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    Xavier Dolan
    Xavier Dolan

    The Platonick Lovers

    Crítica ★★★★☆ de «Matthias y Maxime», de Xavier Dolan.

    Canadá, 2019. Título original: Matthias et Maxime. Director: Xavier Dolan. Guion: Xavier Dolan. Montaje: Xavier Dolan. Fotografía: André Turpin. Música: Jean-Michel Blais. Duración: 120 minutos. Productora: Sons of Manual. Diseño de producción: Colombe Raby. Diseño de vestuario: Pierre-Yves Gayraud . Intérpretes: Xavier Dolan, Anne Dorval, Pier-Luc Funk, Catherine Brunet, Gabriel D'Almeida Freitas, Antoine Pilon, Marilyn Castonguay, Adib Alkhalidey, Micheline Bernard, Samuel Gauthier. Presentación oficial: Festival de Cannes 2019.

    Existen muy pocos realizadores en el panorama contemporáneo que sean capaces de hacer, como lo hace Xavier Dolan, un retrato tan profundamente sincero y minucioso del ser humano. Sin ser un narrador sobresaliente ni un excelente planificador de escenas, no hay duda de que sus filmes adquieren voz propia y una contundente evolución gracias a la construcción protagónica que establece y desarrolla desde el comienzo de cada película. Como era de esperar, Matthias et Maxime no es una excepción, y en ella se aprecia lo que Dolan lleva tratando de evidenciar desde que comenzara su andadura cinematográfica: la inadaptación del individuo. Sus personajes son seres perdidos en sí mismos, que buscan el consuelo de una existencia vacía en violentas llamadas de atención y decisiones cuestionables que los llevan a un estado de profunda ansiedad. Los protagonistas que dan título a la película son dos jóvenes amigos que se conocen desde la infancia. Con el anuncio de la partida de uno de ellos por un periodo de dos años, el grupo se reúne y celebra la despedida haciendo que salgan a relucir sentimientos que hasta entonces permanecían ocultos.

    El realizador vuelve a apropiarse del lenguaje audiovisual con una exaltación dramática desmesurada y la relectura de los mismos conflictos afectivos que lleva mostrando desde sus comienzos: La tormentosa relación entre Max y su madre, la vulneración de lo afectivo y fraternal hacia el ámbito sexual, la incapacidad de hacer frente a la realidad cambiante y la nostalgia de un pasado mejor. Todas estas subtramas se representan con diferentes voces, puesto que componen pequeñas historias que giran alrededor de Max y Matt en su desesperada búsqueda de la realidad emocional. Cada una de las narraciones independientes será afrontada por diversos recursos retóricos previamente usados por el director, como la predominancia de una determinada paleta cromática para acentuar diferentes estados de ánimo, la abstracción sensorial del personaje principal en selectos momentos de caos, o las ya clásicas escenas musicales que recrean pequeños oasis de felicidad en medio de una tempestad emocional, como el que sucede en el coche cuando los amigos están a punto de salir de fiesta. Un beso entre personajes, provocado por su implicación (parcialmente involuntaria) en la película de una amiga, activará todos y cada uno de los resortes dramático-argumentales que marcarán el avance de la trama. Desde que los dos mejores amigos se besan por primera vez, en un acertado fuera de plano, se produce una rotunda pared anímica entre ellos, que se evitarán en la medida de lo posible hasta que la partida de Max sea inminente. Sin embargo, toda esa tensión no resuelta no puede quedarse en el interior, y deberán encontrar el momento de dejarlo todo salir por su propia tranquilidad, por supuesto una confesión que no se alcanzará por el camino fácil, sino que hará falta mucho dolor para, con el coraje necesario, llegar a la sinceridad absoluta.

    por Alberto Sáez Villarino
    junio 12, 2020

    Crítica | Matthias y Maxime

    por Alberto Sáez Villarino | junio 12, 2020

    Bitter Sweet Symphony

    Crítica ★★★☆☆ de «The Death & Life of John F. Donovan», de Xavier Dolan.

    Canadá, 2018. Director: Xavier Dolan. Guion: Xavier Dolan, Jacob Tierney. Productora: Lyla Films, Sons of Manual. Productores: Nancy Grant, Lyse Lafontaine, Xavier Dolan. Música: Gabriel Yared. Fotografía: André Turpin. Montaje: Xavier Dolan, Mathieu Denis. Diseño de producción: Anne Pritchard, Colombe Raby. Vestuario: Michele Clapton, Pierre-Yves Gayraud, Xavier Dolan. Reparto: Kit Harington, Natalie Portman, Jacob Tremblay, Susan Sarandon, Kathy Bates, Thandie Newton, Ben Schnetzer, Amara Karan, Jared Keeso, Chris Zylka, Sarah Gadon, Emily Hampshire, Michael Gambon. Duración: 123 minutos.

    Xavier Dolan suele tardar alrededor de dos meses en editar una película. Con The Death & Life of John F. Donovan, su esperado debut en inglés, el director canadiense tardó dos años. La desastrosa producción comenzó en diciembre de 2014 con un guion de (se rumorea) 300 páginas y planes para estrenarse a finales de 2015, pero en febrero de 2018 todavía estaba sumida en serios problemas de postproducción. A través de un mensaje en Instagram, el director anunció que el primer corte le había durado más de cuatro horas, y que en un intento por salvar el montaje se quedarían fuera cosas como un prólogo relacionado con el libro Cartas a un joven poeta de Rainer Maria Rilke, una narración omnisciente de Michael Gambon y absolutamente toda la trama relacionada con Jessica Chastain, a la que se eliminaría completamente del resultado final. El metraje quedaría así reducido a unos mucho más distribuibles 123 minutos, y la historia a una épica que transcurre en dos líneas temporales diferentes. La principal, ambientada en 2007, cuenta la historia de dos personajes unidos por una improbable correspondencia en cartas. Por un lado, John F. Donovan (Kit Harington), una estrella en ascenso a punto de coronar su estatus con una superproducción de superhéroes. Por otro, Rupert (Jacob Tremblay), un joven actor de once años que sufre bullying en su colegio y acaba de mudarse a Reino Unido con su madre (Natalie Portman). Esta trama, sin embargo, se desarrolla a través de la segunda línea temporal: una entrevista diez años más tarde entre Rupert (interpretado ahora por Ben Schnetzer), que acaba de convertir la correspondencia con el difunto Donovan en un best seller, y una periodista del Times (Thandie Newton) que, por su forma de mirar por encima de unas gafas que evidentemente no necesita, nos deja claro que tiene cosas mucho más importantes que hacer.

    Lo curioso de esta trama, sin embargo, es que está inspirada en el propio Dolan y en una carta que le envió a Leonardo DiCaprio cuando, a sus nueve años, Titanic le cambió la vida. De ahí que lo más parecido a un enfoque narrativo sea una reflexión sobre el impacto que nuestros ídolos tienen en la formación de nuestra identidad. Es una pena que la forma que Dolan tiene de contar esto sea, al mismo tiempo, lo mejor y lo peor de la película. Porque Titanic le cambió la vida, pero también le enseñó a contar historias. Y nunca se ha notado tanto como con esta. La lógica que ha alimentado el cine de Dolan estos diez últimos años es la misma que no nos hace pararnos a reflexionar sobre qué hubiera pasado si el Titanic hubiera esquivado el iceberg. Jack y Rose se hubieran quedado encerrados en el barco con el psicópata de Billy Zane la semana que les quedaba de viaje, pero preferimos centrarnos en verlos huir. Verla saltar. En dejarnos llevar por las emociones. Porque es más dramático, es más emocionante y, sobre todo, es más cinematográfico. El cine de Dolan, al que le encantan estas emociones, está plagado de momentos así. Hasta ahora, el canadiense ha sabido utilizarlos de forma elegante, comedida y significativa, como un frágil momento de paz entre una familia que baila Dragostea Din Tei (u On ne change pas) en la cocina, o un plano cuadrado que se abre para dejar respirar a la historia mientras suena Wonderwall. A pesar de ser casi embriagadoramente sentimentales, conseguía que funcionaran porque tenía tiempo para desarrollarlos y crear un equilibrio con el resto de la película. En The Death & Life of John F. Donovan, sin embargo, no tiene tanto tiempo. Al ser un concentrado de cuatro horas de película, Dolan no se permite reflexionar o dejar respirar estos momentos. Y fruto de las tijeras en el montaje, los junta todos.

    por Aitor Salinas
    diciembre 18, 2019

    Crítica | The death and life of John F. Donovan

    por Aitor Salinas | diciembre 18, 2019
    Juste la fin du monde

    Epicedio appassionato

    crítica de Solo el fin del mundo (Juste la fin du monde, Xavier Dolan, Canadá, 2016).

    Si analizamos las consecuencias de ser un adolescente rebelde dentro de una familia con un importante déficit comunicativo y un deteriorado modelo educacional o, por emplear un término muy popularizado en estos días: disfuncional; la estadística cinematográfica plantea un dicotómico escenario: el primer supuesto, y el más pesimista de ambos, sería el caso de la autodestrucción. El joven, una vez agotados los recursos con los que escapó del hogar en busca de una utópica libertad con la que construir su propio yo, se vería abocado a deambular erráticamente solicitando la caridad del desconocido y, tras un período de frustración y descubrimiento del egoísmo hegemónico del ser humano, incapaz de aceptar la derrota por culpa de su arrogancia, terminaría por acercarse a una vida de prostitución y drogadicción con la que se iniciaría su espiral de sufrimiento y devastación —Réquiem por un sueño (Requiem for a Dream, 2000); Oscura inocencia (Mysterious Skin, 2004)—. En el segundo caso, correspondiente a lo mostrado en la última película de Xavier Dolan, Solo el fin del mundo, el joven, sin unos principios liberales ni un orgullo tan marcado como el caso anteriormente expuesto, regresaría a casa tras el primer (o segundo) escarmiento, inhabilitado para desligarse de la perniciosa pero protectora presencia familiar. Con esta premisa, Dolan realiza una adaptación de La parábola del hijo pródigo, intertextualidad que sólo se verá reflejada en las formas, ya que el contenido revela un mensaje muy diferente al mostrado por las sagradas escrituras.

    Las madres siempre serán madres y, entre sus brazos, siempre habrá lugar para un hijo desconsolado. Empero, resulta mucho más fácil para ellas —y aquí ya nos referimos a la representación de la madre en la familia cinematográfica disfuncional— perdonar que escuchar. La madre de Louis no quiere oír lo que su hijo tiene que decir, y es muy posible que nunca se haya mostrado predispuesta a esta tarea. Su actitud es tan egoísta como cariñosa; no hay duda del amor que siente hacia su hijo, pero es un amor idealizado. Su visión de la realidad y del mundo es completamente subjetiva, de ahí se infiere su propia inmadurez e incapacidad para dejar que su hijo se exprese, que le cuente lo que pasa por su mente, puesto que en el fondo y desde el momento que cruzó el umbral de la puerta, tras doce años de ausencia, supo que las noticias que traía no le iban a gustar. El protagonista se está muriendo, padece una grave enfermedad de la que el director no ha querido dar detalles, aunque sí alguna que otra pista. Su madre es conocedora de esta situación, del mismo modo que los animales saben que se acerca un terremoto, incluso antes de que los detectores de ondas sísmicas puedan recoger actividad alguna, es un sexto sentido. Pese a ello, piensa que si las malas noticias no se pronuncian, no habrá consecuencias, nada podrá afectarla; no se da cuenta de que en realidad la propia ausencia de su hijo fue la consecuencia en sí misma de esta estrategia protectora. Su actual postura se asemeja mucho a la que mantuvo —especulativamente hablando— antes de su marcha, cuando cerraba las puertas de la comunicación a un desorientado adolescente en pleno proceso de descubrimiento personal al enfrentarse a una sexualidad “defectuosa”.

    por Alberto Sáez Villarino
    julio 06, 2016

    Crítica | Solo el fin del mundo

    por Alberto Sáez Villarino | julio 06, 2016

    Love Will Tear Us Apart

    Crónica de la octava jornada de la 69ª edición del Festival de Cannes.

    Entramos ya en la recta final de un festival que sigue aportando dosis imprevistas de originalidad y calidad cinematográfica en los escenarios más inesperados. En la presente jornada, que empezaba con un trabajo muy al uso de los hermanos Dardenne, La fille inconnue, llegaba la gran revelación con la proyección fuera de competición: The Wailing, que mostraba un universo terrorífico en el que se mezclaban el humor y las historias orientales de fantasmas en un envoltorio plagado de acción e histrionismo. Xavier Dolan, por su parte, presentaba un relato muy consistente sobre la necesidad de la sociedad de tomar conciencia del prójimo. A última hora, arribaba el veterano Hirokazu Koreeda con una película que, pese a ser muy correcta y entrañable, peca de una reiteración excesiva en este género sobreexplotado por el cineasta.

    LA FILLE INCONNUE

    Jean-Pierre & Luc Dardenne, Bélgica, 2016 / COMPETICIÓN.

    La filmografía de los Dardenne se acerca, con cada nueva entrega, un poco más a esa perfecta rigurosidad cinematográfica descrita y estudiada por los eruditos del séptimo arte quienes, mezclando con astuta armonía las mayores virtudes de cada director, se asoman con gloriosa curiosidad a la pureza absoluta del cine. Empero, el mayor mérito del trabajo de estos hermanos consiste en la irónica simplicidad con que abastecen cada secuencia, enfrentando así su admirado trabajo con la grandilocuencia preeminente en todos los aspectos que rodean al mundo del cine y su análisis. La constante preocupación por el desamparo que sufre la juventud en nuestra sociedad moderna, les ha llevado a explorar temas tales como la avaricia, la depredación laboral, la incomprensión, la ausencia de empatía, el arrepentimiento o la redención, siempre desde una óptica secular y respetuosa. En esa misma línea argumental transcurre La fille inconnue, un filme que trata de evidenciar, además de lo expuesto, la distinción de clases sociales y las consecuencias de la arrogancia, mientras toma como referencia el mercado sexual de menores y un agudo proceso de toma de conciencia.

    Si quedaba alguna duda sobre la maestría literaria de los realizadores belgas, se ha disipado completamente con esta película. Los Dardenne saben escribir y, lo que es más importante, saben hacerlo con diferentes voces independientes que se acoplan a sus personajes de manera natural y espontánea, como si de un diálogo improvisadamente estudiado se tratara. El desarrollo narrativo se fundamenta en la verosimilitud con la que enriquecen el relato razonada mediante situaciones conocidas. El realismo cotidiano es la principal baza argumentativa pese a que, en varios momentos de esparcimiento social, no dudan en adornar determinados momentos con afortunadas coincidencias que restan algo de ese realismo para construir una mayor base retórico-dramática. Con aproximadamente una película cada tres años, es de agradecer que los realizadores sigan respetando los principios probabilísticos de conjetura y certidumbre que dejan al descubierto, y sin ningún tipo de lacras, una sintaxis impecable alejada de excesivos artificios visuales o morales, con el aliciente principal de contextualizar esta nueva trama bajo un escenario que bebe de los principales esquemas policiales. La protagonista de la película, doctora en una pequeña localidad belga, se involucra, por un profundo sentimiento de culpa, en una investigación personal sobre la muerte de una mujer que, minutos antes de fallecer, había intentado solicitar auxilio en el consultorio donde trabaja. El filme presenta a la médica como única posibilidad para esclarecer lo sucedido frente a una población egoísta, sin el más mínimo interés por los problemas ajenos y unas fuerzas del orden completamente ineficaces y casi invisibles. La condescendiente decisión de cerrar por completo la intriga principal, contrasta con la deliberada ambigüedad final respecto al futuro inmediato de sus protagonistas, buscando así un desenlace parcialmente abierto a la interpretación, como estrategia para plasmar lo inevitable del azar y lo imposible de escribir el guion de nuestras vidas, al menos dentro de una clase media que no dispone del dinero necesario para comprarse un “happy ending”. (65 de 100)

    por Alberto Sáez Villarino
    mayo 19, 2016

    Festival de Cannes 2016 | Día 8. Críticas: Sólo el fin del mundo (Juste la fin du monde) / La fille inconnue (The unknown girl) / After the storm / The wailing (Goksung)

    por Alberto Sáez Villarino | mayo 19, 2016

    Tres años han transcurrido desde que Adele se alzó con el Óscar por el magistral tema homónimo para la película Skyfall (2012, vigésimo tercer filme de James Bond) y cuatro desde la publicación de su último álbum (titulado sencillamente 21 en referencia a la edad de la intérprete, el primero se llamó 19), uno de los discos más aclamados y populares de la historia. A sus veintisiete años, Adele es una de las grandes estrellas del panorama musical actual, con lo que la expectación creada por su nuevo LP, 25, no podría ser mayor. Y el primer adelanto no ha decepcionado: Hello posee la combinación de melancolía y potencia que caracterizan a la cantante británica y viene envuelta por un seductor videoclip dirigido por otro jovencísimo gran talento: el cineasta canadiense Xavier Dolan, ganador del Premio del Jurado de Cannes por Mommy (2014), una de las cintas más especiales que han pasado recientemente por la cartelera. Se trata del primer vídeo musical de la historia grabado con cámaras IMAX, lo que se traduce en una altísima calidad técnica que desemboca en una sobrecogedora belleza.

    Tras debutar en 2009 con la fascinante Yo maté a mi madre, Dolan no ha dejado de sorprender a sus —cada vez más— admiradores con películas ya convertidas en obras de culto como Los amores imaginarios (2010), Laurence anyways (2012) y Tom à la ferme (2013). Entre esta última y la mencionada Mommy, impactó al mundo con el videoclip del tema College boy, de Indochine, una durísima crítica al acoso escolar que presenta a un joven (Antoine Olivier Pilon, protagonista de Mommy) crucificado por algunos de sus compañeros mientras el resto se limita a taparse los ojos. Rodado en blanco y negro con el formato cuadrado de Laurence anyways y el lóbrego tono de Tom à la ferme, el video estuvo en el punto de mira del Consejo Superior del Audiovisual francés a raíz de su dureza, lo que obligó al realizador a enviar una carta abierta explicando que nada hay gratuito en su obra, ya que la violencia reflejada es necesaria para hacer llegar su importante mensaje a quienes deben recibirlo. Al final, la polémica no hizo sino impulsar la difusión del video; y quizá precisamente gracias a ella contactó el equipo de Adele con él.

    Co-escrita entre Adele y Greg Kurstin, Hello es una canción perfecta para sacar lo mejor de Xavier Dolan, cuya laureada Mommy está presente en todo el vídeo. Consciente de que Adele no necesita abalorios teatrales para llenar la pantalla, el realizador ha optado por una puesta en escena relativamente sencilla que retrata a la intérprete en una casa abandonada desde la que trata de localizar a un antiguo amor para pedirle perdón por romperle el corazón. Plagada de miradas intensas plasmadas en evocadores tonos sepia, la obra sobrepasó los diez millones de visitas en sólo unas horas y es ya una tendencia mundial. «Siento haber tardado tanto, pero entre medias sucedió la vida», explicó Adele en una carta abierta a sus fans en relación al tiempo que le ha llevado la creación de su tercer álbum; normal: esa vida incluye a su primer hijo, Angelo Konecki, fruto de su relación con Simon Konecki. Pero la espera ha merecido la pena, y Hello supone un triunfo tanto para ella como para Dolan, quien ya está preparando dos nuevas (y esperadísimas) películas: It’s only the end of the world (2016) y The death and life of John F. Donavan (2017), ambas con estrellas femeninas de la talla de la cantante británica: las francesas Marion Cotillard y Léa Seydoux en la primera; las estadounidenses Jessica Chastain y Susan Sarandon en la segunda. Para ser un veinteañero triunfador sólo hace falta talento y ganas de explotarlo; y de eso Adele y Dolan andan sobrados.
    por Juan Roures
    octubre 25, 2015

    Caleidos | Hello, por Xavier Dolan

    por Juan Roures | octubre 25, 2015
    Mommy

    Los límites de una madre

    crítica a Mommy (Canadá, 2014), dirigida por Xavier Dolan. | ★★★★★ |

    Tiene 24 años y ya acumula más de 36 premios, entre ellos un Premio del Jurado en Cannes, un Premio FIPRESCI en Venecia y el reconocimiento a la Mejor Película Canadiense en el TIFF del 2013. Mucho se ha venido hablando de Xavier Dolan este año a raíz del entusiasmo que su último trabajo ha despertado por los festivales en los que se ha estrenado, y todavía le queda. Desde Yo maté a mi madre (2009), el director y su musa, Anne Dorval, han venido retratando los demonios interiores de Dolan, en miradas de una transpiración adolescente brutalmente contagiosa, en historias materno-filiales intensas, pero también en dilemas sobre la identidad sexual que, en ese momento, parecían unirle temáticamente con el Almodóvar más internacional. Con Mommy (2014) uno tiene la sensación de madurez definitiva. La imparable sinfonía musical de Lawrence Anyways (2013) ha dado paso a otro camino iniciático de canciones pop que marcan la problemática relación de Diane y Steven, madre e hijo de fuertes carácteres incapaces de una reconciliación definitiva, que sólo parece materializarse con la aparición en escena de un tercer elemento, una vecina con problemas de tartamudez que, en su mutismo, aportará el punto de calma y racionalidad que la familia necesita. Como dato testimonial, se nos pone al tanto, nada más comenzar, del nacimiento de una nueva ley que permite a los progenitores dejar a sus hijos al cuidado de un hospital estatal sin necesidad de juicio alguno, aludiendo a que la trama tiene lugar en un momento indeterminado, pasado o futuro; como si de esa forma, el anacronismo de la dirección artística fuera un guiño hacia la universalidad del discurso.

    Toda la tecnología que aparece en Mommy parece salida hace 10 años, cuando el término smartphone todavía era algo en formación y los discos seguían siendo el método básico para llevar nuestras playlist a mano, cuando chavales de 16 años escuchábamos Oasis o Dido como parte de la banda sonora de nuestra vida, igual que Steven ha hecho con las canciones que un día le grabara su padre para un viaje a Cali. La misma fuerza nostálgica con la que Linklater ha marcado el hilo musical de Boyhood (2014), trufándolo de éxitos de los 90 como vía para definir la esencia de un personaje. Dolan hace lo mismo con Steven a través de unas decisiones formales muy valientes que repercuten en la narrativa mediante la polémica selección de un formato de 1:1, similar al de una pantalla de móvil o al de una fotografía, enmarcando el plano hasta límites asfixiantes. Precisamente, los de una madre que se siente agobiada por su desempleo y el cuidado de su hijo, al que acaban de liberar de un centro de cuidado para menores tras un altercado que ha obligado a su expulsión. Diane se hace cargo de la situación intentando hacer entrar en vereda a Steven pero él, como todo adolescente, parece vivir ajeno a esas responsabilidades, amparándose a un carpe diem continuo que se ahoga día tras día entre gritos y gestos infantiles, insultos y actitudes impulsivas, que sólo Kyla parece poder contener.

    por Unknown
    octubre 18, 2014

    Crítica | Mommy

    por Unknown | octubre 18, 2014
    Denzel Washington, Premio Donostia

    Alberto Rodríguez va a por la Concha

    Crónica de la primera jornada de la 62ª edición del Festival de San Sebastián 2014

    700 kilómetros, 12 horas de autobús y un café. Las tres primeras claves del primer capítulo de la 62ª edición de Donostia Zinemaldia. Aquí nos esperaba un ambiente inmejorable, con calles anegadas de visitantes —la mayoría extranjeros— que buscan copar las playas donostiarras y los lugares de copas cercanos a los aledaños del Kursaal. El alboroto es tal que cuesta concentrarse a la hora de redactar estas líneas. Algarabía que, más que molestia, funciona como un poderoso imán que invita a cerrar la tapa del portátil y saltar a la primera de las muchas terrazas que anidan en San Juan Kalea. Una manzana más al noreste, vigila un luminoso Kursaal. El deber nos llama.

    Cumpliendo a rajatabla el manual del perfecto acreditado, ha llegado el momento más deseado. El olor a butaca, la mirada al primer fundido a negro. El comienzo, ligero, ligerísimo. Película de videoclub de las de antaño con un Washington con su enésima caracterización de héroe con pantuflas. Y no uno cualquiera. Es probable que Bruce Wayne se sintiera acomplejado ante tal despliegue de aptitudes. Más vergüenza aún habrá sentido su alumbrante tras ver el montaje final. Una oda al despropósito que, sin duda, le pasará factura en el futuro. Por suerte, llegó una desconocida producción hispano-colombiana que le dio un giro a las primeras notas. No todo es vigilia es un original álbum sobre la vejez articulado bajo una dirección muy llamativa. La tarde, por suerte, dejó dos grandes películas. La primera, Mommy, aparecía con todas las cartas sobre la mesa. Y no decepciona. Dolan es ya un grande. La segunda, La isla mínima, era una de las grandes premieres del certamen, y ha correspondido de forma sensacional a un público entregado a un director de una clarividencia fuera de toda duda. Un gran comienzo en San Sebastián. Veremos que nos ofrecen mañana Bille August, François Ozon y Gabe Ibáñez. Ahora, es momento de reflexionar sobre estas siete horas de buen cine.

    por Emilio M. Luna
    septiembre 20, 2014

    San Sebastián 2014 | Primera jornada. Críticas: 'La isla mínima', ‘The Equalizer (El protector)’, ‘No todo es vigilia’ y ‘Mommy’

    por Emilio M. Luna | septiembre 20, 2014

    Salvaje maternalismo

    crónica de la octava jornada de la 67ª edición del Festival de Cannes |
    Críticas: Mommy (Xavier Dolan), Snow in Paradise (Andrew Hulme) y Fantasia (Wang Chao)

    La irregularidad se adueña del Festival y Ryan Gosling aparece en escena para revolucionar Cannes. Su presencia trae varios problemas. En primer lugar, sólo tres pases. Demasiado pocos para la que era una de las películas más esperadas y que, por mala suerte, nos hemos perdido a la espera de que las repescas del sábado nos den una oportunidad de redimirnos. Lost River ha despertado división de opiniones pero no ha dejado indiferente. A su vez parece haber eclipsado al programa entero y los cineastas que han estrenado en su mismo día, mal que les pese, han estado a la sombra de Gosling, su largometraje y el aforo de sus pases. El lleno de Hazanavicius nos deja fuera, pero nos hacemos eco de su valoración hasta ahora. Su ambiciosa de The Search tiene al momento de escribir estas lineas un 1.5 de nota media entre 18 críticos de todo el mundo, con una máxima de 3.5. La tenemos en el programa de mañana donde comprobaremos de primera mano la credibilidad del director en la Competición. Para la crónica de hoy, tres propuestas. El debut de Andrew Hulme, conocido montador de filmes como Control, de Anton Corbijn. Cinta de machos y puños de inexplicable presencia en Cannes. En segundo lugar, la interesante Fantasia. Drama chino de buen tacto y cadencia pausada pero algo falto de empatía. Y, por último, uno de los trabajos más refrescantes de la Sección Oficial, la del veinteañero Xavier Dolan con Mommy. Entrega particular que muestra parte de sí mismo y de sus inquietudes musicales que, a pesar de su riesgo, ha sido recibida con una ligera disparidad de opiniones.

    por Unknown
    mayo 22, 2014

    Cannes 2014 | Octava jornada. Críticas: 'Mommy', 'Snow in Paradise' y 'Fantasia'

    por Unknown | mayo 22, 2014
    Tom en la granja

    Les enfants terribles de Dolan

    crítica de Tom en la granja | Tom à la ferme, de Xavier Dolan-Tadros, 2013

    Xavier Dolan se ha atrevido, en el cuarto filme de su prematura carrera cinematográfica de inconfundible sello, a virar el timón de sus cámaras y embarcarse en una propuesta de cine negro. Tom à la ferme, ambientada en una siniestra granja de ambiente estático donde el aire se podría cortar con cuchillos, adolece de ciertas incongruencias y excentricidades que limitan el resultado final, pero sin duda hace gala de una estética magnética y claustrofóbica y de sobrias actuaciones interpretativas capaces de transmitir los deseos y pulsiones de sus personajes, furiosos y desequilibrados. En esta obra, ganadora del premio FIPRESCI del Festival de Venecia del presente año, el director canadiense es deudor de los grandes maestros del género más oscuro, con referencias a Alfred Hitchcock en los pasajes más tensos y violentos, y a David Lynch en los más oníricos y surrealistas, formando parte de una atmósfera nerviosa y electrizante donde los peores enemigos de los personajes, como en muchos ocasiones de la vida real, son ellos mismos.

    Para realizar este guión Dolan realizó una adaptación de la obra de teatro homónima de Michel Marc Bouchard, y para comenzar, la trama tiene su punto de inicio en un suceso trágico: Tom es un muchacho joven y amable de Montreal que trabaja como creativo publicitario y que se halla deprimido tras el fallecimiento de su novio a causa de un aparatoso accidente. Interpretado de manera genial por el propio Dolan, Tom acude a la casa familiar situada en el Quebec profundo, para asistir al funeral del fallecido Guillaume. Allí se encuentra una madre, apesadumbrada y de talante bipolar entre la calma y la agresividad, que parece desconocer por completo las relaciones homosexuales de su hijo y a su autoritario y morboso hermano, que lo obliga a participar en la farsa de inventar una “novia ficticia” para cubrir la verdadera identidad de Guillaume. El hermano, gracias a una interpretación con mucha garra y rabia por parte de Pierre-Yves Cardinal comienza un tira y afloja con Tom, que se debate entre la el duelo de su pérdida, sus instintos más animales y la mentira conformista que se le impone con respecto a su vida anterior. El protagonista se queda perplejo de que ninguna persona del pueblo le dirija la palabra al hermano de Guillaume y decide, todavía en shock emocional, quedarse algunos días más en la granja para ayudar a la familia, en un paisaje de tenebrismo donde los terrores parecen amplificarse por las noches, los secretos aguardar trémulos en campos de máiz turbulentos que podrían haber sido imaginados por Van Gogh, y donde cada rincón de la casa parece contener la huella de heridas sin cicatrizar y sucios secretos irresolutos.

    por Anónimo
    noviembre 17, 2013

    Crítica | Tom en la granja

    por Anónimo | noviembre 17, 2013
    Los amores imaginarios

    AMORES NO CORRESPONDIDOS

    crítica de Los amores imaginarios | Les amours imaginaires (Heartbeats), Xavier Dolan-Tadros, 2010

    Xavier Dolan-Tadros es, indudablemente, un chico con talento. Actor desde los cinco años, escribió su primer guión con dieciséis y en 2009 se convirtió en la sensación de Cannes con su ópera prima, J’ai tué ma mère, que le hizo ganar tres galardones. Con 20 años, logró que su película fuera elegida para representar a Canadá en los Oscar y la crítica lo saludó como un alumno aventajado del mismísimo Pedro Almodóvar. Las expectativas estaban altas sobre su siguiente trabajo. No defraudó y Los amores imaginarios supuso un nuevo paso adelante en la carrera de uno de los realizadores más personales e interesantes del cine actual. Como ya lo hiciera en su aclamado debut, Dolan vuelve a demostrar ser un auténtico hombre orquesta, haciéndose cargo, no solo de la dirección y el guión de su película, sino también del montaje y uno de los papeles protagonistas. Como bien indica su muy almodovariano título, Los amores imaginarios habla del dolor que supone el amor no correspondido. Francis es un joven homosexual que comparte sus días de fiesta y confidencias con su mejor amiga, Marie. Su amistad, aparentemente inquebrantable, será puesta a prueba cuando en sus vidas aparece Nick, un carismático y atractivo muchacho que rápidamente acapara el interés de ambos amigos. Francis y Marie comienzan, casi sin querer, una particular competición por lograr las atenciones del rubio objeto de deseo, pero sus esfuerzos parecen no llegar a ninguna parte. Como viene siendo una constante en el cine de Dolan, el tema de la homosexualidad vuelve a estar presente en el personaje de Francis –interpretado con acierto y naturalidad por él mismo–, aunque en esta ocasión como algo más bien anecdótico. Los amores imaginarios habla del amor universal, independientemente del sexo que sea. De hecho, el personaje de Nick –correcto Niels Schneider, más desde su presencia física que en lo estrictamente interpretativo– hace gala a lo largo de la historia de una gran ambigüedad sexual, haciendo que Francis y Marie (y con ellos, el espectador) duden continuamente de sus verdaderas inclinaciones. Marie, el tercer vértice de este triángulo, es el personaje con más matices del filme. Monia Chokri está espléndida en su antipático rol de una chica cargada de inseguridades, que viste de manera anacrónica y que va adquiriendo unos enfermizos sentimientos de envidia y celos hacia su amigo gay, al que ve como un estorbo para sus planes con Nick.

    por José Martín León
    junio 19, 2013

    Crítica | Los amores imaginarios

    por José Martín León | junio 19, 2013
    Crítica de Laurence Anyways, de Xavier Dolan

    LA EXPLORACIÓN DE UNA IDENTIDAD
    Laurence Anyways (Xavier Dolan, 2012)

         En uno de los primeros planos de esta película (o, para ser más precisos, en el primer primer plano de la misma), un joven sigue con su mirada el movimiento de la cámara, tras la cual camina una persona que previsiblemente llama la atención de todo el mundo. El efecto es similar al que dicen que produce La Mona Lisa, cuando su espectador camina delante del cuadro y siente la mirada incesante de la dama del lienzo. Poco después, aunque diez años antes en la cronología de la película, vemos este cuadro colgado de la pared de la habitación del protagonista. Más que afortunada coincidencia, este paralelismo nos deja entrever la intuición y la contundencia que presiden el tercer largometraje de Xavier Dolan. Con solo veintitrés años, este cineasta canadiense tiene efectivamente ya tres títulos en su haber, con los que ha conseguido labrarse de forma sorprendentemente prematura un nombre en el circuito festivalero, obteniendo reconocimiento en Cannes para todos ellos. En Laurence Anyways (2012) mantiene sus preocupaciones temáticas en torno a la sexualidad, pero dando un paso más allá en el enfoque de la misma. Así, nos cuenta la historia de una mujer atrapada en el cuerpo de un hombre, centrada en su relación con otra mujer. El primer personaje es un profesor al que eventualmente despiden cuando decide feminizar su atuendo, pero su pareja no le abandona tan rápidamente. En un principio actúa de forma moderna y desprejuiciada, animándole en su transformación, pero pronto se da cuenta de que no está siendo sincera consigo misma. Los dos se quieren con pasión pero la convivencia entre ellos acaba siendo imposible... Todo ello se nos narra durante una década que transcurre sobretodo en el Canadá francófono pero también en las cercanías de París.

    por Ignacio Navarro
    enero 29, 2013

    LAURENCE ANYWAYS | XAVIER DOLAN, 2012

    por Ignacio Navarro | enero 29, 2013

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