|| Críticas | ★★★☆☆ |
Sorry, baby
Eva Victor
Mal de Sundance
Aarón Rodríguez Serrano
ficha técnica:
Estados Unidos, Francia, España, 2025. Título original: «Sorry, Baby». Dirección y guion: Eva Victor. Compañías: Tango Entertainment, High Frequency Entertainment, Big Beach, PASTEL, Charades, Case Study Films, AF Films. Festival de presentación: Festival de Sundance 2025 (Premio Waldo Salt al mejor guion); 78.º Festival de Cannes (Clausura de la Quincena de Cineastas). Distribución: Vértigo Films. Fotografía: Mia Cioffi Henry. Montaje: Randi Atkins, Alex O'Flinn. Música: Lia Ouyang Rusli. Reparto: Eva Victor, Naomi Ackie, Louis Cancelmi, Kelly McCormack, Lucas Hedges, John Carroll Lynch, Hettienne Park, E.R. Fightmaster. Duración: 104 minutos.
Estados Unidos, Francia, España, 2025. Título original: «Sorry, Baby». Dirección y guion: Eva Victor. Compañías: Tango Entertainment, High Frequency Entertainment, Big Beach, PASTEL, Charades, Case Study Films, AF Films. Festival de presentación: Festival de Sundance 2025 (Premio Waldo Salt al mejor guion); 78.º Festival de Cannes (Clausura de la Quincena de Cineastas). Distribución: Vértigo Films. Fotografía: Mia Cioffi Henry. Montaje: Randi Atkins, Alex O'Flinn. Música: Lia Ouyang Rusli. Reparto: Eva Victor, Naomi Ackie, Louis Cancelmi, Kelly McCormack, Lucas Hedges, John Carroll Lynch, Hettienne Park, E.R. Fightmaster. Duración: 104 minutos.
Sorry, baby es al mismo tiempo una película afiladísima y una película anodina. Intuyo que las críticas laudatorias se centrarán, y con buenos motivos, en la delicadeza, precisión y buen hacer con el que bordea o encara la cuestión de la violencia sexual. En esta dirección, la cinta es ejemplar y —volveré sobre ello—, resulta brillante en su capacidad para decidir, seccionar las escenas, sugerir y mostrar. Ahora bien, Sorry, baby es también un eco lejano y distorsionado de un cine ya absolutamente añejo y completamente desconectado del presente: esa colección de cintas independientes norteamericanas —léase, cintas «de Sundance»— que punteaban nuestra cartelera hace una década con personajes anonadados o idiotas de lugares norteamericanos insípidos, diálogos supuestamente elevados con chistes sexuales de parvulario o con monólogos rudimentarios, espacios «rurales pero cuquis», citas intelectuales —pero no mucho— y una dirección de arte a medio camino entre un leñador de Alabama y un single de los primeros Mumford & Sons.
Los diez primeros minutos de Sorry, baby tenían todo esto y algo más. Personajes masculinos con barba hípster y camisa a cuadros. Diálogos de supuesta confidencia femenina sobre esta o aquella práctica sexual, a ser posible ridiculizando la posición cishetero. Libros amarillentos en estanterías de cabañas en el bosque. De hecho, y hete aquí la trampa, reconozco que tras el segundo bostezo me pregunté, de manera sincera: «¿Qué interés puede tener rodar ahora, en este momento, otra película de este tipo?».
Sin embargo, con un poco de paciencia, la segunda película se va abriendo camino lentamente a través de la primera. Se instala una tensión. Se localiza el conflicto. La violencia estalla. Y ahí la trama coge carrerilla y despega, respondiendo con buena traza e indudable precisión a muchos de los charcos que se molesta en pisar.
Una de las cosas realmente interesantes sobre la manera en la que el cine contemporáneo está encarando su diálogo abierto con la violación —creo que es importante no caer en eufemismos— es la pluralidad de apuestas formales y de matices en el tono enunciativo que diferentes creadoras y creadores están poniendo encima de la mesa. Por un lado, cada vez hay un trabajo más depurado sobre la elipsis, sobre cómo bordear, mostrar o demostrar aquello que hace temblar la cuestión ética misma de la representación. Por otro, cada vez hay también un mayor cuidado por el uso mismo del diálogo, por los matices, los silencios, la fuerza de lo dicho o de lo no dicho, la tensión en la confesión, sus consecuencias. Eva Victor, por ejemplo, se deja llevar por un respeto asombroso hacia el trauma y acierta al menos en dos cosas. En primer lugar, sitúa el «tiempo de la catástrofe» en un limbo extraño en el que la cámara, simple y llanamente, observa la fachada de una casa. Es una distancia pegajosa, una distancia en la que se nos impide acceder a la visualización de la agresión, que genera escalofríos y preguntas. Sin embargo, una vez que la protagonista sale de la casa y se monta en su coche llega el segundo acierto: Victor mantiene los planos, se centra en su rostro, escruta y despliega ese miedo recién nacido, esa brecha, ese tremendo desgarro que acaba de llegar a su vida y que desde ahí supurara una y otra vez en los años venideros.
Hay un gran trabajo de expresión, de guion, de lenguaje. Al principio las protagonistas ni siquiera pueden utilizar bien el lenguaje («Te ha ocurrido… eso», se musita, casi como si nombrarlo una segunda vez fuera una nueva afrenta). Precisamente a la contra de lo que hizo Celine Song en la obscena Materialistas, aquí Victor centra una gran parte de su esfuerzo en explorar el silencio y sus excesos, respetuosamente. Algunas de las escenas bordean el ridículo —el encuentro con el doctor, por ejemplo, está preñado de tópicos y su amargura tragicómica se resuelve con un maniqueísmo inevitablemente simplón—, pero otras tienen un auténtico mordiente íntimo, poderoso: la comparecencia como jurado, sin ir más lejos, es un auténtico baile de posibilidades, silencios, tristezas y alegatos. Hay una pregunta por la ley, hay una decisión de no denunciar, hay un río de dolor que se va filtrando por el metraje y que, en los mejores momentos, resulta de una precisión desarmante.
Sin embargo, ya digo, Sorry, baby funciona como dos películas a la vez, y no tarda en regresar la otra cinta, la del Mumblecore frustrado, la del vecino-tonto-pero-bueno, la del mónologo-sobre-la-maternidad, la del personaje-raro-e-inesperado-pero-tierno. Y la película se escora, porque si bien algunos detalles son fabulosos —la protagonista colgando las páginas de su trabajo universitario en la ventana—, otros son simplemente pueriles —¿chistes sobre el tamaño del pene en 2026?
Sorry, baby tiene, además, el problema de llegar a las carteleras apenas varios meses después de la monumental Caza de brujas (After the Hunt, Luca Guadagnino, 2025), una disección inmisericorde y salvaje de las relaciones entre violación y universidad. Lo que allí se exploraba en toda su capacidad para reverberar —las vertiginosas divergencias entre teoría y ética cotidiana, la hipocresía de ciertas carreras académicas, los males endémicos de la biopolítica misma de las relaciones maestra/alumno—, aquí queda reducido a un par de escenas en las que, para colmo, se esquiva la complejidad de manera absolutamente obvia simplificando la vieja tensión entre obra y autor, y por supuesto, se cita nada menos que Lolita como estudio de caso. Las referencias son demasiado evidentes como para no acabar buscando una recepción amable por parte del espectador menos exigente. Una complicidad de baratillo. Ahí está la cuestión. La película, queriendo llegar muy lejos, tropieza en lo más imperdonable: una asombrosa falta de profundidad.
Por lo demás, Eva Victor demuestra ser mucho más solvente delante que detrás de la cámara, resolviendo a menudo las escenas menos comprometidas como trámites visuales que hay que acumular, como si —paradójicamente— le resultara mucho más complejo filmar una conversación en un despacho que una confesión de altos vuelos. Ese dominio sobre lo pequeño, esa ebanistería del trazar bien la historia, le sale a medias pero deja entrever —justo es reconocerlo— una trayectoria de futuro más que solvente. Salvo que, mucho nos tememos, se deje fagocitar por el espíritu de Sundance. ♦










