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    Festival de San Sebastián 2016
    Festival de San Sebastián 2016

    El viejo, el joven, el viento

    Crítica ★★★ de El invierno (Emiliano Torres, Argentina, 2016).

    De Friedrich a Malick, existe una amplia la colección de apologetas de la pérdida trascendente del ego ante lo salvaje. La idea de dejarse arrebatar por la inmensidad del paisaje natural es romanticismo puro, pero no olvidemos que esta corriente estética alberga en su núcleo una contradicción: el deseo de comunión con lo salvaje es formulado por el hombre que habita la civilización. Esto es, la atracción por lo arrebatado, lo irracional, surge por el rechazo a (y desde) un mundo ordenado y racional. El panteísmo es un invento mundano. Ahora bien, probemos a revertir el concepto. La permeación del paisaje en el alma no como bendición, sino como maldición. Esta es la condena del hombre que, al revertir su proceso de civilización y habitar lo salvaje, se expone a ser engullido por su vastedad. En la agreste Patagonia en la que transcurre El invierno, el viento continuo que sopla durante todo su metraje cobra resonancias muy relevantes como elemento que barre de forma incansable cualquier intento de raigambre. Vegetal o humana. El primer protagonista de la cinta es un viejo capataz que lleva décadas trabajando solo en un rancho situado en el inhóspito paraje. Cuando es despedido por el propietario, su soledad absoluta termina de quedar en evidencia: ya no es capaz de replantar sus raíces perdidas. Las inclemencias de una naturaleza desatada le han vaciado de identidad hasta convertirlo en un mero elemento superviviente del paisaje. Cortada su convivencia con él, el vacío es total. Un plano en el que el anciano mira a un viejo barco oxidado en dique seco remata el paralelismo. Una vez regurgitado por la lógica de mercado (que es capaz incluso de llegar a rincones tan remotos y es tan inhumana como ellos), no es más que una pieza de chatarra maltratada por los elementos.

    El segundo protagonista, un joven que es nombrado nuevo capataz, aparece antes de serlo como trabajador temporero de la esquila a las órdenes del viejo, durante el verano. Este último muestra una fascinación inicial por el joven que, como se comprueba pronto, es más bien identificación. Porque el joven, una vez contratado para sustituir al anciano y encargarse del rancho durante el duro invierno, empieza a ser víctima de la misma erosión asoladora legible en el rostro del anterior. Sus lazos con su familia desaparecen gradualmente, hasta que una escena (previa al cierre circular en el que vuelve el verano y que remata la película) culmina su disolución en el paisaje: la nieve y la niebla forman un manto de blanco uniforme que empequeñece su figura hasta sepultarla. Esta cuestión de la sucesión generacional entre el viejo y el joven hace incluso plantearse la linealidad temporal. ¿Hay un verdadero avance cuando todos los elementos del cuadro, humanos y paisajistas, apuntan más bien a una repetición circular? El paisaje es un páramo inmutable a las marcas de cambio y las estaciones, como los desarraigos de los dos protagonistas, son un ciclo cerrado. De modo que, dentro de la lógica que dicta este escenario omnipotente (más determinante que la propia lógica narrativa), el joven y el viejo bien pueden ser la representación de dos momentos vitales de una misma persona. Dos figuras estériles que, sin capacidad de engendrar un futuro (y con sus raíces barridas por el viento, como decíamos) , no pueden más que alimentar el eterno retorno de un presente infinito como el horizonte plano y nevado. Si nos terminamos de poner metafísicos, incluso la deriva más explícita que la cinta hace hacia los códigos del western en su ecuador tiene tanto de duelo entre dos como de lucha interior.

    por Miguel Muñoz Garnica
    julio 27, 2017

    Crítica | El invierno

    por Miguel Muñoz Garnica | julio 27, 2017

    Monstruos físicos y metafóricos

    crítica ★★★★ de Colossal (Nacho Vigalondo, Estados Unidos, 2016).

    Una década. Se cumplen diez años desde que el personalísimo cortometrajista Nacho Vigalondo, después de conseguir una celebrada nominación al Óscar con 7:35 de la mañana (2004), se decidiera a dar el obligatorio salto al campo del largometraje con Los cronocrímenes (2007), una de las óperas primas más rompedoras y originales que ha conocido el cine español a lo largo de toda su historia. Ya en aquella bizarra propuesta, que tocaba el tema de los viajes del tiempo desde una perspectiva novedosa y radicalmente alejada de cualquier convencionalismo, el realizador mostró una innata capacidad (que se convertiría en una de sus señas de identidad a lo largo de su obra futura) para subvertir las normas de cualquier género que se propusiera abordar, rompiendo todos los tópicos y ocultando, bajo imperceptibles capas, unas historias más cotidianas y mínimas que, a menudo, desconcertaron a un público que no comulgara con su particular universo. Así, quienes esperaron encontrarse con una invasión alienígena en clave de humor en la estimable Extraterrestre (2011), se toparon con una lúcida disección de las relaciones humanas; una comedia (anti)romántica atípica que pocas veces salía del reducido espacio de la casa de los protagonistas, relegando los ingredientes de ciencia ficción a la altura de mera anécdota argumental. Su siguiente trabajo, el ciberthriller Open Windows (2004) supuso una primera toma de contacto del director cántabro con el cine norteamericano, ya que, pese a tratarse de una producción española, contó con dos estrellas americanas como Elijah Wood y la antigua reina del porno Sasha Grey como cabeza de cartel. Un relato de acción y suspense que salió victorioso del arriesgado concepto estilístico en el que se movió, presentando su historia de secuestro y voyerismo abigarrado –muy a lo Brian De Palma–, únicamente a través de una pantalla de ordenador, con todos los recursos informáticos habidos y por haber puestos al servicio de su resolución. Ahora, con su cuarto largo (sin contar sus aportaciones a varios títulos de sketches terroríficos) Colossal (2016), Vigalondo ha desembarcado, al fin, en el mismísimo Hollywood. Por fortuna, y en contra de los temores que sus seguidores podríamos albergar ante este nuevo camino que se le ha abierto, las buenas noticias llegan cuando comprobamos que continúa sin traicionar su marcada personalidad y no se ha plegado a las exigencias comerciales de la industria, a pesar de disponer de un presupuesto mucho más generoso para poner en pie el último delirio surgido de su imaginario.

    El punto de partida de Colossal no puede ser más original. El mundo asiste perplejo a los sucesivos ataques de un monstruo gigante sobre la ciudad de Seúl, que provocan enormes desastres urbanos y numerosas bajas en la población. Al mismo tiempo, Gloria, una treintañera neoyorquina, se encuentra en una encrucijada existencial cuando su novio la abandona y pierde su trabajo a causa de un estilo de vida poco ordenado, por lo que decide volver a sus raíces e instalarse en el hogar donde pasó la infancia, en una pequeña ciudad alejada del mundanal ruido de Manhattan. Allí se reencontrará con Oscar, antiguo amigo de adolescencia que ahora regenta un bar de mala muerte y que ayuda a la joven a reinstalarse. Durante estos días de colegueo, confidencias y borracheras constantes, Gloria descubrirá, sorprendida, que su mente está conectada, de una forma sobrenatural, con la de la criatura de las noticias, por lo que deberá poner sus ideas en orden si no quiere seguir siendo una amenaza para la humanidad. Estamos ante una extraña pieza de cine fantástico que, en el germen de su historia, parece homenajear al entrañable subgénero del Kaiju Eiga, o, lo que es lo mismo, aquellas cintas de los 50 y 60 con monstruos prehistóricos enormes emergiendo de sus letargos y destrozando ciudades, casi siempre como consecuencia de acciones nucleares. En una década en la que estas han vuelto con fuerza a la gran pantalla, a través de grandes superproducciones como Pacific Rim (Guillermo del Toro, 2013), Godzilla (Gareth Edwards, 2014), Shin Godzilla (Hideaki Anno, Shinji Higuchi, 2016) o Kong: La isla calavera (Jordan Vogt-Roberts, 2017), el filme de Vigalondo se desmarca por completo de todo lo espectacular que podamos encontrar en ellas para llevar las bases a su terreno y, de igual manera que Extraterrestre, hacer que estas sean más una caprichosa excusa para que su personaje femenino sea capaz de recuperar las riendas de su vida y alcance la tan postergada madurez. Es cierto que hay apariciones del monstruo bastante conseguidas, gracias a unos efectos especiales cumplidores, dentro de su modestia, y que, visualmente, es el trabajo más cuidado hasta la fecha de su director, algo ya palpable desde el atractivo prólogo que muestra el primer avistamiento de la criatura en la capital de Corea, pero hay que dejar bien claro que no vamos a encontrarnos grandes secuencias catastróficas ni acción a raudales.

    por José Martín León
    junio 06, 2017

    Crítica | Colossal

    por José Martín León | junio 06, 2017

    ¿Sueñan los humanos con amores eternos?

    crítica ★★★★ de Your Name (Kimi no Na wa / 君の名は。, Makoto Shinkai, 2016).

    El cometa Tiamat está pasando cerca de la Tierra y por unos días será visible a simple vista. La joven Mitsuha vive el fenómeno ilusionada ante la expectación de la maravilla y el cansancio provocado por el aburrido discurrir de la vida en su pequeño pueblecito entre las montañas. Una existencia sin sorpresas ni demasiadas emociones, ni tan siquiera hay un café al que ir a pasar una tarde, que comparte con su hermana pequeña, su abuela, dos amigos y en menor medida su distante padre, ahora también el alcalde de la perdida villa. Pero un día despierta y asombrada examina su cuerpo, no se reconoce en él, tal vez se trate de un extraño sueño. Pronto descubriremos atónitos que quien vive en su interior es un joven de Tokio, Taki. A este le está sucediendo lo mismo, o más bien a su cuerpo: es Mitsuha la que se intercambia con él. Entre los dos se establecerá así una relación cuando descubran que lo que les sucede es real y no ningún tipo de ensoñación: que hay días en los que vivirán uno dentro del cuerpo del otro. Poco a poco, según van haciéndose conscientes de su imposible situación, comenzarán a comunicarse a través de mensajes en sus respectivos teléfonos móviles o a través de notas en hojas de papel: deben intentar que cuando uno actúe en la piel del otro no acaben cometiendo demasiados errores y que sepan qué ha hecho cada cual en estas ausencias inexplicables. En un tono de comedia amable, no carente de un gran encanto inocente, se va desenvolviendo la trama en la que comienza a adivinarse una historia de amor y de fondo la conciliación entre la tradición, representada por la abuela de Mitsuha y su mundo, y la modernidad, representada por ese Tokio con el que la joven sueña y que acabará conociendo de la más inesperada de las maneras. Your Name (Kimi no Na wa, 君の名は。, Makoto Shinkai, 2016) nos muestra, con ritmo constante y pautado con elegancia, este contraste entre el tranquilo pasado y el veloz y fugaz presente, y, en un salto narrativo tan medido como eficaz, también el futuro, dotando a la trama fantástica de un magnífico giro centrado en una paradoja temporal. Esto la convierte en un excelente relato de ciencia ficción tan alocado como brillante, muy deudor, o quizá sin saberlo y entonces emparentado sin remedio, de algunos de los mejores episodios de series como la clásica Doctor Who o su mítica réplica Zafiro y Acero (Sapphire and Steel, 1979-1982), esta sin duda una de las más extrañas y subyugantes de la historia de la televisión.


    «Your Name es honesta en sus intenciones, y encantará a aquellos que no se avergüencen de conservar algo de ese corazón ñoño pero incombustible de adolescente en su interior, de mantener latiendo un poco del espíritu vigorizante que aún sueña con amores imposibles, de imaginar que en algún lugar del mundo existe esa persona que siempre se ha estado buscando y que, contra toda lógica realista, uno puede llegar a encontrar».



    Pero no debemos despistarnos demasiado: Your Name nunca deja de ser una película de amores adolescentes, de apasionado descubrimiento romántico y de divertidas confusiones sexuales. Responde tanto a sus formas como a su contenido a la tradición más clásica del anime o cine de animación japonés, que en esta ocasión al no venir avalada por la firma de la conocida y reputada productora Studio Ghibli se ha presentado sin esa pátina de prestigio habitual cuando alguna película se estrena bajo su firma, aunque por momentos no la necesita. Your Name funciona a la perfección cuando mantiene su tono de comedia desenfadada y resulta sorprendente en su elaborado entramado fantástico de intercambio de cuerpos y paradojas temporales, narrados con sencillez y de manera diáfana pese a su nada simple planteamiento, y sabiendo impregnar de calidez y vida a sus personajes. Los detalles de los ritos ancestrales que se perpetúan en la casa de Mitsuha gracias a su abuela se complementan con el ajetreado quehacer en el restaurante en el que trabaja Taki, lo viejo y lo nuevo que se desvelarán como un reflejo de las distintas líneas temporales en las que se desarrollan las vidas de los protagonistas: el tiempo no es sino hilos que se enredan y se retuercen para acabar encontrándose en una cinta común. Tal vez el exceso de almíbar y las vueltas de más del guion en su algo extendido tramo final puedan provocar un comprensible rechazo. Your Name debe contentar a su público potencial y ofrecerle una catarsis a la medida de su edad, esa en la que todo es una cuestión de vida o muerte. Lo mismo, al fin y al cabo, que ofrecía la reciente La ciudad de las estrellas (La La Land, Damien Chazelle, 2016) a su público, este de edad adulta pero con la misma necesidad de acceder a un final feliz aunque sea forzándolo hasta el extremo de que no se trate sino tan solo de una posibilidad: nuestros ojos deben verlo para solazarse y descansar en ese tranquilo remanso al que nos desliza el saber, en un irreflexivo acto de fe, que siempre es posible la felicidad. Your Name es sin lugar a equívocos más honesta en sus intenciones, y encantará a aquellos que no se avergüencen de conservar algo de ese corazón ñoño pero incombustible de adolescente en su interior, de mantener latiendo un poco del espíritu vigorizante que aún sueña con amores imposibles, de imaginar que en algún lugar del mundo existe esa persona que siempre se ha estado buscando y que, contra toda lógica realista, uno puede llegar a encontrar. | ★★★★ |


    José Luis Forte
    © Revista EAM / 64º Festival de San Sebastián


    Ficha técnica
    Japón, 2016. Título original: Kimi no Na wa, 君の名は。. Director: Makoto Shinkai. Guion: Makoto Shinkai, basado en su propia novela. Productoras: Amuse, The Answer Studio, CoMix Wave Films, East Japan Marketing & Communications Inc., Kadokawa, Lawson HMW Entertainment (LHE), Toho Company y Vogue Ting. Productores: Kôichiro Itô, Noritaka Kawaguchi, Genki Wawamura y Katsuhiro Takei. Estreno: 3 de julio de 2016. Fotografía: Makoto Shinkai. Música: Radwimps. Montaje: Makoto Shinkai. Dirección artística: Makoto Shinkai. Intérpretes (voces): Ryûnosuke Kamiki, Mone Kamishiraishi, Ryô Narita, Aoi Yuki, Noburaga Shimazaki, Kaito Ishikawa, Kanon Tani.

    por José Luis Forte
    abril 06, 2017

    Crítica | Your name

    por José Luis Forte | abril 06, 2017
    Lady Macbeth

    Romper las cuerdas

    crítica ★★★★ de Lady Macbeth (William Oldroyd, Reino Unido, 2016).

    Si hay algo tan añejo como los vicios e hipocresías de la nobleza británica es la tradición, igual de genuinamente anglosajona, de burla hacia esa clase dominante. Que en 2016 coincidieran dos películas como Amor y amistad (Whit Stillman) y la presente Lady Macbeth nos deja claro que los cineastas de las islas mantienen la capacidad de encontrar nuevas aproximaciones a un motivo con tanta solera. En concreto, hablamos de dos cintas preocupadas por reexplorar el papel de la mujer en los ambientes nobiliarios de siglos pasados, mediante la subversión de ciertos esquemas narrativos canónicos que ocultan lecturas morales. En el caso de Amor y amistad, se trata precisamente de enfatizar lo estructural, en una teatralización muy afectada del texto y la disposición narrativa que marca un distanciamiento irónico tremendamente efectivo, consonante con el relato de Jane Austen en el que se basa a la vez que amplificado mediante la distancia histórica. Esto es, que la Inglaterra del siglo XVIII que dibuja Stillman no es la Inglaterra del siglo XVIII, sino una farsa representada por y para el siglo XXI, plagada de personajes irrealmente extravagantes que tienen en su verborrea la máscara más indisimulada posible. Liberada pues esta representación de cualquier corsé de dramatismo, liberada de todo posible intento de elevar la entidad de sus imágenes, solo queda la complicidad del espectador con Lady Susan, su protagonista, y la forma manipuladora y amoral que tiene de abrirse paso entre esa inmensa mascarada. Nada mejor para transmitir lo que en su época ya descubrió Austen: el dominio del romance como género, con su afán de trascendencia sobre lo individual, era el dominio de una moral diseñada para cerrar los caminos femeninos.

    El primer largometraje de William Oldroyd, guionizado por la dramaturga Alice Birch, se mueve en un afán similar. Desmontar los mecanismos narrativos de otro género mayor, en este caso la tragedia, para apuntar hacia lo que tiene de perpetuador de la dominación patriarcal. Su arco argumental, ambientado en la Inglaterra victoriana, explora la progresiva rebeldía doméstica de Katherine (Florence Pugh, un gran descubrimiento), una protagonista en principio comprada como esposa por un antipático lord inglés para ser recluida entre las cuatro paredes de su caserón rural. El ejercicio es el mismo que plantea Stillman con el género del romance: situarse en las latitudes tonales de la tragedia para esquivar todas sus convenciones. La trama, y de ahí la referencia a la esposa del rey escocés, es una de las historias más viejas del mundo: la lucha por el poder. En Lady Macbeth se trata de la voluntad individual de una mujer frente al sistema patriarcal que la rodea. No tanto la ambición por el poder como el objetivo de empanciparse de los poderes que la someten de una Katherine cuyo inconformismo crece a la par que su crueldad. Así, existen cuatro personajes masculinos que, de un modo u otro, le suponen sendos obstáculos para esa emancipación. La forma que tiene de despachar a cada uno de ellos va de la comprensión (o incluso celebración) del espectador a lo moralmente cuestionable. Pero, y he aquí la gran diferencia respecto al personaje shakespeariano al que cita, la base misma de la tragedia clásica queda dinamitada. Si en aquella el destino fatal de sus héroes está prefijado por su ethos como inclinación insalvable, aquí el proceder de Katherine no encuentra su razón de ser última en su temperamento. Sino en las circunstancias que la rodean.

    por Miguel Muñoz Garnica
    abril 04, 2017

    Crítica | Lady Macbeth

    por Miguel Muñoz Garnica | abril 04, 2017
    Rara

    Retrato de una familia con excesiva familiaridad

    crítica ★★★ de Rara (Pepa San Martín, 2016).

    Hace unas semanas la revista Film Comment publicaba una entrevista a James Gray sobre su visión de las películas que suelen triunfar en el festival de Cannes, fácilmente extrapolable a otros certámenes. La opinión del cineasta de Queens es que tras la deconstrucción narrativa abanderada por la Nouvelle Vague, el cine que más aplauden los jurados y el público asistente a estos encuentros es el que prosigue ese movimiento, consciente de que el relato clásico es una fantasía, y caracterizado por ciertos elementos técnicos como la cámara al hombro o la austeridad estética. Frente a ello Gray defiende una vuelta a la tradición para sacar el máximo partido a su emotividad, pues una vez descubierta su artificiosidad, no tiene sentido quedarse en su negación sino aprovechar su comprobado efecto anímico. Algo de razón tiene si las señas de identidad este cine “social”, “independiente”, “marginal”, “de autor”, etc. se convierten en sí mismas en un patrón que por coherencia reclamaría su propia superación o reformulación, sobre todo si estas historias, a diferencia de las últimas que ha rodado el mentado director norteamericano, tratan temas espinosos de la actualidad que el discurso de la mayoría suele ignorar. Este sería el caso de la homosexualidad, condición tan natural como otras que nos definen y sin embargo objeto aún de prejuicios, trabas y castigos, llegando hasta penas de cárcel o muerte en algunos países. Empero aún en los Estados desarrollados quedan avances pendientes: sin salirnos de la óptica cinematográfica, valga el dato de que ha habido que esperar a este año para que una cinta de esta temática haya sido galardonada con el Óscar a mejor película, si bien este mismo hecho harto publicitado constituye un descuido discutible, ya que en 1968 triunfó Cowboy de medianoche (Midnight Cowboy, John Schlesinger). Por exigencias comerciales de entonces ésta debía difuminar la orientación de su protagonista, pero al mismo tiempo era bastante más transgresora que la recién estrenada Moonlight (Barry Jenkins, 2016).

    Presentada el año pasado en la Berlinale, con un foco menos mediático y aún más liviano se inscribe Rara, la ópera prima de Pepa San Martín, cineasta chilena curtida como ayudante de dirección que tras varios cortometrajes ha dado ahora el paso al largo. Para ello se inspira en la historia real de una juez de su país a quien le retiraron la custodia de su descendencia por su lesbianismo, que por cierto comparte la propia directora y coguionista, aprovechando así todos estos elementos biográficos para contarnos un drama sentido y verosímil. En concreto sus personajes principales son la madre y su pareja, las dos hijas de la primera y su ex marido, quien reclama a las niñas cuando una de ellas le confiesa que no se siente muy cómoda en su hogar. Congruente con este estado de cosas, la rareza del título no se refiere a la sexualidad de la madre, sino a los sentimientos de su primogénita, que ve cómo sus amigos y conocidos no se encuentran forzados como ella a salirse de la norma y lidiar con lo que pueda perjudicar la reputación ajena. Con todo, la trama evita el enfrentamiento directo, pues ninguno de estos otros individuos margina o incluso interpela a la joven protagonista por estas circunstancias. En otras palabras, el conflicto es decididamente interno, casi nunca externo. Si surgen discusiones o peleas, lo hacen entre los propios miembros de esta familia cuya pacífica existencia se ha visto alterada por lo que al fin y al cabo es un mero malentendido. O más precisamente lo ha sido por una comunicación errática que San Martín se cuida de contrastar con su presentación inicial, desplegando en ella su experiencia teatral, mediante un largo y armónico plano secuencia de la casa donde preparan la comida y luego la comparten las dos mujeres y sus hijas. Tras ello la narración se vuelve más fragmentada, sucediéndose los episodios en apariencia anodinos mientras las susodichas relaciones se van deteriorando.

    por Ignacio Navarro
    abril 02, 2017

    Crítica | Rara

    por Ignacio Navarro | abril 02, 2017

    La cuadratura del círculo

    crítica ★★ de Yo no soy Madame Bovary (我不是潘金莲 / Wǒ Búshì Pān Jīnlián; Feng Xiaogang, China, 2016).

    El cine chino reciente parece desarrollarse en torno a dos constantes, una temática y la otra formal. En el primer caso, el elemento recurrente es el dibujo de una sociedad incapaz de la empatía, individualista y mercantil hasta extremos inhumanos. Toda la obra de Jia Zhangke, su representante más ilustre, es un estudio de esta cuestión. O podemos tomar un caso muy reciente. La cinta de animación Have a Nice Day, segunda del cineasta Liu Jian, que traslada a este paisaje humano una trama de enredo tarantiniana cuyos estallidos de violencia se desatan, precisamente, porque ninguno de sus personajes es capaz de evitar el deseo irreprimible de lucro económico. En cuanto a la segunda cuestión, el cine chino está dando algunos de los ejemplos más notorios de formalismo en lo que llevamos de siglo. La variación de formatos de Más allá de las montañas (2015, Jia Zhangke), el larguísimo plano secuencia de Kaili Blues (2015, Bi Gan) o el montaje que niega el presente fílmico de Black Coal, Thin Ice (2014, Diao Yinan) dan buena cuenta de una tendencia a la fascinación hacia los elementos formales per se. En cierto modo, son dos cuestiones relacionadas. Una aproximación deshumanizada a una realidad deshumanizada. Yo no soy Madame Bovary, última ganadora de la Concha de Oro en San Sebastián, también da cabida a ambas constantes, como expresa de forma inequívoca el formato circular en el que está rodada la mayor parte de su metraje. Si bien, quedan avisados, su voluntad de experimentación visual no parece apuntar a nada más que la simple apariencia de vanguardismo. A un posible intento por parte de su autor, Feng Xiaogang, de desprenderse del aura de director comercial con la que es percibido en China. No en vano, hablamos de un cineasta que acumula ya diecisiete largometrajes y que desde mediados de los noventa se fue especializando en comedias de gran éxito en taquilla.

    Con todo, siendo justos, los logros visuales de Yo no soy Madame Bovary son a ratos más que interesantes. Un plano amplio que muestra una reunión anual del partido comunista chino es un buen ejemplo de su capacidad para condensar su trasfondo discursivo en composiciones muy medidas. En este plano, los trabajadores uniformados decoran minuciosamente la sala en la que va a celebrarse la reunión. Los asientos son alineados en una cuadrícula cuyas exactitudes rectilíneas se miden con cintas métricas. Las luces tenues, los rojos desapasionados de la estancia y los aplausos estrictamente reglados de los concurrentes realzan el tono uniformizante de un escenario que invoca como pocos el gran ideal de la política china: la armonía. La ausencia de estallidos cromáticos discordantes. En esta escena, sin embargo, aparece una disonancia. No de forma visual, sino verbal. El presidente de la asamblea relata, indignado, que una mujer de provincias se ha arrojado hacia él al salir de su coche demandando reparación ante un pequeño caso judicial. La falta de respuestas que ha empujado a esa mujer a tener que desplazarse hasta Pekín y rogar a los altos mandos, concluye el presidente, es un fallo de los cargos intermedios a todos los niveles en su labor de acercamiento al pueblo. De modo que ruedan cabezas. Li, esa mujer que ha cortocircuitado con su protesta los resortes del sistema, es la peculiar protagonista de I Am Not Madame Bovary, encarnada por la superestrella china Fang Bingbing.

    por Miguel Muñoz Garnica
    marzo 10, 2017

    Crítica | Yo no soy Madame Bovary

    por Miguel Muñoz Garnica | marzo 10, 2017
    Bar Bahar

    Cuando la sociedad no se escucha a sí misma

    crítica ★★★ de Bar Bahar. Entre dos mundos (Bar bahr, Maysaloun Hamoud, Israel, 2016).

    «Cuando decides contarle al mundo lo que piensas y lo que sientes, no hay vuelta atrás. Solo queda expresar tu verdad interior o abandonar el proceso creativo. Al menos, así es como lo veo yo. El espíritu radical de la Primavera Árabe también levantó olas en Israel y Palestina. Formó parte de nuestro pensamiento. El grito “Kefaya!” (“¡Basta!”) salió de la garganta de millones de jóvenes árabes de ambos sexos, condenando la opresión, el patriarcado, el chauvinismo, la marginalización y la homofobia; demandando un nuevo orden carente de códigos culturales conservadores aplicados en nombre de la “tradición”. La palabra Kefaya produjo un cambio en la conciencia de la gente. Ya no podíamos seguir barriéndolo todo debajo de la alfombra, había que poner las cosas encima de la mesa». Así habla Maysaloun Hamoud de la semilla de su ópera prima, convertida inesperadamente en la producción más laureada del pasado Festival de San Sebastián; palabras acordes estas a un filme dispuesto a situar a la juventud femenina palestina en el centro de mira, extrayéndola del lugar secundario que suele ocupar en el cine e instando a la sociedad a dejar de hacer oídos sordos a los cambios que —tanto si lo quiere como si no— atraviesa. No por casualidad la obra está producida por Shlomi Elkabetz, a quien debemos uno de los retratos cinematográficos más poderosos de lo que supone ser mujer en Israel: Gett: el divorcio de Vivianne Amsalem (2014), el cual firmó en compañía de su recientemente fallecida hermana Ronit, a quien está dedicado el trabajo que nos ocupa. Las protagonistas de Bar Bahar. Entre dos mundos, las veinteañeras Salma (Sana Jammelieh), Leila (Mouna Hawa) y Nour (Shaden Kanboura), provienen de contextos muy diferentes pero comparten la opresión a la que las somete día tras día una sociedad que tiene sitio para ellas pero no para su albedrío. Leila procede de una familia musulmana, burguesa y seglar; Salma, de un enclave cristiano del norte de Galilea; la primera es abogada criminalista; la segunda, Dj... y homosexual. Ambas disfrutan como pueden de las libertades de la gran ciudad a la par que las sienten esfumarse entre sus dedos en cuanto bajan la guardia. En su apartamento aterriza la joven Nour, devota tanto a la religión musulmana como a su prometido, un hombre al que conoce tan poco como al propio arte de estar viva.

    Bar Bahar. Entre dos mundos da comienzo con un rito femenino globalmente expandido: la depilación, todo un símbolo tanto de feminidad como de las obligaciones que el sistema establecido ha depositado sobre los hombros de las mujeres en el mundo entero. Mediante esta sencilla escena, la película, que se mueve con solvencia entre la simpatía y la conmoción, advierte al espectador de que, si bien se dispone a retratar a tres mujeres palestinas de Israel, incluye en su llamamiento a todas las integrantes del sexo femíneo. Sin embargo, Salma, Leila y Nour comparten el hándicap añadido recién mentado: ser palestinas en terreno hebreo, o sea, personas que no encajarán nunca porque ni siquiera tienen claro dónde hacerlo. La crisis de identidad multigeneracional de la comunidad palestina de Tel Aviv, atrapada entre los dos mundos del título, es abordada aquí a través de la juventud, reivindicándose así la esperanza del cambio pero haciéndose hincapié en cómo este es aún un mero ideal. Mas esta no es la única dificultad que atraviesan las jóvenes protagonistas: Salma es consciente de que, aunque supuestamente liberales, sus padres no aceptarán su homosexualidad (explórese la filmografía de Eytan Fox para profundizar en la interesante analogía entre la crisis de identidad de género y la derivada del conflicto árabe-israelí); Leila trata en vano de llevar las riendas de relaciones amorosas donde, guiándose por parámetros establecidos, ellos siempre parecen darlo todo por sentado; y Nour, invadida por el ambiente de revolución que la rodea, se percatará por primera vez de que quizá, sólo quizá, no es la persona que todos insisten en hacerle creer que es. Envueltas por una sociedad que ni las comprende ni se esfuerza en hacerlo, una sociedad que prefiere mantenerse inmóvil por respeto al pasado a luchar por un futuro mejor para todos (y todas), las tres se refugian las unas en las otras, conscientes de que, mientras sus problemas no adquieran relevancia (inter)nacional, sólo en quienes también los afrontan podrán hallar verdadero consuelo. Para ellas, la libertad no es un derecho garantizado, sino una meta por la que pelear día a día. El feminismo y la solidaridad femenina son así transformados, respectivamente, en el cerebro y el corazón de una cinta cuyos valores reivindicativos superan a los cinematográficos en todos los sentidos.

    por Juan Roures
    febrero 01, 2017

    Crítica | Bar Bahar. Entre dos mundos

    por Juan Roures | febrero 01, 2017

    Conchita, Minjung y los demás

    crítica ★★★★★ de Lo tuyo y tú (당신 자신과 당신의 것 / Dangsin Jasingwa Dangsinui Geot; Hong Sang-soo, Corea del Sur, 2016).

    En Ese oscuro objeto de deseo, Ángela Molina y Carole Bouquet imprimían un toque de desconcierto al interpretar ambas a la misma protagonista, Conchita, llegando al punto de intercambiarse dentro de una misma secuencia. Una forma de apuntar, dentro de un único personaje, a dos facetas latentes: la comedida y la descarada. El juego que proponía Buñuel iba del interior al exterior. Cómo una mujer puede albergar en su fuero íntimo dos personalidades contrapuestas que emergen según las circunstancias. El desconcierto surgía ante la sugerencia, efectiva por su vaguedad, de que el concepto de persona admite el desdoblamiento. Sumado a que el proceder de las dos Conchitas era ejecutado con tal convencimiento que la una parecía ignorar por completo la existencia de la otra. Como si realmente fueran dos personajes diferentes que la mano de un demiurgo extrajera y reintrodujera a placer en el relato, divirtiéndose con el estupor del protagonista masculino interpretado por Fernando Rey. Un estupor que, al ser filtrado el argumento por el recuerdo de este último, no hacía más que ser extrapolado al espectador: ni él ninguno de los oyentes de su recuerdo de Conchita era capaz de darle un sentido a su insalvable contradicción. En última instancia, la duda permanecía: ¿estamos ante la retorcida manipulación de una mujer sobre un hombre? ¿O ante la incapacidad de ese hombre para interpretar a esa mujer?

    Lo tuyo y tú, décimo octavo largo de Hong Sang-soo, dialoga fácilmente con la cinta de Buñuel, reconocido por el mismo cineasta como una de sus grandes influencias. Ahora bien, lo relevante, más que en sus semejanzas, se encuentra en ciertas diferencias. Podríamos decir que el director surcoreano propone el juego en sentido contrario. Aquí tenemos una protagonista femenina que, a diferencia de Conchita, tiene un único cuerpo (el de la actriz Lee You-young) pero varias identidades. O al menos, varias identidades autoexpresadas. Ya no hablamos, por tanto, de fuero interno sino de percepción: del exterior al interior. En su primera identidad adquirida, la protagonista se llama Minjung y es la novia de Youngsoo, pintor, con quien rompe tras una discusión. Dicha ruptura precipita el devenir dramático: mientras un Youngsoo arrepentido busca a Minjung, el personaje de ésta se desdobla. De modo que en su segunda identidad adquirida se trata de su hermana gemela, que inicia una relación con un hombre que la conoce tras haberla confundido con su hermana. Y en la tercera, hablamos de una mujer sin nombre que inicia una relación con otro hombre que cree haberla conocido hace años. En una hilarante escena, el segundo hombre se la encuentra bebiendo en un bar con el tercero. Ella actúa como si no lo conociera, y la negación se intrinca: una mujer niega ser la mujer a la que un hombre conoció confundiéndola con otra mujer. ¿Complicado? Sigamos. La ruptura de Minjung con Youngsoo, además, la provoca un rumor propagado por sus amigos, que aseguran haberla visto bebiendo con otro hombre. ¿Es posible que a quien hayan visto sea a una de las «dobles» de Minjung? ¿O todo consiste en un ardid perpetrado por ella? Depende de en qué escojamos creer. Si atendemos a sus palabras, hablamos de diferentes personajes. Si nos fiamos de las apariencias, estamos ante una única mujer que juega a confundir al resto de caracteres. O bien una mujer que, bajo los efectos del alcohol (su gran afición a la bebida se nos da a conocer al principio y es una fuente de conflicto con Youngsoo), sufre una suerte de amnesia que le impulsa a reelaborar continuamente su identidad. Sang-soo, como es habitual en su cine, plantea la ambigüedad sin resolverla.

    por Miguel Muñoz Garnica
    enero 08, 2017

    Crítica | Lo tuyo y tú

    por Miguel Muñoz Garnica | enero 08, 2017
    Le trou

    Clasicismo y revolución

    Retrospectiva dedicada a Jacques Becker en la 64ª edición del Festival de Cine de San Sebastián.

    Suele ser habitual comenzar a escribir sobre un director aludiendo a su condición de olvidado, de autor al que nadie recuerda ya excepto la persona que le está dedicando unas líneas pareciendo así que se le está no solo rescatando de las brumas del tiempo, sino además que quien así lo hace fuera el único que lo comprendiera o le prestara atención. Lo que no resulta tan habitual es que de verdad se trate de un director desconocido o bien sepultado por los años, a veces sorprende que estos años incluso sean muy pocos, por lo que es de agradecer que los responsables de la retrospectiva clásica de la 64 edición del Festival Internacional de Cine de San Sebastián no hayan recurrido a este aburrido tópico para presentarlo. Y es que Jacques Becker ya gozó de reconocimiento crítico y de público en su día, un status que se ha mantenido hasta hoy. Otra cosa es que sea fácil acceder a todas sus películas, y en eso se ha centrado el ciclo: en mostrar no solo las que todos tenemos en la mente sino aquellas que jamás hemos tenido oportunidad de ver pudiendo componer así una panorámica completa del director francés. Alabado por la plana mayor de la revista Cahiers du Cinéma, con alguna salvedad que pronto cedería ante la opinión mayoritaria y la evidencia de que Becker es uno de los grandes, no cabe duda de que goza de un merecido prestigio. Esto se notó en la afluencia de público en las diversas proyecciones, en número mucho mayor que el asistente a la emocionante retrospectiva del año pasado dedicada a Merian C. Cooper y Ernest B. Schoedsack, al menos en casi todas las sesiones. Aunque prefiramos de lejos ver una y otra vez las películas del tándem norteamericano, nos acercaremos con igual espíritu de respeto y admiración por la trayectoria de un director que intentó romper siempre las barreras genéricas de cada una de las películas que rodó preocupado por mostrar su mundo personal sin por ello renunciar a una narrativa prístina y asequible a cualquier tipo de espectador. En fin, lo que todos los grandes clásicos sabían hacer tan bien se lo propusieran o no.

    por José Luis Forte
    diciembre 05, 2016

    Clasicismo y revolución: El cine de Jacques Becker

    por José Luis Forte | diciembre 05, 2016

    Timeless Love

    crítica ★★★★ de La llegada (Arrival, Denis Villeneuve, Estados Unidos, 2016).

    La cronotopía kantiana establece que la concepción espacio-tiempo es congénita a la conciencia del hombre. El humano se crea, como ser biológicamente evolucionado, con el conocimiento de un momento y un lugar definidos como elementos irreductibles, sobre los cuales transcurrirá la totalidad de su existencia. Sobre esta certidumbre ontológica han sido forjados, con mayor o menor trasgresión, la totalidad de los ejemplos cinematográficos concebidos por el posmodernismo, donde el cronotopo fílmico llegaba a ser invertido —Irreversible (Gaspar Noé, 2002)—, desordenado —Hill of Freedom (Hong Sang-soo, 2014)—, desdibujado —Origen (Christopher Nolan, 2010)—, o incluso solapado —Looper (Rian Johnson, 2012—, pero siempre con una preponderancia jerárquica del futuro frente al pasado. Puede que Denis Villeneuve no haya tenido que rendir cuentas a Kant para pasarse su teoría por la banda de Moebius, sin embargo sí que existe una figura totémica e ineludible en materias de espacio-temporalidad en el universo posmoderno: el propio Christopher Nolan. Villeneuve se aventura con La llegada en una nueva idea de percepción, llamémosla materialismo dialéctico, sobre la que erige su estudio semiótico en función de una idea determinada con la que otorga al espacio y al tiempo un poder cognitivo autosuficiente. De esta manera, los conceptos existenciales por antonomasia tendrían un carácter objetivo e independiente al ser humano. Para proceder con su empresa, el director canadiense se apoya, como comentábamos, en la misma teoría de ficcionalidad verosímil popularizada por Nolan, según la cual, cualquier hecho, por descabellado que parezca, será asumido como cierto en la ficción cinematográfica, siempre que sea explicado por medio de una base argumental lógica y consistente.

    La premisa fundamental de la película, y el hecho sobre el que pivotará la compleja red de narrativas simultaneas, es la aparición de una serie de naves extraterrestres sobre la superficie de la Tierra. El realizador vuelve a demostrar en este punto su pericia en el manejo del tempo y la tensión, retrasando deliberadamente el encuentro del espectador con el objeto catalizador de la tensión —la nave—, y haciendo de ese primer contacto una experiencia de estrés inigualable. Al igual que hiciera en Sicario, con la entrada en la ciudad de Juárez del grupo de asalto, el paso del equipo de investigación al gigantesco vehículo flotante está dotado de una gravedad superlativa y un ambiente de tensión irrespirable acentuado por la potencia de unos sintetizadores que nos llevan a agarrarnos, de forma refleja, con fuerza a nuestra butaca. Uno de los aspectos más importantes para el proceso de verosimilitud de la ficción reside en la reacción de los ciudadanos terrícolas al incidente. Se aprecia que sus acciones responden a las que tenemos asimiladas en situaciones conocidas, como un desastre natural —saqueos a centros comerciales, congregaciones sectarias vaticinando el apocalipsis con suicidios colectivos…—, el humano actúa frente a una invasión alienígena con relativa naturalidad, por lo que resulta imposible discernir si la población había sufrido antes un episodio similar, o es la primera vez que se enfrenta a lo paranormal. La reacción de la gente es determinante en este tipo de relatos fabulosos, ya que permite al espectador fijar un baremo comparativo con lo conocido. Podríamos tomar la serie de HBO, creada por Damon Lindelof y Tom Perrotta, The Leftovers, como uno de los mejores ejemplos de representación de la incertidumbre ante un suceso insólito. Pronto entenderemos, no obstante, que el director no quiere perder el tiempo, al menos, no en un principio, con las consecuencias de la aparición de esas naves, sino con la causa; un preponderante ¿por qué? surge como principal incógnita y, para tratar de obtener una respuesta antes de que el desasosiego generalizado conduzca la diplomacia vigente hacia una vía más drástica, las Naciones Unidas han decidido contratar a la doctora Louise Banks, una experta lingüista que hará lo posible por establecer un procedimiento comunicativo fructífero. 

    por Alberto Sáez Villarino
    noviembre 24, 2016

    Crítica | La llegada

    por Alberto Sáez Villarino | noviembre 24, 2016

    Un thriller como Dios (no) manda

    crítica ★★★★ de Que Dios nos perdone (Rodrigo Sorogoyen, España, 2016).

    En los últimos años el cine español está progresando hacia un mayor entendimiento de cómo debe funcionar una industria, que por definición debe seguir una organización y unos modelos. Y es que en este periodo, frente a las ofertas más marginales que solían acaparar nuestro mayor talento, han tomado la delantera las propuestas de género, que se ajustan a esa visión más industrial ya que siguen unas pautas reconocibles, facilitando la previa venta del proyecto y enfocándose a un público fiel, aun sin perder su sello autoral. En particular están triunfando tres géneros, en ocasiones exportables fuera de nuestras fronteras: la comedia romántica, el terror y el thriller. Y este último está siendo el indudable protagonista del año, desde sus primeros meses cuando llegaron a nuestra cartelera las intensas y entretenidas Cien años de perdón (Daniel Carparsoro) y Al final del túnel (Rodrigo Grande), ambas coproducciones con Argentina, confirmando que la senda del éxito también pasa por la plurinacionalidad. Se trata de buscar la equiparación con otros filmes de nuestros vecinos europeos y sobre todo de Estados Unidos, que por lo general han estado por encima a nivel técnico y a veces también narrativo. Ahora bien, ello no debe llevarnos a renunciar a nuestras raíces. Este compromiso se observa con mayor claridad en otros tres thrillers estrenados después del verano: Tarde para la ira (Raúl Arévalo), con un tono más castizo y menos internacional; El hombre de las mil caras (Alberto Rodríguez), con la balanza contraria pese a su premisa basada en ese personaje tan español que ha sido Francisco Paesa; y finalmente la que nos ocupa, Que Dios nos perdone, donde ambos extremos encuentran el mejor equilibrio.

    Nos situamos en el Madrid del verano de 2011, coincidiendo con la Jornada Mundial de la Juventud, poco después del surgir el movimiento 15M y poco antes de celebrarse las elecciones de noviembre: en suma, en pleno centro geográfico y cronológico de la crisis socioeconómica y política que aún sufrimos. Este contexto sirve para entender la dinámica de unos personajes, divididos entre el cuerpo de policía y los conciudadanos que participan en sus pesquisas, tan fastidiados como resignados con el mundo que les ha tocado vivir. Son individuos traumados o a la deriva que se cuidan de no revelar sus heridas, y que apenas descargan su contenida mala leche en hechos en apariencia anodinos, pero significativos si tenemos en cuenta cuándo y dónde nos movemos: la basura que se amontona en las aceras, el aire acondicionado del coche que no funciona, el compañero que se niega a prestar unos céntimos para la máquina expendedora, la vecina que se centra en los detalles nimios de su comunidad y olvida con ello la soledad y futilidad de su existencia… Destacar estos detalles adelanta la riqueza de una trama que se cuida de construir con verosimilitud y relevancia el mundo que rodea a los personajes principales, con lo que más que desviar el foco de sus propias motivaciones, se las alienta con los ingredientes ajenos que las nutren. Son los dos policías (inmensos Antonio de la Torre y Roberto Álamo, operando desde registros interpretativos opuestos) que investigan los asesinatos de una serie de ancianas en el centro de la capital, crímenes cruentos de los que nadie fuera del departamento debe enterarse, dados los tiempos ya de por sí conflictivos que corren, pero que nosotros presenciamos sin filtros ni miramientos, como atestiguan las visiones de la morgue.

    por Ignacio Navarro
    noviembre 15, 2016

    Crítica | Que Dios nos perdone

    por Ignacio Navarro | noviembre 15, 2016

    La revolución era una fiesta

    crítica ★★★★ de Nocturama (Bertrand Bonello, Francia, 2016).

    Una hilera de televisores, dispuestos en fila simétrica, muestran en pantalla panorámica y HD las imágenes en directo de varios enclaves emblemáticos de París en llamas. El Ministerio del Interior, la estatua ecuestre de Juana de Arco en la Place des Pyramides, el edificio de la Bolsa y los pisos altos de un rascacielos en la Defénse. Las bombas que los han hecho arder manifiestan el rechazo, acumulado hasta (literalmente) el estallido, contra los poderes políticos y económicos (modernos y tradicionales, franceses y globales) que simbolizan. Un rechazo que ha espoleado, por parte de su grupo de jóvenes protagonistas, el acto de rebeldía violenta que mueve el relato de Nocturama. O si lo prefieren, el atentado. Pero estén avisados: el efecto inquietante de la cinta que nos ocupa consiste en poner en cuarentena los automatismos y etiquetas que utilizamos ante el que quizá sea el tema más incómodo sobre el que filmar en los tiempos que corren. El terrorismo. No en vano, la nueva película de Bertrand Bonello se dio a conocer por la controversia que desató su no inclusión en el pasado festival de Cannes. Apenas medio año después de los atentados yihadistas que sufrió París y con una nación aún conmocionada, es inevitable pensar en la falta de atrevimiento por parte de la organización del certamen. Pero Nocturama, un proyecto que el cineasta galo ya tenía ya ideado hace cuatro años, trasciende con mucho su condición de obra provocadora para elaborar un retrato, necesariamente complejo, de las relaciones entre política, revolución y juventud en el siglo de las pantallas y el consumo de masas.

    «Flipas cuando lo ves de verdad», dice uno de los protagonistas ante las imágenes televisadas que describíamos al comienzo del texto. La línea de guión explicita con especial tino esta cuestión de fondo que apuntamos. Porque lo que muestran las imágenes es el resultado de la propia acción de ese personaje. Un chaval que acaba de volar un edificio ve más verdad en la imagen mediada que en su propia experiencia activa. Las numerosas pantallas que pueblan los planos de Nocturama no pueden ser más relevantes al respecto del retrato de una joven generación definida por su anestesiamiento ante la violencia normalizada por los videojuegos, los telediarios o el mismo cine. La primera mitad del metraje avanza junto al movimiento acompasado, sincrónico, del grupo protagonista moviéndose por París hacia sus objetivos. Pero es la segunda mitad, en la que las subtramas paralelas y el avance físico dan paso al encierro de todos ellos en un centro comercial (que usan como escondrijo nocturno tras haber perpetrado los ataques), donde esta desconexión entre acción personal y realidad objetiva aparece con toda su potencia. El escenario escogido, una colección de escaparates minimalistas entre paredes insonorizadas, es en su uso normalizado un pequeño paraíso del consumo, ajeno a lo que ocurre fuera de sus límites. Que este entorno de manifiesta artificialidad, fuente cotidiana de desconexión de la realidad, sea en este caso una desconexión del propio acto violento crea una asociación muy potente entre la cultura del consumo y la concepción indiferente de la violencia.

    por Miguel Muñoz Garnica
    octubre 12, 2016

    Crítica | Nocturama

    por Miguel Muñoz Garnica | octubre 12, 2016
    Évolution

    Matriarcado experimental

    crítica de Évolution (Lucile Hadzihalilovic, Francia, 2015).

    Évolution (2015) es el último largo de la realizadora Lucile Hadzihalilovic. Fue presentado en San Sebastián y tuvo una gran acogida, siendo galardonada con el Premio Especial del Jurado. Un reconocimiento que valoraba una propuesta fílmica arriesgada, distópica, contemplativa y perturbadora a partes iguales. Irrumpió en Donosti con una fuerza parecida a la que tuvo su ópera prima Innocence (2011). En esta ocasión el punto de partida es el mar y no un orfanato; a través de zambullidas acuáticas que nos ayudan a entrar en el desconcierto reinante; escenas pausadas, en las que se hace un uso muy inteligente del sonido, para envolver al espectador en esa suerte de atolondramiento quimérico. Así, con pocas palabras, se genera la atmósfera espesa y húmeda (su principal valor) de Évolution. Tras los primeros compases costeros nos hacemos eco de la vida de un pueblo donde solo hay mujeres y niños (no niñas), una isla con una estética propia de la decadencia de un puerto pesquero de los años cuarenta calcinado por la salitre (fue rodada en Lanzarote y Barcelona), un lugar donde los chavales son sometidos a extraños experimentos en un hospital destrozado por la humedad y donde las mujeres realizan rituales propios de una secta, un pueblo tenebrosamente apacible. 

    La atmósfera, la estética, la puesta escena, la banda sonora, el sonido y la fotografía adquieren una relevancia mayor que en otras películas habida cuenta de la aspereza del guion. Su naturaleza minimalista y esbozada, puede suponer un hándicap, pero sirve para reafirmar su personalidad. Es cierto que la cinta, de una singularidad inquietante, puede recordar a Yorgos Lanthimos, por su punto de partida premeditadamente extraño. No obstante su proposición formal, su dramatismo y la ausencia de humor la sitúan lejos de cualquier influencia salvo la de H. G. Wells y su La Isla del Doctor Moreau (reconocida por la propia directora). Hadzihalilovic perfila una obra para dejarse llevar y sumergirse en esa desesperación hierática del pequeño protagonista. Con una carrera, un chapuzón o un dibujo grita libertad, busca una aliada, alguien que pueda "guardar un secreto" y así escapar de ese mundo de mutaciones, ritos y fetos. La recurrente estrella de mar (que aparece en las pupilas del crío, en el agua, dibujada en su libreta o en la geometría corporal del ritual femenino a la luz de la luna) o los vídeos sobre el parto que las enfermeras se ponen en bucle no explican nada y lo expresan todo. En definitiva, la historia está plagada de un conjunto de elementos (técnicos principalmente) que insertan y afianzan un suspense que, en cierta medida, irá cobrando sentido a lo largo del metraje a pesar de la latente ambigüedad.

    Évolution

    «Hermética, con soluciones metodológicas impecables (como los planos detalle a través de mirillas) y sencillamente evocadora. Un filme que se puede disfrutar a distintos niveles, exigente y, por eso mismo, gratificante. No es una obra mayor, ni mucho menos, pero se disfruta en su pequeñez».


    Como comentábamos en el párrafo anterior, puede achacársele cierta pereza narrativa. Al fin y al cabo no es cine experimental ni se buscan fórmulas alternativas. Hay una introducción, un nudo y un desenlace, ¡no hay canon más convencional que ese! Obviamente esa austeridad del relato tiene un objetivo claro y es el de otorgar valía a la sugestión, darle protagonismo a la imagen y a lo onírico. Se puede tener la sensación de que haber reforzado la estructura y haber dotado de un poco más de consistencia a la narración no hubiesen ido en detrimento de la pretendida sinestesia. Es preciso destacar, por lo tanto, que el peso del filme recae en lo impreciso. Y en esa insinuación se pueden observar las sinergias en conflicto que surcan siempre a la humanidad, instinto y razón. La razón viene definida por la experimentación, el instinto se refleja en la propensión del protagonista a pensar que algo no funciona. Desde estos leitmotivs Hadzihalilovic plantea un foco de inquietudes éticas permeadas de conceptos políticos tan subversivos como subyugantes: la puesta en valor de las sociedades matriarcales, la dicotomía entre lo animal y lo humano, la disidencia como fuerza de cambio y lo primitivo como principal distintivo atávico. De ahí la importancia de los ritos y de las mujeres durante toda la historia, que navegan entre la animalidad y la humanidad. Convirtiéndose así en seres limítrofes, artificiales y asépticos. De todas formas conviene matizar que nos encontramos dentro de los códigos de lo fantástico, no de la ciencia ficción. Évolution es un estudio antropológico de lo inexplicable. Sin voluntad científica. Técnicamente irreprochable, uno es capaz de sentir la humedad y el hermetismo con esos planos detalle a través de mirillas o con su turbadora banda sonora. Así que en su género y su condición es una cinta interesante, pequeña, de complicada distribución pero justamente reconocida en el circuito de festivales de la temporada pasada. Asimismo este nuevo trabajo otorga coherencia a la carrera de la directora francesa. La pone en la palestra del circuito independiente/autoral con un discurso que se hace fuerte en lo atmosférico y en la intriga. Es justo reconocer que no es fácil crear una historia reiterativa y esquemática que atrape de la manera en que lo hace Évolution. De ahí la decisión más inteligente de su creadora: el metraje no excede la hora y cuarto. Algo más extenso podría haber supuesto la diferencia entre una película paladeable y una de pesadísima digestión. Hermética, con soluciones metodológicas impecables (como los planos detalle a través de mirillas) y sencillamente evocadora. Un filme que se puede disfrutar a distintos niveles, exigente y, por eso mismo, gratificante. No es una obra mayor, ni mucho menos, pero se disfruta en su pequeñez. | ★★★ |


    Andrés Tallón Castro
    © Revista EAM / Madrid


    Ficha técnica
    Francia, 2015. Título original: Évolution . Presentación: Festival de San Sebastián 2015. Dirección: Lucile Hadzihalilovic. Guion: Lucile Hadzihalilovic, Alanté Kavaïté. Productoras: Les Films du Worso, Noodles Productions, Scope Pictures, Volcano Films, Left Field Ventures. Montaje: Nassim Gordji Tehrani. Fotografía: Manu Dacosse.. Música: Jesús Díaz y Zacarías M. de la Riva. Reparto: Max Brebant, Julie-Marie Parmentier, Roxane Duran, Mathieu Goldfeld, Nissim Renard, Nathalie Legosles, Pablo-Noé Etienne. Duración: 81 minutos. Póster oficial de Évolution: LINK.

    por Anónimo
    octubre 04, 2016

    Crítica | Évolution

    por Anónimo | octubre 04, 2016
    Lady Macbeth

    Giro del Zinemaldia

    Las 10 mejores películas de la 64ª edición del Festival de San Sebastián.

    Is time to say goodbye. Tiempo de hacer las maletas y volver a casa. Un retorno que, una vez más, será más dulce que nunca con el recuerdo de un buen puñado de filmes que han elevado la experiencia habitual que ofrece el Festival de San Sebastián. Y eso que los augurios no eran demasiado prometedores. Por suerte, la Sección Oficial ha sobrepasado las expectativas. No, quizá, por calidad global pero sí por riesgo. Ya lo apuntábamos en la previa. Asumida ya la imposibilidad de competir con Cannes o Venecia, es hora de aire fresco. No pasará a la historia esta entrega del Zinemaldia pero al menos la reflexión ha surgido con la mayoría de títulos. Cintas como Playground, As you are o Jesús han remarcado la rabia de las nuevas generaciones expresada con inmisericorde violencia; el cine español ha dado, de nuevo, la talla con obras como La reconquista, María (y los demás), Que dios nos perdone, El hombre de las mil caras o Vivir y otras ficciones; y autores del nivel de Hong Sang-soo y Bertrand Bonello han dejado su impronta en las salas donostiarras. Si a esto le añadimos unas Perlas que han contado con los (fantásticos) últimos trabajos de Paul Verhoeven, Denis Villeneuve, Mia Hansen-Løve y Maren Ade, el balance final se puede calificar de satisfactorio. Esta ha sido la edición del mal tiempo, de una bajada aparente de público, del debut de las mejorables salas de Tabakalera, del triunfo de la cinematografía y asiática, y, sobre todo, de una historia de amor tan sencilla como evocadora. El certamen más importante del cine español se despide momentáneamente y, con él, la cobertura de EAM, la cuarta consecutiva. Ahora, desear que las películas aquí exhibidas y valoradas logren lo más importante: llegar al público. A continuación, nuestra habitual selección de lo más destacado del Festival de San Sebastián elegida por Víctor Blanes, Emilio Luna, Miguel Muñoz, Juan Roures y Sofía Pérez. Eskerrik asko.

    por EAM
    septiembre 25, 2016

    Las 10 mejores películas de la 64ª edición del Festival de San Sebastián

    por EAM | septiembre 25, 2016

    Expectativas no cubiertas

    Palmarés de la 64ª edición del Festival de San Sebastián.

    En el año que Cannes estalló con la Palma de Oro para Yo, Daniel Blake de Ken Loach (Premio del Público en el SSIFF), San Sebastián se ha unido a la fiesta de palmareses cuestionables con el de su 64ª edición. Aunque sonaba como favorita en la previa al certamen, lo cierto es que la china I am not Madame Bovary, apoyada por gigantes del país asiático como Jia Zhangke, no entusiasmó a la prensa en sus pases pese a su interesante envoltorio visual. Su Concha de Oro se vuelve aún más discutible si tenemos en cuenta el nivel de algunas de sus rivales como La reconquista, Lo tuyo y tú, Nocturama o Lady Macbeth. De estas cuatro, solo la cinta surcoreana obtuvo galardón –la Concha de Plata a la mejor dirección para el gran Hong Sang-soo—. El filme de Feng Xiaogang encabezó un listado que tampoco dejó satisfecho al respetable. Solo la presencia de la interesante cinta argentina El invierno y el mentado entorchado de Sang-soo se pueden calificar de justa. Una lástima atendiendo al nivel de una sección oficial que esta entrega ha apostado por otros caminos para llegar al público. Con ello, y pese la decepción, el baremo de este Donostia Zinemaldia lo marca el cine presentado, nunca unos premios sujetos a mil influencias. Que el público decida en el futuro.

    Concha de Oro a la mejor película: I am not Madame Bovary de Feng Xiaogang (China)
    Premio especial del jurado: ex aequo El invierno de Emiliano Torres (Argentina) y Jätten de Johannes Nyholm (Suecia).
    Concha de Plata al mejor director: Hong Sang-soo por Lo tuyo y tú (Corea del Sur).
    Concha de Plata a la mejor actriz: Fang Bingbing por I am not Madame Bovary (China).
    Concha de Plata al mejor actor: Eduard Fernández por El hombre de las mil caras (España).
    Premio del jurado a la mejor fotografía: Ramiro Civita por El invierno (Argentina).
    Premio del jurado al mejor guion: Isabel Peña y Rodrigo Sorogoyen por Que dios nos perdone (España).

    NUEVOS DIRECTORES


    Mejor película: Park de Sofia Exarchou (Grecia).
    Mención especial: A Taste of Ink de Morgan Simon (Francia).

    ZABALTEGI-TABAKALERA


    Mejor película: Eat that question: Frank Zappa in his own words de Thorsten Schüte (Alemania).
    Mención especial: La disco resplandece de Chema García Ibarra (Turquía).

    HORIZONTES LATINOS


    Mejor película: Rara de Pepa San Martín (Chile).
    Mención especial: Alba de Ana Cristina Barragán (Ecuador).

    PREMIOS PARALELOS


    Premio FIPRESCI: Lady Macbeth de William Oldroyd (Reino Unidos).
    Premio SIGNIS: Nocturama de Bertrand Bonello (Francia).
    Premio del público: Yo, Daniel Blake de Ken Loach (Reino Unido).
    Premio del público a la mejor película europea: Ma vie de courgette de Claude Barras (Suiza).
    Premio Cine en Construcción: La educación del rey de Santiago Esteves (Argentina).
    Premio de la Juventud: Bar Bahar de Maysaloun Hamoud (Israel).


    por EAM
    septiembre 24, 2016

    Palmarés del 64 Festival de San Sebastián: I am not Madame Bovary, de Feng Xiaogang, Concha de Oro

    por EAM | septiembre 24, 2016
    Lady Macbeth

    Esta tarde, sobre las nueve, conoceremos la decisión del jurado de la 64 edición del Festival de San Sebastián. Bille August, en la presidencia, Jia Zhang-ke, Anahí Berneri, Esther García, Bina Daigeler, Matthew Libatique y Nadia Turincev no lo van a tener nada fácil para elaborar un cuadro de honor, a tenor de lo visto en esta entrega, donde ha predominado el riesgo; con propuestas formales, narrativas y temáticas que han otorgado un empujón a una sección oficial bastante encorsetada en el último lustro. La Concha de Oro, a priori, debería estar destinada a filmes como Lady Macbeth, Nocturama, La reconquista o Lo tuyo y tú, sin descartar a obras como la polaca Playground –el gran impacto del certamen—, o las sudamericanas El invierno y Jesús. Lo sabremos en unas horas. Como es habitual, les dejamos nuestros pronósticos y deseos.

    Concha de Oro a la mejor película: Nocturama de Bertrand Bonello (Francia).
    Premio especial del jurado: La reconquista de Jonás Trueba (España).
    Concha de Plata al mejor director: Feng Xiaogang por I am not Madame Bovary (China).
    Concha de Plata a la mejor actriz: Florence Pugh por Lady Macbeth (Reino Unido).
    Concha de Plata al mejor actor: Roberto Álamo por Que dios nos perdone (España).
    Premio del jurado a la mejor fotografía: Yves Cape por Orpheline (Francia).
    Premio del jurado al mejor guion: Hong Sangsoo por Lo tuyo y tú (Corea del Sur).

    ... Y si reinara la locura y el equipo de EAM, con Víctor Blanes, Emilio Luna, Miguel Muñoz, José Luis Forte, Juan Roures y Sofía Pérez, conformara el Jurado:

    Concha de Oro a la mejor película: La reconquista de Jonás Trueba (España).
    Premio especial del jurado: Lo tuyo y tú, de Hong Sang-soo (Corea del Sur).
    Concha de Plata al mejor director: Bertrand Bonello por Nocturama (Francia).
    Concha de Plata a la mejor actriz: Florence Pugh por Lady Macbeth (Reino Unido).
    Concha de Plata al mejor actor: Sebastián Ayala por Jesús (Chile) & Charlie Heaton por As you are (EE.UU.).
    Premio del jurado a la mejor fotografía: Ramiro Civita por El invierno (Argentina).
    Premio del jurado al mejor guion: Hong Sangsoo por Lo tuyo y tú (Corea del Sur).

    Artículo 14 del Reglamento del SSIFF: «El Jurado Oficial tendrá a su disposición un Premio Especial para su libre adjudicación a la película que considere que tenga méritos para recibirlo, debiendo mencionar la motivación que la hace merecedora del mismo. La Concha de Oro no podrá ser ex aequo. No podrán otorgarse más de dos premios oficiales ex aequo».
    por Emilio M. Luna
    septiembre 24, 2016

    ¿Quién ganará la Concha de Oro? Apuesta para el Palmarés de la 64ª edición del Festival de San Sebastián

    por Emilio M. Luna | septiembre 24, 2016
    Ewan McGregor

    La pasión y la evasión

    Crónica de la octava jornada de la 64ª edición del Festival de San Sebastián.

    Llega el final del 64 Festival Internacional de Cine de San Sebastián con este octavo día, las últimas críticas de la cobertura de este año y esa sempiterna constatación que perdura aún de sentir con fuerza la pasión del cine cada mañana al tiempo que uno susurra para sí mismo con temor: “¡por favor, que la siguiente película sea buena!” Desde El antepenúltimo mohicano hemos vivido con intensidad el Festival y hemos intentado transmitiros no solo las opiniones sobre las diferentes obras presentadas, sino también ese día a día en esta locura cinéfila, que compartáis con nosotros los momentos buenos y los que no lo han sido tanto, nuestra humilde manera de que os hayáis sentido en el corazón del Festival sin tener que haberos alejado del salón de vuestras casas. En nuestro seno también ha habido disensiones e intercambio de opiniones diferentes, no somos todos los mohicanos iguales ni EAM es un ente único y sin personalidad. ¿Cine nuevo o refrito insustancial? ¿Una apuesta valiente o un valiente ladrillazo? ¿Se están explorando diferentes formas de contar o se están estancando nuestros creadores? Tampoco es importante dar con la respuesta correcta: lo emocionante es enfrentar las distintas ideas. Una buena parte del equipo mohicano ha estado aquí para que quien nos haya leído se uniera, si ese hubiera sido su deseo, a discutir acerca de estas cuestiones que no van a salvar el mundo, claro está, pero sí que pueden ayudar a hacerlo un lugar más grato donde vivir. Este sábado, como colofón, veremos en grupo unido e indivisible, esta vez sí, La evasión (Le trou), la obra maestra que el director francés Jacques Becker realizara en el año 1960. Es esta la forma que hemos elegido de rendir un modesto homenaje al protagonista de la retrospectiva clásica de este año del Festival. Volveremos el que viene, no lo dudéis.

    por EAM
    septiembre 24, 2016

    Festival de San Sebastián 2016 | Día 8. Críticas: Rage, The Odyssey, El ornitólogo & Our Love Story

    por EAM | septiembre 24, 2016
    Jennifer Connelly

    Somos siempre principiantes

    Crónica de la séptima jornada de la 64ª edición del Festival de San Sebastián.

    Ha querido la organización concentrar en un mismo día dos de las películas más potentes a competición (y también de las más esperadas por el equipo mohicano) que aportan visiones distintas sobre el amor pero comparten una idea principal: la de acercarnos a él despojados de complejos, como si lo hiciéramos por primera vez sin importar cuantas veces lo hayamos hecho anteriormente. Como principiantes. Y ahora que el cansancio ya empieza a hacer mella tras varios intensos días de festival, uno se pregunta si no es eso lo que hemos intentado hacer cada vez que poníamos un pie en el Kursaal, el teatro Principal o el Victoria Eugenia, nuestras verdaderas casas desde hace ya una semana. Es la idea de acercarse a cada película como quien no sabe nada, algo muy complicado en estos tiempos modernos donde las noticias viajan de continente a continente a golpe de tuit. Lo cierto es que hemos comprobado como en demasiadas ocasiones las expectativas nos jugaban una mala pasada a la hora de disfrutar de una película, algo que afecta sobremanera a las opiniones que cada noche vertemos sobre ellas. Por ello, y aunque ahora pueda parecer un poco tarde, reivindicamos desde aquí la necesidad de ser siempre principiantes. De enfrentarnos a cada experiencia fílmica como auténticos ignorantes, como torpes aprendices de un mundo que se despliega ante nosotros. Solo así lograremos que cada película sea un aprendizaje.

    por EAM
    septiembre 23, 2016

    Festival de San Sebastián 2016 | Día 7. Críticas: American Pastoral, La reconquista, Lo tuyo y tú, Your name & Something in blue

    por EAM | septiembre 23, 2016

    Surfeando el celuloide

    Crónica de la sexta jornada de la 64ª edición del Festival de San Sebastián.

    Sexta jornada ya del 64 Festival Internacional de Cine de San Sebastián y seguimos inundando nuestras pupilas de sueños e historias que nos han traído emoción y polémica, división de opiniones y grandes nombres del cine. Este año han desfilado por la Zurriola un actor con aroma a clásico, Ethan Hawke, y una actriz que ya lo es, la gran Sigourney Weaver, la cual llegaba ayer mismo levantando una expectación y una admiración equiparables a la que pocos días antes había provocado su compañero a la hora de recibir los Premios Donostia de este año, galardones otorgados como reconocimiento a toda una carrera, si bien las de nuestros dos protagonistas aún distan mucho de llegar a su fin. Una brillante manera de combinar con esta elección todo el glamour del viejo Hollywood con una calidad y categoría artísticas indiscutibles. Si las diatribas más importantes se han centrado en la necesidad o no de mostrar escenas explícitas hasta la brutalidad o lo pornográfico, y en si es bueno o contraproducente que se generen estos debates en el seno del Festival, hay algunas más pequeñas, casi invisibles, pero que afectan de manera importante a los espectadores más sufridos y silenciosos, aquellos que no gustan de dar su opinión en voz alta aunque en algún momento no pueden contenerse y dejan oír su tembloroso sonido en las salas reclamando un poquito de comprensión. Porque, ay, esa altura a la que quedan en algunas ocasiones los subtitulados electrónicos de las películas son un pequeño infierno. Espectadores removiéndose en sus butacas buscando la posición a veces imposible desde la que poder leerlos sin problemas, levantándose a mitad de proyección para cambiarse de sitio porque desde donde están no hay manera de verlos o rezando al momento de sentarse para que el más alto o el más melenudo de la sala, tampoco tienen ellos la culpa de serlo, claro está, no se siente justo delante. Una molestia menor pero no baladí que se compensa con el entregado trabajo del personal de los cines, siempre amable y dispuesto a responder cualquier pregunta y solventar la más mínima duda con una sonrisa y eso que somos conscientes de que algunas de ellas deben de llegar a sus oídos cientos de veces al día, de igual forma a quien durante toda la jornada nos atiende con los tickets y las entradas que temerosos de que se hayan agotado pedimos en las taquillas y en las mesas del Kursaal. También a todo ese equipo que se preocupa de que las películas estén listas justo a su hora sin que haya un minuto de retraso y que todo se encuentre en orden para que podamos disfrutar de las proyecciones. Sirvan estas líneas como un pequeño aplauso a esas personas que realizan el trabajo más oscuro del Festival, aquel del que casi nadie habla o tiene en cuenta en sus discusiones cinéfilas, pero que si no estuvieran ahí… ¿de qué demonios íbamos a polemizar? Todos compartimos estos días que pasarán como una ensoñación, todos surfeando las olas de celuloide del Festival. (J.L. Forte).

    por EAM
    septiembre 22, 2016

    Festival de San Sebastián 2016 | Día 6. Críticas: El invierno, Jesús, Snowden & Rara

    por EAM | septiembre 22, 2016
    Sigourney Weaver

    Tres kilómetros

    Crónica de la quinta jornada de la 64ª edición del Festival de San Sebastián.

    Tres kilómetros separan nuestro apartamento en San Sebastián, situado en las faldas del Monte Ulía, del núcleo del festival. Un segmento que, tras la medianoche, condensa decenas de sensaciones recopiladas durante una jornada donde la retina es golpeada de forma incesante. Son unos cuarenta minutos caminando que, bien por relajación, bien por simple entretenimiento, funcionan como germen del posterior trabajo que ven ustedes tras las líneas de este prólogo. Unas líneas que brotan con los párpados oblicuos a las seis de la mañana, cuatro horas después de la llegada. ¿Es el momento más apropiado para hacer una valoración? Claro que no. La respuesta se reduce a la pasión, a ese deseo irrefrenable de comunicar, de compartir una experiencia elaborada con el lector. No obstante la labor del crítico se basa en inspirar al público potencial, en darle ese empujón hacia a la sala proponiéndole la oportunidad de descubrir por sí mismo un nuevo mundo y de provocar su ese debate interno que ha convertido al cine en arte. Formular una reflexión no entiende de tiempo, pero cierto es que este recompensa a una paciencia que en la época que vivimos se ha convertido en una quimera. Las redes sociales mandan, y un evento como este, dotado de cierta exclusividad, las convierte en el perfecto altavoz del ego. En el día que aparecía en escena Sigourney Weaver, Premio Donostia 2016, y la polémica se recrudecía con el pase de prensa de la cinta polaca Playground, uno de los impactos mediáticos del certamen, las redes estallaban tras la primera proyección de Un monstruo viene a verme, la esperada tercera película de Juan Antonio Bayona. Sobre las diez menos cuarto de la noche, los tweets –algunos incluso antes de su final— surgieron dictando sentencia. Un torrente de exhibicionismo donde detractores y seguidores recurrían a la sorna para defender su postura. Eyaculadores precoces cuyo discurso y labor comienza y termina ahí, en los aledaños del cine. Hay que marcar tendencia y, con suerte, que algún distribuidor elija tu frase para un teaser promocional. Porque en el Festival de San Sebastián no solo se promocionan largometrajes, también Narcisos reflejados en el pequeño cristal que ansían sus tres segundos de fama.

    por EAM
    septiembre 21, 2016

    Festival de San Sebastián 2016 | Día 5. Críticas: Un monstruo viene a verme, As you are, Frantz, Lumières d'été, Porto & Pinamar

    por EAM | septiembre 21, 2016

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