Cómplices en la fragilidad
crítica de Sobran las palabras | Enough Said, de Nicole Holofcener, 2013
Fue una explosión mayúscula de juventud. Un latido repitiéndose a mil por hora con arrítmica cadencia. Después, juegos y confesiones y silencios trémulos en lugares insospechadamente alejados y próximos a su vez. Os sentíais en una nube sin rumbo ni paradas, a placer y sin intereses que —luego, a continuación— acabarían cobrándose la peor factura: el hábito de soportar al otro. Esa cara, ese cuerpo, esos ronquidos, ese qué sé yo indescifrable que nos hace "ser" y nunca, jamás, a imagen y semejanza del otro. Aquel estado de éxtasis semiinconsciente que a menudo cristaliza en la sagrada institución del matrimonio. Hasta que la parca o la hipoteca (una forma de asesinato, o la muerte en vida) os separase, con la autoridad santiguándose o rellenando un simple formulario en un despacho no tan decimonónico, concluyendo "yo os declaro marido y mujer". Tú y tú. Plenitud incandescente. Todo iba bien y brillaba un sol muy propicio para hablar de metáforas que desembocan en tragedias. Y a veces, sólo a veces, incluso en bostezos de oso-hombre que muta categóricamente en sociópata adicto a los cannoli, a la pasta fría en tuppers y cubierta con papel de aluminio sobre estalagmitas de mozzarella rallada y escurridizos espaguetis que se escurren entre unos labios rojos como tomates. Aunque no era tal el caso. Porque vosotros, ay, decidisteis revitalizar el tópico de la pareja (im)perfecta. Tú, mujer poetisa. Tú, hombre historiador televisivo. Tú, mujer masajista de pelo negro. Tú, señor empresario admirablemente formal. Os casasteis a los treinta y pocos (ese pico sin vértice que nunca importa pero sí, porque la gravedad estira hacia abajo y sus efectos son cada vez mayores y más visibles cumplidos ya los treinta y muchos) y rápidamente tuvisteis una hija guapa y saludable. Erais felices, o todo lo felices que cabía esperar tras seis, quizá ocho años de matrimonio bajo el mismo techo. Nadie regala nada y las instituciones tienden a caer grave y lentamente cual asteroide perdido en un sistema sin sol. Apenas un foco irradiando luz negra. Ley de vida, os dijeron: naces, te desollas las rodillas, te enamoras y, con suerte, aún vives para contarlo sin haber querido. O para querer sin contarlo.