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    Meryem Benm’Barek
    Meryem Benm’Barek

    La mezquita sobre el cielo de Casablanca

    Crítica ★★★ de «Sofia», de Meryem Benm'Barek-Aloïsi.

    Francia, Qatar, Bélgica, 2018. Título original: «Sofia». Director: Meryem Benm'Barek-Aloïsi. Guion: Mélanie Parent-Chauveau. Productora: Curiosa Films, Versus Production. Productores; Christine De Jeke, Saïd Hamich, Lisa Verhaverbeke. Música: Fanny Lamothe. Fotografía: Son Doan. Montaje: Céline Perréard. Diseño de producción: Samuel Charbonnot. Reparto: Maha Alemi, Lubna Azabal, Sarah Perles, Faouzi Bensaïdi, Hamza Khafif, Nadia Niazi, Rawia, Mohamed Bousbaa. Duración: 80 minutos.

    Artículo 490 del Código Penal de Marruecos: «Todas las personas de sexos opuestos que no estén unidos en matrimonio y mantengan relaciones sexuales entre ellos son condenables con encarcelamientos de un mes a un año».

    La directora marroquí Meryem Benm'Barek abre su película Sofia con dos elementos: un plano y un letrero. Primero vemos la imagen de una mujer de espaldas a la cámara, una silueta enfrentada desde un balcón a la infinidad de un cielo azul rasgado por el perfil arquitectónico de Casablanca. En la distancia, una mezquita se alza imponente y autoritaria entre el resto de edificios, que quedan jerárquicamente situados por debajo de ésta. Justo después, leemos el artículo 490 del Código Penal marroquí. El plano se mantiene durante quince segundos. El letrero durante trece. Aunque sean solo dos elementos aparentemente simples, con apenas medio minuto de metraje, Benm'Barek acaba de definir los 80 restantes. Lo hace, además, a varios niveles que no se intuyen a priori, pero resultan esenciales a la hora de entender la historia de Sofia, una joven marroquí que rompe aguas de forma inesperada tras sufrir una «negación de embarazo». Esto es, en términos generales, un embarazo en el que, por motivos psicológicos, no se experimenta ninguno de los síntomas habituales (desde cosas tan simples como mareos o vómitos, a más serias como no desarrollar ninguno de los cambios corporales). Por lo tanto, no se tiene consciencia del estado de gestación hasta el parto. El problema es que Sofía, como se puede adivinar, no está casada. Tampoco tiene una pareja. La única opción que le queda para evitar la cárcel (y evitar perder su honor y el de su familia) es encontrar un marido en menos de veinticuatro horas. Esto nos presenta ante una chica cuya vida acaba de quedar completamente trastocada por su condición de madre, pero cuyo verdadero problema es haberlo hecho como mujer soltera. Y, del mismo modo, nos encontramos ante un panorama que estaba implícito en ese primer plano (una joven con todo un futuro por delante, truncado por el tradicionalismo de su entorno; una joven que mira al cielo, marcado por la presencia de una mezquita), y que queda automáticamente condicionado por el letrero que le seguía a continuación.

    Estos dos detalles reflejan tanto la claridad que la película tiene en lo relativo a lo que quiere mostrar (lo esencial para entender el contexto, en este caso un artículo del Código Penal), como la claridad en lo relativo a lo que no quiere mostrar (escenas fuera de la acción que aporten un contexto socioeconómico-religioso que aquí no vemos, pero sí intuimos). A su vez, su ejecución a la hora de llevar esto a cabo demuestra la eficacia que consigue a través de la combinación de ambos conceptos. Es decir, esa efectividad radica, esencialmente, en su concisión, que lleva al filme a realizar una doble tarea: la de eliminar todo aquello que no haga que la acción avance, y la de exprimir cada elemento que sí cumpla esta función para enriquecer extranarrativamente la propia historia. Siguiendo esta lógica, se incluye únicamente aquello que le hace falta. Nada más. Utiliza la acción como motor y como medio para la narración (de ahí sus 80 minutos de metraje). Cada vez que se incluye una escena, se hace como consecuencia directa de la anterior y precursora de la siguiente, sin dejar espacio para la búsqueda de trascendencia. Si eliminas alguna, la historia deja de tener sentido. Aunque esto, por otro lado, no significa que la película se limite a narrar unos hechos.

    Sofia alcanza a ir más allá de ser una simple carrera a contrarreloj, y se convierte en una historia con fuerza emotiva (y reivindicativa) a través de la tangencialidad. No es un relato sobre Marruecos, no es un relato sobre la sociedad y no es un relato sobre la jerarquía del poder. Es un relato sobre una mujer que ocurre en un contexto concreto que no se muestra, pero sí se siente. Se intuye. Porque Sofia no trata tanto sobre consecuencias como sobre evitarlas. Nunca muestra el eje de la opresión como tal, ni manifestaciones explícitas de este. Nunca se recurre a una escena en la que la policía detiene a Sofia en medio de un hospital para hacer énfasis en lo político. Nunca se subraya la injusticia a través del martirio o de convertir a la protagonista en una heroína, pero sí al convertirla en una superviviente. Porque Sofia nunca nada a contracorriente, a pesar de que el resultado sería mucho más cinematográfico (aunque también predecible y, hasta cierto punto, también obvio). La película encuentra su mejor baza en hacer justo lo contrario. En nadar a favor de la corriente. Y cuanto más deprisa, mejor. De este modo se normaliza una opresión (de género, de religión, de clase) que queda subrayada con sutilezas como el uso de un color (un azul que impregna a todos los barrios, ricos y pobres, por igual), divisiones espaciales para separar personajes socialmente (sin entrar en detalles, la conversación que mantienen dos familias) o simples frases («He oído que las casas allí son magníficas») que apelan a lugares comunes. No hace falta que muestren más, porque con un atisbo de ese mundo podemos construir el resto en nuestra cabeza. Y esto funciona de forma extremadamente precisa a la hora de crear un ritmo frenético que enfatiza la tensión en la narración, pero al mismo tiempo hace que Sofia se encuentre en una constante pelea contra su propia existencia. Siendo plenamente consciente de que lo que está contando no supone una gran novedad temática, el apelar a lugares comunes en vez de construirlos conlleva que nunca se alcance una trascendencia cultural que un mayor uso de creatividad podía haberle otorgado. De hecho, el ritmo no frena hasta el último plano, en el que, al igual que el primero, volvemos a encontrarnos con la protagonista. En esta imagen también está sola, pero ahora la vemos de frente. La inmensidad de posibilidades de futuro ha desaparecido. Ya no hay rastro de un cielo azul. Ahora su futuro es ella. Una combinación de felicidad, amargura y conformismo. De manos rechazadas. Y si el primer plano de la película definía el conflicto que iba a sucederse, ahora la magnitud de lo que se cuenta es mucho mayor. De nuevo son quince segundos, pero lo que consigue definir con un simple plano es una vida entera. Una vida con la corriente | ★★★


    Aitor Salinas
    © Revista EAM / Columbia, Misuri


    Sofía se estrena el 8 de febrero en España gracias a Segarra Films.

    por Aitor Salinas
    febrero 09, 2019

    Crítica | Sofía

    por Aitor Salinas | febrero 09, 2019

    Stuka

    Crónica de la octava jornada de la 71ª edición del Festival de Cannes.

    Comenzamos la introducción de esta octava crónica hablando de aviones. Y no de unos aviones cualquiera, sino de los stuka. Es el sobrenombre con el que se conocían a los bombarderos Junkers Ju 87 de fabricación alemana, que causaron pavor en la II Guerra Mundial. Más allá que fueran una de las insignias del ejército nazi, o de su equipamiento balístico, los stuka alcanzaron la fama por un sonido que emitían justo cuando lanzaban su ataque: cayendo en picado buscando su objetivo. Dicho bramido provenía de su sirena, apodada la trompeta de Jericó, que infundía terror en las tropas de infantería francesas e inglesas. ¿Y por qué hablamos de esto?, pensarán. La respuesta se halla en el metraje de una de las mejores películas del festival, The House that Jack Built. En ella, su protagonista, el Jack del título, habla de estas aeronaves como forma de imponer respeto de forma no visual, de cómo funciona el poder de sugestión en el ser humano a través de mecanismos tan simples. La referencia a Jericó tampoco es baladí, porque la caída de esta ciudad, que ahora forma parte de Cisjordania, es uno de los episodios más conocidos de la Biblia. Así pues, stukas, caída y terror. Tres sustantivos que acompañan a la personalidad y el presente emocional de Lars Von Trier. El inefable cineasta danés volvía a Cannes tras ocho años de destierro, debido a sus palabras a favor del nazismo en la edición de 2011, donde presentó Melancolía. Desde entonces, una declaración de persona non grata por parte de la organización, cruce de palabras y, finalmente, reconciliación. Una entente firmada con este trabajo que demuestra su inmenso talento, más allá de su carga polémica o de los titulares que complete. Pese a que su luz creativa entró en decadencia hace algo más de una década, Von Trier no solo sigue siendo parte importante del Festival de Cannes, sino también del cine europeo, demasiado pendiente que repetir patrones y cuestionar su propia existencia. La presentación fuera de concurso de su filme ha eclipsado a la competición, incluso la premiere de Han Solo: Una historia de Star Wars. Eso solo lo pueden hacer los grandes. Von Trier lo es y lo será.

    Prólogo: Emilio M. Luna.
    Críticas de Han Solo: Una historia de Star Wars y Burning: Alberto Sáez Villarino.
    Crítica de Mirai: Ignacio Navarro Mejía.
    Críticas de Sofia y The Dead and the Others: Víctor Blanes Picó.

    por EAM
    mayo 17, 2018

    Festival de Cannes 2018 | Día 8. Críticas: Burning, Mirai, Han Solo: Una historia de Star Wars, Sofia y The Dead and the Others

    por EAM | mayo 17, 2018

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