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    The neon demon, de Nicolas Winding Refn.

    ¿Cuántos poetas se necesitan para elogiar a una ciudad?
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    Especial Oscar Race 2017.

    Epicedio appassionato.
    Solo el fin del mundo, de Xavier Dolan.

    Karlovy Vary 2015 | Día 6. Críticas: The magic mountain / Those who fall have wings / Shan he gu ren / Shadow behind the moon / Slow West

    Dagur Kári en el PUPP

    Go West

    Crónica de la sexta jornada de la 50ª edición del Festival de Karlovy Vary.

    Hace dos días, en el prólogo en el Gran Hotel Pupp de Virgin Mountain –una de las grandes películas del festival—, el público presenció un insólito acto de timidez. Dagur Kári, cineasta con una ya sólida trayectoria, incluso con producción foránea en su filmografía, tomaba el micrófono tras la llamada de las intérpretes que anunciaban su presencia. Lo hacía con reticencia, mirando a la moqueta del complejo, alzando durante cuatro milésimas de segundo la vista hacia al artesonado de esta joya del siglo XVIII, y rápida vuelta al piso. Fueron los cuatro segundos más largos de su vida, en los que las traductoras, libreta en mano, esperaban una parrafada y se tuvieron que conformar con un sibilino «I hope you enjoy my movie, bye». De piedra se quedaron, igual que un público que no apartaba la vista de él, mientras huía a cámara lenta por el corredero de la sala, tallando surcos con las retinas en esa alfombra convertida en un profundo y angosto barrizal para el brillante realizador islandés. No demasiados minutos después, ya con la proyección en marcha, la comprensión llegaba al ver que Fusi el gigante, personaje principal del filme, era una simple extensión de su personalidad. Si extrapolamos esta circunstancia a la rutina del periodista extranjero, es fácil identificar al acreditado nativo de éste, ambos marcados por ese cordón anaranjado al que hacíamos referencia ayer: cabeza gacha y celeridad, subrayando de forma gruesa el «por favor, señores/as checos, no se les ocurra preguntarme nada en su idioma que ya lo paso mal con el mío». Por desgracia, no hay escapatoria y acaba surgiendo el «sorry, I don’t speak czech». En ese justo instante, sólo en ese, la vergüenza nos iguala. Un segundo después, acelerón y go west!

    The Magic Mountain

    THE MAGIC MOUNTAIN

    La montagne magique, Anca Damian, Francia, Rumanía / Competición.

    Considerada toda una pionera en su país, Anca Damian rescató la animación rumana veinte años después con la excelente Crulic, camino al más allá (Crulic - drumul spre dincolo, 2011), un homenaje a Claudiu Crulic, que murió cuatro meses después de iniciar una huelga de hambre en una prisión polaca donde estaba confinado tras un hurto menor. Damian aprovechaba para denunciar la nulidad del gobierno de Rumanía, encabezado por su consulado en la nación centroeuropeo. Lo hacía con una curiosa mezcla de formatos que, aparte de conmocionar al público, salió triunfadora de los festivales de Annecy –el más importante del mundo del sector— y Locarno. Una película valiente, que se posicionaba en el nivel de los grandes del cartoon del viejo continente, y que aportaba un relevante nuevo nombre a la cinematografía actual. Su siguiente proyecto, O vara foarte instabila (2013), ya ficción en imagen real, fue un rotundo e inédito fracaso que le impulsó a retornar al camino de su ópera prima. Y así llega a Karlovy Vary The Magic Mountain, otra mirada solidaria, otro dibujo a un personaje anónimo dentro la historia reciente de Europa. Damian nos presenta a Adam J. Winkler, un fotógrafo y alpinista que dedicó toda su vida a luchar por las causas perdidas tras su paso por los horrores de la II Guerra Mundial. Desde el Mayo del 68, hasta la elección de Lech Walesa como presidente en Polonia, pasando por los conflictos en Extremo Oriente. Este activista, que amaba la montaña al igual que a su hija, tuvo un papel destacado en la Guerra de Afganistán (1978-1992), donde apoyó a los insurgentes muyahidines frente a la invasión soviética. Damian, como hiciera en su debut, apuesta por todos los formatos y materiales posibles (carbono, óleo, acuarela cartón, tiza, unidimensional, stop-motion…) para dibujar de forma valiente una personalidad bastante cuestionable. Damian, al igual que el propio Winkler, intenta reflexionar y sentar cátedra moral sobre las “verdades y mentiras” de la eterna batalla talibán. Irónicamente, Winkler no deja de ser un Lawrence de Arabia del siglo XX, un mercenario del ego que no entiende de bandos y sólo lucha por una glorificación que acaba consiguiendo. The Magic Mountain es todo un prodigio al que le sobra metraje, narcisismo y esa parcialidad contra la que Damian combatía en su honesta ópera prima. [65/100]

    Those who fall have wings

    THOSE WHO FALL HAVE WINGS

    Jeder der fällt hat Flügel, Peter Brunner, Austria / Competición.

    Pese a su exigua filmografía, ocho películas en cuarenta años, Terrence Malick se ha convertido en un master & commander para las nuevas generaciones de realizadores, sobre todo, tras su tetralogía –aún por finalizar— sobre la mística del amor que encabezó El árbol de la vida (2011) y que después nos dejó las cuestionables To the Wonder (2013) y Knight of Cups (2015). Su estilo resulta inconfundible, donde se unen estética y ascética para abrirnos un vano único que lo ha convertido en uno de los grandes cineastas del cine contemporáneo. Tras su estela, surgen pupilos e imitadores que intentan captar su esencia, fusilando tonos y técnicas. En este último caso, bien pudiera estar el joven austríaco Peter Brunner con su Those who fall have wings, un drama elegíaco sobre cómo el ser humano se sobrepone a la muerte. A largo de su metraje nos encontraremos alegóricas secuencias, exhibiciones fotográficas vespertinas, una edición críptica y muchos primeros planos, donde los lacrimales funcionan como canal comunicativo. Es innegable que la apuesta de Brunner es valerosa, pese al calco, y que intenta hacer llegar al espectador unas sensaciones que resultan, por desgracia, familiares. Pero se pierde en las formas y se queda en la cáscara. Sus evocadoras imágenes no emocionan, algo que sí consigue un simple rótulo tras el fundido a negro. No hay que descartar a Those who fall have wings como una obra reseñable en su segundo visionado, lejos de la vorágine de un certamen. El primero solo regala gelidez. Dicho esto, no desechen la posibilidad de que Brunner aparezca en el proscenio del Grand Hall con un Globo de Cristal en sus alzadas manos. [50/100]

    The shadow behind the moon

    SHADOW BEHIND THE MOON

    Anino sa likod ng buwan, Jun Robles Lana, Filipinas / Forum of Independents.

    Forum of Independents sigue tensando la cuerda. La que sujeta la experimentación del amateurismo. Una nueva muestra es Shadow behind the moon, una original cinta filipina cuyas dos horas de duración se convierten en un suplicio pese a un planteamiento interesante. Como hiciera Laurent Cantet con la reciente Regreso a Ítaca (Retour à Ithaque, 2014), donde reunía a un grupo de amigos y conocidos cubanos en una terraza de un ático habanero para reflexionar sobre la situación de su país, Jun Robles Lana nos traslada a una cabaña perdida en la tierra de nadie del país asiático para asistir a un duelo dialéctico entre un matrimonio y un soldado regular a comienzos de los noventa. Estamos en la Guerra Civil de Filipinas entre los rebeldes comunistas y las tropas del gobierno de Corazón Aquino. La desconfianza y el temor se han apoderado del país, como demuestra el duelo entre estos tres jóvenes que tienen mucho que decir, ¡vaya que si lo tienen! Shadow behind the moon arranca con estupendos diálogos que contextualizan a la perfección el drama de la isla. Sentencias y réplicas de nivel que, con el transcurrir del minutero, van perdiendo fuerza y ganando impostación. Cercano el ecuador del filme se produce un giro impensable, que hace al público tomar consciencia de la inmadurez de un guion que, voluntariamente, ofrece un twist propio de occidente que convierte en un video casero esta disertación sobre las libertades, dotado de una potente carga erótica –apoyado en el hipnótico rostro de su actriz protagonista, LJ Reyes—. Tras ese momento, la credibilidad se halla en las Marianas y ese carrusel de palabras se convierte en simple demagogia. Oportunidad perdida. [40/100]

    Mountains may depart

    MOUNTAINS MAY DEPART

    Shan he gu ren, Jia Zhangke, China / Horizons.

    La película del festival, sin lugar a dudas, y una de las mejores del 2015. Jia Zhangke emociona con este tríptico sobre el amor y el paso del tiempo durante la transformación capitalista de la China contemporánea. Un filme que rebosa melancolía pero también optimismo, algo que la diferencia de su anterior trabajo, la también sobresaliente Un toque de violencia (2013). A golpe de Pet Shop Boys y su Go West que provoca un dulce efecto de paramnesia, el maestro chino desviste a cinco personajes maravillosos para recordarnos, en su subtexto, que los sentimientos no dependen de números, simplemente de nuestra fidelidad. Toda una carta de amor al cine de la que nos habló Alberto Sáez Villarino tras su paso por el séptimo día en el Festival de Cannes:

    «Y por fin estalló en aplausos la sala Debussy para premiar el trabajo del maestro Jia Zhangke, una de las serias candidatas a conseguir la Palma de Oro tras convencer al respetable con una propuesta que amalgama, con un fluir extraordinario, fragmentos alegóricos de una realidad rota y desorientada sobre el pasado, presente y futuro del gigante asiático, China. Mountains May Depart retrata con sutileza la estratificación social producida en una población marcada por un progreso tecnológico aceleradísimo, donde el subdesarrollo socialista se une a la llegada de la mercantilización, ocasionando un choque de identidades en donde los sueños rotos y el desencanto son apreciables por todos; tanto la clase obrera, asfixiada por la inflación económica y la reducción de puestos de trabajo, como por el sector capitalista, individuos solitarios acostumbrados a conseguir todo cuanto desean, originando un completo desapego emocional. Para conseguir tan ambicioso resultado, Zhangke presenta una narración puramente lineal y estructurada en tres grandes episodios.

    Pasado: La historia comienza en el año 1999, durante el día de año nuevo, lo primero que vemos en pantalla es un grupo de simpáticos personajes bailando a ritmo de Pet Shop Boys, sin coordinación y sin complejos. A continuación, el guion incidirá en un triángulo amoroso que deja muy clara la diferenciación estratificada de clases y la encarnizada lucha que James Larkin describió de esta elocuente manera: «Los grandes parecen grandes porque estamos de rodillas, ¡levantémonos!». La protagonista tomará su decisión —puede que algo influenciada por la ternura de un cachorro de perro que, según una explícita escena, suelen durar 15 años— y, justo antes de la elipsis separadora de fragmentos, se producirá una imagen reveladora en forma de epifanía catastrófica. Pero para interpretarla habrá que esperar al presente-futuro.

    Mountains may depart (Shan he gu ren)

    «[...] Sólo nos quedará la esperanza de mirar atrás en el tiempo, y recordar con añoranza el pasado deseando que se produzca el esperado eterno retorno...»


    Presente: Aquí el realizador introduce, pasado un tercio de película, el crédito de autoría y el título de la misma, acertando a presentar la idea de un presente fílmico que corresponde con el verdadero inicio del largometraje (tras este prólogo sobre el pasado). El triángulo se ha dividido, a pesar de la desconsolada protagonista, quien se vio obligada a elegir y dejar al tercero en discordia marchar despechado. Ahora está casada y tiene un hijo, estamos en el año 2014 —imagen de ese cachorro, ahora con 15 años de edad—. El despechado que se marchó ha vuelto, ahora casado y también con un hijo, aunque enfermo. La protagonista está divorciada y sin la custodia de su hijo. Más que intentar captar una totalidad, el director pretende salirse de lo convencional y mostrar los rostros sin maquillaje de los protagonistas de esta historia sobre el progreso. La cinta en ningún momento se queda estancado en este presente, ni conceptual ni estéticamente, sino que su estilo descubre una movilidad deliberada que juega a aplicar una concesión muy acertada que demuestra el constante interés por mostrar ese estado de transición hacia la modernidad, esa contradictoria convivencia de la tradición y lo emergente.

    Futuro: Año 2025, cada personaje de aquel triángulo inicial ha sido puesto en su lugar. Uno en la decrepitud absoluta, otro en la soledad descorazonadora y otro en la felicidad y el confort de una vida plena en familia. Aunque ninguno de ellos está donde en principio lo imaginábamos. El hijo de la protagonista ahora vive en un mundo de hastío. La rebelión y la desesperanza de los jóvenes situados en los márgenes de la modernización china son algunos de los temas dominantes de este tercer y último fragmento. Se presiente una ausencia muy fuerte de la figura materna, lo que lleva a que el joven confunda sentimientos con la primera figura adulta y cariñosa que conoce, ofreciendo una perspectiva simbólica del Complejo de Edipo. Al final, sólo nos quedará la esperanza de mirar atrás en el tiempo, y recordar con añoranza el pasado deseando que se produzca el esperado eterno retorno». [95/100]

    Slow West

    SLOW WEST

    John Maclean, Reino Unido / Horizons.

    Impresionante, también, el primer largometraje del músico John Maclean, antiguo letrista de la formación escocesa The Beta Band. Un estético Western –cuya simetría y cromática rememora, por momentos, al mejor Wes Anderson— que envuelve un coming of age soberbio donde nos muestra que el amor es siempre la enfermedad y la cura. McLean pone en el clásico tapete del género a Jay Cavendish (Kodi Smit-McPhee), un adolescente escocés que ha surcado el Atlántico y se ha adentrado en la salvaje llanura norteamericana en busca de un amor de la infancia. Allí, allende a la civilización, se encuentra con un rudo cazarrecompensas, Silas (un excelso Michael Fassbender,) que se ofrece a ser su escolta en tan peligrosa empresa. Por ese largo sendero, encontrarán todas las vicisitudes imaginables propias de la temática pero con un motor bien distinto. Maclean reviste a Slow West de un fino humor negro –que recuerda muy levemente a la socarronería del clásico de serie B de Burt Kennedy titulado Asalto al carro blindado (The War Wagon, 1967) y protagonizado por unos entrañables John Wayne y Kirk Douglas— y de un romanticismo elegante –todo un descubrimiento el tercer vértice de este triángulo, Caren Pistorius—, acompañado por unos diálogos soberbios. Slow West es una mágica fábula que, no sólo enriquece la semántica del far west cinematográfico, también aporta un valioso prisma –centrado en los intersticios de las leyendas, donde transitan los perdedores— y nuevas sendas que merecen ser exploradas. Pese al extenso eclipse, el western sigue brillando con fuerza. [85/100]

    Emilio Martín Luna
    © Revista EAM / Enviado especial a la 50ª edición del Festival de Karlovy Vary



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