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    Cine Alemán Siglo XXI

    Crítica | Playland

    || Críticas | ZINEBI 2023 | ★★★☆☆ |
    Playland
    Georden West
    Querelle bebe Spritz


    Javier Acevedo Nieto
    Bilbao |

    ficha técnica:
    Reino Unido, 2023. Título original: «Playland». Dirección: Georden West. Guion: Georden West. Producción: Russell Sheaffer, Hannah McSwiggen, Danielle Cooper, Artless Media, Public School Pictures, Stars Collective, Phoeix Rising, SHOWstudio. Música: Aaron Michael Smith. Fotografía: Jo Jo Lam. Montaje: Georden West, Russell Sheaffer. Duración: 72 minutos.

    La historia del Playland Café es la de un espacio fabricado a partir de prácticas, concepciones y vivencias que configuraron una pequeña sociedad queer al margen del tiempo que le tocó vivir o, mejor dicho, contra el tiempo que le tocó vivir. Si el espacio es un producto, como apuntó Lefebvre, la labor del documentalista debería ser la de producir un espacio narrativo específico que muestre el proceso dialéctico entre lo vivido, lo representado y lo imaginado en el espacio porque, al final, todo lugar y toda imagen son aperturas a la otredad.

    Playland es un documental en el Playland Café. Aquí no importa tanto el sobre como el cómo. En esencia, Georden West es une artiste de nuevos medios queer que desea realizar una operación archivística y conceptual alrededor del bar gay más famoso de Boston. Para restaurar este espacio, West recurre a una meticulosa arqueología de medios que le permita entender el espacio queer como una región moral situada fuera de la norma y ajena a la heteronormatividad. Esta operación de localización en la periferia moral tiene un correlato estético. Por medio de la mentada arqueología, le cineaste trata de construir un espacio narrativo que restaure una cierta memoria del lugar.

    De este modo, Playland es un documental de dispositivo. En él se congrega el trabajo conceptual (en esencia, ¿existió un espacio realmente queer?) por medio de la restauración de material de archivo, la instalación y la performance. Este dispositivo busca alienar la experiencia del espectador por medio de la interacción con el espacio en plano y no tanto con la naturaleza del encuadre. Para tal fin, el tiempo es una categoría innecesaria y probablemente Playland se erija en un documental tan absorto en su dispositivo que requiere suspender la paciencia y navegar por sus espacios ignorando toda gestión del tiempo del relato.

    En este espacio documental, el sujeto queer (todes les habitantes del bar) se reconecta con su identidad a través de un distanciamiento dramático y la conquista de un espacio que siempre se siente al margen de todo. West usa la performance, el drag y tendencias como el dark romantic pop (solo faltaba alguna canción de Lana del Rey) para construir un espacio liminal sin fronteras. La gestión de recursos y citas (y aquí la más evidente es Fassbinder) ofrece un espacio en forma de narrativa de venenosa nostalgia ya que ciertos momentos del pasado asumen un valor y una resonancia inflados, la causalidad se interrumpe y los recuerdos, ya sean reales o inventados, reemplazan a los hechos. Esta forma de construir un espacio desde diversas disciplinas lleva a West a preguntarse por el concepto de nostalgia en una comunidad queer cuyos referentes siempre han sido frágiles. Es lo que autores como Beauville han denominado como «ironía afirmativa», en la que múltiples niveles de autoironía ofrecen un conjunto único de metadiscursos que van de manera subversiva contra la sociedad en general.

    Naturalmente, esta forma de trabajar el espacio a partir de sujetos de mirada muerta y recursos metacinematográficos no es nueva. Es inevitable pensar en el modo en el que Tsai Ming-liang lleva toda una filmografía reflexionando sobre la eliminación del espacio íntimo en tiempos de macrourbes e hipervigilancia. West se realiza preguntas similares y su autoconsciencia sobre qué quiere hacer y cómo quiere hacerlo hacen que Playland parezca muchas veces tan afectada por su conceptualización que ignora a una audiencia que, quizá, no tenga las mismas coordenadas para adentrarse en un espacio queer que veta la mirada de todas aquellas personas que, fortuna mediante, no han sufrido la constante marginación y violencia física y simbólica. Esto en esencia no es reprochable, pues ya dijo Gregg Araki aquello de que su cine buscaba convertir a los heteros en gays; sin embargo, sí abre interrogantes sobre el papel del artiste queer: ¿debe limitarse a reproducir esquemas de pensamiento y creación que marginen como ha hecho la heteronorma durante siglos o quizá deba restituir espacios narrativos abiertos a la diferencia y disidencia?

    Naturalmente, son preguntas que nunca se haría un artista cishetero y, quizá por eso, sí deban tener cabida en documentales que justifican su existencia quizá más por criterios de validación artística en el marco del festival de turno que por necesidades de visibilizar esas periferias y fronteras queer que una vez demostraron que el espacio queer es un espacio tan producido como negociado. En cualquier caso, Playland es un testimonio entre lo apócrifo y ágrafo (propiedad de los parroquianos que lo moraron) y también un espacio de memoria dedicado a quienes se sacrificaron para que fuera posible imaginar lugares donde pertenecer. Cabe preguntarse si esto es suficiente para un cine queer que gasta sus oportunidades en validarse artísticamente frente a un centro ideológico y cultural en lugar de romper los mismos espacios normativos que busca colonizar. ♦


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