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    Las Palmas
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    || Críticas | Las Palmas 2026 | ★☆☆☆☆
    If i go will they miss me
    Walter Thompson-Hernández
    La nueva televisión independiente


    Rubén Téllez Brotons
    Las Palmas |

    ficha técnica:
    Estados Unidos, 2026. Dirección: Walter Thompson-Hernández. Guion: Walter Thompson-Hernández. Música: Malcolm Parson. Fotografía: Michael Fernandez. Compañías: Spark Features, Further Adventures, Cedar Road, LinLay Productions, Merino Films. Reparto: J. Alphonse Nicholson, Danielle Brooks, Bodhi Dell. Duración: 95 min.

    En su artículo sobre Sorry, Baby, Aarón Rodríguez Serrano reflexionaba sobre el modo en que, hace aproximadamente una década, el festival de Sundance exportó al mundo una serie de películas que compartían unas mismas coordenadas estéticas que funcionaban casi como la marca de agua del festival. Sus rasgos de estilo más notorios eran los “personajes anonadados o idiotas de lugares norteamericanos insípidos, diálogos supuestamente elevados con chistes sexuales de parvulario o con monólogos rudimentarios, espacios «rurales pero cuquis», citas intelectuales —pero no mucho— y una dirección de arte a medio camino entre un leñador de Alabama y un single de los primeros Mumford & Sons”. El tiempo ha pasado, el cine independiente estadounidense ha sufrido ciertas mutaciones y, con ellas, también su principal abanderado en el campo festivalero. La productora A24 le dio hace unos años un lavado de cara al cine “indie” empleando dos fórmulas diferentes: la primera consistía en bajar a la realidad el cine de terror para envolverlo en una metáfora sobre alguna cuestión social: el miedo surgía de aquello que no se veía y que no era sino la expresión de una ansiedad sufrida por algún sector específico de la sociedad —ahí está, por poner un ejemplo, Longlegs y su monstruo, que es una encarnación del miedo a la implosión de la violencia que late debajo de la cotidianidad—. La segunda pasaba por llevar al límite los rasgos de estilo de Sean Baker para poder manufacturarlos y exportarlos.

    If i go will they miss me, se inscribe en esta segunda genealogía. Hay, sin embargo, algo en ella que la diferencia de obras como la reciente Omaha —entre otras muchas—: la de Walter Thompson-Hernández no es una cinta que utilice el lenguaje del videoclip como materia prima a partir de la que construir su propio (y limitado) lenguaje, sino que constituye en sí misma un largo videoclip de hora y media. No se trata de filtrar el mundo a través del prisma hiperveloz del videoclip, sino de poner en escena un mundo que es un videoclip. La imagen plana y efectista sustituye a una realidad que termina convertida en un remedo de cuya existencia se tiene conocimiento debido a que algunos de los muchos clichés argumentales que utiliza el realizador parten de una base “real”. La imagen y el sonido son efectos que intentan darle movimiento a un mundo que no lo tiene, porque es eminentemente falso. Si no hay un objeto real que pueda ser filmado, no se puede construir un discurso sobre él. De ahí que el vacío pase a ejercer de soporte y pegamento para las imágenes: es el único nexo posible entre ellas y lo único que justifica su existencia.

    La imposibilidad de un discurso obliga a una multiplicación de los estímulos, tanto visuales como auditivos. Thompson-Hernández ofrece una simulación de movimiento sobre un espacio que se percibe en todo momento como el set de rodaje de un vídeo, no como una localización real en la que viven personas reales. Y esto es preocupante, sobre todo si se tiene en cuenta que dicha localización existe. El realizador sitúa la película en un barrio de viviendas sociales de Los Ángeles; el problema está en que lo convierte en un núcleo irradiador de clichés que borran cualquier atisbo de verosimilitud, pero también cualquier noción de verdad, que pudiese llegar a existir en sus imágenes. El barrio no pasa de ser una excusa que justifica la puesta en escena de todos los lugares comunes dentro de los cuales el cine de Hollywood ha encorsetado y asfixiado las problemáticas sociales que han tenido lugar en Estados Unidos a lo largo de la Historia. Es por ello que, en una película que se desarrolla en un gueto para personas negras, no hay una sola referencia —ni argumental ni discursiva (no hay discurso)— al racismo institucional que sufren sus personajes. Un cliché que surge de una ficción creada para suplantar en la pantalla la realidad no hace sino eliminar de la imagen cualquier aspereza que pueda poner en cuestión el sistema que confecciona dicho cliché.

    Como todo en If i go will they miss me es puro vacío revestido con un decorado de cartón-piedra, la ilusión de movimiento tiene la función de dinamizar la contemplación de ese vacío: el tiempo, por tanto, es algo que rellenar, un obstáculo contra el que luchar. Antes que nada, las imágenes de la cinta intentan hacer llevadero el aburrimiento que —según la lógica televisiva de la que beben— produce el estatismo. El realizador es incapaz de filmar en un sólo plano una escena en la que no haya diálogos. El corte no llega porque se necesite un plano diferente para expresar una idea, sino para mantener la atención de los espectadores. La imagen no pasa de ser un cartel luminoso diseñado para avasallar los sentidos. Además, la cinta envuelve su monocorde y efectista ritmo de imágenes y sonidos en un lirismo, de nuevo, profundamente videoclipero. En el videoclip, la imagen es puramente superficial y no puede hacer otra cosa más que remitir a una serie de formas y conceptos sacados de un sustrato común. Por ejemplo: el cielo no es una realidad viva y móvil que puede producir un placer estético debido a sus cambios de color, a los movimientos de las nubes, etc., sino el molde con el que configurar una estampa supuestamente lírica a la que se hará constantes referencias. Así, un cielo azul completamente despoblado de nubes se convierte en una imagen cristalizada que pretende ser lírica, pero que sólo es capaz de remitir a una noción artificiosa de lirismo.

    El manual de estilo está lleno de recursos, y todos los utiliza Thompson-Hernández: travellings realizados con steadycam para seguir los movimientos de un personaje, primeros planos filmados con gran angular, colores saturados —sobre todo los azules (del cielo) y los naranjas—, siluetas filmadas a contraluz en el amanecer o el atardecer, cámaras que chapotean en el mar mientras su lente se moja… Llegados a este punto, convendría preguntarse cuán independiente es un cine que únicamente es capaz de producir variaciones de una fórmula avalada por uno de los mayores festivales de Estados Unidos. Una fórmula que, además, no proviene siquiera del propio cine, sino de la televisión. ♦

    por Rubén Téllez Brotons
    abril 30, 2026

    Crítica | If i go will they miss me

    por Rubén Téllez Brotons | abril 30, 2026

    La XVI edición del Festival Internacional de Cine de Las Palmas de Gran Canaria ha concluido con una justa repartición de premios. El palmarés ha destacado algunas propuestas cinematográficas que ya contaban con reconocimiento previo en otros festivales internacionales. Tal ha sido el caso de Kaili Blues [crítica]. La ópera prima de Bi Gan, evocadora historia de búsqueda de la memoria en un entorno lleno de realismo mágico, ya nos había conmovido en Locarno, y su magnetismo, delicadeza visual y profundidad discursiva han merecido, a ojos de este jurado, el máximo galardón, el Lady Harimaguada de Oro. De igual modo, los premios a las mejores actuaciones masculina y femenina han recaído sobre dos de nuestras favoritas, Posto-avançado do progreso, de Marcos Vieira da Silva (David Caracol como mejor actor) y Cómo funcionan casi todas las cosas, de Fernando Salem (Verónica Gerez como mejor actriz). La familia chechena, de Martín Solá, ha recibido la mención especial del jurado; el jurado popular, por otra parte, ha reconocido el valor de Aloys, de Tobias Nölle (premio FIPRESCI de la sección Panorama en la Berlinale). La Sección Oficial de cortometrajes ha galardonado a Yuyú, de Marc Johnson, con mención especial a Figura, de Katarzyna Gondek. Por último, la sección Canarias Cinema ha premiado como mejor largo a Dead Slow Ahead, de Mauro Hercé, con una mención especial a Evolution, de Lucile Hadzihalilovic.

    Sección Oficial

    Lady Harimaguada de Oro: Kaili Blues (Bi Gan, China, 2015, 110 min.).
    Lady Harimaguada de Plata: Three Stories of Love (Ryosuke Hashiguchi, Japón, 140 min.).
    Premio a la Mejor Actriz: Verónica Gerez, por Cómo funcionan casi todas las cosas (Fernando Salem, Argentina, 2015, 93 min.).
    Premio al Mejor Actor: David Caracol, por Posto Avançado do Progresso (Hugo Vieira da Silva, Portugal, 2016, 122 min.).
    Mención Especial del Jurado: La familia chechena (Martín Solá, Argentina, 2015, 60 min.).
    Premio del Público: Aloys (Tobias Nölle, Suiza, Francia, 2016, 91 min.).
    Premio al Mejor Cortometraje: Yúyú (Marc Johnson, Estados Unidos, Francia, 2015, 15 min.).
    Mención Especial al Cortometraje: Figura (Katarzyna Gondek, Polonia, Bélgica, 2015, 9 min.).

    Canarias Cinema

    Premio Richard Leacock al Mejor Largometraje: Dead Slow Ahead, de Mauro Hercé (España, 2015, 74 min.).
    Mención Especial al Largometraje: Evolution, de Lucile Hadzihalilovic (Francia, Bélgica, España, 2015, 81 min.).
    por Luis Enrique Forero Varela
    marzo 13, 2016

    Palmarés del Festival de Las Palmas 2016

    por Luis Enrique Forero Varela | marzo 13, 2016
    Behemoth

    El XVI Festival Internacional de cine de Las Palmas de Gran Canaria se acerca a su fin. Con escasos tres días restantes, todavía causa agradables sorpresas. La Sección Oficial a competición entregó dos obras bastante diferentes. Recién comenzada la jornada, asistimos a la proyección de Looking for Grace, de Sue Brooks; una película que se podría definir como tragicomedia, en la línea de Little miss sunshine (Jonathan Dayton, Valerie Faris, 2007) pero, desgraciadamente, sin la frescura y solidez estructural de aquella. Seguidamente, el filme de Liang Zhao, Behemoth, supuso uno de los momentos más destacados del certamen, hasta la fecha. La contundente propuesta narrativa, con una poética propia inspirada en Dante y un apartado visual tan hermoso como terrible, evoca una intensidad que atraviesa la pantalla e impacta en el espectador. En otros términos, el ciclo Banda Aparte ofreció Room 237, un documental tan delirante y obsesivo-compulsivo como curioso, en el que diversas personalidades analizan planos, escenografía y cromática, entre otros elementos, para teorizar hasta lo conspiranoico acerca de los posibles contenidos simbólicos ocultos en una de las obras maestras de Kubrick, El resplandor. Además, hoy presenciamos la ronda final de cortometrajes, entre los que merece mención Los barcos, de Dominga Sotomayor, planteado como un recorrido cotidiano y sutil a través de la profundidad nostálgica de un viaje emocional.

    Behemoth (Bei xi mo shou, 贝喜莫寿 全片, Zhao Liang, China, 2015)

    La belleza es un criterio subjetivo y, por tanto, está presente en cualquier lugar, según la predisposición del que la contempla. Pero, ¿puede hallarse belleza en la barbarie? ¿En el progreso de la destrucción de la naturaleza? Marinetti, por allá en los albores del siglo XX, creó un movimiento artístico de vanguardia, seducido por la Revolución Industrial. Los futuristas se declararon admiradores de la velocidad, la cinética, el combustible, el metal y también la beligerancia. Es posible que de estas bases haya partido Liang Zhao para construir una obra de arte de la magnitud discursiva de Behemoth, precisamente con la intención contraria. Muy en consonancia con el fotógrafo Ronghui Chen, premiado en el World Press Photo de 2014 por retratar el desamparo de un empleado en una fábrica de artículos de navidad en China, Zhao se atreve a mostrar la cara más oculta de la increíble expansión económica del denominado “Gigante asiático” durante los últimos años. Y utiliza para ello una mezcla muy efectiva de un lenguaje visual crudo y directo, con pequeños momentos de lirismo arrebatador. Se sirve de una ligera inspiración en la obra inmortal de Dante, La divina comedia, para adentrarse en el mismísimo infierno. La proliferación de minas de hierro, material en constante demanda para la creación de infraestructura y bienes de consumo, ha destruido totalmente enormes extensiones de terreno y, lo que es peor, alterado de manera irreparable la vida de sus habitantes. Como si de un tratado antropológico se tratase, este brillante documental explora el cambio que han sufrido los usos y costumbres locales. Los pastores nómadas que aún conservan la profesión, prácticamente sin espacio verde al que acudir, transitan con sus rebaños entre montañas de escombros. La gran mayoría ha sucumbido ante la demoledora presencia de este monstruo descomunal —el título hace referencia a la enorme bestia del Antiguo Testamento—, implacable devorador de hombres que sacrifican toda su energía y su salud en el trabajo más inclemente e injusto. La sucursal del infierno se encuentra en la siderúrgica donde procesan el material bruto, a costa de la explotación de miles de trabajadores, cuyas manos están llenas de quemaduras y llagas. La voz poética que verbaliza con genialidad el dramatismo de la situación reza «[…] Sacrificios transmutados en acero para que podamos construir nuestro paraíso […]» y son cientos de miles los fallecidos por pneumoconiosis, afección pulmonar producida por la inhalación de gases y elementos tóxicos. Si este es el infierno, ¿cuál es entonces el paraíso? Los enormes complejos residenciales que proliferan por todo el país. Torres gigantescas, recién construidas y, sin embargo, vacías; vacías e impolutas, sin una brizna de carbón o una mancha de polvo. Esta es una de las grandes obras narrativas que no solamente remueven consciencias, sino demuestran la capacidad de proyectar una ética y una estética propias. (86/100)

    por Luis Enrique Forero Varela
    marzo 11, 2016

    Festival de Las Palmas 2016 (V) | Críticas: Behemoth + Looking for Grace + Cortometrajes (Los barcos, 9 Days – From my Window in Aleppo, Tout le monde aime le bord de la mer & 3 Year 3 Month Retreat)

    por Luis Enrique Forero Varela | marzo 11, 2016
    Office

    La jornada de hoy en Las Palmas ha dejado gratas sorpresas y un conjunto general muy sólido. Desde el inicio de la mañana, continuamos asistiendo a la progresiva muestra de todas las películas elegidas para formar parte de la Sección Oficial. Dos nuevos títulos se incorporan a la competición, muy distintos entre sí. Por una parte, Office, de Johnny To, un muy curioso musical sobre el ascenso empresarial en el brutal crecimiento económico asiático, con una estética estilizada y ciertos toques de humor; por otra, el portugués Hugo Vieira da Silva ha traído desde la Berlinale Posto-avançado do progreso, una excelente propuesta cinematográfica que parte del cuento de Conrad An output of progress para realizar una certera y poética aproximación en el pasado colonial de Portugal. También, dentro de la sección Panorama, observamos otros ejercicios de buen cine, como la tercera y última parte de la revisión que Miguel Gomes hizo sobre Las mil y una noches. El Monopol Music Festival proyectó Arcade Fire:The refletor tapes, trabajo de Kahlil Joseph sobre la que quizás sea la Gran banda de rock en la actualidad. Sobresaliente fue la segunda ronda de cortometrajes mostrados en el día de hoy. Un grupo de cinco películas breves, entre las cuales destacó la maravillosa Dear director, del sueco Marcus Lindeen, o Rate me, original retrato de la sociedad del momento de Fyzal Boulifa. Ambas secciones oficiales están tornándose más sugerentes y desinhibidas en cuanto a lo arriesgado de las propuestas cinematográficas. Estamos ansiosos por ver qué deparan los siguientes días.

    Office (Hua li shang ban zou, 華麗上班族, Johnnie To, Hong Kong, 2015)

    Una de las líneas de inspiración artística más empleada por la cinematografía, casi desde su misma invención, es la aproximación a los eventos recientes de alto impacto como materia utilizable. Claro, hay quien pueda tacharlo de oportunismo; pero lo cierto es que la producción de bienes de consumo cultural es también una expresión de la sensibilidad social hacia tal o cual asunto. En los últimos años, han sido bastantes y muy variadas entre sí las propuestas acerca de la última crisis económica que sacudió medio mundo y evidenció los excesos e irresponsabilidades de la banca internacional. El cineasta hongkonés Johnnie To se aleja de anteriores trabajos, como Election I y II, y firma en esta ocasión algo que podríamos definir como un musical sobre el capitalismo salvaje en Asia. Office (2015) se centra de una manera muy particular en el veloz desarrollo económico que ha experimentado China durante los últimos veinte años. Tal ha sido el avance, que el urbanismo y el paisaje de Hong Kong presenta ahora una verticalidad arquitectónica sin precedentes. Como no podría ser de otra manera, la película toma como prácticamente único escenario las dependencias de la poderosa empresa en expansión Jones & Sunn, rascacielos que sus trabajadores noveles ansían literalmente escalar. Uno de ellos es Li Seung (Wang Ziyi), ambicioso e ingenuo a partes iguales, que busca labrarse un prometedor futuro en la empresa. El juego cromático e iluminación que propone el director de fotografía Cheng Siu-Keung retrata casi un paisaje futurista y automatizado, donde las máquinas de producción en cadena son humanos encorbatados. Resuenan aquí los ecos de clásicos como Tiempos modernos (Charlie Chaplin, 1936) y la necesidad de productividad ininterrumpida, o Metrópolis (Fritz Lang 1927) y su alienación del individuo. Los temas que cantan los personajes, con acertadas y sencillas coreografías, tratan con ironía la meta máxima de coronarse como el gigante más poderoso del continente y conquistar el mercado mundial. Y toda interacción viene medida por el contacto con la oficina —las tomas en los hogares de los trabajadores carecen de intimidad, con paredes translúcidas, y presentan una similitud sospechosa con el edificio—. En medio de la carrera económica, irrumpe con contundencia la debacle de Lehman Brothers y tiembla el suelo entre los que buscan el enriquecimiento a toda costa. Con una estética que toma elementos de la distopía Steampunk y el preciosismo del cineasta Chan-Wook Park, Office es un muy interesante ejercicio cinematográfico. Ahora bien, la moraleja de la historia queda flotando en aguas ambiguas, pues el final se acerca más bien a legitimar este ascenso económico y éxito social, basado en la lealtad y la ambición. (68/100)

    por Luis Enrique Forero Varela
    marzo 10, 2016

    Festival de Las Palmas 2016 (IV) | Críticas: Office + Posto-avançado do progreso + Cortometrajes (Dear director, Yuyu, The last persimmon, Rate me & Freud und friends)

    por Luis Enrique Forero Varela | marzo 10, 2016
    Cómo funcionan casi todas las cosas

    Continúa a paso firme el Festival de Las Palmas. Una vez inaugurada la Sección Oficial el día de ayer, esta mañana hemos asistido a dos nuevas propuestas sujetas a valoración del jurado. Por una parte, vimos 11 minutos, del veterano —y muy en forma— Jerzy Skolimowski, un vertiginoso artificio de circularidad, donde las diferentes líneas narrativas paralelas casi se tocan durante el lapso de 11 minutos que dura la macroestructura temporal, jugando con el espacio y los eventos de manera dinámica y muy sugerente. Posteriormente, la proyección de Cómo funcionan casi todas las cosas ofrecía elementos radicalmente opuestos: una mezcla equilibrada y solvente de road movie y comedia social, con un guion capaz de evocar temas muy diferentes y complejos, tales como la realización vital, la soledad del abandono familiar o los perros astronautas, sin generar ninguna fisura ni maniqueísmo en los personajes. De igual modo, y siguiendo la estructura que ha propuesto el festival, la sección Panorama ha ofrecido el segundo volumen de Las mil y una noches, del talentoso autor portugués Miguel Gomes. El abanico de posibilidades también ha permitido la recuperación de clásicos de la cinematografía, dentro del marco del ciclo Déjà Vu, como Rocco y sus hermanos (1960), del brillante Visconti, o esa joya de Kenji Mizoguchi que fue Historia del último crisantemo (1939). El rasgo más dinamizador del día de hoy fue, sin duda, el inicio de la otra Sección Oficial, aquella especializada en los cortometrajes a competición. Catorce películas distribuidas en pequeños grupos, de las cuales hemos podido ver cuatro, distintos entre sí y con intenciones estéticas y discursivas muy variadas.

    Cómo funcionan casi todas las cosas (íd, Fernando Salem, Argentina, 2015) [Sección oficial]

    Existe en el Cine, como en todo, una dualidad por parte de sus artesanos a la hora de contar una historia. El equilibrio entre fondo y forma, que también podemos llamar la estética y el aparato narrativo, suele ser muy complicado de conseguir. Y, todo sea dicho, no siempre es el objetivo de la película. Basta acudir a recientes ejemplos como The revenant (Alejandro González Iñárritu), que la crítica ha definido como un prodigio técnico, o, en caso contrario, ejemplos como Death in sarajevo (Danis Tanović, 2015), el cual se sustenta casi íntegramente en el complejo guion. En cualquier caso, si el director tiene talento, sabrá proyectar su intencionalidad sin ejecutar ningún movimiento de manera contraria a la lógica interna. El argentino Fernando Salem ha saltado finalmente desde el confort del cortometraje, campo que domina con soltura y ha sido merecedor de premios en numerosos festivales, y firma su primer largo, Cómo funcionan casi todas las cosas (2015). Llega al XVI Festival Internacional de Cine de Las Palmas de Gran Canaria precedido por las credenciales que suponen el reconocimiento en el Festival de Mar del Plata. El peculiar título es una referencia propia del microcosmos retratado en la cinta, que comienza con un primer plano al interior emocional y la cotidianidad de Celina. La joven cuida de su padre enfermo y trabaja en el puesto de peaje de una carretera desplazada en importancia por la construcción de otra mayor. Los primeros compases van estableciendo los puntos guía del entorno, gracias a un guión austero en ambiciones pero muy bien ensamblado, donde cada detalle tiene su por qué en algún momento posterior. Tras la muerte del padre, Celina toma la determinación de buscar empleo en la antigua oficina de este, una empresa de venta de enciclopedias por correspondencia, con la intención de ahorrar dinero y buscar su madre, emigrada en Italia tras el abandono temprano. El nombre del libro que vende es, cómo no, “Cómo funcionan casi todas las cosas” —una suerte de oráculo demodé en tiempos del omnisciente Internet— y su estructura se transporta a la pantalla, marcando el tempo de los acontecimientos casi a modo de capítulos, mediante una pregunta que los protagonistas contestan mirando a la cámara, recurso interesante que aporta información necesaria para completar su lógica interna y humanizarlos. El filme es un trabajo ejemplar de lo que Aristóteles llamaría “Aurea mediocritas”, un equilibrio entre todas sus cualidades, su ética y estética, y gran parte del resultado es obra de la magnífica pareja de protagonistas: Verónica Gerez, quien ejecuta en Celina una gran interpretación de emociones contenidas, y Pilar Gamboa, actuación sobresaliente como Raquel, una mujer frustrada y gris cuyo fracaso personal evidencia con unas palabras de conmiseración y tristeza por los extras de «las películas de Darín», siempre prescindibles e intercambiables. Conmovedora y original, Cómo funcionan casi todas las cosas supone un ejemplo más de la buena salud del cine latinoamericano. (76/100)

    Bregando historias (íd, Nacho Bello, España, 2015) [Fuera de concurso]

    Detrás de toda producción artística existe un andamiaje de medios, materias primas procesos previos de documentación y demás infraestructuras. Pero es el Cine un ámbito alrededor del cual se ha construido una poderosísima industria, cuyo máximo exponente es, por supuesto, Hollywood. Los presupuestos ridículamente altos, los perfectos efectos especiales, localizaciones construidas ex profeso, los sueldos que cobran los actores y actrices más cotizados del momento, todo forma parte de la inversión inicial que será amortizada y superada con creces. No en todo el mundo se manejan estas cifras. Y esto es, entre otros temas, lo que pretende poner de manifiesto el joven cineasta Nacho Bello con Bregando historias, presentada fuera de concurso dentro de la sección Canarias Cinema. Estas historias a las que remite el título son, nada más y nada menos, reflejo de los sinceros esfuerzos que se llevan haciendo en las Islas Canarias desde hace muchísimo tiempo para expresar la vocación cinematográfica. Según se indica, el primer producto fílmico insular probablemente fuese El ladrón de los guantes blancos, dirigida en los años veinte del pasado siglo por José González Rivero. Este es, también, el inicio del documental. Se nos narra el recorrido de las producciones locales mediante distintas entrevistas a sus artífices. Las respuestas son más informativas y honestas que poéticas; y no se echa en falta acrobacia estética alguna, pues los testimonios son tan humanos que generan en el espectador menos docto una empatía inmediata. Durante los años setenta, el formato súper 8, sencillo de manipular y con cinta sustituible, se popularizó entre los incipientes entusiastas con vocación artística, creando algo así como un “boom” de cine amateur y muy bien intencionado. La escasez de medios y la ausencia de formación canónica, empero, no impidieron el desarrollo de la libertad creativa. Ni siquiera la censura franquista, muy pendiente de lo que se exhibía, detuvo la iniciativa. En los años recientes, lo que podría haber llegado a ser una suerte de consolidación se disolvió debido a la llegada de la fuerte crisis económica europea, cuyos resultados en España fueron devastadores también en Cultura. Se llegó a un estado de las cosas similar al de entonces, donde ha sido necesario enfrentarse a la carestía y la austeridad. Y es esto lo que Bregando historias narra: cuáles son las condiciones de la cinematografía canaria en los tiempos que corren, sin presupuestos ni profesionalización generalizada pero con grandes dosis de perseverancia tanto en género documental como ficción, donde autores como Amauri Santana, David Cánova, Zacarías de la Rosa o Jaime Falero, entre otros, discuten acerca de la conveniencia —o no— de los modelos de financiación pública, la importancia del sector privado y cuál podría ser la vía que conduzca a unas condiciones más dignas y saludables para la dinamización del campo. Este es un humilde y contundente retrato de la voluntad inquebrantable. (67/100)

    por Luis Enrique Forero Varela
    marzo 09, 2016

    Festival de Las Palmas 2016 (III) | Críticas: Cómo funcionan casi todas las cosas + Bregando historias + Cortometrajes (Figura, Paulina, Jay entre los hombres & Notre Dame des hormones)

    por Luis Enrique Forero Varela | marzo 09, 2016
    Kaili blues

    Si durante los días pasados pudimos ver en el XVI Festival Internacional de Cine de Las Palmas de Gran Canaria el despliegue de interesantes secciones como Panorama, Canarias Cinema o las proyecciones al aire libre del ciclo Neo Western, hoy hemos podido acercarnos finalmente a la Sección Oficial, compuesta por doce películas a competición a lo largo de los siguientes días. El inicio ha llegado con la proyección de La familia chechena, de Martín Solá; una exploración de la barbarie de la batalla de Grozni a través de los ritos sunís como asidero ante la angustia. Asimismo, brilló con luz propia el primer largo del joven cineasta chino Gan Bi. Kaili Blues, premiada en Locarno, es un hermoso viaje al universo regional, los oscuros errores del pasado y el contenido onírico de un personaje tan sutil como sugerente, rodeado por notas de realismo mágico. Por supuesto, la irrupción de la Sección Oficial no ha ralentizado ni obstaculizado el desarrollo de las demás propuestas que ofrece el festival. La renovación del Western continúa siendo posible, y prueba de ello es Slow west, de John Maclean, una sugerente revisión de los elementos presentes en el género cuya eficacia fue demostrada en pasados festivales como Karlovy Vary o Sitges y en los London Critics Circle Film Awards. También asistimos a la primera parte de la muy recomendable revisión de Las mil y una noches del talentoso cineasta portugués Miguel Gomes. Por su parte, el Monopol Music Festival emitía Leonard Cohen: Bird on a wire, documental sobre las glorias y miserias del compositor y cantante canadiense, grabado en una gira europea de 1972 y restaurado en 2010, así como Mr Dynamite: the rise of James Brown, de Alex Gibney. Además, el ciclo Déjà Vu recordaba la obra del maestro Orson Welles Campanadas a medianoche (1965). Mañana continuaremos descubriendo las cartas de las películas a competición.

    Kaili Blues (Lu bian ye can, 路边野餐, dirigida por Bi Gan, China, 2015) [Sección oficial]

    Dentro de las muchas innovaciones que supuso el tormentoso siglo XX para el desarrollo de la concepción del Arte, quizás la mejor transmutada al lenguaje cinematográfico actual, junto al Surrealismo, es el denominado Realismo Mágico. Aquella serie de factores fantásticos, apariciones fantasmagóricas, distorsiones espacio-temporales y vendavales apocalípticos que asolaron Macondo —percibidos como absolutamente normales o plausibles por sus habitantes— en Cien años de soledad, de García Márquez (quizás máximo exponente, que no único), ha sido uno de los temas de los que se han servido cineastas tan distintos como Tim Burton, Jean-Pierre Jeunet, Lisandro Alonso o Apichatpong Weerasethakul en sus propuestas narrativas. Tal es el caso del joven director Gan Bi. Su carta de presentación internacional, tan arriesgada como deben ser todas las óperas primas, ha sido ya premiada —y por partida doble— en el pasado Festival de Locarno. Y hoy hemos podido asistir a su proyección en el XVI Festival de Las Palmas, dentro de la Sección Oficial. Kaili Blues (2015) responde, como las propias leyes del Realismo Mágico, a un tiempo y una velocidad propios. De modo que requiere la aquiescencia del espectador para desplegar su potencial. Mediante un tono austero en información —los detalles se van generando de manera orgánica sin concesiones gratuitas—, se presenta la vida cotidiana de Chen, poeta y médico de barrio en el municipio homónimo del sur de China, región montañosa y rebosante de una extraña voluptuosidad natural. Con cuentagotas y largos planos, vamos formando progresivamente una estructura del entorno y relaciones sociales del protagonista, quien se esfuerza continuamente por prodigar al pequeño Wei Wei los cuidados que el padre, su hermano, no tiene, ni mucho menos, como prioridad. La relación de Chen con el tío de la criatura exhibe una tensión elevadísima, como si ocultasen algún oscuro asunto del pasado. En el pueblo, un loco que pasea con ramas atadas a los codos para espantar a supuestos monstruos misteriosos quizás sea más bien un profeta. La quietud del entorno y del propio Chen pronto se enturbian cuando descubre que su hermano ha decidido vender a Wei Wei, y habrá de emprender un viaje en su busca. A partir de entonces, la historia se traslada del plano fijo a un brillante plano secuencia —obra del director de fotografía Wang Tianxing—. Por el camino, el protagonista verá entremezclado el presente, el pasado y los elementos oníricos en realidades paralelas o posibles, llevando de la mano al espectador hacia su atormentada mente. La catarsis narrativa asoma en medio de un miserable salón de peluquería, y cada palabra pronunciada destila una increíble belleza contenida, con precisión de maquinaria suiza. Conviene recordar para el futuro próximo el nombre del director chino, pues esta joya visual y argumental marca el inicio de una excelente carrera cinematográfica. (90/100).

    por Luis Enrique Forero Varela
    marzo 08, 2016

    Festival de Las Palmas (II) | Críticas: Kaili blues + La familia chechena + Leonard Cohen: Bird on a wire

    por Luis Enrique Forero Varela | marzo 08, 2016

    A la espera del comienzo de la Sección Oficial, mañana, 7 de marzo, el XVI Festival Internacional de Cine de Las Palmas de Gran Canaria ha continuado ofreciendo un plantel de propuestas bastante variado, con espacio para el cine europeo, asiático y nacional. Durante la jornada de hoy pudimos asistir a las proyecciones de trabajos ya vistos —y algunos premiados— en pasados festivales. Tal es el caso de, por ejemplo, Afternoon (Tsai Ming-liang, 2015), Cosmos (Andrej Zulawski, 2015), Bone Tomahawk (Craig Zahler, 2015) y de Evolution (2015), este último dentro de la sección Canarias Cinema. El filme de Lucile Hadzihalilovic, premiado en el pasado festival de San Sebastián, es un poderoso ejercicio hipnótico ante la contemplación de lo tenebroso, siempre a medio camino entre lo explícito y lo sugerente, con una estética impecable. Hubo oportunidad también de ver la cinta inaugural del festival, Playing Lecuona (Pavel Giroud y Juanma Villar, 2015), estimulante homenaje al gran Ernesto Lecuona. Asimismo, el Monopol Music Festival, ciclo dedicado a la música desde la aproximación cinematográfica, ofreció Amy (2015), muy recomendable retrato documental que hizo el británico Asif Kapadia de la malograda cantante Amy Winehouse. El teatro Quegles (sala al aire libre) acogió una muestra más del ciclo Neowestern —selección de algunos de los recientes trabajos pertenecientes al renovado género—; en este caso, la proyección de El ardor (Pablo Fendrick, 2014) se vio interrumpida debido a las condiciones climáticas. El cierre de la noche vino de la mano de Francofonia: Le Louvre sous l’occupation (2015), del siempre sorprendente Alexander Sokúrov.

    Francofonia. El Louvre bajo la ocupación de la Alemania nazi (Francofonia: le Louvre sous l’occupation, Alexandr Sokúrov, Francia, 2015) [Sección Panorama].

    Cuenta Jesse, personaje interpretado por Ethan Hawke en Before Sunrise, que durante la Segunda Guerra Mundial, cerca de la liberación de París, el Führer mandó dinamitar la Catedral de Notre Dame, pero, estando ya los explosivos colocados y todo preparado, el militar encargado de ejecutar la orden fue incapaz de destruir una obra de semejante belleza. Sea como fuere, la utilidad del Arte y los esfuerzos por su conservación es un tema sumamente atractivo; tanto así que el director ruso Aleksandr Sokúrov ha decidido abordarlo mediante un particular modus operandi. Si hace catorce años rindió especial homenaje al Hermitage de San Petersburgo en El arca rusa (2002), en este caso, en el museo parisino del Louvre no solamente es el espacio donde se desarrolla Francofonia: Le Louvre sous l’occupation (2015); es, de hecho, el omnipresente protagonista. Tensando con inteligencia las fronteras entre la ficción y la no ficción, la imagen real y el uso de efectos digitales, la obra comienza con el propio Sokúrov hablando sobre la película con un amigo que viaja en un barco cargado de obras de arte. Pronto el director se transforma en narrador, en la voz en off que va tejiendo el entramado de esta historia. Interpela a Chéjov y acusa a Tolstoi de estar dormido, como metáfora de la barbarie ocurrida durante la Segunda Guerra Mundial —frente a sendas fotografías de los escritores—, y fluye hacia la representación de los momentos en los que, ocupada Francia por el ejército Nazi, el entonces director de los Museos de Francia, Jacques Jaujard, se vio forzado a tratar con Franz von Wolff-Metternich, responsable de asuntos de gestión artística del III Reich ahora en París, ciudad que, en apariencia, vuelve a funcionar cotidianamente bajo el régimen de Hitler. La curiosa relación que se establece entre los dos hombres, ambos preocupados por proteger a toda costa las obras anteriormente guardadas fuera de la capital, e impedir su traslado a Alemania, traza una interesante reflexión sobre el patrimonio artístico como botín de guerra. ¿Cuán legítima es la colección del museo? Pregunta que el filme parece querer inocular en el espectador, cuando hace acto de presencia Marianne, figura alegórica de la República, recorriendo los pasillos del Louvre junto a un delirante Napoleón que acrecienta su egolatría frente a la vasta muestra de pintura y escultura —incluidas sus propias representaciones—. Sokúrov se atreve, además, a recordar con ironía la situación opuesta a la rendición de Francia; esto es, el brutal asedio de Leningrado, ciudad devastada totalmente. Estos arriesgados elementos, así como el diálogo casi unamuniano de los personajes con el narrador y la interrupción de la línea temporal, funcionan, sin embargo, de manera muy rítmica y nada impostada, alcanzando una distancia necesaria para evaluar la carga discursiva. Parece, en cualquier caso, que el Arte se abre paso en cualquier circunstancia y a pesar de todas las dificultades. (76/100)

    Playing Lecuona

    Playing Lecuona (Pavel Giroud, Juanma Villar Betancort, España, Colombia, 2015) [Apertura]

    Una de las iniciativas más interesantes de esta 16ª edición del certamen canario consistió en conectar la ceremonia de inauguración, el pasado día 4 de marzo, con una muestra de música en directo, ambos eventos pertenecientes a la misma expresión cinematográfica. Playing Lecuona (2015), cuya proyección estuvo acompañada de la actuación del músico Michael Camilo, es una sincera aproximación del los directores Juanma Villar y Pavel Giroud a la música cubana, con intención realizar un ejercicio de restitución de la memoria de uno de sus pilares. Ernesto Lecuona (Guanabacoa, 1895 - Tenerife, 1963) vivió el cambio finisecular del XIX al XX y dos revoluciones nacionales. Su extensa y exitosa producción musical, la cual llevó por medio mundo, consiguió tomar los ritmos más autóctonos y combinarlos con sutileza y genialidad a partes iguales bajo el todopoderoso influjo de su piano. Este documental analiza su figura y, empero, el semblante trazado se lleva a cabo no mediante una enumeración de datos biográficos, sino usando la fórmula indirecta de reflejarlo en algunos de sus herederos, deconstruyéndolo en lo que respecta a la inspiración artística. De modo que esta historia triple parte con la visita de Chucho Valdés al modesto monumento erigido en Guanabacoa, sobre el terreno donde alguna vez estuvo la casa natal de Lecuona. «Debería haber un colegio con su nombre», reivindica Valdés en los primeros compases, en los que el espectador comprueba hasta qué profundidad se encuentra arraigada la presencia del maestro en la cultura musical, a pesar de contar con una austera infraestructura. Los jóvenes alumnos de los conservatorios practican con piezas suyas. Y es que, parafraseando al genial Michael Camilo, segundo protagonista, «el tiempo es algo así como un juez», y el paso de los años, sin embargo, no le ha hecho mella. Tanto Camilo como Gonzalo Rubalcaba narran cómo la música latina fue recibida en New York y Miami, respectivamente, inspirados ambos en el fondo rítmico por piezas como la Malagueña o Siboney. Y la tierna nostalgia con la que los tres rinden este particular homenaje se funde con la historia propia de cada uno; todas vinculadas a través del piano como un instrumento provisto de alma. Las evocaciones y entrevistas están intercaladas con micro-conciertos de una espectacularidad arrolladora, en los que se interpretan variaciones geniales de algunas de estas obras, y cuyo principal activo es el gran talento de los músicos. Este es un viaje a las raíces a través del océano Atlántico, que pasa por diferentes ciudades, siguiendo la ruta del maestro Lecuona y las múltiples capas de la interacción con la cultura musical de cada región. El recorrido llegará hasta Santa Cruz de Tenerife, donde vivió sus últimos días, exiliado tras la revolución castrista. Su recuerdo acaba llegando al espectador con cada nota musical, generando complicidad y cercanía. (68/100)
    por Luis Enrique Forero Varela
    marzo 07, 2016

    Festival de Las Palmas 2016 (I) | Críticas: Francofonia. El Louvre bajo la ocupación de la Alemania nazi + Playing Lecuona

    por Luis Enrique Forero Varela | marzo 07, 2016

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