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    Jennifer Kent
    Jennifer Kent

    El último vuelo del ruiseñor

    Crítica ★★★★☆ de «The Nightingale», de Jennifer Kent.

    Australia, 2018. Título original: The Nightingale. Director: Jennifer Kent. Guion: Jennifer Kent. Guion: Jennifer Kent. Productores: Kristina Ceyton, Steve Hutensky, Jennifer Kent, Bruna Papandrea. Productoras: Coproducción Australia-Canadá-Estados Unidos; Causeway Films / Bron Studios / Creative Wealth Media Finance / Made Up Stories / Filmnation Entertainment. Fotografía: Radoslaw Ladczuk. Música: Jed Kurzel. Montaje: Simon Njoo. Reparto: Aisling Franciosi, Sam Caflin, Baykali Ganambarr, Damon Herriman, Harry Greenwood, Ewen Leslie, Charlie Shotwell.

    Han pasado cinco años desde que la realizadora australiana Jennifer Kent diera el campanazo con una modesta producción que arrancó entusiastas críticas en todo festival por el que tuvo ocasión de pasar, incluidos Sundance y ese Sitges del que arrancó los premios del Jurado y actriz para una extraordinaria Essie Davis. En efecto, Babadook (2014) fue un soplo de aire fresco que, no obstante, no todo el gran público supo apreciar. Una delicatessen que, utilizando las formas del cine de terror basado en leyendas urbanas, aquel al que pertenecerían títulos como Pesadilla en Elm Street (Wes Craven, 1984) o Jeepers Creepers (Victor Salva, 2001), en realidad escondía un duro drama psicológico protagonizado por dos personajes, una madre y un hijo, emocionalmente desestabilizados. La directora tuvo la valentía de escribir un guion en el que la protagonista escapaba de lo que podría considerarse políticamente correcto, ya que era una mujer superada por sus circunstancias, viuda, depresiva y con una problemática relación con un hijo de seis años al que, más que profesar un amor incondicional, casi sentía como una carga imposible de soportar. La irrupción en su vida de un diabólico ser proveniente de las páginas de un enigmático libro servía de detonante para conseguir acercarse a su hijo y que juntos pudieran hacer frente a aquella amenaza sobrenatural que se cernía sobre su hogar. Después de aquella magnífica ópera prima, considerada instantáneamente como una de las grandes obras del género en la última década, Kent se ha tomado su tiempo para volver a la gran pantalla y lo hace con un trabajo que se aleja completamente, tanto en género como en forma, del éxito que puso su nombre en el disparadero de la fama: The Nightingale (2018). Nadie podría vaticinar que Kent se atrevería a afrontar un western ambientado a principios del siglo XIX, un período tan oscuro de la historia de Australia como fue la denominada Guerra Negra, con los colonos británicos diezmando sistemáticamente las vidas de las tribus indígenas de Tasmania. Un sangriento genocidio que, sin ser el tema principal de la película, sirve como telón de fondo para retratar la peor cara del ser humano.

    Si Babadook ya fue una obra relativamente incómoda, por la fuerte carga de desesperanza que invadía a sus criaturas, con The Nightingale realiza la cineasta un salto mortal sin red, dejando constancia de que las concesiones de cara a la galería no son algo que casen con su modo de abordar las historias. Desde los primeros minutos de proyección, el espectador asiste, horrorizado, a la durísima realidad que le ha tocado vivir a su protagonista femenina (de nuevo, la mujer siendo retratada por Kent como un ser capaz de sacar fuerzas de flaqueza para sobrellevar los golpes más duros del destino), Claire, una joven de 21 años, de nacionalidad irlandesa, que creció en la más absoluta pobreza, sobreviviendo a base de pequeños hurtos hasta que acabó siendo capturada y condenada a cumplir siete años de prisión. El encargado de custodiarla y, llegado el momento, otorgar a la chica esa libertad que ya se debería haber ganado, es un despiadado oficial británico que no duda en abusar de su poder para someter a Claire a las mayores vejaciones, incluidas reiteradas violaciones. La relación que este militar, el teniente Hawkins, mantiene con su prisionera, oscila claramente entre el deseo que el hombre siente hacia la joven, a la que oye ensimismado entonar, con su melodiosa voz, preciosas canciones irlandesas en las tabernas (de ahí el ruiseñor al que hace mención el título original de la película) y el desprecio que le profesa por considerarla un ser de segunda categoría, tanto por su condición de mujer, como por su nacionalidad y orígenes humildes, algo que remite a aquellas tensas escenas que mantenían el nazi encarnado por Ralph Fiennes y la judía Helen Hirsch, víctima de un sometimiento similar al de Claire, en La lista de Schindler (Steven Spielberg, 1993). El único remanso de paz en la vida de la sufrida protagonista lo encuentra en la pequeña familia que ha formado junto a su marido, un pobre colono libre, y su bebé, con los que planea alejarse para siempre una vez conseguida la ansiada carta de libertad. Pero la maldad de Hawkins no conoce límites y socava las esperanzas de un futuro feliz de la muchacha cuando, junto a sus hombres, acaba las vidas de los seres a los que ella ama, dejándola moribunda tras una última violación múltiple. Tanto horror y dolor mostrados de manera explícita en los primeros compases del filme (repetidos después en terribles momentos como el de la mujer aborigen siendo salvajemente atacada por los soldados) hacen que este sea de complicada digestión para espíritus fácilmente impresionables.

    por José Martín León
    diciembre 08, 2019

    Crítica | The Nightingale

    por José Martín León | diciembre 08, 2019

    Donde viven los monstruos

    crítica a The Babadook (2014), dirigida por Jennifer Kent. | ★★★★ |

    Viene siendo una tónica habitual que algunas de las más gratificantes sorpresas del último cine de terror nos lleguen desde Australia. Títulos como Triangle (Christopher Smith, 2009) –inexplicablemente, aún inédita en España– o Wolf Creek (Greg McLean, 2005) han demostrado que hay vida inteligente fuera de las fronteras de Hollywood. La última alegría surgida de las antípodas es The Babadook (2014), debut en la dirección de largometrajes de la actriz Jennifer Kent, que desarrolla (y mejora) la idea que dio lugar a su aclamado corto Monster (2005). La cinta, que viene precedida de inmejorables comentarios en su paso por festivales como los de Sundance y Sitges –donde se hizo con el Premio del Jurado y el de Mejor actriz–, no es otra cosa que una nueva vuelta de tuerca al recurrente mito de El hombre del saco, una de las más famosas leyendas urbanas que tanto han servido para infundir temor a los niños que se portan mal a lo largo de los tiempos. ¿Dónde radica el éxito de esta propuesta que tanto revuelo ha causado allá donde ha podido ser vista? Seguramente, habría que buscarlo en la sencillez con que fundamenta su efectividad en unos miedos que resultan perfectamente reconocibles para cualquier espectador. ¿Quién no teme a las pesadillas? ¿Quién no se ha inquietado alguna vez por una misteriosa sombra que emerge de un rincón? ¿No te has sobresaltado nunca por un sonido sospechoso proveniente de detrás de una puerta? The Babadook esquiva inteligentemente los sustos previsibles y fríamente calculados de cualquier producto expresamente diseñado para llenar las salas de cine, optando por entregar una experiencia mucho más dramática, con unos personajes multidimensionales y complejos y una manera de entender el miedo bastante más psicológica que explícita.

    La primera mitad del filme, de hecho, se revela como un acertadísimo retrato familiar (reducido a su más mínima expresión) en donde sus miembros son seres atormentados, azotados por una tragedia difícil de superar y que les ha creado serios trastornos de personalidad. Así, tras la muerte de su marido en un accidente cuando la llevaba al hospital a dar a luz, Amelia debe lidiar sin la ayuda de nadie con Samuel, su problemático y fantasioso hijo de seis años. La relación madre-hijo no es precisamente idílica, ya que la mujer se encuentra en un estado depresivo, superada por la situación de tener que cargar con un niño al que no soportan ni profesores ni familiares. Hastiada de su vida, Amelia únicamente encuentra un pequeño remanso de paz como trabajadora en un centro de ancianos, donde desconecta de un hijo que le exige demasiada atención. Dicho de otra manera: no estamos ante la madre abnegada y sobreprotectora que nos han pintado en títulos similares como Los otros (Alejandro Amenábar, 2001) o El orfanato (Juan Antonio Bayona, 2007), pese a que la descomunal interpretación de Essie Davis –todo un descubrimiento a celebrar– tenga evidentes paralelismos con aquellas encarnaciones de Nicole Kidman y Belén Rueda, a un paso de la locura. Noah Wiseman, con un aplomo impropio de un niño de tan corta edad, le da a Davis una réplica absolutamente electrizante en su papel de Samuel, logrando que el espectador perciba con contundencia los elementos tan serios (y alejados del cine fantástico) que la historia abarca. El sentimiento de culpa, la dificultad para superar la pérdida de un ser querido, la soledad o la marginación infantil, son temas que Kent maneja con tacto y mano firme en su ópera prima, sin trivializarlos en ningún momento.

    por José Martín León
    noviembre 09, 2014

    Crítica | The Babadook

    por José Martín León | noviembre 09, 2014

    Terror aussie

    Crónica de la segunda jornada de la 47ª edición del Festival de Sitges

    De las seis películas vistas en nuestros primeros pasos por este Sitges 2014, sólo una permanece martilleando nuestra cabeza. Probablemente, el hipnótico y sensorial tratado sobre el cuerpo que Jonathan Glazer firma en Under the Skin [doble crítica], nos acompañará mucho más allá de las fechas de este festival. Hoy reducimos la lista y nos centramos en tan solo tres películas. Un neowestern distópico que habla de la imposibilidad de un regreso a lo clásico; una vuelta a la época más oscura de España a partir de un relato de represión y enclaustramiento; y un maravilloso cuento que se sirve del terror para recomponer las piezas de un núcleo familiar fragmentado por la tragedia. Y ojo porque ya podemos decir que The Badabook será, con toda probabilidad, una de las mejores propuestas que abran pasado por esta nueva edición del Festival de Sitges. La noruega In Order of Dissapearance, de Hans Petter Moland, hubiese sido la cuarta cinta del día si dominásemos el noruego de carrerilla. Son las consecuencias (terribles, por otra parte) de apurar demasiado la hora de llegada a una sala masificada. Por suerte, nuestro compañeros Alberto Sáez y Gonzalo Hernández ya nos hablaron de ella en su crítica y paso por la Berlinale, respectivamente. Con el poso latente del cine de Glazer y las curvas de Johansson, terror wallabee que deja huella. Estas son las señas de identidad del segundo día de un festival que sigue amaneciendo.

    por Anónimo
    octubre 05, 2014

    Sitges 2014 | Día 2. Críticas: 'Musarañas', 'The Babadook', 'Young Ones'

    por Anónimo | octubre 05, 2014

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