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    Crítica | Wonderstruck. El museo de las maravillas

    This is not a Christmas, Carol

    Crítica ★★★★ de Wonderstruck (Todd Haynes, Estados Unidos, 2017).

    Dickens se esforzó por manifestar cómo la ingenuidad infantil es necesaria para la formación del adulto cuando éste tenga que decir adiós a ese niño escarmentado que se prepara para hacer frente a un mundo antipático. Todd Haynes, al igual que el novelista victoriano, se preocupa por la marginación y la miseria; existe en el director una voluntad ética muy arraigada, además de la evidente inquietud estética, que se exterioriza en el tratamiento de ese contexto miserable marcado por el egoísmo generalizado y la inclemencia hacia el más débil. Wonderstruck utiliza algunas de las piezas fundamentales del imaginario dickensiano para erigir una historia en la que la infancia se presenta, no ya como una simple etapa de construcción de la propia identidad, sino como un lacerante recordatorio de la bondad perdida en ese proceso de cambio. Relatar las injusticias sociales supone inexorablemente tomar conciencia de ellas, subrayar su existencia para obtener una respuesta reflexiva más que compasiva. Haynes no pretende que el espectador sienta lástima por sus personajes, ni tan siquiera quiere obligarlo a pasar por una fugaz fase de remordimiento, sino dejarle ver que existe una alternativa a la indiferencia que radica en la implicación activa ante unos valores de mayúscula necesidad. Para esta tarea, como ya hemos mencionado, el realizador echa mano de algunos de los iconos más emblemáticos del escritor de Portsmouth, y nos presenta a un Oliver Twist y una pequeña Dorrit que, en su desazón existencial, habrán de huir para alcanzar una felicidad que todavía creen posible. En este caso se cambia la ciudad de Londres por una Nueva York que se dividirá para, de forma alternativa y mediante un montaje paralelo que sigue dos líneas temporales diferentes, representar un mismo escenario que, a efectos narrativos, equivale a dos ciudades completamente diferentes en un guiño a aquella Historia de dos ciudades con el que el director pretende, no sólo instaurar un vínculo común entre los protagonistas, sino también mostrar dos puntos de vista diferentes del cine: el clásico y el moderno, ambos desde la perspectiva del niño que, en este caso, emulará los diferentes acercamientos del espectador de los años 20 y el de los 70 para con la experiencia cinematográfica.

    La versión clásica la veremos a través de los ojos de Rose, quien nos desvelará una metrópoli llena de ilusión, luces y esperanza. El punto de vista discordante vendrá con la llegada de Ben a esa misma ciudad 50 años más tarde. Aquí notaremos cómo la escena cambia por completo, no sólo por el paso de la fotografía en blanco y negro y el sonido del organillo a una imagen en color y una música moderna, sino que será la propia Nueva York, elemento metafórico del cine mismo, la que mayores síntomas de cambio deje al descubierto: un ambiente depresivo, con personajes desilusionados ante la vida por el hastío de la repetición constante de sus rutinas. Así, podremos comprobar la suerte que corrieron ambos personajes en cada una de sus aventuras a lo largo de la gran manzana, tratando de hallar respuestas que, en la mayoría de ocasiones, les llegarán a gritos. Pero los protagonistas de esta película son sordos, Rose de nacimiento, y Ben a causa de un desafortunado accidente, por lo que tendrán que seguir buscando una forma de comunicación más eficiente para lograr entender ese mensaje que se presenta inescrutable. Finalmente ambas historias encontrarán un nexo de unión en un museo maravilloso que, con la misma fuerza mística y simbólica que tenía La tienda de antigüedades de Nell Trent, permitirá a los niños encontrar la senda correcta hacia aquello que anhelan, que no es otra cosa que un sentimiento de genuina felicidad: el amor familiar, la amistad, la aceptación; algo que se relaciona con la reconciliación del espectador con el cine moderno, la ciudad de Nueva York por fin vuelve a deslumbrar con el romanticismo de antaño y permite que disfrutemos con agrado de sus avenidas y rascacielos.

    «La película no prescribirá como una simple fábula sobre la infancia y los valores perdidos pues, en su cíclico recorrido entre las fronteras de lo desconocido y lo olvidado, también habrá lugar para el optimismo y la promesa de una evolución terapéutica que nos salve de la lamentable distopía que el séptimo arte lleva profetizando desde finales del siglo pasado».


    Si ya la simple trasposición de una novela alberga un riesgo significativo para cualquier director, adaptar literatura infantil es toda una osadía, sobre todo si tenemos en cuenta que, a juzgar por la compleja disposición del esquema narrativo y el cuidadoso planteamiento audiovisual, Wonderstruck se trata de un producto destinado a adultos, con cierta tendencia a no encontrar la empatía emocional que requiere un relato de inocente moraleja. Sin embargo, y a pesar de que, en efecto, gran parte del público no sentirá una conexión trascendental con los personajes o la escenografía naif, la naturaleza contemplativa y delicada de las imágenes y el misterio que originan las escenas silentes, la convierten en una cinta de gran atractivo para el espectador maduro, con la suficiente complejidad argumental para mantener un nivel de atención e interés constante gracias, además, a un montaje traspositivo muy inteligente y resolutivo. Este aspecto será apreciable, por ejemplo, en los fragmentos en blanco y negro donde el director ha superado con éxito la adaptación de aquellas partes de la novela que se mostraban de manera completamente gráfica, con un sutil recurso imitativo del cine mudo clásico, consiguiendo así un efecto similar al producido por el libro original en el que la narrativa se pone al servicio de la imagen para transmitir sin la necesidad de recurrir al diálogo. Haynes, siguiendo las pautas del posmodernismo, cambiará por completo el dramático final dickensiano que rompió el corazón de millones de lectores en La pequeña Dorrit –e hizo llorar… de risa, a un sarcástico Oscar Wilde, a quien también se hará referencia con una de las citas metafóricas finales: “We are all in the gutter, but some of us are looking at the stars”–, por un desenlace mucho más optimista y acorde a los ideales reivindicativos del filme. De este modo, la película no prescribirá como una simple fábula sobre la infancia y los valores perdidos pues, en su cíclico recorrido entre las fronteras de lo desconocido y lo olvidado, también habrá lugar para el optimismo y la promesa de una evolución terapéutica que nos salve de la lamentable distopía que el séptimo arte lleva profetizando desde finales del siglo pasado. El secreto, parece decir Haynes, consiste en la unión de aquellos factores que, por una norma tácita e incomprensible, se enfrentan en un despiadado juego sin plantearse que su salvación depende de la supervivencia del otro mediante una simple alianza; dos principios que pueden representarse con la interpretación generalizada de dos términos tan sencillos y antagónicos que podrían albergar el origen mismo del universo: lo moderno y lo clásico. Será cuando esta obra de ingeniería haya terminado su ensamblaje por completo, cuando podamos escuchar, por fin y sin ningún tipo de impedimento, la entusiasmada melodía de un triunfo sin precedentes. Un final sosegado y muy consciente de que el prudente optimismo de su mensaje sólo puede ser transmitido mediante la centelleante mirada de un niño ilusionado por primera vez. | ★★★★ |


    Alberto Sáez Villarino
    © Revista EAM / Cannes


    Ficha técnica
    Estados Unidos, 2017. Título original: «Wonderstruck». Director: Todd Haynes. Guion: Brian Selznick (Novela: Brian Selznick). Presentación oficial: Sección oficial del Festival de Cannes. Productores: Brian Bell, Frank Murray, Pamela Koffler, Sandy Powell, John Sloss, Christine Vachon. Compañías productoras: Amazon Studios / Killer Films. Montaje: Affonso Gonçalves. Dirección artística: Ryan Heck, Kim Jennings. Dirección de fotografía: Edward Lachman. Operador de cámara: Craig Haagensen. Música: Carter Burwell. Reparto: Oakes Fegley, Julianne Moore, Michelle Williams, Amy Hargreaves, Cory Michael Smith, Marko Caka, James Urbaniak, Hays Wellford, Morgan Turner, Jaden Michael, Ekaterina Samsonov, Raul Torres, Millicent Simmonds, John P. McGinty, Mark A. Keeton. Duración: 120 minutos.


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