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    Crítica | Calvary

    Calvary, de John Michael McDonagh

    Quia in inferno nulla est redemptio

    crítica de Calvary | John Michael McDonagh, 2014

    Timor mortis conturbat me. Cada uno busca la redención a su manera, pero lo que está demostrado es que todo aquél que conoce, con cierta exactitud, la fecha de su muerte —ya sea por enfermedad, voluntad propia o, como es el caso, advertencia de una segunda persona con propósitos homicidas— buscará, sobre todo si es creyente, el avenimiento con sus semejantes (amigos o enemigos) y la salvación (in extremis) de su conciencia. Algunos, pecadores por naturaleza, se conformaban con una austera extremaunción, deseando que ésta fuera suficiente para convencer a San Pedro de su arrepentimiento; otros, igual de pecadores pero con más recursos, confiaban en que su poder económico los sacara, una vez más, del aprieto mediante la oportuna compra de una indulgencia (o puede que dos si su generosidad los movía a asegurar la salvación de algún ser allegado), que actuase a modo de contrato blindado garante de una parcela de cielo, e hiciera menos estresante la transición a la vida eterna, contribuyendo (generosamente) con la iglesia para que ésta mediara a su favor en caso de que algún pecado no expiara con un simple padre nuestro. Pero, ¿qué ocurre con los no pecadores? Personas como el padre James Lavelle, incorruptibles, generosos y desinteresados que, por otro lado, tienen que pagar a diario la lacra de un hábito que inspira más desconfianza y antipatía de la que solía hace unos años. Calvary muestra ese proceso de reconciliación personal que tiene que afrontar un hombre al que se le ha dado una semana de vida, un castigo que vendrá impuesto por el imperturbable tradicionalismo del “pagar justos por pecadores”.

    La trama arranca con el pecado de la ira. Una ira acumulada durante largo tiempo de silencio, sufrimiento y vergüenza, creciendo lentamente en el interior y macerando un diabólico plan de venganza que será, finalmente, anunciado en esa primera secuencia a modo de confesión de un hombre (desconocido para el público, pero conocido por el párroco) quien le advierte que le va a quitar la vida en el plazo de una semana —un domingo, para recrearse en la blasfemia—. Una víctima del abuso eclesiástico a menores que ha decidido que la mejor (y más justa) manera de devolver tamaño acto de crueldad es la de atentar contra la única figura representativa de la inocencia (esa pureza que tantos pederastas han arrebatado impunemente) que conoce en la diócesis: “voy a matarte, padre, porque eres inocente”, declara impasible el misterioso confidente. El hecho de que la bondad sea representada por un cura no es, ni mucho menos, una defensa en favor de la iglesia, sino una metáfora (como ya la representaran magistralmente Berlanga en 1956 con Calabuch, o Galdós (1895) / Buñuel (1959) con Nazarín) de lo paradójicamente extraño que resulta contemplar un comportamiento moralmente correcto en una figura que supuestamente vive para enseñar la moral. Desde ese testimonio / amenaza, comenzará la penitencia del protagonista que tendrá que arrastrar su “cruz” por un mundo corrupto y enfermo, hasta llegar a su particular monte del calvario. Y el camino no será fácil, la verdad es que no habíamos visto un nivel de hostilidad mayor hacia una buena persona desde Perros de paja (Straw Dogs, 1971) de Sam Peckinpah.

    Calvary, de John Michael McDonagh

    Tras la ira, Lavelle tendrá que hacer frente a otro pecado, la pereza. La pereza de aquellos que han dejado de luchar y se rinden a un final prohibido y desesperado. El frustrado intento de suicidio de su hija traerá más complicaciones a la cabeza del atormentado sacerdote que, pese a su inminente final, sigue dispuesto a luchar por sus “infieles” y a no darse por vencido con ninguno de ellos. Así, iremos avanzando poco a poco, contando los días restantes hasta el próximo domingo como si de una fatal cuenta atrás se tratase, mientras presenciamos el resto de excesos y pecados (ajenos) a los que el confesor tendrá que hacer frente. Desde la soberbia y la avaricia propias del capitalismo prepotente y la displicencia emocional, a la desdeñosa lujuria y envidia. Un viaje al oscuro comportamiento humano, que tan bien describió Hjalmar Söderberg en su novela Doctor Glas (1905), de la que John Michael McDonagh se hace eco mediante una sensacional cita: “La gente quiere ser amada; en su defecto, admirada; en su defecto, temida; en su defecto odiada y despreciada. Quieren evocar algún tipo de sentimiento. El alma se estremece ante el olvido y busca la conexión a cualquier precio”. McDonagh se olvida del hilarante humor de su anterior filme El irlandés (The Guard, 2011), para buscar un resultado mucho más dramático y sombrío, algo que contrastará con la impecable imagen, a cargo de Larry Smith, que mostrará la apabullante belleza de un país que pugna por proclamarse como el más fotogénico del mundo.

    Brendan Gleeson trenza una actuación sensacional, sin lugar a dudas, uno de los puntos fuertes de la película es el actor dublinés quien, con su innumerable abanico de registros, no deja de sorprendernos con cada uno de sus impecables trabajos. “Father, what do you hear what do you say?” preguntaba insistentemente a modo de chascarrillo James Cagney a Pat O’Brien en Ángeles con las caras sucias (Angels with Dirty Faces, 1938), otra de las referencias que hemos podido encontrar en el guion escrito por el propio director. Y en efecto mucho ha oído el padre Lavelle, pero poco (o nada) ha dicho, al menos ha tratado de mantener un astuto silencio reflexivo mientras indagaba en la mente de esos Siete psicópatas (o más) cuyo principal pasatiempo era hacerle la vida imposible. De esta manera llegamos por fin, como si de la campanada número doce del día del juicio se tratase, al inexorable “Dies Irae”, donde la meditación —tanto del protagonista que tendrá que hacer frente a sus demonios, como del espectador que saldrá finalmente de dudas en cuanto al autor de la amenaza— dará paso a la explicación, entendimiento y, en última instancia, resolución. Así pues, sin más redención que buscar, se tratará de hacer caso a lo que dice la Biblia, o decía hasta que se decidió dejar de reconocer ciertas escrituras llamadas ahora “apócrifas”: «Bienaventurados los que no tienen hambre de justicia, porque saben que nuestra suerte, adversa o piadosa, es obra del azar, que es inescrutable». | ★★★ |

    Alberto Sáez Villarino
    Dublín (Irlanda)

    Irlanda. 2014. Título original: Calvary. Director: John Michael McDonagh. Guion: John Michael McDonagh. Productora: Irish Film Board / Octagon Films / Reprisal Films. Fotografía: Larry Smith. Música: Patrick Cassidy. Montaje: Chris Gill. Intérpretes: Brendan Gleeson, Kelly Reilly, Chris O'Dowd, Aidan Gillen, Domhnall Gleeson, David Wilmot, Dylan Moran, Marie-Josée Croze, Killian Scott, Isaach De Bankolé. Presentación Oficial: Sundance Film Festival 2014.

    Póster Calvary, de John Michael McDonagh
    El fulgor efímero

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