|| Críticas | Las Palmas 2026 | ★☆☆☆☆
If i go will they miss me
Walter Thompson-Hernández
La nueva televisión independiente
Rubén Téllez Brotons
Las Palmas |
ficha técnica:
Estados Unidos, 2026. Dirección: Walter Thompson-Hernández. Guion: Walter Thompson-Hernández. Música: Malcolm Parson. Fotografía: Michael Fernandez. Compañías: Spark Features, Further Adventures, Cedar Road, LinLay Productions, Merino Films. Reparto: J. Alphonse Nicholson, Danielle Brooks, Bodhi Dell. Duración: 95 min.
Estados Unidos, 2026. Dirección: Walter Thompson-Hernández. Guion: Walter Thompson-Hernández. Música: Malcolm Parson. Fotografía: Michael Fernandez. Compañías: Spark Features, Further Adventures, Cedar Road, LinLay Productions, Merino Films. Reparto: J. Alphonse Nicholson, Danielle Brooks, Bodhi Dell. Duración: 95 min.
If i go will they miss me, se inscribe en esta segunda genealogía. Hay, sin embargo, algo en ella que la diferencia de obras como la reciente Omaha —entre otras muchas—: la de Walter Thompson-Hernández no es una cinta que utilice el lenguaje del videoclip como materia prima a partir de la que construir su propio (y limitado) lenguaje, sino que constituye en sí misma un largo videoclip de hora y media. No se trata de filtrar el mundo a través del prisma hiperveloz del videoclip, sino de poner en escena un mundo que es un videoclip. La imagen plana y efectista sustituye a una realidad que termina convertida en un remedo de cuya existencia se tiene conocimiento debido a que algunos de los muchos clichés argumentales que utiliza el realizador parten de una base “real”. La imagen y el sonido son efectos que intentan darle movimiento a un mundo que no lo tiene, porque es eminentemente falso. Si no hay un objeto real que pueda ser filmado, no se puede construir un discurso sobre él. De ahí que el vacío pase a ejercer de soporte y pegamento para las imágenes: es el único nexo posible entre ellas y lo único que justifica su existencia.
La imposibilidad de un discurso obliga a una multiplicación de los estímulos, tanto visuales como auditivos. Thompson-Hernández ofrece una simulación de movimiento sobre un espacio que se percibe en todo momento como el set de rodaje de un vídeo, no como una localización real en la que viven personas reales. Y esto es preocupante, sobre todo si se tiene en cuenta que dicha localización existe. El realizador sitúa la película en un barrio de viviendas sociales de Los Ángeles; el problema está en que lo convierte en un núcleo irradiador de clichés que borran cualquier atisbo de verosimilitud, pero también cualquier noción de verdad, que pudiese llegar a existir en sus imágenes. El barrio no pasa de ser una excusa que justifica la puesta en escena de todos los lugares comunes dentro de los cuales el cine de Hollywood ha encorsetado y asfixiado las problemáticas sociales que han tenido lugar en Estados Unidos a lo largo de la Historia. Es por ello que, en una película que se desarrolla en un gueto para personas negras, no hay una sola referencia —ni argumental ni discursiva (no hay discurso)— al racismo institucional que sufren sus personajes. Un cliché que surge de una ficción creada para suplantar en la pantalla la realidad no hace sino eliminar de la imagen cualquier aspereza que pueda poner en cuestión el sistema que confecciona dicho cliché.
Como todo en If i go will they miss me es puro vacío revestido con un decorado de cartón-piedra, la ilusión de movimiento tiene la función de dinamizar la contemplación de ese vacío: el tiempo, por tanto, es algo que rellenar, un obstáculo contra el que luchar. Antes que nada, las imágenes de la cinta intentan hacer llevadero el aburrimiento que —según la lógica televisiva de la que beben— produce el estatismo. El realizador es incapaz de filmar en un sólo plano una escena en la que no haya diálogos. El corte no llega porque se necesite un plano diferente para expresar una idea, sino para mantener la atención de los espectadores. La imagen no pasa de ser un cartel luminoso diseñado para avasallar los sentidos. Además, la cinta envuelve su monocorde y efectista ritmo de imágenes y sonidos en un lirismo, de nuevo, profundamente videoclipero. En el videoclip, la imagen es puramente superficial y no puede hacer otra cosa más que remitir a una serie de formas y conceptos sacados de un sustrato común. Por ejemplo: el cielo no es una realidad viva y móvil que puede producir un placer estético debido a sus cambios de color, a los movimientos de las nubes, etc., sino el molde con el que configurar una estampa supuestamente lírica a la que se hará constantes referencias. Así, un cielo azul completamente despoblado de nubes se convierte en una imagen cristalizada que pretende ser lírica, pero que sólo es capaz de remitir a una noción artificiosa de lirismo.
El manual de estilo está lleno de recursos, y todos los utiliza Thompson-Hernández: travellings realizados con steadycam para seguir los movimientos de un personaje, primeros planos filmados con gran angular, colores saturados —sobre todo los azules (del cielo) y los naranjas—, siluetas filmadas a contraluz en el amanecer o el atardecer, cámaras que chapotean en el mar mientras su lente se moja… Llegados a este punto, convendría preguntarse cuán independiente es un cine que únicamente es capaz de producir variaciones de una fórmula avalada por uno de los mayores festivales de Estados Unidos. Una fórmula que, además, no proviene siquiera del propio cine, sino de la televisión. ♦










