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    Jacques Becker
    Jacques Becker

    «La evasión» (1960)

    Programa número 14 del podcast «La última flecha».

    A golpe de escoplo y martillo un hombre perfora el suelo de hormigón de una celda. Cada impacto hace saltar esquirlas y polvo de cemento en una tarea que se nos antoja imposible. Hay poco tiempo, el ruido es infernal, los guardias de la prisión pueden pasar en cualquier momento y solo la casualidad de que haya obras en el edificio permite que los golpes no llamen la atención. Como un péndulo que marca los segundos con una perfección milimétrica, la secuencia del trabajo se desarrolla maquinalmente, pero es un hombre quien incansable mantiene el hipnótico ritmo. Se detiene un instante, se lleva una mano a la frente sudorosa, se limpia y sin transición cede las herramientas a otro compañero de encierro que presto le sustituye y sigue golpeando y golpeando abriendo la brecha a sus pies. Observamos absortos lo que creemos que no lograrán, pero poco a poco el suelo cede. Pasan los minutos y nuestro estupor se convierte en convencimiento: ¡lo conseguirán! El tono frío y documental de la escena se transforma románticamente en toda una metáfora de la pelea contra las fuerzas que los mantienen encerrados. Así, el director Jacques Becker en su película La evasión (Le trou, 1960) convierte en exaltación pura los minutos que se nos pudieran antojar interminables de esa escena que consiste en mostrarnos unas manos golpeando sin descanso un trozo de cemento. Este tono documental es el que sustenta todo el filme, el cual hace creíble cada paso, cada acción, cada decisión y tarea del grupo de presos en su camino hacia la liberación. Y al mismo tiempo que se torna verídico y real a nuestros ojos nos obliga a compartir sus esfuerzos y sus ilusiones, a sufrir los momentos de peligro y a anticipar el aire limpio de la madrugada en una calle desierta de la ciudad cuando comienzan a atisbar que alcanzarán su objetivo. La evasión es sin duda una de las más apasionantes cintas de fugas jamás rodada, modélica e imitada hasta la saciedad, a la vez única y solitaria en su forma de narrarnos el esfuerzo colectivo en busca de un bien común.

    Al brío de este grupo inolvidable de hombres se unen, en este nuevo episodio de «La última flecha», nuestros compañeros Daniel M. Lourtau, Ignacio Pablo Rico, José Luis Forte y Miguel Muñoz Garnica.

    | Además de en iVoox, pueden escucharlo en Spotify | Apple Podcasts | Pocket Cast |

    por EAM
    mayo 16, 2021

    Podcast: «La evasión» (1960)

    por EAM | mayo 16, 2021

    Edición 65 aniversario de A contracorriente Films. Máster restaurado por StudioCanal.
    Audio: Dolby Digital 2.0 Mono.
    Imagen: 4/3 – 1.37:1. 1080p.

    Para muchos la gran obra maestra de Jacques Becker, París, bajos fondos (Casque d’Or, 1952) se abre con una de las escenas que quizá más recuerde a Jean Renoir, de quien Becker fuera ayudante de dirección en ocho películas en la década de los 30 como ya se ha comentado, de toda su filmografía: un grupo de hombres y mujeres descienden por un río en barca, llegan a la orilla, tocan tierra y se dirigen a un merendero donde se sientan en la terraza. Una banda de música desgrana tonadas populares y todos los presentes bailan, ríen y aspiran la vida a borbotones en una nube casi irreal de felicidad. Solo nos ha sorprendido que con la irrupción de nuestro grupo algunas señoras se han mostrado escandalizadas y no han dudado en definir a las recién llegadas como fulanas, y que una de las jóvenes, Marie (una deslumbrante como nunca Simone Signoret), no anda a buenas con su pareja, el chulesco Roland (William Sabatier). Ellos conforman una banda de delincuentes, de apaches como se los conocía en el París de principios del siglo XX que tan bien reflejara Louis Feuillade en su serial Fantomas (Fantômas, 1913-14). El vértigo del momento irrepetible pero también la fugacidad de una mirada que puede marcar el destino son retratados al detalle. En apenas diez minutos Becker nos ha presentado a un buen montón de personajes y ha establecido las relaciones de amistad y servidumbre, de amor y conveniencia que existen entre todos ellos. Un joven carpintero, Manda (Serge Reggiani), es reconocido por un miembro del pequeño clan, Raymond (Raymond Bussières en una magnífica caracterización, mostrando en cada gesto el cariño que siente por su pasado compañero de aventuras), un antiguo amigo de tiempos más salvajes. Ambos se muestran un afecto sincero fruto de haber compartido días difíciles. El lacónico Manda pronto fija su vista en Marie y esta corresponde en una hermosa escena que Becker rueda girando la cámara al compás de la joven que baila con Roland, a cada vuelta ella volviendo sus ojos a Manda. Sin que apenas hayan cruzado aún una sola palabra ya han comenzado a hacerse el amor.

    Nace así una historia de un romanticismo exacerbado, dulcificando la algo sórdida historia real en la cual se basa el filme, insuflando su relación de un aliento poético que se mantendrá irreductible hasta el dramático final. El bueno de Manda se verá implicado en una serie de intrigas amorosas en la que no solo Roland se interpondrá entre él y Marie, sino el sardónico Leca (Claude Dauphin), el jefe de los apaches, que también la desea. Personajes arrastrados por sus pasiones, egoísta la de Roland, posesiva la de Leca y pura la de Manda, que llevará a que este deba enfrentarse en una pelea barriobajera con el engreído Roland. Manda es callado y siempre mantiene su pose de hombre tranquilo que ya ha abandonado la mala vida, pero a poco que se le empuja sale de él ese tipo peligroso e irreductible que fue. Becker parece moverse dentro de un clasicismo elegante en la realización, pero es a la hora de mostrar los breves instantes de felicidad que podrán vivir Marie y Manda cuando rompe con la tradición y subvierte el ritmo narrativo tradicional para detenerse en los plácidos meandros de los encuentros furtivos de los amantes parando el tiempo, delectándose en los cuerpos de los jóvenes abrazándose junto a un río o amándose en una cabaña alejada del bullicio de las calles de París. No solo para ellos parece que el tiempo se toma un respiro, sino que Becker nos hace partícipes de esa burbuja temporal en la que las horas se suceden al ritmo de los amantes y todo lo que sucede fuera de su mundo no importa, ni tan siquiera existe en el paraíso de los enamorados. Pero el mundo no muestra piedad. Leca buscará la manera de apartar a Manda de Marie, y para ello acusa de un crimen, el de Roland, a Raymond, y Manda no podrá resistirse a acudir en su ayuda pues el asesino no es otro que él. La amistad, la fidelidad, la complicidad entre hombres que se respetan y que se admiran por encima de cualquier otra consideración, una constante temática que se repetirá en otras obras de Becker, cobran una fuerza y una intensidad incontenibles pues Manda renunciará a su felicidad para asistir a su amigo. El encanto romántico se rompe con la desesperación del mal inevitable. Manda se enfrentará a Leca persiguiéndolo desde la calle hasta el mismo corazón de una comisaría de policía donde se refugia el cobarde jefe apache. Becker va aislando a Leca en el plano cada vez en espacios más pequeños en su huida, de una habitación a otra, encuadrando desde el marco de una ventana asfixiándolo, arrinconándolo contra la pared sin espacio donde huir acosado por el implacable Manda. La oscuridad cae sobre un final que anega todo resquicio a la prometida dicha de una vida mejor. La guillotina implacable caerá sobre el cuello de quien soñó con el amor y con ella el rostro de Marie anegado en lágrimas.

    por EAM
    septiembre 10, 2017

    The Collection: París, bajos fondos (1952)

    por EAM | septiembre 10, 2017
    Le trou

    Clasicismo y revolución

    Retrospectiva dedicada a Jacques Becker en la 64ª edición del Festival de Cine de San Sebastián.

    Suele ser habitual comenzar a escribir sobre un director aludiendo a su condición de olvidado, de autor al que nadie recuerda ya excepto la persona que le está dedicando unas líneas pareciendo así que se le está no solo rescatando de las brumas del tiempo, sino además que quien así lo hace fuera el único que lo comprendiera o le prestara atención. Lo que no resulta tan habitual es que de verdad se trate de un director desconocido o bien sepultado por los años, a veces sorprende que estos años incluso sean muy pocos, por lo que es de agradecer que los responsables de la retrospectiva clásica de la 64 edición del Festival Internacional de Cine de San Sebastián no hayan recurrido a este aburrido tópico para presentarlo. Y es que Jacques Becker ya gozó de reconocimiento crítico y de público en su día, un status que se ha mantenido hasta hoy. Otra cosa es que sea fácil acceder a todas sus películas, y en eso se ha centrado el ciclo: en mostrar no solo las que todos tenemos en la mente sino aquellas que jamás hemos tenido oportunidad de ver pudiendo componer así una panorámica completa del director francés. Alabado por la plana mayor de la revista Cahiers du Cinéma, con alguna salvedad que pronto cedería ante la opinión mayoritaria y la evidencia de que Becker es uno de los grandes, no cabe duda de que goza de un merecido prestigio. Esto se notó en la afluencia de público en las diversas proyecciones, en número mucho mayor que el asistente a la emocionante retrospectiva del año pasado dedicada a Merian C. Cooper y Ernest B. Schoedsack, al menos en casi todas las sesiones. Aunque prefiramos de lejos ver una y otra vez las películas del tándem norteamericano, nos acercaremos con igual espíritu de respeto y admiración por la trayectoria de un director que intentó romper siempre las barreras genéricas de cada una de las películas que rodó preocupado por mostrar su mundo personal sin por ello renunciar a una narrativa prístina y asequible a cualquier tipo de espectador. En fin, lo que todos los grandes clásicos sabían hacer tan bien se lo propusieran o no.

    por José Luis Forte
    diciembre 05, 2016

    Clasicismo y revolución: El cine de Jacques Becker

    por José Luis Forte | diciembre 05, 2016

    A golpe de escoplo y martillo un hombre perfora el suelo de hormigón de una celda. Cada impacto hace saltar esquirlas y polvo de cemento en una tarea que se nos antoja imposible. Hay poco tiempo, el ruido es infernal, los guardias de la prisión pueden pasar en cualquier momento y solo la casualidad de que haya obras en el edificio permite que los golpes no llamen la atención. Como un péndulo que marca los segundos con una perfección milimétrica, como gotas de agua que fueran cayendo de un grifo inagotable, la secuencia del trabajo se desarrolla maquinalmente, pero es un hombre quien incansable mantiene el hipnótico ritmo. Se detiene un instante, se lleva una mano a la frente sudorosa, se limpia y sin transición cede las herramientas a otro compañero de encierro que presto le sustituye y sigue golpeando y golpeando abriendo la brecha a sus pies. Observamos absortos lo que creemos que no lograrán, pero poco a poco el suelo cede. Pasan los minutos y nuestro estupor se convierte en convencimiento: ¡lo conseguirán! Y así la emoción de esos prisioneros se traslada al espectador, haciéndole partícipe del trabajo, del esfuerzo, de la lucha por la libertad que comparten quienes así luchan por ganársela. El tono frío y documental de la escena se transforma románticamente en toda una metáfora de la pelea contra las fuerzas que los mantienen encerrados. Así el director Jacques Becker en su película La evasión (Le trou, 1960) convierte en exaltación pura los minutos que se nos pudieran antojar interminables de esa escena que consiste en mostrarnos unas manos golpeando sin descanso un trozo de cemento. Este tono documental es el que sustenta todo el filme, el cual hace creíble cada paso, cada acción, cada decisión y tarea del grupo de presos en su camino hacia la liberación. Y al mismo tiempo que se torna verídico y real a nuestros ojos nos obliga a compartir sus esfuerzos y sus ilusiones, a sufrir los momentos de peligro y a anticipar el aire limpio de la madrugada en una calle desierta de la ciudad cuando comienzan a atisbar que alcanzarán su objetivo. La evasión es sin duda una de las más apasionantes cintas de fugas jamás rodada, modélica e imitada hasta la saciedad, a la vez única y solitaria en su forma de narrarnos el esfuerzo colectivo en busca de un bien común. Perfecta en su desenlace en el cual una sola frase formada por dos palabras resume el espíritu de quienes mantienen todo su orgullo intacto e indestructible hasta en los peores momentos pues se ha trabajado y peleado con honor. No por menos tan pocas y austeras sílabas se han convertido en historia del cine, una secuencia mítica e inolvidable que culmina la obra maestra de Jacques Becker. Su última película: la muerte no le permitió ni tan siquiera asistir a su estreno.

    Jacques Becker inicia su carrera como ayudante de dirección trabajando para Jean Renoir. El profundo humanismo y el deseo de captar la realidad en todo su detalle de este serán reconocibles en su labor posterior de dirección que comienza con dos cortometrajes, su participación en un documental colectivo financiado por el partido comunista y un largometraje que no terminó (otro director completaría el trabajo). Su primer filme en solitario sería Dernier atout (1942), un relato detectivesco enmarcado en la clásica trama de descubrir al culpable, un whodunit (¿quién lo hizo?) tradicional que ya marcaría la forma de trabajar de Becker: historias de género a las que el brillante autor haría romper sus barreras gracias a su lúcida mirada. No menos curiosas y atípicas son sus otras incursiones en el género negro: Goupi mains rouges (1943) o la sensacional No tocar la pasta (Touchez pas au grisbi, 1954), sin olvidar su memorable retrato del mundo de los apaches, como se denominaba a los criminales franceses de finales del siglo XIX, en la romántica y esplendorosa París, bajos fondos (Casque d’or, 1952), o su liviana pero elegante adaptación de las andanzas del ladrón de guante blanco Arsenio Lupin, la maravillosa creación del escritor Maurice Leblanc, en Las aventuras de Arsenio Lupin (Les aventures d’Arsène Lupin, 1957). En la retrospectiva que rendirá homenaje a Jacques Becker dentro del próximo Festival de Cine de San Sebastián, su edición número 64, podremos ver toda su filmografía, trece películas entre las que además de las citadas se exhibirán las comedias dramáticas de esquiva adscripción genérica, muchas de ellas inéditas en nuestro país, cuya evolución lleva del clasicismo de los años cuarenta a la anticipación en sus filmes finales del movimiento que revolucionaría el cine francés en los años 60: la nouvelle vague. Falbalas (1945), cuyo corazón gira en el exuberante mundo de la moda, Se escapó la suerte (Antoine et Antoinette, 1947), Rendez-vous de juillet (1949), esta todo un soplo de vida y juventud ambientado en los antros de jazz parisienses, Édouard et Caroline (1951), Rue de l’Estrapade (1953), las coloristas aventuras protagonizadas por el popular cómico Fernandel de Alí Babá y los cuarenta ladrones (Ali Baba et les 40 voleurs, 1954) y el melodrama centrado en los últimos días de vida del pintor Amedeo Modigliani Los amantes de Montparnasse (Les amants de Montparnasse, 1958). Una oportunidad irrepetible de admirar la obra de Jacques Becker en pantalla grande en un paseo fascinante por su legado.

    Retrospectiva

    Le commissaire est bon enfant, le gendarme est sans pitié (1935).
    La vie est à nous (1936).
    Dernier atout (1942).
    Goupi mains rouge (1943).
    Falbalas (1945).
    Se escapó la suerte (1946).
    Rendez-vous de Juillet (1949).
    Édouard et Caroline (1950).
    París bajos fondos (1952).
    Alí Baba y los cuarenta ladrones (1953).
    Rue de L'estrapade (1953).
    Touchez pas au grisbi (1954).
    Las aventuras de Arsenio Lupin (1956).
    Los amantes de Montparnasse (1958).
    La evasión (1960).

    por José Luis Forte
    mayo 10, 2016

    Escapando de la prisión burguesa: una retrospectiva dedicada a Jacques Becker en el 64 Festival de Cine de San Sebastián

    por José Luis Forte | mayo 10, 2016

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