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    Crítica | Slow West

    Slow West

    En el camino

    crítica a Slow West (John Maclean, 2015).

    La fiebre del oro se había enfriado y las riquezas fueron a parar a los bolsillos de los de siempre, o a las bocas de unos pocos infelices dispuestos a pasar al otro mundo con la dentadura más resplandeciente de El Dorado. Los estados confederados caían derrotados en la guerra más sangrienta ocurrida en Norteamérica, originando un reguero de muertos en ambos bandos, y un claro vencedor: Abraham Lincoln. Un hombre santificado por el pueblo y por la historia gracias a su incansable e incondicional lucha por la abolición de la esclavitud y la defensa de los derechos de los afroamericanos —o, al menos, así nos lo contó Spielberg en esa disculpa al frío oportunismo político y la curiosa apología del pucherazo que llevó a cabo en su película, Lincoln (2013)—. En este periodo de transición sólo quedaban nómadas pro-unionistas que viajaban a los estados organizados, o erráticos trotamundos que preferían seguir solucionando los problemas a su manera, y escapaban del progreso hacia los territorios salvajes (como cantaba el bueno de Ben Rumson —Lee Marvin— en La leyenda de la ciudad sin nombre (Paint Your Wagon, 1969). Esta situación migratoria se convertiría en el escenario perfecto de los forajidos que, aprovechando su conocimiento del terreno y su incuestionable pericia en el desempeño de su trabajo, convirtieron las marchas hacia el oeste en una verdadera pesadilla para jóvenes ingenuos como Jay Cavendish, el protagonista de Slow West.

    John Maclean presenta su ópera prima como un western bastante atípico que sorprende tanto por su hibridación genérica como por la sinceridad y eficacia de su guion. Un libreto cuya potencia se ve acentuada por la contradicción de su mensaje —visual y narrativo—, que acierta a trazar una línea en cuyos extremos se encuentran la decepción y el amor; dos términos tan antagónicos que, en ese espacio que los separa y por donde discurre el filme, sólo puede tener cabida la verdad misma. El western ha estado sujeto, desde sus inicios cinematográficos, a inevitables comparaciones con las grandes historias épicas y las epopeyas, sustentadas en la gravedad de la figura del protagonista, quien tenía que enfrentarse a innumerables peligros por su inexorable condición de héroe y su predestinación para proteger al débil. Sin embargo, el director parece acercar este género mucho más a la tragedia clásica, algo que podemos distinguir tanto al comienzo del metraje, con la aparición del narrador protagonista y la gran importancia que éste otorga desde los primeros segundos a la pareja de enamorados “él se llamaba Jay, y ella Rose”, como en el desenlace del filme. Aquí se aprecia de qué manera la recurrente presentación de los personajes no se deja en manos del descubrimiento anecdótico del espectador, como es habitual en los westerns clásicos, sino que se hace una deliberada mención explícita a los nombres de los protagonistas, concediendo así a la historia una importancia atemporal, en el presente, con el desarrollo argumental de la película, en el pasado, con la continua aparición de flashbacks en los que se explica la desventura de un amor imposible, y en el futuro, con ese desenlace que representará una magnífica alegoría de lo doloroso que puede resultar el amor inalcanzable. Tan doloroso como un puñado de sal en una herida abierta —véase la excelente metáfora del dolor sentimental que se hace mediante el dolor físico—. Asistimos por lo tanto en esta película a una canción tan desesperada como la de Neruda «en la infancia de niebla mi alma alada y herida. Descubridor perdido, todo en ti fue naufragio!». Una desesperación que viene de la decepción de un muchacho obstinado que se negó a dejar pasar el que creía el amor de su vida, ese idealizado amor adolescente, puro y verdadero, al que se conoce comúnmente como, el primer amor.

    Slow West

    «Slow West es una mágica fábula que, no sólo enriquece la semántica del far west cinematográfico, también aporta un valioso prisma –centrado en los intersticios de las leyendas, donde transitan los perdedores— y nuevas sendas que merecen ser exploradas. Pese al extenso eclipse, el Western sigue brillando con fuerza*».

    *Anexo: crítica de Emilio Luna desde el 50 Festival de Karlovy Vary.

    Para tener una mínima posibilidad de lograr su objetivo y conseguir llegar a Colorado con vida, donde se encuentra su gran amor, Rose Ross, quien tuvo que emigrar desde Escocia por un desafortunado accidente que terminó poniendo precio a su cabeza y a la de su padre, Jay se verá obligado a formar equipo con Silas, un lacónico vaquero que se ofrece a ser su guardaespaldas a cambio de dinero. Desde ese momento, la cinta se mueve con avance flemático en la imprevisibilidad paisajística de su fotografía y la inestabilidad temperamental de sus personajes. Un grupo muy heterogéneo de taciturnas y peligrosas figuras que se irán cruzando en el camino de nuestros héroes con la certeza de estar compartiendo un periodo temporal de cambio que llega a su fin; el progreso y la evolución son mostrados con un aura de inseguridad e incertidumbre que despierta en la población su faceta más suspicaz, «dentro de poco, esto será hace mucho tiempo». Para que no se pierda ni un ápice de trascendencia en la emisión del mensaje, el realizador se ha apoyado en dos de los pilares fundamentales del western: la fotografía, a cargo de un sensacional Robbie Ryan quien, al tiempo que explora ese oxímoron visual producido por la belleza de las formas y el salvajismo de las acciones, consigue retratar la maravillosa potencia natural de los volátiles paisajes exteriores llenos de contrastes cromáticos «Silas, creo que los árboles se mueven…»; y la música, interpretada por Jed Kurzel, un memorable y premonitorio deleite sensorial que da fuerza a las asombrosas panorámicas de Ryan e intensifica la firmeza de cada contrapicado.

    Slow West

    «Jay es esa promesa de libertad que hicieron los padres fundadores y representa el espíritu de la vieja América, la de las grandes oportunidades y la igualdad, la América emocionada y optimista ante la perspectiva de un futuro utópico, que luchaba con convicción antes de perder la esperanza y rendirse al mercantilismo abúlico que la convirtió en la nación del consumo que es hoy».


    Y en esa perspectiva, con un fabuloso contrapicado enfocando a lo alto de una colina, nos encontramos con Payne y su banda, un grupo de despiadados caza-recompensas genuinos representantes de la clásica figura del villano. Tan malvados como se averigua al contemplar la propia apariencia de Ben Mendelsohn ataviado con un enorme abrigo de piel bajo un sol abrasador. Al parecer, Payne y Silas son antiguos camaradas y, el líder de los bandidos hará todo lo posible por volver a contar con su viejo amigo en sus filas. La acción se utiliza sin miedo, pero con sutileza. Cada disparo tiene un propósito, y éste quedará debidamente explicado para no dejar cabos sueltos. Pese a la gran cantidad de acontecimientos que suceden a lo largo del viaje, la cadencia narrativa permanecerá en todo momento fiel a su estado aeróbico, incansable pero sin grandes cambios de ritmo que choquen con el impasible retrato de la violencia que Maclean ha construido en torno a la fuerte personalidad de sus personajes quienes, escudados en un cínico humor negro, terminarán por demostrar la gran complejidad escondida tras su simple apariencia inicial y la primera impresión que nos produjeron. Esta premisa nos lleva a un estado constante de incredulidad y exasperación, al tener la sensación de que no llegaremos a entender las verdaderas intenciones de cada uno en ningún momento. Del mismo modo que no entendemos el porqué de la aventura que sirve como motor principal de la película. Las analepsis van arrojando luz sobre la que parece la historia de un amor no correspondido y, pese a ello, el protagonista se lanza impertérrito a la boca del lobo por una esperanza ciega de encontrar la cura para su corazón roto —otra de las grandes metáforas del mensaje—. En cualquier caso, es inevitable rendirse a la entrañable fuerza de voluntad y el arrojo del inocente protagonista. Jay es esa promesa de libertad que hicieron los padres fundadores y representa el espíritu de la vieja América, la de las grandes oportunidades y la igualdad, la América emocionada y optimista ante la perspectiva de un futuro utópico, que luchaba con convicción antes de perder la esperanza y rendirse al mercantilismo abúlico que la convirtió en la nación del consumo que es hoy. Puede que por ello, esta historia no sea narrada por su romántico protagonista, sino por su oportunista compañero, «su corazón estaba en el sitio equivocado». | |


    Alberto Sáez Villarino
    © Revista EAM / Dublín


    Ficha técnica
    Reino Unido. 2015. Título original: Slow West. Director: John Maclean. Guion: John Maclean. Fotografía: Robbie Ryan. Música: Jed Kurzel. Duración: 84 minutos. Productora: See-Saw Films / DMC Film / Film4. Montaje: Roland Gallois y Jon Gregory. Diseño de producción: Kim Sinclair. Diseño de vestuario: Kirsty Cameron. Intérpretes: Michael Fassbender, Kodi Smit-McPhee, Ben Mendelsohn, Brooke Williams, Rory McCann, Jeffrey Thomas, Caren Pistorius, Kalani Queypo, Stuart Martin, Tawanda Manyimo, Madeleine Sami, Michael Whalley, Andrew Robertt, Erroll Shand, Ken Blackburn. Presentación oficial: Festival Internacional de Sundance 2015.


    Póster: Slow West
    Feelmakers

    2 comentarios:

    1. Me gustó muchísimo, es una de las pocas series con ese giro humorístico que no solemos verle a HBO pero que no ha decepcionado, The Brink ha sido fantástica, y los actores a la altura como todos.

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    2. Quedé fascinada con las actuaciones de Jack Black y Tim Robbins, este tipo de series casi no abundan por la televisión sin embargo, es una de las mejores que he visto, claro, de humor negro, HBO es una cadena maestra para hacer series innovadoras.

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