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  • Cine Alemán Siglo XXI
    Satisfaction

    Superficialidad (por fuera y por dentro)

    crítica de Satisfaction (2014-) | Episodio piloto

    USA Network | EE.UU, 2014. Director: Kevin Bray. Guión: Sean Jablonski. Reparto: Matt Passmore, Stephanie Szostak, Blair Redford, Katherine LaNasa, Michelle DeShon, Deanna Russo, Chris Williams, Spencer Garrett, Kelvin Yu, Maggie Lacy, Tzi Ma. Fotografía: Paula Huidobro. Música: Ludwig Goransson & Nathan Matthew David.

    Lo mejor que se puede decir de este irregular episodio piloto de Satisfaction es que nadie podría adivinar dónde iba a terminar su protagonista. Sin haber visto un tráiler o leído la premisa, se entiende. Sean Jablonski —uno de los guionistas de Nip/Tuck (2003-2010)—, lo cual se nota bastante para bien y para mal) empieza su serie con la enésima voz en off que enumera los rasgos del personaje principal para que el público tenga claro quién es. Aquí estamos ante Neil Truman, financiero que está harto de su vida profesional, de lo escasa que es su vida personal y de lo poco que está contribuyendo al mundo visto como un todo. Neil está casado con Grace, de la que sabremos más con un flashback de seis meses y cuyas acciones hablan por sí solas, sin necesidad de reflexiones para el espectador. La joven Anika, que no parece tener 16 años para nada, se encuentra en medio de dos padres que no la escuchan. Suena a American beauty (Sam Mendes, 1999), pero los vericuetos por los que Jablonski lleva la trama en los 65 minutos de episodio, que pesan un poco, difieren de la oscarizada cinta escrita por Alan Ball.

    Hay una carga crítica contra la sociedad y lo que valoramos en la base de Satisfaction, que desde su propio título nos habla de aquello con lo que medimos el éxito de nuestra vida. ¿Qué nos satisface? ¿Dinero, buen sexo, estabilidad? El creador plantea esas grandes preguntas como gancho para quedarnos a ver los nueve capítulos restantes de la temporada, estrenada con audiencias modestas, pero el problema es que quiere abarcar tantos temas y apuntar tantas posibilidades narrativas y posibles subtramas que acaba por no profundizar especialmente en nada. La superficialidad de la vida moderna que quiere exponer el guionista se acaba contagiando a su propuesta, que toca múltiples palos sin dejar una sensación del todo perdurable. No ayuda mucho el hecho de que todo luzca tan prediseñado, desde el look de los personajes, incluyendo un despeinado nada natural, hasta las elecciones musicales y de encuadre. Ahí es donde se puede ver la influencia de la escuela Ryan Murphy en Jablonski, ya que Nip/Tuck pecaba en varios momentos de lo mismo, y también de una tendencia a confundir la histeria con la elocuencia, como si fuera suficiente que un personaje grite las cosas para tener razón en lo que dice. Es difícil transmitir una sensación de espontaneidad, que es lo que se supone está haciendo Neil al cambiar de vida, cuando es evidente cómo están dispuestos los puntos de giro de la trama.

    Sin embargo, Satisfaction se guarda alguna que otra sorpresa bajo la manga, y es que cuando Neil pierde el control en un avión tras varias horas de espera y acude a hacer una visita sorpresa a su mujer, la realidad le da un duro golpe cuando la descubre acostándose con un joven... al que paga. La introducción de esta idea, la prostitución masculina, dará un vuelco a la historia y lanzará al protagonista a una nueva línea de trabajo, aunque el capítulo no deja claro qué elección va a tomar. La serie plantea alguna idea polémica que otra, y en ese carácter (calculadamente) provocador es donde quizá resida su mayor virtud. El camino a la iluminación de Neil pasará por buscar una nueva forma de satisfacerse, pero teniendo en cuenta las necesidades de su mujer Grace. El conflicto está servido, sobre todo al contrastar las vidas de ambos cónyuges y darse uno cuenta de que sus problemas no se van a resolver tan rápido. Ahí reside el gran golpe de efecto que cierra el capítulo, una estampa de pretendida felicidad hecha añicos por una llamada. No iba a ser todo tan fácil para Neil, pero es deseable que al menos sea interesante. 65/100

    Adrián González Viña
    redacción Sevilla

    por Anónimo
    julio 22, 2014

    Reseña TV | Satisfaction

    por Anónimo | julio 22, 2014
    Married (FX)

    ¿Cómo salvar nuestro matrimonio?

    crítica de Married (2014-) | Episodio piloto

    FX | EE.UU, 2014. Dirección y guión: Andrew Gurland Reparto: Nat Faxon, Judy Greer, Jenny Slate, Brett Gelman, John Hodgman, Rachel Eggleston, Alexandra Daddario. Fotografía: David Lanzenberg. Música: Jeff Cardoni.

    Poco a poco, FX se está convirtiendo en una de las cadenas más interesantes de la televisión norteamericana. El ser basic cable limita sus opciones en el uso del lenguaje y la desnudez, pero aceptan contenidos osados, bordeando lo que pueden y no pueden mostrar y de paso sirviendo a los intereses de la parte creativa antes que la más comercial. Si uno se da cuenta, casi todas las series de la cadena mantienen a los mismos showrunners desde el principio, a los creadores originales, y el hecho de que emitan contenido original varios días de la semana, cuando el premium cable solo lo hace los fines de semana casi siempre, ayuda a cimentar un catálogo variado. Married es un buen ejemplo de serie que hace unos años sólo se hubiera podido ver en HBO o Showtime, pero mientras el creador Andrew Gurland no enseñe los pezones de ninguna actriz o diga “fuck” y sus derivados, puede abordar las cuitas del matrimonio protagonista sin muchas cortapisas.

    Married comiena con una charla en la cama entre una pareja normal con tres hijas. Ella lee un libro de vampiros y él quiere sexo. Tras un divertido intento de Russ de convencer a su mujer Lina de que la cosas se anime, ella se niega y él acaba masturbándose... en el suelo del dormitorio porque ella no puede dormir con las vibraciones de la paja en la cama. Russ acaba durmiendo en el sofá. Otra vez. Lo bueno de toda esta situación es que Gurland se las ingenia para eliminar de entrada la posibilidad de ruptura. No estamos ante una pareja que está en las últimas de su matrimonio, sino ante una pareja que ha perdido la magia de los inicios, con tres niñas pequeñas e intereses dispares aunque amor en común. Hay varios momentos que así lo indican en los 27 minutos de capítulo, como alguna risa cómplice, el disfraz de Drácula o la franqueza de su charla en el patio de la casa. Durante esa charla, Lina sugiere que si tanto le importa el sexo a su marido, que se acueste con alguien. ¿Lo dice en serio? El resto del capítulo no responde a la pregunta. Y ese es uno de sus principales problemas, aunque quizá el avance de la temporada revele que no es un problema sino un juicio precipitado por parte del que esto firma. El piloto de Married solo ofrece la perspectiva de Él sobre las cosas que pasan en la relación, de manera que ella resulta algo plana, a pesar del innegable carisma y talento de Judy Greer.

    Russ hará caso del consejo y por unas circunstancias algo forzadas acabará casi en la cama con una empleada de un local de afeitado con cera. Una subtrama disparatada, que ofrece alguna elocuente idea de los límites del humor de Married y que divierte a la vez que sorprende. La perspectiva de Russ pasa por comentar sus problemas con varios amigos que funcionan como evidente catálogo de diferentes tipos de matrimonio: el divorciado desgraciado, la casada con “su padre” y el marido de una amiga de Lina. Todavía no porque es muy pronto, pero de seguro el creador nos meterá un poco en esas dinámicas de pareja, como bien indica el ambicioso título. Hay que aplaudir la osadía de Gurland para querer retratar con una comedia que roza la media hora lo que supone estar casado, simple y llanamente. Una ambición que de momento se cristaliza en comedia cínica y cruel (el pañuelo del perro manchado de sangre falsa), cuyo guión tiene costuras que esconder de forma más hábil pero que encuentra en una cadena así su mejor escaparate. 70/100

    Adrián González Viña
    redacción Sevilla

    por Anónimo
    julio 22, 2014

    Reseña TV | Married

    por Anónimo | julio 22, 2014
    Cold in July

    Desagravio atrabiliario

    crítica de Frío en julio (Cold in July) | dirigida por Jim Mickle, 2014

    La construcción narrativa idiosincrática de poblaciones marginales en la américa rural, ha sido una constante en el cine estadounidense, tanto en las producciones de sus hijos pródigos—John Ford, Las uvas de la ira (The Grapes of Wrath, 1940) o Elia Kazan, Río salvaje (Wild River, 1960)— como en las de algunos de sus más fieles detractores que jamás han pisado la tierra prometida —Lars von Trier, trilogía “Visiones de América”—. Su premisa es la de mezclar los patrones del lenguaje cinematográfico clásico y del realismo social, planteado paradójicamente, desde la perspectiva aburguesada que, con acceso a los medios de producción, fantasea recreando las vicisitudes rutinarias de sus vecinos sureños. Una visión bipartidista que distingue claramente las dos facetas más estereotipadas de estas ciudades. Por un lado, los psicópatas patológicamente solitarios de estirpes incestuosamente numerosas, y hereditariamente depravados —Fargo, 1996—, y por otro las íntegras y entrañables familias fanáticas de la moral judeo-cristiana que tratan de pasar inadvertidas con sus monótonas vidas hasta que un elemento externo, ya sea una persona —Pozos de ambición (There Will Be Blood, 2007)— o un penoso suceso, como ocurre en el presente caso de Cold in July, rompe su pacífica existencia.

    Y frío no hace precisamente en julio, a menos que estemos en Argentina, Sudáfrica o cualquier otro país del hemisferio sur, pero desde luego, en el superpoblado y desértico estado de Texas, en julio hace mucho calor. Así que al principio del metraje nos encontramos con un título un tanto contradictorio que no logramos entender, y una trama que, inicialmente, resulta todo lo contrario. Richard Dane presume de vida tranquila en un violento y pequeño pueblo texano. Sin embargo, la fortuna obra para que dispare mortalmente a un hombre enmascarado que había entrado a robar a su casa. En seguida se convierte en el #TrendingTopic de la comunidad de vecinos que, en busca del morbo, no dejarán de interrogarlo, a diferencia de un cuerpo de policía que ha decidido dar carpetazo a un “claro” caso de defensa propia. El principal problema vendrá cuando la entrada en escena del padre de la víctima inunde de miedo la apacible vida de este montador de marcos. Los propósitos de venganza del inquietante personaje no darán tregua al protagonista, que permanecerá desde ese momento en un extenuante estado de alerta continua movido por la incertidumbre de un inminente ataque sorpresa. Pero de repente la concepción cambia por completo; se produce un giro radical que desconcierta al espectador y, a la rudeza inicial de la fotografía, se le unen una obscenidad, oscuridad y un ambiente enrarecido muy tóxico que hacen casi irrespirable el desenlace. Es un cambio drástico de concepto. De la simple historia de venganza que se nos avecinaba, pasamos a una compleja trama que cada vez nos sumerge más en la sordidez enfermiza. Jim Mickle recurre, con la ayuda de su fiel director de fotografía, Ryan Samul, al género “pulp” ochentero para tratar de embellecer el exterior de un trabajo internamente corrompido hasta límites inenarrables.

    por Alberto Sáez Villarino
    julio 22, 2014

    Crítica | Frío en julio, de Jim Mickle

    por Alberto Sáez Villarino | julio 22, 2014
    Bad Words

    La venganza del deletreador

    crítica de Bad Words | dirigida por Jason Bateman, 2013

    Aparte de un estupendo cómico, Jason Bateman se ha revelado en los últimos tiempos como un solvente actor de carácter, no solo en sus acertadas colaboraciones con Jason Reitman –Juno (2007), Up in the Air (2009)–, sino también en cintas independientes de talante más abiertamente dramático como la notable Disconnect (2012, Henry Alex Rubin). Tras haberse puesto tras las cámaras en la sitcom Do Not Disturb (2008), Bateman emprende su debut como director de largometrajes con Bad Words (2013), una comedia negra de bajo presupuesto que supone la enésima demostración de su tremenda versatilidad como artista. Como no podía ser de otra forma, también se reserva el papel protagonista, todo un bombón para su exclusivo lucimiento. En el filme encontraremos la faceta más deslenguada, borde y antisocial de Bateman en un tipo de personaje que bebe claramente del inolvidable Melvin con el que Jack Nicholson logró su tercer Óscar en Mejor… imposible (1997, James L. Brooks).

    El brillante prólogo de Bad Words ya sirve perfectamente para entrar en materia y hacernos una idea de lo que nos vamos a encontrar a continuación. En él presenciamos como a un concurso de ortografía para niños, tan populares en los Estados Unidos, se presenta el cuarentón Guy Trilby con la intención de competir, agarrándose a vacíos legales de las normas del mismo. A pesar de la indignación de organizadores y padres de los críos, Guy se convierte en concursante, comenzando una retahíla de juegos sucios para ir eliminando a sus competidores. Como contrapunto al políticamente incorrecto protagonista, la historia presenta a dos personajes que sirven para dulcificar –no demasiado, ya que Bateman tiene la sabiduría suficiente como para que la cinta no pierda su mala leche en ningún momento– el carácter de Guy: Jenny, una periodista que le sigue en su cruzada con la intención de escribir un artículo, y el pequeño Chaitanya, contrincante con quien Guy termina desarrollando unos imprevisibles lazos de amistad. Jason Bateman está pletórico en su actuación, pero es de justicia destacar las valiosas aportaciones de la cada día más en alza Kathryn Hahn y el niño Rohan Chand, que se lleva las escenas más divertidas de la película en sus momentos de gamberra camaradería con Bateman.

    Bad Words no es una comedia apta para todos los públicos, ya que contiene gran cantidad de diálogos soeces, algunos gags trasgresores realmente sorprendentes –la prostituta enseñándole los pechos al niño, previo pago por parte de Guy; el momento “periodo” con una de las niñas concursantes– y un personaje protagonista que reúne los peores defectos del ser humano (racista, homófobo, machista, son algunos adjetivos que le describen bien). Sin embargo, el guionista Andrew Dodge se guarda algunos ases en la manga que, conforme avanza la historia, hacen que nos encariñemos con semejante esperpento de hombre. Y es que en el fondo, tras esta coraza de rebelde sin causa en perpetua guerra con el mundo, Guy no es más que un niño grande, travieso e incorregible, tratando de vivir la infancia que se le ha sido negada. Bateman puede sentirse orgulloso de su ópera prima, ya que con los elementos con que contaba podría haberle salido una de esas simplonas comedias comerciales tipo El cambiazo (2011, David Dobkin) o Por la cara (2013, Seth Gordon) en las que a veces se suele mover. En cambio, el resultado ha sido un sorprendente relato agridulce que, detrás de toda su picante verborrea, esconde bastante corazón. También sirve Bad Words, de paso, para reírse de este tipo de concursos en la que los niños se dejan la vida para ganar y no defraudar a unos padres que son los auténticamente competitivos y sedientos de éxito. De esto ya tuvimos un excelente ejemplo en aquella obra maestra de Paul Thomas Anderson titulada Magnolia (1999), en la que, curiosamente, el veterano Philip Baker Hall desempeñaba un rol similar al que repite en este filme. Escandalosa y, a ratos hilarante, la película no tendrá la repercusión que merece en la taquilla, pero supone una magnífica carta de presentación para un nuevo director que ya tiene en su agenda una segunda incursión con la mismísima Nicole Kidman bajo sus órdenes. Personalmente, apuesto por él. | |

    José Antonio Martín
    redacción Las Palmas de Gran Canaria

    Estados Unidos. 2013. Título original: Bad Words. Director: Jason Bateman. Guión: Andrew Dodge. Productora: Focus Features / Aggregate Films / MXN / Darko Entertainment. Fotografía: Ken Seng. Música: Rolfe Kent. Montaje: Tatiana S. Riegel. Intérpretes: Jason Bateman, Kathryn Hahn, Rohan Chand, Philip Baker Hall, Allison Janney, Anjul Nigam.

    por José Martín León
    julio 22, 2014

    Crítica | Bad Words

    por José Martín León | julio 22, 2014
    All Cheerleaders Die

    Pompones sangrientos

    crítica de All Cheerleaders Die | dirigida por Lucky McKee y Chris Sivertson, 2013

    Dentro de la comedia adolescente que se factura en Estados Unidos, rara vez aparece una película que no caiga en todos los arquetipos y lugares comunes del microcosmos de un instituto norteamericano. El capitán del equipo de fútbol con más músculos que cerebro, la capitana del equipo de animadoras guapa y popular que mira a todo el mundo por encima del hombro, la chica rarita e inadaptada enamorada en secreto de algún guaperas o los descerebrados que solo piensan en juerga son personajes a los que ya estamos muy familiarizados. Gracias a títulos como A por todas (2000, Peyton Reed) –y sus 4 secuelas– o la muy divertida y corrosiva Ingenuas y peligrosas (2001, Francine McDougall), las animadoras han encontrado su propio subgénero en los últimos años. En 2001, los recién salidos de la universidad Lucky McKee y Chris Sivertson ofrecieron una original aportación al mismo con All Cheerladers Die, cinta de escaso presupuesto pero mucha imaginación que mezclaba con descaro humor irreverente y terror. Se trata de una obra bastante difícil de encontrar a día de hoy, por lo que sus creadores se decidieron a rodar un remake homónimo que se pudo ver en el Festival de Sitges de 2013 con bastante buena aceptación por parte del público.

    En estos doce años que separan al filme original de la nueva versión que nos ocupa, Lucky Mckee se ha convertido en uno de los cineastas independientes más interesantes del género de terror, con algunos títulos de culto como May (2002) o la brutal The Woman (2011), mientras que Chris Sivertson dilapidó el prestigio obtenido con The Lost (2006), pergeñando uno de los bodrios más infumables de Lindsay Lohan, Sé quién me mató (2007). Pese a que ambos directores (y amigos) se encuentran en posiciones bien diferentes dentro de la industria, no ha sido impedimento para que vuelvan a unir sus talentos en esta All Cheerladers Die (2013) mucho más sofisticada y comercial que su modelo original. La película se abre con la muerte accidental de la egocéntrica capitana de las animadoras del instituto Blackfoot en “acto de servicio”. Su vacante queda ocupada por Maddy, una joven que ha trazado un oscuro plan para arruinar la vida de Terry, el capitán del equipo de fútbol. Una serie de desafortunadas circunstancias y la intervención de Leena, una muchacha marginada por todos y aficionada a las ciencias ocultas, convertirá a Maddy y tres compañeras del grupo de animadoras en unos seres sedientos de sangre y venganza que comenzarán una encarnizada lucha a muerte contra Terry y sus amigos. La primera parte del filme transcurre dentro de los cánones habituales de la comedia adolescente, potenciando la imagen de chicas fáciles y ambiciosas que se tiene de las animadoras y el narcisismo y chulería propios de los idolatrados deportistas, siempre machacando sus cuerpos en el gimnasio y rompiendo corazones de ingenuas y virginales estudiantes que caigan en sus redes. A pesar su tono aparentemente ligero, se intuye en los diálogos una dosis considerable de humor negro y mordaz –muy en la línea de la fallida Jennifer´s Body (2009), con guión de Diablo Cody– y cierta intención de trasgredir (esas relaciones lésbicas entre compañeras de pompones) que redimen rápidamente al producto de la vulgaridad. Desde el momento en que hace entrada el ingrediente fantástico, sin abandonar del todo su vis cómica, All Cheerleaders Die muta en una película de terror con todos los ingredientes típicos del género, pero, a diferencia de cosas más planas como Sé lo que hicisteis el último verano (1997, Jim Gillespie) o Jóvenes y brujas (1996, Andrew Fleming) –con las que comparte más de un elemento narrativo–, se las arregla para darles la vuelta y sorprender a la audiencia con algunos audaces giros.

    por José Martín León
    julio 22, 2014

    Crítica | All Cheerleaders Die

    por José Martín León | julio 22, 2014
    Sabotage, de David Ayer

    ¿Quién era el asesino?

    crítica de Sabotage | dirigida por David Ayer, 2014

    En la nota de prensa de Sabotage, distribuida en España por VerCine e Inopia Films, aparecen unas declaraciones del guionista y director de la película, David Ayer, asegurando que la palabra clave de la misma es “realidad”. Conocido principalmente por unos guiones que exploraban los claroscuros de ambos lados de la ley y que dieron pie a cintas como Dark Blue (Ron Shelton, 2002) o Día de entrenamiento (Training Day, Antoine Fuqua, 2003), Ayer siguió profundizando en una tesitura con vocación realista cuando pasó a ocupar la silla de director, firmando también los libretos de tres cintas que, en manos de cualquier cineasta más convencional – y más preocupado por la taquilla – habrían sido meras exhibiciones pirotécnicas de verano: Vidas al límite (Harsh Times, 2005), Dueños de la calle (Street Kings, 2009) y, sobre todo, Sin tregua (End of Watch, 2012), rodada con estilo documental. Cabría esperar que su siguiente trabajo, filmado antes de acometer un proyecto más ambicioso y en otro registro (el drama bélico) como es Fury (2014), siguiera esa línea desprovista casi de adornos genéricos y se convirtiera en uno más de sus capítulos sobre el violento día a día de los policías norteamericanos y de los obstáculos a los que se enfrentan, tanto en las calles como en sus propias oficinas. Pero no es así…, por mucho que presente muchos de los tics expresivos del cine previo de Ayer, Sabotage se podría entender como la manera que el director tiene de despedirse (¿momentáneamente?) del subgénero: contratando a un elenco multiestelar encabezado por Arnold Schwarzenegger, potenciando los elementos expeditivos de su puesta en escena y tirando la casa por la ventana con una violencia inusitada en las carteleras actuales. Schwarzenegger parece tener mucho más claros los resultados de la película que el propio guionista y director, definiendo su más reciente estreno como “una mezcla de El silencio de los corderos con En tierra hostil”. Y no anda nada desencaminado: Sabotage es una historia de policías y ladrones, sí, pero también un whodunit inspirado en Agatha Christie (no en vano, el título inicial era Ten, en referencia a los Diez Negritos de la escritora británica) y un descaradísimo remedo de los psycho-thrillers que se pusieron de moda en los años 90, más cercano al espíritu derivativo de Resurrección (Resurrection, Russell Mulcahy, 1999), como bien han visto algunos críticos, que al más prestigioso de la citada película de Jonathan Demme o Seven (David Fincher, 1995).

    por Unknown
    julio 21, 2014

    Crítica | Sabotage, de David Ayer

    por Unknown | julio 21, 2014

    Lav Diaz, Yuri Bykov y Matías Piñeiro lucharán por el Leopardo de Oro

    Selección Oficial de la 67ª edición del Festival Internacional Locarno

    Si Karlovy Vary es la reina de julio, en cuanto a lo cinematográfico se refiere, Locarno es el rey de agosto. Ambos representan el (modesto) aperitivo festivalero previo al carrusel que comienza en septiembre. El certamen suizo cumple edad de jubilación con una programación, como es habitual, bastante ecléctica y carente de nombres de relumbrón. Por una vez, los vecinos checos, han ganado la batalla. Aun así, su programa no es nada desdeñable. Nombres como Yuri Bykov, Lav Díaz, Gabriel Mascaro, Matías Piñeiro o Pedro Costa, tienen la suficiente enjundia como para dejar un más que digno sucesor del Leopardo de Oro que consiguió Albert Serra el pasado año. Pero falta ese apellido que encabece la competición. Algo que no sucede fuera de ésta, con la presencia de Scarlett Johansson en Lucy, pistoletazo de salida de la 67ª edición. En esa maravilla llamada Piazza Grande desfilarán, también, los nuevos trabajos de Lasse Hallström, Olivier Assayas –que ya estuvo en Cannes con Sils Maria—, Agnés Varda y la siempre interesante Jasmilla Žbanić. Además, la organización rendirá pleitesía a un grande, Víctor Erice, al que premiará por su gran carrera. El festival de Locarno se celebrará del 6 al 16 de agosto. Volveremos con el palmarés y las apuestas más interesantes del evento helvético.

    CONCORSO INTERNAZIONALE


    ■ A BLAST de Syllas Tzoumerkas – Grecia/Alemania/Holanda
    ■ ALIVE de Park Jung-bum – Corea del Sur
    ■ CAVALO DINHEIRO de Pedro Costa – Portugal
    ■ CURE - THE LIFE OF ANOTHER de Andrea Štaka – Suiza/Croacia/ Bosnia-Herzegovina
    ■ DOS DISPAROS de Martín Rejtman – Argentina/Chile/Alemania/Holanda
    ■ DURAK de Yury Bykov – Rusia
    ■ FIDELIO, L'ODYSSÉE D'ALICE de Lucie Borleteau – Francia
    ■ GYEONGJU de Zhang Lu – Corea del Sur
    ■ LA PRINCESA DE FRANCIA de Matías Piñeiro – Argentina
    ■ LA SAPIENZA de Eugène Green – Francia/Italia
    ■ L'ABRI de Fernand Melgar – Suiza
    ■ LISTEN UP PHILIP de Alex Ross Perry – Estados Unidos
    ■ MULA SA KUNG ANO ANG NOON de Lav Diaz – Filipinas
    ■ NUITS BLANCHES SUR LA JETÉE de Paul Vecchiali – Francia
    ■ PERFIDIA de Bonifacio Angius – Italia
    ■ THE IRON MINISTRY de J.P. Sniadecki – China/Estados Unidos
    ■ VENTOS DE AGOSTO de Gabriel Mascaro – Brasil

    por Emilio M. Luna
    julio 20, 2014

    Locarno 2014 | Selección Oficial

    por Emilio M. Luna | julio 20, 2014
    Martín (Hache) (1997)

    Hay que follarse a las mentes

    Cine Club| Martín (Hache), dirigida por Adolfo Aristarain, 1997

    Martín (Hache) es una historia que comienza con el pogo frenético de un adolescente porteño (un jovencísimo Juan Diego Botto) cabreado con el mundo y desilusionado con el presente, procurando curarse del amor no correspondido a base de guitarrazos hardcoretas, litros de alcohol y rayas de “merca” veloces del tabique nasal al cerebro. Y lo que, en realidad, es una sobredosis involuntaria y fortuita fruto de la frustración y el desenfreno juvenil es interpretada por su madre como un claro intento de suicidio. El joven Hache (apodo tomado para diferenciarse del nombre homónimo de su padre Martín Echenique, un director cinematográfico y guionista de renombre afincado en Madrid) se ve obligado a embarcarse desde un Buenos Aires conocido e inundado de música y silbidos hacia la capital española. Allí lo esperan su frío, terco y creativo progenitor (Federico Luppi) junto a su apasionada amante de menor edad (Cecilia Roth), y su mejor amigo, el epicúreo y mordaz Dante, vividor consumado y curioso vocacional (Eusebio Poncela). Así empezaba su brillante narración cinematográfica hace ya más de tres lustros, el argentino Adolfo Aristarain, creador de un particular universo que en dos horas descongestiona con maestría y desgarro las principales emociones humanas; porque mucho más que de drogas, sexo, incomunicación o amor, Martín (Hache) puede definirse como un tratado intimista y apasionado sobre la vida misma, y una catarsis fílmica que se mete de lleno en las pupilas del espectador, gracias a una humanidad desbordante. No precisó en su ejecución de efectos especiales ni de un apartado técnico prodigioso, puesto que su guión puede calificarse de pura literatura, sentimientos viscerales que fluyen del texto a la sangre. Pocas veces en la historia la interacción entre un elenco de lujo y su público ha sido tan intenso, tan inolvidable, y tan evocador. ¿Qué tenían, pues, de especiales los protagonistas de este drama tan vital, necesario y apasionado de finales de los noventa, y sobre todo, que representaba cada uno?

    Los cuatro palos de esta baraja

    El cuadrilátero esencial que compone Martín Hache bascula entre la autodestrucción y la realización propias como dos polos opuestos que ejercen una influencia magnética constante sobre sus protagonistas.

    1| Hache: Sueños de juventud


    Hache representa la incertidumbre y el existencialismo de su quinta (que podríamos casi identificar como un tardío segmento de la Generación X); un sector de jóvenes que se encuentran perdidos y aunque ya no son niños, todavía se hallan lejos de la edad adulta, ven absurda la esclavitud del trabajo remunerado y tampoco se sienten plenos estudiando. Su única aspiración importante es simplemente, encontrarse a sí mismos. Hache se ve como un apellido encerrado entre paréntesis, rechazado por una madre que tiene una existencia planeada sin contar con su presencia, y aprisionado por las aspiraciones y el ego de un padre que lo que menos quiere es que su hijo sea un mediocre sin trasfondo creativo. Entre ese Buenos Aires alegre y ruidoso y las nuevas calles de Madrid, Hache manifiesta vocación de cambio y encarna el optimismo juvenil de quien tiene toda la vida por delante y mucho que aprender de las experiencias, tanto de las sensoriales y perceptivas ligadas al descubrimiento de las drogas y el sexo, como de las espirituales. Interpretado por un genial Juan Diego Botto (que dos años antes ya había sido nominado al Goya de Mejor Actor Revelación por su papel de chico malo y narcisista en el largometraje español Historias del Kronen), Hache puede llegar a resultar estoico, exasperante, tierno, divertido y sensible. Experimenta una enorme empatía con Dante, el cual le incita a abrir su mente y a vivir con plenitud, escucha con atención las historias escatológicas o melancólicas de Alicia, y, sobre todo, tiene una compleja relación con su padre que evidencia las diferencias de ideario que ambos sostienen. La evolución del personaje es notable, pues los sucesos que vive en la ciudad madrileña provocan que su carácter madure incluso antes de tiempo; los choques familiares, el contacto con la muerte, el cambio de aires y la búsqueda de su identidad serán motivos que nos introducirán en transformación psicológica de este joven, protagonista absoluto de esta historia de reflexiones impagables.

    2| Martín: La negación de todo


    Martín Echenique no es el mejor director de cine del mundo, pero sí un gran contador de historias, íntegro, talentoso y vocacional, que desde hace dos décadas reside en Madrid. Pese a que se entrega a la perfección a su vida profesional, en el ámbito personal es un desastre absoluto debido a su carácter agrio, pesimista y obtuso. Martín es estricto e intransigente con su hijo, con el cual quiere mantener una relación unidireccional y exigente en todo momento, imponiendo un modelo de pensamiento fundamentado en el prestigio social, el aprovechamiento del talento y la autosuficiencia. Martín se jacta de ser capaz de afrontar la soledad, y de huir como de las moscas de esa “nostalgia tanguera” que le rememora a su querido Buenos Aires, ciudad de nacimiento a la que lleva años sin regresar. Su tendencia a suprimir todo tipo de vínculo emocional y su pánico a sentir dolor e implicarse en relaciones interpersonales hacen de su carácter un muro infranqueable. Entregado al jazz, a la marihuana y a la escritura de guiones, se niega a flexibilizar su personalidad y a Hosco y autoritario con Alicia, de la cual está en el fondo profundamente enamorado, también suele diferir en opinión con su fiel amigo Dante, de cariz mucho más liberal. Ante la llegada de su hijo, sus lazos afectivos se complican todavía más, y aunque exterioriza su lado más negativo y en ocasiones resulta desquiciante, Martín despierta ternura, y representa la lealtad, el amor por el trabajo propio y la contraposición de valores en torno a la educación de su hijo y a la producción de su nueva película.

    3| Dante: Placer como filosofía de vida


    Es posible que Dante sea uno de los personajes de reparto más genuinos y originales de la Historia del cine hispano contemporáneo. Terco, cariñoso, irónico y vividor hasta la saciedad, este cuarentón rubio platino de extravagante vestimenta estampada intenta alcanzar la felicidad y el autoconocimiento a través de todo tipo de drogas y encuentros sexuales. Dante intenta apaciguar a Martín, comprender y consolar a Alicia con humor y dulzura, y darle alas a Hache para encontrarse a si mismo, transmitiéndole su ideario enérgico, atípico e independiente. Los problemas de Dante pasan por no querer sentirse encorsetado por las normas y convenciones sociales, y por las dificultades que encuentra en su profesión de actor ante los prejuicios de determinadas compañías y directores ante su coqueteo con la química. Dante es sobre todo, un amigo fiel y una persona con unas grandes inquietudes de descubrimiento sexual, interesado tanto por los cuerpos como por las mentes. Por encima de todo, y a lo largo de la trama, este personaje subraya su deseo de vivir a todo trapo enarbolando el carpe diem por bandera y enseñándonos que más vale siempre el durante que el después, el camino que la meta, y la autenticidad que seguir los pasos del rebaño.

    4| Alicia: El descontento evasivo


    Alicia es una mujer guapa, impulsiva, deslenguada y alegre, con una gran capacidad para comunicar con facilidad sus emociones y que se enfrenta a la frustración diaria de mantener una relación amorosa con un hombre tan obstinado y frío como Martín Echenique, que constantemente la ridiculiza o reprende en público por sus comentarios y que no ha aprendido la manera de hacerla sentir querida, deseada, o satisfecha consigo misma. Ante su situación actual, Alicia se siente rendida y asfixiada, se evade mediante drogas recreativas, tabaco y copas, desea volver a sentirse sexualmente atractiva, que sus opiniones y criterio vuelvan a ser tenidos en cuenta, y abocada a un final trágico, se acaba desvaneciendo, a la antigua usanza de las estrellas del rock, con un cóctel de pastillas y coca. La sensación que Alicia deja ante su marcha potencia los valores de amor y energía que inculcó en los personajes, provocando una trágica conmoción, especialmente en el joven Hache, con el que sostenía una tensión sexual nunca consumada. Alicia es un personaje que valora la felicidad por encima de todo, pero que se ahoga al buscar reconocimiento y autoestima en el lugar equivocado.

    por Anónimo
    julio 19, 2014

    Cine Club | Martín (Hache) (1997)

    por Anónimo | julio 19, 2014
    Blind, de Eskil Vogt

    Solipsismo urbano en apartamentos vacíos

    crítica de Blind | dirigida por Eskil Vogt, 2014

    Ingrid acaba de quedarse ciega. No sale de su apartamento y la comunicación con su marido se ha llenado de espacios vacíos, verbales, pero también físicos. La distancia cada vez es mayor. Aunque él intenta convencerla para afrontar de nuevo el mundo, ella rechaza su acercamiento, refugiándose en el inmaculado salón de paredes blancas que, en esta nueva situación, conforma su principal rincón vital. Un sillón junto a la ventana, y un portátil, en el que Ingrid va escribiendo la historia de un joven ya entrado en años, poco agraciado, de pelo largo, constitución fuerte y, como ella, un solitario. Le llama Morten y está obsesionado con su vecina de enfrente, Elin, a la que observa cada noche, entre pausas en las que desahoga sus apetitos sexuales frente a la pantalla del ordenador. Adentrándose en las fantasías ficcionadas de Ingrid, Eskil Vogt (director y guionista) construye un relato dentro de otro y, a la manera de una muñeca rusa, estructura un conjunto de vidas urbanas en el que todos los personajes, incluidos los secundarios, presentan una actitud marcadamente melancólica. El que fuera guionista de Joachim Trier ha sabido empaparse de la filosofía de personajes de su mentor para trasladarlo a su propio universo y estilo con la superación por bandera. Vogt presentaba su película en el pasado Festival de Berlín aludiendo directamente a lo previsible de la mayoría de propuestas que llegaban a las carteleras. A la falta de sorpresas y giros (siempre desde la coherencia) de un buen guión que se preocupe por la antítesis del método McKee, el del manual de escritura de escuadra y cartabón. No seguir el camino preestablecido sino utilizar las normas para revertirlas. Y así, comenzó a escribir Blind (2014) con la idea de que el público no pudiera adelantar los acontecimientos y las decisiones de sus personajes. La jugada le ha salido redonda y su debut ya se ha saldado con el mejor premio posible. El del sello Europa Cinemas, en el citado certamen berlinés, que le asegura una distribución completa en el viejo continente.

    Hablamos de solipsismo contemporáneo. El de personas aisladas en las cuatro paredes de su casa, o de su vida, tanto da, en la vorágine de una ciudad capitalina donde, como ya dibujada Winterbottom en el 99 con Wonderland, las multitudes amplifican el aislamiento. Allí era Shirley Henderson (Nadia) la que vagaba en busca de un alma gemela en los anuncios de los periódicos, caminando entre las deprimentes composiciones de Michael Nyman, con una fotografía que buscaba más la vida nocturna que la luz del día. Aquella era una historia que Ingrid podría haber escrito, y Nadia, su alter ego. Con la presentación de Ingrid, Vogt abre paso a la segunda linea narrativa: la de la novela que está escribiendo, como si ésta fuera parte de la realidad, alternando así entre ambas y teniendo en cuenta las decisiones de Ingrid, quién se permitirá modificar descripciones, acciones e incluso localizaciones. Esto abre las posibilidades a unos juegos literarios que, a las maneras del François Ozon de En la casa (2012), permiten al director cambiar el rumbo de sus personajes siguiendo la voluntad de Ingrid, y por tanto la del propio guionista. El mejor ejemplo es la escena del restaurante, donde, en mitad de una conversación en plano-contraplano, Ingrid decide cambiar el lugar por un vagón de metro, y así, sutilmente, casi sin que uno se de cuenta, Vogt hace el cambio con la suavidad de un prestidigitador en apenas dos imágenes, dejando al público descolocado y abriendo miles de caminos. Es este jugueteo de dirección el que evidencia el buen manejo del guionista detrás de la cámara, con un estilo visual sobrio, de ocres tirando a pálidos, minimalista y muy nórdico, de movimientos lentos y acciones muy calladas. Haciendo hincapié en pausas y silencios, normalmente los de Ingrid reflexionando su relato junto a la ventana (leitmotiv e imagen promocional en el póster) escondiendo el temor que subyace en su actitud, la de enfrentarse al mundo de nuevo, esta vez a oscuras.

    por Unknown
    julio 19, 2014

    Crítica | Blind, de Eskil Vogt

    por Unknown | julio 19, 2014
    Belle

    Orgullo y (muchos) prejuicios

    crítica de Belle | dirigida por Amma Asante, 2013

    Hablar de la esclavitud está de moda. Tuvimos su versión irónica y (muy) bruta de la mano de Django desencadenado (Quentin Tarantino, 2012), y, posteriormente, su versión dramática, y en muchos aspectos terrorífica, con 12 años de esclavitud (Steve McQueen, 2013). Y como nunca hay dos sin tres, ahora nos llega la perspectiva femenina gracias a Belle, segunda película como directora de la actriz británica Amma Asante. La protagonista de la película, Dido Elizabeth Belle, no es un personaje ficticio como Django, ni uno con una voz real, como Solomon Northup. El personaje existió, se conocen datos biográficos concretos —no demasiados—, pero, como en el caso de La joven de la perla (Peter Webber, 2003), el material en el que se basa la película (la novela de Tracy Chevalier en el caso antes citado, y el guión original de Misan Sagay en el que nos ocupa) es una mezcla de realidad más o menos probada y de la fantasía de su autora, espoleada en ambos casos por un cuadro que retrata a sus protagonistas. Lo malo es que parece claro que Misan Sagay ha leído mucho a Jane Austen. Demasiado, quizá.

    Dido Elizabeth Belle (Gugu Mbatha-Raw, quien fuera la protagonista femenina de la espantosa serie Undercovers) fue, según los registros históricos —y según la película—, la hija ilegítima de un capitán de la Marina inglesa, John Lindsay (Matthew Goode), y de una mujer africana, que, por motivos que no vienen al caso —o al menos eso parecen opinar directora y guionista—, fue criada bajo la tutela de su familia paterna en Kenwood House, una lujosa mansión londinense que todavía hoy puede visitarse, entre oropeles y lujos de todo tipo, algo ciertamente inusual para alguien de color en la Inglaterra del siglo XVIII. Su protector y tío, William Murray, conde de Mansfield (Tom Wilkinson), fue nada más y nada menos que presidente de las Cortes de Justicia de Inglaterra y Gales, además de un destacado abolicionista cuyas acciones allanaron el camino para la desaparición de la esclavitud en el Reino Unido (si bien ésta no se llevó a cabo hasta 1834, casi medio siglo después de la muerte de Mansfield).

    por Unknown
    julio 19, 2014

    Crítica | Belle

    por Unknown | julio 19, 2014
    El amanecer del planeta de los simios

    Den al César lo que es del humano, y a Dios lo que es del mono

    crítica de El amanecer del planeta de los simios | Dawn of the Planet of the Apes, dirigida por Matt Reeves, 2014

    El poético encuadre mostraba a dos humanos, hombre y mujer, a los pies de un vestigio perteneciente a la civilización que ese rubio cosmonauta, entonces sin más ropa que un calzoncillo a lo Tarzán tras huir de aquel campamento gobernado por simios que anteponían la unidad como especie a la verdad científica e histórica, creía haber perdido en su longevo discurrir por el espacio. Dejando atrás nebulosas y viendo pasar los números en el contador de la nave camino de vaya-usted-a-saber-dónde, quizá Trafalmadore, por qué no, o Raticulín. Sus tres compañeros hibernaban en sus respectivas literas-burbuja, como bebés en líquido amniótico a merced de un sueño sin sueño, o sea sin imágenes; tan sólo la eterna placidez de la inconsciencia. Él se internaba en el catre blanco nuclear, que no dejaba espacio a la imaginación con semejante estrechez, sin siquiera pensar si hacía ruido o no, porque allí arriba nunca hay sonido ni nada con lo que divertirse en silencio. Ni siquiera un ForoCoches Intergaláctico. El marcial Charlton hacía eones que no se inmutaba por los colorines que destellaban frente a la cabina cada dos por tres. Aquello debía de ser el Tedio con mayúscula. O algo muchísimo peor: un viaje sólo de vuelta. Una perpetua (hu)ida hacia atrás. Ya podía uno montar rave party que la rubia en el sarcófago y los dos individuos —dos marismeños— con los brazos en cruz como Nosferatu no se iban a despertar ni poniéndoles el culo en la cara. Lo sabía Charlton Heston y lo disfrutábamos nosotros con una media sonrisa traviesa, en plan: Verás tú, ya verás. Al final Heston, macho alfa y jinete sin minutos para tonterías (fíjense en su salvaje novia, interpretada por una Linda Harrison recién salida del Marco Aldany, tan sensual y tan bien peinada y con el entrecejo primorosamente cuidado. Una amazona en primero de carrera; acaso un personaje, Nova se llamaba, que inauguró en términos estéticos y machistas la subcategoría de "mujer florero". Tan es así que se mantenía fiel a su hombre como quien padece síndrome de Estocolmo y no dice ni mu porque ¡no sabe hablar! Eso Charlton lo vio a la primera y si no acarreó con todas las mujeres del camping fue por falta de tiempo y una "logística lumpen", ya que a punto estuvo Zira, la psicóloga de animales que lo ayuda a escapar, de fugarse con él y abandonarse a los instintos más primarios: un trío de ciencia ficción), se queda sin playa aunque no sin castillos de arena. Justo allí se erige semienterrado un monumento genuinamente yanqui, icono por siempre universal que en pluma de Pierre Boulle —escritor de la novela— e imágenes de Franklin J. Schaffner —director de la cinta original— compone la distopía post-darwiniana.

    por Anónimo
    julio 18, 2014

    Crítica | El amanecer del planeta de los simios

    por Anónimo | julio 18, 2014
    Begin Again

    Twice

    crítica de Begin Again | John Carney, 2013

    Repasando fugazmente las raíces de algunos de los grupos más mediáticos del panorama musical, se puede apreciar el componente callejero de todos ellos como una constante fija. La música pertenece a las calles, y se muestra inexorablemente unida a ellas por medio de un romántico vínculo, consiguiendo que las plazas y avenidas más céntricas de algunas ciudades se transformen en improvisados escenarios para estrellas emergentes que sueñan con convertirse en los próximos U2, al tiempo que compiten con sus cada vez más numerosos congéneres que, haciendo uso de sus destrezas vocales —o, en su defecto, de la potencia de sus amplificadores—, buscan llamar la atención del público o de algún oportuno cazatalentos que acierte a pasar por allí. Rivalidades territoriales aparte, John Carney es consciente de esta irrebatible asociación urbano-musical, y así lo demostró en su biopic Once (Una vez, 2006), con el que nos llevó hasta la emblemática O’Conell Street de Dublín para mostrarnos los inicios del cantante Glen Hansard. Con Begin Again —que podría suponer la versión americanizada de aquella sensacional película independiente— el director da por finalizada su experimentación con el cine fantástico alrededor de recónditos pueblos irlandeses, y cruza el charco para retomar el género que tan buenos resultados le dio hace ocho años.

    Pese a que la premisa de ambos filmes es la misma: una pareja de desconocidos unidos por su pasión hacia la música mientras buscan su realización personal, profesional y la utópica conjunción de ambas, Carney parece querer transmitir en esta ocasión una percepción inversa de la materialización de ese sueño. Mientras en Once se trataba de llevar la música de la calle al estudio, los protagonistas de Begin Again pretenden escapar del esclavismo institucional para volver a los orígenes del micro a pie de asfalto, “back to basics”. Es la clara ejemplificación de la solución alternativa que supera a la idea preconcebida inicial. Ese plan b al que estamos obligados a recurrir cuando se pone a prueba el razonamiento lógico y automático que nos dice que para llegar de A a B la mejor solución es una línea recta. Sin embargo Dan es un hombre poco convencional, un idealista y anti-corporativista fundador de un sello discográfico, a quien el mercantilismo inherente terminó por sumir en una gran crisis existencial de la que se protege a golpe de petaca. Alguien tan ingenuamente contradictorio que sólo encontrará la respuesta a sus problemas laborales cuando consiga liberarse de las opresoras garras del feroz capitalismo. Desamparado y habiendo tocado fondo conoce a Gretta, una joven que también ha sufrido la crueldad plutócrata de la industria, aunque de una forma muy diferente y sentimentalmente dolorosa cuando, abandonada por su pareja, se encontró sola en una laberíntica ciudad. El líder de Maroon 5, Adam Levine, aporta la arrogancia de la estrella de rock que se ve superada por un mundo de lujo y hedonismo que abatirá por completo los ideales de los que tan seguro estaba antes de alcanzar el estrellato, actuando de esa manera como conexión involuntaria entre la pareja principal.

    por Alberto Sáez Villarino
    julio 18, 2014

    Crítica | Begin Again

    por Alberto Sáez Villarino | julio 18, 2014
    Chef

    Fast food gourmet

    crítica de Chef | Jon Favreau, 2014

    En la cocina de un prestigioso restaurante de Los Ángeles, un chef reúne a su séquito para explicar el orden con el que irán marchando los platos esa misma noche. Pese a su reputación y sus años de experiencia, el cocinero se muestra nervioso y emocionado. Ha estado trabajando mucho en la combinación de sabores y ésta se presenta como una gran noche de estreno. Sin embargo, antes de que pueda comenzar el discurso, el gerente del local, en una toma de posesión, se presenta para orinar —metafóricamente claro, ¡que estamos en una cocina!— por todos los rincones del santuario culinario en un alarde de territorialidad para cerciorarse de que se respetará el guion habitual de cada velada, un menú que, bajo su juicio, no se ha exprimido lo suficiente. El conservadurismo pragmático del manager echa por tierra, ante la desesperación del cocinero, un gran trabajo realizado con mucho sacrificio, tiempo y esfuerzo. Al otro lado de esas puertas, los comensales comienzan a segregar ingentes cantidades de saliva, que contrarrestan ingiriendo compulsivamente pan con mantequilla, al llegarles el olor de los suculentos manjares que ya nunca probarán. El nuevo filme de Jon Favreau, Chef, en su primera parte, lleva la cocina a un nivel estético sublime, reabriendo el debate sobre qué disciplina es meritoria de ocupar esa octava posición en la clasificación de las artes. Carl Casper será el encargado de, valiéndose de su adicción al trabajo y a la comida, hacer la defensa de estas efímeras obras de arte cuya valoración final no sólo dependerá del sabor de cada plato, sino de la composición visual, la textura de su base, el contraste de sus ingredientes, la originalidad, el atrevimiento y un excelente conocimiento gastronómico que le ayude a combinar sabores compatiblemente insólitos.

    Es la historia del chef que quería improvisar con la comida como los grupos de Brass Band de Nueva Orleans improvisan con las melodías que interpretan, sin embargo se le condenó al epicureísmo esclavista y se le encerró en la angosta celda que supone el mismo menú aburrido repetido día tras día, coartando así su libertad de expresión artística. Esta primera parte de la cinta se desarrolla en un lujoso restaurante de alto standing, el protagonista tiene a su disposición todos los recursos y dispositivos de cocina que pueda desear, pero carece del libre albedrío necesario para sacarles el partido que podría. La gran pasión que siente por el trabajo que realiza no es suficiente aliciente para aguantar los métodos oligárquicos de su jefe, ni la absoluta dedicación que implica para una vida que se reduce a su ambiente laboral (profesional y sentimentalmente). Así que decide pasar los fogones a una destartalada furgoneta y dar un giro radical de concepto que le ayude a recuperar su autoestima y su creatividad, al tiempo que aprovecha para cambiar su imagen de padre ausente. De este modo la película se convierte en una “road movie” donde la fina cerámica de los platos de diseño se transforma en láminas de papel de aluminio, y el fastuoso restaurante es cambiado por las paradisíacas playas de Miami. Su equipo queda reducido a su mejor amigo y pinche de cocina, Martin, y a su hijo, un improvisado publicista —o, por usar un llamativo anglicismo, community manager— que, con su gran trabajo de marketing, logra que las colas para hacerse con uno de esos “real cubano sándwiches” den la vuelta a la ciudad.

    por Alberto Sáez Villarino
    julio 17, 2014

    Crítica | #Chef

    por Alberto Sáez Villarino | julio 17, 2014
    Georg Maas, director de Dos vidas

    Ha llegado a las pantallas españolas Dos vidas (2012) –candidata alemana al Óscar 2014 a mejor película de habla no inglesa–. Un thriller basado en hechos reales que ancla sus raíces en la Guerra Fría. Un drama sobre el telón de acero que esconde intrigas familiares, espionaje y retales de historia olvidada. Hemos tenido la oportunidad de charlar, en compañía de otros compañeros, con el director de la cinta Georg Maas. Con mirada amable y sin atisbo del aburrimiento y el tedio propios de estos actos promocionales respondió a todas nuestras preguntas, incluso se preocupó por conocer la opinión de los allí presentes sobre el filme.


    ■ ¿Qué supuso para Dos vidas (2012) ser la elegida por su país para la carrera por el Oscar a la Mejor Película de habla no inglesa?

    - Bien, eso cambió las expectativas de la película. Cuando la terminamos nos encontramos con muchos problemas para poder presentarla a grandes festivales. Lo intentamos en Berlín, en Cannes, en Venecia y fue rechazada. Estuvimos cerca de que fuese una película completamente olvidada, que nadie la viese. Pero a raíz de la elección despertó mucho interés para la prensa alemana y eso supuso que las distribuidoras se fijasen en ella y por supuesto, más tarde, distribuidoras estadounidenses y de otros países mostraron interés.

    ■ Dos vidas está basada en la novela homónima de Hannelore Hippe, ¿cuánto hay de ella en la película? ¿Es totalmente fiel a ella o ha cambiado cosas en el guion?

    - En espíritu es absolutamente fiel, pero no hay ninguna escena de la película que esté en la novela. Lo cambiamos todo junto con la escritora. El cambio más grande fue la decisión de poner como personaje principal a una espía. Después alrededor de esa espía escribimos todo el tema familiar y la figura del abogado, que no existen en la novela. El libro sí menciona que el gobierno de la RDA instruía a esos niños, hijos de nazis y de noruegas, como espías para infiltrarse en el oeste. Todo esto lo combinamos con la historia real de un asesinato sin resolver que se produjo en Bergen. La idea básica de la novela está en la película, así como la de que los sistemas políticos que se basan en la violencia tienen consecuencias a través de las generaciones. Es decir, la esencia de la novela está ahí.

    ■ Antes de realizar largometrajes, usted ya tenía experiencia con el documental ¿Se planteó hacer esta película a modo de documental histórico?

    - No, pero sí pensé en hacer un documental paralelo a la película, sobre el mismo tema. No obstante para esta película estaba más interesado en el viaje que hace el espectador mientras la ve. Cuando ves la película te haces preguntas porque no sabes hacia dónde va y ese proceso no suele pasar con un documental.

    ■ La película toca uno de los temas que más se han tratado en el cine alemán actual, que es la división de las dos Alemanias y la caída del muro de Berlín, ¿cree que esta tendencia es simplemente documental o tiene una intención dogmática para no cometer los mismos errores?

    - Ni una cosa ni la otra. Creo que es más porque este tipo de situaciones crean historias muy interesantes. Alemania estuvo dividida durante cuarenta años, sólo lleva reunificada veinte, así que todavía descubrimos muchas diferencias entre la gente que creció en el Este y la del Oeste. Incluso gente que ahora tiene 25 ó 30 años, que pasaron solo algunos años en el Este son muy diferentes y eso crea historias verdaderamente interesantes.

    ■ ¿Da respeto enfrentarse a la historia, al pasado nazi a la hora de hacer una película sobre esa temática en Alemania?

    - Bien… No me interesaba mucho la parte que tiene que ver con los nazis porque la gente suele decir “ya tenemos suficiente”. Además la película no tiene lugar en la época de los nazis. Me he encontrado con los que fueron niños que habían formado parte de Lebensborn y también he conocido a espías de la Stasi y es muy interesante. Sí que intimida un poco porque no quieres cometer graves errores.

    ■ Liv Ullman tiene un tiene un papel como madre de la protagonista ¿Le costó mucho conseguir que participara en la película después de algunos años alejada de la cámara?

    - Sí y no. A ella le gustó mucho el guion pero con el original que le mandamos no quiso el papel. La razón era porque la historia se desarrollaba en 2005 y su personaje tenía unos 80 años, estaba enferma del corazón… Así que ella dijo que no quería hacer de una moribunda. Después de eso reescribimos el guion y trasladamos la acción a los años 90 para que pudiera hacer un personaje más joven y más acorde con su edad. Después ella aceptó, dijo que sí. Sobre todo porque la historia le era cercana, es noruega y ella vio de cerca esos hechos.

    ■ ¿Fue a raíz de la película cuando se planteó hacer un documental sobre Liv Ullmann o ya lo tenía previsto de antes?

    - Sí y no (risas). Había hecho un documental sobre Peter Gabriel y quería hacer otro documental sobre otro músico, sobre Brian Eno. Pero la televisión alemana para la que lo iba a hacer, al saber que estaba trabajando con Liv Ullman, me preguntaron por qué no lo hacía sobre ella. Yo pensé, como ella también es directora, en hacer un documental sobre ella en esa faceta, pero por desgracia su rodaje se pospuso y tuve que rodar primero mi película. Al final tuve que empezar el documental después de finalizar Dos vidas. Cuando le hice entrevistas para el documental y le preguntaba sobre la dirección de actores ella me decía “tú has dirigido tu película de esta manera pero yo creo que es mejor dirigir de esta otra forma” (risas).

    ■ Desde que surge la idea ¿Cuánto tiempo diría que ha invertido en desarrollarla? ¿Fue dura la tarea de documentación?

    - Me llevó mucho tiempo, diez años desde que surge la idea hasta que empiezo a rodar. Cinco años para escribir un buen guion y otros cinco años para la financiación. Lo de la documentación no supuso gran problema. Era cuestión de encontrar a los niños y a los espías, y una vez que sabíamos quiénes eran todo fue más sencillo.

    ■ Judith Kaufmann es una directora de fotografía muy importante y además en Dos vidas es codirectora y coguionista ¿cómo surgió la colaboración entre ambos?

    - Me gusta mucho su trabajo. Cuando veo las películas que ha hecho me conmueven porque las imágenes son tan buenas. Yo me preguntaba cómo sabía dónde colocar la cámara justo en el sitio exacto. Después descubrí que se debía a sus incesantes preguntas: “Por qué hacéis esto aquí?”, “¿Por qué está esta escena en el guion?”, etc. Pregunta todo el rato. Ella profundiza muchísimo. Judith nunca dice vamos a mover la cámara para que quede bonito. Cuando rodamos, a veces se me acerca y me dice “eh, esto no es lo que estuvimos hablando”. A veces hablas unas cosas pero cuando las llevas a cabo no quedan bien y tienes que corregirlo. Por eso le dimos crédito como codirectora, lo hicimos juntos y ella aportaba muchas ideas. Tuve mucha suerte porque creo que tenemos gustos similares, nos gustan las mismas cosas. Además, para Judith Kaufmann también es muy importante este proyecto.

    ■ Al hilo de la pregunta anterior ¿La decisión de realizar la película con dos fotografías diferentes para cada época estaba pensado previamente o fue idea de Judith Kaufmann?

    - Fue idea mía, quería que los flashbacks se hicieran con Super-8. A ella le encantó la idea, incluso utilizó el estilo de cámara en mano que se utilizaba en los años setenta para incidir más en la idea. Esa parte se hizo exclusivamente con Super-8, no en digital. El resto de la película sí se filmó en digital. Además ella trabajó mucho con los colores. Estamos muy contentos con el resultado.

    ■ ¿Cómo fue la dirección de actores? Especialmente con la protagonista Juliane Köhler.

    - Cinco años antes de empezar el rodaje ya había decidido que ella sería la protagonista. Cada cuatro o cinco meses le mandaba una revisión de guion. A veces decía “este es mucho mejor que el anterior” y otras veces decía “esto es una mierda” y hablábamos de por qué. Al comenzar a rodar, conocíamos muy bien al personaje y también nos conocíamos nosotros. Fue muy intuitivo, no tenía ni que explicarme, le decía cualquier cosa y ella sabía lo que era. Eso era con ella, con otros actores era muy distinto.

    por Anónimo
    julio 17, 2014

    Entrevista | Georg Maas, director de 'Dos vidas'

    por Anónimo | julio 17, 2014
    Penny Dreadful (Temporada 1)

    Que no separe la vida lo que puede unir la muerte

    crítica de Penny Dreadful (2014-) | Temporada 1

    Showtime, Sky | 1ª temporada: 8 capítulos | EE.UU, Reino Unido, 2014. Creador: John Logan. Directores: Juan Antonio Bayona, Dearbhla Walsh, James Hawes, Coky Giedroyc. Guionista: John Logan. Reparto: Josh Harnett, Eva Green, Timothy Dalton, Harry Treadaway, Simon Russell Beale, Danny Sapani, Alex Price, Olivia Llewellyn, Alun Armstrong, Robert Nairne, Alex Price, Hannah Tointon, Noni Stapleton, Mary Stockley, Owen Roe, Richard Riddell, Julian Black Antelope, Xavier Atkins, Gus Barry, Michael O'Flaherty. Fotografía: Owen McPolin, Xavi Giménez, P.J. Dillon. Música: Abel Korzeniowski.

    Entre los ingredientes fundamentales de los deliciosos menús televisivos de Showtime nunca faltan los sucesos paranormales, el sexo desenfrenado y sin cortes, la perversidad y el morbo más oscuros del ser humano, la mentira y la violencia, personajes ambivalentes, humor negro, sordidez, y en definitiva, unos argumentos sólidos y apabullantes condimentados con un apartado técnico al servicio de la excelencia estética. No defraudaba a su comienzo el extenso piloto de la esperada primera temporada de Penny Dreadful, un cuento de terror victoriano hecho serie y ambientado en el tétrico, hermoso y nublado Londres del siglo XIX; aquella ciudad turbulenta de monstruos acechantes que filtra como un espacio caleidoscópico esta interesante y renovada combinación de estandartes clásicos del género del horror como Frankenstein, Drácula, Jack el Destripador, el Hombre Lobo, o Dorian Gray. Es en esa atmósfera contenida y desagradable, de noches oscuras, bares polvorientos y sótanos secretos donde se conoce e interactúa el eje principal de personajes misteriosos y desasosegados que dan rienda suelta a sus instintos más primarios y búsquedas existenciales de historia que si bien no es en conjunto escalofriante si mantiene elevados picos de intriga. Haciendo honor a su título, puesto que los Penny Dreadful eran unas truculentas revistas pulp decimonónicas que, a cambio de un penique, saciaban el hambre de historias sangrientas de los británicos menos privilegiados en los comienzos de la industrialización (por algo se conocía a estos fascículos como “horrores de penique), este proyecto de ocho episodios que no rebasan la hora de duración, comienza con violencia, inquietud, y desarraigo, sentimientos que a lo largo de la temporada superan en importancia y recurrencia al mero terror que emana de sus ambiguas criaturas. El prolífico John Logan (conocido por obras como El aviador o El último samurái) es el guionista encargado de engendrar la unión de los enigmáticos protagonistas, interpretaciones a cargo de la plétora de estrellas cinematográficas que copan el reparto, con el atractivo añadido de que las dos primeras entregas hayan sido dirigidas por el emergente José Antonio Bayona, famoso en los últimos años gracias a los largometrajes de El orfanato y Lo imposible.

    por Anónimo
    julio 17, 2014

    Crítica en Serie | Penny Dreadful (Temporada 1)

    por Anónimo | julio 17, 2014

    Entre George R.R. Martin y los hermanos Coen anda el juego

    Nominaciones de la 66ª edición de los Premios Emmy

    Ya están aquí las nominaciones a los Emmy, que celebran su 66ª edición el 25 de agosto (novedad tanto por día como porque se adelanta un mes a lo habitual) con Seth Meyers de presentador, un aliciente que de entrada solo interesará a los seguidores de Saturday Night Live. Meyers es un cómico eficaz pero apenas conocido fuera de EEUU, aunque son los premios de la televisión de EEUU, al fin y al cabo. Un año más, hay para todos los gustos, aunque todos parecen coincidir en que la Academia se niega a arriesgar con las series de corte fantástico (a excepción de la joya de HBO Juego de tronos, que vuelve a triunfar con 19 nominaciones) o con las propuestas más novedosas. Parece que sí que lo hacen, y así lo atestiguan la fuerte entrada de Sillicon Valley, nominada ya a Mejor Comedia, o que Scandal, culebrón extremo donde los haya, tenga tres intérpretes nominados. El problema de la Academia es que parece que vota por inercia en muchos casos, repitiendo hasta tandas enteras (los mismos de Breaking bad, de Veep, de Downton Abbey, de The newsroom, de House of cards) y haciendo que la calidad ni se cuestione. Muchas de las series nominadas, como esas que un servidor acaba de nombrar, son estupendas, pero se dejan muchas fuera. La entrada más fuerte es la de una de las series más populares del momento, Orange is the new black, con 12 nominaciones y un pie en casi todas las categorías principales (todo actrices, ningún actor, parece apropiado). Como siempre, hay sorpresas positivas (Lena Heady por Juego de tronos, Ricky Gervais por el que es su trabajo más elaborado como actor, Derek; Sarah Paulson y Alfred Molina en el reino de las TV-Movies/Miniseries, la entrada de Portlandia) y sorpresas negativas (la caída de la ganadora del año pasado Merritt Weaver, la ausencia de Charles Dance en su última oportunidad de premio o que algunos parezcan estar más presentes por nombre -Jodie Foster como directora, Kristen Wiig, Jon Voight como único representante de Ray Donovan- que por la calidad de su trabajo.

    Fargo cumple los pronósticos y arrasa en la categoría de Miniseries, con la tercera entrega de American Horror Story como rival a batir, y otra producción de Ryan Murphy, The normal heart, en las categorías mixtas. Puede ser un gran noche para Murphy -nominado como director, guionista y doblemente como productor-, pero sin duda lo será para FX, responsable de Coven y Fargo. Netflix también parece que vaya a tener una gran velada, quizá en ambas categorías porque House of cards se afianza y expande un poco. Las cadenas en abierto tienen mayores posibilidades en la Comedia, con Modern family y Big bang como fuertes valuartes. Una sorpresa para CBS ha sido que The good wife como serie y sus creadores como guionistas no hayan visto reconocido su trabajo en la tumultuosa quinta temporada, y que quizá sea Josh Charles el que lo represente todo en su victoria. Lo de Homeland y Mad Men parece más obligación que otra cosa, aunque ambas temporadas (o mitad de temporada para Mad Men) hayan sido de lo más estimulantes. La cosecha británica se materializa en 12 nominaciones para Downton Abbey, cinco para Sherlock, presentado como TV-Movie con Su último voto (3.2) y tres para Luther en la que parece ser su última temporada, la tercera. Chiwetel Ejiofor representa Dancing on the edge al completo y The White Queen solo consigue la mención como Mejor miniserie. Helena Bonham Carter termina su periplo de nominaciones por dar vida a Elisabeth Taylor y sobrevivir en el intento con su mención por Burton y Taylor.

    por Anónimo
    julio 17, 2014

    Emmy 2014 | Balance de las nominaciones

    por Anónimo | julio 17, 2014
    Californication

    Provocación en modo piloto automático

    crítica de Californication (2007-2014) | Final

    Showtime / 7 temporadas: 84 capítulos | EEUU, 2007, 2008, 2009, 2011, 2012, 2013, 2014. Creador: Tom Kapinos. Directores: David Von Ancken, Adam Bernstein, John Dahl, Bart Freundlich, Michael Lehmann, David Duchovny, Seith Mann, Scott Winant, Michael Weaver, Stephen Hopkins, otros. Guionistas: Tom Kapinos, Gina Fattore, Gabriel Roth, Daisy Gardner, otros. Reparto: David Duchovny, Evan Handler, Natasha McElhone, Madeleine Martin, Pamela Adlon, Stephen Tobolowsky, Madeline Zima, Jason Beghe, Callum Keith Rennie, Rachel Miner, Carla Gallo, Damian Young. Fotografía: Michael Weaver, Tim Bellen, otros. Música: Tree Adams & Tyler Bates.

    Primera secuencia de Californication: Hank entra en una iglesia apesumbrado, con serias dudas sobre su papel en el mundo y la impronta que deja en su entorno, aquejado del mayor de los desamores. Una atractiva monja se acerca a él y charlan un poco sobre sus cuestiones vitales, con Hank soltando alguna que otra palabrota y dejando clara su personalidad. Llegado un momento, la simpática novicia le ofrece una mamada para aliviar el sufrimiento de su alma. ¿Una mamada?, la mira Hank extrañado. Y despierta de un sueño. Los sueños serán un tema recurrente en esta errática y tristemente alargada comedia de Showtime, uno de sus hitos de programación (si ha durado tanto es porque las audiencias seguían siendo más que buenas) y uno de los ejemplos más claros de serie con premisa mínima que se estira y estira hasta forzar su encanto, que lo tenía. La primera temporada de Californication fue extraordinaria (ese arranque era provocador con conocimiento de causa), una de esas raras combinaciones donde los elementos funcionaban a la perfección: era divertida, escandalosa, sexual, sorprendente, tierna, magníficamente escrita y cínica. Era también el regreso de David Duchovny a la televisión, con la difícil tarea de hacer olvidar al icónico agente Mulder de Expediente X (1993-2002). Y de entrada lo hizo, revelando una cara socarrona y divertida que le valió un merecido Globo de Oro (tendría tres nominaciones consecutivas más) y ayudó a poner a la serie en un lugar privilegiado. Duchovny estaba francamente estupendo en el cambio de registro, y la inteligencia, rabia y carisma de su personaje eran evidentes y enganchaban. Natasha McElhone sostenía su idílico personaje con su magnética presencia, Madeleine Martin era toda una revelación en su sabio personaje de Becca, la hija con sentido común que arraiga a Hank Moody, y Charlie y Marcy funcionaban sin tacha como secundarios cómicos. El final de la temporada fue mágico, una imagen congelada de familia feliz.

    Y entonces llegó la segunda temporada, y ya desde Un lapsus linguae (2.1) la cosa parecía distinta. Peor escrita, más fácil, más ridícula, definitivamente más tonta y floja. Y nunca remontó. Empeoró, nunca se logró el nivel de la primera docena de capítulos. El resto de temporadas, y hablamos de seis más, han ofrecido al espectador provocaciones gratuitas, humor chabacano (divertido en muchas ocasiones, todo hay que decirlo) y la substracción absoluta de tridimensionalidad en los personajes, encerrados en conflictos eternos y cuyas cuitas venían decididas desde el guión, nunca por un camino de circunstancias creíbles que los hubieran llevado a ese punto. Lo peor es el que el bajón fue progresivo, así que uno mantenía la esperanza de que la cosa no empeorara de cara a la siguiente tanda, pero lo hacía. Aun así, se puede ver una clara separación en la trayectoria de Californication, con lo que hubiera sido un punto final decente aunque amargo, pero preferible a lo que vino después. Hablamos de ...y justicia para todos (4.12), que cierra una de las grandes tramas de la serie y lanza a Hank al horizonte, solo y consciente de que era su mejor opción. La trama en cuestión se establece desde el mismo piloto, cuando el protagonista se acuesta con una menor de edad (sin saberlo) que además resulta ser la hija del novio de Karen, que luego roba el más reciente manuscrito de Hank y lo vende con su nombre. Así, Mia (estupenda Madeline Zima) fue un personaje central en las primeras temporadas, recuperado sabiamente para cerrar la tercera y que en la cuarta pudo aclarar la acusación de abuso de menores contra Hank.

    por Anónimo
    julio 17, 2014

    Crítica en Serie | Californication (2007-2014)

    por Anónimo | julio 17, 2014
    Nurse Jackie (Temporada 6)

    El regreso de la enfermera drogadicta

    crítica de Nurse Jackie (2009-) | Temporada 6

    Showtime / 6ª temporada: 12 capítulos | EE.UU, 2014. Creadores: Evan Dunsky y Liz Brixius & Linda Wallem. Directores: Seith Mann, Jesse Peretz, Brendan Walsh, Adam Arkin, Keith Gordon, Abe Sylvia. Guionistas: Clyde Phillips, Tom Straw, Liz Flahive, Abe Sylvia, Carly Mensch, Heidi Schreck, Ellen Fairey. Reparto: Edie Falco, Merritt Wever, Paul Schulze, Peter Facinelli, Anna Deavere Smith, Ruby Jerins, Stephen Wallem, Dominic Fumusa, Betty Gilpin, Mackenzie Aladjem, Adam Ferrara, Morris Chesnut, Julie White, Laura Benanti, Michael Esper, Deirdre O´Connell. Fotografía: Joe Collins. Música: Pat Irwin.

    Tras dos temporadas de sobriedad, enseñando lo mucho que le costaba a Jackie rehacer su vida con ese estigma y los satisfactorios esfuerzos que hacía para lograr la estabilidad, Clyde Phillips decidió que la protagonista recayera en los últimos minutos de Alma (5.10), dando una nueva dimensión a la historia y cumpliendo una máxima lamentablemente frecuente: muchos adictos recaen, y más si, como Jackie, tienen acceso constante al elemento de su adicción. Así, esta sexta temporada comienza con un nuevo lado de la enfermera: nadando en una piscina, apuntada en el mismo gimnasio que su novio Frank, todo sonrisas y buen voluntad... hasta que la encargada de las toallas le pasa una bolsita de pastillas. Es el comienzo de que lo en esta docena de capítulos (qué bien que la serie vuelva a tener 12 episodios) se puede describir como el fin de Jackie Peyton. El fin profesional y personal de una mujer presa de sus demonios y del subidón de las drogas. Una adicta a la situación límite, a mentir, a engañar... y a salvar vidas, a curar a los enfermos. Lo que siempre ha sido muy interesante en la descripción del personaje central de Nurse Jackie, y llevamos ya 68 episodios, es que no se la ha tratado con condescendencia ni se ha demonizado su actitud. Las acciones de los personajes han hablado por ellos en esta magnífica comedia negra, que fue renovada por una séptima temporada poco antes de estrenar la sexta.

    Lo primero era adaptar la recaída de Jackie a su nueva vida, en una relación estable con un policía, batallando a su fiera hija Grace y sabiendo que su comportamiento puede ser sospechoso en cada momento. Phillips y sus guionistas (a los que ha vuelto Ellen Fairey tras una temporada fuera) han profundizado en el tema tocando las reuniones de AA (a las que Jackie acude por coartada) y los esfuerzos de comprensión por parte de sus amigos cuando admite de nuevo su adicción. El problema es que, como debe pasar con muchos adictos de verdad, Jackie no sabe exactamente si quiere vivir limpia, porque su realidad personal es tan dura que el consuelo de las drogas es lo único que puede calmarla. En esta temporada asistiremos al rápido noviazgo de su ex-marido Kevin, que terminará en boda; al agobio de la enfermera por las ansias de normalidad de su novio y a la caída en desgracia de una monja alcohólica (estupenda Deidre O´Connell) que sirve como claro fantasma de las Navidades futuras. También entrará en la historia Antoinette, madrina de Jackie en AA y un personaje de lo más interesante, que por momentos nos hace recordar la amistad Jackie/O´Hara pero cuyo final no podría ser más duro, y una de las estratagemas más astutas e impactantes de la protagonista. El trabajo de Julie White dando vida a esta mujer es digno de todo elogio, y eso que medirse junto a Edie Falco no es nada fácil.

    por Anónimo
    julio 17, 2014

    Crítica en Serie | Nurse Jackie (Temporada 6)

    por Anónimo | julio 17, 2014
    The Strain

    Las primeras 9 horas y media de la infección

    crítica de The Strain (2014-) | Episodio piloto

    FX | EEUU, 2014. Director: Guillermo del Toro. Guión: Guillermo del Toro & Chuck Hogan. Reparto: Corey Stoll, Mia Maestro, Sean Astin, David Bradley, Jonathan Hyde, Roger R. Cross, Natalie Brown, Jack Kesy, Richard Sammel. Fotografía: Checco Varese. Música: Ramin Djawadi.

    Existe un mantra que hace tiempo perdió su verdadero significado, por el exceso de uso y porque se usaba muy a la ligera, que habla bien de una serie de televisión cuando es capaz de transmitir la sensación de estar viendo cine en la pequeña pantalla. The Strain transmite esa sensación, lo cual tiene sentido porque está co-creada por el cineasta mexicano Guillermo del Toro, que además dirige este arranque de serie y que ha escrito el guión junto a Chuck Hogan, partiendo de una trilogía de novelas escrita por ambos. The Strain empieza su historia a las 20:00, cuando un extraño ruido alarma a las azafatas de un vuelo Berlín-Nueva York. A las 05:29, una pequeña vuelve con su padre, que la daba por muerta. Quizá lo esté. ¿En medio? Las primeras horas de una infección que se presenta peligrosa y se muestra sin cortapisas. Del Toro y Hogan no pierden ni un segundo de los 70 minutos que dura el episodio para establecer la trama a grandes rasgos: una legendaria criatura (¿de origen nazi?) ha llegado a Estados Unidos como parte de un plan predeterminado. Existe la misteriosa y poderosa organización cuyos tentáculos llegan a todos sitios; existe Abraham Setrakian, “El Judío”, una fuerza del bien que sabe a lo que se están enfrentado las autoridades; y en medio de todo está el doctor Ephraim Goodweather (el estupendo Corey Stoll), epidemiólogo en plena crisis matrimonial pero con hijo fiel. Un claro ejemplo del hombre de ciencia que tendrá que aprender a tener fe.

    Se nota que FX está apostando fuerte con esta serie, ya que la calidad técnica y los recursos de los que ha dispuesto Del Toro no son nada desdeñables. Para cualquiera que esté un poco familiarizado con la obra del mexicano no es difícil reconocer sus eternos temas y su preferencia por la viscosidad y la imagen perdurable bañada en lo siniestro. En este Night zero la violencia tarda en desatarse en un conseguido ejercicio de cocción a fuego lento de la amenaza, pero una vez que el desafortunado Bishop sea drenado y su cabeza sea machacada con saña (que el basic cable pueda mostrar eso pero no los pezones de una mujer es de una ridiculez alarmante), el peligro es real. A lo largo de la noche que recoge el capítulo, y con su apuesta por las múltiples perspectivas, uno se va haciendo una imagen cada vez más completa de lo que puede contener el gigantesco ataúd, y las cábalas comienzan. El Hambre y el Amor parecen ser los grandes temas que va a tratar The Strain, en una elocuente reflexión en off que abre y cierra el capítulo y que ayuda a acuñar el tono de historia sobrenatural que el cine del co-creador suele tener, un terreno a medio camino entre el realismo y la fantasía. Es difícil no pensar en Blade II (Guillermo del Toro, 2002), y uno se pregunta cómo se puede mantener el alto nivel de calidad y especialmente de intriga durante 12 entregas más. Aunque el que esto suscribe no conoce la fuente literaria, Del Toro ha declarado que la 1ª temporada sigue el primer libro, de manera que hay que confiar en que hay material de sobra para que el interés no decaiga. El capítulo se dedica a abrir varios frentes muy interesantes que dejan a la audiencia con ganas de más, de saber qué viene después. Unido eso a una descripción de personajes clásica pero que de momento no suena a dèjá vu, a la capacidad para entretener e implicar en el misterio en todo momento y a su sabia dosificación de sustos y sorpresas, Night zero cumple a la perfección como episodio piloto, y ahora lo deseable es que el resto de la temporada mantenga el nivel. 85/100

    Adrián González Viña
    redacción Sevilla

    por Anónimo
    julio 17, 2014

    Reseña TV | The Strain

    por Anónimo | julio 17, 2014
    Extant

    De manual

    crítica de Extant (2014-) | Episodio piloto

    CBS | EE.UU, 2014. Director: Allen Coulter. Guión: Mickey Fisher Reparto: Halle Berry, Goran Visnjic, Pierce Gagnon, Camryn Manheim, Grace Gummer, Michael O´Neill, Hiroyuki Sanada, Annie Wersching, Sergio Harford, Maury Sterling, Brad Beyer, Anne Ramsay. Fotografía: M. David Mullen. Música: Marcelo Zarvos.

    No hay nada especialmente malo que decir de este Reentrada, primer capítulo de una de las grandes apuestas de CBS para este año. El problema es que tampoco hay nada especialmente bueno que destacar. Por segundo verano consecutivo, la cadena estrena una serie de ciencia ficción que viene avalada por el nombre de Steven Spielberg como productor ejecutivo, aunque esto importe cada vez menos viendo la calidad de las series que apadrina. Si en 2013 la operación resultó exitosa con La cúpula, que acaba de estrenar una inesperada segunda tanda, Extant trata de sucederla en buenos resultados y como propuesta de 13 capítulos con los misterios del espacio como parte de su trama. Extant (trasunto gramátical de Extinct, primera pista narrativa en la cabecera) cuenta la vuelta a la Tierra de la astronauta Molly Woods tras una misión espacial en solitario de 13 meses. El capítulo arranca con Molly ya en casa, y mientras se desarrollan los 42 minutos de metraje quedarán establecidos a grandes rasgos los principales puntos y conflictos de la temporada. Unos conflictos nada nuevos, que hacen la experiencia de disfrutar del episodio algo frustrante.

    El capítulo está bien interpretado, el equipo técnico es muy competente (Allen Coulter se ha convertido es uno de esos prestigiosos directores que dirigen pilotos de pedigrí) y los efectos especiales cumplen, pero el guión está tan preso de un manual de guionista, con sus puntos de giro, revelaciones antes de ir a la publicidad con fundido a negro y una bastante evidente manera de plantar las pistas, que no hay nada estimulante ni sorprendente sobre lo que rumiar cuando acaban los créditos. Conscientes de que es una temporada corta para ser CBS, el creador Mickey Fisher no pierde ni un segundo en plantear los grandes misterios: Molly está embarazada, ¿cómo es posible?; ¿no se había suicidado Harmon?; ¿es el niño-robot capaz de ser peligroso?; ¿hasta dónde está dispuesto a llegar John para no perder su financiación? El hecho de saber que Fisher, en el que es su primer proyecto televisivo, tiene a Greg Walker —de Vegas (2012-2013) o Sin rastro (2002-2009)— como co-showrunner es todo un indicativo del carácter manso que probablemente tendrá Extant. Manso en el sentido de típico, de tramas ya vistas y fácilmente adivinables, de grandes temas (la maternidad, la cordura) tratados de forma superficial.

    La conexión Spielberg está en ese niño-robot de nombre Ethan que John ha metido en su familia para paliar la esterilidad biológica del matrimonio Woods. Es difícil no pensar en la magnífica A.I.: Inteligencia Artificial (A.I.: Artificial Intelligence, Steven Spielberg, 2001), sobre todo a la hora de plantear las peliagudas preguntas sobre la reacción de los humanos a la sublevación de un humanoide. Ése será sin duda uno de los problemas que Molly tendrá que afrontar, además de su embarazo ¿alienígena, sobrenatural, solar? y evitar que los grandes poderes se enteren. Se avecina un tono paranoico, de thriller con las grandes compañías como malvados y sus pobres empleados como peones en un juego que les sobrepasa. La aparición de Marcus en medio del espacio empieza a disparar la vena teórica de la audiencia, y Fisher es relativamente ambiguo (ese lapso de sueño) en cuanto a qué pudo pasar de verdad. De momento. Lo único que ha hecho a este crítico pensar un poco es el misterioso señor Yasumoto, su enigmática aparición e intenciones. El resto ha sido rutinario. Elegante, eso sí, y un placer ver a Halle Berry en la pequeña pantalla y saber que quedan 12 capítulos más para que la actriz despliegue su talento. Pero rutinario y por debajo de las expectativas creadas. 65/100

    Adrián González Viña
    redacción Sevilla

    por Anónimo
    julio 17, 2014

    Reseña TV | Extant

    por Anónimo | julio 17, 2014

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