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    Festival de Cannes 2018
    Festival de Cannes 2018

    Until lambs become lions

    Crítica ★★★★ de Un asunto de familia, de Hirokazu Koreeda.

    Japón. 2018. Título original: Manbiki kazoku/万引き家族. Director: Hirokazu Koreeda. Guion: Hirokazu Koreeda. Duración: 121 minutos. Edición: Hirokazu Koreeda. Fotografía: Ryûto Kondô. Música: Haruomi Hosono. Productora: AOI Promotion / Fuji TV / Gaga Communications Inc. Diseño de vestuario: Kazuko Kurosawa. Diseño de producción: Keiko Mitsumatsu. Intérpretes: Kirin Kiki, Sôsuke Ikematsu, Lily Franky, Moemi Katayama, Sakura Ando, Mayu Matsuoka. Presentación oficial: Cannes Film Festival, 2018. Ganador de la Palma de Oro.

    El dilatado espectro de eventualidades motivantes del crimen ha originado el surgimiento de un extenso discurso sobre la ética del delito. Desde un hurto menor hasta un atroz asesinato, los directores se las han sabido ingeniar para sumergir al espectador en un proceso de entendimiento, beneplácito y, por último, conmiseración hacia cualquier protagonista disfrazado –metafóricamente hablando– de Robin Hood, cuyas acciones y aficiones parecen girar en un universo paralelo sin estatutos legales, sociales y libre de impuestos, en el que operan sin trabas para conseguir todo aquello que deseen, eso sí, escudados por un irrefutable y elevadísimo código deontológico que suele reducirse a la premisa de “perjudicar al malvado para proteger al honrado” o “robar a los ricos para dárselo a los pobres”, expresiones en las que se aprecia una evidente asignación de roles a las diferentes clases sociales y que, por razones obvias y bastante inquietantes, las productoras de cine multimillonarias han abrazado sin ningún embarazo, quizá pensando que el mensaje sonaría demasiado ingenuo como para atravesar la frontera de lo ficticio. Pero se equivocan, no existe herramienta más conciliadora con la problemática social que el cine, y dentro de ese instrumento mediador entre conciencias y remordimientos, los niños destacan como el eje fundamental de compromiso empático. Es por ello que los realizadores han dedicado gran parte de su esfuerzo y talento a contribuir con la perspectiva pueril mediante la mirada pasiva e incapaz del testigo indirecto, tanto desde el punto de vista del niño, mostrado por Buñuel al reflejar en El Jaibo la negligencia del adulto desparecido –Los olvidados, 1950–, como desde el otro lado de la moneda, presentado por Todd Solondz en Happiness, 1988, donde se considera el comportamiento ciudadano para corromper el futuro de las nuevas generaciones. Sin embargo, no son muchos los autores que han logrado con éxito otorgar un protagonismo paralelo y generacional a sus personajes, y eso es precisamente lo que hace del nuevo filme de Hirokazu Koreeda, Un asunto de familia, un maravilloso fragmento de ese compendio dialógico sobre la ética del delito.

    El realizador plantea su particular parábola sobre la honestidad mediante una estructura circular en la que se manifiesta el paradójico concepto que Osamu asigna al término integridad. Pese a que, como indicábamos, el protagonismo es compartido, este hombre que hará las funciones de cabeza de familia será el epicentro de todas las decisiones morales narradas, puesto que los niños parecen simples herramientas que repiten lo que les enseñan, y las mujeres no terminarán de encontrar esa libertad de actuación fuera del ámbito doméstico. El filme se inicia con el final de la primera parte de la historia, relacionado con el término del período de aprendizaje de Shota y su perfeccionamiento en el arte del saqueo, y el comienzo de la segunda, que equivaldría a la primera etapa del entrenamiento de Yuri en las sutilezas del robo y el disimulo. Este avance cíclico permite entender mejor la motivación del protagonista y, al mismo tiempo, la gravedad de sus –en principio– inofensivas decisiones. Osamu está convencido de que sisar en supermercados es un recurso necesario para la supervivencia, puesto que su familia es muy numerosa y con el salario que consigue en la construcción más el que obtiene su pareja, Nobuyo, en una fábrica textil, no resulta suficiente para adquirir lo mínimo imprescindible para no pasar hambre ni frío. Pese a que las intenciones son comprensibles, hasta este punto no habría mucho problema en tachar su actitud como incorrecta –además de ilegal–, puesto que estarían perjudicando al propietario de ese supermercado, que bien podría estar en su misma situación y por ello debería recurrir a un segundo trabajo o a una jornada laboral mucho mayor. Sin embargo, cuando veamos cómo el protagonista rescata y acoge a una niña indefensa helada de frío en la puerta de su casa, con claros síntomas de maltrato, mientras sus padres discuten en el interior sobre la indeseable carga que supone para cualquiera de los dos, comprenderemos que su faceta de ladrón implica una profundidad polisémica mucho mayor, que pasa por convertirlo en un buen samaritano, protector de todos los niños sin recursos. Entonces será cuando comiencen las principales dudas éticas que girarán en torno a dos fundamentales tipologías del delito: el robo, necesario para conseguir el sustento mínimo con el que abastecer a su familia; y el secuestro, pues la familia Shibata no está dispuesta a pasar por un largo y complicado proceso de adopción cuando, ni tan siquiera los padres de los niños “secuestrados” se toman la molestia en denunciar su desaparición.

    por Alberto Sáez Villarino
    enero 06, 2019

    Crítica | Un asunto de familia

    por Alberto Sáez Villarino | enero 06, 2019

    The Death of a Nation

    Crítica ✷✷✷✷ de Cold War, de Pawel Pawlikowski.

    Polonia. 2018. Título original: Zimna wojna. Director: Pawel Pawlikowski. Guion: Pawel Pawlikowski, Janusz Glowacki. Duración: 84 minutos. Edición: Jaroslaw Kaminski. Fotografía: Lukasz Zal. Música: Varios artistas. Productora: MK2 Productions / Apocalypso Pictures / Film4 / Opus Film / Protagonist / BFI Film Fund. Diseño de vestuario: Ola Staszko. Diseño de producción: Marcel Slawinski. Intérpretes: Joanna Kulig, Tomasz Kot, Agata Kulesza, Borys Szyc, Adam Woronowicz, Adam Ferency, Adam Szyszkowski. Presentación oficial: Cannes Film Festival, 2018.

    Stalin era un cachondo. Un tipo gracioso, pero incomprendido. Este temperamento cómico y algo delirante quedó demostrado a comienzos de los años 20 –siglo XX–, cuando todavía ostentaba el cargo de administrador y responsable de la cuestión nacional, lo que le llevó a ser toda una institución en lo que a nacionalismo se refiere, hasta el punto de ejercer de consultor en cuestiones tan peliagudas como ¿qué se puede denominar una nación?, y ¿cómo de nacionalista ha de ser un ciudadano para evitar la sospecha de la traición? Por aquel entonces, el futuro dictador trataba de pasar desapercibido en el ámbito mediático, no por modestia, como cabría esperar de un experto en cuestiones de estado, sino por necesidad; Stalin, comparado con grandes teóricos y oradores como sus brillantes camaradas Lenin y Trotsky, era poco menos que un prosista inarticulado; por ese motivo prefería dejar que hablaran sus compañeros mientras asentía bobaliconamente a la espera de la broma final. Una de éstas –una de tantas–, se produjo cuando Stalin, tratando de resolver un conflicto con la dirección bolchevique georgiana de la forma más rápida y campechana posible, mandó a un primo suyo (de parentesco discutible) a Georgia a repartir estopa a los dirigentes comunistas que se habían tomado en serio las palabras de Lenin –un blando– acerca de los derechos de las naciones oprimidas. Stalin sería duramente amonestado por esta acción, tras la que quedó profundamente consternado ya que nadie logró entender la astucia de su burla pues, siendo él mismo natural de Georgia, y gran conocedor de las necesidades de los estados, pensó que nada resultaría más divertido y didáctico que un hombre abofeteando, entre risotadas y salivazos, a los infelices georgianos delante de todos los líderes de la Unión Soviética, sobre todo, si el encargado de ejecutar dicha broma era la versión soviética de Krusty el payaso, Sergó Ordzhonikidze.

    Sea como fuere que sucediera aquel episodio, las consecuencias del mismo llevarían a la versión más sobria y apagada de Stalin; perdió su comicidad y se convirtió en el amenazante hombre sin sentido del humor al que todos recordamos de aquellos enormes carteles que presidían cualquier reunión. Un hombre que se dedicaría desde entonces y por completo, un poco más tarde quizá, ya con la caída de Lenin, a la remodelación de la URSS en el estado que siempre había soñado. Un país colosal donde toda la producción, económica, militar, agrícola, ganadera y, por supuesto, cultural, estuviera puesta al servicio de la nación. Parte de esa producción cultural reposaba en manos de Wiktor, uno de los protagonistas de la última película de Pawel Pawlikowski, Cold War, encargado de la búsqueda de talentos para un coro musical folclórico de tintes cabareteros. En sus castings encuentra a Zula, una mujer que, sin ser la más hermosa, ni la más diestra en el baile, ni la que más talento demuestra cantando resultaba, en su conjunto, irresistible para este hombre, quien creyó haber hallado algo más que una simple aspirante a artista. Resolutiva como pocas, la joven demuestra en sus primeros diálogos que no es alguien que vaya a dejarse intimidar ni avasallar: “Maté a mi padre porque, una noche, me confundió con mi madre y yo tenía un cuchillo para mostrarle la diferencia”. Mención aparte merece aquí la actriz Joanna Kulig, un portento de la interpretación a la que adoramos en cada una de sus escenas; en su triste sobriedad y en su ebria y entrañable insensatez. Una mujer deslumbrante condenada a vivir bajo la influencia, aquella que comparte con Gena Rowlands, y la que no tiene más remedio que compartir con todas las mujeres que trataron de salir adelante como artistas independientes bajo un despotismo misógino. Entre los dos no tardará en surgir un idílico romance cuya misma esencia apasionada es la que encontramos entre los estribillos de canciones empalagosas y escenarios de cartón piedra. Sin embargo, cuando a los protagonistas se les honra con pasar a formar parte de las filas del régimen estalinista, dentro de un grupo musical inspirador del fervor nacionalista, habrán de obedecer las estrictas normas de protocolo exigidas por el gobierno, las cuales dictan que todo, desde las letras de las canciones, hasta el propio amor que pueda surgir de ellas, pertenece, por descontado, a la Nación.

    por Alberto Sáez Villarino
    octubre 03, 2018

    Crítica: Cold War

    por Alberto Sáez Villarino | octubre 03, 2018

    A vueltas con la mirada externa

    Crítica ✷✷✷ de Carmen y Lola, de Arantxa Echevarría.

    España, 2018. Dirección: Arantxa Echevarría. Guion: Arantxa Echevarría. Fotografía: Pilar Sánchez Díaz. Música: Nina Aranda. Montaje: Renato Sanjuán. Reparto: Moreno Borja, Carolina Yuste, Rosy Rodríguez, Zaira Morales, Rafaela León. Presentación: Quincena de los Realizadores, Cannes. Duración: 103 minutos.

    Resulta, como poco, paradójico, que en estos tiempos de guerras tuiteras, boicots fratricidas y sociedades de piel fina los mismos que se enzarzan en estas batallas enarbolen rápidamente la bandera de la libertad. ¿Se puede acusar, profundamente ofendido, de apropiación cultural a una directora o a una cantante, o directamente llamar al boicot de una película, porque no representa una supuesta realidad, y unas líneas (o tuits) más abajo abogar con fe ciega por la libertad? La pregunta resulta más pertinente que nunca, principalmente porque el concepto de libertad individual dentro de una sociedad con unas normas y unos códigos propios es uno de los temas que subyace en Carmen y Lola. Como tal, el pájaro, a modo de símbolo, es una imagen recurrente. En la ópera prima de Arantxa Echevarría, que cuenta con una larga trayectoria como guionista, productora y que además ha dirigido varios cortometrajes, estos animales aparecen en distintos momentos: Carmen lleva unos pendientes con dos pájaros la primera vez que conoce a Lola, quien los pinta en las paredes y en sus apuntes del instituto. Además, en la antigua torre de vigilancia que se alza en medio de la plaza del barrio donde vive Lola, bandadas de aves revolotean creando distintas formas. Las caprichosas nubes que dibuja el vuelo libre de las aves contrastan con este símbolo de control y rigidez, no en vano fuera de uso, obsoleto, como un vestigio del pasado. Sirve esta imagen como metáfora del conflicto que viven las protagonistas de la cinta: dos adolescentes de etnia gitana que se enamoran en una comunidad regida por conceptos anacrónicos como las tradiciones, la religión y el fuerte poder patriarcal. Carmen y Lola trata en su esencia el miedo al poder reinante y lo difícil que es salirse del redil en una sociedad donde todo el mundo acepta su papel. Y en este mundo, la mujer siempre está varios peldaños por debajo del hombre en todos los aspectos. Un techo insalvable que se acrecienta por su condición sexual.

    En su superficie, Carmen y Lola puede parecer una película romántica de amor imposible: Carmen está a punto de ser pedida en matrimonio por un joven y toda su familia se prepara para celebrarlo. Lola es una chica «rara» para su entorno: no parece tener mucho interés en encontrar novio pese a sus casi 17 años, pero ella tiene clara su condición sexual, que esconde de su familia. Un día, en el mercado, Lola se fija en Carmen y a partir de ahí se inicia un acercamiento progresivo por parte de ambas que las llevará a enfrentarse con ellas mismas y con el mundo. Sin embargo, en el fondo, y también en su forma, Carmen y Lola se acerca más al cine social. Y lo hace porque la dirección de la directora bilbaína es muy dinámica, captando el ambiente del barrio y del mercado, reposando la cámara en pequeños detalles, como una mano abierta al cielo en medio de una oración o los gritos de un vendedor ambulante en el mercadillo. A Echevarría le interesa la atmósfera. Entre la calma y la viveza de estos ambientes urbanos, Echevarría se detiene constantemente en estos pequeños instantes y evita la representación de delincuencia y hampa que rodea al cliché del mundo gitano. Más bien al contrario: se acerca con respeto, siempre adoptando la mirada de su entorno, mostrando tradiciones y pensamientos que pueden resultar desfasados pero que nunca se muestran forzados o juzgados. Lo consigue, sobre todo, porque alterna la mirada individual con la colectiva. Y así, donde algunos solo consiguen ver una representación que no les acaba de complacer, otros vemos una película luminosa, que no se deja llevar por la vertiente miserabilista para mostrar un mundo gitano que no se presenta en ningún momento como contraposición del payo. Es más, ciertas actitudes y tradiciones no son únicas del mundo gitano, y no hay que recurrir a la ficción para reparar en ello: cualquier sección de sucesos de cualquier diario está plagada de acontecimientos marcados por actitudes homófobas, propias de una sociedad patriarcal e inspiradas por la tradición religiosa. Quien quiera ver en la película un retrato único y distintivo del mundo gitano es que no ha acabado de entender la sociedad y el momento en que nos ha tocado vivir.

    por Anónimo
    septiembre 09, 2018

    Crítica: Carmen y Lola

    por Anónimo | septiembre 09, 2018

    La despedida tiene la magia de un vals

    Las 10 mejores películas de la 71ª edición del Festival de Cannes.

    Ha sido un bonito baile. La 71ª entrega del Festival de Cannes ha concluido dejando un gran sabor de boca. Primero, por la experiencia, primeriza para el que escribe estas palabras; no existe comparación posible con otro evento en el mundo; por organización, por acogida y, por supuesto, por el nivel de las películas participantes. Siempre ha sido así, Cannes es el termómetro de la producción cinematográfica anual. Esto nos lleva a la segunda razón: una competición excelente ha dado lustre a esta edición, con un puñado de buenos filmes que, sin llegar a la cumbre, nos han entregado bastantes horas de lucidez. El giro programático que Thierry Frémaux y su equipo ha dado sus frutos. Este será el Cannes de Lee Chang-dong, el de Alice Rohrwacher, el de Kiril Serebrennikov, el de Lukas Dhont; también el de la confirmación de Bi Gan, como uno de las buenas noticias para la factoría autoral dentro de los próximos años; o el de una nueva reivindicación femenina por una industria más igualitaria liderada desde el jurado –con Cate Blanchett como maestra de ceremonias— y extendida al cuadro de honor. Probablemente, esto es lo único que perdure en los libros de la Historia del cine, los vencedores, la Palma de Oro… Pero no se queden con eso. No significan nada. Les podemos garantizar que hay mucho y bueno que ver. Lo harán durante este 2018. A propósito de ello, les dejamos nuestra selección de lo más destacado a ojos de Alberto Sáez Villarino, Víctor Blanes Picó, Ignacio Navarro Mejía y Emilio M. Luna. À bientôt, Cannes!

    Menciones especiales: Dogman (17 puntos), The Wild Pear Tree (12), Three Faces (10), El ángel (9), Under the Silver Lake (8), The dead and the others (6), Petra (5), Wildlife (2) y Mandy (1).

    por EAM
    mayo 20, 2018

    Las 10 mejores películas de la 71ª edición del Festival de Cannes

    por EAM | mayo 20, 2018

    Una Palma dulce

    Palmarés de la 71ª edición del Festival de Cannes.

    No se cumplieron los pronósticos iniciales y Hirokazu Koreeda obtuvo su primera Palma de Oro por el filme Shoplifters (crítica), que pasó más desapercibido de lo habitual en los pases de prensa. El cineasta japonés, que ya ganó el Premio del Jurado por De tal padre, tal hijo en 2013, se ha impuesto a las a priori favoritas Nadine Labaki (Capernaum) y Alice Rohrwacher (Lazzaro Felice), que tuvieron que conformarse con el premio especial del jurado y el de mejor guion –ex aequo con Jafar Panahi y su Three Faces. Blackkklansman (Gran Premio del Jurado), Cold War (mejor dirección), Le Livre D’Image –con un galardón con sabor a homenaje—, Ayka (mejor actriz), Dogman (mejor actor) y la sensacional Girl (Cámara de Oro) fueron otras de las grandes protagonistas de una gala sobria y sin afán polemista. El triunfo de Koreeda, en lo que parece una decisión de consenso, pone el broche a una edición de alto nivel en la sección oficial –no podemos decir lo mismo en una descafeinadas Un Certain Regard, que tuvo como ganadora a la peculiar Border, un drama romántico con trazas de thriller con uno de los iconos de la mitología nórdica como leitmotiv; Semana de la Crítica, en la que venció la mediocre Diamantino, parodia sobre el futbolista portugués Cristiano Ronaldo; y Quincena de Realizadores, donde se impuso Climax de Gaspar Noé, que reseñamos esta semana—, con un gran número de títulos interesantes que todavían no han dicho su última palabra tanto en el circuito de certámenes como en la temporada de premios. Mañana, EAM publicará su habitual selección de 10 películas elegidas por los redactores acreditados en Cannes: Alberto Sáez, Emilio Luna, Víctor Blanes e Ignacio Navarro. Estén atentos.

    COMPETICIÓN


    Palma de Oro a la mejor película: Shoplifters, de Hirokazu Koreeda (Japón).
    Gran Premio del Jurado: Blackkklansman, de Spike Lee (EE.UU.).
    Premio a la mejor dirección: Pawel Pawlikowski por Cold War (Polonia).
    Premio a la mejor interpretación masculina: Marcello Fonte por Dogman (Italia).
    Premio a la mejor interpretación femenina: Samal Yeslyamova por Ayka (Rusia).
    Premio del jurado: Capernaum, de Nadine Labaki (Líbano).
    Premio al mejor guion: ex aequo Alice Rohrwacher por Lazzaro Felice (Italia); Jafar Panahi y Nader Saeivar por Three Faces (Italia).
    Camèra D'or a la mejor ópera prima: Girl, de Lukas Dhont (Bélgica).
    Palma de Oro al mejor cortometraje: All these creatures, de Charles Williams (Australia).
    Mención especial del jurado de cortometrajes: On the border, de Wei Shujun (China).
    Palma de Oro especial: Le livre d'Image de Jean-Luc Godard (Francia).
    Premios de la crítica (FIPRESCI): Burning, de Lee Chang-dong (Corea del Sur, Competición). Girl de Lukas Dhont (Bélgica, Un Certain Regard). One day de Zsófa Szilàgyi (Hungría, Quincena de Realizadores).

    UN CERTAIN REGARD


    Mejor película: Gräns (Border) de Ali Abbasi (Suecia, Dinamarca).
    Mejor dirección: Sergei Loznitsa por Donbass (Alemania).
    Mejor intérprete: Victor Polster por Girl de Lukas Dhont (Bélgica).
    Premio especial del jurado: The Dead and the Others de Reneé Nader Messora y João Salaviza (Brasil, Portugal).
    Mejor guion: Sofia de Meryem Benm’Barek-Aloïsi (Francia, Marruecos).

    QUINCENA DE REALIZADORES


    Art Cinema Award: Climax, de Gaspar Noé (Francia).
    Europa Cinemas Label: Troppa Grazia, de Gianni Zanasi (Italia).
    SACD: En liberté!, de Pierre Salvadori, Benoit Graffin & Benjamin Charbit (Francia).
    Illy Short Film Prize: Skip Day, de Ivete Lucas & Patrick Bresnan (Estados Unidos).

    SEMANA DE LA CRÍTICA


    Grand Prix Nespresso: Diamantino de Gabriel Abrantes & Daniel Schmidt (Portugal).
    Prix Fondation Louis Roederer de la Révélation: Félix Maritaud por Sauvage (Francia).
    Prix Fondation Gan à la Diffusion: Sir, de Rohena Gera (India).
    Prix SACD: Woman at War, de Benedikt Erlingsson (Islandia).
    Prix Canal + du court métrage: A wedding day, de Elias Belkeddar (Argelia).

    por EAM
    mayo 19, 2018

    Palmarés del Festival de Cannes 2018: Shoplifters, de Hirokazu Koreeda, Palma de Oro

    por EAM | mayo 19, 2018

    Esta tarde, a partir de las 19:00 horas, conoceremos la resolución de la 71ª edición del Festival de Cannes con el anuncio de su cuadro de honor. Como se pueden imaginar, en la sala de prensa y alrededores solo se habla de hipótesis que tienen como principales protagonistas a Alice Rohrwacher y Nadine Labaki. Nadie duda que los trabajos de estas directoras figurarán en lo más alto del palmarés. A continuación, les dejamos nuestro pronóstico y, por supuesto, nuestros deseos.

    Palma de Oro a la mejor película: Lazzaro felice, de Alice Rohrwacher (Italia).
    Gran Premio del Jurado: Blackkklansman, de Spike Lee (Estados Unidos).
    Premio a la mejor dirección: Nadine Labaki por Capharnaüm (Líbano).
    Premio a la mejor interpretación masculina: Marcello Fonte por Dogman (Italia).
    Premio a la mejor interpretación femenina: Joanna Kulig por Cold War (Polonia).
    Premio del jurado: Leto, de Kirill Serebrennikov (Rusia).
    Premio al mejor guion: Lee Chang-Dong y Jungmi Oh por Burning.
    Cámara de Oro a la mejor ópera prima: Girl, de Lukas Dhont (Bélgica).

    por EAM
    mayo 19, 2018

    ¿Quién ganará la Palma de Oro? Apuesta para el palmarés de la 71ª edición del Festival de Cannes

    por EAM | mayo 19, 2018

    Anochece en la riviera

    Crónica de la décima jornada de la 71ª edición del Festival de Cannes.

    Apenas sin fuelle y concentración algunas, anoche asistimos al pase de prensa de la última película en competición de esta edición: The Wild Pear Tree, de Nuri Bilge Ceylan, ganador hace tres años de la Palma de Oro por Sueño de invierno. Dos trabajos similares que se basan en el diálogo para desnudar a unos personajes que son incapaces de mirar el futuro, que necesitan autoreafirmarse constantemente para hacer más llevadero el presente. El cineasta turco vuelve a componer un relato denso pero muy humano sobre las relaciones y el Yo. Una lástima que sus más de tres horas de duración y su ubicación en el programa hayan convertido su visionado en una experiencia compleja, difícil de digerir. Es por ello que estas palabras caen en saco roto. El momento de The Wild Pear Tree llegará fuera de las faldas de Cannes, al igual que otras muchas propuestas que ha intervenido en este bufé cinefágico que ha durado casi dos semanas. La memoria hará barquero de esa Laguna Estigia que es la conciencia a partir de ahora. Algunos filmes serán desechado; otros emergerán recurremente durante las próximas semanas. Ahora llega el turno de distribuidoras y exhibidores. ¿Qué películas llegarán a nuestra cartelera?, nos preguntaremos. Les aseguramos que una amplia mayoría. Al menos de la competición oficial. Eso sí, deberán esperar unos meses. Tras el Festival de San Sebastián llegará un goteo incesante de una cosecha que podemos considerar bastante satisfactoria. Pero ese análisis lo dejaremos para el último artículo de esta cobertura. Ahora toca descansar y divagar. Es turno de reposar y dar sentido a tantas horas de cine.

    Prólogo: Emilio M. Luna.
    Críticas de Knife+Heart y El hombre que mató a Don Quijote: Alberto Sáez Villarino.
    Críticas de Ayka y Carmen y Lola: Víctor Blanes Picó.

    KNIFE+HEART

    Un Couteau Dans Le Cœur, Yann Gonzalez, Francia | COMPETICIÓN.

    En los lóbregos, pecaminosos y siempre confusamente animados corredores con los que la cultura cinematográfica representa las salas underground de promiscuidad homoerótica, un joven inicia un cortejo sexual con un desconocido ataviado con una máscara de cuero negro. El flirteo inicial deja paso a la pasión y ambos personajes terminan en una cama en posición sadomasoquista. En el momento de máxima excitación, el chico a quien corresponde la posición dominante apuñalará en múltiples ocasiones a su amante. El realizador Yann Gonzalez se adentra, con su película Knife + Heart, en una suerte de thriller de terror homosexual con una estética giallo que evidenciará, desde esos mismos compases iniciales por medio de la presentación del brutal asesino, un “leatherface” premonitorio que surge como figura inexorable de este género; un asesino idealizado y siempre representado por un atuendo perfectamente identificable que no permite revelar sus facciones (máscara de cuero en este caso), oculto en todo momento entre las sombras, como si poseyera el don de la ubicuidad, observando a sus futuras víctimas con un aire de resentimiento y soledad, a la espera del momento adecuado para atacar con un amenazante objeto afilado que usará para apuñalar con vehemencia a los sujetos de sacrificio, pues todos sus crímenes tendrán un componente de pasión inherente que forzará al asesino a matar en distancias cercanas. En esta ocasión, el arma se oculta en el interior de un gran falo de cuero con un mecanismo retráctil que permite la aparición de la mortífera cuchilla.

    Sin llegar a ser en ningún momento original, ni trasgredir con valentía los clichés de un género que ya ha tocado con anterioridad todo tipo de historias mórbidas y eróticas, e inspirándose en ciertas herramientas lynchianas, como la participación de seres deformados, hombres con mutaciones inauditas o los constantes fallos eléctricos que otorgan a la escena una mayor incertidumbre e irrealidad, el realizador nos sumerge en este nigérrimo relato para el cual prescindirá de la preponderancia de los sueños como medio vehicular del mensaje, y, en su lugar, introduce pensamientos de aspecto onírico que permanecen en la conciencia del sujeto sin llegar a abandonar, en ningún caso, la conexión con el presente y lo tangible. No termina de lograr el efecto de abstracción deseado, pues el argumento tiende a la sobrexplicación y a una utilización demasiado clásica del tiempo y el espacio. La sencillez de su narrativa no permite que lo alegórico destaque por encima de lo evidente, por lo que, a costa de su espontaneidad asimilativa, el filme sufrirá una evidente pérdida de interés a medida que queden claras sus intenciones. Uno a uno irán muriendo asesinados todos los miembros del reparto de una película de cine porno gay que está rodando Anne, una realizadora que asumirá el papel de investigadora ante la ineficacia y la pasividad policial. Al mismo tiempo, la protagonista se aprovechará del morbo generado y la inspiración repentina producto de estar rodeada de tanto sadismo, para dirigir su argumento de forma imitativa a los acontecimientos reales que suceden en torno al grupo de actores. Esta estética macabra propia del terror gótico permite continuar la atmósfera altamente fantástica cuyas consecuencias no dejan de ser muy reales. A pesar de su potente premisa inicial, todo termina demasiado convencional, e incluso comedido, al eludir la explicitud gráfica de las escenas. Un tímido intento de retomar los poderosos y desgarrados relatos de culto del giallo clásico. 60|100

    Francia, 2018. Título original: Un couteau dans le coeur. Director: Yann Gonzalez. Guion: Yann Gonzalez, Cristiano Mangione. Duración: 110 minutos. Edición: Yann Gonzalez. Fotografía: Simon Beaufils. Música: M83. Productora: Coproducción Francia-México; CG Cinéma / Piano. Intérpretes: Vanessa Paradis, Kate Moran, Nicolas Maury, Pierre Emö, Thibault Servière, Pierre Pirol, Naëlle Dariya, Salim Torki, Jeremy Flaum, Noé Hernández. Presentación oficial: Cannes Film Festival, 2018.

    AYKA

    Sergey Dvortsevoy, Rusia | COMPETICIÓN.

    Con su primera película, Sergey Dvortsevoy triunfó en la sección Un Certain Regard llevándose el premio a mejor película allá por el año 2008. Tulpan narraba la historia de un pastor soltero que intentaba conquistar a la única joven del lugar para lograr encontrar una vida mejor en la ciudad. Lo hacía, además, con una viveza asombrosa, llenando de ternura y humor los ventosos desiertos de su país. 10 años después el director kazajo vuelve a la Croisette, pero esta vez a competir en Sección Oficial. Y poco queda de aquella ópera prima. Ayka es un registro totalmente opuesto. Lo que allí era luz aquí es oscuridad. Los destellos de humor aquí son martillazos de dolor. La película sigue los pasos de una joven inmigrante kirguisa que, tras dar a luz, abandona al pequeño en el hospital: no se puede permitir tener un niño y debe trabajar para devolver el dinero de una deuda pendiente. Más que seguirle los pasos, Dvortsevoy se pega a ella. Coloca la cámara a escasos centímetros de su rostro y la persigue en su interminable periplo en busca de trabajo. Sin papeles, malviviendo hacinada en un piso del centro de Moscú, asediada por la policía y con los dolores de haber acabado de dar a luz, Ayka se lanza a las calles a buscarse la vida, llamando de puerta en puerta en busca de una ocupación que le proporcione dinero rápido.

    Dvortsevoy apuesta por la claustrofobia. Esa insistencia en estar tan cerca de ella acaba abocando a la película al hermetismo y la repetición visual. A cada lugar que va, en cada negativa de trabajo, el rostro de Ayka se retuerce de dolor, sangra, el pecho le quema porque no amamanta a su hijo. En este viacrucis de la inmigración la inmersión en el drama se produce casi por agotamiento. En su reiteración tanto estética como narrativa, la película se acaba convirtiendo en rutinaria, con un excesivo martirio sobre todo lo que ocurre. Tanto es así, que su puesta en escena acaba por pasarle factura a la interpretación de la actriz principal. Estamos, sin duda, en una película de personaje en la que todo gira en torno a Ayka. Ella aparece en cada plano, pero esa violenta cercanía a su rostro y su dolor acaba por desdibujar y enmascarar el excelente trabajo de Samal Yeslyamova. Pero quizás lo más desconcertante sea el giro final humanista que adopta Dvortsevoy: la visión de una perra dando de mamar a sus cachorros parece ser el detonante para que la protagonista reconsidere su decisión de abandonar al bebé. La metáfora le queda un poco fácil y abrupta, quizás porque es demasiado tarde para que ni él mismo le pueda proporcionar una salvación a un personaje al que ha arrastrado por los suelos a pocos centímetros de distancia. 55|100

    2018. Kazajstán. Dirección: Sergei Dvortsevoy. Guion: Sergei Dvortsevoy, Gennadji Ostrowskij. Fotografía: Jolanta Dylewska. Montaje: Petar Markovich, Sergei Dvortsevoy. Reparto: Samal Yeslyamova.

    EL HOMBRE QUE MATÓ A DON QUIJOTE

    The Man Who Killed Don Quixote, Terry Gilliam, Reino Unido | FUERA DE COMPETICIÓN.

    El intento de transponer la seminal obra cervantina, ha sido uno de los ejemplos de producción cinematográfica que mejor ha reflejado la trama central de la novela adaptada. El hombre que mató a Don Quijote es a Gillian lo que Dulcinea al propio Alonso Quijano: un sueño platónico de belleza inaccesible para todos menos para la excepcional mente del protagonista/director. Nada menos que 25 años, más de cinco actores diferentes y seis intentos de rodaje ha necesitado para ver su obra completada y proyectada en una sala de cine. Se trataba de la adaptación de, nada menos, la novela más importante de todos los tiempos, un trabajo arriesgado que requería de un entendimiento supremo de la obra. Y lo cierto es que Gilliam lo ha conseguido. Ha logrado crear la mejor adaptación posible de la obra cervantina, pues podría definirse toda ella con sólo una palabra: quijotesca, un término que no tiene por qué ser necesariamente bueno o malo, simplemente, honesto. No hallaremos en ella la sublime narrativa de don Miguel; ni el guion podría comparase con el ingenio poético de los diálogos de la novela, los escenarios tampoco nos trasladan a ese mágico entorno atemporal de cruzados y princesas; sin embargo, la película nos ubican en un sitio que, si no mejor, desde luego es mucho menos conocido: el interior de la mente Don Quijote; no el caballero febril que un día fue, sino la cansada versión en la que la historia lo ha convertido: triste, añorando constantemente tiempos pasados y cansado de mirar atrás a la espera de ver aparecer a su Dulcinea.

    El título de la película lleva implícito dos incógnitas inexorables a las que trataremos de dar respuesta; en primer lugar, ¿quién mató a Don Quijote? Y, segundo y más importante, ¿cómo pudo matar a un hombre inmortal? Así, mediante un juego de percepciones, dobles identidades, identificaciones y delirios de grandeza, Gillian logrará responder a esas dos cuestiones perentorias con astucia y sin titubeos, enfrentándose a un clásico que casi logra enterrarlo, pero al que le ha demostrado gran respeto y amor. El filme comienza con la presentación de un director de cine que trata rodar una película sobre la novela de Cervantes; pronto se revelará que ese mismo director ya hizo un proyecto en su época de estudiante basado en el mismo tema, por lo que ahora visita el pueblo en el que filmó aquella vez y rememora los momentos vividos en él. A continuación descubrirá a su antiguo protagonista principal, un artesano zapatero que, desde aquel rodaje, perdió la cabeza y vive creyendo que es el mismo don Quijote. En la anagnórisis, el viejo confunde al director con Sancho y ahí comienza la verdadera aventura. La narración hace coincidir de manera anecdótica los acontecimientos de estos dos personajes de mundos diferentes como si estuvieran rememorando diferente pasajes del libro: el ataque a los gigantes, el enfrentamiento con la santa Inquisición, o la batalla con el caballero de los espejos. Todo conducirá a estos dos personajes a un castillo –casa de un productor cinematográfico de quien se espera financiación para el proyecto–, de donde surge la figura del villano, que tiene apresada a la princesa y, por medio de decorado y pantomimas estudiadas, trata de engañar y confundir al viejo zapatero para recrear otros capítulos del libro, con el único objetivo de humillarle y pasar un gran rato a su costa.

    Llegará por fin la hora de afrontar la realidad, lo que queda de ella tras años de desconexión total. Cervantes es una figura desaparecida sin un papel real en este filme, Terry Gilliam se podría identificar con Cide Hamete Benengeli, el autor del Quijote en la metaficción, mientras que los protagonistas se irán alternando los roles hasta llegar a ese final que terminará por dejar clara la postura de Gillian en este relato tan trágico como atribulado, en el que el primigenio humor desternillante ha sido sustituido por el absurdo y lo humillante para provocar en el espectador la misma lástima que lo haría un personaje tan patético y conmovedor como Don Quijote, preso de su locura y eterno incomprendido. Un auténtico caballero que sólo podría morir a través de aquellos que alguna vez creyeron en él. Fin de la maldición. 65|100

    Reino Unido, 2018. Título original: The Man Who Killed Don Quixote. Director: Terry Gilliam. Guion: Terry Gilliam, Tony Grisoni (Novela: Miguel de Cervantes). Duración: 132 minutos. Edición: Lesley Walker. Fotografía: Nicola Pecorini. Música: Roque Baños. Productora: Coproducción Reino Unido-Estados Unidos-España; Tornasol Films / Entre Chien et Loup / Ukbar Filmes / Proximus / Recorded Picture Company (RPC). Distribuida por Kinology / Amazon Video. Intérpretes: Jonathan Pryce, Adam Driver, Olga Kurylenko, Stellan Skarsgard, Joana Ribeiro, Óscar Jaenada, Jordi Mollà, Rossy de Palma, Jason Watkins, Paloma Bloyd, Sergi López, Mario Tardón, Joe Manjón, Bruno Sevilla, Patrik Karlson, Viveka Rytzner, Lídia Franco, Maria d'Aires, Juan López-Tagle. Presentación oficial: Cannes Film Festival, 2018.

    CARMEN Y LOLA

    Arantxa Echevarría, España | QUINCENA DE REALIZADORES.

    El pájaro es uno de los símbolos de la libertad. En la ópera prima de Arantxa Echevarría estos animales aparecen en distintos momentos: Carmen lleva unos pendientes con dos pájaros la primera vez que conoce a Lola, quien los pinta en las paredes y en sus apuntes del instituto. Además, en la antigua torre de vigilancia que se alza en medio de la plaza del barrio donde vive Lola, bandadas de aves revolotean creando distintas formas. La libertad del pájaro sobrevuela este símbolo de control y rigidez. Sirve esta imagen como metáfora del conflicto que viven las protagonistas de la cinta: dos adolescentes de etnia gitana que se enamoran en una comunidad regida por las tradiciones, la religión y el fuerte poder patriarcal. Carmen y Lola trata en su esencia el miedo al poder reinante y lo difícil que es salirse del redil en una sociedad donde todo el mundo acepta su papel (un rol en el que la mujer siempre está varios peldaños por debajo del hombre en todos los aspectos). En su superficie, Echevarría nos cuenta una tierna historia de amor imposible. Carmen está a punto de ser pedida en matrimonio por un joven y toda su familia se prepara para celebrarlo. Lola es una chica «rara» para su entorno: no parece tener mucho interés en encontrar novio pese a sus casi 17 años, pero ella tiene clara su condición sexual, que esconde de su familia. Un día, en el mercado, Lola se fija en Carmen y a partir de ahí se inicia un acercamiento progresivo por parte de ambas que les llevará a enfrentarse con ellas y con el mundo.

    La dirección de la joven directora bilbaína es muy dinámica, captando el ambiente del barrio y del mercado, reposando la cámara en pequeños detalles, como una mano abierta al cielo en medio de una oración o los gritos de un vendedor ambulante en el mercadillo. Entre la calma y la viveza de estos ambientes urbanos, Echevarría se detiene constantemente en estos pequeños instantes y evita la representación de delincuencia y hampa que rodea al mundo gitano. Al contrario, se acerca con respeto, siempre adoptando la mirada de su entorno, mostrando tradiciones y pensamientos que pueden resultar desfasados pero que nunca se muestran forzados o juzgados. Si bien es cierto que hay cierta tendencia al subrayado y la verbalización de muchas ideas que ya están en sus imágenes, el gran trabajo de naturalidad que hay detrás de los diálogos aporta verdad a las situaciones. A ello también ayuda un reparto formado por actores no profesionales donde destacan las dos protagonistas, Zaira Morales y Rosy Rodríguez, que son la verdadera luz de la película. De este modo, Echevarría firma en Carmen y Lola la historia de dos mujeres que se quieren rebelar, soñar y volar más alto, preparadas para ir más allá de lo que el mundo que les rodea les tenía preparadas. 75|100

    2018. España. Dirección: Arantxa Echevarría. Guion: Arantxa Echevarría. Fotografía: pilar Sánchez Díaz. Música: Nina Aranda. Montaje: Renato Sanjuán. Reparto: Moreno Borja, Carolina Yuste, Rosy Rodriguez, Zaira Morales, Rafaela León.


    por EAM
    mayo 19, 2018

    Festival de Cannes 2018 | Día 10. Críticas: Knife+Heart, El hombre que mató a Don Quijote, Ayka, Carmen y Lola

    por EAM | mayo 19, 2018

    Deluxe

    Crónica de la novena jornada de la 71ª edición del Festival de Cannes.

    La 71ª edición del festival de Cannes va llegando a su fin. Mucha gente ya se ha marchado, la ciudad está menos ajetreada, la programación se vuelve más escasa. Queda solo un día de sección oficial, por lo que ya se han visto la mayoría de sus películas y los pronósticos sobre el palmarés empiezan a cobrar más sentido. Ayer se proyectó una de sus grandes contendientes, Burning, que ha gozado de un favor casi unánime entre la crítica. Se sumaría entonces a otras favoritas como Shoplifters o Lazzaro felice. Esta, junto a la también bien recibida Dogman, confirma que la cinematografía italiana ha tratado de compartir protagonismo en esta edición con la asiática. Sería pues de extrañar que entre los premios no figurasen producciones de estas geografías. En cambio la norteamericana podría ser relegada a un papel secundario, por no mencionar la sudamericana que brilla por su ausencia. Algunas de sus cintas sí se han podido ver en la sección paralela Un Certain Regard. Teniendo en cuenta la conocida reticencia de Frémaux hacia el cine hispano, esto vendría a corroborar lo que comentábamos el otro día, sobre lo inclinado de la balanza hacia la sección de competición este año. En cualquier caso su calidad está siendo manifiesta, y salvo incidente de última hora garantizará que el cine, y no otros elementos exógenos como la acrecentada seguridad o la polémica de algunos invitados y censuras, sea lo que más se recuerde de esta edición.

    Prólogo: Ignacio Navarro Mejía.
    Críticas de Dogman y Capernaum: Alberto Sáez Villarino.
    Críticas de In my room y Sauvage: Víctor Blanes Picó.

    por EAM
    mayo 18, 2018

    Festival de Cannes 2018 | Día 9. Críticas: Dogman, Capernaum, Sauvage e In my room

    por EAM | mayo 18, 2018

    Stuka

    Crónica de la octava jornada de la 71ª edición del Festival de Cannes.

    Comenzamos la introducción de esta octava crónica hablando de aviones. Y no de unos aviones cualquiera, sino de los stuka. Es el sobrenombre con el que se conocían a los bombarderos Junkers Ju 87 de fabricación alemana, que causaron pavor en la II Guerra Mundial. Más allá que fueran una de las insignias del ejército nazi, o de su equipamiento balístico, los stuka alcanzaron la fama por un sonido que emitían justo cuando lanzaban su ataque: cayendo en picado buscando su objetivo. Dicho bramido provenía de su sirena, apodada la trompeta de Jericó, que infundía terror en las tropas de infantería francesas e inglesas. ¿Y por qué hablamos de esto?, pensarán. La respuesta se halla en el metraje de una de las mejores películas del festival, The House that Jack Built. En ella, su protagonista, el Jack del título, habla de estas aeronaves como forma de imponer respeto de forma no visual, de cómo funciona el poder de sugestión en el ser humano a través de mecanismos tan simples. La referencia a Jericó tampoco es baladí, porque la caída de esta ciudad, que ahora forma parte de Cisjordania, es uno de los episodios más conocidos de la Biblia. Así pues, stukas, caída y terror. Tres sustantivos que acompañan a la personalidad y el presente emocional de Lars Von Trier. El inefable cineasta danés volvía a Cannes tras ocho años de destierro, debido a sus palabras a favor del nazismo en la edición de 2011, donde presentó Melancolía. Desde entonces, una declaración de persona non grata por parte de la organización, cruce de palabras y, finalmente, reconciliación. Una entente firmada con este trabajo que demuestra su inmenso talento, más allá de su carga polémica o de los titulares que complete. Pese a que su luz creativa entró en decadencia hace algo más de una década, Von Trier no solo sigue siendo parte importante del Festival de Cannes, sino también del cine europeo, demasiado pendiente que repetir patrones y cuestionar su propia existencia. La presentación fuera de concurso de su filme ha eclipsado a la competición, incluso la premiere de Han Solo: Una historia de Star Wars. Eso solo lo pueden hacer los grandes. Von Trier lo es y lo será.

    Prólogo: Emilio M. Luna.
    Críticas de Han Solo: Una historia de Star Wars y Burning: Alberto Sáez Villarino.
    Crítica de Mirai: Ignacio Navarro Mejía.
    Críticas de Sofia y The Dead and the Others: Víctor Blanes Picó.

    por EAM
    mayo 17, 2018

    Festival de Cannes 2018 | Día 8. Críticas: Burning, Mirai, Han Solo: Una historia de Star Wars, Sofia y The Dead and the Others

    por EAM | mayo 17, 2018

    Rest in power

    Crónica de la séptima jornada de la 71ª edición del Festival de Cannes.

    8 días. Ya son 8 las jornadas que llevamos aquí de sala en sala, de sección en sección, de película en película. Recorriendo el bullicioso paseo de la Croisette de arriba a abajo, del Miramar al Palais. A algunos esta semana se le sabrá hecho corta. Muchos ya hemos perdido la noción del tiempo y, entre el sueño y el cansancio acumulado, uno acaba subiendo las escaleras del teatro casi por inercia, por una fuerza extraña que nos empuja hacia el haz de luz que nos regala cine. Y ahora que ya hemos recibido muchos de esos regalos, podemos ir perfilando algunas ideas (puede que todavía precipitadas) de esta edición. Veníamos de un año polémico, donde la Sección Oficial dejó un gusto un tanto amargo por la abultada representación de películas que se encuadran dentro del llamado «cine de la crueldad» mientras que en Un Certain Regard muchos encontraron cobijo con títulos como Western, de Valeska Grisebach, Closeness, de Kantemir Bagalov, Wind River, de Taylor Sheridan o La cordillera de Santiago Mitre. Este año las tornas han cambiado. La sección grande del festival ha vuelto a recobrar la relevancia que merece y ya hemos visto algunas obras más que notables (Rohrwacher, Panahi o Pawlikowski), otras películas que han dejado un muy buen sabor de boca (Serebrennikov, Kore-eda o Zhang-ke) y luego está Godard, que la crítica ya se encarga de que juegue en otra liga. Cualquiera de ellas podría estar en el palmarés, aunque no nos adelantemos que todavía nos faltan por ver 7 películas en competición. Sin embargo, en Un Certain Regrd, solo dos películas han destacado por ahora: por un lado, el intimista relato de una joven en pleno proceso de cambio de sexo en Girl, de Lukas Dhont, con una interpretación magistral de Victor Polster; por otro lado, la nueva genialidad de Bi Gan, Long day’s journey into night, que reseñamos en esta crónica. El resto, un puñado de películas correctas que no dejan huella. En la Debussy, la sala donde se realiza las première de esta sección, todavía esperamos alguna que otra sorpresa.

    por EAM
    mayo 16, 2018

    Festival de Cannes 2018 | Día 7. Críticas: Long day's journey into night, At War (En guerre), El motoarrebatador, Euforia

    por EAM | mayo 16, 2018

    Y bajó un ángel

    Crónica de la sexta jornada de la 71ª edición del Festival de Cannes.

    En la tarde de anteayer, surgió la gran favorita para la Palma de Oro de esta edición. Lo hizo, una vez más, envuelta en una ovación apoteósica que duró varios minutos y se completó extramuros con los comentarios vertidos en las redes sociales y los tabloides de los principales medios. No seremos nosotros los que cuestionemos la calidad de la tercera película de Alice Rohrwacher, Lazzaro felice, un precioso cuento de cómo el ser humano ha renunciado a la belleza y la ingenuidad (representado por el Lazzaro del título) en aras del pragmatismo que acompaña al progreso. Sin embargo, hay algo que llama la atención ante esta algarabía mediática. Un hecho que ya hemos destacado en otros certámenes, por sorprendentes, y también explicativos de cómo funciona el flujo informativo contemporáneo. Hacemos referencia a la dirección de los aplausos, como si de regidores de un espectáculo se tratara, de los miembros del staff de la película. Ayer, en la premiere, el teatro Lumière estaba repleto de italianos, que aplaudieron, ya en la aparición de los títulos de crédito de apertura, los logos de las diferentes productoras, distribuidoras, casas de venta y algunos miembros del equipo; para después liderar la andanada final. Vamos, un win win de que se hizo eco la prensa como si de una revolución fílmica se tratara; titulares categóricos y una nueva masterpiece a la lista. Antes incluso del final del filme, ya se mostraban enfervorecidos buscando la complicidad del resto de la platea. Una complicidad, por otra parte, hallada con facilidad. Es una propuesta excelente, y con todos los elementos a su favor para llevarse el máximo galardón del certamen. Sin embargo, contrasta con la mayor ovación del festival hasta entonces. La recibida por la cinta belga Girl, el debut de Lukas Dhont que emocionó a los espectadores de Un Certain Regard. Tras su proyección surgió una reacción espontánea, que pasó de la timidez al fervor en medio minuto. Duró 10 minutos, e instó al público a acercarse a la butaca de Dhont y Victor Polster para rendirle tributo. Un momento hermoso, quizás el que más en la experiencia en el circuito de festivales vivida por un servidor. Auténtica magia.

    Una magia que intentan encontrar los japoneses Hirokazu Koreeda y Ryūsuke Hamaguchi, los dos primeros protagonistas del día en la competición. El primero, con Shoplifters, un cuento paterno-infantil marca de la casa que se mueve en terrenos previsibles y que se eleva cuando se cierra el plano y se delinean las dudas de sus protagonistas, una familia de rateros que incorporan al linaje una niña aparentemente abandonada. El segundo, por otra parte, también transita senderos reconocibles, en este caso el típico drama-juvenil asiático, para contarnos la dicotomía de Asako, una chica que, tras no superar su ruptura con un rompecorazones, encontrará alivio en un joven con un enorme parecido físico con el susodicho. Asako I & II bien pudiera ser un manga trasladado a imagen real cargado de azúcar y carente de garra, al que el máximo apartado del certamen le queda grande. Una cuestión que poco o nada le importa ya a Spike Lee. El cineasta del Bronx está de vuelta –en todos los sentidos de la expresión— y ha presentado llegado la tarde Blackkklansman, una comedia protagonizada por unos soberbios Adam Driver y John David Washington que relata la investigación de grupo especial de agentes de policía del auge del grupo de supremacía blanca Ku Klux Klan. Como era de esperar, alusiones a Trump y al movimiento Black Lives Matter por doquier, en una propuesta que va menguando su interés tras un comienzo inspirado y concluye con una dosis de realidad. Lee no podía desaprovechar tal material y termina subrayando el mensaje que porta implícito su más que interesante nueva película. En cualquiera de estos casos, hubo aplausos, sí, pero ninguna exhibición de cariño. ¿No daban la talla? ¿O quizás falló el publicista? Lo sabrán en unos meses.

    Prólogo: Emilio Luna.
    Críticas de Blackkklansman, Shoplifters y Asako I & II: Alberto Sáez Villarino.
    Críticas de Cómprame un revólver y The harvestest: Víctor Blanes Picó.

    BLACKKKLANSMAN

    Spike Lee, EE.UU. | COMPETICIÓN.

    LLa imagen moderna del Ku Klux Klan es aquella de lo anómalo y lo absurdo. La diacronía metódica de este grupo sectario sólo se entiende desde el punto de vista del ridículo y la pataleta de quien no acepta su derrota y se empeña en prolongar una actitud esperpéntica, ignorante y carente de toda lógica. Sin embargo, el traumático cambio –más simbólico que patente– que supuso el traspaso de poderes entre Obama y Trump, funcionó como poderoso agente motivacional de este inframundo analfabeto que tomó en serio las majaderías mercadotécnicas de un megalómano desesperado por alcanzar el poder recurriendo a lo que más la mayoría de votantes estadounidenses: la zafiedad circense, el insulto y el desprecio por todo lo extranjero. Spike Lee es uno de los más certeros realizadores a la hora de representar el odio y el choque cultural que se vive en Estados Unidos. Su última película, Blackkklansman, basada en la novela autobiográfica de Ron Stallworth, recurre a una de las historias más apasionantes y sobrecogedoras que sucedieron alrededor de esta oscura institución. La trama sigue al propio Ron, un agente de policía afroamericano que consiguió adentrarse en lo más profundo de la jerarquía radical del klan.

    El 14 de noviembre de 1960, Ruby Bridges, una niña afroamericana acudiría, por primera vez, a un colegio de blancos. La escena conmocionó a un país en proceso de desegregación con el que no estaba conforme. Norma Rockwell retrató la escena en su famosa “The Problem We All Live In”, dibujando a Ruby escoltada por cuatro agentes de policía mientras atraviesa un muro con pintadas de “KKK” y una muchedumbre de personas (no visibles pues el cuadro está planteado desde su punto de vista) le increpa y lanzan tomates. Desde ese día “La organización” no cejó en su empeño de derrotar al hombre negro bajo unos absurdos esquemas de hegemonía. La simple aceptación de Ron dentro de una sociedad privada que blasonaba de la superioridad del pueblo ario, cuyo comportamiento sería, en todos los aspectos, mejor que el de cualquier otra raza, ya supuso un duro golpe moral para un colectivo que perdía su credibilidad, siendo incapaz de identificar la presencia de un intruso negro entre sus inmaculadas filas. Por supuesto, la mirada de Lee no se conforma con la simple exposición de los hechos, sino que va mucho más allá, y apela al radicalismo militante que tan buenos resultados le dio en anteriores películas, para mostrar desde una perspectiva impertérrita y crítica a una sociedad que se desilusiona, no por un simple resultado electoral o por la opinión de cuatro exaltados, sino por el intolerable paso atrás que parece estar dando su país en el campo de los derechos civiles, algo que amenaza con dinamitar el resultado de una larga y cruente lucha que provocó tanto dolor y sufrimiento hasta llegar al punto en el que se encuentra. Una posición todavía muy atrasada y desigual con respecto a lo que debería significar la igualdad real, pero que al menos se mantiene gracias a la voz de algunos de los mayores mártires de la historia norteamericana. Lee consigue combinar a la perfección el constante y acertadísimo humor con la desmesurada violencia que se respira en todo el relato, una violencia que nunca excederá los límites tolerables porque para eso el realizador recurrirá a una de las fuentes de odio y brutalidad más eficientes y despiadadas que existen: la realidad. 87|100

    Estados Unidos, 2018. Título original: Blackkklansman. Director: Spike Lee. Guion: Spike Lee, Kevin Willmott, David Rabinowitz, Charlie Wachtel (Libro: Ron Stallworth). Duración: 128 minutos. Edición: Barry Alexander Brown. Fotografía: Chayse Irvin. Música: Terence Blanchard. Productora: Blumhouse Productions / Monkeypaw Productions / QC Entertainment / Perfect World Pictures. Distribuida por Focus Features. Intérpretes: John David Washington, Adam Driver, Topher Grace, Laura Harrier, Ryan Eggold, Corey Hawkins, Robert John Burke, Paul Walter Hauser, Craig muMs Grant, Michael J. Burg, Chris Banks, Tom Stratford, Jasper Pääkkönen, Ashlie Atkinson, Ken Garito. Presentación oficial: Cannes Film Festival, 2018.

    SHOPLIFTERS

    万引き家族, Hirokazu Koreeda, Japón | COMPETICIÓN.

    Hirokazu Koreeda se caracteriza por ser uno de los cineastas de su generación que mayor preocupación ha mostrado por representar la sociedad japonesa contemporánea de forma profunda y continuada. Esta recurrencia hace que sus filmes sigan una lógica narrativa muy similar, aunque siempre con matices bien diferenciados que hace de cada uno de sus estrenos un ejercicio de belleza reflexiva única y delicadeza formal cautivadora. Su adscripción al drama doméstico, también conocido como Homu Dorama, viene del afán por retratar los conflictos y dificultades asociados con la clase obrera de Japón, y el alentador consuelo que la familia puede ofrecer a la precariedad laboral y la austeridad doméstica. En su última película, Shoplifters, el realizador vuelve a incurrir en el tema de la educación y las familias sustitutivas desde la perspectiva de los niños. La cinta analiza cómo los conflictos y las situaciones perniciosas para los pequeños son promovidos por una carencia educacional paterna que, aunque bienintencionada, no deja de estimular una falta de responsabilidad y respeto en los hijos. La familia Shibata recoge a una niña que estaba sola en casa, sin comida y pasando frío. Tras darle de comer y hacerla entrar en calor, deciden llevarla de vuelta con sus padres, entonces descubren que Yuri ha sido maltratada y sus padres no sienten ningún afecto hacia ella, por lo que deciden quedársela. Sin reportar la situación a la policía, ni considerar los inconvenientes de sus acciones, la familia continúa con su vida, ahora junto a la pequeña niña, como si no pasara nada.

    Vemos que los Shibata trabajan duro, Osamu en la construcción, Nobuyo en una nave textil y Aki como bailarina erótica. Comprendemos que no son una familia tradicional, la falta de pudor a la hora de tratar ciertos temas, como el propio trabajo de Aki, nos hace pensar que hace ya varias generaciones que rompieron con los tabúes clásicos. Entre los tres tratan de reunir el dinero suficiente para cuidar de Hatsue, la abuela, de Shota, el hijo y, ahora también, de Yuri. Sin embargo, los ingresos son inferiores a los gastos que se requieren para mantener a una familia tan grande, por lo que Osamu ha entrenado a Shota, (quien no es su hijo biológico, aunque este es un asunto que se resolverá en el desenlace), en el arte del robo de supermercados, una destreza que tratan asimismo de hacer llegar a la pequeña Yuri. El padre de familia no tiene en consideración lo peligroso y perjudicial de esta práctica para el desarrollo de los niños. Su actitud, pese a ser tierno y cariñoso, no deja de ser irresponsable e inmadura, lo que obliga a los jóvenes a asumir roles impropios de su edad, quienes ocupan el papel de adultos para, en ocasiones, tener que aceptar los errores de las infantilizadas figuras paternas. La conexión y el vínculo tan fuerte que observamos entre Yuri y Shota contrastan con la inestabilidad sentimental de los adultos, quienes provienen de familias rotas y traumatizadas. En esta fortaleza que aporta el vínculo de la convivencia por encima de la propia consanguinidad, es donde el director apuesta la mayor baza de su mensaje. Lo insólito de todas las relaciones entre los protagonistas nos mueve a pensar que su felicidad se encuentra de algún modo en su propio distanciamiento. Nuevamente el discurso del director estará marcado por ciertos temas que suelen gravitar en torno a su filmografía, como la muerte, la decepción, el abandono, la supervivencia y, sobre todo, el amor incondicional. Todos ellos serán tratados con aplomo y sosiego, mediante el uso de planos largos y estáticos que se aprovechan del entorno natural para incrementar la sensación de vacío, melancolía y romanticismo bucólico. 68|100

    Japón, 2018. Título original: Manbiki kazoku. Director: Hirokazu Koreeda. Guion: Hirokazu Koreeda. Duración: 121 minutos. Edición: Hirokazu Koreeda. Fotografía: Ryûto Kondô. Música: Haruomi Hosono. Productora: AOI Promotion / Fuji TV / Gaga Communications Inc. Intérpretes: Kirin Kiki, Sôsuke Ikematsu, Lily Franky, Moemi Katayama, Sakura Ando, Mayu Matsuoka. Presentación oficial: Cannes Film Festival, 2018.

    ASAKO I & II

    寝ても覚めても, Ryūsuke Hamaguchi, Japón | COMPETICIÓN.

    Bajo un envoltorio de aparente sencillez y romanticismo superfluo, Ryusuke Hamaguchi esconde, en su última película, un ejercicio de gran profundidad dramática cuya excepcionalidad reside en el complejo retrato introspectivo de su protagonista, Asako, una mujer que transita a la deriva por la inestable sociedad, partiendo de un doloroso desengaño amoroso, e impelida por una fuerza totalmente ilógica, se adentra en lo que parece un suicidio romántico que puede volver a hacer tambalear la delicada estabilidad que le ha costado dos años lograr. Ese es el tiempo transcurrido desde que su gran amor, Baku, se fuera a comprar zapatos y nunca regresó; desapareció así de su vida y dejó tras de sí la misteriosa sombra de su recuerdo. Un día, cuando llevaba café del bar en el que trabaja a un grupo de ejecutivos de un edificio colindante, se encontró de frente con quien otrora le rompiera el corazón o, al menos, eso es lo que ella piensa cuando ve, como si de una epifanía milagrosa se tratara, aparecer a Ryohei, un hombre físicamente idéntico a su expareja, pero con una personalidad completamente distinta.

    El director japonés ha conseguido despuntar en este mundo de tremenda competencia gracias a una singular mirada y un enorme talento en la construcción psicológica de personajes –excepcional en la protagonista femenina de esta película– que le ha hecho albergar el honor de ser uno de los realizadores más introspectivos de su tiempo. El tratamiento de los devaneos de Asako, así como la clarividencia en la representación de la difícil toma de decisiones y la búsqueda de la que puede ser la mejor salida para sí misma, son afrontados de forma tan sutil y consciente que parece difícil creer que el director no sea una mujer. Recurriendo ahora a una propuesta mucho menos reflexiva que su anterior Happy Hour, el filme mantiene su consistencia dramática y la perspectiva filosófica en una dosis mucho más asequible para todo tipo de audiencias, sin olvidarse del astuto ensamblaje de todas las piezas de su relato. A través de esta cinta podremos indagar en las motivaciones y las incertidumbres que persiguen a Asako con el propósito de analizar la fragilidad humana en toda su amplitud, desde los simples actos diarios, hasta las acciones que marcan toda una vida. Asako presenta uno de los retratos femeninos más genuinos y libres de condicionantes políticos que hemos visto recientemente. 72|100

    Japón, 2018. Título original: Netemo sametemo. Director: Ryûsuke Hamaguchi. Guion: Ryûsuke Hamaguchi (Novela: Tomoka Shibasaki). Duración: 119 minutos. Edición: YAMAZAKI Azusa. Fotografía: SASAKI Yasuyuki. Música: Tofubeats. Productora: C&I Entertainment. Intérpretes: Masahiro Higashide, Erika Karata. Presentación oficial: Cannes Film Festival, 2018.

    THE HARVESTERS (DIE STROPERS)

    Etienne Kallos, Sudáfrica | UN CERTAIN REGARD.

    Sudáfrica fue uno de los países más castigados durante el siglo pasado por las luchas raciales. Las consecuencias del apartheid que segregó a la población hasta principios de los años 90 todavía se pueden sentir a día de hoy. Etienne Kallos quiere analizar esos conflictos identitarios que todavía sacuden al país a través de Die stroppers, ambientada en una comunidad rural aislada donde habita la minoría blanca de los afrikáners. Es un lugar de prados dorados, donde la niebla cubre las cimas de las montañas y el sol regala una luz divina. Un lugar idílico reinado por dos conceptos incuestionables: Dios y familia. No en vano, la película se abre con una plegaria y con los protagonistas bendiciendo la cena. En esta historia, la religión es el único motor, tanto de felicidad como de dolor. El lugar donde cobijarse tanto en las buenas como en las malas. Pero, sobre todo, el principal componente de sufrimiento autoimpuesto. Janno y Maria han formado su familia al amparo de las creencias de la iglesia reformada holandesa. La matriarca decide acoger a Pietr, un chico huérfano recogido de la calle al que Janno deberá aceptar como su hermano. El joven sacudirá los cimientos de la pacífica convivencia familiar centrada en el trabajo en la granja y empezará una guerra que al inicio amenaza con tener consecuencias inimaginables.

    El título de la película, que se traduce como «Los cosechadores», hace referencia tanto al trabajo que desempeña la familia como a esa idea cristiana de realizar buenas acciones para recoger buenos frutos y alcanzar la gloria. «Han sembrado trigo y han segado espinos, se han esforzado sin provecho alguno. Avergonzaos, pues, de vuestras cosechas a causa de la ardiente ira del Señor.» (Jeremías 12:13) Kallos se centra en la construcción del relato desde este prisma religioso y acaba relegando a otros aspectos interesantes de la cinta a un segundo plano. Todo el entramado racial del lugar queda apartado a lo anecdótico a favor de cargar las tintas contra el papel moldeador de la iglesia y mostrar como Pietr logra escapar de él ante los ojos de Janno. La lucha entre los dos hermanos centra gran parte de la cinta. Ahí asoman temas como el poder, el engaño, el aislamiento del mundo, la identidad… y una tensión sexual que en ningún momento Kalllos se atreve a sacar provecho para poder poner en cuestión el concepto de masculinidad que se retrata. Pese a contar con una fotografía poderosa y al buen trabajo de los dos actores debutantes, Die stroppers resulta un tanto plana y acaba transitando los terrenos de la telenovela sin atreverse a mostrar la garra de la tragedia que se avecinaba. 50|100

    2018. Sudáfrica, Grecia, Francia, Polonia. Dirección: Etienne Kallos. Guion: Eitenne Kallos. Fotografía: Michal Englert. Montaje: Muriel Breton. Música: Sacha Galperine. Productora: Cinémadefacto / Spier Films / Heretic / Lava Films / Bord Cadre FilmsReparto: Morné Visser, Juliana Venter, Alex van Dyk, Brent Vermeulen.

    CÓMPRAME UN REVÓLVER

    Julio Hernández Cordón, México | QUINCENA DE REALIZADORES.

    Empecemos con un dato: solo en el pasado mes de marzo se produjeron en México casi 2800 homicidios. En el estado de Colima, por ejemplo, la tasa de criminalidad fue de 96,7 asesinatos por cada 100.000 habitantes. Ante esta escalofriante situación, puede que uno de los factores que influya en el hecho de mantenerse con vida sea la suerte. Así lo verbaliza Huck, quien apunta que su padre ha tenido mucha y que ese sería el mejor legado que le podría dejar. Huck lleva el pelo corto y oculta su cara con una máscara. Los narcotraficantes que dominan la zona suelen secuestrar a mujeres, así que su padre, para protegerla, hace todo lo posible para que pase por un niño. A Huck le gusta jugar con tres amigos suyos que siempre andan camuflados como arbustos para lograr una importante misión: acercarse a los malos y recuperar el brazo que le cortaron a uno de ellos.

    Tras recorrer varios festivales con la estimulante Te prometo anarquía, el director Julio Hernández Cordón construye en Cómprame un revólver una especie de fábula a medio camino entre la ingenuidad infantil y la crueldad del mundo del narcotráfico. El México que imagina el director es un lugar desértico donde cada uno sobrevive como puede bajo la impune ley del gatillo. Una ley arbitraria que depende de la mucha o poca paciencia del que empuña el arma, de ahí que la suerte siempre deba hacer acto de presencia para continuar respirando. El director se mueve entre dos planteamientos a la hora de retratar la realidad. Por un lado, narra desde la observación, sin adoptar ningún punto de vista concreto, la violencia a la que son sometidos el padre y la hija. Por otro lado, se acerca a la mirada de la niña para intentar captar la manera de ver y entender lo que pasa ante sus ojos. Así, yendo de uno a otro, la película no acaba de encontrar su propia voz y queda un tanto desdibujada. Pero es cierto que cuando consigue capturar la vitalidad y la imaginación de la infancia alcanza momentos brillantes, como la parte final del filme en la que los niños se cobran su propia venganza poética. En ese acercamiento entre lo tierno y lo inconsciente propio de un niño es donde el contraste con la barbarie del mundo de los adultos da sentido a la cinta. 68|100

    2018. México. Dirección: Julio Hernández Cordón. Guion: Julio Hernández Cordón. Fotografía: Nicolas Wong. Música: Alberto Torres. Montaje: Lenz Mauricio Claure. Reparto: Ángel Leonel Corral, Fabiana Hernandez, Matilde Hernandez, Jhoan Martinez, Wallace Pereyda, Sostenes Rojas, Oswaldo Sanchez, Mariano Sosa Rogelio Sosa, Ángel Rafael Yanez.


    por EAM
    mayo 15, 2018

    Festival de Cannes 2018 | Día 6. Críticas: Blackkklansman, Shoplifters, Asako I & II, Die stropers (The harvesters) y Cómprame un revólver

    por EAM | mayo 15, 2018

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