Querida nostalgia
Crítica ★★★★☆ de «Tarde para morir joven», de Dominga Sotomayor.
Chile, Brasil, Argentina, Noruega y Qatar, 2018. Título original: «Tarde para morir joven». Dirección: Dominga Sotomayor. Guion: Dominga Sotomayor. Productoras: Cinestación / RT Features / Ruda Cine / Circe Film. Fotografía: Inti Briones. Montaje: Catalina Marín Duarte. Selección musical: Sokio. Diseño de producción: Estefanía Larraín. Decorados: Zimon Briceno. Vestuario: Felipe Criado y Estefanía Larraín. Reparto: Demian Hernández, Antar Machado, Magdalena Tótoro, Matías Oviedo, Andrés Aliaga, Antonia Zegers, Alejandro Goic. Duración: 110 minutos.
Hay algo genuinamente placentero ligado al mirar atrás y reconocernos en el cuerpo y la mente de esa adolescente que una vez fuimos. Como si el pasado fuera una película cuyo final conocemos de sobra pero que revisitamos constantemente, nos encanta rememorar aquellos momentos que nos cambiaron para siempre, que nos ayudaron a ser quienes somos ahora. En el proceso de construcción de la memoria se encuentra en el centro de la nueva película de la chilena Dominga Sotomayor, directora que ha disfrutado de una fulgurante carrera en el cine independiente desde 2012, cuando estrenó su ópera prima,
De jueves a domingo (Tigre de Oro en Rotterdam). Siete años después, la cineasta vuelve con
Tarde para morir joven (con la que ganó el premio a Mejor Directora en Locarno), considerada por muchos la secuela espiritual de ese primer viaje de desengaño infantil. Es diciembre del año 1989. Ese mes, Chile toma un importante paso hacia la Transición Democrática del país: las primeras elecciones presidenciales desde el inicio de la dictadura de Pinochet. Un momento histórico, el inicio de una nueva era. Pero eso poco importa a los niños, ajenos a todo rumor político, felices porque las vacaciones de Navidad están al llegar. No es cosa solo suya: los adultos que cuidan de ellos viven en una comuna hippie escondida en las montañas y en esos días su principal motivo de debate aún es si traer electricidad al lugar. Son gente que cantan, beben y dan rienda suelta a su creatividad a diario. Dentro de esta comunidad idílica, hay dos personas que se sienten intranquilas: Clara y Sofía se encuentran en plena edad de cambio y lo están pasando mal.
Sofía es una chica de dieciséis años, entre taciturna e impulsiva, a la que da vida la brillante debutante Demian Hernández. La suya es una marea emocional muy habitual en cualquier post-adolescente. Empezando porque, a pesar de tener a su mejor amigo Lucas (Antar Machado) completamente prendado de ella, a Sofía le empieza a parecer muy niño. No nos viene por sorpresa, pues, que prefiera juntarse con Ignacio (Matías Oviedo), típico chico malo de película que acaba de volver a la comuna tras pasar un tiempo en la ciudad. Sofía apenas se habla con su padre y no parece sentir rencor alguno hacia su madre, quien los abandonó para irse a la capital hace ya un tiempo. Aunque quiera a los integrantes de esa comunidad –y, en especial, a Elena (Antonia Zegers,
Los perros)–, la chica empieza a sentirse fuera de lugar. Por eso, fuma sin parar, contesta mal a su padre, le da la espalda a su amigo Lucas y empieza a conducir sin permiso. Ella es una adulta y es solo cuestión de tiempo que alguien se dé cuenta. Mientras Sofía intenta por todos los medios avanzarse a su edad, Clara (Magdalena Tótoro), de diez años, lucha para que todo permanezca como ha sido siempre. Su perra Frida acostumbraba a escaparse de casa, pero siempre acababa volviendo. Hasta que el último día de escuela, no volvió. Entradas las vacaciones, la niña está cada vez más triste e inquieta, colgando carteles en el bosque y organizando partidas de búsqueda entre los niños de la comuna. Batallando contra el transcurrir de los días, Clara se niega a pasar página, a vivir su primera experiencia de pérdida real. Nuestra mirada, como espectadores adultos, acompaña el guion cuando finalmente este pone a ambas chicas en su sitio. Cuando Sofía descubre que Ignacio no es el príncipe azul que esperaba y cuando Clara, empeñada en recuperar a Frida, se enfrenta por vez primera a un mundo exterior feo y sujeto a unas crueles dinámicas (capitalistas) que no llega a comprender. Pero el núcleo duro del
mood de la cinta se desarrolla antes de eso; en el progresivo ensimismamiento de dos chicas que se sienten fuera de su tiempo. A nivel de puesta en escena, esta enajenación se traduce en un riguroso trabajo con la profundidad de campo, al estilo de las composiciones que Orson Welles inauguró y que Gilles Deleuze recogía en su célebre
La imagen-tiempo (1985). Hay un plano que lo ejemplifica perfectamente: Sofía, en un primer término y enmarcada por la ventana, mira fuera, donde la esperan su padre y Lucas. Aislada en su propia virtualidad, como diría Deleuze, ha relegado a ese par de personajes a un mundo al que ya no pertenece. Esto no es nuevo en el cine de Dominga Sotomayor, que ya encontró en este tipo de composición el distanciamiento emocional que quería para visibilizar la pérdida de la inocencia de la joven protagonista de
De jueves a domingo.