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    Festival de Las Palmas
    Festival de Las Palmas

    Las Palmas 2019: un vistazo a la sección oficial

    19ª edición del Festival internacional de cine de Las Palmas.

    Las Palmas de Gran Canaria volverá a dar la bienvenida al cine alternativo más arriesgado en su decimonovena edición. Por sus salas desfilarán las obras pertenecientes a las secciones de Linterna mágica, Déjà vu, Panorama y Panorama España, estas dos últimas dedicadas a títulos nunca estrenados en pantallas españolas. También habrá retrospectivas: a David O’Reilly y al dúo formado por Hélène Cattet y Bruno Forzani, así como un homenaje al cineasta experimental Jonas Mekas. Pero el plato principal de la cita es, como siempre, su Sección Oficial, dentro de la cual doce obras provenientes de los festivales más importantes del mundo competirán para hacerse con los Lady Harimaguada.

    Entre ellas, cabe destacar la bizarrada que es Love Me Not, una relectura actualizada de la historia de Salomé dirigida por el productor estrella del cine independiente Luis Miñarro. Es la única concursante nacional, pero no faltan títulos del resto de Europa. De Francia, por ejemplo, llega la comedia policíaca Paul Sánchez est revenu!, de Patricia Mazuy. Además, uno de los favoritos de la crítica en el Festival de Berlín: François Ozon con Gracias a Dios (ganó allí el Gran Premio del Jurado). Directa desde el certamen alemán viene A portuguesa, revisión teatralizada de la novela homónima de Robert Musil que firma Rita Azevedo Gomes, y Stitches (Miroslav Terzić), thriller eslavo sobre el posible retorno de un hijo abducido al nacer.

    No nos olvidamos de las tres candidatas provenientes de los lugares más recónditos del globo. La experimental Mother, I Am Suffocating, This Is My Last Film About You, de L.J. Mosese, había participado en el Forum berlinés, pero su origen es lesotense. De China, la ópera prima de Lin Zi, The Fragile House, un tenso drama familiar que antes había competido en Locarno y Londres. O la poética The River, del kazajo Emir Baigazin (Harmony Lessons), que cultivó buenas reacciones en su paso por el Festival de Venecia.

    Aunque el otro bloque prominente de películas en competición proviene del otro lado del Atlántico. También habiendo pasado por la Biennale, se presenta The Mountain, con la cual Rick Alverson volvió a levantar pasiones entre la crítica. Pero este drama, protagonizado por Jeff Goldblum y Tye Sheridan, tendrá que vérselas en solitario contra un trío de obras venidas de Latinoamérica, un continente que siempre da sorpresas de las buenas en lo que al cine alternativo se refiere. Por un lado tenemos al argentino Rosendo Ruiz y su Casa propia, el viaje interior de un joven inmaduro y con un fuerte complejo de Edipo. Por el otro, dos títulos que habían visto la luz en Rotterdam y que funcionan de forma similar: ambos, Historia de mi nombre de la chilena Karin Cuyul y Pirotecnia del colombiano Federico Atehortúa Arteaga, son relatos de autodescubrimiento a través del rescate de la imborrable huella que los conflictos militares dejaron en los senos familiares de sus creadores. La vanguardia también puede funcionar como terapia y Las Palmas será una buena prueba de ello | Mariona Borrull | .

    The Mountain, Rick Alverson, EE.UU.
    Pirotecnia, Federico Atehortúa Arteaga, Colombia.
    Stitches, Federico Atehortúa Arteaga, Serbia.
    The River, Emir Baigazin, Kazajistán.
    Paul Sanchez est revenue!, Patricia Mazuy, Francia.
    Mother, I Am Suffocating, This Is My Last Film About You, L.J. Mosese, Lesoto.
    Love Me Not, Lluis Miñarro, España.
    Historia de mi nombre, Karin Cuyul, Chile.
    Gracias a Dios, François Ozon, Francia.
    The Fragile House, Lin Zi, China.
    A Portuguesa, Rita Azevedo Gomes, Portugal.
    Casa propia, Rosendo Ruiz, Argentina.

    La 19ª edición del Festival de Las Palmas se desarrollará del 22 al 31 de marzo.

    por Mariona Borrull Zapata
    marzo 18, 2019

    Festival de Las Palmas 2019: un vistazo a la sección oficial

    por Mariona Borrull Zapata | marzo 18, 2019

    Las familias posibles

    Segundo capítulo del Especial sobre el XVII Festival de Las Palmas.

    Kékszakállú (Gastón Solnicki, Argentina, 2016).

    En nuestra anterior crónica, al hablar del documental chino Bitter Money, señalábamos que la fragmentación del relato sucede a la par que la fragmentación de la familia protagonista, descompuesta por su sometimiento a la tiranía del capitalismo industrial más extremo. Curiosamente, hemos detectado esta misma lógica argumental en varias de las películas que han formado la (ya podemos decirlo) estupenda sección oficial del festival de Las Palmas. Tomemos, por empezar por algún sitio, el caso de la argentina Kékszakállú (Gastón Solnicki, 2016), acaso el ejemplo más radical. Ya en sus primeras imágenes nos va avisando de su carácter anticlimático al presentar a un grupo de chiquillos de vacaciones en un complejo de ocio. Lo que a nuestros ojos inevitablemente idealizados tiende a ser un motivo feliz (los veranos de la infancia) es trazado por Solnicki como un ritual vacío: los saltos desde el trampolín a la piscina, al filmarse repetidamente, acaban por dejar paso a la abstracción emocional. La misma que el cineasta aplica a los esquemas de ordenamiento de la película. Ni el montaje desordenado ni el fuerte hermetismo de los personajes ofrecen asidero alguno frente a las imágenes. Frente a unos planos adustos, construidos con simetrías de artificialidad evidente que parecen refugiarse en formalismos meticulosos de una realidad en la que la simetría, el orden de los factores, es una quimera. En el fondo de esas imágenes intuimos la existencia de una familia, pero nada en la forma de narrar nos permite hacernos la mínima idea de cuál es la relación exacta entre sus distintos (supuestos) miembros. Ya puestos, ni siquiera podemos estar seguros de que exista una narración propia más allá de la que cada espectador pueda reconstruir combinando sus vivencias propias con sus convenciones fílmicas preasumidas. Kékszakállú puede hablar de la descomposición de la familia burguesa, de la desorientación de una generación de jóvenes, de la insuficiencia de lo narrativo, o de todo ello a la vez. Lo que es seguro es que tratar de leer sus imágenes mediante atajos conceptuales tranquilizadores como el de “familia” conduce sin remedio a la frustración.

    En la japonesa Harmonium (Fuchi ni tatsu; Kôji Fukada, Japón, 2016), al menos, sí existe una serie de personajes (un padre, una madre, una hija) a los que podemos encajar en un esquema familiar claro. Lo que ocurre es que la irrupción en el hogar de un personaje extraño, de origen indeterminado, pone en tela de juicio el sentido de ese esquema. Es decir, se toma el mismo punto de partida e intenciones del Teorema de Pasolini (o de sus cuasi remakes japoneses The Family Game de Yoshimitsu Morita y Visitor Q de Takashi Miike). La destrucción-liberación de la familia burguesa. Pero que, en manos de Fukada, sigue un proceso más entregado a la hibridación genérica que al vaciamiento anárquico. Una vez el visitante, sirviéndose de la retórica cristiana de la madre (protestante devota), logra la infiltración afectiva en la familia, procede a destruir sus lazos primero mediante la usurpación de roles (¿por qué el padre de la familia, mezquino y distante, merece más que él tal puesto?, parece ser la duda que atormenta al visitante) y finalmente mediante la violencia. Es entonces cuando el drama familiar que hasta entonces habitaba en Harmonium, al introducir conceptos de culpa, pasado y castigo, se traviste en thriller y con esta reorientación genérica arrastra al concepto de familia mismo. Desaparecido ya el visitante, el núcleo familiar que queda a su paso es una débil red de mentiras del pasado, deseos reprimidos de (auto)destrucción y una continua tensión soterrada. La familia es la resaca del thriller.

    por Miguel Muñoz Garnica
    abril 11, 2017

    Especial Festival de Las Palmas 2017 (II)

    por Miguel Muñoz Garnica | abril 11, 2017

    Bitter Money (Ku Qian, 2016, dirigida por Wang Bing.

    El pasado sábado concluyó la 17ª edición del Festival de Las Palmas con un vencedor esperado. El documental franco-chino Bitter Money había encandilado a crítica y público en los pases de la semana y se daba por hecho su victoria. Algo que ratificó el jurado al concederle el máximo galardón por unanimidad: «Un retrato formalmente preciso, inmersivo y devastador de un sueño chino convertido en pesadilla», apelaron los jueces. La cinta de Wang Bing nos acerca a la existencia de Ling Ling, «una mujer de 25 años a la que su marido ha echado de casa». Un retrato de los problemas de los trabajadores de las grandes ciudades del Este de China, muchos de ellos emigrantes que han viajado hasta allí desde otras zonas del país en busca de una oportunidad de prosperar. Nuestro compañero Miguel Muñoz Garnica nos habló de ella en su primera crónica: «Wang como director no se manifiesta en ningún momento. No tiene presencia, ni física ni en fuera de campo. Los personajes nunca se dirigen a él, sino que le hablan a la cámara como si fuera un ente con vida propia. Y, cuando el arduo ritmo de trabajo comienza a fragmentar a la familia inicialmente unida, el propio relato se fragmenta siguiendo el extravío de esta cámara-personaje, que está constantemente a la búsqueda de su propio lugar dentro de la realidad que la rodea. Así lo testimonian los numerosos desenfoques, trepidaciones o deficiencias de iluminación a los que se enfrenta y que, lejos de restarle fuerza a la película, terminan por definir a un a priori objeto técnico como un ser dubitativo que se enfrenta a sus propias limitaciones para mirar». La próxima parada de esta interesante película será el D'A barcelonés. A continuación, el cuadro de honor del certamen, donde destaca la presencia de la congoleña Véronique Tshanda Beya, cuerpo y alma de Félicité, una de las triunfadoras de la pasada Berlinale.

    Lady Harimaguada de Oro a la mejor película: Bitter money, de Wang Bing (China).
    Lady Harimaguada de Plata: Kékszakállú, de Gaston Solnicki (Argentina).
    Premio a la mejor actriz: Véronique Tshanda Beya por Félicité (Francia).
    Premio al mejor actor: Adam Horovitz por Golden Exits (Estados Unidos).
    Mención especial del jurado: a la actriz Charo Santos-Cocio por The woman who left (Filipinas).
    Mejor cortometraje: El becerro pintado, de David Pantaleón (España).
    Mención especial en la categoría de cortometrajes: Ears, Nose and Throat, de Jerome Everson (Estados Unidos).
    Premio del público: Harmonium, de Kôji Fukada (Japón).

    Top 10, según nuestro redactor Miguel Muñoz Garnica:

    1. Certain Women (Kelly Reichardt, Estados Unidos).
    2. Lo tuyo y tú (Hong Sang-soo, Corea del Sur).
    3. Golden Exits (Alex Ross Perry, Estados Unidos).
    4. Personal Shopper (Olivier Assayas, Francia).
    5. El otro lado de la esperanza (Aki Kaurismäki, Finlandia).
    6. Bitter Money (Wang Bing, China).
    7. Hermia & Helena (Matías Piñeiro, Argentina).
    8. Un día de gloria (Kristina Grozeva y Petar Valchanov, Bulgaria).
    9. I Am Not Your Negro (Raoul Peck, Estados Unidos).
    10. Knife in the Clear Water (Wang Xuebo, China).
    por EAM
    abril 10, 2017

    Top 10 & Palmarés del Festival de Las Palmas 2017: victoria de Bitter Money, de Wang Bing

    por EAM | abril 10, 2017

    Extravíos de la cámara

    Primer capítulo del Especial sobre el XVII Festival de Las Palmas.

    Katie Says Goodbye (2016, Wayne Roberts, Estados Unidos).

    Katie, la adolescente protagonista de Katie Says Goodbye, se nos presenta a primera vista como imagen icónica más que personaje. Rizos de dorado apagado, mirada esperanzada, uniforme rosa de camarera con su correspondiente chapa identificativa, una jarra de café americano siempre en la mano. La camarera que trabaja en un bar de carretera cualquiera en un rincón perdido de Arizona. Su arco argumental también es arquetípico. Se contrapone su bondad irreductible frente al elenco de white trash que abusa de ella (ya sea económica o sexualmente), incluida una madre negligente, un mecánico con la palabra “violador” escrita en la frente o un supuestamente modélico padre de familia que la fuerza a mantener relaciones. Los anhelos de Katie de abandonar este clima de miserabilismo y huir a la prometedora San Francisco se sustentan en el dinero que va ahorrando como puede, entre otras cosas recurriendo a la prostitución. Como una especie de santo Job, Katie mantiene una actitud agradecida y optimista pese a los continuos abusos que sufre. Y, como una heroína típica de Naruse, decide entregarse a amar incondicionalmente a un hombre que jamás le devuelve palabras de estima: solo silencios y miradas inertes.

    Para ser justos, el desarrollo narrativo de Katie Says Goodbye adolece de algunos defectos que, como su protagonista y escenarios, son típicamente estadounidenses: la tendencia al maniqueísmo, al subrayado emocional y la desconfianza en la capacidad del espectador para guiarse moralmente en el relato. Podríamos definirla como un ejercicio de realismo árido de lo más convencional. Pero nos quedamos con un pequeño detalle. La única ruptura de los formalismos ficcionales que introduce se da cuando Katie se dirige a pedirle una primera cita al chico que le gusta. Roberts filma a su protagonista pronunciando a solas las palabras destinadas a esa petición. Las dice, además, mirando directamente a la cámara con un gesto cómplice. Con ello, lo que Katie hace es romper la cuarta pared para pedirnos directamente lo mismo que espera obtener de ese chico: ser objeto de una mirada limpia, comprensiva, vaciada de los significados totalizadores con los que es definida por todo el pueblo (“camarera, puta”). Ese chico, al igual que el espectador, es un forastero. Alguien a quien demandar esa mirada descontaminada. “Mírame y compréndeme”, parece suplicar Katie. Como si los códigos de cine realista que encorsetan al personaje no bastaran y, por un momento, éste quisiera huir de ellos mediante la única vía de salida (o entrada, según para quién) del mundo diegético: la cámara.

    Bitter Money (2016, Wang Bing, China).

    En Bitter Money, nueva obra del chino Wang Bing (autor de la aclamada West of the Tracks) su condición documental permite romper desde el principio ese pacto de ficción. (Casi) todo filme documental asume sin más miramientos que su público, a diferencia del de ficción, admite mucho mejor que se vean los cables del truco. Pero Wang lleva más lejos este principio. Algo avanzado el metraje de Bitter Money, una mujer llamada Ling Ling repite el gesto de Katie. Mira directamente a la cámara y, más aún, le habla. Le da una orden directa. “Sígueme”. Con ello, Wang rompe el flujo del relato, que hasta entonces había seguido a una familia de trabajadores que han emigrado desde el ámbito rural a la ciudad de Huzhou, en busca de oportunidades en la durísima industria textil. Al irse con Ling Ling, la cámara se zambulle en las calles de la ciudad y registra el conflicto de una de sus habitantes. Ling Ling se ha peleado con su marido y éste la ha echado de casa. Ella parece animarse a volver a confrontarle cuando se topa con la cámara de Wang, y pronto entendemos por qué: su marido es un hombre agresivo que la insulta, golpea y amenaza de muerte. La cámara, al filmarlo todo, ejerce de testigo valioso. Con lo que la operación de Wang duplica sus resonancias. Al testimonio de la realidad de un colectivo obrero en el mundo industrial del Este de China, se une el testimonio personal de una mujer que deposita en la cámara su confianza de que ésta dará cuenta del abuso que sufre. Ya no se trata, por tanto, del simple desenfado del documental a la hora de evidenciar su condición mediadora. Sino de que, partiendo del método de trabajo de Wang, que convive con sus “personajes” y los acompaña en todo momento (incluso hace con la familia protagonista el viaje en tren hacia Huzhou), se llega a un fenómeno que podríamos denominar la “cámara-personaje”. El de Ling Ling pidiendo que la siga no es el único caso. Otros personajes a los que el metraje va introduciendo se dirigen continuamente a la cámara. Le dan las buenas noches cuando es hora de dormir, la usan a modo de confesora íntima, o se despiden de ella cuando deciden marcharse en busca de oportunidades mejores.

    Decimos la cámara, además, porque Wang como director no se manifiesta en ningún momento. No tiene presencia, ni física ni en fuera de campo. Los personajes nunca se dirigen a él, sino que le hablan a la cámara como si fuera un ente con vida propia. Y, cuando el arduo ritmo de trabajo comienza a fragmentar a la familia inicialmente unida, el propio relato se fragmenta siguiendo el extravío de esta cámara-personaje, que está constantemente a la búsqueda de su propio lugar dentro de la realidad que la rodea. Así lo testimonian los numerosos desenfoques, trepidaciones o deficiencias de iluminación a los que se enfrenta y que, lejos de restarle fuerza a la película, terminan por definir a un a priori objeto técnico como un ser dubitativo que se enfrenta a sus propias limitaciones para mirar. El elemento mediador, por tanto, se vuelve de forma muy clara elemento interno del relato. Al hacerlo, nos traslada a la vez que nos niega la adopción como espectadores de su punto de vista. ¿Cómo es posible que un objeto que nos sirve como único modo de percepción de una realidad se convierta a la vez en habitante propio de esa realidad? Si en Katie Says Goodbye la apelación a la cámara es una apelación directa al público, en Bitter Money esa apelación nos acerca a la realidad a la vez que difumina cuál es exactamente la mediación por la que accedemos a ella.

    por Miguel Muñoz Garnica
    abril 06, 2017

    Especial Festival de Las Palmas 2017 (I)

    por Miguel Muñoz Garnica | abril 06, 2017

    La XVI edición del Festival Internacional de Cine de Las Palmas de Gran Canaria ha concluido con una justa repartición de premios. El palmarés ha destacado algunas propuestas cinematográficas que ya contaban con reconocimiento previo en otros festivales internacionales. Tal ha sido el caso de Kaili Blues [crítica]. La ópera prima de Bi Gan, evocadora historia de búsqueda de la memoria en un entorno lleno de realismo mágico, ya nos había conmovido en Locarno, y su magnetismo, delicadeza visual y profundidad discursiva han merecido, a ojos de este jurado, el máximo galardón, el Lady Harimaguada de Oro. De igual modo, los premios a las mejores actuaciones masculina y femenina han recaído sobre dos de nuestras favoritas, Posto-avançado do progreso, de Marcos Vieira da Silva (David Caracol como mejor actor) y Cómo funcionan casi todas las cosas, de Fernando Salem (Verónica Gerez como mejor actriz). La familia chechena, de Martín Solá, ha recibido la mención especial del jurado; el jurado popular, por otra parte, ha reconocido el valor de Aloys, de Tobias Nölle (premio FIPRESCI de la sección Panorama en la Berlinale). La Sección Oficial de cortometrajes ha galardonado a Yuyú, de Marc Johnson, con mención especial a Figura, de Katarzyna Gondek. Por último, la sección Canarias Cinema ha premiado como mejor largo a Dead Slow Ahead, de Mauro Hercé, con una mención especial a Evolution, de Lucile Hadzihalilovic.

    Sección Oficial

    Lady Harimaguada de Oro: Kaili Blues (Bi Gan, China, 2015, 110 min.).
    Lady Harimaguada de Plata: Three Stories of Love (Ryosuke Hashiguchi, Japón, 140 min.).
    Premio a la Mejor Actriz: Verónica Gerez, por Cómo funcionan casi todas las cosas (Fernando Salem, Argentina, 2015, 93 min.).
    Premio al Mejor Actor: David Caracol, por Posto Avançado do Progresso (Hugo Vieira da Silva, Portugal, 2016, 122 min.).
    Mención Especial del Jurado: La familia chechena (Martín Solá, Argentina, 2015, 60 min.).
    Premio del Público: Aloys (Tobias Nölle, Suiza, Francia, 2016, 91 min.).
    Premio al Mejor Cortometraje: Yúyú (Marc Johnson, Estados Unidos, Francia, 2015, 15 min.).
    Mención Especial al Cortometraje: Figura (Katarzyna Gondek, Polonia, Bélgica, 2015, 9 min.).

    Canarias Cinema

    Premio Richard Leacock al Mejor Largometraje: Dead Slow Ahead, de Mauro Hercé (España, 2015, 74 min.).
    Mención Especial al Largometraje: Evolution, de Lucile Hadzihalilovic (Francia, Bélgica, España, 2015, 81 min.).
    por Luis Enrique Forero Varela
    marzo 13, 2016

    Palmarés del Festival de Las Palmas 2016

    por Luis Enrique Forero Varela | marzo 13, 2016
    Behemoth

    El XVI Festival Internacional de cine de Las Palmas de Gran Canaria se acerca a su fin. Con escasos tres días restantes, todavía causa agradables sorpresas. La Sección Oficial a competición entregó dos obras bastante diferentes. Recién comenzada la jornada, asistimos a la proyección de Looking for Grace, de Sue Brooks; una película que se podría definir como tragicomedia, en la línea de Little miss sunshine (Jonathan Dayton, Valerie Faris, 2007) pero, desgraciadamente, sin la frescura y solidez estructural de aquella. Seguidamente, el filme de Liang Zhao, Behemoth, supuso uno de los momentos más destacados del certamen, hasta la fecha. La contundente propuesta narrativa, con una poética propia inspirada en Dante y un apartado visual tan hermoso como terrible, evoca una intensidad que atraviesa la pantalla e impacta en el espectador. En otros términos, el ciclo Banda Aparte ofreció Room 237, un documental tan delirante y obsesivo-compulsivo como curioso, en el que diversas personalidades analizan planos, escenografía y cromática, entre otros elementos, para teorizar hasta lo conspiranoico acerca de los posibles contenidos simbólicos ocultos en una de las obras maestras de Kubrick, El resplandor. Además, hoy presenciamos la ronda final de cortometrajes, entre los que merece mención Los barcos, de Dominga Sotomayor, planteado como un recorrido cotidiano y sutil a través de la profundidad nostálgica de un viaje emocional.

    Behemoth (Bei xi mo shou, 贝喜莫寿 全片, Zhao Liang, China, 2015)

    La belleza es un criterio subjetivo y, por tanto, está presente en cualquier lugar, según la predisposición del que la contempla. Pero, ¿puede hallarse belleza en la barbarie? ¿En el progreso de la destrucción de la naturaleza? Marinetti, por allá en los albores del siglo XX, creó un movimiento artístico de vanguardia, seducido por la Revolución Industrial. Los futuristas se declararon admiradores de la velocidad, la cinética, el combustible, el metal y también la beligerancia. Es posible que de estas bases haya partido Liang Zhao para construir una obra de arte de la magnitud discursiva de Behemoth, precisamente con la intención contraria. Muy en consonancia con el fotógrafo Ronghui Chen, premiado en el World Press Photo de 2014 por retratar el desamparo de un empleado en una fábrica de artículos de navidad en China, Zhao se atreve a mostrar la cara más oculta de la increíble expansión económica del denominado “Gigante asiático” durante los últimos años. Y utiliza para ello una mezcla muy efectiva de un lenguaje visual crudo y directo, con pequeños momentos de lirismo arrebatador. Se sirve de una ligera inspiración en la obra inmortal de Dante, La divina comedia, para adentrarse en el mismísimo infierno. La proliferación de minas de hierro, material en constante demanda para la creación de infraestructura y bienes de consumo, ha destruido totalmente enormes extensiones de terreno y, lo que es peor, alterado de manera irreparable la vida de sus habitantes. Como si de un tratado antropológico se tratase, este brillante documental explora el cambio que han sufrido los usos y costumbres locales. Los pastores nómadas que aún conservan la profesión, prácticamente sin espacio verde al que acudir, transitan con sus rebaños entre montañas de escombros. La gran mayoría ha sucumbido ante la demoledora presencia de este monstruo descomunal —el título hace referencia a la enorme bestia del Antiguo Testamento—, implacable devorador de hombres que sacrifican toda su energía y su salud en el trabajo más inclemente e injusto. La sucursal del infierno se encuentra en la siderúrgica donde procesan el material bruto, a costa de la explotación de miles de trabajadores, cuyas manos están llenas de quemaduras y llagas. La voz poética que verbaliza con genialidad el dramatismo de la situación reza «[…] Sacrificios transmutados en acero para que podamos construir nuestro paraíso […]» y son cientos de miles los fallecidos por pneumoconiosis, afección pulmonar producida por la inhalación de gases y elementos tóxicos. Si este es el infierno, ¿cuál es entonces el paraíso? Los enormes complejos residenciales que proliferan por todo el país. Torres gigantescas, recién construidas y, sin embargo, vacías; vacías e impolutas, sin una brizna de carbón o una mancha de polvo. Esta es una de las grandes obras narrativas que no solamente remueven consciencias, sino demuestran la capacidad de proyectar una ética y una estética propias. (86/100)

    por Luis Enrique Forero Varela
    marzo 11, 2016

    Festival de Las Palmas 2016 (V) | Críticas: Behemoth + Looking for Grace + Cortometrajes (Los barcos, 9 Days – From my Window in Aleppo, Tout le monde aime le bord de la mer & 3 Year 3 Month Retreat)

    por Luis Enrique Forero Varela | marzo 11, 2016
    Office

    La jornada de hoy en Las Palmas ha dejado gratas sorpresas y un conjunto general muy sólido. Desde el inicio de la mañana, continuamos asistiendo a la progresiva muestra de todas las películas elegidas para formar parte de la Sección Oficial. Dos nuevos títulos se incorporan a la competición, muy distintos entre sí. Por una parte, Office, de Johnny To, un muy curioso musical sobre el ascenso empresarial en el brutal crecimiento económico asiático, con una estética estilizada y ciertos toques de humor; por otra, el portugués Hugo Vieira da Silva ha traído desde la Berlinale Posto-avançado do progreso, una excelente propuesta cinematográfica que parte del cuento de Conrad An output of progress para realizar una certera y poética aproximación en el pasado colonial de Portugal. También, dentro de la sección Panorama, observamos otros ejercicios de buen cine, como la tercera y última parte de la revisión que Miguel Gomes hizo sobre Las mil y una noches. El Monopol Music Festival proyectó Arcade Fire:The refletor tapes, trabajo de Kahlil Joseph sobre la que quizás sea la Gran banda de rock en la actualidad. Sobresaliente fue la segunda ronda de cortometrajes mostrados en el día de hoy. Un grupo de cinco películas breves, entre las cuales destacó la maravillosa Dear director, del sueco Marcus Lindeen, o Rate me, original retrato de la sociedad del momento de Fyzal Boulifa. Ambas secciones oficiales están tornándose más sugerentes y desinhibidas en cuanto a lo arriesgado de las propuestas cinematográficas. Estamos ansiosos por ver qué deparan los siguientes días.

    Office (Hua li shang ban zou, 華麗上班族, Johnnie To, Hong Kong, 2015)

    Una de las líneas de inspiración artística más empleada por la cinematografía, casi desde su misma invención, es la aproximación a los eventos recientes de alto impacto como materia utilizable. Claro, hay quien pueda tacharlo de oportunismo; pero lo cierto es que la producción de bienes de consumo cultural es también una expresión de la sensibilidad social hacia tal o cual asunto. En los últimos años, han sido bastantes y muy variadas entre sí las propuestas acerca de la última crisis económica que sacudió medio mundo y evidenció los excesos e irresponsabilidades de la banca internacional. El cineasta hongkonés Johnnie To se aleja de anteriores trabajos, como Election I y II, y firma en esta ocasión algo que podríamos definir como un musical sobre el capitalismo salvaje en Asia. Office (2015) se centra de una manera muy particular en el veloz desarrollo económico que ha experimentado China durante los últimos veinte años. Tal ha sido el avance, que el urbanismo y el paisaje de Hong Kong presenta ahora una verticalidad arquitectónica sin precedentes. Como no podría ser de otra manera, la película toma como prácticamente único escenario las dependencias de la poderosa empresa en expansión Jones & Sunn, rascacielos que sus trabajadores noveles ansían literalmente escalar. Uno de ellos es Li Seung (Wang Ziyi), ambicioso e ingenuo a partes iguales, que busca labrarse un prometedor futuro en la empresa. El juego cromático e iluminación que propone el director de fotografía Cheng Siu-Keung retrata casi un paisaje futurista y automatizado, donde las máquinas de producción en cadena son humanos encorbatados. Resuenan aquí los ecos de clásicos como Tiempos modernos (Charlie Chaplin, 1936) y la necesidad de productividad ininterrumpida, o Metrópolis (Fritz Lang 1927) y su alienación del individuo. Los temas que cantan los personajes, con acertadas y sencillas coreografías, tratan con ironía la meta máxima de coronarse como el gigante más poderoso del continente y conquistar el mercado mundial. Y toda interacción viene medida por el contacto con la oficina —las tomas en los hogares de los trabajadores carecen de intimidad, con paredes translúcidas, y presentan una similitud sospechosa con el edificio—. En medio de la carrera económica, irrumpe con contundencia la debacle de Lehman Brothers y tiembla el suelo entre los que buscan el enriquecimiento a toda costa. Con una estética que toma elementos de la distopía Steampunk y el preciosismo del cineasta Chan-Wook Park, Office es un muy interesante ejercicio cinematográfico. Ahora bien, la moraleja de la historia queda flotando en aguas ambiguas, pues el final se acerca más bien a legitimar este ascenso económico y éxito social, basado en la lealtad y la ambición. (68/100)

    por Luis Enrique Forero Varela
    marzo 10, 2016

    Festival de Las Palmas 2016 (IV) | Críticas: Office + Posto-avançado do progreso + Cortometrajes (Dear director, Yuyu, The last persimmon, Rate me & Freud und friends)

    por Luis Enrique Forero Varela | marzo 10, 2016
    Cómo funcionan casi todas las cosas

    Continúa a paso firme el Festival de Las Palmas. Una vez inaugurada la Sección Oficial el día de ayer, esta mañana hemos asistido a dos nuevas propuestas sujetas a valoración del jurado. Por una parte, vimos 11 minutos, del veterano —y muy en forma— Jerzy Skolimowski, un vertiginoso artificio de circularidad, donde las diferentes líneas narrativas paralelas casi se tocan durante el lapso de 11 minutos que dura la macroestructura temporal, jugando con el espacio y los eventos de manera dinámica y muy sugerente. Posteriormente, la proyección de Cómo funcionan casi todas las cosas ofrecía elementos radicalmente opuestos: una mezcla equilibrada y solvente de road movie y comedia social, con un guion capaz de evocar temas muy diferentes y complejos, tales como la realización vital, la soledad del abandono familiar o los perros astronautas, sin generar ninguna fisura ni maniqueísmo en los personajes. De igual modo, y siguiendo la estructura que ha propuesto el festival, la sección Panorama ha ofrecido el segundo volumen de Las mil y una noches, del talentoso autor portugués Miguel Gomes. El abanico de posibilidades también ha permitido la recuperación de clásicos de la cinematografía, dentro del marco del ciclo Déjà Vu, como Rocco y sus hermanos (1960), del brillante Visconti, o esa joya de Kenji Mizoguchi que fue Historia del último crisantemo (1939). El rasgo más dinamizador del día de hoy fue, sin duda, el inicio de la otra Sección Oficial, aquella especializada en los cortometrajes a competición. Catorce películas distribuidas en pequeños grupos, de las cuales hemos podido ver cuatro, distintos entre sí y con intenciones estéticas y discursivas muy variadas.

    Cómo funcionan casi todas las cosas (íd, Fernando Salem, Argentina, 2015) [Sección oficial]

    Existe en el Cine, como en todo, una dualidad por parte de sus artesanos a la hora de contar una historia. El equilibrio entre fondo y forma, que también podemos llamar la estética y el aparato narrativo, suele ser muy complicado de conseguir. Y, todo sea dicho, no siempre es el objetivo de la película. Basta acudir a recientes ejemplos como The revenant (Alejandro González Iñárritu), que la crítica ha definido como un prodigio técnico, o, en caso contrario, ejemplos como Death in sarajevo (Danis Tanović, 2015), el cual se sustenta casi íntegramente en el complejo guion. En cualquier caso, si el director tiene talento, sabrá proyectar su intencionalidad sin ejecutar ningún movimiento de manera contraria a la lógica interna. El argentino Fernando Salem ha saltado finalmente desde el confort del cortometraje, campo que domina con soltura y ha sido merecedor de premios en numerosos festivales, y firma su primer largo, Cómo funcionan casi todas las cosas (2015). Llega al XVI Festival Internacional de Cine de Las Palmas de Gran Canaria precedido por las credenciales que suponen el reconocimiento en el Festival de Mar del Plata. El peculiar título es una referencia propia del microcosmos retratado en la cinta, que comienza con un primer plano al interior emocional y la cotidianidad de Celina. La joven cuida de su padre enfermo y trabaja en el puesto de peaje de una carretera desplazada en importancia por la construcción de otra mayor. Los primeros compases van estableciendo los puntos guía del entorno, gracias a un guión austero en ambiciones pero muy bien ensamblado, donde cada detalle tiene su por qué en algún momento posterior. Tras la muerte del padre, Celina toma la determinación de buscar empleo en la antigua oficina de este, una empresa de venta de enciclopedias por correspondencia, con la intención de ahorrar dinero y buscar su madre, emigrada en Italia tras el abandono temprano. El nombre del libro que vende es, cómo no, “Cómo funcionan casi todas las cosas” —una suerte de oráculo demodé en tiempos del omnisciente Internet— y su estructura se transporta a la pantalla, marcando el tempo de los acontecimientos casi a modo de capítulos, mediante una pregunta que los protagonistas contestan mirando a la cámara, recurso interesante que aporta información necesaria para completar su lógica interna y humanizarlos. El filme es un trabajo ejemplar de lo que Aristóteles llamaría “Aurea mediocritas”, un equilibrio entre todas sus cualidades, su ética y estética, y gran parte del resultado es obra de la magnífica pareja de protagonistas: Verónica Gerez, quien ejecuta en Celina una gran interpretación de emociones contenidas, y Pilar Gamboa, actuación sobresaliente como Raquel, una mujer frustrada y gris cuyo fracaso personal evidencia con unas palabras de conmiseración y tristeza por los extras de «las películas de Darín», siempre prescindibles e intercambiables. Conmovedora y original, Cómo funcionan casi todas las cosas supone un ejemplo más de la buena salud del cine latinoamericano. (76/100)

    Bregando historias (íd, Nacho Bello, España, 2015) [Fuera de concurso]

    Detrás de toda producción artística existe un andamiaje de medios, materias primas procesos previos de documentación y demás infraestructuras. Pero es el Cine un ámbito alrededor del cual se ha construido una poderosísima industria, cuyo máximo exponente es, por supuesto, Hollywood. Los presupuestos ridículamente altos, los perfectos efectos especiales, localizaciones construidas ex profeso, los sueldos que cobran los actores y actrices más cotizados del momento, todo forma parte de la inversión inicial que será amortizada y superada con creces. No en todo el mundo se manejan estas cifras. Y esto es, entre otros temas, lo que pretende poner de manifiesto el joven cineasta Nacho Bello con Bregando historias, presentada fuera de concurso dentro de la sección Canarias Cinema. Estas historias a las que remite el título son, nada más y nada menos, reflejo de los sinceros esfuerzos que se llevan haciendo en las Islas Canarias desde hace muchísimo tiempo para expresar la vocación cinematográfica. Según se indica, el primer producto fílmico insular probablemente fuese El ladrón de los guantes blancos, dirigida en los años veinte del pasado siglo por José González Rivero. Este es, también, el inicio del documental. Se nos narra el recorrido de las producciones locales mediante distintas entrevistas a sus artífices. Las respuestas son más informativas y honestas que poéticas; y no se echa en falta acrobacia estética alguna, pues los testimonios son tan humanos que generan en el espectador menos docto una empatía inmediata. Durante los años setenta, el formato súper 8, sencillo de manipular y con cinta sustituible, se popularizó entre los incipientes entusiastas con vocación artística, creando algo así como un “boom” de cine amateur y muy bien intencionado. La escasez de medios y la ausencia de formación canónica, empero, no impidieron el desarrollo de la libertad creativa. Ni siquiera la censura franquista, muy pendiente de lo que se exhibía, detuvo la iniciativa. En los años recientes, lo que podría haber llegado a ser una suerte de consolidación se disolvió debido a la llegada de la fuerte crisis económica europea, cuyos resultados en España fueron devastadores también en Cultura. Se llegó a un estado de las cosas similar al de entonces, donde ha sido necesario enfrentarse a la carestía y la austeridad. Y es esto lo que Bregando historias narra: cuáles son las condiciones de la cinematografía canaria en los tiempos que corren, sin presupuestos ni profesionalización generalizada pero con grandes dosis de perseverancia tanto en género documental como ficción, donde autores como Amauri Santana, David Cánova, Zacarías de la Rosa o Jaime Falero, entre otros, discuten acerca de la conveniencia —o no— de los modelos de financiación pública, la importancia del sector privado y cuál podría ser la vía que conduzca a unas condiciones más dignas y saludables para la dinamización del campo. Este es un humilde y contundente retrato de la voluntad inquebrantable. (67/100)

    por Luis Enrique Forero Varela
    marzo 09, 2016

    Festival de Las Palmas 2016 (III) | Críticas: Cómo funcionan casi todas las cosas + Bregando historias + Cortometrajes (Figura, Paulina, Jay entre los hombres & Notre Dame des hormones)

    por Luis Enrique Forero Varela | marzo 09, 2016
    Kaili blues

    Si durante los días pasados pudimos ver en el XVI Festival Internacional de Cine de Las Palmas de Gran Canaria el despliegue de interesantes secciones como Panorama, Canarias Cinema o las proyecciones al aire libre del ciclo Neo Western, hoy hemos podido acercarnos finalmente a la Sección Oficial, compuesta por doce películas a competición a lo largo de los siguientes días. El inicio ha llegado con la proyección de La familia chechena, de Martín Solá; una exploración de la barbarie de la batalla de Grozni a través de los ritos sunís como asidero ante la angustia. Asimismo, brilló con luz propia el primer largo del joven cineasta chino Gan Bi. Kaili Blues, premiada en Locarno, es un hermoso viaje al universo regional, los oscuros errores del pasado y el contenido onírico de un personaje tan sutil como sugerente, rodeado por notas de realismo mágico. Por supuesto, la irrupción de la Sección Oficial no ha ralentizado ni obstaculizado el desarrollo de las demás propuestas que ofrece el festival. La renovación del Western continúa siendo posible, y prueba de ello es Slow west, de John Maclean, una sugerente revisión de los elementos presentes en el género cuya eficacia fue demostrada en pasados festivales como Karlovy Vary o Sitges y en los London Critics Circle Film Awards. También asistimos a la primera parte de la muy recomendable revisión de Las mil y una noches del talentoso cineasta portugués Miguel Gomes. Por su parte, el Monopol Music Festival emitía Leonard Cohen: Bird on a wire, documental sobre las glorias y miserias del compositor y cantante canadiense, grabado en una gira europea de 1972 y restaurado en 2010, así como Mr Dynamite: the rise of James Brown, de Alex Gibney. Además, el ciclo Déjà Vu recordaba la obra del maestro Orson Welles Campanadas a medianoche (1965). Mañana continuaremos descubriendo las cartas de las películas a competición.

    Kaili Blues (Lu bian ye can, 路边野餐, dirigida por Bi Gan, China, 2015) [Sección oficial]

    Dentro de las muchas innovaciones que supuso el tormentoso siglo XX para el desarrollo de la concepción del Arte, quizás la mejor transmutada al lenguaje cinematográfico actual, junto al Surrealismo, es el denominado Realismo Mágico. Aquella serie de factores fantásticos, apariciones fantasmagóricas, distorsiones espacio-temporales y vendavales apocalípticos que asolaron Macondo —percibidos como absolutamente normales o plausibles por sus habitantes— en Cien años de soledad, de García Márquez (quizás máximo exponente, que no único), ha sido uno de los temas de los que se han servido cineastas tan distintos como Tim Burton, Jean-Pierre Jeunet, Lisandro Alonso o Apichatpong Weerasethakul en sus propuestas narrativas. Tal es el caso del joven director Gan Bi. Su carta de presentación internacional, tan arriesgada como deben ser todas las óperas primas, ha sido ya premiada —y por partida doble— en el pasado Festival de Locarno. Y hoy hemos podido asistir a su proyección en el XVI Festival de Las Palmas, dentro de la Sección Oficial. Kaili Blues (2015) responde, como las propias leyes del Realismo Mágico, a un tiempo y una velocidad propios. De modo que requiere la aquiescencia del espectador para desplegar su potencial. Mediante un tono austero en información —los detalles se van generando de manera orgánica sin concesiones gratuitas—, se presenta la vida cotidiana de Chen, poeta y médico de barrio en el municipio homónimo del sur de China, región montañosa y rebosante de una extraña voluptuosidad natural. Con cuentagotas y largos planos, vamos formando progresivamente una estructura del entorno y relaciones sociales del protagonista, quien se esfuerza continuamente por prodigar al pequeño Wei Wei los cuidados que el padre, su hermano, no tiene, ni mucho menos, como prioridad. La relación de Chen con el tío de la criatura exhibe una tensión elevadísima, como si ocultasen algún oscuro asunto del pasado. En el pueblo, un loco que pasea con ramas atadas a los codos para espantar a supuestos monstruos misteriosos quizás sea más bien un profeta. La quietud del entorno y del propio Chen pronto se enturbian cuando descubre que su hermano ha decidido vender a Wei Wei, y habrá de emprender un viaje en su busca. A partir de entonces, la historia se traslada del plano fijo a un brillante plano secuencia —obra del director de fotografía Wang Tianxing—. Por el camino, el protagonista verá entremezclado el presente, el pasado y los elementos oníricos en realidades paralelas o posibles, llevando de la mano al espectador hacia su atormentada mente. La catarsis narrativa asoma en medio de un miserable salón de peluquería, y cada palabra pronunciada destila una increíble belleza contenida, con precisión de maquinaria suiza. Conviene recordar para el futuro próximo el nombre del director chino, pues esta joya visual y argumental marca el inicio de una excelente carrera cinematográfica. (90/100).

    por Luis Enrique Forero Varela
    marzo 08, 2016

    Festival de Las Palmas (II) | Críticas: Kaili blues + La familia chechena + Leonard Cohen: Bird on a wire

    por Luis Enrique Forero Varela | marzo 08, 2016

    Más que interesante se presenta la XVI edición del Festival Internacional de Cine Las Palmas. Un certamen por el que han pasado y triunfado filmes como The World (Jia Zhangke, 2005), Woman on the beach (Hong Sangsoo, 2006), Half Nelson (Ryan Fleck & Anna Boden, 2006) o Qué difícil es ser un dios (Aleksei German, 2013) este año ofrece una atractiva panóramica del cine de autor internacional. Por un lado, películas que han pasado con buena nota por certámenes como Venecia, Locarno o la reciente Berlinale, como son los casos de 11 minutes, Aloys, Behemoth, Kaili Blues (elegida por esta publicación como la mejor cinta del festival suizo en 2015) u Office; por otro, propuestas que tendrán su inicio de recorrido en el archipiélago canario como La tempestad calmada, premiere mundial. De este modo, lucharán por el máximo galardón del certamen, la Lady Hariguada de Oro, doce largometrajes y catorce cortometrajes. No serán los únicos reclamos de una entrega que abrirá con Playing Lecuona de Pavel Giroud y Juanma Villa y que, tras tres días dedicados al cine canario, arrancará el día 7 con la nombrada sección oficial y otros apartados como Panorama que presentan al espectador canarión lo más granado de la pasada temporada, con especial hincapié en la producción asiática: Apichatpong Weerasethakul (cuyo último trabajo vendrá precedido por su cortometraje de 2009 A Letter to Uncle Boonmee), Jia Zhangke, Tsai Ming-liang y Hong Sangsoo. Junto a ellos, Miguel Gomes, Corneliu Porumboiu, Sean Baker, Alexander Sokúrov, Jose Luis Guerín, Lois Patiño, Kent Jones (con su excelente documental Hitchcock/Truffaut) o la última pieza en el legado del gran Manoel de Oliveira, Visita ou Memórias e Confissoes, casi nada. Del 4 al 13 de marzo.

    Largometrajes

    11 Minutes, de Jerzy Skolimowski (Polonia, 2015).
    Aloys, de Tobias Nölle (Suiza, 2016).
    Behemoth, de Zhao Liang (China, 2015).
    Chant D’hiver, de Otar Iosseliani (Francia, 2015).
    Como funcionan casi todas las cosas, de Fernando Salem (Argentina, 2015).
    Kaili Blues, de Gan Bin (China, 2015).
    La familia chechena, de Martín Solá (Argentina, 2015).
    La tempestad calmada, de Omar A. Razzak (España, 2016).
    Looking for Grace, de Sue Brooks (Australia, 2015).
    Office, de Johnnie To (Hong Kong, 2015).
    Posto-Avançado do Progreso, de Hugo Vieira Da Silva (Portugal, 2015).
    Three Stories of Love, de Ryosuke Hashiguchi (Japón, 2015).

    Cortometrajes

    3 Year 3 Month Retreat, de Dechen Roder (Bután, 2015).
    9 Days – From my Window in Aleppo, de Thomas Vroege y Floor van der Meulen (Siria, 2015).
    Dear Director, de Marcus Lindeen (Suecia, 2015).
    Figura, de Katarzyna Gondek (Polonia, 2015).
    Freud und Friends, de Gabriel Abrantes (Portugal, 2015).
    Jay parmi les hommes, de Zeno Graton (Bélgica, 2015).
    Los barcos, de Dominga Sotomayor (Chile, 2015).
    Notre Dame des Hormones, de Bertarand Mandico (Francia, 2015).
    Paulina, de Ricardo León (Perú, 2015).
    Personne, de Christoph Girardet y Matthias Müller (Alemanka, 2016).
    Rate Me, de Fyzal Boulifa (Reino Unido, 2015).
    The Lasting Persimmon, de Kei Chikaura (Japón, 2015).
    Tout le monde aime le bord de la mer, de Keina Espiñeira (España, 2016)
    Yuyu, de Marc Johnson (EE.UU., 2015).

    Más información en la web oficial del Festival Internacional de Cine de Las Palmas.
    por Emilio M. Luna
    febrero 28, 2016

    El Festival de Las Palmas (del 4 al 13 de marzo) anuncia su Sección Oficial

    por Emilio M. Luna | febrero 28, 2016

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