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    Lee Chang Dong
    Lee Chang Dong
    || Críticas | Venecia 2026 | ★★★★★
    Un amor posible
    Lee Chang-dong
    La desconcertante depuración


    Carlos Ibarra Grau
    Venecia |

    ficha técnica:
    Corea del Sur, 2026. Título original: «Ga-neung-han sa-rang/가능한 사랑». Título internacional: «Possible Love». Dirección: Lee Chang-dong. Guion: Lee Chang-dong. Compañías productoras: Pinehouse Film. Distribución: Netflix. Presentación oficial: 83.ª Mostra Internacional de Cine de Venecia 2026. Fotografía: Hong Kyung-pyo. Montaje: Kim Hyun. Reparto: Jeon Do-yeon, Sol Kyung-gu. Duración: 142 minutos.

    Torpe y fugaz pero igualmente hermoso y trascendental resulta el vuelo de una bolsa de plástico saliendo despedida de la ventanilla de un auto. Sucede en la primera secuencia de Un amor posible, a diferencia de la grácil y longeva pluma del inicio de Forrest Gump, valga la comparación para manifestar como Lee Chang-dong nos advierte de que ha sido capaz de encontrar, una vez más, una belleza existencial en lo cotidiano y en lo ordinario, no en elementos evocadores o arquetípicos. La séptima película del maestro coreano es un meticuloso estudio de personajes a través de una desconcertante depuración de la narración; lo es hasta el punto de que, por momentos, pareciera que la misma ha sido desprovista en este relato cocido a fuego lento. Despojada hasta de banda sonora, consciente Lee de ese gran poder de sugestión y amplificador de emociones que es la música. Porque la carga poética en el cine de Lee Chang-dong suele emanar de la tensión entre la crudeza del dolor social y la búsqueda persistente de la belleza en los detalles del día a día de sus personajes.

    A lo largo de su carrera, en obras muy distintas entre sí, el componente trágico ha marcado a sus protagonistas: muerte, suicidio, asesinato, Alzheimer, violencia criminal o parálisis cerebral. Sin embargo, tras muchos años de espera desde esa pieza cumbre del misterio que fue Burning (2018), presenta ahora una trama ausente de esos elementos. Las interacciones entre dos parejas de desconocidos protagonizan su nuevo filme, la de clase trabajadora formada por ella, Mi-ok, y él, Ho-seok, (trabajadora textil y desempleado), con la de clase adinerada formada por Ye-ji y Sang-woo (documentalista y rico empresario). La primera pareja atiende a un tanatorio para velar la muerte de un familiar, justo cuando una refriega sucede con Ye-ji, quien está allí dentro filmando un documental y Ho-seok le afea la labor en un lugar tan íntimo y solemne. Tras el desencuentro, Mi-ok perderá en el aparcamiento su anillo de boda y será ayudada por Sang-woo, que esperaba fuera a su esposa. Y así, el azar conectará los designios de cuatro personas entradas en la cuarentena, pese que unos aparenten diez años menos y los otros diez más. Esta es la primera de una larga ristra de atenciones que, a ritmo pausado e incesante, goteará sobre una pila hasta desbordarla.

    El conflicto de clases ha sido muy explotado por el cine contemporáneo desde el éxito sin precedentes de Parásitos (Bong Joon Ho, 2019), mostrando en su mayoría estereotipos e historias de alto impacto concebidas para llegar al gran público. Lee Chang Dong ya exploró este campo con la mencionada Burning y en Un amor posible lo hará por partida doble, tanto el conflicto entre ambas parejas como el de la clase trabajadora con la clase política. Es la primera ocasión en la que el coreano expone el elemento político en su cine. Porque atendemos a la brutalidad policial desmantelando una huelga, una movilización pacífica a la que atendió Ho-seok con sus excompañeros y que terminó postrándolo varios meses en el hospital. Serán las únicas escenas de violencia explicita de la película, lo que podría leerse como un ejercicio de denuncia, de activismo tardío por parte de un cineasta entrado en la vejez que no quiere dejar ninguna cuenta por saldar.

    La alienación y desafección existencial que sufren los hombres en Corea cuando pierden su empleo ya fue un elemento central de la reciente No hay otra opción (Park Chan-wook, 2025), cuyo punto de quiebre era también provocado por un despido colectivo. Porque aquí, dos años después de perder el trabajo tras el recorte del 40% de la plantilla (“reestructuración empresarial”, eufemismo habitual del capitalismo salvaje) Ho-seok aún cabalga la depresión de ser un “muerto”, como se les conoce a los desempleados a diferencia de “los vivos”, los que lo conservaron. Paradójicamente, el documental de Ye-ji ("estoy intentando querer a esa gente", le afirma a su marido algo ingenua) se centrará en los trabajadores despedidos, lo que pareciera abrir una puerta, un punto de fuga a modo de terapia.

    Un amor posible es un homenaje pasajero, siquiera en su esencia, al Decálogo 10 de Kieslowski y en particular al capítulo final, No codiciarás, pero en ningún modo un remake contemporáneo. Lee consigue decirnos más de los personajes por sus gestos que por sus palabras, mientras observamos como la improbable amistad entre las dos mujeres emerge lentamente y como el paso de una risa a una carcajada desliza todo tipo de interpretaciones. Con una duración de 164 minutos, canaliza multitud de emociones, incluido humor subido de tono – una escena en el baño borracho es un momento bienvenido de alivio ligero – pero nunca pierde de vista su enfoque principal. Desde los derechos de los trabajadores hasta la discordia matrimonial, abarca elegantemente hectáreas de terreno.

    La soga finalmente se cerrará en torno a los cuatro cuando viajen a la idílica casa de vacaciones de Sang-woo, con su exclusiva playa privada. Las diferencias entre ellos no podrían ser más evidentes, siendo obvio que nadie está siendo completamente sincero con los demás. Con todo, la cámara magmática emocional de Un amor posible proviene de la pareja de clase trabajadora, gracias a las excepcionales interpretaciones de dos actores que protagonizaron otras cintas del director: Sul Kyung-gu –Peppermint Candy (1999) y Oasis (2003)- y Jeon Do-yeon –en Secret Sunshine (2007).

    Se subvierten las tesis de la concepción de algunos documentales como arteterapia y más bien se plantean los limites morales cuando el objetivo registra, o persigue, la privacidad de los desfavorecidos. Ye-ji se convierte así en una versión amable, aparentemente inocente pero implacable de Jake Gyllenhaal en Nightcrawler (Dan Gilroy, 2014). Un montaje casi invisible entrelazará sus entrevistas con flashbacks de la vida de Mi-ok y Ho-seok, desde su adolescencia e inicio de la relación hasta los sucesos recientes ocurridos en la huelga. La conexión entre las parejas se pone a prueba, celebra, destroza y quizá restaurada a lo largo de escenas que transcurren en habitaciones brillantemente iluminadas y estériles y en extensiones de naturaleza salvaje. Cuando las emociones finalmente se desatan, Lee no tiene miedo de seguirlas. Huyendo de lo expositivo y mediante la metáfora, deseo, codicia, libertad y venganza se suceden con ausencia de aspavientos. No lo parece, pero todo lo retrata Lee Chang Dong, incluyendo ambigüedades que podrían sugerir tanto que nada ha cambiado en la vida de los protagonistas como todo lo contrario. Unas miradas, unas palabras, unos silencios. Es como si realizar gran cine solo con estos tres elementos estuviera al alcance de muchos. El malogrado Kim Ki-Duk hubiera hecho una película bien diferente, una perversa y cruel.

    Pero la ternura propositiva de Mi-ok hacia su marido devastado, que casi roza el humor, nos recuerda que el primer paso de cualquier terapia no está en el ámbito profesional, sino en el núcleo familiar. Y así, en su séptima película, Lee Chang-dong encuentra la belleza en una pareja que bebe junta en el pequeño jardín de su casa, mirando hacia la luna. A ella no gusta el alcohol, pero rechaza la idea de dejarlo beber solo. Es un tipo posible de amor. ♦


    por Carlos Ibarra Grau | #Venecia2026
    septiembre 11, 2026

    Crítica | Un amor posible (가능한 사랑)

    por Carlos Ibarra Grau | #Venecia2026 | septiembre 11, 2026

    Leap into the Void

    Crítica ✷✷✷✷✷ de Burning, de Lee Chang-dong.

    España. 2018. Título original: Buh-ning. Director: Lee Chang-dong. Guion: Lee Chang-dong, Jungmi Oh (Historia: Haruki Murakami). Duración: 148 minutos. Edición: Da-won Kim, Hyun Kim. Fotografía: Kyung-Pyo Hong. Música: Mowg. Diseño de producción: Jum-hee Shin. Diseño de vestuario: Choong-yeon Lee. Productora: Pine House Film / NHK / Now Films. Intérpretes: Yoo Ah In, Yeun Steven, Jun Jong-seo, Gang Dong-won, Seung Geun Moon. Presentación oficial: Cannes Film Festival, 2018.

    Tras la gran eclosión del cine coreano en los años 90, la sociedad occidental comenzó a interesarse, no solo por las producciones procedentes de este país asiático, sino también por las lecturas que sus académicos hacían de una tradición poco conocida. Gracias a esta expansión pudimos conocer el trabajo de Kim Kyung-hyun, en concreto su ensayo The Remasculinization of Korean Cinema (2004), en el cual, su autor argumentaba que la banalidad y la cruda violencia con la que el cine coreano comenzaba a presentarse en Europa y América, no respondían a una gratuidad estético-pornográfica como se especulaba por entonces, sino que sería un vehículo metonímico utilizado con la finalidad de representar la “búsqueda todavía vigente por parte de la sociedad coreana de la modernidad y una identidad posautoritaria”. El cineasta Lee Chang-dong lleva esta coyuntura de inherente índole machista al ámbito cinematográfico con Burning, trasposición de un relato breve de Haruki Murakami, y lo hace por medio de sus protagonistas masculinos: Jong-su y Ben. Haciendo uso de su recurrente confrontación del hombre y la soledad del cambio, el realizador presenta a Jong como el personaje perjudicado por el frenesí de un mundo que no se detiene a esperar a nadie. Así, su figura respondería a la personificación de la Corea anclada en sus valores clásicos y, al igual que sucedía con Jong-du en la película Oasis, deberá asumir que todo el tiempo que ha dedicado a la planificación de su futuro no habrá servido de nada, por la caducidad de un sueño demasiado ingenuo, demasiado conservador para estos tiempos de tendencias pasajeras. Sin embargo, en esta ocasión se enfatiza más el patetismo de este personaje derrotado; mientras que Jong-du se vio obligado, a causa de una condena en prisión, a pensar en el retorno a una vida inexistente, Jong-su actúa con total libertad cuando decide cuidar del gato de Hae-mi, una antigua compañera de clase con la que se reencuentra después de muchos años y comienza una relación tan apasionada como breve, pues la joven se marcha de viaje inmediatamente después de su encuentro, dejando al bueno de Jong a cargo de su mascota y la promesa, no explícita, de una futura relación.

    No obstante, cuando el protagonista acude al aeropuerto a recoger a Hae-mi, descubre que su presunta novia viene acompañada de Ben, un joven adinerado y muy seguro de sí mismo. Estos dos personajes masculinos representan el choque cultural de Corea del Sur, una confrontación de valores que puede apreciarse en sus mismos nombres, siendo Ben un nombre muy occidentalizado que incide en esa diferencia entre el tradicionalismo de Jong-su y la violencia necesaria para la transición de la que hablábamos al comienzo. Una violencia encantadora en este caso, que se mostrará en la manera con la que el nuevo novio de la chica desprecia a todos aquellos que no alcanzan su nivel social, como a la propia Hae-mi, a quien no deja de humillar en público frente a sus amigos. Además, este componente vehemente se intensifica cuando Ben confiesa a Jong que uno de sus pasatiempos preferidos consiste en quemar invernaderos. El desafío entre estos dos seres tan distantes nos ofrece un punto de partida idóneo para la construcción de una trama que irá ennegreciéndose a medida que indaguemos más en la personalidad del inescrutable Ben. Los protagonistas masculinos de Chang Dong son personajes complejos, contradictorios y minuciosamente definidos, representando así de forma brillante lo que Kim Kyung-hyun denominó genéricamente la "remasculinización del cine coreano". Comenzará entonces un triángulo amoroso marcado por la ignorante abstracción de la chica, la preocupación sincera y lamentable de Jong, y la superioridad jactanciosa de Ben, el único de los tres que parece disfrutar de la inestable situación.

    por Alberto Sáez Villarino
    octubre 28, 2018

    Crítica: Burning

    por Alberto Sáez Villarino | octubre 28, 2018

    Stuka

    Crónica de la octava jornada de la 71ª edición del Festival de Cannes.

    Comenzamos la introducción de esta octava crónica hablando de aviones. Y no de unos aviones cualquiera, sino de los stuka. Es el sobrenombre con el que se conocían a los bombarderos Junkers Ju 87 de fabricación alemana, que causaron pavor en la II Guerra Mundial. Más allá que fueran una de las insignias del ejército nazi, o de su equipamiento balístico, los stuka alcanzaron la fama por un sonido que emitían justo cuando lanzaban su ataque: cayendo en picado buscando su objetivo. Dicho bramido provenía de su sirena, apodada la trompeta de Jericó, que infundía terror en las tropas de infantería francesas e inglesas. ¿Y por qué hablamos de esto?, pensarán. La respuesta se halla en el metraje de una de las mejores películas del festival, The House that Jack Built. En ella, su protagonista, el Jack del título, habla de estas aeronaves como forma de imponer respeto de forma no visual, de cómo funciona el poder de sugestión en el ser humano a través de mecanismos tan simples. La referencia a Jericó tampoco es baladí, porque la caída de esta ciudad, que ahora forma parte de Cisjordania, es uno de los episodios más conocidos de la Biblia. Así pues, stukas, caída y terror. Tres sustantivos que acompañan a la personalidad y el presente emocional de Lars Von Trier. El inefable cineasta danés volvía a Cannes tras ocho años de destierro, debido a sus palabras a favor del nazismo en la edición de 2011, donde presentó Melancolía. Desde entonces, una declaración de persona non grata por parte de la organización, cruce de palabras y, finalmente, reconciliación. Una entente firmada con este trabajo que demuestra su inmenso talento, más allá de su carga polémica o de los titulares que complete. Pese a que su luz creativa entró en decadencia hace algo más de una década, Von Trier no solo sigue siendo parte importante del Festival de Cannes, sino también del cine europeo, demasiado pendiente que repetir patrones y cuestionar su propia existencia. La presentación fuera de concurso de su filme ha eclipsado a la competición, incluso la premiere de Han Solo: Una historia de Star Wars. Eso solo lo pueden hacer los grandes. Von Trier lo es y lo será.

    Prólogo: Emilio M. Luna.
    Críticas de Han Solo: Una historia de Star Wars y Burning: Alberto Sáez Villarino.
    Crítica de Mirai: Ignacio Navarro Mejía.
    Críticas de Sofia y The Dead and the Others: Víctor Blanes Picó.

    por EAM
    mayo 17, 2018

    Festival de Cannes 2018 | Día 8. Críticas: Burning, Mirai, Han Solo: Una historia de Star Wars, Sofia y The Dead and the Others

    por EAM | mayo 17, 2018

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