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    Crítica | Diarios de Otsoga | Mubi

    || Críticas | Mubi | ★★★★☆ |
    Diarios de Otsoga
    Maureen Fazendeiro y Miguel Gomes
    Cuento de verano


    Júlia Gaitano Mendizábal
    Barcelona |

    ficha técnica:
    España, 2021. Título original: «Diários de Otsoga». Dirección: Maureen Fazendeiro, Miguel Gomes. Guion: Maureen Fazendeiro, Miguel Gomes, Mariana Ricardo. Producción: O Som e a Fúria, Uma Pedra no Sapato. Fotografía: Mário Castanheira. Montaje: Pedro Filipe Marques. Música: Reparto: Crista Alfaiate, Carloto Cotta, João Monteiro. Duración: 102 minutos.

    Con el contagioso ritmo de The Night (clásico tema de Frankie Valli & The Four Seasons), Diarios de Otsoga abre su telón. Las tres figuras protagonistas del filme se mueven, bailan, saltan extáticas al son de la música, mientras se dejan iluminar por unas luces de colores, videocliperas. Con este inicio, más que ante una película, parece que estemos ante una fiesta. El filme de Maureen Fazendeiro y Miguel Gomes es muchas cosas, pero quizás la primera y más importante sea esa: una celebración. De la vida, del verano, del cine y del amor por todas esas cosas. Diarios de Otsoga marca la primera ocasión en la que la pareja de cineastas (también pareja en la vida real) realizan un proyecto mano a mano. El pequeño misterio que se esconde en su título no tardará en desvelarse. Tras una cartela inicial que esclarece que la película comienza en el «DÍA 22», y la secuencia musical que la sigue, se presenta el «DÍA 21», y así sucesivamente. Como ya anunciaba ocurrentemente ese mes titular (Otsoga = Agosto), y siguiendo con la idea de que en verano la temporalidad se siente alterada, el filme avanza retrocediendo. Se podría decir que este es solamente uno de los varios guiños que los directores comparten con personajes y espectadores por igual.

    «Dos chicos y una chica. (...) Están por la casa, sin hacer nada, es agosto y nunca salen, siempre están allí». Lo que podría parecer un intento de sinopsis un poco perezosa de Diarios de Otsoga es, en realidad, un resumen apañado y sucinto de una historia de Cesare Pavese, con la que el proyecto que tienen entre manos Fazendeiro y Gomes compartiría algunas similitudes. Maureen la saca a colación en una conversación que tiene en pantalla con su pareja-codirector que, como el resto del equipo que suele quedar tras las cámaras, también quedan incluidos en este diario de rodaje veraniego. Así avanza la película, entre juegos, abstracciones y tiempos muertos. Las tres figuras principales, (¿quizás esos chicos del relato de Pavese?) son encarnados por João Monteiro, Carloto Cotta y Crista Alfaiate, que mantienen sus nombres de pila, entregándose generosamente al divertimento metacinematográfico de los cineastas. En medio de significativos estallidos de vitalidad, con toques de romance fugaz y drama superfluo, Gomes y Fazendeiro construyen, sin prisa pero sin pausa, una historia de confinamiento. Sin embargo, lo que más destaca de ella es que en ningún momento adquiere tono grave. Se escapa constantemente de la sensación de querer hablar de un «gran tema». La situación excepcional que se vivió durante los primeros meses de pandemia sirven para enmarcar a los personajes dentro de un contexto concreto, y condicionar en ciertos aspectos la narración. Más allá de eso, Diarios de Otsoga se zafa de grandes significaciones, manteniéndose en todo momento dentro de una burbuja de intrascendencia absolutamente deliciosa y, añado, muy necesaria en estos tiempos.

    En el inicio (sí, ese que es, en realidad, el final) su planteamiento recuerda al de una película de cámara que se va definiendo en un escenario más bien abstracto. Los cuerpos de Crista, Carloto y João, perezosos y distraídos, llenan una casa vacía, aislada de todo y de todos. A medida que los días van transcurriendo hacia atrás, desvelando pequeños misterios mundanos, la película abre su foco, poco a poco. El contexto de un rodaje va formándose a su alrededor y el espacio se llena, las piezas se ponen en su sitio y vamos comprendiendo el panorama. Aun así, finalmente, que se trate de una película sobre una filmación también es lo de menos. Diarios de Otsoga se centra en presentar un sitio, unos personajes, familiarizarnos con ellos y verles pasar el rato. Se plantea asimismo como una experiencia estetizada de cómo se siente ese transcurrir temporal. Frutas que recuperan su frescor, figuras a contraluz en la noche, un contexto de naturaleza, idílico… y un par de miradas que lo observan todo con humor y cinismo. La visión sobre lo que es la vida según Gomes y Fazendeiro no es frívola, pero tampoco se la toman demasiado en serio, lo cual resulta muy refrescante. Intentar concretar de qué trata la película sería equivalente a forzar y oprimir el verdadero sentido de Diarios de Otsoga que, en realidad, plantea y se apoya en todo lo contrario: la apertura, la incertidumbre, el respiro, la libertad. El poder de existir, dejar que el tiempo (especialmente ese denso tiempo veraniego) fluya, y fluir con él. En la dirección que sea, incluso hacia atrás. Porque a quién le importa. Bailar, saltar, aburrirse, comer fruta, besarse, pasear a los perros, montar en un tractor… Vivir, en definitiva. ⁜


    Diários de Otsoga, Maureen Fazendeiro, Miguel Gomes
    Presentada en Quincena de Realizadores de Cannes.

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