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    Woody Allen
    Woody Allen
    || Críticas | ★★★☆☆
    Golpe de suerte
    Woody Allen
    Azares y faltas


    Rubén Téllez Brotons
    Madrid |

    ficha técnica:
    Francia, 2023. Título original: Coup de chance. Dirección: Woody Allen. Guion: Woody Allen. Fotografía: Vittorio Storaro. Reparto: Lou de Laage, Niels Schneider, Melvil Poupaud, Valerie Lemercier, Elsa Zylberstein, Grégory Gadebois, Guillaume de Tonquedec, Bárbara Goenaga.

    Fanny (Lou de Laage), pese a su corta edad —apenas roza la treintena—, ha tenido una vida de lo más movida: durante su etapa universitaria, se vistió con los trajes de la rebeldía y el hedonismo para pasearse de fiesta en fiesta dejando los libros en un plano secundario; después se casó con un músico hippie con el que ondeaba la bandera de la bohemia mientras vivían de forma precaria en sótanos y desvanes; una vez que su marido pasó a mejor vida, tuvo que luchar contra el dolor y la soledad mientras intentaba, de forma desesperada, buscar su camino en el mundo; cuando estaba a punto de perder la batalla, conoció a Jean (Melvin Poupaud), un millonario inversor que había construido su fortuna sobre los huesos del delito y la ilegalidad y que, nada más verla, se enamoró profundamente de ella. Con el paso del tiempo y la llegada de la madurez, terminó casándose con él, consiguiendo un trabajo tan estático como aburrido en una galería de arte y observando de forma impasible cómo sus días se esfumaban entre fiestas burguesas con hedor a hipocresía y ostentación e infinitas sesiones de caza organizadas por su esposo. Así hasta llegar a la actualidad. El día que, movida por los hilos del azar, se cruce por la calle con Alain (Niels Schneider), un antiguo compañero de clase que, de buenas a primeras, le confiesa su amor, la posibilidad de iniciar una relación con él —primero de amistad, más tarde, sentimental— se presentará como la única forma de inyectarle una dosis de adrenalina a su plúmbea existencia.

    A primera vista, Golpe de suerte podría parecer una nueva cinta en la que el Allen más aventurero se adentra en tierras europeas con el objetivo de retratar con un romanticismo desbordante la ciudad en la que acontece la historia, descuidando, como consecuencia, la construcción de los personajes y su desarrollo dramático. Nada más lejos de la realidad. La idea del director no es, en ningún caso, sacar postales de los lugares más icónicos de París —Medianoche en París—, Barcelona —Vicky, Cristina, Barcelona— o San Sebastián —Rifkin´s Festival—, sino coser una comedia de enredos con los hilos de la carcajada y la tensión, utilizando, para ello, esa aguja tan afilada como necesaria llamada ligereza. El motivo por el cual la urbe no tiene aquí un papel protagonista ni los personajes son unos turistas fascinados hasta el éxtasis por su belleza es que la intención original del responsable de Annie Hall y Manhattan era rodar la película en Nueva York. La negativa de las productoras estadounidenses a financiar el proyecto y la disposición de algunas casas galas motivaron al cineasta a traducir el guion al francés y embarcarse en su primera aventura francófona.

    Una danza de sonrisas, besos furtivos, mentiras y muchas casualidades, eso es lo que filma Woody Allen en Golpe de suerte, cinta estrenada con mucho ruido y polémica en la pasada edición del Festival de Venecia.


    El resultado es una película de fácil digestión que emplea el azar como elemento publicitario más que como objeto de estudio. Principalmente, porque en Match Point Allen ya sentenció con una incisión lacerante lo que realmente significa tener suerte en la vida —nacer en el seno de una familia adinerada, poderosa, para poder dormir en una cuna de algodones dorados— y, por tanto, dedicarle otra obra al mismo tema sin haber llegado a conclusiones nuevas sería profundamente aburrido. Golpe de suerte, en consecuencia, utiliza la casualidad como efecto cómico, se interesa por las posibilidades narrativas que ofrece, por su funcionalidad a la hora de iniciar una historia, de hacerla avanzar y, más extremo, de ponerle el punto y final. Las excéntricas situaciones marca de la casa y los diálogos escritos con la habitual mordacidad e ironía se suceden por la pantalla como una exhalación, algunos con más gracia que otros, pero siempre con la intención de sacar la sonrisa del espectador a través de la apelación a su inteligencia, rechazando en todo momento el humor de brocha gorda.

    Una brocha gorda que sí se hace palpable en la puesta en escena. La dejadez crónica de Allen a la hora de planificar los encuadres y los movimientos de cámara se complementa a la perfección con la tendencia al exceso de un Vittorio Storaro desatado que agolpa sobre la pantalla todos los recursos expresivos de los que dispone. La nula funcionalidad de dichos recursos los termina convirtiendo en ornamentos profundamente barrocos y desconcertantes. Las meritorias interpretaciones del trío protagonista y los aciertos del libreto compensan, en parte, los descuidos más aparatosos que tiene una cinta que, sin ser de las mejores de la filmografía de su director, deja un buen sabor de boca una vez aparecen los créditos finales.


    por Rubén Téllez Brotons
    septiembre 29, 2023

    Crítica | Golpe de suerte

    por Rubén Téllez Brotons | septiembre 29, 2023

    Turismo creativo

    Crítica ★★★☆☆ de «Rifkin's Festival», de Woody Allen.

    Estados Unidos-España-Italia, 2020. Título original: Rifkin's Festival. Dirección: Woody Allen. Guion: Woody Allen. Compañías productoras: Gravier Productions, Mediapro, Wildside. Fotografía: Vittorio Storaro. Montaje: Alisa Lepselter. Reparto: Wallace Shawn, Gina Gershon, Louis Garrel, Elena Anaya, Christoph Waltz y Sergi López. Duración: 92 minutos.

    Hace ya más de dieciséis años que no cabe esperar del cine de Woody Allen más que un retorno persistente a la escenificación de sus claves creativas y de su memoria cinéfila. Incluso un filme tan aplaudido como Match Point (2005), aunque cinematográficamente más relevante que A Roma con amor (To Rome with Love, 2012) o que Rifkin's Festival, fue ante todo una estimulante variación de una de sus cumbres, Delitos y faltas (Crimes and Misdemeanors, 1989). Teniendo en cuenta la senilidad asumida de modo humilde por el cineasta a lo largo de las últimas dos décadas, un Allen desligado en lo estético y en lo existencial de las inquietudes que impone el presente —con la excepción de Blue Jasmine (2013) y, especialmente, de Irrational Man (2015), en la que el director claudicaba ante sensibilidades hegemónicas a costa de traicionar a su protagonista—, no queremos desdeñar estas miniaturas que gravitan en torno a su obra previa, a veces elogiables —Conocerás al hombre de tus sueños (You Will Meet a Tall Dark Stranger, 2009), Día de lluvia en Nueva York (A Rainy Day in New York, 2019)— y en otras ocasiones extenuadas y extenuantes —Medianoche en París (Midnight in Paris, 2011), Magia a la luz de la luna (Magic in the Moonlight, 2014).

    Estas producciones comparten, no obstante, un afán por introducir pequeños giros temáticos, o bien hacen gala de un destello novedoso; desvíos siempre integrados en ficciones que no aspiran a allanar caminos en la filmografía del autor, sino a invocar una familiaridad con su propio universo, a modelar un espacio referencial igualmente confortable para él y para sus asiduos. Más ligeras que nunca, dichas películas resultan, además, particularmente sombrías; no solamente por el resignado pesimismo que circunda a sus héroes y heroínas, sino por la actitud de Allen frente a la tragicomedia cósmica humana. Nos referimos a la desidia de un creador intranquilo que ya apenas muestra preocupación por cuestiones de realización y puesta en escena, reducido a «juntador de planos» que parece haber perdido su fe en el medio y, más específicamente, en la capacidad de este para invocar nuestros anhelos secretos —La rosa púrpura de El Cairo (The Purple Rose of El Cairo, 1985), Poderosa Afrodita (Mighty Aphrodite, 1995)— o desglosar nuestras miserias —Interiores (Interiors, 1978), Maridos y mujeres (Husbands and Wives, 1992). Para Allen y para el mundo mismo el tiempo del cine ha pasado, y su importancia solo puede ser evocada en el territorio íntimo de la memoria sentimental.

    La melancolía de Rifkin's Festival se ve acentuada por la incertidumbre que planea sobre la industria en medio de una pandemia cuyos estragos económicos y culturales apenas hemos comenzado a vislumbrar. La edición del Donostia Zinemaldia a la que acude Mort Rifkin (Wallace Shawn), antiguo profesor universitario que se ha embarcado en la escritura de una «gran» novela, tiene preparada para él una programación alternativa: una serie de desventuras en las que se confunden el otoño vital con el de lo cinematográfico. Junto a su esposa Sue (Gina Gershon), agente de prensa del joven y flamante cineasta francés Philippe (Louis Garrel), asistirá al declive de su matrimonio mientras experimenta un borrador de historia amorosa con una cardióloga, Jo Rojas (Elena Anaya). En medio de la errática travesía por una ciudad que celebra la vida y el cine dejándolo a él fuera del jolgorio —por su situación personal, pero también por su alergia a ciertas imposturas que encarnan auteurs como Philippe—, el atribulado Mort revivirá ensoñaciones basadas en célebres escenas rodadas por Jean-Luc Godard, François Truffaut, Federico Fellini o Ingmar Bergman. El talante un tanto apolillado, fácil, de estos homenajes casi siempre insustanciales, encuentra un perturbador contrapunto en el espíritu venenoso que anima sus imágenes: el cine de los maestros —de Rifkin y, asimismo, de Allen— ya no supone para el bueno de Mort un reencuentro placentero, sino que le devuelve un reflejo nada halagüeño de sí mismo.

    por Ignacio Pablo Rico Guastavino
    octubre 02, 2020

    Crítica | Rifkin's Festival

    por Ignacio Pablo Rico Guastavino | octubre 02, 2020

    Regreso a Manhattan

    Crítica ★★★☆☆ de «Día de lluvia en Nueva York», de Woody Allen.

    Estados Unidos, 2019. Título original: A Rainy Day in New York. Dirección: Woody Allen. Guion: Woody Allen. Productoras: Gravier Productions / Perdido Productions. Fotografía: Vittorio Storaro. Montaje: Alisa Lepselter. Diseño de producción: Santo Loquasto. Decorados: Sarah Dennis. Reparto: Timothée Chalamet, Elle Fanning, Selena Gomez, Liev Schreiber, Jude Law, Diego Luna, Cherry Jones, Rebecca Hall, Annaleigh Ashford, Kelly Rohrbach. Duración: 92 minutos.

    A sus 83 años Woody Allen no busca reinventar nada. El cine ha sido su terapia, con una película estrenada al año como regla general y casi como norma de subsistencia, desde que inició su carrera como director a finales de los años 60. Era una época muy distinta de la actual. También se definió por el cambio, la superación de viejos códigos y la llegada de nuevas voces. Pero esas miradas que entonces fueron casi subversivas ahora se han quedado anticuadas (mencionamos ya al respecto un título con el que comparte bastante el que vamos a reseñar: Lío en Broadway, dirigida por Peter Bogdanovich en 2014), en el marco de una industria actual que busca revertir otro tipo de códigos. Ya no son estrictamente cinematográficos sino que van más allá, se plantean los temas de la representación social, la discriminación, las repercusiones mediáticas y políticas de cada obra, hasta el punto de que cada vez es más difícil juzgar una película haciendo caso omiso de todas estas derivaciones. Son ellas las que han llevado a postergar el estreno de su último filme y a sus protagonistas a desmarcarse del mismo. Aunque luego ha sido absuelto por la justicia, su figura ha quedado manchada, su reputación resquebrajada, y ello se proyecta sobre una cinta que no tantos celebran como la oportunidad de disfrutar de otro trabajo de un director tan reconocido en tan avanzada edad. El eterno debate sobre la disociación entre creación y creador parece admitir una sola respuesta en el clima en el que vivimos, al abundar las posiciones sentenciosas en lugar de la reflexión matizada, que es la que piden casos complejos como este. Aunque Allen busca simplificarlo hablando solo a través de su cine, que es su forma de vida, sus elementos antaño rebeldes y refrescantes ahora se antojan indebidamente conservadores.

    Día de lluvia en Nueva York reúne desde su propio título esos elementos que en seguida asociamos a este cineasta, empezando por la constricción espaciotemporal: un solo día (aunque más precisamente esta historia transcurre a lo largo de dos jornadas) en la ciudad que lo ha definido. Y con la lluvia de por medio, acorde a la nostalgia que impregna la narración centrada en un personaje que aparece como enésimo álter ego del neoyorquino. Ahora este se apoya en los rasgos del ya grande Timothée Chalamet, que de primeras nadie diría que se parece al director/antiguo actor, por su altura y compostura. Pero pronto adopta sus tics, su forma de hablar e incluso su vestimenta, anacrónica, extraña en un joven y adinerado universitario, aunque quizá no tanto teniendo en cuenta que se llama Gatsby y se ajusta a todo ese personaje que conocemos bien, pues es uno entre otros semejantes de esta idiosincrática filmografía. Aprovechamos este punto para valorar que, aunque ningún sujeto de esta historia es demasiado original y todos rozan el estereotipo, la familiaridad permite a Allen dibujarlos de forma muy clara, y por ende meritoria. Solo con una breve percepción y un par de diálogos la sensación para el espectador es de reconocimiento inmediato, sabe de donde viene cada uno y adonde va, lo que pretende y lo que piensa. Esta capacidad para el retrato de personajes siempre ha sido uno de los puntos fuertes del director, aunque como decíamos se apoye en caminos ya muy transitados. En cualquier caso provoca una sensación curiosa, porque la identificación se contrapone al esbozo, por la ligereza o escasa profundidad de la narración, y su consiguiente y desafortunada generalización.

    A Rainy Dain in New York, Woody Allen.
    La deliciosa vuelta de Woody Allen que estrena en España A contracorriente.

    por Ignacio Navarro
    octubre 14, 2019

    Crítica | Día de lluvia en Nueva York

    por Ignacio Navarro | octubre 14, 2019

    La ironía y Woody Allen

    Las 10 mejores películas de Woody Allen.

    ¿Es Woody Allen un genio? Para un hombre que ha dedicado la mayor parte de su vida y la totalidad de su carrera al análisis interpretativo de grandes ídolos literarios e intelectuales, podríamos considerar que no es tanto un genio como un modesto artista con propensión a la búsqueda compulsiva de trascendentales respuestas a sus desasosiegos existenciales en teorías filosóficas. Sin embargo, en esa neurótica humildad, el realizador no sólo adapta sino que se cuestiona todas esas hipótesis modernas que han sido axiomáticamente aceptadas desde su misma concepción como verdad absoluta y unificada del ser humano; y ahí es donde se encuentra la genialidad de Allen, en el escepticismo inconformista que convierte su obra en un caótico manifiesto cómico-pesimista de la vida, en el que no encontraremos respuestas, sino más bien todo lo contrario, nuevas dudas que se implantarán en nuestra conciencia con la fuerza de un “como si alguna vez me hubiera importado”. Todo es contradictorio en el cine de Woody Allen, desde lo más básico de su enrevesado romanticismo, hasta la propia posición política de su mensaje. Esta discordancia narrativa será distinguible en temas como el feminismo, una de las preocupaciones mejor encaradas por el director; al identificarnos con la seguridad o la rebeldía de un personaje femenino dibujado por Allen estamos, de manera inconsciente, aceptando unos códigos que responden a algunas de las normas más reaccionarias de la tradición patriarcal. La construcción del personaje nos enfrenta a una cosmovisión que, pese a denunciar la posición de inferioridad de la mujer, no defiende una auténtica emancipación intelectual, emocional y profesional de ésta, sino que acepta la existencia de un sistema jerárquico machista en su reparto de roles sociales. De esta forma, en su nueva película, Wonder Wheel, se aprecia cómo la mujer, pese a disponer de una posición de aparente libre elección, será en última instancia la que pague las consecuencias más dramáticas por su intento de escapar de un destino continuista; la salvación de la relación romántica entre el hombre y la mujer, y por extensión, la salvación de la propia protagonista, pasa por la sumisión y la obediencia.

    Pero si el posicionamiento feminista de Allen no queda nada claro, menos aún lo hará el relativo al sexo, y esa obsesiva necesidad de equipararlo con la muerte, como en las grandes tragedias clásicas. La principal conjetura argumental de sus comedias reside en la aparición de uno o varios sujetos que despiertan el interés sexual de cualquier protagonista, relacionado por lo general con otro personaje, con quien mantendría un vínculo sentimental. De este modo, es de destacar que, pese a que la balanza porcentual de la población alleniana que comete adulterio tiende a inclinarse hacia el lado femenino, la infidelidad de la mujer suele estar ligada a la insatisfacción marital y a un claro deseo de libertad: busca una vida mejor que se contraponga a lo malo conocido. Sin embargo, en el caso del hombre, con la infidelidad sólo buscará saciar algún tipo de fantasía sexual con una mujer, por lo general, más joven que su pareja, un affaire rápido y sin consecuencias; algo tan improbable que tiende a ser el origen de la infelicidad individual de cada personaje y cuya responsabilidad recae de manera explícita en la actuación irreflexiva del hombre, aunque será la mujer quien sea culpada por ello, como ocurre en el caso específico de Annie Hall, quien es diagnosticada por su psicoanalista de padecer “envidia del pene”. La adicción a los psiquiatras o a los antidepresivos será otro de los temas constantes en todas las películas de Allen. De no aparecer o hacerse mención a la visita terapéutica con un profesional, como es el caso de Manhattan, Annie Hall o Maridos y mujeres, entre muchos otros, el guion siempre recurrirá a la ingesta de fármacos como forma de aliviar cualquier tipo de padecimiento. En este sentido, hallamos en Sueños de un seductor (Play It Again, Sam, 1972) uno de los diálogos más hilarantes acerca de la neurosis por la medicación. Sin ser una película dirigida por Allen –Herbert Ross se encarga de esta tarea–, es inconfundible la firma del realizador neoyorkino en un guion plagado de conversaciones tan extravagantes como la siguiente:

    — LINDA: ¿Tienes una aspirina? Me está empezando a doler un poco la cabeza.
    — DICK: Se está derrumbando, y va y te pones enferma.
    — LINDA: Bueno, no te pongas tú nervioso.
    — DICK: No me pongo nervioso. He tenido un día muy difícil.
    — ALLAN: ¿Tú también quieres una aspirina?
    — DICK: No.
    — ALLAN: Me tomé todas las aspirinas. ¿Quieres un Darvon?
    — LINDA: Bueno. Mi psicoanalista me sugirió una vez Darvon, cuando tenía migrañas.
    — ALLAN: Yo solía tener migrañas, pero mi psicoanalista me curó. Ahora, me salen unos sabañones espantosos.
    — LINDA: Yo sigo con las migrañas, pero es debido a la tensión.
    — ALLAN: Según mi psiquiatra, para curarme del todo necesito una lobotomía.
    — LINDA: Cuando el mío está de vacaciones, me encuentro paralizada.
    — DICK: Deberíais casaros el uno con el otro e iros a vivir a un hospital.
    — ALLAN: ¿Quieres una tónica con tu Darvon?
    — LINDA: Si no tienes zumo de manzana.
    — ALLAN: Oh, zumo de manzana y Darvon, ¡estupenda combinación!
    — LINDA: ¿Has probado el Ixium con zumo de tomate?
    — ALLAN: La verdad es que no, pero otro neurótico me ha dicho que es algo increíble.
    — DICK: ¿Puedo tomar una Coca-Cola sin nada dentro?

    Esta combinación de sexo, drogas y Jazz suele dirigir a los personajes a un estado de preocupación desorbitado por la muerte, ya sea por el sentimiento de irremediable cercanía de la misma, con un memento mori pesimista que olvida por completo el regocijo inmediato del carpe diem, para adentrarse en un estado depresivo de insatisfacción inconsolable, por la aparición de un suceso violento o la irrefrenable necesidad de cometer un acto de crueldad homicida. En este caso, Allen hará uso de las teorías dostoievskianas acerca de la ausencia de castigo como la tortura real del criminal. Los asesinos dibujados por el realizador, tras perpetrar con éxito el crimen y eludir la justicia, sufrirán un período de insatisfacción, una decepción originada por el desencanto ante la perspectiva de un mundo sin justicia alguna en el que el delincuente actuará con ciega temeridad, alardeando de sus acciones y buscando así, sin ser consciente de ello, el castigo que merece para no perder la esperanza de un orden justo, tal como le ocurre al narrador de El corazón delator, de Poe, que actuará de forma arrogante e imprudente hasta ser descubierto. De no ser así, el asesino quedaría condenado a la incertidumbre de esperar un castigo divino inminente, o a la certidumbre de un mundo desprovisto de ninguna fuerza extraterrenal y, por lo tanto, la desposesión definitiva de la fe y, como Stavroguín (Los endemoniados, 1872), incurrirá de nuevo en la maldad con el objetivo de buscar esa intervención celestial que nunca llegará. Éste sería el caso de Chris Wilton y Judah (Match Point, 2005 y Delitos y faltas, 1989), quienes, pese a salir indemnes de sus crímenes, se encontrarán inmersos en una desesperada crisis al ver sus pecados libres de todo castigo: “Le dije que era una historia espeluznante”. Desde una multitud variopinta de escenarios, aunque con la ciudad de Nueva York como elemento icónico de su cine y el único de los componentes del relato que siempre se conserva imperturbable, romántico, nostálgico y lleno de optimismo en contraposición a la desdicha sufrida por sus ciudadanos, Woody Allen examina compulsivamente la posible aparición de una estructura moral superior en un entorno desprovisto de valores. ¿Quién lleva razón, el Iván Karamázov de Dostoievski al afirmar que todo está permitido, o Albert Camus al opinar todo lo contrario? Esperamos que en el siguiente Top 10 encuentren su respuesta o, al menos, un buen plan para una tarde lluviosa.

    por Alberto Sáez Villarino
    marzo 03, 2018

    Las 10 mejores películas de Woody Allen

    por Alberto Sáez Villarino | marzo 03, 2018

    A la luz de la lluvia

    Crítica ★★★★ de Wonder Wheel (Woody Allen, Estados Unidos, 2017).

    En los transitados pasillos del Olimpo artístico, donde coinciden en acalorados trámites dioses, caballeros medievales, princesas, bufones, borrachos y prostitutas, todos extraídos de la selecta fauna que conforma el más estricto de los cánones literarios, deambula cada año un dubitativo Woody Allen mientras selecciona aquellas figuras que pasarán a formar parte, explícita o simbólica, de su nuevo ejercicio de terapia cinematográfica. Imitando a los trágicos griegos clásicos, el director neoyorquino no crea historias ni personajes, sino que adapta mitos y leyendas que cada día suenan más lejanos a la sociedad moderna y, al mismo tiempo, los interpreta de forma libre para, evitando los envites retóricos de los poetas, construir a golpe de ingenio sarcástico un nuevo entramado narrativo con elementos desconocidos. No podríamos afirmar sin caer en cierta injusta vaguedad terminológica que Wonder Wheel, o cualquiera de las películas anteriores dirigidas por Allen, siga un estilo puramente imitativo, se trata más bien de una constante deferencia hacia el origen de todas las artes, incluso una metarreferencia si atendemos a la exactitud adaptativa que sigue su cine; en concreto, el tratamiento idiosincrático de los personajes de su última obra hace clara alusión —textual y conceptual— a la obra de Eugene O’Neill, sin embargo, éste centró su trabajo en modernizar a los clásicos, por lo que Woody Allen realiza un ejercicio laudatorio contemporáneo pero de fundamentación clásica, siguiendo los parámetros modernos de los escritores norteamericanos hacia los que Allen siente una profunda admiración.

    La película comienza con un punto de vista engañoso de la trama, apuntando como principales protagonistas a un feriante exalcohólico y a su hija Carolina, quien lleva más de 6 años sin hablar con su padre, desde que decidiera casarse con el mafioso que hoy ha puesto precio a su cabeza por haber roto el inquebrantable código de silencio. Todo parece indicar que Humpty tendrá que enfrentarse al criminal para proteger la integridad de su hija; sin embargo, el narrador entra en escena para actuar de catalizador de la acción y dirigir nuestra atención hacia el escarceo amoroso veraniego que tiene con Ginny, la actual mujer de Humpty. Ya desde el comienzo del metraje aparece de forma paradójica el tema de la insatisfacción y el padecimiento sobre el que girará todo el argumento, dentro de una microestructura simbólica de tipo alegórico en la que el parque de atracciones representa la infelicidad, y la casa es un lugar donde cultivar la enfermedad y el dolor. El montaje revela de partida una edición muy abrupta, sobre todo en los cambios de escenas, siempre encabezadas por un diálogo constantemente introductorio. La teatralidad de la narración contrasta con la cuidada fotografía y la iluminación, que restan dramatismo a la acción al tiempo que confieren un aire de sublime romanticismo a la escena. No obstante, toda esta idealización apasionada pictórica se desmorona con las acciones y los sentimientos mostrados por los personajes, quienes funcionan como elementos discordantes que comprometen de forma violenta el entorno de exquisita estética planteado por Vittorio Storaro. Este encanto romántico no sólo será derribado por los protagonistas, sino también por el contexto temático de la diversión y la jovialidad que nos sugiere el parque de atracciones de Coney Island en el que vive la familia; un lugar de recreación que resulta insoportable para Ginny, eterna sufridora de los efectos devastadores de la incesante musiquilla del organillo y los estertorosos gritos de niños y turistas, forasteros con una envidiable capacidad de decisión y libre albedrío para abandonar ese mundo de fantasía prefabricada en el momento que estimen oportuno. El parque es, para ellos, un lugar de paso, de desahogo para escapar de la rutina civilizada, por el contario, para Ginny significa una cárcel de insatisfacción y depresión.

    por Alberto Sáez Villarino
    diciembre 25, 2017

    Crítica | Wonder Wheel

    por Alberto Sáez Villarino | diciembre 25, 2017
    Crisis en seis escenas

    El hotel de los líos

    crítica ★★★★ de Crisis en seis escenas (Crisis in Six Scenes).

    Amazon Studios | Estados Unidos, 2016. 1 temporada/6 episodios. Creador: Woody Allen. Director: Woody Allen. Guion: Woody Allen. Fotografía: Eigil Bryld. Montaje: Alisa Lepselter. Reparto: Woody Allen, Miley Cyrus, Elaine May, John Magaro, Rachel Brosnahan, Joy Behar, Mary Boyer, Marylouise Burke, Margaret Goodman, Julie Halston, Sondra James, Margaret Ladd, Rebecca Schull, Mary Shultz, Barbara Singer.

    Woody Allen ha ficcionalizado su persona o, cuando menos, a iconografiado la imagen que nos quiere mostrar de ella. Sus personajes parecen responder a diferentes voces de su propia conciencia que se amontonan sobre sus hombros como espectros en miniatura y, a codazos, se arrebatan el turno de palabra mientras debaten sin orden ni concierto sobre la existencia humana. El extremista, el razonable, el inseguro, el triunfador, el hipócrita… todos parecen tener algo que decir, mientras el bueno de Woody les presta atención e intenta comprender las motivaciones e inquietudes de cada uno, sin éxito, claro está. Porque en estos tiempos que corren no existe la utópica unanimidad ideológica, ni tan siquiera en sectores de pensamiento afines donde todo tiende a sub-dividirse en unidades cada vez más pequeñas, buscando un punto discordante que nos haga diferir de lo establecido originalmente, y en caso de que tal punto no existiera, inventarlo, todo sea por el bien de la confusión. Estamos ante la pérdida de la fraternidad y el comienzo del individualismo idealista; nadie da un paso al frente por defender a un camarada, puesto que de los errores de nuestros colegas ya no surgen posibles soluciones, sino formas de representación completamente nuevas, contradictorias y desligadas por completo de ese error con el objetivo de ser los líderes de un partido, o una religión, sin votantes ni feligreses. Crisis en seis escenas nos da exactamente lo que su título promete aunque, a pesar de lo que la trayectoria y la reputación de su creador puedan sugerirnos, no se trata de una de sus recurrentes crisis sobre las relaciones humanas. No podemos afirmar que, en la serie de televisión creada por Allen, estas disputas pasionales vayan a brillar por su ausencia, todo lo contrario, seguirán siendo el contexto en el que se represente el mar de inseguridades genéricas y sexuales —valga la distinción léxica— como inevitables disyuntivas sentimentales en determinadas parejas; sin embargo, esta crisis cardinal se dibuja en esta ocasión sobre un entorno mucho más político que social. 

    El guion deja claras indicaciones de este posicionamiento en uno de los primeros diálogos sobre el tema de la revolución armada.

    —Todos estamos en contra de la guerra. Todos queremos un cambio social.
    —Sí, ¿y qué hacemos al respecto? En serio, siempre nos quejamos de la guerra, de la falta de igualdad racial… pero ¿qué hacemos realmente?
    —Bueno, ¿quieres que te conteste a esa pregunta? Desde luego no ponemos una bomba. Nos levantamos un domingo y vamos a un colegio electoral a depositar nuestro voto. ¡Nosotros votamos!
    Aunque es de destacar que este mensaje tan políticamente correcto, y tan bien argumentado como irrefutable punto axiomático, capaz de zanjar, sin lugar a réplicas, cualquier discusión extremista sobre los grupos terroristas de fuerte raigambre política, también tiene su parte contradictoria —y dolorosamente cómica—.
    —Pero si ni siquiera estás registrado. Llevas sin votar desde las últimas 6 elecciones.
    —Cierto, pero ¿qué sentido tiene? Si no importa quién esté al poder, va a seguir fastidiando a los negros, haciendo a los ricos más ricos y las guerras persistirán.

    El diálogo es interrumpido en ese momento por un timbre inoportuno que nos hará quedarnos con las ganas de saber cuál era el siguiente razonamiento de Sidney J. Munsinger, un escritor frustrado que, tragándose su orgullo y sus esperanzas de erigirse en el nuevo J.D. Salinger, busca que una cadena de televisión acepte su guion para una nueva serie. Como podemos ver, el planteamiento del genio neoyorquino sigue siendo tan autobiográfico como autoparódico. Estableciendo una clara conexión antitética entre Munsinger y Salinger, ambos escritores eremitas, el primero, por necesidad, por falta de talento y de oportunidades que frustran sus esfuerzos y sus ansias de llegar a ser un autor que cambie la literatura estadounidense, y el segundo por voluntad propia, por no desear la desorbitada fama que obtuvo con su única novela. Durante estas seis escenas, que corresponden a cada uno de los seis capítulos que componen esta primera y única temporada, Allen da buena cuenta de su talento como escritor de diálogos. Las escenas, o capítulos, quedan separadas como si fueran los actos de una obra teatral. Todo sigue una lógica lineal y casi sin saltos temporales. Cada final de escena será retomado con el principio de la siguiente, mientras los protagonistas dan claras muestras de un estilo interpretativo excesivamente dramático, como se puede comprobar, de manera un tanto heterodoxa, gracias a referencias y citas explícitas de este diálogo que se pronuncian con naturalidad y acentuados cambios de intensidad vocal. Se propone una estructuración en unidades narrativas específicas, como díadas, que reproducen situaciones de confrontación irónicas y disparatadas. Todos los personajes quedan obligados a definir sus acciones y sus pensamientos con incesantes explicaciones y excusas, donde las tentativas de aclaraciones suelen terminar en enredos más profundos que los de partida, ofreciendo un sinfín de secuencias cotidianas que se yuxtaponen a teorías filosóficas exacerbadas con el propósito de generar la risa y el desconcierto del espectador.

    por Alberto Sáez Villarino
    noviembre 07, 2016

    Crítica | Crisis en seis escenas

    por Alberto Sáez Villarino | noviembre 07, 2016
    Café Society

    Curtain Call

    crítica de Café Society (Woody Allen, EE.UU., 2016).

    El comienzo de Café Society nos avisa de que algo ha cambiado en la dramaturgia de Woody Allen, sin embargo, no conseguimos discernir con claridad de qué se trata exactamente; la presentación de personajes arquetípicos de la escena judía sigue presente en pares antagónicos: soñadores y pesimistas, triunfadores y fracasados, tímidos y decididos; el incesante ritmo dixieland también acompaña imperturbable a cada escena; el cinismo, histérico y nervioso, inherente al carácter del protagonista que representa una nueva versión rejuvenecida del propio director no se hace esperar… entonces ¿qué es lo que no termina de cuadrar en el tradicional molde alleniano? Es como si los planos estuvieran dotados de un espeso filtro que ralentizara y acentuara la gracia de los movimientos de cada personaje, como si la gravedad se reduplicara en el campo de acción de la cámara y el espacio fílmico absorbiera toda la luz a su alcance para irradiar, desde cada elemento de la composición artística, un aura especial dotada de luminosidad propia y majestuosa. Y ahí estaba la clave, en la fotografía, compuesta para la ocasión por todo un maestro del encuadre y la perspectiva como es el tres veces oscarizado, Vittorio Storaro. Una fotografía de la que Allen se aprovecha para acentuar su mapa de contrastes idiosincráticos al tiempo que revela un afortunado cambio posmoderno de óptica y enfoque que, por extensión, afectará al completo del esquema narrativo.

    Con este contraste visual, el realizador neoyorquino expone un planteamiento alegórico de doble intencionalidad, que tiene como principales funciones subrayar las diferencias conceptuales en el comportamiento y la identidad de los integrantes de diferentes clases sociales, y la disparidad geográfica entre dos ciudades opuestas que actúan como un todo demográfico absoluto dentro de este universo hiperreal. De este modo, cuando Bobby decide escapar de Brooklyn —antes de que se convirtiera en el nuevo centro neurálgico de la cultura hipster-cool que es hoy— para irse a vivir a Hollywood, donde se encuentra su exitoso tío Phil, activa de algún modo ese mecanismo comparativo con el que Allen fundamenta la comicidad argumental en la que se sustenta el filme al completo, que no sólo consistente en la diferenciación entre las ciudades de Nueva York y Los Ángeles, sino también en realizar un estudio de antropología concienzudo donde quedan al descubierto los excesos y defectos —también alguna que otra virtud— de dos grupos sociales bañados por el agua de dos océanos diferentes. La narración parte de una estructura muy similar a la de las epopeyas clásicas, donde el héroe es presentado en una posición de frustración al ser incapaz de encajar la magnitud de sus aspiraciones en la estrechez de posibilidades que le ofrece su entorno primigenio. Entonces se procede al viaje: iniciático por naturaleza, instructivo por necesidad, y dolorosamente cómico, por supuesto. Un viaje del que regresará aleccionado y escarmentado, convertido en todo un adulto y dispuesto a afrontar, ahora desde casa y con los de su propia clase, la nueva etapa de su vida, en la que espera cambiar el entorno como la experiencia lo ha cambiado a él mismo. La ironía del guion pronto toma una importancia protagonista al otorgar a la localización geográfica todo el peso de la narración. Allen utiliza la contraposición semántica de los lugares del relato: California y Nueva York, como medio de enfatizar el determinismo del ambiente sobre el individuo. El contexto tiene una importancia mayor que la simple función decorativa, actúa como la unidad que aporta sentido a los hechos ocurridos en él. Brooklyn se presenta como la cuna de la intransigencia artística y liberal, es un lugar donde aferrarse a los códigos familiares de trabajo duro y hereditario, donde las opciones son, o la honrada esclavitud, o la próspera delincuencia. Un ambiente chabacano de incomprensión doctrinal e incongruentes enmiendas. Los Ángeles, por el contrario, evoca el verdadero sueño americano, la tierra de las oportunidades y la desligazón de esa perniciosa herencia tradicional. Un contraste que quedará genialmente plasmado en la primera escena, cuando el protagonista cruza la mencionada frontera física e ideológica, gracias a un encuentro de tintes sacrílegos, con una virginal prostituta judía de hilarante inexperiencia.

    por Alberto Sáez Villarino
    agosto 30, 2016

    Crítica | Café Society

    por Alberto Sáez Villarino | agosto 30, 2016

    Comienza la cita cinematográfica más importante del año, y lo hace con una fuerza inusitada en este tipo de certámenes. Las dos películas que se presentaban a prensa se han saldado, bajo nuestra humilde óptica, con un gran éxito debido a sendos ejercicios de realización impecables. La apertura no podría haber sido más apropiada, consiguiendo que el ritmo y la dinámica del metraje se apoderaran del humor de unos agradecidos asistentes, quienes premiaban con aplausos el ineludible talento y la soltura creativa de un genio del humor que ya no sólo presume de ingenio retórico, sino también de eficiente frecuencia. El segundo filme mantenía el buen humor aunque con un trasfondo mucho más dramático y un montaje muy pausado y sobrio que acentuaban las tres horas de duración de este fabuloso ejercicio sociológico llamado Sieranevada. Como no podía faltar en la mítica sesión de las 19.00 en la sala Debussy, el recurrente y legendario grito de “¡Raúl!” no se hizo esperar antes de la proyección y, además, sonó con atronadora firmeza logrando los aplausos de los veteranos que ya conocen la historia, y la incertidumbre de los neófitos que viven cada excentricidad cannoise con una mezcla de júbilo y terror. Cannes… There we go!

    CAFÉ SOCIETY

    Woody Allen, Estados Unidos, 2016 / Inauguración (Fuera de Competición).

    La risa del escéptico lo confirma. Woody Allen, cuyos estrenos se convirtieron en una inevitable rutina anual para muchos agnósticos del ingenio del neoyorquino, consigue conciliar a la crítica por medio de aquello que mejor sabe hacer: el humor. Con una sonora carcajada unánime, el público de la sala Debussy se deja llevar distraído a través de los nuevos desasosiegos amorosos del hipocondríaco cinematográfico por antonomasia. La ecuación de Café Society parecía infalible desde el principio; Woody Allen y Steve Carell, dos leyendas del humor que revolucionaron la forma de entender la comicidad en dos momentos muy diferentes de la evolución fílmica —la proclamación de la comedia romántica como género independiente y el asentamiento de la televisión como competidor acérrimo del largometraje respectivamente—, unidas en un proyecto que amalgama experiencia y renovación a partes iguales. La película abre con una fotografía que desconcierta tanto por su belleza como por un inquietante aire de inusitada gravedad estilística. El tres veces ganador del Óscar, Vittorio Storaro (Apocalypse Now, 1979) presenta sus credenciales mediante un azulado filtro, bastante más contrastado de lo que acostumbramos a ver en los trabajos del realizador, que nos descubre un cambio inicial de óptica y enfoque. La composición enmarca un paisaje romántico vivificado por una luminosidad exterior que, con sus destellos, impregna la imagen de un toque de sublime irrealidad que se enfrenta a la oscura sobriedad con la que son representados los escenarios interiores. Un contraste visual que acompañará al conflicto clasista apreciable entre la fastuosa escena hollywoodiense, llena de celebridades del mundo del espectáculo, y el panorama provinciano-folclórico, ejemplificado en una familia de judíos de Brooklyn, cuna de Bobby, el protagonista del filme, que decide hacer un viaje de costa a costa para visitar a su exitoso tío Phil, de quien espera un empujón en su incipiente carrera profesional en Los Ángeles. Tras una llegada un tanto turbulenta, marcada por la imposibilidad de Phil para encontrar un hueco libre en su agenda donde encajar a su sobrino, y la aparición de prostitutas judías sin experiencia laboral, el joven por fin logra una oportunidad que le lleva a encontrarse en una posición muy cómoda rodeado de todos los actores que siempre había admirado. Entonces surge el ineludible dilema sentimental, un triángulo amoroso caracterizado por un juego de certezas e incertidumbres en el que el protagonista se mantiene en una posición ingenuamente neutral hasta que es expulsado del juego de forma dolorosa y tiene que volver a casa. La parodia se mezcla muy sutilmente con el romanticismo gracias al gran oficio del veterano quien, aprovechando un misterioso fallo de electricidad, deja a los amantes bajo la luz de las velas en una composición inmaculada de la escena romántica perfecta.

    Establecido de nuevo en Nueva York, Bobby rehace su vida como regente del Café Society, un local glamuroso que mantiene unida a su familia, la cual ha encontrado una estabilidad existencial gracias a las pertinentes soluciones que Ben, el hermano mafioso de Bobby, encuentra para cualquier problema que pueda aparecer. Todo funciona como un reloj hasta que, de improviso, reaparece en la vida del protagonista su antiguo amor: Vonnie, a quien ya había encontrado un conveniente “reemplazo”. Una vez más, los designios del amor harán de las suyas ampliando ese triángulo a un cuarteto emocional. Allen evita demonizar a sus personajes, ni siquiera a aquellos que se enfrentan directamente contra el héroe, para restar dramatismo superficial a un mensaje que, en sus entrañas, es absolutamente devastador. El realizador simplifica los esquemas patriarcales y los lleva a un nivel de divertimiento y parodia extremo, caricaturizando como es habitual en él los clichés básicos del judaísmo. Sin embargo, si llevamos la mirada hasta un campo más profundo, alejado de todo ese histrionismo cómico, encontramos un mensaje desolador sobre la impotencia y la soledad del enamorado no correspondido. Dentro de un divertidísimo envoltorio, el director compone un retrato asombroso de dos personajes —Jesse Eisenberg y Kristen Stewart— que, en su brillante interpretación, son capaces de exteriorizar diferentes estados de ánimo con asombrosa naturalidad y una expresividad capaz de ilustrar fehacientemente los trabajos de personología de Charles Le Brun. (75/100).

    por Alberto Sáez Villarino
    mayo 12, 2016

    Festival de Cannes 2016 | Día 1. Críticas: Café Society / Sieranevada

    por Alberto Sáez Villarino | mayo 12, 2016

    Murder he wrote

    crítica a Irrational Man (Woody Allen, 2015).

    «Hitler quiere ser derrotado. Hitler, de un modo ciego, colabora con los inevitables ejércitos que lo aniquilarán, como los buitres de metal y el dragón (que no debieron de ignorar que eran monstruos) colaboraban, misteriosamente, con Hércules». Jorge Luis Borges. Otras inquisiciones, 1952.

    Lo que Borges hizo con la cita anterior, de manera tan elocuente como de costumbre, es otorgar a Hitler una moral oculta tras la fachada monstruosa que todo el mundo conoce. Esta moral le correspondería por su condición de ser vivo, y estaría directamente relacionada con el conflicto existencial que se aprecia en los personajes de la novela de Dostoievski, por ejemplo en Stavroguín (Los endemoniados, 1872), que dio la espalda a la fe cristiana por la ausencia de castigo en un ejercicio delictivo, o en Raskólnikov (Crimen y castigo, 1866), quien buscó, como presuntamente hizo Hitler, su apresamiento para no perder la esperanza en la existencia de un orden justo. Woody Allen coincide con Dostoievski —y con Borges— al plantear que los culpables de un delito premeditado, de alguna manera, anhelan asumir la responsabilidad por lo que han hecho, aunque este sentimiento no venga del sincero arrepentimiento, sino de algo mucho más poderoso: el miedo a verse en medio de un mundo anárquico regido exclusivamente por las incompetentes fuerzas del orden terrenal. El mencionado Stavroguín llegó a incurrir en la maldad con el objetivo de demostrar la posterior intervención divina por medio de un castigo que, muy a su pesar, nunca llegaría. Asimismo, los personajes de Chris Wilton y Judah (Match Point, 2005 y Delitos y faltas, 1989 respectivamente), pese a salir indemnes de sus crímenes, se verán inmersos en una desesperada situación anímica al comprobar que no hay ni orden ni justicia en el mundo. Y aquí interviene uno de los factores clave, tanto en el cine de Allen como en la novela de Dostoievski, ¿Es la fe en sí misma un regulador de la justicia infalible? Queremos decir con esto que, tanto si existe un ser superior capaz de condenar a los mortales por sus malas acciones como si no, la sola creencia de su existencia forzaría al creyente a confesar sus pecados por temor a represalias mucho peores. Un ente divino que, además, también le protegería de verse víctima de una situación desagradable, evitando así la sensación de desamparo en el supuesto caso de un mundo sujeto al capricho del simple azar. “La fe es el camino más fácil” —Match Point—.

    El director neoyorkino realiza con Irrational Man una adaptación de la novela del escritor ruso, Crimen y castigo (ya utilizada con anterioridad de forma explícita —aunque no lineal como hace ahora— en la trama de Match Point), y lo hace variando las premisas éticas derivadas del ateísmo en las que se basaba: mientras el novelista decimonónico destacaba la participación de un orden moral subyacente al universo, Allen denuncia que tal orden no sólo no existe, sino que su ausencia demuestra la inexistencia de Dios. La ley está escrita y, por lo tanto, es exacta e inalterable. Por ello la presente cinta va un paso más allá de la simple exposición legal, al plantearnos un dilema acerca de lo que es moralmente aceptable fuera de los límites de esa legalidad o, si lo prefieren, sobre la maldad y sus posibles justificaciones. El proceso analítico y diegético recaerá, desde el comienzo, sobre el espectador. Por un lado, seremos los responsables de atender a las recurrentes crisis existenciales del protagonista, Abe, por lo que tendremos que llevar a la práctica todo lo aprendido sobre psicoanálisis —que no será poco si hemos seguido la filmografía de Allen—, para dibujar un cuadro clínico individualizado. Por otro, deberemos ser capaces de valorar si coincidimos con los motivos morales que mueven a Abe a ejecutar sus acciones. Irrational Man se mueve sobre esa sempiterna línea que divide el bien y el mal aunque, todo hay que decirlo, ese espacio fronterizo ha sido deliberadamente movido por el protagonista a su antojo. Por lo tanto, cualquier valoración estandarizada sobre sus intenciones resultará del todo infructuosa; se encuentra fuera de todo dictamen globalizado sobre el optimismo o el pesimismo, lo que nos muestra la película, y lo hace francamente bien, es de qué manera un individuo queda sujeto a su destino mediante la única intervención de su libre albedrío, como si efectivamente no existiera nada a su alrededor que pudiera condicionar sus movimientos.

    por EAM
    septiembre 02, 2015

    Críticas | Irrational Man

    por EAM | septiembre 02, 2015

    Extremismo emocional

    crónica de la tercera jornada de la 68ª edición del Festival de Cannes

    Tras la intensa jornada pasada y la aparición de la primera gran aspirante a la codiciada Palma de Oro, Son of Saul (Saul fia), llegaba, a primera hora, el nuevo largometraje del siempre controvertido Yorgos Lanthimos, que servía para poner lo que parece el cierre a una trilogía sobre la alteración del lenguaje y las relaciones de sus usuarios. A continuación llegaría todo un clásico: Woody Allen. Pese a la mayor o menor calidad de su trabajo, este director nunca falta a su cita anual con el cine, y la obra que nos presenta en Cannes, afortunadamente, parece situarse entre las mejores de esta nueva época del hipocondríaco realizador. Un interesante thriller del que salimos para, ahora sí, por fin, asistir a Our Little Sister del japonés Hirokazu Koreeda, de la que nos quedamos fuera el primer día. El batacazo y la desilusión absoluta llegaría en la última sesión del día con The Sea of Trees de Gus van Sant. Una indignante película que destroza una grandísima idea y la deja irreconocible y vulnerable a un ridículo que se prevé multitudinario a tenor de los silbidos en el primer pase de la tarde. El sonido de la primera gran decepción de Cannes 2015.

    por Alberto Sáez Villarino
    mayo 16, 2015

    Cannes 2015 | Día 3. Críticas: The Lobster / Irrational Man / The Sea of Trees / Our Little Sister

    por Alberto Sáez Villarino | mayo 16, 2015
    Magia a la luz de la luna

    Los mil trucos de Woody

    crítica a Magia a la luz de la luna | Magic in the Moonlight, dirigida por Woody Allen, 2014

    En la secuencia de apertura de Magia a la luz de la luna, un ilusionista hace desaparecer un elefante sobre el escenario decorado al estilo oriental de un teatro de Berlín. Corren los años 20 y el ambiente es evocador y elegante. El artífice en cuestión es Wei Ling Soo, el mago más respetado de su época, cuyos bigotes esconden la identidad de Stanley Crawford (Colin Firth), un inglés misántropo cuya incredulidad le lleva a viajar a la Costa Azul para desenmascarar a Sophie Baker (Emma Stone), la médium que tiene seducida a la Riviera francesa. Durante 90 minutos, el espectador de Magia a la luz de la luna se sentará en la butaca, al igual que los espectadores de ese teatro berlinés, para asistir al sortilegio de Woody Allen y debatirse entre creer y no creer, la gran temática del filme.

    La última del director neoyorquino no figurará con seguridad entre sus películas más memorables y, sin embargo, tampoco puede argumentarse que sea un filme fallido. En Magia a la luz de la luna, el realizador apuesta por una fórmula que conoce muy bien: la ilusión como vía de escape a una realidad prosaica. Bajo esta premisa, Allen atrajo a millones de espectadores con Medianoche en París, su película más taquillera hasta la fecha, y obtuvo un éxito unánime de crítica en la maravillosa La rosa púrpura del Cairo. Quizá anticipándose a las críticas o quizá contestando a alguna, el propio Allen dijo una vez que su filmografía era “como la comida china: te sirven muchas cosas pero todas saben a comida china”, y el último filme del director sabe a los deliciosos platos que nos sirve con anual regularidad. Magia a la luz de la luna no es ninguna de las muescas citadas con anterioridad. No posee la brillantez y originalidad de la última, ni la vitalidad que desprende la primera, pero consigue “salvar los muebles” como una metáfora de la magia que nos aguarda a la vuelta de cada esquina, y un recordatorio sobre lo inútil de intelectualizar todos los aconteceres. En palabras de uno de los personajes “quizá la vida no tenga un propósito claro, pero siempre ofrece algo de magia.”

    por Anónimo
    octubre 02, 2014

    Crítica | Magia a la luz de la luna

    por Anónimo | octubre 02, 2014

    El entorno tóxico

    Cine Club | Todo lo demás (Anything else), de Woody Allen, 2003

    Todo lo demás es una cinta peculiar dentro de la filmografía del mayúsculo Woody Allen. Primera película rodada por el cineasta tras el atentado de las Torres Gemelas —lo cual se filtra con sutileza en la trama—, Todo lo demás tiene algo de filme introspectivo dentro del cuerpo de trabajo de Allen, ya que es rabiosamente autobiográfica. El director ha admitido que en su juventud tuvo largas charlas sobre lo humano y lo divino con un curioso hombre de mayor edad que quería ganarse la vida en el mundo de la comedia, y cualquiera que sea conocedor de su trabajo reconoce en Jerry Falk (notable Jason Biggs) al escritor estancado, casado demasiado joven y que debe irse de Nueva York para poder triunfar, aunque la ciudad sea lo único no tóxico de su vida. Suena como casi todo su cine, sí, pero aquí se siente más personal que cuando cuenta los eternos vaivenes sentimentales de sus criaturas. Es peculiar por varias razones más: el variopinto y perfecto reparto, con el que no ha repetido en cintas posteriores; el comienzo de su querencia por el plano secuencia con una elaborada coreografía de movimientos para encapsular las conversaciones de varios personajes, sin recurrir a un rutinario plano/contraplano a no ser que ayude a contar mejor la historia; y la híbrida combinación de voz en off con testimonios del protagonista directamente a cámara, contando a los espectadores su historia, o de otros recursos curiosos como la pantalla partida en la escena en que el agente de Jerry llama en plena discusión.

    Con perspectiva, la película es también otras cosas muy especiales: el primer filme donde el Allen actor ya no será el protagonista romántico que se lleva a la chica; el penúltimo trabajo que haría en Estados Unidos antes de empezar su taquillera etapa europea (que también le trajo un reencuentro, gracias a Match Point (2005), con aquellos cómodos que aceptaban su cine con rutinaria desgana) o uno de sus trabajos cómicos más tenebrosos, sobre todo por el personaje que se brinda y borda el propio cineasta: el incendiario Dobel. En su arquetípico personaje de judío cínico y chistoso, el director y guionista añade un elemento de paranoia, de miedo a que los suyos estén en peligro y de que la justicia tenga que tomarla cada uno por su mano. Aunque haya que hilar fino para verlo, parece evidente en cada nueva revisión de la película que el 11-S hizo de esta forma mella en el cine del director, sin dejar de ser en todo caso una gran creación cómica (ver a Allen reventar los cristales de un coche da miedo y risa a la vez). Si eso, incluyo añade más densidad a un discurso más profundo e inteligente de lo que muchos le dan crédito. No puede ser baladí lo preciosa que luce la ciudad bajo la cámara del gran Darius Khondji, y que las reuniones de Jerry y Dobel nos lleven a varios recovecos de Nueva York, casi como acariciando a un ser amado que ha resultado herido. Pero dejando a un lado estas razones extracinematográficas o quizá resultado del sobre análisis, la película se defiende muy bien por sí sola como una magnífica comedia romántica de clásica forma alleniana: Jerry Falk es un escritor frustrado que sobrevive escribiendo chistes para otros, mientras trata de salvar una relación con la voluble Amanda (una Christina Ricci perfecta y más sexy que nunca), además de lidiar con su desastroso agente y la madre de ésta, toda una pesadilla. Están presentes los temas recurrentes de su cine: las leyes de la atracción, el sufrimiento del artista, la aspirante a actriz sin talento, la terapia inútil, el miedo a la muerte, lo intrínsecamente cómico de nuestros ridículos comportamientos… y todo servido con diálogos espléndidos, reflexiones adultas sobre los grandes temas y un cáustico sentido del humor. El único (gran) problema de esta película, muy llamativo además por la legendaria capacidad del cineasta para perfilar personajes femeninos interesantes, es que Amanda y su madre Paula no están perfiladas, son arquetipos algo burdos sobre la mujer como desastre andante y permanentemente automedicada; una fuente cómica basada en la desfachatez de su comportamiento y la crispación que esto produce. Este problema impide que la cinta se convierta en una obra maestra, porque el resto de elementos funcionan con precisión milimétrica.

    por Anónimo
    junio 29, 2014

    Cine Club | Todo lo demás (2003), de Woody Allen

    por Anónimo | junio 29, 2014
    Aprendiz de gigoló, de John Turturro

    Otoño en Nueva York

    crítica de Aprendiz de gigoló | Fading Gigolo, de John Turturro, 2013

    Hay pocos actores que representen tan bien el compromiso con el cine independiente como John Turturro. Tres décadas de firmeza en sus criterios para la elección de papeles le han permitido convertir a sus rizos y sus gafas de pasta en todo un icono de esas películas “al margen”. Y construirle un sólido currículum como actor fetiche de los Coen y Spike Lee. Además de protagonista con algunos tótems del cine de autor de ayer y de hoy: Michael Cimino, Robert Redford, Tom DiCillo, Nicolas Winding Refn y Noah Baumbach le han tenido a sus órdenes. Pero las inquietudes de Turturro le han empujado también a ponerse al otro lado de la cámara. A convertirle en un cineasta que ha construido su filmografía como autor en torno a una fijación por la temática de la “gente corriente”, las historias en pequeño angular. Sazonándolas con dos toques muy personales: su amor por Nueva York, escenario de sus cuatro largos de ficción, y su condición de hijo de inmigrantes italianos. Aprendiz de gigoló vuelve a aplicar punto por punto estos principios básicos. Pero le añade la presencia de otro enamorado de la Gran Manzana, con quien comparte protagonismo en el filme: Woody Allen. El tándem, visto ahora, parece tan inevitable que sorprende que haya tardado casi treinta años en producirse. Turturro solo había coincidido con Allen poniéndose a sus órdenes con un papel fugaz en Hannah y sus hermanas.

    Precisamente en la dupla de “maduritos” que forman Turturro y Allen, el primero el gigoló del título y el segundo su improbable proxeneta, reside buena parte del encanto de la película. En ese gran conglomerado de microcosmos opuestos que es Nueva York, ambos representan personajes desorientados ante un mundo en parte cambiante, y en parte demasiado inmovilista. Son testigos de tradiciones con encanto que se apagan (la librería de varias generaciones familiares en la que ambos trabajan) mientras sobreviven viejos dogmas de intolerancia (representados por la cerrazón del barrio judío que retrata la película). Dos neoyorquinos de marcada identidad “extranjera” (uno italoamericano y el otro judío) que no terminan de encajar en los microcosmos que les impone esa identidad. Ambos, además, forman una pareja de protagonistas estrictamente irreales. Allen como un judío cabeza de una familia afroamericana, Turturro como un inocuo florista que de la noche a la mañana se convierte en un gigoló de exquisitas artes amatorias, capaz de satisfacer e incluso enamorar a milfs adineradas en busca de emociones fuertes.

    por Miguel Muñoz Garnica
    abril 30, 2014

    Crítica | Aprendiz de gigoló

    por Miguel Muñoz Garnica | abril 30, 2014
    Toma el dinero y corre (1969)

    Todo lo que siempre quiso saber sobre Virgil Starkwell

    y nunca se atrevió a preguntar

    Cine Club | Toma el dinero y corre, Take the Money and Run, de Woody Allen, 1969

    Amado por muchos y odiado por otros tantos, a estas alturas nadie es capaz de poner en duda la posición de Woody Allen como uno de los cineastas más inteligentes e influyentes del cine moderno. El genial judío neoyorquino, auténtico hombre orquesta que nos ha hecho pasar momentos inolvidables ante una pantalla de cine en sus distintas facetas de director, guionista y actor (labores que combinaba con las de humorista, escritor y músico, ahí es nada), continúa fiel a su cita con el público, entregando una nueva película cada año desde que debutara hace 48 años con ¿Qué pasa, Tiger Lilly? (1966). Ganador de cinco Oscar –mejor película, director y guión por Annie Hall (1977), mejor guión por Hannah y sus hermanas (1986) y Midnight in Paris (2011)–, Allen ha sido un ejemplo de cineasta que ha sabido reinventarse a lo largo de su carrera. Tras su exitosa etapa como humorista, haciendo monólogos en la cadena de hoteles Borsch Belt de Nueva York, el realizador trasladó esta habilidad para hacer reír al cine, con una serie de comedias disparatadas que fueron muy bien recibidas por el público de la época. Títulos como Toma el dinero y corre (1969), Bananas (1971), Todo lo que siempre quiso saber sobre el sexo pero nunca se atrevió a preguntar (1972), El dormilón (1973) o La última noche de Boris Grushenko (1975) fueron el legado que Allen dejó en aquel primer periodo a veces calificado como “menor”, únicamente por alejarse de la seriedad que empezó a apoderarse de su obra a raíz de Annie Hall, considerada aún por muchos su obra maestra. Desde entonces, el nombre de Woody Allen comenzó a ser asiduo en cada ceremonia de premios gracias a clásicos como Manhattan (1979), Zelig (1983), Broadway Danny Rose (1984), La rosa púrpura del Cairo (1986) o Delitos y faltas (1989), convirtiéndose en el hombre para quien todas las estrellas de Hollywood querían trabajar. Gente como Diane Keaton, Michael Caine, Cate Blanchett, Penélope Cruz, Mira Sorvino y Dianne Wiest han logrado el Oscar (en el caso de la última, hasta en dos ocasiones) poniéndose a las órdenes del maestro, algo que confirma su prestigio como excelente director de actores. Hubo un tiempo en que Allen se quejaba de que su obra era mejor acogida en Europa que en su propio país, algo que en los últimos años parece haberse corregido gracias a la estupenda recepción de Match Point (2005), Vicky Cristina Barcelona (2008) o la reciente Blue Jasmine (2013). Cuando se cumplen 45 años desde su estreno, resulta un buen momento para recuperar Toma el dinero y corre, la segunda cinta del neoyorquino y la que le colocó, de golpe y porrazo, como una de las esperanzas blancas de la comedia americana de aquellos años.

    por José Martín León
    marzo 26, 2014

    Cine Club | Toma el dinero y corre (1969)

    por José Martín León | marzo 26, 2014
    Blue Jasmine

    UN DELIRIO LLAMADO DINERO

    crítica de Blue Jasmine | Woody Allen, 2013

    Blue Jasmine no es una película de Woody Allen al uso. Quizá escuche esta afirmación de boca de algún desconcertado espectador a la salida de la sala. Es cierto. La última cinta del director se aleja de lo que consideramos como el imaginario alleniano: gags, diálogos hilarantes, clubes de jazz, restaurantes y museos poblados por una burguesía intelectual neoyorquina, etc. Y sin embargo, Blue Jasmine, de estructura narrativa, articulación de personajes e interpretación brillantes, puede considerarse uno de los filmes más redondos que Allen ha firmado en los últimos años. Y, si, también tiene momentos muy divertidos.

    Jasmine French (Cate Blanchett) es una dama de la socialité neoyorquina caída en desgracia. Casada con un mago de las finanzas (un ladrón de guante blanco parecido a Bernard Madoff e interpretado por Alec Baldwin), Jasmine se traslada a San Francisco a casa de su hermana Ginger donde tratará de recuperarse de una crisis nerviosa y empezar una nueva vida. Los primeros cinco minutos de cinta que relatan su llegada a California y en los que Cate Blanchett adelanta lo que va a ser su artillería dramática y cómica, son geniales. Y es que la película se sostiene sobre una fabulosa interpretación de la actriz australiana (que huele a Oscar); bien arropada, eso sí, por secundarios de improbable casting pero que funcionan. Entre ellos, dos cómicos de televisión poco conocidos en España, Andrew Dice Clay (M*A*S*H, Colgados en Filadelfia) y Louis CK (Louie, Parks and Recreation); y Sally Hawkins en el papel de su hermana Ginger. Obligada a vivir entre “perdedores” (currantes para el resto de mortales), Jasmine alivia con pastillas y vodka la tragedia de tener que buscar un trabajo normal. Lo cierto es que el personaje de Blanchett cae antipático desde el principio, pero hay algo en su patetismo que hace que nos apiademos de ella. No en vano, las escenas de Jasmine hablando sola en plena crisis histérica resultan trágicas y cómicas a la vez, generando esa empatía clave para el filme.

    por Anónimo
    agosto 20, 2013

    Crítica | Blue Jasmine

    por Anónimo | agosto 20, 2013
    To Rome with Love review - "Crítica de A Roma con amor"
    VIDEOGUÍA ROMANA
    A Roma con amor (To Rome With Love, Woody Allen, 2012)
    Columna para El Periódico Extremadura

    Es complicado ser duro con un maestro como Woody Allen. Cada película firmada bajo su nombre es siempre un acontecimiento, una cita ineludible. Si bien es cierto que su filmografía más reciente es todo un tratado a la irregularidad, el cineasta neoyorquino posee la chispa para enamorarnos y hacernos reír como nadie. Antes en Manhattan y ahora en Europa.

    ‘A Roma con amor’ (To Rome with Love, 2012), pertenece a ese grupo de filmes menores intercalados en sus dos últimas obras maestras: ‘Match Point’ (2005) y ‘Midnight in Paris’ (2011). Cintas como ‘Scoop’ (2006), ‘El sueño de Casandra’ (2007) o ‘Vicky Cristina Barcelona’ (2008); agradables, con la esencia a cuentagotas de su mejor cine pero tan insustanciales que solo contentan a su público más fiel.

    por Emilio M. Luna
    septiembre 25, 2012

    A ROMA CON AMOR (WOODY ALLEN, 2012)

    por Emilio M. Luna | septiembre 25, 2012

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