Introduce tu búsqueda

Seminci 2026
FICX Imatge Permanent
  • Cine Alemán Siglo XXI
    Mostrando entradas con la etiqueta Cine Oceanía. Mostrar todas las entradas
    Cine Oceanía
    Cine Oceanía

    Donde viven los monstruos

    crítica a The Babadook (2014), dirigida por Jennifer Kent. | ★★★★ |

    Viene siendo una tónica habitual que algunas de las más gratificantes sorpresas del último cine de terror nos lleguen desde Australia. Títulos como Triangle (Christopher Smith, 2009) –inexplicablemente, aún inédita en España– o Wolf Creek (Greg McLean, 2005) han demostrado que hay vida inteligente fuera de las fronteras de Hollywood. La última alegría surgida de las antípodas es The Babadook (2014), debut en la dirección de largometrajes de la actriz Jennifer Kent, que desarrolla (y mejora) la idea que dio lugar a su aclamado corto Monster (2005). La cinta, que viene precedida de inmejorables comentarios en su paso por festivales como los de Sundance y Sitges –donde se hizo con el Premio del Jurado y el de Mejor actriz–, no es otra cosa que una nueva vuelta de tuerca al recurrente mito de El hombre del saco, una de las más famosas leyendas urbanas que tanto han servido para infundir temor a los niños que se portan mal a lo largo de los tiempos. ¿Dónde radica el éxito de esta propuesta que tanto revuelo ha causado allá donde ha podido ser vista? Seguramente, habría que buscarlo en la sencillez con que fundamenta su efectividad en unos miedos que resultan perfectamente reconocibles para cualquier espectador. ¿Quién no teme a las pesadillas? ¿Quién no se ha inquietado alguna vez por una misteriosa sombra que emerge de un rincón? ¿No te has sobresaltado nunca por un sonido sospechoso proveniente de detrás de una puerta? The Babadook esquiva inteligentemente los sustos previsibles y fríamente calculados de cualquier producto expresamente diseñado para llenar las salas de cine, optando por entregar una experiencia mucho más dramática, con unos personajes multidimensionales y complejos y una manera de entender el miedo bastante más psicológica que explícita.

    La primera mitad del filme, de hecho, se revela como un acertadísimo retrato familiar (reducido a su más mínima expresión) en donde sus miembros son seres atormentados, azotados por una tragedia difícil de superar y que les ha creado serios trastornos de personalidad. Así, tras la muerte de su marido en un accidente cuando la llevaba al hospital a dar a luz, Amelia debe lidiar sin la ayuda de nadie con Samuel, su problemático y fantasioso hijo de seis años. La relación madre-hijo no es precisamente idílica, ya que la mujer se encuentra en un estado depresivo, superada por la situación de tener que cargar con un niño al que no soportan ni profesores ni familiares. Hastiada de su vida, Amelia únicamente encuentra un pequeño remanso de paz como trabajadora en un centro de ancianos, donde desconecta de un hijo que le exige demasiada atención. Dicho de otra manera: no estamos ante la madre abnegada y sobreprotectora que nos han pintado en títulos similares como Los otros (Alejandro Amenábar, 2001) o El orfanato (Juan Antonio Bayona, 2007), pese a que la descomunal interpretación de Essie Davis –todo un descubrimiento a celebrar– tenga evidentes paralelismos con aquellas encarnaciones de Nicole Kidman y Belén Rueda, a un paso de la locura. Noah Wiseman, con un aplomo impropio de un niño de tan corta edad, le da a Davis una réplica absolutamente electrizante en su papel de Samuel, logrando que el espectador perciba con contundencia los elementos tan serios (y alejados del cine fantástico) que la historia abarca. El sentimiento de culpa, la dificultad para superar la pérdida de un ser querido, la soledad o la marginación infantil, son temas que Kent maneja con tacto y mano firme en su ópera prima, sin trivializarlos en ningún momento.

    por José Martín León
    noviembre 09, 2014

    Crítica | The Babadook

    por José Martín León | noviembre 09, 2014

    La ley del silencio

    crítica de The Rover | dirigida por David Michôd, 2014 | ★★★★

    El eslabón perdido, pieza fundamental para la completa demostración de las teorías evolutivas de Darwin, podría ser finalmente rastreado gracias al estudio que David Michôd ha realizado sobre la involución humana. De hecho, cualquier representación cinematográfica de un futuro distópico, siempre implica la regresión del ser humano a sus orígenes más primitivos e irracionales. Somos incapaces de imaginar (con alguna excepción extraordinaria como es el caso de Spike Jonze) un detonante apocalíptico, no relacionado con elementos arcaicos, que nos lleve a una debacle económica como la que da origen a la historia narrada en The Rover, y que sirve como analogía del sensacional concepto metafórico (y fructífero donde los haya) de El planeta de los simios (Planet of the Apes, 1968). Existe un elemento reiterativo común a todos estos trabajos post-apocalípticos: la completa falta de los llamados protocolos sociales. La población se volvería, llegado ese momento, extremadamente desconfiada, territorial y tendente al aislamiento o a la segregación en pequeños grupos o comunidades, organizados para encontrar sustento; de nuevo los tiempos de la supervivencia animal, promovida por teorías como la del anarcoprimitivismo, donde la única ley era la del revolver más rápido.

    En 1979, George Miller puso de moda un nuevo género cinematográfico que mezclaba el western clásico y la ciencia-ficción, convirtiendo, casi de manera inmediata, a Mad Max en una cinta de culto. Desde entonces cambió por completo la concepción poética que se tenía de las películas del oeste, y apareció una mucho más explícita y cercana a las violentas premisas del cine negro. La atmósfera creada por el director australiano nos recuerda a la tradicional oscuridad sucia y polvorienta del western americano, sin embargo, los rituales que este género teje en torno al asesinato y la violencia dejan de tener sentido para Michôd y sus personajes contaminados de un odio irracional e injustificable, más propios del contundente “hard-boiled”. Hay un elemento que enseguida llama la atención por su escasez, y que sería uno de los pilares básicos de este western de la época dorada: la mujer. Exuberantes y desvalidas chicas en apuros que, necesitadas de un héroe salvador, se dejan caer en los brazos del primer pistolero que aparece en la taberna del pueblo. La representación femenina se ha reducido en The Rover tanto como la comunicación entre los propios hombres, donde cada palabra parece ser bien estudiada y meditada antes de perder tiempo y esfuerzo en su pronunciación, situación que perfectamente podría ser la antesala de aquella sensacional ópera prima de Luc Besson, Kamikaze 1999, El último combate (Le dernier combat, 1983), donde la capacidad del habla había sido anulada por completo y la mujer suponía ya una especie extinta. Teóricamente, esta supresión del componente femenino en futuros distópicos ficticios tiene una razón de ser, ya que representaría el premonitorio caos de una sociedad condenada por la falta de sentido común y la brutalidad de los hombres. No obstante, esa ausencia sigue teniendo connotaciones machistas —muy acordes al género— debido a que la presunción de inferioridad (sexo débil) trataría de evidenciar que las mujeres no soportarían una situación de supervivencia extrema.

    por Alberto Sáez Villarino
    agosto 24, 2014

    Crítica | The Rover

    por Alberto Sáez Villarino | agosto 24, 2014
    Un largo viaje

    El ferrocarril de la muerte

    crítica de Un largo viaje | The Railway Man, Jonathan Teplitzky, 2013

    Corría el año 1942. Faltaba poco para el ecuador de la II Guerra mundial cuando Japón ocupó Birmania tras una imprevista victoria sobre los británicos. Se instauró un gobierno nacionalista encabezado por Ba Maw –mero títere de Japón y Tailandia– que pasó a ser aliado del Eje. El principal objetivo en esa zona era la construcción de un ferrocarril entre Tailandia y la capital birmana –Rangún–. Para la titánica empresa los nipones utilizaron a reos (no solo) británicos y chinos. Unos 400.000 prisioneros de guerra, pico y pala en mano, fueron empleados. El precio humano de la obra es incalculable, sobre todo una vez que la línea de ferrocarril alcanzó la inhóspita selva birmana. La bochornosa humedad, las infinitas jornadas de trabajo, la propagación de enfermedades, las plagas de insectos así como los barracones donde estaban hacinados componían las notas de una partitura que sonaba a pesadilla. Los índices de mortandad alcanzaron cotas pirenaicas. Aspectos que rinden honores al sobrenombre con el que fue bautizada la obra: “el ferrocarril de la muerte”. Las condiciones infrahumanas de trabajo se vieron, además, agravadas por las terribles torturas con las que eran castigados los presos. No eran extrañas las palizas, las ejecuciones sumarias o la reclusión, durante semanas, en estrechísimas jaulas de bambú. Las cifras oscilan entre los 200.000 y las 300.000 víctimas mortales. Este escalofriante dato convierte al ferrocarril de Birmania en el campo de concentración más grande de la II Guerra Mundial y el segundo con más víctimas, después de Auschwitz-Birkenau. El gran David Lean popularizó estos tenebrosos hechos con su magnífica El puente sobre el río Kwai (1957), galardonada en su día con siete premios de la Academia. Casi medio siglo después el director australiano, Jonathan Teplitzky, vuelve a desempolvar la barbarie con Un largo viaje (The Railway Man, 2013).

    Protagonizada por Colin Firth y la recauchutada Nicole Kidman. El guion hilvana la historia de un veterano británico de la II Guerra Mundial –Eric Lomax– incapaz de superar las traumáticas cicatrices mentales del conflicto. El eco de las torturas le persiguió allende de los lustros. Al punto que ni siquiera su pasión por los trenes mitiga la amargura. Una herencia a la que intentará poner fin cuando descubre que su torturador –Nagase Takeshi– sigue con vida. Un argumento respaldado por la legitimidad de haberse basado en hechos reales. Pasó por la pasada edición del Festival de San Sebastián sin pena ni gloria. Su acogida fue más bien negativa. Si se analiza fríamente el argumento solo se puede sacar la conclusión de que la cinta tenía todos los ingredientes para ser un pelotazo. Goza de los componentes necesarios para ser un gran éxito de público –a expensas de su improbable estreno en España–. Pero falla. La película no funciona. Es demasiado autoconsciente de su potencial emocional, el papel de Nicole Kidman –como esposa de Lomax– no aporta nada bueno al conjunto y su ambición por llegar a todo bicho viviente le resta verismo. Este último apunte es sin duda, para mí, la razón de su fiasco. El director comete un error “mortal” con la naturaleza del relato, al hilar una obra depurada, correcta, académica cuando lo que imploraba el libreto que tenía entre manos era perversión, brutalidad y decadencia. La vida de Lomax resulta inverosímil, por más que al principio y al final se haga oportuno énfasis en sus bases factuales. Resulta difícil de creer. Sobre todo si a base de elegantes pero inoportunas elipsis te comes la barbarie, el salvajismo que justifica el estado mental del protagonista. Muchos criticaron a la ganadora del Oscar a la mejor película Doce años de esclavitud (2013) por lo opuesto. Ni tanto ni tan poco. Ni por exceso ni por defecto. Decía Aristóteles que la virtud se encontraba el término medio. Pues eso. Máxime si tratas de compensar la balanza abusando de una música empalagosamente dramática. La crudeza está en la realidad diaria, es auténtica. Un traspié prescindir de ella.

    por Anónimo
    mayo 27, 2014

    Crítica | Un largo viaje

    por Anónimo | mayo 27, 2014
    The Turning

    Mi chica en llamas y otras historias

    crítica de The Turning | de Jonathan auf der Heide, Tony Ayres, Cate Blanchett, Jub Clerc,
    Robert Connolly, Shaun Gladwell, Rhys Graham, Justin Kurzel, Yaron Lifschitz, Anthony Lucas,
    Claire McCarthy, Ian Meadows, Ashlee Page, Stephen Page, Warwick Thornton, Marieka Walsh,
    Mia Wasikowska y David Wenham, 2013

    Una primera secuencia lírica e inquietante nos arrastra a los parajes australianos en el comienzo de The Turning, la adaptación cinematográfica del best-seller homónimo de Tim Winton. Este peculiar y extenso proyecto fílmico caracterizado por su bella fotografía y un exquisito hilo argumental, arrastra del papel a la cámara las diecisiete historias entrelazadas que tienen lugar a lo largo de tres décadas y que abordan conflictos humanos y experiencias emocionales de diferentes colores. Para lograr la ambiciosa consecución de esta antología, diecisiete cineastas distintos, bajo la dirección de Robert Conolly, aportan su granito de arena en la elaboración de cada una, produciendo así distintas estéticas y tratamientos narrativos, amparados en la unidad del guión acuñado por el propio Tim Winton, con una clara vocación de preservar las raíces literarias de su obra y construir un discurso expresivo que guarde los secretos y recuerdos de sus personajes. No se convierte así The Turning en un compendio desordenado o asimétrico hecho a base de una suma de interpretaciones por parte de sus múltiples creadores, sino que la ironía socarrona, los componentes místicos y religiosos en torno a la redención, y la búsqueda de la identidad y de la sexualidad se plasman como leitmotivs fundamentales de la obra. La aptitud narrativa de Winton, probablemente el novelista australiano más laureado de su generación, junto a su rico lenguaje repleto de sugerencias, sutilezas e imágenes veladas se trasladan con inteligencia a este puñado de relatos, cuyo mayor exponente es su gran emotividad y contagio de fuerzas: rabia, dolor, deseo punzante, compasión, culpa, amor, tristeza, pintan un empático lienzo que disecciona con agudeza los problemas más habituales del ser humano, esos que no cambian con el transcurso de los siglos.

    Esta película episódica, estrenada a nivel mundial en la parrilla del Festival Internacional de Cine de Melbourne convierte a actores de gran talla en cineastas noveles (Mia Wasikowska, Cate Blanchett y David Wenham), realza a directores más experimentados como Tony Ayres (The Home Song Stories) y Justin Kurzel (Snowtown), y abre puertas espacio a prolíficos talentos de nueva hornada como Jonathan auf der Heide (Tasmania) o Warwick Thornton (Samson & Delilah), junto a otros diversos nombres como el veterano creador de documentales y cortos Rhys Graham, Anthony Lucas (del corto The Mysterious Geographic Explorations of Jasper Morello), Claire McCarthy (The Waiting City), o la galardonada cortometrajista Ashlee Page y Marieka Walsh (del cortometraje The Hunter). Así, nos sumergimos en historias de diferente ubicación espacio-temporal en el lapso de treinta años, unidas por finos hilos. Comenzamos la andanza viviendo las inquietudes y sueños de futuro propios de la adolescencia de un chaval llamado Biggie y su mejor amigo, para seguir con la pérdida de virginidad y la poética del desnudo en el primer amor de dos púberes. En Damage goods, el capítulo más logrado, dominado estéticamente por una pantalla partida, un introvertido fotográfo saca instantáneas de una chica hermosa chica con la cara quemada llamada Strawberry Allison y encuentra la belleza en la destrucción, además de inquietarnos con un poema visceral. Entre otros, en On her knees, observamos una complicada relación entre una madre (Cate Blanchett) y su hijo; en Small mercies nos topamos de frente con el desaliento que provocan los divorcios con un niño de por medio; en Lon, clear view, que incluye pasajes a través de una cámara subjetiva, habla del aturdimiento infantil en torno al mundo, de un dios erigido como un locutor entre las estrellas; Family especula sobre la capacidad de triunfo y superación en una historia de deportistas, en Cockleshell una joven se rebela contra el maltrato que vive en el día a día de su hogar; The turning, que da nombre al filme y al libro, habla de los cambios irreversibles como “cuchillos calientes” a la hora de rehacer completamente tu vida; y, Defender, que cierra la obra de manera magistral, retrata los lastres que el pasado acarrea consigo de un niño a un adulto.

    por Anónimo
    mayo 08, 2014

    Crítica | The Turning

    por Anónimo | mayo 08, 2014

    A camel with no name

    crítica de El viaje de tu vida (Tracks, 2013) | dirigida por John Curran

    La diferencia entre una aventura y un viaje iniciático reside principalmente en la predisposición y voluntariedad de la acción en sí. De esta manera, se podría decir que la primera es fruto de la aparición de una suerte de causalidades que supediten ese rol de aventurero a un mero capricho del destino —ya sean fortuitas, marcadas por un momento y/o lugar equivocado, como el descrito por Eduardo Mendoza en su novela La verdad sobre el caso Savolta (1975); o ineludibles debido a una posición política complicada, como la mostrada por Michael Mann en El último mohicano (The Last of the Mohicans, 1992)—. También podría darse el caso de que una de estas arriesgadas e inesperadas empresas se convierta posteriormente —debido a un cambio en la personalidad del protagonista por la gran trascendencia de las experiencias vividas— en un viaje iniciático, como le ocurrió a Vladimir Arseniev en la cinta de Akira Kurosawa El cazador (Dersu Uzala, 1975). Ambos ejemplos carecerían, al menos inicialmente, de ese libre albedrío y firmeza que caracterizó la increíble hazaña que refleja Tracks, donde se cuenta de forma autobiográfica la verídica historia de Robyn Davidson quien, en 1977, emulando a Don Quijote (tanto por la incomprensión como por lo resolutivo de su carácter), salió junto a su fiel escudero (Diggity) y su rocín artiodáctilo (cuatro para ser exactos) con la firme intención de poner en práctica un oficio obsoleto; no el de la andante caballería como trató, sin suerte, de promover el de la triste figura, sino el del nomadismo.

    Hasta el desierto de Gibson se traslada la protagonista quien, movida por una desazonadora crisis existencial, se dispone a tomar conciencia de sí misma y de su relación con el entorno, atravesando 2700 kilómetros de la más absoluta aridez pero tratando de correr mejor suerte que el explorador que da nombre al páramo (Alfred Gibson). Ahí es cuando podemos descubrir la desesperación de una persona al enfrentarse a un mundo que ha perdido la vergüenza y el respeto por los valores y la privacidad. A solas frente a ese espectáculo natural, contemplando la belleza de ese minúsculo porcentaje de tierra que el hombre no ha destrozado todavía con sus avances arquitectónicos, empezando a conectar realmente con el más crudo y salvaje entorno mientras trata de huir de un escenario prefabricado que la asfixia, después de haber andado ocho meses sin descanso y sin un adarme de piel viva en las plantas de los pies. En ese instante, un ruido atronador rompe la magia, al tiempo que el monóxido de carbono del tubo de escape de un 4x4 se introduce por sus vías respiratorias. Del vehículo desciende un sonriente hombre impecablemente ataviado con una camisa de flores, unos pantalones kaki, una navaja suiza en el bolsillo izquierdo, un bote de “Relec” en el derecho, prismáticos al cuello, la réflex en la diestra y un bocadillo en la siniestra. Aún no ha tenido tiempo de reaccionar ante semejante estantigua cuando se da cuenta de que —con admirable destreza y deplorables maneras— el “dominguero” del desierto ha puesto a su mujer, su cuñado y sus tres hijas (réplicas exactas de Dora la exploradora) junto a ella, sus camellos y el entrañable Mr. Eddie (un sherpa aborigen) con la intención de hacer uso de su cámara. Roto el idílico escenario que la protagonista tenía en mente, sólo le quedará la recompensa personal de poner a prueba su autosuficiencia y su sentido de la supervivencia.

    por Alberto Sáez Villarino
    mayo 07, 2014

    Crítica | El viaje de tu vida

    por Alberto Sáez Villarino | mayo 07, 2014
    El cazador (The Hunter, 2011)

    Tras la pista del Tigre

    crítica de El cazador | The Hunter, de Daniel Nettheim, 2011

    «Y esto era irremediable, pues Harry quería, como todo individuo, ser amado en su totalidad y no podía, por lo mismo, principalmente ante aquellos cuyo afecto le importaba mucho, esconder al lobo y repudiarlo. Pero también había otros que precisamente amaban en él al lobo, precisamente a lo espontáneo, salvaje, indómito, peligroso y violento, y a éstos, a su vez, les producía luego extraordinaria decepción y pena que de pronto el fiero y perverso lobo fuera además un hombre, tuviera dentro de sí afanes de bondad y de dulzura y quisiera además escuchar a Mozart, leer versos y tener ideales de humanidad». De esta manera describía Herman Hesse a su Harry Haller en El lobo estepario y ya nos adelantaba que la naturaleza humana es completamente inextricable, pero que, por su condición misma de humana, todo tiene cabida. Me pareció oportuno citar a Hesse para presentar a Martin (espléndidamente interpretado por Willem Dafoe), otro lobo solitario parco en palabras y poco sociable de cuyo pasado no sabemos nada. Un mercenario de ese “mundo civilizado de hojalata” de Hesse que trabaja por libre y cuya única compañía se la proporciona la música clásica. Su último trabajo consiste en dar caza y tomar muestras del que se cree el único ejemplar de tigre de Tasmania, que, según dicen, aún vive en los frondosos bosques australianos. Un ser solitario a dar caza a otro. Martin establece su campamento base en la casa de Jarrah, un activista pro-medioambiente desaparecido hace ya un tiempo, y convive con la supuestamente viuda (Frances O’Connor) e hijos de éste. Mientras, se disputa fuera la lucha entre madereros, ecologistas y Jack (Sam Neill), un “local” cuyas intenciones y motivaciones se nos muestran un tanto confusas durante la historia. Y es la relación de Martin con éstos y con la misma naturaleza la que gradualmente lo convertirá en ese yo tan oculto como latente; un conflicto donde se hallará a sí mismo. En Martin veo reflejado a otros personajes desamparados que nos ha dado el cine, como Rodrigo Mendoza, ese cazador furtivo de indios de La Misión (Roland Joffé, 1986) o Michael, ese trabajador metalúrgico de El cazador (Michael Cimino, 1978) –los dos papeles, por cierto, interpretados casualmente (o no) por ese poco hablador pero magistral actor llamado Robert De Niro–, todos ellos seres pocos sociables, en constante lucha consigo mismo, supervivientes en junglas y en busca de la redención. Estos tres individuos, de alguna forma u otra, cazaban. Y es que la caza siempre ha sido un tema recurrente por metafórico en el séptimo arte. La caza como búsqueda del sentido de las cosas, en medio de una galopante crisis existencial, de lucha con los fantasmas interiores. Y como ocurre en todos ellos, es la misma aflicción la que les hace humanos, y la muerte la que, finalmente, les concilia con la vida.

    por Anónimo
    abril 16, 2014

    Crítica | El último cazador (The Hunter, 2011)

    por Anónimo | abril 16, 2014

    LA BURBUJA TÓXICA

    crítica de Dos madres perfectas | Adore. Anne Fontaine, 2013

    En el año 2009 la directora francesa Anne Fontaine aparecía en el panorama cinematográfico con la que a día de hoy es su película más conocida: Coco avant Chanel, un filme encuadrado en el socorrido género del biopic en torno a la figura de la famosa modista. Una obra que poco aportaba a todos los niveles pero que reflejaba con nitidez la idiosincrasia que caracteriza a su dilatada filmografía —que tiene como puntal la interesante Natalie X—. El interés por personajes de clase media alta, por esos ambientes de frivolidad y altivez con mujeres de mediana edad, atrapadas en una vida de convencionalismos que no acaba de complacerles y que normalmente intentan romper de formas poco aceptables a nivel social. Su última creación no es la excepción a la regla. Dos madres perfectas trata la historia de dos mujeres que rondan la cuarentena, amigas íntimas desde la infancia, con dos hijos de la misma edad que, debido al aislamiento y la costumbre, acaban forjando, al igual que sus progenitoras, un fuerte lazo afectivo que acabará por viciar todos los espacios.

    De esta forma, la película comienza dibujando las circunstancias de este grupo hermético, de limitada comunicación con el exterior. Ambas mujeres viven junto a la costa, a unos pasos de distancia la una de la otra, en un precioso acantilado repleto de vegetación situado en una bahía de arena blanca y aguas turquesas. Es importante remarcar la belleza del ambiente. El marco en el que se moverán estos personajes ayuda a comprender de manera bastante clara el porqué de sus intereses. Son personas acomodadas, a las que la educación ha condicionado para mantener una red de relaciones que no se salga de la familiaridad. El grupo de convivencia lo componen cinco miembros: Dos mujeres, el marido de una de ellas, y sus respectivos hijos. Por un lado tenemos a Roz, casada con un profesor de universidad cuyo hijo Tom, es un entusiasta aficionado al teatro. Lil, por el contrario, es viuda. Su hijo Ian es un joven solitario, pero suple la falta de una figura paterna con la presencia constante de Roz y Tom en su vida. En los primeros diez minutos de metraje, el filme realiza dos elipsis temporales que abarcan varios años, buscando con celeridad el punto de interés de la historia y la relación a dos bandas que se establece entre Roz e Ian, y Lil y Tom. El cuadro de una familia perfecta que se toma demasiado en serio a sí misma.

    por Unknown
    septiembre 10, 2013

    Crítica | Dos madres perfectas

    por Unknown | septiembre 10, 2013
    Wish You Were Here

    ¿QUÉ PASÓ CON JEREMY?

    crítica de Wish You Were Here | Kieran Darcy-Smith, 2011.

    Comienza la película con dos parejas disfrutando de unas envidiables vacaciones en las paradisiacas palayas de Camboya. Risas, bailes, algo de drogas y mucho, mucho alcohol. Algo trágico debió suceder, ya que lo siguiente que vemos es que solo tres de los cuatro amigos han regresado a Australia, mientras que el restante ha sido dado por desaparecido en circunstancias extrañas en el estado asiático. Dave y Alice, feliz matrimonio con dos preciosos hijos y un nuevo bebé en camino, intentan evitar a la desolada Steph, hermana de Alice y novia del perdido Jeremy. El espectador ya se empieza a plantear preguntas. ¿Qué sucedió con Jeremy?, ¿por qué se sienten incómodos Dave y Alice por la presencia de Steph? A lo largo de todo el filme, los saltos temporales son constantes, intercalando los presentes momentos de la investigación de dicha desaparición con los hechos que ocurrieron durante tan fatídico viaje.

    por José Martín León
    junio 30, 2013

    Crítica | Wish You Were Here

    por José Martín León | junio 30, 2013

    LORE, DE CATE SHORTLAND | TRÁILER

    por Emilio M. Luna | julio 25, 2012
    A ESPERA DEL JEFE BRODY

    "Tenso y claustrofóbico thriller acuático que cuenta con todos los estereotipos del género pero que traslada de manera fidedigna uno de los terrores marinos por excelencia."

    Dibujado cómo una bestia insaciable por Peter Benchley y Steven Spielberg, el tiburón ha sido uno de los recurrentes temas del cine de suspense de las últimas décadas. Animal elegante y misterioso cuya fama nunca ha correspondido a la realidad. Pez de origen prehistórico y de mágica evolución que es parte indispensable en el ecosistema marino actual. De las 368 especies que habitan los diferentes océanos y mares (y algunos ríos) del mundo solo una minoría ha tenido encuentros fatales con el ser humano. Las especies más conocidas son el tiburón tigre, toro (que asciende por ríos de gran caudal), martillo, oceánico y el más conocido y temido, el gran tiburón blanco. En mayor o menor afluencia estas especies son todos los años protagonistas en zonas de aguas templadas y también en la gran pantalla donde siempre han sido retratados cómo seres humanizados con actitudes que sólo las personas poseen.

    El cine ha sido cruel con un animal que cada año se acerca más a la extinción. El tiburón es el reflejo de este cambio climático-social que provoca un desequilibrio imparable en la naturaleza. Sin embargo, en la mayoría de obras literarias y cinematográficas el tiburón sólo es una simple amenaza para el bañista o buceador en costas tropicales. Después de la magnífica Tiburón (Jaws, Steven Spielberg, 1975) que revolucionó el género, pocas producciones con este majestuoso animal de protagonista han guardado la calidad suficiente. Tan sólo la secuela del propio filme de Spielberg, Tiburón II (Jaws 2, Jeannot Szwarc, 1978) es una más que decente cinta de suspense. El resto, películas de escaso presupuesto o creaciones de Serie B que agotaron a un protagonista y un género (el de criaturas y bestias) que solo tenía cabida en el mercado doméstico.

    Es innegable la capacidad de atracción de este voraz pez cuyos esporádicos episodios anuales tienen un enorme celeridad mediática. Los sucesos acaecidos en Nueva Jersey y Matawan Creek en 1916 que sirvieron de inspiración a Peter Benchley y los hechos descritos por Robert Shaw (el capitán Quint) en Tiburón (1975) -que narraban el hundimiento del USS Indianápolis y donde perecieron más de cuatrocientos soldados devorados por diferentes especímenes-; son parte viva de la historia de la humanidad y que han sido impresos en celuloide con mayor o menor fantasía. Un miedo del ser humano al encontrar a una criatura que no sometemos en un medio hostil y misterioso: el océano. Recientemente tras las inundaciones en Queensland (Australia) se divisaron varios tiburones toro (o sarda) en calles de las ciudades afectadas. Un respeto que se convierte en miedo, un miedo que conlleva a la admiración cómo demostraba el personaje de Matt Hooper (Richard Dreyfuss) en Tiburón. Una enigmática silueta que levanta expectación allá por donde pasa y que es clave en el equilibrio marino.

    De Australia, precisamente, llega The Reef (Andrew Traucki, 2010), filme presentado en el festival de Sitges 2010 y que narra un hecho real que sucedió cerca de Isla Tortuga (Queensland). Con el tópico argumento de un grupo de amigos cuyo bote encalla en arrecifes se arma esta pequeña producción. Los náufragos deberán decidir si esperan ayuda o emprenden un viaje imposible a nado buscando la salvación en forma de islote. El patrón del bote ya avisaba, en un escueto diálogo, de la peligrosidad de las aguas de la zona. Ésta se hará patente durante el resto del metraje con un gran tiburón blanco acechando a estas potenciales víctimas. The Reef no esconde en ningún momento su falta de pretensiones. La acción se desarrolla de forma unidireccional durante gran parte de la trama. Su éxito o fracaso depende de la extrapolación de la tensión de los protagonistas al espectador. Algo que ya ofreció ese éxito viral llamado Open Water (Chris Kentis, 2003) pero de manera más realista y agresiva.

    La primera aparición del escualo (un Carcharodon Carcharias de cinco metros) es el momento culmen que acelera la angustia. Mostrado con tino por su director, la aparición de un pez (real) de ese tamaño, tras desvanecerse las burbujas y el acomodo del enfoque visual marino marca de manera positiva el visionado de The Reef. Todo, revelado con detalles y eficiente autenticidad. Los movimientos de ataque, las teorías territoriales y la situación límite de los protagonistas están representadas fidedignamente. Ese es el gran y único mérito de The Reef. Su interés dependerá del nivel de adicción que produzca la situación. Poco importa la manida dirección de Traucki o los rostros atemorizados de intérpretes amateurs. Todo se basa en la credulidad del espectador y el inherente nivel de selacofobia.

    Con ligeros asuetos tanto para los protagonistas como el público, la tensión de The Reef es palpable en su inicio. Cada inmersión es un drama hasta que con el paso de los minutos acaba pareciendo repetitivo y el suspense se adormece. En ese momento, sólo esperamos conocer el desenlace de la trama. Un filme atractivo y llevadero, muy cercano a la serie B pero que ofrece un retrato verídico, sin héroes, ni estridencias. Puro realismo, pura modestia. Pese a la negativa visión del señor de los mares, The Reef le devuelve la identidad que el cine se ha encargado de artificializar estas últimas décadas con un más que digno producto de terror fóbico.

    Lo Mejor: La tensa primera aparición del escualo.

    Lo Peor: Reúne todos los tópicos posibles.

    Puntuación: 6/10 CINE OCEANÍA/SERIE B.
    por Emilio M. Luna
    abril 13, 2011

    THE REEF (ANDREW TRAUCKI, 2010)

    por Emilio M. Luna | abril 13, 2011
    LA MADRINA

    "Sorprendente drama criminal que justifica toda la fama que le precede y que constata el talento cinematográfico existente más allá del hemisferio sur."

    El cine de Oceanía, habitualmente exportador, siempre había estado considerado en un segundo o tercer escalón en la cinematografía anglosajona. Realizadores e intérpretes del continente insular adquirieron notoriedad a partir de los años setenta y en la actualidad están consolidados en la industria americana y europea. Sus producciones, en cambio, han tenido una progresión más lenta en cuanto a promoción externa. Peter Weir fue uno de los primeros representantes que abrieron los ojos al espectador y demostraron que el sexto continente tenía una industria en alza. Directores como el neozelandés Peter Jackson o el americano Sam Raimi, descubrieron la geografía de Nueva Zelanda como fondo para el séptimo arte. Y numerosas modestas producciones comenzaron ser habituales en festivales de todo el planeta. La australiana Two Hands de Gregor Jordan, las neozelandesas Out of the Blue (crítica) y Whale Rider como referencias más recientes, traspasaron fronteras y nos descubrieron grandes talentos.

    Con un estilo muy particular tanto en sus series televisivas como largometrajes, la salud de la cinematografía de Oceanía es excelente y prueba de ello es uno de sus últimas creaciones. Animal Kingdom fue una de las triunfadoras del Festival de Sundance a comienzos de año. Allí no sólo obtuvo el premio del jurado también distribución americana. Durante todo el curso ha sonado como posible outsider en la inminente campaña de premios. Todo un éxito para una cinta modesta pero con grandes virtudes. En su ópera prima, David Michod (también guionista de Hesher de Spencer Susser) escribe y dirige la historia del declive de una familia de atracadores. Un thriller dramático cuya sórdida atmósfera y excelentes interpretaciones te atrapa sin soltarte hasta el final de la proyección.

    Animal Kingdom tiene como eje a un adolescente que tras perder a su madre se traslada con su tía. Allí en su hogar conviven criminales de muy diferentes personalidades. Su tía (Janine Cody), interpretada magistralmente por Jacki Weaver, es el personaje clave. Su evolución en el film es la sorpresa que tiene Michod en su chistera. Pero no es la única. Andrew “Pope” Cody (Ben Mendelsohn) es un villano que asusta, atemoriza y estremece desde su puesta en escena. En Animal Kingdom, los protagonistas no tienen salida ni esperanza, conviven en un mundo turbio y sucio, donde resulta incómodo respirar. La atmósfera es irritante y absorbente, al meternos en la piel del joven protagonista nos adentramos en lo más oscuro del ser humano, donde la traición, la corrupción y la venganza van de la misma mano.
    Entre tanta psicopatía, destaca la presencia de Guy Pearce cómo el investigador policial del caso. Su presencia, da pausa a la trama y algo de humanidad entre monstruos. Su personaje es un simple cortafuego en un conflicto, donde todos pertenecen a un mismo bando. Animal Kingdom es una obra de personajes-interpretaciones. Michod crea unas personalidades perfiladas y matizadas siendo la razón principal de su perfecto funcionamiento. Animal Kingdom bebe del género, con influencias de, la ya nombrada, Two Hands, Atrapado por su Pasado de Brian de Palma y El Padrino de Francis Ford Coppola. Con todo ello, Michod crea una cinta original, bien narrada y muy adictiva. Una de las gratas sorpresas de este año, que podía tener su recompensa en los Óscar, en especial, la veterana actriz Jacki Weaver con un personaje increíble. Una muesca más de que el cine australiano se encuentra en la primera división de la industria cinematográfica mundial.

    Lo Mejor: Grandes interpretaciones, en especial de Jacki Weaver.

    Lo Peor: La probable escasa repercusión. La breve presencia del notable actor Joel Edgerton.

    Puntuación: 8/10
    por Emilio M. Luna
    octubre 31, 2010

    ANIMAL KINGDOM

    por Emilio M. Luna | octubre 31, 2010
    Cada año la cinematografía australiana sorprende con cintas interesantes de gran calidad. Este curso parece que será el turno de Animal Kingdom. Película que destacó entre la crítica en la última edición de Sundance y que obtuvo el premio del jurado en la categoría de World Cinema. Dirigida por David Michod, Animal Kingdom es un film policiaco, ambientado en los suburbios de Melbourne. Narra la historia de un joven salvado por un policía, de una familia de mafiosos. Todo con la típica estética de la cinematografía oceánica y con elenco donde destaca el pequeño papel de Guy Pearce en un reparto completado por Joel Edgerton (Ned Kelly y El Rey Arturo); Ben Mendelsohn, Luke Ford y Jackie Weaver.

    Con un guión creado por el propio Michod, Animal Kingdom, es una baza que seguramente, no tendrá un gran recorrido comercial, pero que será candidata a engrosar la calidad de festivales europeos y obtendrá premios menores en la cercana campaña de premios. Aclamado cómo uno de los mejores filmes australianos de la década, se estrenará el 13 de Agosto en Estados Unidos. No tiene fecha de estreno en España, y salvo que obtuviera una gran repercusión mediática en forma de galardones, probablemente tendremos que esperar hasta el año que viene. Mientras esperamos noticias, el trailer definitivo de una de las muestras del ingente cine oceánico, Animal Kingdom.

    por Emilio M. Luna
    julio 05, 2010

    EXPRESS: TRAILER DE ANIMAL KINGDOM

    por Emilio M. Luna | julio 05, 2010
    Aún resuena el abandono del Guillermo del Toro del proyecto de El Hobbit. Un duro golpe que unido a los problemas de MGM han hecho tambalear una producción que sigue adelante, aunque con muchas dudas. Se han barajado nuevos capitanes de este barco a la deriva, como Peter Yates o Neil Blomkamp (District 9), finalmente el propio productor y guionista del film, Peter Jackson se hará cargo de las aventuras de Bilbo Bolsón fuera de la Comarca. Con los diseños, el guión y los escenarios creados, queda la parte importante de la preproducción de un rodaje que debería haber empezado este verano y que se ha pospuesto para final de año. Ojalá se lleve a buen puerto la adaptación de la magnífica novela de J. R. R. Tolkien. Tras la estupenda versión de Peter Jackson de El Señor de los Anillos, las expectativas son muy altas y El Hobbit, debería ser uno de los grandes hitos cinematográficos como lo fue la trilogía del Anillo.

    Hace un año, se estreno con un gran éxito de público, La Caza de Gollum (The Hunt for Gollum, 2009). Un cortometraje de treinta y ocho minutos, situado argumentalmente entre los sucesos de El Hobbit y La Comunidad del Anillo. La Caza de Gollum narra la búsqueda de Aragorn (Trancos) de la criatura Gollum, alentado por Gandalf, El Gris. Gollum sabe quien es el portador del anillo, lo que podría desembocar que las fuerzas del mal dieran caza y muerte al portador y recuperar el anillo de poder. Chris Bouchard es el creador y director de esta magnífica pieza, dotada de una magnífica ambientación y bastantes medios. Con intérpretes amateurs; con una trabajada banda sonora (basada en la composición de Howard Shore); escenas de paisajes de las cintas de Jackson; con buenos efectos especiales y escenas de acción, logra una obra de gran calidad. Un Fan-Film, que además, conserva la apariencia y el estilo de enfoque de las películas de Peter Jackson. Un homenaje en toda regla al director neozelandés con un estupendo y entretenido cortometraje. Denle una oportunidad, merece la pena.

    Para más información, tiene una web bastante completa: The Hunt For Gollum.

    por Emilio M. Luna
    junio 26, 2010

    COURT-MÉTRAGE: THE HUNT FOR GOLLUM

    por Emilio M. Luna | junio 26, 2010
    Out of the blue poster, AramoanaTRAS EL ÍNDICO

    "Excelente narración y recreación de una tragedia, a modo de documental, que estremece por su realismo y crudeza."

    El cine de Oceanía, va ocupando año tras años un lugar importante en el mundo del cine. Por sus cineastas, actores, paisajes y por una industria en alza que nos deja títulos excelentes con un sello muy característico. La australiana Two Hands (1999), nos descubrió a Heath Ledger y Rose Byrne; La neozelandesa Criaturas Celestiales (1994) a Kate Winslet y a su autor Peter Jackson; otros filmes como La Propuesta, Candy o el Precio de la Leche, son excelentes muescas del cine de autor oceánico que llegan en cuentagotas a Europa. Pequeños presupuestos e ideas muy bien llevadas a puerto. No sólo de cocodrilo Dundee y del cine del gran Peter Weir vive la cinematografía este continente tan enigmático. De Nueva Zelanda nos llegó en 2006, Out of the Blue, frase hecha que significa “De la nada”; con un reparto casi amateur, donde destaca la figura del actor neozelandés Karl Urban (El Señor de los Anillos, El Mito de Bourne, Star Trek).

    Urban, un actor en alza, con cada vez más proyectos e importancia en el cine americano, interpreta a un noble policía, en uno de los episodios más negativos de la historia de su país. En Aramoana, una pequeña aldea costera, en 1990 se produzco una masacre a cargo de un hombre desesperado y perturbado. Catorce muertos y varios heridos, en una matanza que conmocionó al mundo. Out of the Blue, recrea de manera fiel, ese episodio, en tono de documental, sin apenas banda sonora y ningún tipo de artificio. Cámara en mano, la situación de caos, de aturdimiento es increíble, todo mostrado de manera modesta, lo más parecido a la situación real. Out of the Blue, dirigida por Robert Sarkies, estuvo rodeada por la controversia al revivir ese capítulo tan traumático. El resultado es un homenaje a las victimas, con un film sencillo pero profundo.

    Una película sin protagonistas, cercana a lo experimental, contada con mucho tino y tacto, en otra muestra de que el cine es algo universal, y la calidad no va unida a su lugar de origen.

    Lo Mejor: El tratamiento dado a la historia.

    Lo Peor: Qué este cine tenga tan poco recorrido comercial.

    Puntuación: 7,5/10
    por Emilio M. Luna
    abril 02, 2010

    OUT OF THE BLUE (ROBERT SARKIES, 2006)

    por Emilio M. Luna | abril 02, 2010
    Daybreakers PosterAMANECER REDENTOR

    "Entretenido film futurista, que da otra vuelta más al mito del vampiro, con una atractiva estética pero un pobre guión que lo acercan a la serie B."

    Desde la leyenda de Vlad el Empalador pasando por la novela de Bram Stoker, hasta los sucedáneos actuales sobre las criaturas de la noche, el mito del vampiro es ya un género propio dentro del séptimo arte. Probablemente F. Murnau, nos represento la figura del chupasangre de la manera más tenebrosa en Nosferatu (rodaje legendario que fue adaptado al cine en La Sombra del Vampiro). Christopher Lee, convirtió en un clásico del terror de los setenta al cruel y sanguinario Drácula. La adaptación de la novela de Bram Stoker, nos mostró el lado más romántico y bello de una historia inmortal; siguió esa estela Neil Jordan con Entrevista con el Vampiro; y se convirtió en una raza más de este mundo global en la trilogía Underworld, en la interesante 30 Días de Oscuridad, las televisivas Buffy o True Blood o en la flojísima adaptación de Crepúsculo.

    Eterna y transmitida de generación en generación, es una fábula que se adapta a modas y tendencias, y que en pleno siglo XXI vive su momento más álgido, cinematográficamente hablando. Mucho ayuda, el fenómeno adolescente de Twilight, que ha ocasionado que las productoras se vuelquen con este enigmático personaje, por lo que cada mes tenemos una cita ineludible con la luz y la sombra. Más modesta que otras producciones de este nuevo género, es la australiana DayBreakers de los hermanos Spierig. Que dibujan una alegoría de los tiempos actuales en una época futurista no muy lejana de la nuestra (2017). La ambientación y el diseño de ese mundo, es sin duda, lo más atractivo de film. Una estética que cruza Equilibrium (Kurt Wimmer, 2002) con Underwold (Len Wiseman) de manera acertada y nos retrata un mundo donde la raza dominante es la vampira, y el ser humano es una especie en extinción.

    Con un solvente reparto, encabezado por Ethan Hawke, Daybreakers, es una cinta de consumo rápido, eficiente y entretenida. Con un buen arranque que se va disolviendo lentamente, gracias a un guión tópico y previsible. Llega un momento, donde la historia no da más de sí, y se abalanza a un rápido y mediocre final. Un subproducto de ciencia-ficción que funciona como entretenimiento pasajero para amantes del género.

    Lo Mejor: La estética, la ambientación en la metrópolis y de sus cloacas.

    Lo Peor: Narración trompicada y previsible.

    Puntuación: 5/10
    por Emilio M. Luna
    marzo 14, 2010

    DAYBREAKERS (MICHAEL & PETER SPIERIG, 2009)

    por Emilio M. Luna | marzo 14, 2010
    Blue Heron
    PUBLICIDAD

    Estrenos

    Mostra de Valencia
    PUBLICIDAD

    Circuito

    Diputación
    PUBLICIDAD

    Plataformas

    Suscripción