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    Cine Alemán Siglo XXI

    Crítica | Golpe de suerte

    || Críticas | ★★★☆☆
    Golpe de suerte
    Woody Allen
    Azares y faltas


    Rubén Téllez Brotons
    Madrid |

    ficha técnica:
    Francia, 2023. Título original: Coup de chance. Dirección: Woody Allen. Guion: Woody Allen. Fotografía: Vittorio Storaro. Reparto: Lou de Laage, Niels Schneider, Melvil Poupaud, Valerie Lemercier, Elsa Zylberstein, Grégory Gadebois, Guillaume de Tonquedec, Bárbara Goenaga.

    Fanny (Lou de Laage), pese a su corta edad —apenas roza la treintena—, ha tenido una vida de lo más movida: durante su etapa universitaria, se vistió con los trajes de la rebeldía y el hedonismo para pasearse de fiesta en fiesta dejando los libros en un plano secundario; después se casó con un músico hippie con el que ondeaba la bandera de la bohemia mientras vivían de forma precaria en sótanos y desvanes; una vez que su marido pasó a mejor vida, tuvo que luchar contra el dolor y la soledad mientras intentaba, de forma desesperada, buscar su camino en el mundo; cuando estaba a punto de perder la batalla, conoció a Jean (Melvin Poupaud), un millonario inversor que había construido su fortuna sobre los huesos del delito y la ilegalidad y que, nada más verla, se enamoró profundamente de ella. Con el paso del tiempo y la llegada de la madurez, terminó casándose con él, consiguiendo un trabajo tan estático como aburrido en una galería de arte y observando de forma impasible cómo sus días se esfumaban entre fiestas burguesas con hedor a hipocresía y ostentación e infinitas sesiones de caza organizadas por su esposo. Así hasta llegar a la actualidad. El día que, movida por los hilos del azar, se cruce por la calle con Alain (Niels Schneider), un antiguo compañero de clase que, de buenas a primeras, le confiesa su amor, la posibilidad de iniciar una relación con él —primero de amistad, más tarde, sentimental— se presentará como la única forma de inyectarle una dosis de adrenalina a su plúmbea existencia.

    A primera vista, Golpe de suerte podría parecer una nueva cinta en la que el Allen más aventurero se adentra en tierras europeas con el objetivo de retratar con un romanticismo desbordante la ciudad en la que acontece la historia, descuidando, como consecuencia, la construcción de los personajes y su desarrollo dramático. Nada más lejos de la realidad. La idea del director no es, en ningún caso, sacar postales de los lugares más icónicos de París —Medianoche en París—, Barcelona —Vicky, Cristina, Barcelona— o San Sebastián —Rifkin´s Festival—, sino coser una comedia de enredos con los hilos de la carcajada y la tensión, utilizando, para ello, esa aguja tan afilada como necesaria llamada ligereza. El motivo por el cual la urbe no tiene aquí un papel protagonista ni los personajes son unos turistas fascinados hasta el éxtasis por su belleza es que la intención original del responsable de Annie Hall y Manhattan era rodar la película en Nueva York. La negativa de las productoras estadounidenses a financiar el proyecto y la disposición de algunas casas galas motivaron al cineasta a traducir el guion al francés y embarcarse en su primera aventura francófona.

    Una danza de sonrisas, besos furtivos, mentiras y muchas casualidades, eso es lo que filma Woody Allen en Golpe de suerte, cinta estrenada con mucho ruido y polémica en la pasada edición del Festival de Venecia.


    El resultado es una película de fácil digestión que emplea el azar como elemento publicitario más que como objeto de estudio. Principalmente, porque en Match Point Allen ya sentenció con una incisión lacerante lo que realmente significa tener suerte en la vida —nacer en el seno de una familia adinerada, poderosa, para poder dormir en una cuna de algodones dorados— y, por tanto, dedicarle otra obra al mismo tema sin haber llegado a conclusiones nuevas sería profundamente aburrido. Golpe de suerte, en consecuencia, utiliza la casualidad como efecto cómico, se interesa por las posibilidades narrativas que ofrece, por su funcionalidad a la hora de iniciar una historia, de hacerla avanzar y, más extremo, de ponerle el punto y final. Las excéntricas situaciones marca de la casa y los diálogos escritos con la habitual mordacidad e ironía se suceden por la pantalla como una exhalación, algunos con más gracia que otros, pero siempre con la intención de sacar la sonrisa del espectador a través de la apelación a su inteligencia, rechazando en todo momento el humor de brocha gorda.

    Una brocha gorda que sí se hace palpable en la puesta en escena. La dejadez crónica de Allen a la hora de planificar los encuadres y los movimientos de cámara se complementa a la perfección con la tendencia al exceso de un Vittorio Storaro desatado que agolpa sobre la pantalla todos los recursos expresivos de los que dispone. La nula funcionalidad de dichos recursos los termina convirtiendo en ornamentos profundamente barrocos y desconcertantes. Las meritorias interpretaciones del trío protagonista y los aciertos del libreto compensan, en parte, los descuidos más aparatosos que tiene una cinta que, sin ser de las mejores de la filmografía de su director, deja un buen sabor de boca una vez aparecen los créditos finales.


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