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    Crítica | The death and life of John F. Donovan

    Bitter Sweet Symphony

    Crítica ★★★☆☆ de «The Death & Life of John F. Donovan», de Xavier Dolan.

    Canadá, 2018. Director: Xavier Dolan. Guion: Xavier Dolan, Jacob Tierney. Productora: Lyla Films, Sons of Manual. Productores: Nancy Grant, Lyse Lafontaine, Xavier Dolan. Música: Gabriel Yared. Fotografía: André Turpin. Montaje: Xavier Dolan, Mathieu Denis. Diseño de producción: Anne Pritchard, Colombe Raby. Vestuario: Michele Clapton, Pierre-Yves Gayraud, Xavier Dolan. Reparto: Kit Harington, Natalie Portman, Jacob Tremblay, Susan Sarandon, Kathy Bates, Thandie Newton, Ben Schnetzer, Amara Karan, Jared Keeso, Chris Zylka, Sarah Gadon, Emily Hampshire, Michael Gambon. Duración: 123 minutos.

    Xavier Dolan suele tardar alrededor de dos meses en editar una película. Con The Death & Life of John F. Donovan, su esperado debut en inglés, el director canadiense tardó dos años. La desastrosa producción comenzó en diciembre de 2014 con un guion de (se rumorea) 300 páginas y planes para estrenarse a finales de 2015, pero en febrero de 2018 todavía estaba sumida en serios problemas de postproducción. A través de un mensaje en Instagram, el director anunció que el primer corte le había durado más de cuatro horas, y que en un intento por salvar el montaje se quedarían fuera cosas como un prólogo relacionado con el libro Cartas a un joven poeta de Rainer Maria Rilke, una narración omnisciente de Michael Gambon y absolutamente toda la trama relacionada con Jessica Chastain, a la que se eliminaría completamente del resultado final. El metraje quedaría así reducido a unos mucho más distribuibles 123 minutos, y la historia a una épica que transcurre en dos líneas temporales diferentes. La principal, ambientada en 2007, cuenta la historia de dos personajes unidos por una improbable correspondencia en cartas. Por un lado, John F. Donovan (Kit Harington), una estrella en ascenso a punto de coronar su estatus con una superproducción de superhéroes. Por otro, Rupert (Jacob Tremblay), un joven actor de once años que sufre bullying en su colegio y acaba de mudarse a Reino Unido con su madre (Natalie Portman). Esta trama, sin embargo, se desarrolla a través de la segunda línea temporal: una entrevista diez años más tarde entre Rupert (interpretado ahora por Ben Schnetzer), que acaba de convertir la correspondencia con el difunto Donovan en un best seller, y una periodista del Times (Thandie Newton) que, por su forma de mirar por encima de unas gafas que evidentemente no necesita, nos deja claro que tiene cosas mucho más importantes que hacer.

    Lo curioso de esta trama, sin embargo, es que está inspirada en el propio Dolan y en una carta que le envió a Leonardo DiCaprio cuando, a sus nueve años, Titanic le cambió la vida. De ahí que lo más parecido a un enfoque narrativo sea una reflexión sobre el impacto que nuestros ídolos tienen en la formación de nuestra identidad. Es una pena que la forma que Dolan tiene de contar esto sea, al mismo tiempo, lo mejor y lo peor de la película. Porque Titanic le cambió la vida, pero también le enseñó a contar historias. Y nunca se ha notado tanto como con esta. La lógica que ha alimentado el cine de Dolan estos diez últimos años es la misma que no nos hace pararnos a reflexionar sobre qué hubiera pasado si el Titanic hubiera esquivado el iceberg. Jack y Rose se hubieran quedado encerrados en el barco con el psicópata de Billy Zane la semana que les quedaba de viaje, pero preferimos centrarnos en verlos huir. Verla saltar. En dejarnos llevar por las emociones. Porque es más dramático, es más emocionante y, sobre todo, es más cinematográfico. El cine de Dolan, al que le encantan estas emociones, está plagado de momentos así. Hasta ahora, el canadiense ha sabido utilizarlos de forma elegante, comedida y significativa, como un frágil momento de paz entre una familia que baila Dragostea Din Tei (u On ne change pas) en la cocina, o un plano cuadrado que se abre para dejar respirar a la historia mientras suena Wonderwall. A pesar de ser casi embriagadoramente sentimentales, conseguía que funcionaran porque tenía tiempo para desarrollarlos y crear un equilibrio con el resto de la película. En The Death & Life of John F. Donovan, sin embargo, no tiene tanto tiempo. Al ser un concentrado de cuatro horas de película, Dolan no se permite reflexionar o dejar respirar estos momentos. Y fruto de las tijeras en el montaje, los junta todos.

    The death and life of John F. Donovan, Xavier Dolan.
    Un Dolan inédito, un Dolan maldito.

    «The Death & Life of John F. Donovan es una ópera de un solipsismo entregado a una visión tan intensa de la vida que su espectacularidad resulta casi asfixiante, pero en la que cada plano también es una excusa para sumirte en la euforia de su dramatismo».


    El resultado es una película tan intensa que se convierte en un constante clímax. Desde el minuto uno. De hecho, tiene tres comienzos diferentes, rodados los tres prácticamente enteros en plano detalle: la mujer de Donovan descubriendo su cadáver, Rupert enterándose de su muerte en las noticias y el comienzo de la entrevista en el presente. En total, duran casi trece minutos. Y cuando Dolan decide finalmente empezar con los créditos, están montados al atronador ritmo de Rolling in the Deep de Adele, que por supuesto suena entera. La película, a partir de ahí, nunca deja de ir hacia arriba. Se construye a través de escenas muy cargadas dramáticamente, que de vez en cuando se paran para que nos centremos en el dolor de los ojos de Susan Sarandon (la madre de Donovan) mientras contempla a sus hijos ser felices cantando Lifehouse. Pero también en los de Natalie Portman mientras mira con una sonrisa agridulce al suyo chillar con la televisión. Además, aquí los personajes se comunican casi exclusivamente a través de gritos o monólogos (o monólogos gritados). Notable es el caso de Kathy Bates, que apenas logra mantener una conversación de más de tres líneas, pero sí pronuncia un discurso de cuatro minutos. O el de Sarandon, que no llegar a decir nada completamente sobria en toda la película. Aunque todo esto no plantea una gran diferencia respecto a su cine anterior, si hasta ahora las tramas argumentativas eran cruciales para dar sentido a las escenas, aquí parecen convertirse en simple pretexto para que existan. Y a pesar de esto, hay que decir que es un absoluto espectáculo.

    The Death & Life of John F. Donovan es una ópera de un solipsismo entregado a una visión tan intensa de la vida que su espectacularidad resulta casi asfixiante, pero en la que cada plano también es una excusa para sumirte en la euforia de su dramatismo. Hay una escena hacia el final de la película en la que una arrepentida Natalie Portman corre por Londres bajo la lluvia (sin paraguas, por supuesto) buscando a su hijo después de enfadarse con él, solo para decirle lo mucho que le quiere. Los gritos de Portman mientras persigue a su hijo, que no la oye porque lleva auriculares, no solo se acompañan de un ensayo leído en off por Jacob Tremblay sobre como ella es su héroe, sino que además tienen por encima una versión de Stand by me prácticamente gritada por Florence Welch. El abrazo final, a cámara lenta, bajo la lluvia, en medio de la carretera, es tan excesivo, tan barroco e innecesario que cuando lo ves, tienes la certeza de no haber visto nunca nada tan grande. Y por un efímero segundo, cegado por el tamaño de la escena, deseas no ver nada más durante el resto de tu vida | ★★★☆☆


    Aitor Salinas
    © Revista EAM / Pamplona


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