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    Antoine Fuqua
    Antoine Fuqua
    || Críticas | ★★☆☆☆
    Michael
    Antoine Fuqua
    Cortar por la línea de puntos


    Mario Peña
    Barcelona |

    ficha técnica:
    Estados Unidos, 2026. Título original: «Michael». Dirección: Antoine Fuqua. Guion: John Logan. Compañías: Lionsgate, GK Films, Optimum Productions, Estate of Michael Jackson. Festival de presentación: Premiere mundial en Berlín (10 de abril de 2026); Uber Eats Music Hall. Distribución en España: Universal Pictures. Fotografía: Dion Beebe. Montaje: John Ottman, Harry Yoon, Conrad Buff IV, Tom Cross. Música: Lior Rosner (Score); canciones de Michael Jackson. Reparto: Jaafar Jackson, Juliano Krue Valdi, Colman Domingo, Nia Long, Miles Teller, Laura Harrier, Kat Graham, Larenz Tate, Jessica Sula, Mike Myers, Derek Luke. Duración: 127 minutos.

    En el primer borrador del guion de Michael, el plano que daba comienzo a la cinta era uno en el que Michael Jackson miraba entristecido la ventana de una de las habitaciones de Neverland, rancho de más de mil hectáreas donde habitaba, mientras llegaba la policía después de ser acusado de abuso sexual a menores en ese mismo lugar. En el corte proyectado en salas, la película arranca con un plano de Michael llegando al escenario en uno de sus más icónicos conciertos en 1988, el Bad Tour en Wembley. Poco más hay que añadir frente a lo esclarecedor de este hecho respecto a la concepción original y reescrituras posteriores del libreto una vez la familia Jackson ejercieron como productores ejecutivos.

    La producción en masa de biopics musicales que pareció nacer en 2018 con Bohemian Rhapsody hoy recibe la extremaunción con la nueva cinta de Antoine Fuqua, quien subvierte todo interés que pudiera tener la biografía de Michael Jackson hasta convertirla en un todo amasijo informe de mecanismos narratológicos y emocionales manidos y manipuladores, todo ello en alternancia, como no podía ser de otra forma, con montajes hipervitaminados al ritmo de los más conocidos éxitos del cantante, mientras largos minutos de metraje se atropellan entre sí. Toda la cinta está, por tanto, empecinada en seguir las fórmulas mercantiles que aseguren mayor comercialidad a la misma mientras van llegando a los momentos preconcebidos socialmente como importantes para la carrera de Jackson, aunque ello represente mitigar e infantilizar hasta el extremo la propia figura que pretenden glorificar.

    De alguna manera prácticamente incomprensible desde el ámbito artístico —y demasiado comprensible mercantilmente—, la figura de Jackson queda totalmente aplanada por el ignominioso rodillo que representan los ciento cincuenta y cinco millones de dólares de presupuesto que ha tenido la cinta. No hay arista ni matiz posible en ninguna de las imágenes de Fuqua, quien se ha limitado, más que probablemente por presiones de la familia del cantante y productores ejecutivos, a poner en escena la página de Wikipedia de Jackson con las formas más televisivas e institucionales posibles. Las pocas injerencias formales del director y Dion Beebe, tales como filmar constantemente a Colman Domingo, el padre de Jackson, con ópticas angulares, empleando la elección focal y la deformación que esta provoca toscamente para transmitir al gran público su carácter abyecto —como si no fuera subrayado decenas de veces en el metraje—, evidencian cómo se han supeditado a la lineal narratividad de la cinta, sin ir más allá del esquema plano-contraplano-plano general en prácticamente ninguna secuencia, incluso las más emocionales, fatigando terriblemente al espectador.

    El realizador pareciera pues mucho más interesado en recrearse en el halo místico que siempre envolvió a la figura por la que está fascinado que en el hombre detrás del nombre, quien sufrió en sus propias carnes —y en su cordura— esa mitificación a la que fue sometido - y que la cinta reafirma constantemente-y a la que terminó subordinándose. Resulta, pues, de un cinismo que roza la crueldad que la cinta se titule Michael, remitiendo a su nombre de pila, es decir, al hombre, cuando esencialmente el sujeto filmado no es otro que Jackson, el personaje, la estrella. La aparente nimiedad de la acepción onomástica nos revela cuál es el principal engaño de la cinta. No es baladí la comparación que puede llegar a suscitar el título con uno mucho más heterodoxo como fue A Complete Unknown de James Mangold, quien prescindía del nombre de Bob Dylan para focalizar el eje narrativo en la identidad personal y autopercepción del artista, estableciendo así una inteligente analogía entre la propia obra y la vida de este, quien esencialmente era un completo desconocido para todos, incluso para él mismo, como reflejara inconscientemente en la letra de Like a Rolling Stone, a la que remite el título. Mientras Mangold filmaba el diálogo entre el hombre y el artista que habitaba en un mismo cuerpo, Fuqua sobreimpresiona la edulcorada e infantil visión, cómoda para todos, a la verdadera identidad de Jackson, minorando el verdadero valor de su persona.

    La infantilización de la figura de Jackson, ramificación natural de la concepción de cinta familiar del proyecto, quizá sea el mayor de los defectos de la que esta peca, llegando a enaltecer y justificar incluso las excentricidades más conocidas del artista, tales como su carácter extremadamente infantil, las operaciones estéticas o tener como mascotas un mono, una jirafa y una llama. Recurso parecido es empleado, con mucho más descaro, para escenificar la relación de Michael con los niños, quien los colma de regalos y cariño, sin mención siquiera a las tan sonadas acusaciones de pederastia vertidas contra él. Y es que, si algo ha logrado sin lugar a dudas Fuqua con el biopic musical más caro de la historia, es la difícil tarea de hacer de Michael Jackson, quien moldeara y encauzara a placer la iconografía popular del artista y la historia de la música, una figura tediosa y excéntrica, un genio desdibujado que no le hace justicia a la grandeza del Rey del pop y su legado. ♦


    por Mario Peña
    abril 27, 2026

    Crítica | Michael

    por Mario Peña | abril 27, 2026

    Tiempo perdido y pensamiento del justiciero decadente

    Crítica ✷✷✷✷ de The Equalizer 2, de Antoine Fuqua.

    USA. 2018. Título original: The Equalizer 2. Director: Antoine Fuqua. Intérpretes: Denzel Washington, Pedro Pascal, Melissa Leo, Bill Pullman, Ashton Sanders, Orson Bean, Sakina Jaffrey, Jonathan Scarfe. Guion: Richard Wenk, Michael Sloan, Richard Lindheim. Productores: Molly Allen, Todd Black, Denzel Washington, Antoine Fuqua, Michael Sloan. Productoras: Columbia Pictures, Escape Artists, Fuqua films, Sony Pictures Entertainment (SPE). Fotografía: Oliver Wood. Montaje: Conrad Buff IV. Diseño de producción: Naomi Shohan. Diseño de vestuario: Jenny Gering. Banda sonora: Harry Gregson-Williams. Dirección Arte: Tom Frohling, Lauren Rosenbloom.

    Conviene recordar, o mejor dicho subrayar, que de entrada el cine de Antoine Fuqua apenas goza de análisis o estudio por parte de la crítica especializada. El problema reside primero en una caligrafía mayoritariamente poco estilizada en la que se abordan temas recurrentes y fundamentalistas del exploit de género al mismo tiempo que constituye una panorámica modesta sobre los valores moralizantes del cine de acción USA. Segundo porque reconstruye perfiles ajenos a las desviaciones contemporáneas de unas imágenes sofisticadas que evitan a toda costa perpetuar modelos añejos e incluso ingenuistas acerca de la topografía norteamericana, extraída del relato conservador, no solo reconstruyendo su memoria, sino dándole una ambigüedad incomoda y muy contrariada. El interesantísimo díptico formado por The equalizer (2014) y The equalizer 2 (2018) ejemplifican, queramos o no, ideas y rasgos muy significativos de nuestro tiempo. De esta forma ambos filmes irrumpen en el disperso imaginario del cine de justicieros, reclamando un polémico surgimiento cuyos desarrollos en la pantalla imponen un agresivo testimonio económico y social directamente adherido al cadáver del patriota estadounidense. Los tropos más conservadores del cine de justicieros provienen de la época dorada de la era Reagan en donde estrellas de la talla de Burt Reynolds o Charles Bronson rompieron cualquier dimensión real del género apropiándose, siempre en derredor de sus mismas figuras orgánicas, de un cine violento que unía la idea primitiva y arcana del hombre del oeste con la del patriota medio surgido de la Guerra Fría. Precisamente Malone (Harley Cokeliss, 1987), uno de los múltiples títulos tardíos de esa moda ochentera de justicieros, nos ayuda a entender mejor los intereses, diríamos casi documentales, no es ninguna barbaridad, del héroe vengativo y solitario que encarna Denzel Washignton en sendas cintas de Fuqua; la de un heroísmo ausente cuyo marco espacio temporal trata de reconocerse en los fundamentos de un estado gubernamental caótico y desdibujado.

    La película anteriormente citada supuso un mero vehículo de lucimiento para el ocaso de Reynolds, una cinta bastante mediocre que bien podría haber sido carnaza de videoclubs a tenor de sus entonces paupérrimos resultados en la taquilla. Sin embargo, en ella radican elementos y, más bien, arquetipos aproximativos de esa dimensión que podemos denominar el estilo Fuqua desarrollados en una voluntad claustrofóbica del justiciero o superviviente que respira completamente al margen del sistema socioeconómico. Fuera aparte de lo demás, nos interesa la secuencia extraída de Malone en la cual vemos a Reynolds manteniendo en las estancias de una comisaria un diálogo con el villano encarnado por Cliff Robertson. Se nos ofrecerán en ella los códigos de cuáles suponen los valores tradicionales del buen americano: ayudar a las personas a ejercer sus derechos como antes lo hicieron sus antepasados. El diálogo en cuestión se agarra literalmente a la definición exacta del patriota acuñada por el escritor Henry James “el patriotismo como la caridad empieza por uno mismo”. La escena dice muchísimo de la transfiguración de un cine conservador pero pensante, que aborda y pone en jaque todos y cada uno de los propósitos del activismo social. Un villano y un héroe cogidos de la mano comulgando en cierto modo al borde de una ritualidad ancestral del origen americano. Un pensamiento que pese a gestarse como antagónico atraviesa la misma remota ideología. Al igual que Malone, Robert McCall es un ex agente de la CIA, que escapa del sistema para adentrarse en la jungla del paisaje. Los dos hallan en el mito marginal la individualidad de verdadero patriota norteamericano. La imagen nítida del samurái, hombre confinado a las sombras, que redime a base de cuestionables soluciones morales su fracaso como hijo del capitalismo sufriendo así una marginalidad autoexpuesta fruto de su pensamiento fantasma, fagocitado e invisible a ojos de la nueva sociedad de consumo.

    por David Tejero Nogales
    agosto 18, 2018

    Crítica: The Equalizer 2

    por David Tejero Nogales | agosto 18, 2018

    La realidad contra el cine

    Crónica de la primera jornada de la 64ª edición del Festival de San Sebastián.

    Existen tradiciones que, a base de repetirse, se vuelven infalibles. Los chuzos de punta con los que Donosti nos recibe cada año son, sin duda, una de ellas. Hay un frente borrascoso que parece estar esperando su momento para dejarse caer sobre el visitante desprevenido, que llega a la ciudad con la cabeza tan llena de perspectivas cinéfilas que olvida las cuentas que el mundo aguarda ajustar hasta que sus gotas le empapan la ropa. Porque, ay, por muy romántico que uno quiera ser ante el cine, las contingencias de la realidad siempre están dispuestas a romper el hechizo. También una lluvia, pero en este caso de críticas, le ha caído al director del certamen, José Luis Rebordinos, por la escasa presencia de películas dirigidas por mujeres en la sección oficial. Solo la francesa Emanuele Bercot, responsable de lo que va camino de convertirse en otra tradición infalible: un filme mediocre para la apertura del Zinemaldia. Que, para defenderse, Rebordinos haya tenido que recurrir al perogrullo (la idea es que el festival se rija por un criterio de calidad y no de cuotas fijas) no habla demasiado bien del estado de la pugna entre el cine y la realidad política que, como las gotas de lluvia, quiere recordar su voluntad de filtrarse entre los ropajes de las películas. Aunque en este caso, pedirle a un evento de exhibición que falsee las prácticas del mundo de la producción (se muestra el trabajo de pocas cineastas porque hay pocas cineastas trabajando) viene a ser lo mismo que pedirle a la realidad no que cambie, sino que se enmascare. Claro que lo político tiene otras formas de filtrarse en lo que sí es pura producción. Resulta muy sintomático de estos tiempos que la nueva versión de Los siete magníficos, presentada en San Sebastián y que reseñamos aquí, sea un ejercicio tan conservador y formulaico en todo, salvo en una pequeña novedad: lo variopinto de su grupo protagonista en representantes de distintas etnias. El multiculturalismo invadiendo un espacio a priori tan poco propicio como el del western. Al fin y al cabo, puede que no se trate de la realidad en lucha contra el cine. Puede que, más bien, el cine haya sido siempre un campo de batalla entre distintas ideas de la realidad. Puede que la idea del cine como mundo al que evadirse no sea más que romanticismo barato. Pero aquí seguimos, un año más, irrealmente dispuestos a creer en él.

    por EAM
    septiembre 17, 2016

    Festival de San Sebastián 2016 | Día 1. Críticas: La doctora de Brest, Toni Erdmann, Orpheline, Los siete magníficos, La tortuga roja & Waldstille

    por EAM | septiembre 17, 2016
    Southpaw

    Let’s get ready to rumble

    crítica a Southpaw (Antoine Fuqua, 2015).

    Aún prevalecen en nuestra retina las imágenes de Muhammad Ali, meciéndose sonriente sobre las cuerdas de un cuadrilátero de boxeo, mientras George Foreman le lanzaba una pavorosa combinación de puñetazos que caían sobre su cabeza como golpes de martillo. Todo era una estrategia —rope a dope lo llamaron— del carismático atleta quien, en el octavo asalto, derrumbó con asombrosa facilidad a su exhausto oponente poniendo fin al mediático “The Rumble in the Jungle”. Los pesos pesados eran los líderes indiscutibles de los espectáculos boxísticos, hasta que los Estados Unidos perdieron el monopolio y sus campeones se doblegaron ante el avance de la Europa del este. Casualmente, coincidiendo con la pérdida de ese liderazgo, comenzó a darse un mayor protagonismo a los combates de categorías inferiores. La gente prefería ver 1000 golpes por boxeador que asistir a peleas que se resolvían con 20 puñetazos. El peso welter se convirtió en el nuevo gran evento pugilístico, devolviendo a Norteamérica su reinado, como puede deducirse de las cifras con las que se saldó la última final entre Floyd Mayweather y Manny Pacquiao donde, en la reventa, las entradas alcanzaron un valor de 150.000 dólares. Southpaw aprovecha esta tendencia deportiva, alejándose de los pesos pesados a los que la ficción cinematográfica nos tenía acostumbrados en la representación del boxeo, para adaptarse a las nuevas modas e inquietudes de los espectadores.

    El boxeo tiene una doble función narrativa en la nueva película de Antoine Fuqua; por un lado, sirve como excusa para llevar a cabo las escenas de acción para las que, sin ninguna duda, el realizador tiene una facilidad asombrosa. Por otro, la lucha explícita y literal que el protagonista utiliza como medio para ganarse la vida, sirve como metáfora de la difícil supervivencia de la clase obrera en cualquier ámbito profesional. En concreto, parece que la cinta se basa en las experiencias de Eminem y el duro camino que tuvo que atravesar hasta volver a llegar a la cima musical tras ser derribado por sus ambiciosas pretensiones. Si en 8 millas (8 mile, 2002) el rapero se interpretaba a sí mismo para ejemplificar su historia de superación y el ascenso a la fama desde una posición socialmente deplorable, en esta (al parecer) continuación, se muestra la caída y la lucha por volver a lo más alto. Por este motivo, se obvia desde el comienzo ese primer ascenso al mostrar al protagonista, interpretado ahora por Jake Gyllenhaal por conflictos de horario de la estrella del hip hop, como el vigente campeón del mundo. De hecho, la historia comienza con el combate que otorgaría al héroe el prestigioso estatus de campeón. Unas fantásticas secuencias iniciales sirven como medio para mostrar la abstracción de la realidad a la que se enfrenta el boxeador antes de cada pelea, unos planos que permiten vislumbrar las intenciones del realizador en la búsqueda de la identidad de su protagonista. Es la preparación a la brutalidad, la soledad del luchador, un estado de meditación del que sólo saldrá con la ayuda de su mujer, quien lo despierta de su ensimismamiento, lo devuelve a la realidad recordándole aquello que da sentido a toda esa lucha y, al mismo tiempo, le aporta ese componente de imbatibilidad que lo sitúa como el número uno invicto. Ya desde el comienzo se muestra que Billy Hope sabe encajar un golpe tan bien como sabe darlo. Su técnica de combate consiste en dejar que lo golpeen sin oponer demasiada resistencia, para que su cuerpo responda cada vez con más violencia y su ira lo lleve a generar golpes brutales.

    por Alberto Sáez Villarino
    julio 29, 2015

    Crítica | Redención (Southpaw)

    por Alberto Sáez Villarino | julio 29, 2015
    Denzel Washington, Premio Donostia

    Alberto Rodríguez va a por la Concha

    Crónica de la primera jornada de la 62ª edición del Festival de San Sebastián 2014

    700 kilómetros, 12 horas de autobús y un café. Las tres primeras claves del primer capítulo de la 62ª edición de Donostia Zinemaldia. Aquí nos esperaba un ambiente inmejorable, con calles anegadas de visitantes —la mayoría extranjeros— que buscan copar las playas donostiarras y los lugares de copas cercanos a los aledaños del Kursaal. El alboroto es tal que cuesta concentrarse a la hora de redactar estas líneas. Algarabía que, más que molestia, funciona como un poderoso imán que invita a cerrar la tapa del portátil y saltar a la primera de las muchas terrazas que anidan en San Juan Kalea. Una manzana más al noreste, vigila un luminoso Kursaal. El deber nos llama.

    Cumpliendo a rajatabla el manual del perfecto acreditado, ha llegado el momento más deseado. El olor a butaca, la mirada al primer fundido a negro. El comienzo, ligero, ligerísimo. Película de videoclub de las de antaño con un Washington con su enésima caracterización de héroe con pantuflas. Y no uno cualquiera. Es probable que Bruce Wayne se sintiera acomplejado ante tal despliegue de aptitudes. Más vergüenza aún habrá sentido su alumbrante tras ver el montaje final. Una oda al despropósito que, sin duda, le pasará factura en el futuro. Por suerte, llegó una desconocida producción hispano-colombiana que le dio un giro a las primeras notas. No todo es vigilia es un original álbum sobre la vejez articulado bajo una dirección muy llamativa. La tarde, por suerte, dejó dos grandes películas. La primera, Mommy, aparecía con todas las cartas sobre la mesa. Y no decepciona. Dolan es ya un grande. La segunda, La isla mínima, era una de las grandes premieres del certamen, y ha correspondido de forma sensacional a un público entregado a un director de una clarividencia fuera de toda duda. Un gran comienzo en San Sebastián. Veremos que nos ofrecen mañana Bille August, François Ozon y Gabe Ibáñez. Ahora, es momento de reflexionar sobre estas siete horas de buen cine.

    por Emilio M. Luna
    septiembre 20, 2014

    San Sebastián 2014 | Primera jornada. Críticas: 'La isla mínima', ‘The Equalizer (El protector)’, ‘No todo es vigilia’ y ‘Mommy’

    por Emilio M. Luna | septiembre 20, 2014

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