Briones. Montaje: Catalina Marín Duarte. Selección musical: Sokio. Diseño de producción: Estefanía Larraín. Decorados: Zimon Briceno. Vestuario: Felipe Criado y Estefanía Larraín. Reparto: Demian Hernández, Antar Machado, Magdalena Tótoro, Matías Oviedo, Andrés Aliaga, Antonia Zegers, Alejandro Goic. Duración: 110 minutos.

    Hay algo genuinamente placentero ligado al mirar atrás y reconocernos en el cuerpo y la mente de esa adolescente que una vez fuimos. Como si el pasado fuera una película cuyo final conocemos de sobra pero que revisitamos constantemente, nos encanta rememorar aquellos momentos que nos cambiaron para siempre, que nos ayudaron a ser quienes somos ahora. En el proceso de construcción de la memoria se encuentra en el centro de la nueva película de la chilena Dominga Sotomayor, directora que ha disfrutado de una fulgurante carrera en el cine independiente desde 2012, cuando estrenó su ópera prima, De jueves a domingo (Tigre de Oro en Rotterdam). Siete años después, la cineasta vuelve con Tarde para morir joven (con la que ganó el premio a Mejor Directora en Locarno), considerada por muchos la secuela espiritual de ese primer viaje de desengaño infantil. Es diciembre del año 1989. Ese mes, Chile toma un importante paso hacia la Transición Democrática del país: las primeras elecciones presidenciales desde el inicio de la dictadura de Pinochet. Un momento histórico, el inicio de una nueva era. Pero eso poco importa a los niños, ajenos a todo rumor político, felices porque las vacaciones de Navidad están al llegar. No es cosa solo suya: los adultos que cuidan de ellos viven en una comuna hippie escondida en las montañas y en esos días su principal motivo de debate aún es si traer electricidad al lugar. Son gente que cantan, beben y dan rienda suelta a su creatividad a diario. Dentro de esta comunidad idílica, hay dos personas que se sienten intranquilas: Clara y Sofía se encuentran en plena edad de cambio y lo están pasando mal.

    Sofía es una chica de dieciséis años, entre taciturna e impulsiva, a la que da vida la brillante debutante Demian Hernández. La suya es una marea emocional muy habitual en cualquier post-adolescente. Empezando porque, a pesar de tener a su mejor amigo Lucas (Antar Machado) completamente prendado de ella, a Sofía le empieza a parecer muy niño. No nos viene por sorpresa, pues, que prefiera juntarse con Ignacio (Matías Oviedo), típico chico malo de película que acaba de volver a la comuna tras pasar un tiempo en la ciudad. Sofía apenas se habla con su padre y no parece sentir rencor alguno hacia su madre, quien los abandonó para irse a la capital hace ya un tiempo. Aunque quiera a los integrantes de esa comunidad –y, en especial, a Elena (Antonia Zegers, Los perros)–, la chica empieza a sentirse fuera de lugar. Por eso, fuma sin parar, contesta mal a su padre, le da la espalda a su amigo Lucas y empieza a conducir sin permiso. Ella es una adulta y es solo cuestión de tiempo que alguien se dé cuenta. Mientras Sofía intenta por todos los medios avanzarse a su edad, Clara (Magdalena Tótoro), de diez años, lucha para que todo permanezca como ha sido siempre. Su perra Frida acostumbraba a escaparse de casa, pero siempre acababa volviendo. Hasta que el último día de escuela, no volvió. Entradas las vacaciones, la niña está cada vez más triste e inquieta, colgando carteles en el bosque y organizando partidas de búsqueda entre los niños de la comuna. Batallando contra el transcurrir de los días, Clara se niega a pasar página, a vivir su primera experiencia de pérdida real. Nuestra mirada, como espectadores adultos, acompaña el guion cuando finalmente este pone a ambas chicas en su sitio. Cuando Sofía descubre que Ignacio no es el príncipe azul que esperaba y cuando Clara, empeñada en recuperar a Frida, se enfrenta por vez primera a un mundo exterior feo y sujeto a unas crueles dinámicas (capitalistas) que no llega a comprender. Pero el núcleo duro del mood de la cinta se desarrolla antes de eso; en el progresivo ensimismamiento de dos chicas que se sienten fuera de su tiempo. A nivel de puesta en escena, esta enajenación se traduce en un riguroso trabajo con la profundidad de campo, al estilo de las composiciones que Orson Welles inauguró y que Gilles Deleuze recogía en su célebre La imagen-tiempo (1985). Hay un plano que lo ejemplifica perfectamente: Sofía, en un primer término y enmarcada por la ventana, mira fuera, donde la esperan su padre y Lucas. Aislada en su propia virtualidad, como diría Deleuze, ha relegado a ese par de personajes a un mundo al que ya no pertenece. Esto no es nuevo en el cine de Dominga Sotomayor, que ya encontró en este tipo de composición el distanciamiento emocional que quería para visibilizar la pérdida de la inocencia de la joven protagonista de De jueves a domingo.

    por Mariona Borrull Zapata
    junio 30, 2019

    Crítica | Tarde para morir joven

    por Mariona Borrull Zapata | junio 30, 2019

    Todo por una chapa

    Crónica IV del Festival de Gijón 2018.

    Decía Diego Llorente durante el coloquio de su humildísima Entrialgo que, tras explicar en una presentación que no había aspirado a reflexión alguna con ella, un miembro del público exclamó «¡pues nos vamos!». Y es que las expectativas de los asistentes de un festival de cine no son las mismas que las del público habitual de una sala comercial: de alguna forma, uno espera concluir la película sintiéndose diferente a cómo la empezó. Y si el propio realizador no cree haber ofrecido nada especial, ¿por qué molestarse? Sin embargo, parece ser que el mismo espectador que reaccionó con tanta naturalidad al inicio de la proyección se acercó al director al término de la misma para expresar su conmoción ante la sensibilidad con que había retratado la existencia rural en el pueblo que da título al filme. A eso aspiraba precisamente Llorente, una misión tan difícil de alcanzar como fácil de infravalorar: pocos regalos más especiales pueden presentarse a la prosperidad que un trocito de realidad. Además, ni los artistas son los mejores para vender su propio trabajo ni el receptor inmediato es necesariamente el mejor para juzgarlo, lo que convierte los coloquios en experiencias peculiares no siempre satisfactorias. Nathan Silver, director de The Great Pretender, se mostró visiblemente decepcionado con las preguntas del público gijonés durante el encuentro en el que también intervinieron dos de los intérpretes, los fantásticos Esther Garrel y Keith Poulson; pero ¿qué esperaba?: si todo cualquier mortal supiera plasmar sus dudas en palabras, no tendrían sentido las entrevistas de los periodistas. Al final, el Festival de Gijón ha decidido entregar chapas a quienes pregunten algo, independientemente de que ese “algo” realmente interese a alguien. Aun así, la conexión entre creadores y espectadores es una de las oportunidades más especiales de los festivales, aunque sólo sea para ver con los propios ojos a los habitualmente inalcanzables artífices del arte cinematográfico. De hecho, una de las intervenciones más comunes es la de algún aspirante a cineasta que, disfrazándolo de pregunta, dice algo así: «¿cómo de cool te sientes al pertenecer al mundo del cine y cómo diablos lo has conseguido?». Gijón no es Cannes, con lo que su poder de convocatoria es limitado, pero también gracias a ello se ha paseado por sus calles como uno más el francés Gaspard Ulliel, estrella de Les confins du monde a la que, quizá infravalorando el certamen, nadie esperaba.

    por Juan Roures
    noviembre 27, 2018

    Festival de Gijón 2018 (IV): La favorita, Tarde para morir joven, Alice T.

    por Juan Roures | noviembre 27, 2018
    Behemoth

    El XVI Festival Internacional de cine de Las Palmas de Gran Canaria se acerca a su fin. Con escasos tres días restantes, todavía causa agradables sorpresas. La Sección Oficial a competición entregó dos obras bastante diferentes. Recién comenzada la jornada, asistimos a la proyección de Looking for Grace, de Sue Brooks; una película que se podría definir como tragicomedia, en la línea de Little miss sunshine (Jonathan Dayton, Valerie Faris, 2007) pero, desgraciadamente, sin la frescura y solidez estructural de aquella. Seguidamente, el filme de Liang Zhao, Behemoth, supuso uno de los momentos más destacados del certamen, hasta la fecha. La contundente propuesta narrativa, con una poética propia inspirada en Dante y un apartado visual tan hermoso como terrible, evoca una intensidad que atraviesa la pantalla e impacta en el espectador. En otros términos, el ciclo Banda Aparte ofreció Room 237, un documental tan delirante y obsesivo-compulsivo como curioso, en el que diversas personalidades analizan planos, escenografía y cromática, entre otros elementos, para teorizar hasta lo conspiranoico acerca de los posibles contenidos simbólicos ocultos en una de las obras maestras de Kubrick, El resplandor. Además, hoy presenciamos la ronda final de cortometrajes, entre los que merece mención Los barcos, de Dominga Sotomayor, planteado como un recorrido cotidiano y sutil a través de la profundidad nostálgica de un viaje emocional.

    Behemoth (Bei xi mo shou, 贝喜莫寿 全片, Zhao Liang, China, 2015)

    La belleza es un criterio subjetivo y, por tanto, está presente en cualquier lugar, según la predisposición del que la contempla. Pero, ¿puede hallarse belleza en la barbarie? ¿En el progreso de la destrucción de la naturaleza? Marinetti, por allá en los albores del siglo XX, creó un movimiento artístico de vanguardia, seducido por la Revolución Industrial. Los futuristas se declararon admiradores de la velocidad, la cinética, el combustible, el metal y también la beligerancia. Es posible que de estas bases haya partido Liang Zhao para construir una obra de arte de la magnitud discursiva de Behemoth, precisamente con la intención contraria. Muy en consonancia con el fotógrafo Ronghui Chen, premiado en el World Press Photo de 2014 por retratar el desamparo de un empleado en una fábrica de artículos de navidad en China, Zhao se atreve a mostrar la cara más oculta de la increíble expansión económica del denominado “Gigante asiático” durante los últimos años. Y utiliza para ello una mezcla muy efectiva de un lenguaje visual crudo y directo, con pequeños momentos de lirismo arrebatador. Se sirve de una ligera inspiración en la obra inmortal de Dante, La divina comedia, para adentrarse en el mismísimo infierno. La proliferación de minas de hierro, material en constante demanda para la creación de infraestructura y bienes de consumo, ha destruido totalmente enormes extensiones de terreno y, lo que es peor, alterado de manera irreparable la vida de sus habitantes. Como si de un tratado antropológico se tratase, este brillante documental explora el cambio que han sufrido los usos y costumbres locales. Los pastores nómadas que aún conservan la profesión, prácticamente sin espacio verde al que acudir, transitan con sus rebaños entre montañas de escombros. La gran mayoría ha sucumbido ante la demoledora presencia de este monstruo descomunal —el título hace referencia a la enorme bestia del Antiguo Testamento—, implacable devorador de hombres que sacrifican toda su energía y su salud en el trabajo más inclemente e injusto. La sucursal del infierno se encuentra en la siderúrgica donde procesan el material bruto, a costa de la explotación de miles de trabajadores, cuyas manos están llenas de quemaduras y llagas. La voz poética que verbaliza con genialidad el dramatismo de la situación reza «[…] Sacrificios transmutados en acero para que podamos construir nuestro paraíso […]» y son cientos de miles los fallecidos por pneumoconiosis, afección pulmonar producida por la inhalación de gases y elementos tóxicos. Si este es el infierno, ¿cuál es entonces el paraíso? Los enormes complejos residenciales que proliferan por todo el país. Torres gigantescas, recién construidas y, sin embargo, vacías; vacías e impolutas, sin una brizna de carbón o una mancha de polvo. Esta es una de las grandes obras narrativas que no solamente remueven consciencias, sino demuestran la capacidad de proyectar una ética y una estética propias. (86/100)

    por Luis Enrique Forero Varela
    marzo 11, 2016

    Festival de Las Palmas 2016 (V) | Críticas: Behemoth + Looking for Grace + Cortometrajes (Los barcos, 9 Days – From my Window in Aleppo, Tout le monde aime le bord de la mer & 3 Year 3 Month Retreat)

    por Luis Enrique Forero Varela | marzo 11, 2016
    El equipo de El club en la Berlinale

    Sueños de juventud.

    Crónica de la quinta jornada de la 65ª edición de la Berlinale.

    Quinto día. Llega el ecuador del festival y con él las primeras sorpresas, las que de verdad agitan la platea desplazando el progresivo agotamiento de los días y de películas correctas pero limitadas en cuanto a riesgos. Como suele ocurrir, las mejores bazas se reservan cercano el epílogo, y es por eso que, aunque los grandes nombres se concentran los primeros días, es a posteriori cuando las aparentes apuestas pequeñas desarman expectativas. Es lo que ha pasado hoy con el cine chileno, demostrando, de nuevo, una grandísima capacidad crítica con El Club de Pablo Larraín. La ovación ha sido más que intensa, atronadora, y Berlín no es un sitio que destaque por la efusividad de sus recibimientos. Lo dijimos el año pasado y en eso nada ha cambiado. Al igual que, saliendo de las salas, algunos aspectos internos del certamen. Se echan en falta ciertos servicios que podrían facilitar mucho al periodista, como una mejor organización en las colas (Toronto sigue siendo un referente en eso), o red inalámbrica habilitada para la zona del Palast y alrededores, pero uno trabaja con lo que tiene y lo organiza como mejor puede. Algo así debió pensar el programador de esta 65ª entrega al incluir en competición obras como As we were dreaming o Body. Trabajos decentes pero demasiado trillados, incluso por estos lares. Ayer fue el día de Chile y no sólo por el gran Larraín; también apareció otro de sus baluartes, Dominga Sotomayor. Fue en Forum y con una historia tan microscópica como sugerente: Mar.

    «En los colegios conocí a varios colectivos de sacerdotes: unos santos, otros delincuentes en mitad de procesos judiciales y unos terceros que nadie sabe dónde están, porque la Iglesia católica los esconde». Pablo Larraín en la rueda de prensa de la Berlinale.

    por Unknown
    febrero 10, 2015

    Berlinale 2015 | Día 5. Críticas: El Club, Mar, Body & As we were dreaming (Als wir träumten)

    por Unknown | febrero 10, 2015

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