Introduce tu búsqueda

S8
FICX Imatge Permanent
  • Cine Alemán Siglo XXI
    Mostrando entradas con la etiqueta Zinebi 2023. Mostrar todas las entradas
    Zinebi 2023
    Zinebi 2023
    || Festivales
    Zinebi 2023
    Palmarés
    Cuadro de honor la 65ª edición


    Emilio M. Luna
    Cáceres |

    fechas
    | Del 10 al 17 de noviembre de 2023. |

    El largometraje polaco In the Rearview, una mirada cruda que recorre las carreteras de Ucrania en plena invasión rusa, ha conseguido el premio a la mejor película en la sección de óperas primas de la 65ª edición del Festival Internacional de Cine Documental y Cortometrajes de Bilbao. El film de Maciek Hamela ha sido elegido por el jurado compuesto por Diana Bustamante, Rocío Mesa y Birgit Kohler, que ha destacado la «fuerza de su enfoque minimalista (…) Explorando el horror desde una perspectiva humanista. Destacamos la sólida construcción del montaje, que crea un retrato poético y conmovedor de la guerra, libre de imágenes explotadoras, que invita a una profunda reflexión. A medida que los personajes y el cineasta se alejan de la guerra, el espectador viaja al corazón de la misma». El premio de Concurso Internacional ZIFF – ZINEBI First Film viene acompañado de una dotación de 12.000€.

    La propuesta singapurense Beyond The Other Shore, de Pek Jia Hao & Ang Jia Jun, ha conseguido el Gran Premio Zinebi al mejor cortometraje internacional. El jurado integrado por Florian Fernandez, Haruka Hama, Mariana Hristova, Estíbaliz Urresola Solaguren y Alberto Vázquez lo ha justificado de la siguiente manera: «A través de una cinematografía maravillosamente dominada, este cortometraje lleno de poesía nos lleva por el camino del duelo. Con mucha delicadeza, permite al espectador navegar entre el deambular físico y los sentimientos interiores del protagonista. Todo para afrontar nuestra propia percepción de la mortalidad, las creencias y el paso del tiempo». El Gran Premio Zinebi tiene una dotación de 7.000€ para sus ganadores.

    • Gran Premio Zinebi: Beyond The Other Shore, Pek Jia Hao & Ang Jia Jun, Singapur.
    • Gran Premio del Cine Español: El soldao, Alejandro Cabrera, España.
    • Gran Premio del Cine Vasco: Ximinoa, Itziar Leemans, España.
    • Premio Mikeldi al mejor cortometraje de ficción: It Turns Blue, Shadi Karamroudi, Irán.
    • Premio Mikeldi al mejor cortometraje de animación: La perra, Carla Melo, Francia.
    • Premio Mikeldi al mejor cortometraje documental: The Veiled City, Natalie Cubides-Brady, Reino Unido.
    • Selección cortometraje EFA: Valerija, de Sara Jurinčič, Croacia.
    • Premio a la mejor película de Concurso Internacional ZIFF – ZINEBI First Film: In the Rearview, Maciek Hamela, Polonia.
    • Premio del jurado joven Concurso Internacional ZIFF – ZINEBI First Film: Zarata, Tamara García Iglesias, España.
    • Premio del público: It Turns Blue, Shadi Karamroudi, Irán.
    • Premio al mejor cortometraje Bertoko Begiradak – Miradas desde Euskadi: Kusikozu, Aitor Irulegi Lopez, España.

    por Emilio M. Luna
    noviembre 20, 2023

    Zinebi 2023 | Palmarés: «In the Rearview», de Maciek Hamela, y «Beyond The Other Shore», de Pek Jia Hao & Ang Jia Jun, vencedoras

    por Emilio M. Luna | noviembre 20, 2023
    || Críticas | ZINEBI 2023 | ★★☆☆☆ |
    In the Rearview
    Maciek Hamela
    A rebufo


    Javier Acevedo Nieto
    Bilbao |

    ficha técnica:
    Polonia, Francia, Ucrania, 2023. Título original: «Skąd dokąd». Dirección: Maciek Hamela. Guion: Maciek Hamela. Productoras: Affinity Cine, Impakt Film, SaNoSi Productions, 435 Films, Polski Instytut Sztuki Filmowej. Fotografía: Yuriy Dunay, Piotr Grawender, Marcin Sierakowski, Wawrzyniec Skoczylas. Música: Antoni Lazarkiewicz. Duración: 85 minutos.

    ¿Qué es el cine de actualidad?, ¿puede y debe el cine estar supeditado a las veleidades del presente o, por el contrario, tiene que posicionarse desde una distancia prudencial para juzgar el presente a partir de una mirada extrañada? Nadie sabe si Maciek Hamela se hizo algunas de estas preguntas mientras rodaba In The Rearview. Sí se sabe que el documental, a partir de la grabación del testimonio de refugiados ucranianos, trata de aunar la figura política del director (se encarga de recoger y documentar el proceso de extracción de estos refugiados) con su dimensión artística (se preocupa por mantener un operador de cámara incluso en los momentos de mayor tensión).

    Puede afirmarse que ambas dimensiones deben convivir en creadores cuya obra trata de reflejar un determinado estado del mundo y, sin embargo, ¿dónde acaba el compromiso del artista y comienza la vanidad rayana con el miserabilismo? Esta es una pregunta de difícil respuesta puesto que los juicios de valor ético son mucho más difíciles de sostener retórica y argumentativamente que los juicios estéticos. No obstante, el interés de In The Rearview parece estribar mucho más en su pertinencia que en su intencionalidad. Entre los testimonios filmados de todos estos ucranianos hay momentos para la alegría y otros para la tristeza: son una crónica más de la historia de la autodestrucción de una especie. La búsqueda de un nuevo hogar, la necesidad de olvidar, el desarraigo de la memoria colectiva y el duelo tras el trauma se dan la mano en secuencias hilvanadas por pequeños insertos que muestran el reguero de catástrofes del conflicto.

    Todo esto vehicula una propuesta documental que, como en el cine de Jafar Panahi, busca no tanto apresar una realidad en unas coordinadas que tienden a maniatar y empequeñecer la escala del drama como reflejar de la manera más directa posible un conflicto. La diferencia estriba en el modo en el que Panahi y Hamela justifican su presencia en la película. Mientras el cine Panahi se muestra siempre autoconsciente y metarreflexivo a través de la codificación de la presencia del director como un narrador poco fiable y extraño que no duda en cuestionar su presencia, la película de Hamela invisibiliza esta figura supuestamente para centrarse en el proceso de victimización. En el proceso el espectador puede preguntarse qué diferencia hay entre In The Rearview y una crónica periodística, especialmente en tiempos de banalización de la carga simbólica de la imagen bélica. El principal problema de la película radica en su nula capacidad para vulnerar el punto de vista del testigo-espectador y en su cero interés por interrogarse sobre el rol del cineasta y la cámara en pleno conflicto. Documentar y registrar la realidad son procesos muy diferentes a filmar y mostrar esta realidad. Los primeros son procesos que requieren de una planificación y ética de trabajo y los segundos solo se deben a las exigencias de quien empela el cine para contar su historia y no la de quienes se agolpan en el coche huyendo del conflicto.

    Obviamente, estas apreciaciones éticas no tienen mayor sustento retórico que las observaciones de otro testigo-espectador, pero todo cuanto aparece en In The Rearview remite a documentales cuyas decisiones cinematográficas (la cámara fija en el coche, los insertos, el uso del montaje para privilegiar esas historias y no los silencios o anécdotas aparentemente más superficiales) siempre están al servicio del sensacionalismo del presente. La sensación es la de asistir a un film donde constantemente se despliega una actitud de sospecha: ¿por qué este testimonio y no otro?, ¿por qué redundar en las imágenes crudas de la imagen y no en su ideario simbólico?, ¿por qué el testimonio privilegiado en montaje de una niña se siente como un lugar común? Esta actitud no viene acompañada de un dispositivo que vulnere los procesos de recepción mediática pasiva del espectador, todo lo contrario, parece empeñada en nunca ir más allá de la frontera entre el cine ideológico y el cine político. Aquí no se habla de la política de la violencia, sino del relato de unas ideas que por nobles no son interesantes.

    ¿Qué es el cine de actualidad? Persiste la idea de que gran parte de la producción documental del presente solo se debe a sus buenas intenciones. In The Rearview hace que todo sea, otra vez más, una banalización de cualquier conflicto de cualquier lugar del mundo porque, al final, las imágenes bélicas han alcanzado el estatus de souvenirs de la tragedia. Perfectamente lindos en nuestras galerías de premios, festivales y telediarios; inocuos en su afán de visibilizar una cierta disidencia audiovisual contra la estandarización del régimen de visión sobre y ante la violencia. Un drama a rebufo de una realidad. ♦


    por Javier Acevedo Nieto
    noviembre 19, 2023

    Crítica | In the Rearview

    por Javier Acevedo Nieto | noviembre 19, 2023
    || Filmografías
    El cine de Frederick Wiseman
    La mirada como una de las bellas artes


    Aarón Rodríguez Serrano
    Bilbao |

    fechas
    | Del 10 al 17 de noviembre de 2023. |
    Artículo creado en colaboración con el Festival de Cine Documental y Cortometraje de Bilbao, Zinebi,
    que ha premiado a Frederick Wiseman con el Mikeldi de Honor por su aportación al documental en su 65ª edición.

    I. Del saber mirar

    Saber ver una película no es, empecemos por aquí, una cosa sencilla. Como ocurrió durante la segunda mitad del siglo pasado con la música, el gesto de consumir imágenes se ha ido imponiendo de manera continuada y casi automática: ascensores, pantallas móviles, pizarras con conexión a internet, sabe Dios.

    De ahí que ciertos directores y directoras ofrezcan al común de los mortales el serio problema del saber mirar, la extrañeza, el reto, la necesidad de modificar los tiempos y las expectativas, de apagar el teléfono móvil o de intentar recuperar un cierto asombro ante el mundo que no suele ser especialmente tenido en cuenta en la inmensa mayoría de películas que llegan a las carteleras. Podríamos comenzar, por tanto, invirtiendo las normas habituales de la crítica cinematográfica para preguntarle al anónimo espectador por qué desea iniciarse en el cine de Wiseman y ver exactamente qué tipo de camino podemos recorrer juntos a partir de ahí.

    Ciertamente, si lo que espera es manejar una referencia de la alta cultura con la que epatar a sus conocidos, es más que probable que se sienta desalentado ante la perspectiva de transitar unos cuarenta largometrajes que a menudo superan las tres horas y media de duración. Si tiene cierto interés en el documental contemporáneo se quedará probablemente extrañado ante la ausencia de huellas diarísticas, personalísimas, problemas familiares íntimos súbitamente aireados al juicio popular, literarias voces en off y, desde luego, sorprendentes puntos de giro que entretienen y salpimentan. Tampoco encontrará respuestas ideológicas unidireccionales que le otorguen o le quiten la razón, ni aleccionadoras pinceladas de datos históricos, ni didactismos para ir pasando la tarde. El cine de Wiseman se sienta frente a usted y deposita entre ambos algo tan complejo y tan fascinante como una reflexión sobre las posibilidades del cine para captar la vida misma.

    Y no, no hablaré de objetividad. Ni de imágenes puras o impuras, ni de transparencia o de intromisión del documentalista, ni siquiera de eso que venimos denominando «documental observacional» o «cine directo», tan extraordinariamente teorizado en la antología coordinada por Maria Luisa Ortega y Noemí García (1). Me limitaré a dar un paso antes del suyo y sugerir que el cine de Wiseman es toda una exploración sobre los límites del encuadre y del tiempo fílmico para decir lo que hay que decir, para captar un cierto sentimiento de un sujeto, para no quedarse atrapado en el propio gesto idiota de rodar una imagen sin más y después meterla a martillazos entre otras imágenes y llamar a eso «película». Hay que empezar antes incluso.

    ▼ Titicut Follies (1967), High School (1968)
    Ley y orden (1969), Juvenile Court (1974).

    por Aarón Rodríguez
    noviembre 19, 2023

    La mirada como una de las bellas artes: El cine de Frederick Wiseman

    por Aarón Rodríguez | noviembre 19, 2023
    || Festivales
    Zinebi 2023
    Cobertura 65ª edición
    Un lenguaje susurrado


    Javier Acevedo Nieto
    Bilbao |

    fechas
    | Del 10 al 17 de noviembre de 2023. |

    La pertinencia del cortometraje sigue siendo máxima en una época donde la capacidad de imaginación ha quedado sepultada por imaginarios sociales y políticos anémicos y la habilidad para fabular se ha consumido en narraciones que, lejos de interpelar al sentido de una comunidad, mueren ahogadas bajo el peso de intereses que poco o nada tienen que ver con la posibilidad de contarnos algo más. Zinebi ha dedicado sus secciones oficiales a dignificar la esencia del cortometraje y, en ese sentido, el despliegue de piezas sirve para consagrar una de las selecciones más inspiradas. Frente a festivales cuyas secciones de cortometraje lucen como simples prótesis en las elefantiásicas secciones principales, el certamen bilbaíno congrega cortos de cierto interés.

    A Woman Bleeds (Elena, Eva y Marina Pauné) ataca la toxicidad laboral y los ciclos vitales del trabajador a partir de una divertida mezcla de slasher y thriller conspiranoico de los 70. Por su parte, A Bird Called Memory (Leonardo Martinelli) fabula metanarrativamente a partir de la figura de una mujer que deambula por una ciudad cualquiera. Entre los claroscuros de Pedro Costa y el cine festivo de João Pedro Rodrigues, la pieza tiene tal sentido por sí misma que aleja la sospecha eterna de que todo cortometraje es un salto hacia el largometraje. Como críticos o personas que escriben sobre cine, siempre que deseamos influir en las acciones de otra persona de acuerdo con nuestros propios deseos, y no estamos dispuestos o no podemos recurrir a la coerción directa, presentamos lo que consideramos un razonamiento objetivamente sólido. Esto lo hacemos con la suposición tácita o explícita de que nuestro interlocutor no puede rechazar las premisas de nuestro argumento, ya que su validez radica en su relación con la realidad. Además, sostenemos, de manera explícita o implícita, que la realidad es universal y objetivamente válida, ya que es independiente de nuestras acciones. En este contexto, argumentamos que poseemos una comprensión privilegiada de la realidad, lo que a su vez otorga legitimidad objetiva a nuestros argumentos. En esencia, sostenemos que este acceso privilegiado a la realidad es lo que confiere racionalidad a nuestros razonamientos. Pues bien, este posicionamiento queda en cierto modo invalidado por el formato corto ya que requiere de posicionamientos críticos mucho más democráticos debido en parte al recorrido del cineasta y también al peculiar formato.

    Piezas como Composition of Existing Experiences (Joanna Szlembarska) o Between Light and Nowhere (Joana de Sousa) merodean discursos sobre el cuerpo en época de fluidas identidades para, a partir de procesos de violencia física y simbólica, reflejar que la crisis en torno a la representación del cuerpo puede ir mucho más allá de lo que ha hecho propuestas maniqueas como el cine de Ducournau. Asimismo, los intelectuales tienden a generar conceptos que, en su mayoría, tienen un alcance limitado debido a su falta de relevancia para la mayoría de las personas. Por otro lado, los conceptos utilizados en el cine gozan de un gran éxito y difusión. Esto ha llevado a un resurgimiento de la importancia de la imagen en la cultura contemporánea, a pesar de que históricamente fue desvalorizada desde la época de la Reforma y la supremacía de la razón. The Velled City (Natalie Cubides-Brady) y Strata Incognita (Romea Muryn, Francisco Lobo, Amaia Sáncehz-Velasco y Jorge Valiente) hibridan géneros teóricos como el documental y el ensayo para poner en crisis el valor referencial del material archivo. El primer trabajo lo hace a través de la crónica ficcional de la Gran Niebla de Londres de 1952 y el segundo a partir de la reivindicación medioambiental del suelo con una propuesta entre el anarquismo ecologista y el utopismo. En ambos casos, se pone de manifiesto la necesidad de construir un cine político cuyo discurso opere desde la forma (el montaje, la voz en off modulada y rota en sintaxis realmente estimulantes, la incursión de fragmentos de pura experimentación, etc.) y atente contra las estructuras de sentido anquilosadas por el estudio sobre la imagen.

    Naturalmente, el cine es un lenguaje. En lingüística, se habla de lenguaje de especialidad (o de lenguajes especializados) para hacer referencia al conjunto de subcódigos –parcialmente coincidentes con el subcódigo de la lengua común- caracterizados en virtud de unas peculiaridades «especiales», esto es, propias y específicas de cada uno de ellos, como puede ser la temática, el tipo de interlocutores, la situación comunicativa, la intención del hablante, el medio en que se produce un intercambio, etc. La lengua general comprende tanto las variedades marcadas como las no marcadas, es un conjunto de conjuntos, cuyo nexo es la lengua común. Cada uno de los subconjuntos puede ser una lengua especializada. Este sería el acercamiento más estrictamente lingüístico a estos lenguajes, pero no hay que olvidar el uso que el cineasta hace de ellos. De esta manera, un lenguaje de especialidad está determinado por los elementos que intervienen en cada acto de comunicación: interlocutores, circunstancias comunicativas y los propósitos del acto comunicativo. El soldao (Alejandro Cabrera), La mujer ilustrada (Isabel Herguera), Todo lo cubre la sal (Joana Moya) o Memories of an Empty House (Bruno Carnide) son muestras de lenguajes cinematográficos de especialidad. Estamos ante un cine de montaje del recuerdo familiar que, de manera más o menos original, narra las operaciones de manipulación impuestas por el cine como arte del tiempo para intervenir en la configuración misma de la memoria. El trabajo de Carnide es ejemplar en este aspecto a partir de una madeja de epístolas, así como Herguera y Moya emplean un cine casi militante para mostrar una etnografía filmada sobre mujeres indias tatuadoras o rederas en el País Vasco. Por su parte, Cabrera reflexiona sobre la nostalgia y el hogar familiar en coordenadas un tanto melifluas, pero representativa de una tendencia del cine español contemporáneo obsesionado por cuestionar la memoria familiar como un constructo que exige más reconciliaciones que mitificaciones.

    In a Nearby Field (Laida Lertxundi y Ren Ebel) y The Monkey (Itziar Leemans) ponen de manifiesto lo que teóricos del lenguaje como Hoffman definen como los límites entre lengua común y lengua general. Estos límites, marcados en ambos cortos a partir de la frontera trazada en microgestos entre espacios femeninos, espacios violentados y espacios domésticos, se construyen no en oposición a un lenguaje cinematográfico general o común, sino como formando parte de una lengua global, considerada como reserva de todos los medios lingüísticos y expresivos. Se trata de emplear todos los recursos lingüísticos adquiridos del cine social, feminista y autoral para pulir una fórmula que, ejemplificada en discursos que vayan más allá del sesgo de confirmación, sigue ofreciendo nuevas miradas situadas en la periferia de la distribución cinematográfica. El lenguaje del cine se presenta como un sublenguaje más y, al igual que los otros, extrae sus medios de la lengua global: esa urgente necesidad de expresarnos para imaginar. Esta consideración resta importancia a una delimitación exacta del lenguaje cinematográfico y propone dos ejes para caracterizar lo que todo cortometraje debería ser: un balance entre un eje vertical, interno, por el grado de abstracción, y un eje horizontal, por el tema. De esta manera, el corto se convierte en una lengua de especialidad capaz de abstraer la realidad a partir de sus coordenadas temáticas más relevantes con un grado de especificidad (y originalidad) que cierta idea de largometraje perdió hace un tiempo. ♦


    ▼ In a Nearby Field (Laida Lertxundi y Ren Ebel), Composition of Existing Experiences (Joanna Szlembarska).
    The Monkey (Itziar Leemans), El soldao (Alejandro Cabrera).

    por Javier Acevedo Nieto
    noviembre 19, 2023

    Zinebi 2023 | Un lenguaje susurrado

    por Javier Acevedo Nieto | noviembre 19, 2023
    || Festivales
    Zinebi 2023
    Cobertura 65ª edición
    Montar en corto


    Javier Acevedo Nieto
    Bilbao |

    fechas
    | Del 10 al 17 de noviembre de 2023. |

    «Hay que reivindicar la creatividad». Fue una de las frases escuchadas en el encuentro Mesa de Montaje, que congregó a las montadoras Julia Juániz, Carolina Martínez Urbina, Ana Pfaff, Ariadna Ribas y Diana Toucedo. Esta sentencia, reducida a soflama, podría parecer una entelequia. En boca de una de las montadoras con mayor experiencia del país, se convierte en un testimonio valioso. La legitimidad de la opinión es plena y, sin embargo, pese a los voceros del igualitarismo, convivir en una democracia no garantiza que todas las opiniones revistan el mismo valor.

    «Hay que reivindicar la creatividad», vociferada por el tono hipócrita del productor de turno, el político que adorna la estantería con Espasa o el gestor cultural que mide logros por los centímetros de tragaderas que poseen sus intestinos, es un enunciado fallido. La situación del cine en el país es la que es: muchos mediocres para un plato pequeño y mediocre. El encuentro entre estas montadoras desvela procesos de trabajo éticos a pesar del clima laboral implantado en la profesión y el sector. Apuntaban estas profesionales que ciertas reivindicaciones históricas —la revalorización de la figura del ayudante, la creación de salas de montaje en condiciones, el respeto de los plazos de postproducción o fechas de entrega flexibles y negociadas— no habían tomado una forma de protesta definitoria hasta que no comenzaron a conocerse. La falta de sindicación o de conexión es un mal endémico de un sector en el que los sindicatos parecen más preocupados en diagnosticar problemas que en atajarlos.

    Sindicalismo plañidero aparte, el encuentro arrojó una cierta hoja de ruta respecto al futuro de la profesión que, lejos del pesimismo habitual —incluso se vislumbró un futuro optimista con la inclusión de las IAs en los flujos de trabajo de la sala de montaje—, permitió adentrarse en los entresijos de una profesión cuya presencia en los planes de estudio de las escuelas de cine del país es tan testimonial como teórico. Muchas fueron las cuestiones abordadas, algunas de ellas con un cierto impacto en la recepción mediática del producto final. ¿Cómo influye el movimiento y el cuerpo del actor en el ritmo de una escena?, ¿hasta qué punto condiciona el premontaje efectuado en rodaje las labores posteriores?, ¿existe una forma monolítica de organizar el trabajo a partir de «imágenes-faro» (nombradas así por Diana Toucedo) o de un proceso de poda de todo lo innecesario? Todas estas cuestiones manan de una actitud por parte de estas profesionales mucho más cercana a un estudio sobre la forma y el hecho fílmico de lo que hace el propio sector crítico que monopoliza la enseñanza sobre cine en el país.

    Dentro de este encuentro sobre el montaje se abrieron otros interrogantes relevantes relacionados con la conexión entre la figura de la montadora con la de la directora y hasta qué punto muchas veces la creatividad no es tanto una cuestión de explorar nuevas formas de hablar de lo viejo, sino una negociación de egos. La creatividad es, en última instancia, un constructo atrapado por tantos condicionantes sociales, culturales, económicos y políticos que es muy difícil destilar una concepción pura e incólume de la misma. Trabajar con grandes conceptos de pragmática difusa puede conducir a una visión mesiánica de la cultura que la maniate hasta el punto de ser mero remedio homeopático para clases intelectualoides y burguesas ávidas de llenar su mente con las últimas novedades del Ikea cultural de turno.

    «El encuentro entre estas montadoras desvela procesos de trabajo éticos a pesar del clima laboral implantado en la profesión y el sector. Apuntaban estas profesionales que ciertas reivindicaciones históricas no habían tomado una forma de protesta definitoria hasta que no comenzaron a conocerse. La falta de sindicación o de conexión es un mal endémico de un sector en el que los sindicatos parecen más preocupados en diagnosticar problemas que en atajarlos».


    Estos grandes conceptos también pueden incluir el de diversidad funcional, de ahí la importancia de programas como El gesto reflejado: Ver, oír y percibir el cine, una selección de cortometrajes alrededor del lenguaje de signos que se complementa con algunas de las ideas mencionadas en el encuentro de montaje: la importancia del gesto del actor en el plano, la necesidad de entender el montaje como una operación de empatía con las distancias y ritmos internos del plano y la figura de la montadora en el proceso de aunar el registro visual y sonoro y darle una continuidad en plano y en tiempo. La experiencia estética ofrecida por el cine está fuera de toda duda en análisis escritos durante decenas de años, pero menos atención ha merecido la experiencia sensorial: cómo el silencio afecta al cuerpo, hasta qué punto el gesto fluido del cuerpo arrulla la mirada y la mueve por el encuadre limitado o la importancia de recuperar ideas como la caméra-stylo y entender que el cine, antes de artefacto artístico, es instrumento de comunicación, como apuntaba Astruc.

    De este modo, los cortos que integran la sección hacen suyas esas coordenadas. Mirar el silencio (Santiago Zermeño) desde el testimonio de personas signantes, Out of Water (Gracjana Piechula) a partir de la tragicómica historia de una hija de un padre sordo, Sorda (Nuria Muñoz-Ortín y Eva Libertad) mediante la cuestión de la maternidad, The Drop of Water (Carole Sionnet) vía reivindicación del lenguaje y The Sense of Touch (Jean-Charles Mbotti Malolo) con la animación más fluida y bocetada. El formato cortometraje da cierto sentido a la palabra creatividad puesto que permite aproximarse a la diversidad funcional mediante la renuncia del prestigio vacuo del esteticismo y el trabajo con el cine como instrumento de comunicación y orientación en la vida social: hay animación que recupera la magia de las viejas historias de amor que se narraban en silencios cómplices, comedia que valida el gag tonto para aliviar las penas y documental que rescata las imágenes y se las apropia para intensificar el drama de las pequeñas personas. Como afirmaba Gadamer, hay que valorar cómo una obra dialoga con su tiempo y mundo, pero también cómo interpela al presente de quien decide acercarse a ella. Interpretar una obra es un proceso horizontal, no vertical, y estos cortos muestran miradas que son capaces de no situarse por encima de la problemática que tratan ni de hacer una operación de recorte del mundo que se adapte a sus premisas dramáticas. La creatividad, al fin y al cabo, no surge de la necesidad de las personas que intentan practicarla, sino de la necesidad de la vida por expresarse. ♦


    Out of Water, The Sense of Touch.

    por Javier Acevedo Nieto
    noviembre 18, 2023

    Zinebi 2023 | Montar en corto

    por Javier Acevedo Nieto | noviembre 18, 2023
    || Críticas | ZINEBI 2023 | ★★★★☆ |
    A good place
    Katharina Huber
    Chucrut con misterio


    Javier Acevedo Nieto
    Bilbao |

    ficha técnica:
    Alemania, 2023. Título original: «Ein schöner Ort». Dirección: Katharina Huber. Guion: Katharina Huber. Productoras: Acker Film. Fotografía: Jesse Mazuch, Carmen Rivadeneira. Montaje: Avner Shiloah. Música: Federico Perotti, Chris Pitsiokos. Reparto: Clara Schwinning, Céline de Gennaro, Jannik Mioducki, Andreas Schneiders. Duración: 108 minutos.

    ¿Qué es la extrañeza? Para cierto cine europeo, siempre fue una búsqueda de mecanismos expresivos que deformaran la realidad hasta volverla completamente ajena a las coordenadas de lo familiar. Las vanguardias surgidas en el viejo continente se distanciaron más y más de la realidad y de lo figurativo para expresar irrealidades que, en el fondo, enunciaban antiguos miedos a partir de formas nuevas. Sin embargo, ¿qué pasaría si se enunciara una realidad extraña a partir de mecanismos expresivos muy conocidos? Este es uno de los muchos interrogantes de A Good Place, donde la cineasta y montadora Katharina Huber realiza una operación de ingeniería inversa tan divertida como simple: emplear los recursos que han gentrificado el cine de autor europeo para enunciar una realidad salida de las mejores novelas de Don DeLillo o Phillip Roth.

    Güte y Margarita ven los días morir con el poco entusiasmo de sobrevivir un día más en un pueblo alemán de montaña. Los cotilleos se suceden: el hijo del alcalde es un desgraciado, un pretendiente las ronda con actitud de acosador y una extraña enfermedad merodea a sus habitantes. Realidad al margen, las dos jóvenes se encuentran inmersas en plena inmolación de sus mejores días mientras el espectador se pregunta exactamente qué está pasando. Huber poda la trama con una motosierra de tantos dientes como mala leche para devolver toda una antitrama: se intercalan tramas, se rompe el orden de la narración y el viaje de algunos de sus personajes solo puede intuirse a través de las grabaciones de radio (en un perfecto inglés británico) y las indirectas lanzadas por la cámara. Si el cine europeo prácticamente había abrazado la asepsia expresiva con películas que aniquilaban la imaginación a partir de historias de traumas y neurosis, Huber se ríe de todo eso.

    A Good Place ironiza sobre el dispositivo cinematográfico para expresar una realidad nueva. Todas sus secuencias son solemnes cuadros vivientes enclaustrados por encuadres rígidos. Esta es seña de identidad del 90% del cine de «autor» estrenado en festivales. Como lo es también el minimalismo en la puesta en escena, el distanciamiento dramático de personajes que parecen vivir eternamente en un mal viaje y el uso mínimo de la banda sonora. Lo realmente relevante es que Huber dinamita este dispositivo a partir de situaciones extraordinarias y dosis de ironía. El filme es un trampantojo que esconde el retrato de una época y una comunidad soñada por los autores que reimaginaron el surrealismo y lo trasplantaron a la rutina de un portal de vecinos: es el territorio de los Pavese o DeLillo. En este sentido, lo más paradójico (y divertido) de A Good Place es que con esta operación de deconstrucción de estereotipos del cine europeo Huber muestra mayor compromiso con su tiempo y su arte que cualquier película de cine social.

    Es una película donde el absurdo y la desorientación se convierten en dimensiones estéticas que rompen con el subjetivismo de cierto cine autoral y con el realismo que ha encorsetado cualquier atisbo de cine de género. Huber incurre en el esteticismo de sus tomas largas y fijas como forma de lucha contra la uniformidad. También reflexiona sobre la capacidad del lenguaje cinematográfico para deformar la realidad a partir de coordenadas conocidas. Atenta contra las agendas moralistas del cine contemporáneo haciendo suya la máxima de Gautier: cuando una cosa bella es útil, deja de ser útil. El humor y la ironía anulan la utilidad discursiva de una película centrada en el divertimento y el juego con la incomprensión del espectador y su voluntad de no narrar nada concreto. Reivindica su propia narrativa a partir de una extrañeza conquistada a base de un profundo conocimiento de la realidad cinematográfica del presente.

    Por todo ello, A Good Place es una pequeña esperanza. La historia no revelada de Güte y Margarita es para Huber un divertimento que opera con la paciencia del espectador, la metadiscursividad de su dispositivo y las convenciones del cine autoral. Siempre podría dinamitar aún más sus propias reglas y estirar la lógica interna de su ironía para terminar de arriesgarse y, pese a ello, se trata de una película que triunfa en la pura significación del desconcierto, la incertidumbre y la sorpresa. ♦


    por Javier Acevedo Nieto
    noviembre 14, 2023

    Crítica | A good place

    por Javier Acevedo Nieto | noviembre 14, 2023
    || Críticas | ZINEBI 2023 | ★★★☆☆ |
    What doesn't float?
    Luca Balser
    El anonimato del peatón


    Javier Acevedo Nieto
    Bilbao |

    ficha técnica:
    Estados Unidos, 2023. Título original: «What doesn't float?». Dirección: Luca Balser. Guion: Shauna Fitzgerald. Producción: Gummy Films. Música: Aaron Michael Smith. Fotografía: Matt Clegg, Charlotte Dupré, Sean Price Williams, Hunter Zimny. Montaje: Luca Balser. Reparto: Pauline Chalamet, Larry Fessenden, Roger Howarth. Duración: 69 minutos.

    Nueva York ha sido el escenario de tantas historias que, en ocasiones, el espectador siente la ciudad como un espacio traspasable de la ficción a la realidad. Pocos espacios urbanos han conseguido definir su identidad a partir de la ficción y no al revés y, sin embargo, la ciudad de la Gran Manzana es un lugar de memoria mediática y mediatizada indisoluble de los productos audiovisuales que contribuyeron a cimentar una cierta identidad de esta. Por ese motivo, What Doesn't Float no viene a añadir nada nuevo a la construcción audiovisual de Nueva York y su director, Lucas Balser, lo tiene bastante claro. También tiene claro que la polifonía narrativa de su película (siete historias narradas alrededor del agua que rodea la ciudad) contribuye única y exclusivamente a redundar en las neurosis, manías y estereotipos de sus habitantes.

    Una treintañera en plena crisis de identidad deambula sus miedos entre las tiendas de comestibles mientras que un abuelo traspasa su saber a un nieto y una pobre desdichada sufre las consecuencias de enamorarse del hombre equivocado. Las historias de Balser apenas se tocan y su registro se sitúa en una tragicomedia mil veces vista y no por ello menos gratificante. El formato de la antología contribuyó al nacimiento de la novela moderna en el instante en el que algunos autores lo emplearon para introducir el antropocentrismo en la visión artística de la realidad. Se alcanzó así un equilibrio entre tradición clásica y modernidad que cristalizó en las primeras novelas (obras fundamentalmente cortas) y que va a impulsar un enfrentamiento permanente entre narraciones didácticas y narraciones estrictamente ficcionales. Lo interesante de What Doesn’t Float es que reconcilia lo didáctico y lo ficcional a partir de un equilibrio agradable entre lo humano, lo satírico y lo didáctico. Contrariamente a cierto cine culturalista del presente, más preocupado por juzgar a sus personajes y superponer la tesis didáctica al valor de su relato y sus imágenes, la película de Balser realiza una operación arriesgada: se conforma con ser lo que es. Así, ninguna de sus historias es verdaderamente memorable, pero todas unidas recuperan la ligereza del formato antológico y el diálogo como forma de expresión, con una naturalidad y sencillez en el lenguaje e imitación de los clásicos que permite la crítica de la realidad a través de la alegoría.

    La película no construye un imaginario audiovisual o narrativo que pueda situarla en la corriente de algunas de las adaptaciones de Paul Auster o en el cine Wayne Wang, ni tan siquiera busca adherirse al underground neoyorkino de Spike Lee cuyo costumbrismo nutrió de sentido sociológico a los habitantes de la ciudad. Pese a ello, y también pese a una dirección que redunda en un registro casi indie con su relación de aspecto amplia, sus imágenes saturadas y técnicas de replicación de fotografía analógica, el film se mueve en la ligereza y sus referentes bien podrían ser los del Pampero por su constante búsqueda de una narrativa que replique fórmulas populares y orales. Esta búsqueda se traduce en una intrascendencia divertida a medida que se suceden los pasajes, pero persiste la sensación de que la diversidad de tonos, las líneas narrativas, los diálogos, la desmitificación de narrativas más solemnes y la retahíla de personajes no conducen a camino alguno ni contribuyen a fijar un interés como documento social de una época y un tiempo.

    Balser, la guionista Shauna Fitzgerald y la actriz Pauline Chalamet idearon la película con el fin de dar imagen a algunas de las anécdotas que suceden día tras día en la ciudad. El filme lo logra, pero a costa de empequeñecer tanto sus intenciones que al final su narrativa no dista muchos pasos del proyecto Humans of New York, publicación que comenzó narrando historias de peatones de la ciudad en Facebook y terminó por gentrificar su formato y crear toda una marca de contenido online. No es que no seamos interesantes en nuestras pequeñeces, sino que no todas las historias deben ser contadas. La ligereza de What Doesn’t Float es una de esas fortalezas, pero también su mayor debilidad. No hay que confundir la intrascendencia con la resignación de no querer explotar los confines del formato, del género y de las historias. Esto último lleva a abandonar la posibilidad de la película de reflejar al yo y la realidad cotidiana como valores en sí mismos en lugar de como simples anécdotas. ¿Cómo ilustrar la anécdota sin ser irrelevante? Eso ya fue respondido por el Isaac de Manhattan cuando dijo aquello de «Nada que valga la pena saber se puede entender con la mente. Todo lo realmente valioso tiene que entrar en ti por una abertura diferente, si me perdonas las imágenes repugnantes». ♦


    por Javier Acevedo Nieto
    noviembre 13, 2023

    Crítica | What doesn't float?

    por Javier Acevedo Nieto | noviembre 13, 2023
    || Críticas | ZINEBI 2023 | ★★★☆☆ |
    A song sung blue
    Zihan Geng
    Alicia sin espejo


    Javier Acevedo Nieto
    Bilbao |

    ficha técnica:
    China, 2023. Título original: «小白船». Dirección: Zihan Geng. Guion: Liu Yining. Producción: Jane Zheng, Liang Jing, Justine O., The Seventh Art Pictures. Música: Hank Lee. Fotografía: Liu Yining. Montaje: Matthieu Laclau, Tsai Yann-Shan. Reparto: Meijun Zhou, Ziqi Huang, Jing Liang, Long Liang. Duración: 92 minutos.

    Xian se abisma en espejos como una Alicia que siempre parece al borde de caer a otro mundo, pero nunca termina de caer. Las cortinas de su habitación esconden su rostro, las venecianas del laboratorio fotográfico de su padre interrumpe la línea de su nariz, el espejo de la novia de su padre quiebra su cuerpo en migas de una frágil anatomía y en todos estos instantes Xian esconde su cuerpo con una mirada huidiza. Vivir entre reflejos, bien sea el reflejo de la madre ausente, el de la joven veinteañera que enseña a pintar las uñas, el de las compañeras de clase que aprenden a desfilar o incluso del del chico que quiere, pero no desea, es la forma de vida de Xian. Todo el autoconcepto de la joven se basa en una permanente frontera entre opuestos.

    A Song Sung Blue es otro coming of age o película de iniciación y, no obstante, la debutante Zihan Geng busca dejar una impronta onírica en la búsqueda de Xian. A través de un permanente estado de melancolía sin objeto, Xian tan pronto parece añorar a su madre como se siente fascinada por Mingmei, la novia de su padre, con el que ahora convive entre viejos carretes, nuevas broncas y fotos de modelos que Xian observa con una curiosidad lastimera. El filme trata de construir un escenario en el que el permanente estado de duermevela de la protagonista es volcado en texturas líquidas, encuadres extremos y ligeros travellings que parecen dibujar con la suavidad de una acuarela los contornos borrosos de una adolescente en busca de referentes.

    La cineasta, como ya hizo Vivian Qu en Angels Wear White, explora la cuestión de la madurez a través un cuadro de costumbres que disimula los extremos culturales de China en un ejercicio inestable de retrato psicológico y comentario social. Si Vivian Qu lo hacía a través de un drama que subsumía el abuso en una narrativa sobre la misoginia del país, Zihan Geng hace lo propio con la codificación de género en una narrativa que insinúa dicha misoginia en unas coordenadas muy reconocibles para el espectador de cine asiático: una suerte de realismo onírico y meditabundo en el que parece que lo fantástico podría aparecer como ruta de escape, pero que siempre queda aplastado por la certeza postindustrial de un país que empieza a devorar mitos de progreso y bienestar occidentales. El realismo social y pesimista del cine chino está a pocos grados de separación del onirismo urbano de aquel nuevo cine taiwanés que mostró relatos de madurez y adultez en sociedades donde lo humano cabía en el estante de unos grandes almacenes.

    A Song Sung Blue tiene mimbres de muchas cosas, pese a que como coming of age nunca termine de atisbar una esencia de verdad en sus imágenes. Hay destellos de un onirismo bello y de una fatalidad rutinaria inserta en los suplicios silenciosos de Xian cuando observa los cuerpos aparentemente perfectos de sus compañeras. Es un tipo de cine que avanza ensimismado, atrapado en su propio reflejo, y también afectado por las dinámicas de producción transnacionales. Zihan Geng parece más preocupada en ocasiones por los subrayados dramáticos que apoyen su tesis y faciliten la codificación crítica en la red de festivales (devastando cualquier referencia particular a la realidad china) que por mantener la sensación de volver a abismarse a la mirada alienígena y libre de la adolescencia.

    Esto es consecuencia de una retórica visual mucho más centrada en la puridad de cierto lenguaje cinematográfico considerado prestigioso puesto que no hay ni un solo plano de cierto riesgo estilístico. En narrativa, las figuras no-anómalas o gramaticales no rompen normas gramaticales y su principal función es la de realzar algún aspecto expresivo, poético o enfático. Asimismo, son procedimientos normalmente conscientes e intencionados efectuados en una creación con un fin que va más allá del superficial de las imágenes. Por su parte, las figuras anómalas rompen las normas gramaticales y quiebran ciertas lógicas del lenguaje. También pueden ser intencionales y conscientes dentro de un deseo de un emisor de poner de manifiesto ciertas indeterminaciones del lenguaje; sin embargo, en las figuras anómalas emergen manifestaciones que no tienen por qué tener una intencionalidad. Son estas últimas figuras las que separan propuestas que se arriesgan a quebrar nuestra forma de comunicar el mundo por medio del cine de las que se limitan a inventariar con más o menos gusto aquello que ya está inserto en el género de turno. A Song Sung Blue es una reinterpretación de correctísima retórica de una Alicia sin espejos ni fugas, de un género que desgraciadamente empieza a estandarizar la vivencia adolescente y de una cinematografía nacional (la china) empeñada en emular esquemas de un cine cuyo valor murió en el instante en el que empezó a ver la adolescencia como un laboratorio de neurosis creativas. Nunca la adolescencia había sido tan aburrida o alienígena, ajena a toda una fase vital que una vez disfrutamos y sufrimos. ♦


    por Javier Acevedo Nieto
    noviembre 13, 2023

    Crítica | A song sung blue (小白船)

    por Javier Acevedo Nieto | noviembre 13, 2023
    || Críticas | ZINEBI 2023 | ★★★☆☆ |
    Playland
    Georden West
    Querelle bebe Spritz


    Javier Acevedo Nieto
    Bilbao |

    ficha técnica:
    Reino Unido, 2023. Título original: «Playland». Dirección: Georden West. Guion: Georden West. Producción: Russell Sheaffer, Hannah McSwiggen, Danielle Cooper, Artless Media, Public School Pictures, Stars Collective, Phoeix Rising, SHOWstudio. Música: Aaron Michael Smith. Fotografía: Jo Jo Lam. Montaje: Georden West, Russell Sheaffer. Duración: 72 minutos.

    La historia del Playland Café es la de un espacio fabricado a partir de prácticas, concepciones y vivencias que configuraron una pequeña sociedad queer al margen del tiempo que le tocó vivir o, mejor dicho, contra el tiempo que le tocó vivir. Si el espacio es un producto, como apuntó Lefebvre, la labor del documentalista debería ser la de producir un espacio narrativo específico que muestre el proceso dialéctico entre lo vivido, lo representado y lo imaginado en el espacio porque, al final, todo lugar y toda imagen son aperturas a la otredad.

    Playland es un documental en el Playland Café. Aquí no importa tanto el sobre como el cómo. En esencia, Georden West es une artiste de nuevos medios queer que desea realizar una operación archivística y conceptual alrededor del bar gay más famoso de Boston. Para restaurar este espacio, West recurre a una meticulosa arqueología de medios que le permita entender el espacio queer como una región moral situada fuera de la norma y ajena a la heteronormatividad. Esta operación de localización en la periferia moral tiene un correlato estético. Por medio de la mentada arqueología, le cineaste trata de construir un espacio narrativo que restaure una cierta memoria del lugar.

    De este modo, Playland es un documental de dispositivo. En él se congrega el trabajo conceptual (en esencia, ¿existió un espacio realmente queer?) por medio de la restauración de material de archivo, la instalación y la performance. Este dispositivo busca alienar la experiencia del espectador por medio de la interacción con el espacio en plano y no tanto con la naturaleza del encuadre. Para tal fin, el tiempo es una categoría innecesaria y probablemente Playland se erija en un documental tan absorto en su dispositivo que requiere suspender la paciencia y navegar por sus espacios ignorando toda gestión del tiempo del relato.

    En este espacio documental, el sujeto queer (todes les habitantes del bar) se reconecta con su identidad a través de un distanciamiento dramático y la conquista de un espacio que siempre se siente al margen de todo. West usa la performance, el drag y tendencias como el dark romantic pop (solo faltaba alguna canción de Lana del Rey) para construir un espacio liminal sin fronteras. La gestión de recursos y citas (y aquí la más evidente es Fassbinder) ofrece un espacio en forma de narrativa de venenosa nostalgia ya que ciertos momentos del pasado asumen un valor y una resonancia inflados, la causalidad se interrumpe y los recuerdos, ya sean reales o inventados, reemplazan a los hechos. Esta forma de construir un espacio desde diversas disciplinas lleva a West a preguntarse por el concepto de nostalgia en una comunidad queer cuyos referentes siempre han sido frágiles. Es lo que autores como Beauville han denominado como «ironía afirmativa», en la que múltiples niveles de autoironía ofrecen un conjunto único de metadiscursos que van de manera subversiva contra la sociedad en general.

    Naturalmente, esta forma de trabajar el espacio a partir de sujetos de mirada muerta y recursos metacinematográficos no es nueva. Es inevitable pensar en el modo en el que Tsai Ming-liang lleva toda una filmografía reflexionando sobre la eliminación del espacio íntimo en tiempos de macrourbes e hipervigilancia. West se realiza preguntas similares y su autoconsciencia sobre qué quiere hacer y cómo quiere hacerlo hacen que Playland parezca muchas veces tan afectada por su conceptualización que ignora a una audiencia que, quizá, no tenga las mismas coordenadas para adentrarse en un espacio queer que veta la mirada de todas aquellas personas que, fortuna mediante, no han sufrido la constante marginación y violencia física y simbólica. Esto en esencia no es reprochable, pues ya dijo Gregg Araki aquello de que su cine buscaba convertir a los heteros en gays; sin embargo, sí abre interrogantes sobre el papel del artiste queer: ¿debe limitarse a reproducir esquemas de pensamiento y creación que marginen como ha hecho la heteronorma durante siglos o quizá deba restituir espacios narrativos abiertos a la diferencia y disidencia?

    Naturalmente, son preguntas que nunca se haría un artista cishetero y, quizá por eso, sí deban tener cabida en documentales que justifican su existencia quizá más por criterios de validación artística en el marco del festival de turno que por necesidades de visibilizar esas periferias y fronteras queer que una vez demostraron que el espacio queer es un espacio tan producido como negociado. En cualquier caso, Playland es un testimonio entre lo apócrifo y ágrafo (propiedad de los parroquianos que lo moraron) y también un espacio de memoria dedicado a quienes se sacrificaron para que fuera posible imaginar lugares donde pertenecer. Cabe preguntarse si esto es suficiente para un cine queer que gasta sus oportunidades en validarse artísticamente frente a un centro ideológico y cultural en lugar de romper los mismos espacios normativos que busca colonizar. ♦


    por Javier Acevedo Nieto
    noviembre 12, 2023

    Crítica | Playland

    por Javier Acevedo Nieto | noviembre 12, 2023
    || Críticas | ZINEBI 2023 | ★★★★☆ |
    Chestnut
    Jac Cron
    Los nombres ajenos


    Javier Acevedo Nieto
    Bilbao |

    ficha técnica:
    Estados Unidos, 2023. Título original: «Chestnut». Dirección: Jac Cron. Guion: Jac Cron. Productoras: Lizzie Shapiro, Neon Hearts Prodcution. Fotografía: Matt Clegg. Montaje: Avner Shiloah. Reparto: Natalia Dyer, Rachel Keller, Danny Ramírez. Duración: 87 minutos.

    Decía Roland Barthes que el pronombre de tercera persona era el pronombre triste ya que marcaba una distancia entre el tú y el yo. La persona amada pasaba de nombrarse en el aquí a nombrarse en el allá. Más recientemente, Marta Jiménez Serrano escribía en Los nombres propios que a veces el amor era dos soledades que compartían una habitación. De un tiempo a esta parte, las nuevas voces de una narrativa sentimental parecen centradas en los modos de alienación impuestos por la vivencia romántica en un mundo donde la volatilidad económica, política y social ha hecho que el amor, desnudado de sus mitos de seguridad, pertenencia y reconocimiento, se experimente como un mal de alienación.

    Con Chestnut, Jac Cron ahonda en esta alienación a través del relato de Annie, una joven universitaria cuyo futuro pasa por Los Ángeles y por emular todos esos sueños que nunca se sabe si son impuestos o realmente deseados. En una Philadelphia emborronada en planos cortos y difusas profundidades de plano, conoce a Tyler y a Danny. Entre ellas surge una conexión que desde el principio desafía las convenciones del mumblecore por una sencilla razón: el amor no les hace comprender nada. Son tres soledades que no buscan sentido y es con este punto con el que la directora impregna a las imágenes con una textura de amor anémico.

    Allá donde el mumblecore mostraba a desnortados millennials que usaban el amor como tabla salvavidas frente a la mediocridad de la vida adulta, Cron enseña a una centennial cuya supuesta falta de identidad no requiere de legitimaciones. La diferencia generacional es también una diferencia cinematográfica. Si el naturalismo impostado de los Andrew Bujalski, Lynn Shelton, Aaron Katz o Joe Swanberg buscaba actualizar una visión del cinema verité impregnada de un optimismo ingenuo, la película de Cron explora las raíces del cine independiente de los 80 con el fin de determinar si queda algo del nihilismo sentimental del primer Soderbergh. El naturalismo del mumblecore no es posible en un tiempo imposible de radiografiar. Las narrativas emocionales que sostienen las nuevas clases medias estadounidenses son mucho menos arquetípicas y bastante más individualistas. El deseo no exige ser compartido, tan solo ser negociado en términos de placer individual. Por lo tanto, el drama de Chestnut no es el conflicto entre personas que se quieren, sino la falta de conflicto. ¿Qué se puede desear cuando todos los deseos parecen pertenecer a una tercera persona que no eres tú?

    La película de Jac Cron sabotea los códigos del mumblecore a través del relato de una universitaria cuya vida es una huida de todo aquello que no quiere. Este aprendizaje sentimental negativo encaja mucho mejor en las aspiraciones de una generación incapaz de creer los mitos románticos con los que los millennials buscaron un sentido frente al colapso del sistema que los hizo pasar de las aulas universitarias a trabajos de oficina. Este descreimiento consigue que las imágenes de Chestnut tengan una extraña cualidad: los besos no son suspiros conectados, más bien estertores cansados; los abrazos no son encuentros, sino coreografías contra la ansiedad; el deseo, en consecuencia, no es algo se que conquiste, tan solo existe.

    La atmósfera premonitoria, cansada y famélica de sus escenas están mucho más cerca de The Bisexual (Desiree Akhavan, 2018) y su retrato poco complaciente de la diversidad sexoafectiva. Puede que este carácter destructivo y amoral remita al New American Cinema Group de Shirley Clarke o Maya Deren, pero la película de Cron rehúye de toda ética justificadora y su complaciente visión de la clase media apunta más hacia una reflexión sobre el colapso del amor como mito fundacional de las comunidades imaginadas por las clases medias americanas surgidas tras el baby boom en primer lugar y el fin del bloque soviético en segundo lugar. Chestnut conforma un relato de soledades que buscan un amor que no quieren entender, de personajes de identidades liminales cuyo autorreconocimiento yace en todos esos sueños que no cumplirán porque viven en un país cuyo sueño dejó de soñarse tras el enésimo desencanto capitalista.

    La historia de otra universitaria en permanente crisis de identidad es reemplazada por el relato de una joven que no quiere ninguna narrativa identitaria. Solo así parece despegar una película de límites pegajosos que el espectador puede experimentar casi como un obituario de viejas formas de querer y una premonición de nuevas formas de desear. La legitimidad radica en una experiencia del presente tan poco punk que del No Future se pasa a un No Present: vivir (y querer) en tercera persona ante la incapacidad de imaginarnos a nuestra segunda persona. ♦


    por Javier Acevedo Nieto
    noviembre 11, 2023

    Crítica | Chestnut

    por Javier Acevedo Nieto | noviembre 11, 2023
    || Festivales
    Zinebi 2023
    Introducción
    Anotaciones sobre la 65ª edición


    Emilio M. Luna
    Cáceres |

    fechas
    | Del 10 al 17 de noviembre de 2023. |

    fotograma: Chesnut,
    Jac Cron, Estados Unidos.

    El próximo viernes, comienza en Bilbao la 65ª edición del Zinebi, el Festival Internacional de Cine Documental y Cortometraje (10 al 17 de noviembre). Uno de los certámenes más veteranos del circuito que desde hace ocho años tiene abierta una ventana al largometraje de ficción, dentro de su apartado competitivo dedicado a primeras obras. Un evento organizado por el ayuntamiento vizcaíno que este año contará con un protagonista de excepción: Frederick Wiseman. El documentalista canadiense, de 93 años, uno de los retratistas de la contemporaneidad más lúcidos, recibirá el premio Mikeldi de honor por «por su decisiva contribución a la definición de lo que mayoritariamente entendemos por documental cinematográfico». Una carrera que comenzó con Titicut Follies (1967) y abarca más de cincuenta años. Wiseman recibió en 2017 el Oscar honorífico y la Carrosse d’Or de la Quincena de Cineastas de Cannes en 2021. Reconocimientos a una filmografía de bajo perfil, que ha huido de tendencias, incluso en el auge comercial del formato con la llegada del siglo XXI. Wiseman recibirá el Mikeldi de Honor en el Teatro Arriaga en la gala de inauguración.

    La cineasta Rita Azevedo Gomes y el crítico de cine Félix Linares serán otros de los receptores del Mikeldi de una entrega del Zinebi que ofrecerá una primicia mundial: la presentación de trabajos inéditos de Pablo Zulueta, recuperados y restaurados por la Filmoteca Española. Una selección de las más de ocho horas rescatadas que se dividirán en cinco sesiones. Una oportunidad única de revisar el patrimonio fílmico legado por uno de los grandes directores de la historia de España en el 80º aniversario de su nacimiento.

    Junto a estos actos que prestigian una edición llena de recovecos y atractivos, habitan dos secciones competitivas que ejercen de asidero con el presente. Por un lado, la sección de cortometrajes, en la que tienen cabida una veintena de ficciones, documentales y piezas de animación. Por otro, la citada sección dedicada a las óperas primas, en la que conviven ficción y documental. El jurado compuesto por Diana Bustamante, Birgit Kohler y Rocío Mesa tendrá que elegir entre nueve obras. Una selección en la que, como en el propio evento bilbaíno, domina la heterodoxia. De entre las cinco ficciones que competirán por el Gran Premio ZIFF, dotado con 12.000€, destacan dos producciones independientes estadounidense: Chesnut, de la cineasta neoyorquina Jac Cron, protagonizada por las estrellas televisivas Natalia Dyer (Stranger Things) y Rachel Keller (Tokyo Vice), y What Doesn’t Float, de Luca Balser. La neerlandesa Milk, de Stefanie Kolk, que tuvo su premier en Giornate degli Autori de la pasada Mostra de Venecia; la alemana A Good Place, de Katharina Huber, premio a la mejor dirección en Cineasti del Presente del Festival de Locarno; y la china A Song Sung Blue, de Zihan Geng, que obtuvo una excelente acogida en la Quincena de Cannes, completan la representación ficcional de un apartado que, por supuesto, no puede apartarse la identidad primigenia del festival.

    Así, cuatro títulos del formato aspirarán al máximo galardón del Zinebi: la polaca In the Rearview, de Maciek Hamela, ganadora del Gran Premio en Sheffield Doc/Fest; la chilena A la sombra de la luz, de Ignacia Merino Bustos & Isabel Reyes Bustos, proveniente de Cannes Doc; la británica Playland, de Georden West, que compitió por el Tiger Award en Róterdam; y la española Zarata, debut en la dirección de la productora Tamara García Iglesias que tuvo su estreno mundial en el FIDMarseille, y ofrece una sólida reflexión sobre las jerarquías en el sector cinematográfico.

    EAM cubrirá la 65ª edición del Zinebi, con la presencia en Bilbao, primero, de nuestro compañero Javier Acevedo Nieto y con, segundo, un texto especial en colaboración con el festival dedicado al gran protagonista de esta entrega, Frederick Wiseman, firmado por Aarón Rodríguez Serrano.

    A continuación, la relación de largometrajes del programa a competicion:

    SECCIÓN OFICIAL | ZIFF ZINEBI FIRST FILM


    • A good place, Katharina Huber, Alemania (ficción).
    • A la sombra de la luz, Ignacia Merino Bustos, Isabel Reyes Bustos, Chile (documental).
    • A Song Sung Blue / 小白船, Zihan Geng, China (ficción).
    • Chesnut, Jac Cron, Estados Unidos (ficción).
    • In the rearview, Maciek Hamela, Polonia (documental).
    • Milk, Stefanie Kolk, Países Bajos (ficción).
    • Playland, Georden West, Reino Unido (documental).
    • What Doesn’t Float, Luca Balser, Estados Unidos (ficción).
    • Zarata, Tamara García Iglesias, Euskadi (documental).


    A good place, A Song Sung Blue
    Mill, A la sombra de la luz.

    por Emilio M. Luna
    noviembre 09, 2023

    Zinebi 2023 | Anotaciones sobre su programación

    por Emilio M. Luna | noviembre 09, 2023

    Estrenos

    S8

    Cannes 2026

    la residencia
    PUBLICIDAD
    FestivalScope
    PUBLICIDAD

    Streaming

    Suscripción