Disyuntiva, ciencia y actualidad
Crítica ★★★★☆ de «City Hall», de Frederick Wiseman.
EE.UU., 2020. Dirección: Frederick Wiseman. Guion: Frederick Wiseman. Producción: Zipporah Films (Frederick Wiseman, Karen Konicek). Montaje: Frederick Wiseman. Fotografía: John Davey. Sonido: Frederick Wiseman. Duración: 275 minutos.
Hoy, 43 títulos después de su debut en 1967, hay más que nunca algo placentero en enumerar las películas de Frederick Wiseman. Su filmografía, según el material que acompaña el estreno internacional de su última cinta, comprende 54 años y más de un centenar de horas de metraje, enteramente dedicado al funcionamiento de las instituciones. De hecho, tal es la continuidad formal y temática de todas ellas que el mismo documentalista las considera una larguísima película por partes. Por ello, cada nueva entrega en su carrera supone la tentación de ser leída mediante un análisis de brocha gorda, derivada de la seguridad que proporciona
el todo wisemaniano. Con ello en mente, propongo estructurar este análisis desde una lente metódica, para desgranar en tres axis principales algunos de los aspectos más interesantes de su última cinta. Tres vertientes que he construido desde la adjetivación, que, a pesar de su relativa generalidad, obliga a rescatar nuevos matices en la puesta en escena de un eje temático compartido.
Para empezar, esta es la obra de un Wiseman
disyuntivo. Con respecto al resto de su cine, la película podría encuadrarse dentro del interés del director por las diferentes dinámicas de una comunidad, en una corriente que ha tenido como representantes más recientes a
In Jackson Heights o
Monrovia,
Indiana, por nombrar algunas. Son películas en las que la cámara abre las puertas a los distintos enclaves que conforman la vida en un lugar y un tiempo muy concretos. Estos son nodos localizables, geográfica y socialmente, que se complementan para vibrar juntos bajo el techo de la nomenclatura que les designa. En
Monrovia, Indiana, por ejemplo, tenemos los jubilados en el
dinner, los ganaderos en la feria, el pastor en la iglesia. Son cápsulas estancas, delimitadas por un lindar espacial al que se accede de forma colateral y concatenada (primero un sitio, luego otro, de forma horizontal); funcionan por conjunción. En
City Hall, esta autonomía contrastada es puesta en duda por la pura naturaleza de lo que se está retratando: un ayuntamiento es una organización con poder sobre la vida de todas las personas y grupos sociales sobre los que erige sus mandatos, y no puede sustraerse de las consecuencias que estos puedan tener sobre ningune de sus ciudadanes. Por ello, si Wiseman encuadra a un grupo de promotores inmobiliarios, luego contesta su realidad proyectiva y esperanzadora con la de un hombre a punto de ser desahuciado por el propietario de su casa, su propio hermano. El montaje, en este caso, viene movilizado por la necesidad de llegar al fondo de las relaciones entre las realidades, en jerarquía vertical e inecuánime, de la escala social que se deriva de las decisiones de despacho. Si la institución es un ente totalitario y transclasista, lo que deberá seguir un motivador discurso del alcalde sobre la mejora de las perspectivas laborales inclusivas será una secuencia con gente de color desocupada en la calle, sin trabajo.
«Lo que hagamos en Boston lo podemos hacer en el resto de EE.UU.», dice el alcalde Walsh hacia la mitad de la cinta. Estas declaraciones, claras reivindicaciones de la posibilidad de cambio local ante el desastre nacional de las elecciones de 2016, vienen del que será el mayor «protagonista» de la película. Digo protagonista, porque Martin Walsh será el sujeto que más tiempo ocupa en pantalla, vertebrando y representando a la institución de forma sorprendentemente individualizada y unívocamente benefactora. Esto es una novedad en el cine de Wiseman, siempre basado en una eminente construcción coral de los grupos humanos, que quizás se deba a una voluntad de erigir un líder definido en su cruzada contra Trump. Pagar con la misma moneda, pues, al fin y al cabo, la mejor arma mediática del actual presidente ha sido su propia persona. Y, sin embargo, el realizador parece en gran parte del metraje más preocupado en los procesos de comunicación entre individues que en los fines o la naturaleza de los elementos que participan en dicha comunicación. Por ello, las escenas funcionan como auténticos torrentes verborreicos, en los que parece que haya incluso menos mediación de la habitual en su particular cine de la transparencia. Las largas conversaciones se superponen, movidas por una mirada fascinada hacia las dinámicas y los derroteros que vienen por delante. Así, los tres monólogos de un grupo de veteranos funcionan como respuesta poliédrica de una concepción llana de la historia local (las pinturas de eventos históricos que cuelgan del museo) y, por ejemplo, el pleno final entre la comunidad de Dorchester empezará con grandes reflexiones generalizadas sobre la necesidad de la diversidad, pero fluctuará a partir de las respuestas del público (todes representantes de minorías) hasta acabar en un intercambio seco y resolutivo absolutamente alejado del optimismo inicial. Para observar esta progresión de forma rigurosa se necesita tiempo y, en este sentido, nos hallamos frente a un Wiseman bastante
científico, en uno de los filmes que recuerdo más duros de visionar de toda su carrera.