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    Crítica | Rifkin's Festival


    Turismo creativo

    Crítica ★★★☆☆ de «Rifkin's Festival», de Woody Allen.

    Estados Unidos-España-Italia, 2020. Título original: Rifkin's Festival. Dirección: Woody Allen. Guion: Woody Allen. Compañías productoras: Gravier Productions, Mediapro, Wildside. Fotografía: Vittorio Storaro. Montaje: Alisa Lepselter. Reparto: Wallace Shawn, Gina Gershon, Louis Garrel, Elena Anaya, Christoph Waltz y Sergi López. Duración: 92 minutos.

    Hace ya más de dieciséis años que no cabe esperar del cine de Woody Allen más que un retorno persistente a la escenificación de sus claves creativas y de su memoria cinéfila. Incluso un filme tan aplaudido como Match Point (2005), aunque cinematográficamente más relevante que A Roma con amor (To Rome with Love, 2012) o que Rifkin's Festival, fue ante todo una estimulante variación de una de sus cumbres, Delitos y faltas (Crimes and Misdemeanors, 1989). Teniendo en cuenta la senilidad asumida de modo humilde por el cineasta a lo largo de las últimas dos décadas, un Allen desligado en lo estético y en lo existencial de las inquietudes que impone el presente —con la excepción de Blue Jasmine (2013) y, especialmente, de Irrational Man (2015), en la que el director claudicaba ante sensibilidades hegemónicas a costa de traicionar a su protagonista—, no queremos desdeñar estas miniaturas que gravitan en torno a su obra previa, a veces elogiables —Conocerás al hombre de tus sueños (You Will Meet a Tall Dark Stranger, 2009), Día de lluvia en Nueva York (A Rainy Day in New York, 2019)— y en otras ocasiones extenuadas y extenuantes —Medianoche en París (Midnight in Paris, 2011), Magia a la luz de la luna (Magic in the Moonlight, 2014).

    Estas producciones comparten, no obstante, un afán por introducir pequeños giros temáticos, o bien hacen gala de un destello novedoso; desvíos siempre integrados en ficciones que no aspiran a allanar caminos en la filmografía del autor, sino a invocar una familiaridad con su propio universo, a modelar un espacio referencial igualmente confortable para él y para sus asiduos. Más ligeras que nunca, dichas películas resultan, además, particularmente sombrías; no solamente por el resignado pesimismo que circunda a sus héroes y heroínas, sino por la actitud de Allen frente a la tragicomedia cósmica humana. Nos referimos a la desidia de un creador intranquilo que ya apenas muestra preocupación por cuestiones de realización y puesta en escena, reducido a «juntador de planos» que parece haber perdido su fe en el medio y, más específicamente, en la capacidad de este para invocar nuestros anhelos secretos —La rosa púrpura de El Cairo (The Purple Rose of El Cairo, 1985), Poderosa Afrodita (Mighty Aphrodite, 1995)— o desglosar nuestras miserias —Interiores (Interiors, 1978), Maridos y mujeres (Husbands and Wives, 1992). Para Allen y para el mundo mismo el tiempo del cine ha pasado, y su importancia solo puede ser evocada en el territorio íntimo de la memoria sentimental.

    La melancolía de Rifkin's Festival se ve acentuada por la incertidumbre que planea sobre la industria en medio de una pandemia cuyos estragos económicos y culturales apenas hemos comenzado a vislumbrar. La edición del Donostia Zinemaldia a la que acude Mort Rifkin (Wallace Shawn), antiguo profesor universitario que se ha embarcado en la escritura de una «gran» novela, tiene preparada para él una programación alternativa: una serie de desventuras en las que se confunden el otoño vital con el de lo cinematográfico. Junto a su esposa Sue (Gina Gershon), agente de prensa del joven y flamante cineasta francés Philippe (Louis Garrel), asistirá al declive de su matrimonio mientras experimenta un borrador de historia amorosa con una cardióloga, Jo Rojas (Elena Anaya). En medio de la errática travesía por una ciudad que celebra la vida y el cine dejándolo a él fuera del jolgorio —por su situación personal, pero también por su alergia a ciertas imposturas que encarnan auteurs como Philippe—, el atribulado Mort revivirá ensoñaciones basadas en célebres escenas rodadas por Jean-Luc Godard, François Truffaut, Federico Fellini o Ingmar Bergman. El talante un tanto apolillado, fácil, de estos homenajes casi siempre insustanciales, encuentra un perturbador contrapunto en el espíritu venenoso que anima sus imágenes: el cine de los maestros —de Rifkin y, asimismo, de Allen— ya no supone para el bueno de Mort un reencuentro placentero, sino que le devuelve un reflejo nada halagüeño de sí mismo.

    Rifkin's Festival, Woody Allen.
    Película inaugural del 68º Festival de San Sebastián.


    Rifkin's Festival es tal vez el ejercicio más transparente de lo que inspira, en tanto realizador y escritor, el Allen reciente: un creador que ha dejado de creer en el cine —acaso sea su trabajo más lánguido en términos fílmicos— pero que, sin embargo, no puede vivir sin él.


    El patetismo que aporta Wallace Shawn a Mort, abordado por Allen con una mezcla de ternura y causticidad, es el gran hallazgo de Rifkin's Festival. Sin esfuerzos aparentes, y en la línea de la despiadada Desmontando a Harry (Deconstructing Harry, 1997), se somete constantemente al héroe a la mirada vitriólica que proyectan sobre él sus congéneres. De esta manera, por ejemplo, el recelo que comparten cineasta y personaje por las derivas del cine contemporáneo es puesto en cuarentena; la ranciedad cinéfila de ambos, creador y criatura, cobra una dimensión autoconsciente que le ahorra a Rifkin's Festival las incoherencias discursivas de la autocomplaciente Medianoche en París. Por cuarta vez consecutiva, es Vittorio Storaro quien otorga cualidades expresivas —pese a algunas feas tomas a contraluz y a la abundancia de texturas átonas— a lo que es, no nos engañemos, un libreto ejecutado con el oficio justo. La calidez crepuscular de la luz que envuelve los paseos de Mort y Jo, tornada nebulosa cuando llega el momento de la despedida, nos basta para señalar hasta qué punto la fotografía es uno de los pocos aspectos con verdadera entidad audiovisual en el Allen de vejez, aun hallándose este aspecto distante de la excelencia exhibida en Wonder Wheel (2017). Las cualidades lumínicas y cromáticas que imprime el veterano a las idas y venidas de Mort por las calles, parques, terrazas y plazas donostiarras son suficientes para ennoblecer una película indudablemente menor.

    El aspecto más fascinante y, a la par, problemático de Rifkin's Festival, es que ni puede ni quiere disimular su carácter de artefacto turístico, en más de un sentido. Por un lado, como reafirmara Vicky Cristina Barcelona (2008), Allen nos deja claro nuevamente que está lejos de pretenderse un viajero. Rifkin's Festival lidia con la «postalización» de la ciudad vasca y de lo que representa a sus ojos el histórico festival europeo, y en consonancia con ello, el director emerge como un turista que recorre su propia carrera y aquello que resuena de otros en la misma. Lo interesante es que nos hallamos menos ante una vuelta amable al pretérito artístico del neoyorquino que frente a un largometraje que, quizás con mayor desazón que nunca, se interroga sobre su propia razón de ser. La escasa convicción, muy forzada en algunos instantes, con que se enaltece lo que rodea al certamen, incide en las dudas acerca del quehacer creativo y su finalidad: en esa intersección confluyen Allen y Rifkin. Rifkin's Festival es tal vez el ejercicio más transparente de lo que inspira, en tanto realizador y escritor, el Allen reciente: un creador que ha dejado de creer en el cine —acaso sea su trabajo más lánguido en términos fílmicos— pero que, sin embargo, no puede vivir sin él | ★★★☆☆


    Ignacio Pablo Rico Guastavino |
    © Revista EAM / Madrid



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