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    Crítica: Cold War

    The Death of a Nation

    Crítica ✷✷✷✷ de Cold War, de Pawel Pawlikowski.

    Polonia. 2018. Título original: Zimna wojna. Director: Pawel Pawlikowski. Guion: Pawel Pawlikowski, Janusz Glowacki. Duración: 84 minutos. Edición: Jaroslaw Kaminski. Fotografía: Lukasz Zal. Música: Varios artistas. Productora: MK2 Productions / Apocalypso Pictures / Film4 / Opus Film / Protagonist / BFI Film Fund. Diseño de vestuario: Ola Staszko. Diseño de producción: Marcel Slawinski. Intérpretes: Joanna Kulig, Tomasz Kot, Agata Kulesza, Borys Szyc, Adam Woronowicz, Adam Ferency, Adam Szyszkowski. Presentación oficial: Cannes Film Festival, 2018.

    Stalin era un cachondo. Un tipo gracioso, pero incomprendido. Este temperamento cómico y algo delirante quedó demostrado a comienzos de los años 20 –siglo XX–, cuando todavía ostentaba el cargo de administrador y responsable de la cuestión nacional, lo que le llevó a ser toda una institución en lo que a nacionalismo se refiere, hasta el punto de ejercer de consultor en cuestiones tan peliagudas como ¿qué se puede denominar una nación?, y ¿cómo de nacionalista ha de ser un ciudadano para evitar la sospecha de la traición? Por aquel entonces, el futuro dictador trataba de pasar desapercibido en el ámbito mediático, no por modestia, como cabría esperar de un experto en cuestiones de estado, sino por necesidad; Stalin, comparado con grandes teóricos y oradores como sus brillantes camaradas Lenin y Trotsky, era poco menos que un prosista inarticulado; por ese motivo prefería dejar que hablaran sus compañeros mientras asentía bobaliconamente a la espera de la broma final. Una de éstas –una de tantas–, se produjo cuando Stalin, tratando de resolver un conflicto con la dirección bolchevique georgiana de la forma más rápida y campechana posible, mandó a un primo suyo (de parentesco discutible) a Georgia a repartir estopa a los dirigentes comunistas que se habían tomado en serio las palabras de Lenin –un blando– acerca de los derechos de las naciones oprimidas. Stalin sería duramente amonestado por esta acción, tras la que quedó profundamente consternado ya que nadie logró entender la astucia de su burla pues, siendo él mismo natural de Georgia, y gran conocedor de las necesidades de los estados, pensó que nada resultaría más divertido y didáctico que un hombre abofeteando, entre risotadas y salivazos, a los infelices georgianos delante de todos los líderes de la Unión Soviética, sobre todo, si el encargado de ejecutar dicha broma era la versión soviética de Krusty el payaso, Sergó Ordzhonikidze.

    Sea como fuere que sucediera aquel episodio, las consecuencias del mismo llevarían a la versión más sobria y apagada de Stalin; perdió su comicidad y se convirtió en el amenazante hombre sin sentido del humor al que todos recordamos de aquellos enormes carteles que presidían cualquier reunión. Un hombre que se dedicaría desde entonces y por completo, un poco más tarde quizá, ya con la caída de Lenin, a la remodelación de la URSS en el estado que siempre había soñado. Un país colosal donde toda la producción, económica, militar, agrícola, ganadera y, por supuesto, cultural, estuviera puesta al servicio de la nación. Parte de esa producción cultural reposaba en manos de Wiktor, uno de los protagonistas de la última película de Pawel Pawlikowski, Cold War, encargado de la búsqueda de talentos para un coro musical folclórico de tintes cabareteros. En sus castings encuentra a Zula, una mujer que, sin ser la más hermosa, ni la más diestra en el baile, ni la que más talento demuestra cantando resultaba, en su conjunto, irresistible para este hombre, quien creyó haber hallado algo más que una simple aspirante a artista. Resolutiva como pocas, la joven demuestra en sus primeros diálogos que no es alguien que vaya a dejarse intimidar ni avasallar: “Maté a mi padre porque, una noche, me confundió con mi madre y yo tenía un cuchillo para mostrarle la diferencia”. Mención aparte merece aquí la actriz Joanna Kulig, un portento de la interpretación a la que adoramos en cada una de sus escenas; en su triste sobriedad y en su ebria y entrañable insensatez. Una mujer deslumbrante condenada a vivir bajo la influencia, aquella que comparte con Gena Rowlands, y la que no tiene más remedio que compartir con todas las mujeres que trataron de salir adelante como artistas independientes bajo un despotismo misógino. Entre los dos no tardará en surgir un idílico romance cuya misma esencia apasionada es la que encontramos entre los estribillos de canciones empalagosas y escenarios de cartón piedra. Sin embargo, cuando a los protagonistas se les honra con pasar a formar parte de las filas del régimen estalinista, dentro de un grupo musical inspirador del fervor nacionalista, habrán de obedecer las estrictas normas de protocolo exigidas por el gobierno, las cuales dictan que todo, desde las letras de las canciones, hasta el propio amor que pueda surgir de ellas, pertenece, por descontado, a la Nación.

    Mención aparte merece aquí la actriz Joanna Kulig, un portento de la interpretación a la que adoramos en cada una de sus escenas; en su triste sobriedad y en su ebria y entrañable insensatez. Una mujer deslumbrante condenada a vivir bajo la influencia, aquella que comparte con Gena Rowlands, y la que no tiene más remedio que compartir con todas las mujeres que trataron de salir adelante como artistas independientes bajo un despotismo misógino.


    Comienza así esta historia de amor y odio salvaje, como no puede ser de otra manera entre artistas, con una Polonia opresiva y un sueño irrealizable: el de la utópica esperanza de poder soportarse el uno al otro, controlar la pasión interna que ejerce una inevitable fuerza repelente entre ellos y dejar que su corazón domine la situación de dos cuerpos guiados por un deseo tan inalcanzable como es la inmortalidad pues, en realidad, esta pareja está destinada a amarse con la misma eternidad que mediaba entre los grandes enamorados de la historia: Romeo y Julieta, Laura y Petrarca, o Eluard y Gala (y Dalí). Así que, llegados a un punto en el que ni la nación puede ofrecerles el consuelo que ellos necesitan, ni ellos son capaces de proveer, por separado, lo que Polonia les exige, tendrán que marcharse en busca de un nuevo comienzo. Lo cierto es que por aquellos tiempos tumultuosos de posguerra, en los que todo el mundo era todavía demasiado escéptico a ese concepto de libertad de expresión que se extendía como una nueva religión, sólo existía un destino para el artista con deseos de descubrir e innovar: París. La capital francesa discurría en una suerte de sincretismo artístico con el régimen soviético, algo que se produjo con la llegada de Bretón de México, donde se encontró con Trotsky para terminar escribiendo al alimón aquel famoso Manifiesto por un arte revolucionario independiente. Según parece, Bretón y Trotsky no se soportaban, el ruso conoció al surrealista francés porque Diego Rivera los había presentado tratando de evitar que su, por entonces, amante Frida Kahlo se dejara seducir por la sensual palabrería del ruso; sin embargo, permanecieron unidos por el simple hecho de que eran conscientes de estar creando historia.

    Pawlikowski se muestra taciturno, romántico y desesperanzado a partes iguales, se deja llevar por momentos de increíble felicidad que serán destruidos por la cruel realidad de un destino irrevocable. Por eso se escuda en el blanco y negro, pues no quiere que los colores transmitan un exceso de jovialidad nunca requerido ni anhelado, ni tan siquiera en aquellos instantes de risas y caricias, pues sabe que todo es efímero.


    En la ciudad más romántica del mundo, ahora como escenario de sus ardorosos encuentros, la pareja irá descubriendo un dolor inaguantable; el de ver un amor que se rompe, el amor más puro y real que podría imaginarse se va quebrando en dos, sutil alegoría del conflicto sociopolítico entre oriente y occidente que, sin la presencia de una amenaza concreta, se escindía en lo que supuso el comienzo del final de cualquier cordialidad entre los Estados Unidos y Rusia, esa Guerra Fría que dejaría una indeleble huella en todo lo que encontró a su paso; Europa, Asia, Centroamérica, todo estaba condenado a la desintegración –aquí llegaba la broma final de Stalin–. Pawlikowski se muestra taciturno, romántico y desesperanzado a partes iguales, se deja llevar por momentos de increíble felicidad que serán destruidos por la cruel realidad de un destino irrevocable. Por eso se escuda en el blanco y negro, pues no quiere que los colores transmitan un exceso de jovialidad nunca requerido ni anhelado, ni tan siquiera en aquellos instantes de risas y caricias, pues sabe que todo es efímero; tan perecedero y fugaz como la música de Jazz que suena de fondo en todos los suburbios parisinos y se eleva, permaneciendo por encima de los ciudadanos como una aura imperceptible que, por algún extraño motivo, no podemos dejar de mirar. Y ahí encontramos, nuevamente, la explicación a esa forma tan particular del director de encuadrar la imagen, dejando un vacío recóndito por encima de los personajes, de unos dos tercios de la imagen general, por el que discurre una segunda narrativa del sonido que, en sus escarceos fulgurantes, se divierte como en una de las composiciones cromático-musicales de Kandinsky, con los pensamientos y las palabras nunca dichas de aquellos derrotados que, sin fuerza ni para alzar la cabeza, dejan escapar los desilusionados suspiros de impotencia y agotamiento que servirán de epitafio para sus olvidadas tumbas. | ✷✷✷✷ |


    Alberto Sáez Villarino
    © Revista EAM / 71ª edición del Festival de Cannes



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