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    Crítica | 11 minutos

    11 minutos

    Sobre la velocidad y la circularidad del movimiento

    crítica de 11 minutes (11 minut, Jerzy Skolimowski, 2015).

    Todo un veterano regresa a Mar del Plata. Jerzy Skolimowski, director de 11 minutes, saltó a la palestra hace más de cuarenta años como guionista para Roman Polanski en El cuchillo en el agua (1962); desde ahí, una veintena de obras que siempre han rendido culto al cine de género, rara avis en sus inicios en su Polonia natal, convertido ahora en múltiples sucedáneos de una hipertrofiada industria cinematográfica. Entre otras muchas, su largometraje referente es Essential Killing (2010), filme que logró el premio a mejor actor para Vincent Gallo en el Festival de Venecia, y mejor actor y película en la 25ª edición del Festival de Cine de Mar del Plata. Cinco años después, el cineasta de Lodz vuelve a Argentina con un filme que pasó por la Competición, de nuevo, de Venecia; un bucle paradójico si tenemos en cuenta la estructura de una nueva cinta que inicia un montaje constituido por distintas grabaciones, realizadas por personas que viven en una gigantesca Varsovia, en contextos cotidianos. Se observa aquí algo que se repetirá y se cargará de significado a lo largo del filme, la omnipresencia y, en cierto punto, omnipotencia de la cámara, que vigila, que se decide necesaria y se filtra dentro de la vida de los individuos: como un gran dios que contempla la ciudad desde arriba.

    Al igual que en Essential Killing, Skolimowski se vale de dos de los fenómenos primordiales del cine en tanto artificio: el movimiento, y la manipulación del tiempo. 11 minutes constituye una muestra de las posibilidades de significación que ofrece la variación de la velocidad de la cámara. Al seguir a un hombre apurado, que camina rápido cruzando la ciudad y atravesando decenas de pequeñas escenas, la cámara avanza acelerada, y se convierte en la perspectiva del hombre. La velocidad produce una sensación de intranquilidad y nerviosismo: el ritmo de la moderna Varsovia, caótica, heterogénea, fugaz. La cámara se detiene: es tiempo de un respiro; se detiene: el hombre espera angustiado, la espera es agobiante. Ahora bien, toda velocidad requiere un criterio de medición. Por esa razón el director añade pequeños elementos que funcionan como anclajes: un avión que atraviesa la ciudad, una paloma que choca contra un vidrio. La repetición de la escena desde otra perspectiva es a su vez un re-vivir el momento. La sensación es la del retorno indefinido del suceso. El filme de Skolimowski plantea un filme de acción que ocurre en un período de tiempo de 11 minutos. Al intercalar las pequeñísimas historias de numerosos personajes, y al volver sobre una misma escena desde otra perspectiva (una re-flexión que no resulta para nada repetitiva, pues constituye un nuevo bloque de sensaciones), el director logra un filme de 81 minutos, con un ritmo vertiginoso: de una mecha encendida que se precipita hacia la bomba. Al trabajar a partir del concepto de simultaneidad, Skolimowski lleva adelante una reflexión eficaz acerca de la vida turbulenta y multiforme de la ciudad moderna, y hace de su película una sinfonía de de velocidades: imágenes que se tensan, se extienden o existen en un parpadeo. El director polaco recupera el carácter cinético que es propio del cine de acción.

    11 minutos

    «El director polaco realiza un excelente largometraje, circunscrito, inteligente y basado en la pura sensorialidad y el ajetreo del movimiento enloquecido. Skolimowski se permite presentar conceptos de alcance filosófico y cinematográfico acerca de la eterna repetición de la imagen, de su contacto íntimo con la muerte».


    La cámara de Skolimowski no sólo es hiperactiva (pues no se detiene, no escucha a los personajes, no recupera su subjetividad ni sus sentimientos), sino que es acosadora, pues se pega a la respiración de los personajes, a su aliento, a las pupilas que se delatan. El cine de acción es un cine de lo sensorial, un cine de la sinestesia: de los personajes no conocemos ni lo que piensan ni lo que sienten, solo los movimientos de su corazón, las reacciones de su cuerpo cuando entra en tensión. En este sentido, 11 minutes es una película cuyo planteamiento es claro y realizado casi a la perfección: se trata de un filme adrenalínico, pura corporalidad. Así pues, el filme no se detiene en el planteo tradicional del género, también lleva adelante también una reflexión respecto a la relación entre temporalidad y especialidad, y, sobre todo, la posición y la capacidad de la cámara. En efecto, 11 minutes está protagonizada por la cámara: las del celular y la notebook en la introducción, las de seguridad y las de perspectiva que introduce Skolimowski. La narración principal del filme convive con otra historia: la del devenir de la cámara, que se convierte en los ojos de los protagonistas, en cámara de seguridad, en la mirada de un perro. No es solo un comentario acerca de la omnipresencia de la filmación en la vida urbana actual, sino también una consideración casi poética acerca de la capacidad y legitimidad de la cámara a la hora de filmar la vida y la muerte (no es extraño que, en tiempos donde la imagen predomina y la grabación se hace universal, se encuentren videos grabados de asesinatos sucediendo). La cámara captura el momento, captura la muerte, y la repite en un juego fascinante y perverso. Pero la cámara tiene límites: ante la velocidad insostenible, ante lo terrible del suceso grabado, la imagen se distorsiona, se rompe, y se divide al infinito.

    La recursividad, en conjunto con la simultaneidad y el movimiento, constituyen los pilares de 11 minutes. La constante reiteración de ciertas palabras, ruidos e imágenes produce en el espectador una sensación de estancamiento, o más bien, de laberinto sin salida. Como los laberintos circulares de los cuentos de Borges o la Teoría del eterno retorno de Nietzsche. El destino en el universo de la película de Skolimowski se repite, se reescribe, y vuelve siempre a sí mismo. Desde esta perspectiva, la muerte, presente como elemento central, es una muerte constante, que se reinicia una y otra vez. De esta manera, son coherentes los pequeños guiños que acercan la verosimilitud de este universo al de uno fantástico, y que producen un efecto de ambigüedad y misterio cercano el epílogo. En resumen, el director polaco realiza un excelente largometraje, circunscrito, inteligente y basado en la pura sensorialidad y el ajetreo del movimiento enloquecido. Skolimowski se permite presentar conceptos de alcance filosófico y cinematográfico acerca de la eterna repetición de la imagen, de su contacto íntimo con la muerte. Pero, ante todo, es una película cuyo ritmo no deja respirar ni un segundo. | ★★★★ |


    Franco Denápole
    © Revista EAM / Festival de Mar del Plata


    Ficha técnica
    Polonia, 2015. Título original: 11 minut. Director: Jerzy Skolimowski. Guion: Jerzy Skolimowski. Música: Pawel Mykietyn. Fotografía: Mikolaj Lebkowski; Productoras: Skopia Film Reparto: Richard Dormer, Agata Buzek, Andrzej Chyra, Dawid Ogrodnik, Beata Tyszkiewicz, David L. Price, Piotr Glowacki, Jan Nowicki, Wojciech Mecwaldowski, Paulina Chapko, Anna Maria Buczek

    Póster: 11 minutos
    Feelmakers

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